La cucuteña Eleonora Martín Abrajim, abre la puerta de su extraordinario Mundo de Colores, y nos encontramos con estallidos del alma, velos de emoción encendidos por la intuición más pura. Eleonora no pinta flores, pinta respiraciones, fragmentos de un instante en que la naturaleza deja de ser externa y se convierte en sensación. Sus trazos, reconciliados con la luz parecen nacer del silencio, no del grito. El rojo abraza, el naranja vibra como un eco de sol poniente, sus verdes sostienen con ternura de prado. Se advierte un pulso entre control y abandono, la mancha a propósito que se disfraza de azar. Es la pintura de quien siente más de lo que calcula, de quien aprendió que la belleza no se impone: se deja fluir. Hay un alma floral pero también humana, cuerpos inclinados, memorias que florecen, cada pétalo un suspiro, cada sombra un rastro de tiempo, cada flor un poema sin palabras. Los rostros, tienen una profunda coherencia espiritual y cromática; cada uno parece un espejo distinto del alma femenina, un viaje entre lo sagrado, lo ancestral y lo contemporáneo. Estos rostros no miran: recuerdan. Desde el silencio del lienzo, parecen custodiar memorias antiguas, voces de mujeres que habitaron la historia y el mito. Cada una surge con una identidad distinta — la serenidad de la porcelana, la intensidad del color, la elegancia melancólica de un cuello, la emoción que se filtra detrás de la mirada que sostiene y cura—, pero todas comparten una raíz: la fuerza contenida. Cada una de estas figuras posee una voz propia: la de una artista que pinta con devoción y no con artificio. Los trazos respiran honestidad. No buscan la perfección anatómica, sino la verdad del gesto. Cada rostro es un territorio emocional: unos son templos de calma, otros, relámpagos de fuego interior. Y en el centro de todos ellos, late un misterio luminoso, una intuición femenina que se sabe antigua, sabia y viva. La luz, emana desde el color mismo, la luminosidad surge, como si cada obra lo irradiara desde adentro. En ese balance radica su potencia poética: es una exposición que representa flores, rostros, el instante mismo en que la vida florece, emociones visibles, fuerza sin violencia; lirismo sin ingenuidad, el color como experiencia. En conjunto, se trata de una muestra extraordinaria que transmite energía y espontaneidad, el mundo de colores de Eleonora como experiencia sensorial.
Juan Pabón Hernández
Eleonora misma es una acuarela, la hemos visto pintarse en colores, alegres, o tristes, fluyendo con sus sentimientos en un ejercicio de cristal que nos hace admirarla, profundamente. Y se transforma en pájaros, o en flores, en rostros, en paisajes u oraciones que funden susurros en el agua y dejan en libertad las líneas para que se diluyan en trazos de esperanza, con una nostalgia bonita. Detrás de todo lo suyo se percibe la ilusión de su pincel que pinta, o escribe, porque enseña a pensar en la luz interior, espontánea e invisible, de las emociones, con una armonía, tal, que nos subyuga. Me encanta la melancolía de su arte -la conozco, además-, porque se vuelve calma y gratitud cuando interpreta las cosas que nos ocurren a todos y sólo los artistas, intermediarios de lo divino, saben expresar…
Eleonora Martin Abrajim
Recopilado por: Gastón Bermúdez V.





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