No supimos a qué horas
el pueblo se nos creció y se volvió ciudad.
Las calles se alargaron en dirección al río
y el río debió salir huyendo
con sus aguas mermadas
y ausencia de peces y de luna.
Sin darnos cuenta se acabaron los patios y jardines
y ya no hay materas con helechos
ni bacinillas con claveles
ni veraneras de colores.
Se cerraron los zaguanes,
se clausuraron las ventanas
y se acabaron las sonrisas.
Los amigos se fueron.
Las gentes de hoy -gentes extrañas-
caminan a paso rápido
como huyéndole a alguien
y el miedo se tomó por asalto las noches
y las callejuelas.
El viento es turbio
y llega cargado de malas energías.
Los niños ya no elevan cometas
ni recorren el mundo en caballitos de palo.
Te cuento: la placita donde escuchábamos tú y yo
las retretas de los sábados, ya no existe.
En su lugar construyeron un edificio
que no deja ver la luna, y el humedal,
donde jugábamos a pescar luceros en las noches,
lo rellenaron de piedra y de cemento
y más piedra y más cemento.
Por eso te pido que no regreses.
Guarda tus lágrimas para mejores ocasiones.
Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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