jueves, 10 de septiembre de 2026

2853.- LOS ENCANTOS DEL TRANVIA

Carlos Luís Jácome (Revista Semillas)


En Cúcuta no se usaron jamás las mulas para tirar de los livianos y ondulatorios carritos del tranvía. La compa­ñía resolvió el problema con unas “maquinitas” de vapor, las cuales “la veían negra” a veces para arrastrar los tres o cuatros coches plenos, los domingos en la tarde, cuando los papás complacientes, los maridos amables, los novios gastadores, asaltaban los vehículos, seguidos por toda la familia, para hacer unos cuantos “viajes” de la Estación Cúcuta a los Balkanes y viceversa.

Las locomotoritas recordaban con sus nombres los ríos y quebradas más conocidas de la región: “Tá­chira”, “Floresta”, “Pamplonita” y “Torbes”. Por cier­to, esta última fue la primera que cruzó el río en San Luís por un sarando provisional e hizo el re­corrido del “pueblo” a la frontera, deteniéndose eso sí, cada par de le­guas a proveerse de leña yagua.

Las conducían “el negro Onofre”, José de la Rosa, Perozo u otros, bajo las órdenes de Celio Comas, Juan Leal, Félix María González y Guillermo Duque, por lo general, cuya misión consistía en recaudar, talonario en mano, los “medios” de los pasaje­ros; espantar los muchachos que como moscas tras un queso, corrían y se trepaban en los estribos, para hacer de gorra su paseo; tirar de unos rejitos que, hacían pasar los timbres para que el convoy avanzara o se detuviera y discutir con las señoras que, pretendían pasar de bal­de toda la prole o las sirvientas que, se encastillaban en ocupar toda una banca con canastos, costales y “bojo­tes”, sin “pitar” más que los meros cinco centavos de su humanidad.

El trayecto era, como ya lo dijimos, de la Estación a los Balkanes, o sea la esquina de la avenida 5a con calle 13. Allí la “máquina” dejaba los coches y hacía el cambio para colocarse en el extremo opuesto, de modo de con­servar la facilidad, en la bajada, de llenar de partículas de carbón los ojos, orejas, sombreros y vestidos de los pasa­jeros y hacer llorar a niños y viejos con el acre humo de la leña, exactamente lo mismo que había hecho a la salida.

Cuando había toros en El Circo, actos religiosos o corridas de gallos en El Pueblo - el San Luís de hoy, no hay que olvidarlo - el tranvía hacía su agosto, llevando y trayendo cuajados racimos de fiesteros.

Era de ver, en las tardes dominicales, los afanes y sofocones de las damas retrasadas (siempre son las damas las que se retrasan), cuando media cuadra antes de llegar a la línea, oían la campana del tranvía que iba a pasar sin esperarlas. Sudo­rosas, medio asfixiadas por el torturante corset, tratan­do de conseguir un trotecito imposible y gritando “pare, pare, pare”, seguían luego tras el vehículo, sin lograr al­canzarlo y ofreciendo a los pasajeros, bien instalados y seguros, un espectáculo deliciosamente ridículo que pro­vocaba francas carcajadas, pero nunca la fácil ayuda de hacer detener el tranvía.

Otras veces las pobres suplicaban a unos de los chicos que las acompañaban: Corré, Julito, corré .... pero apurále .... mandálo a parar en la esquina! ¡Una tragedia completa para reunir en la falda media arroba de “cisco” o adquirir una inflamación en un ojo, a consecuencia de las chispas, que no se saben por qué, sentían gran pre­ferencia por las pupilas y la abertura del descote!

Entre los accidentes fatales que recordamos, dos causaron viva sensación y dejaron para siempre cojos al par de chicue­los brincones y traviesos, que, los protagonizaron, hoy ya creciditos y apaciguados: en el uno quedaron sobre los rieles los cinco dedos de un pie del estimable amigo don Luís Eduardo Salas y en el otro, fue el pie completo el que abandonó en la carrilera, el “chatico Silva” el competente abogado ex - secretario de Gobierno y otras yerbas, doc­tor Eduardo Silva.

A ambos les practicó la amputación. Con limpie­za y rapidez el “alijo” o pequeña plataforma que llevaba siempre el tranvía, para mercados, equipajes, etc. Fuera de estos lamentables casos, una buena cantidad de mu­chachos, mujeres y hombres vueltos papilla por las cor­tantes ruedas, fueron sangrantes hitos que señalaron el avance del progreso en nuestras calles.

Cuando los au­tomóviles hicieron su aparición lanzando sobre las gen­tes sus tufaradas pestilentes y poblando de estridencia, enemigas del sueño y la tranquilidad, todos los vacíos de “la urbe, el tranvía redujo sus actividades al servicio de pasajeros para los trenes del Puerto y la Frontera. Luego .... luego desapareció.

Allá en un tambo de la Estación Cúcuta están los carritos y las locomotoras enanas, mudos, fríos, cubier­tos de polvo y olvido, en espera de que el tiempo y el abandono, vuelva trizas sus viejos y desgastados cuer­pos. Ancianos impotentes, asilados en su triste “viejoco­mio”, ya no cortan, ya no corren, ya no dejan atrás a las señoras demoradas, ya no queman ni pulverizan carbón para desventura de fluxes blancos y camisones de olán .... Sus bellos días terminaron .... Como nos está pasando a muchos y les pasara a todos sin remedio.






Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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