domingo, 1 de febrero de 2026

2742.- ANIVERSARIO DEL TERREMOTO DE 1875... ¡ME HUELE A LOBATERA!

San Antonio Villa Heroica-Facebook


El sol de mayo caía a plomo sobre los campos polvorientos que se extendían entre El Rosario y San Antonio del Táchira. El aire vibraba con un calor denso y pegajoso, la culminación de una larga sequía que había reducido el caudal del río Táchira a una triste hilera de agua. Sobre un burro paciente, Dositeo López, el ciego conocido por todos en ambas localidades, avanzaba lentamente. A su lado, pequeña y vivaz, iba su nieta, Elena, guiando al animal por el sendero.

Dositeo, a pesar de la oscuridad que habitaba en sus ojos desde su nacimiento, poseía una conexión misteriosa con el mundo que lo rodeaba. Había sobrevivido al terrible terremoto que había borrado del mapa a Lobatera en 1849, una experiencia que le había marcado profundamente. Ahora, con los años y un hogar establecido en la frontera, en San Antonio, se ganaba la vida vendiendo panela en la vecina ciudad de Cúcuta.

"Abuelo, ¿ya casi llegamos al río?" preguntó Elena, su voz infantil rompiendo el silencio sofocante.

Dositeo detuvo al burro y aspiró profundamente el aire. Un ligero fruncimiento se dibujó en su rostro curtido. "Ya casi, mi niña. Pero... ¿sientes algo raro en el aire?"

Elena olfateó, arrugando la nariz. "Solo el polvo del camino, abuelo. Y el calor que me hace sudar."

El anciano negó con la cabeza lentamente. "No, Elena. Hay algo más... un olor... un olor que me hiela la sangre."

Al llegar a la orilla del Táchira, donde apenas corría un hilo de agua turbia, el olor se intensificó. Era inconfundible, punzante y sulfuroso. El mismo hedor que había precedido la furia de la tierra en Lobatera.

"Azufre," murmuró Dositeo, su voz áspera por la inquietud.

Elena lo miró con sus ojos brillantes, llenos de curiosidad. "¿Azufre, abuelo? ¿Como cuando quemamos fósforos?"

"Peor, mi niña. Mucho peor." Dositeo apretó con fuerza la pequeña mano de su nieta. "Este olor... este olor trae muerte consigo."

Los días siguientes, mientras recorrían el camino polvoriento hacia Cúcuta, la presencia del azufre en el aire se hizo más fuerte, más persistente. Dositeo lo sentía en cada bocanada, un presagio sombrío que lo atormentaba.

"Abuelo, hoy huele más feo," comentó Elena una mañana, mientras el burro avanzaba bajo el sol inclemente.

"Sí, mi niña," respondió Dositeo con voz grave. "Este olor no me deja dormir. Me recuerda... me recuerda a cuando la tierra se tragó Lobatera."

En Cúcuta, Dositeo era un rostro familiar. Los comerciantes del mercado apreciaban su constancia y la calidad de su panela, sin importar su ceguera. Lo saludaban con afecto, preguntándole por su familia.

Pero el 17 de mayo de 1875, algo se quebró en el alma de Dositeo. La intensidad del olor a azufre se había vuelto insoportable, un grito silencioso que resonaba en su interior. Ya no podía guardar silencio.

Mientras Elena acomodaba los bloques de panela en el puesto del mercado, Dositeo comenzó a gritar. Su voz, habitualmente pausada y tranquila, se elevó quebrándose en la algarabía del mercado.

"¡Me huele a Lobatera! ¡Me huele a la tierra temblando! ¡Duerman en el monte, amigos! ¡Busquen refugio en los cocales! ¡Por sus vidas, háganme caso!"

La gente se detuvo, sorprendida. Los comerciantes, que siempre lo habían visto como un hombre sereno y juicioso, lo miraban con desconcierto, incluso con burla.

"¿Qué le pasa a Don Dositeo? ¿El sol lo ha vuelto loco?" murmuró uno.

"Pobre viejo," dijo otro con lástima. "La ceguera le ha afectado la cabeza."

Dositeo, ignorando las miradas y los comentarios, continuó su desesperado pregón. "¡Recuerden mis palabras! ¡Yo viví el terremoto de Lobatera! ¡Este olor es la antesala de la destrucción! ¡Salven sus vidas!"

Pocos le prestaron atención. Lo tildaron de loco, de viejo senil perturbado por el calor. Sin embargo, Dositeo, fiel a su instinto, reunió a Elena y regresó apresuradamente a San Antonio. Convenció a su familia, con la fuerza de su convicción y el recuerdo imborrable de la tragedia pasada, de abandonar su casa y buscar refugio en un cocal cercano.

Al día siguiente, alrededor del mediodía, la tierra rugió. Un temblor violento sacudió la región fronteriza con una furia inaudita. Cúcuta y San Antonio del Táchira se convirtieron en un amasijo de escombros en cuestión de segundos. Casas, iglesias, edificios, todo se derrumbó bajo la fuerza implacable del terremoto. El polvo y el grito de la gente llenaron el aire, mientras la tierra seguía temblando, negándose a calmar su furia.



La advertencia de Dositeo, el ciego que olía la muerte en el aire, pasó a la historia de este rincón de la frontera. Aquellos pocos que le hicieron caso, movidos por la incredulidad, pero también por el respeto que sentían por el anciano, se salvaron. La mayoría, sin embargo, ignoró sus gritos desesperados, sellando su destino bajo los escombros de una tierra que, una vez más, había demostrado su poder destructivo. El olor a azufre, el presagio sombrío que solo Dositeo pudo percibir, quedó grabado en la memoria colectiva como la advertencia silenciosa de una tragedia anunciada.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.