lunes, 11 de mayo de 2026

2791.- LA NOCHE DEL POETA, EDUARDO COTE LAMUS

Gustavo Gómez Ardila (Revista Zaguán)

Retrato familiar de los Cote Baraibar, con sus hijos Pedro y Elena

Rebeca fue la primera en llegar al lugar del accidente. Eran las dos de la madrugada y la criatura que llevaba en sus entrañas no la había dejado dormir. Alguna vez le pareció que lloraba dentro de su vientre, y tuvo que calmarla arrullándola con palmaditas que Rebeca se daba en el estómago, en el lugar que suponía estaban las nalgas de la niña aún no nacida. Eran las once de la noche. A las doce y treinta, la criatura le dio una patada, tan fuerte, que la madre debió regañarla: “Azucena del Pilar, compórtese”. A la una, la niña habló: “Mami, tengo miedo, no te duermas”. Lo dijo recio. El perro, Lanudo, la escuchó desde el corredor y ladró semidormido. Una lechuza voló. Más allá, entre soledades y silencios, se oía el paso de la quebrada Tascalera.

Cuando Rebeca pensó que por fin podría conciliar el sueño, sucedió el golpe. El estruendo fue tan fuerte, que las casas del pequeño pueblo se sacudieron como si hubiera sucedido una explosión. La mujer salió a la calle, tomándose el vientre, y lo que vio, a la luz de una débil bombilla que iluminaba el comienzo de la única calle del caserío, la dejó petrificada: un automóvil, después de pasar el puente, no pudo dar la curva y fue a estrellarse contra un guásimo, metros adelante, cerca de su casa. Del impacto, el tronco del árbol se incrustó en la parte delantera del carro, arrollando hacia adentro la defensa, el capó y el motor del carro, por el lado del pasajero. El grito del chofer la obligó a ir hasta el carro, a pesar de sus ocho meses y medio de gravidez:

-Ayúdenme –dijo el hombre, saliendo del carro, con la cara cubierta de sangre. - En el puesto de atrás está el Gobernador del departamento.

Llegaron otros vecinos detrás de Rebeca, y ella se hizo a un lado para que sacaran al hombre que yacía acostado en el puesto trasero. Iluminándose con linternas, sacaron el cuerpo desgonzado, lo acostaron en la carretera, debajo de la tenue farola oficial, y allí lo examinó el doctor Mora, que hacía la práctica rural de su carrera de medicina en aquel corregimiento. Le aflojó el nudo de la corbata azul con rayas amarillas, le soltó el botón del cuello de la camisa blanca, le quitó las mancornas doradas y le subió las mangas del saco y de la camisa. No tenía ningún rastro de sangre, ni herida visible alguna, pero el médico fue tajante: “Está muerto”.

- ¿Muerto? No puede ser, doctor –dijo Tapias, chofer de la Gobernación, que conducía el automóvil, y empezó a llorar con lágrimas intensas. Pero nadie se conmovió ante su dolor. Todos estaban pendientes del cadáver.

- Nombre del muerto –dijo el médico, a manera de pregunta, dispuesto a anotar algunos datos en la pequeña libreta que siempre llevaba a la mano.

Entre gimoteos el hombre respondió: -Eduardo Cote Lamus, gobernador del departamento, poeta y padrino de mi hija–suspiró largo, se secó las lágrimas con el extremo de los dedos de la mano derecha, y siguió diciendo: Mañana lo iba a nombrar Ministro de Educación el Presidente Valencia. Me lo contó esta mañana, cuando íbamos hacia Pamplona.

- Tapias, ¿conoce Bogotá? -Sí, doctor, allá manejé taxi durante diez años.

- ¿Se quiere ir conmigo de chofer?

- ¿Chofer suyo a Bogotá, señor?

- Sí, Tapias. Mañana sale el decreto en que el presidente de la República me nombra su ministro de Educación. Y quiero que usted, que es de mi entera confianza, sea mi conductor oficial. Pero no le diga nada a nadie todavía, ni siquiera a su mujer, ¿de acuerdo?

-Sí, doctor.

Tapias siguió hablando solo, con todos y con ninguno: Veníamos de Pamplona, veníamos charlando, alegres. No se vaya a dormir, me dijo, y empezó a recitar unos poemas. Traía una botella de aguardiente y, entre poesía y poesía, se tomaba un trago. A usted no le doy porque necesito llegar sano y salvo a mi casa. Mañana me espera un día de mucho trabajo.

- Pare aquí, pare aquí, Tapias.

Tapias orilló el carro. Estaban en Corozal, una altura desde donde se divisa el valle de Cúcuta y el río y la luna en el río, y a lo lejos, se adivina el Lago de Maracaibo. El Gobernador descendió. Orinó a un lado de la carretera. Se ajustó la corbata. Se arregló el saco.

- ¿Ve aquellos rayos, tan seguidos, en el horizonte, sin truenos, sólo luz y belleza? ¿Los ve? Son el Faro del Catatumbo.

- ¿El Faro del Catatumbo, doctor? ¿Y eso qué es?

- Es un fenómeno natural, que se origina entre la selva y el lago. Allí se forma una sucesión de rayos, sin tormenta, que cruzan el espacio. Mírelos, Tapias, mírelos.

El chofer bajó del carro, impresionado por la visión. Los dos hombres se quedaron en silencio unos segundos, contemplando, absortos, el imponente espectáculo. De pronto el Poeta empezó a declamar, a grito entero, ante un público invisible, fragmentos de uno de sus últimos poemas, La estación perenne:

Tu cuerpo desnudo brilla bajo los relámpagos,

como antes bajo mis manos.

Todas las estaciones están en tu cuerpo.

La primavera comienza su esplendor en tu abrazo

Y concluye en tu boca entreabierta, exultante.

Se tomó un trago, agitó la mano derecha al aire, como una bandera, como lo hacía en sus discursos de campaña política y continuó:

Tu piel es el límite del fuego

donde se refugia el ardor del verano.

Rojas llamas te inundan,

se mezclan los elementos y tu cuerpo se curva…

Se anudan en ti los olivos del mundo

y ardes como una lámpara.

Somos un cuerpo solo luchando contra la muerte…

El poeta sintió frío. Se alzó las solapas del saco, bebió un trago más de la botella, y agradeció con una profunda inclinación de cabeza los aplausos de la brisa. Se metió al carro y le dijo al chofer:

-Voy a dormir un rato. Estoy cansado. Cuando lleguemos, me despierta.

Y se acostó en el puesto trasero. Se durmió de inmediato. Tapias volvió a mirar los relámpagos del Faro del Catatumbo, le quitó al Gobernador la botella que, dormido, sostenía en sus manos, sorbió el último trago que quedaba y arrojó la botella con fuerza, hacia abajo, a la cañada. Un presentimiento de cristales rotos sacudió la madrugada. Prendió el carro y empezó a descender hacia el pequeño pueblo de La Garita, a pocos kilómetros de Cúcuta.

“Qué bonito es estar enamorado”, murmuró Tapias, echándole una mirada a su jefe, que tal vez soñaría con un amor que lo esperaba entre el sopor nocturno de Cúcuta.

El chofer, sangrante y compungido, le preguntó al médico:

-Doctor, ¿de verdad está muerto el señor Gobernador?

En lugar de contestarle, se inclinó de nuevo sobre el cuerpo, le tomó otra vez el pulso, le palpó la carótida, como lo había hecho hacía un momento y le movió la cabeza de un lado a otro:

“Se desnucó con el golpe. Que Dios lo tenga en su gloria, poeta”, dijo y se santiguó. Los demás también se santiguaron.

Rebeca sintió que iba a vomitar, pero tomó del brazo al médico y le dijo:

-Me siento mal, doctor.

El doctor Mora le echó el brazo derecho sobre el hombro a la mujer, le puso la mano izquierda en el vientre y empezó a caminar junto a ella, en dirección al Puesto de Salud.

- ¿Y qué hacemos con el muerto? –dijo una voz entre la penumbra. La pregunta no iba dirigida a nadie en particular, pero el médico se volteó y respondió, mirando hacia las sombras: “Hay que avisar a las autoridades de Villa del Rosario, para que vengan a hacer el levantamiento”.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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