domingo, 22 de junio de 2014

588.- LA GRAN INUNDACION DEL 53



Gerardo Raynaud

Una creciente del río Pamplonita. Se aprecia la Estación del Ferrocarril del Sur 

En los años previos al ingreso a la modernidad de la ciudad, muchos de los sentimientos pueblerinos reinaban aún en ella. Hace apenas algunos años se tienen los servicios básicos disponibles con una tasa de cubrimiento que apenas cumple con el promedio nacional y en algunos casos, ni siquiera alcanza a cumplirlo. 

Nada comparable con lo sucedido después de la hecatombe producida a raíz del terremoto de 1875, cuando la ciudad renació, literalmente, de sus cenizas y se constituyó en un modelo de progreso y de pujanza, hasta ese momento desconocido en el país y eso incluye las grandes capitales de entonces, que estuvieron a la par con el desarrollo de la ciudad. 

Los servicios públicos esenciales de la época, como la energía eléctrica, la telefonía, el transporte, terrestre y fluvial, el comercio tanto nacional como de exportación entre otros, fueron ejemplo para las demás regiones del país, pues en ese momento, la cultura colectiva y sus intereses primaban sobre las ventajas individuales, que hoy son la maldición del progreso y de la prosperidad.

A medida que transcurría el siglo 20, muchas obras comenzaron a realizarse, en la medida que las necesidades lo requerían, y se hacían con los escasos recursos que se disponía y utilizando la tecnología que estaba al alcance de las posibilidades del Estado; el hecho plausible es que la ciudad fue estructurándose lentamente, quizás demasiado lenta, pero logrando un cierto grado de desarrollo, que no es propiamente gracias a las administraciones municipales recientes y me refiero a las de los últimos cincuenta años, sino más debido al impulso de ciertas empresas de otros sectores, quienes le aportaron en su momento, resultados que hoy se muestran con cierto orgullo.

Pero nuestra crónica de hoy corresponde a un relato no muy agradable sucedido comenzando el mes abril del año del título y que confirma el dicho de las ‘aguas mil’. 

Recién se había terminado de construir el colector de aguas lluvias de la calle 18 y aunque no fue de la entera satisfacción del alcalde Guerrero, no tuvo más remedio que recibir la obra, que finalmente tuvo el visto bueno del Instituto Nacional de Fomento Municipal y al cual tuvo que acudir para pedir se investigaran las deficiencias en su construcción una vez producido el desastre. 

El mencionado colector fue la principal causa que se ocasionara la inundación en referencia, pues las aguas que bajaban de los cerros aledaños a la zona donde hoy está la estatua de Cristo Rey y los barrios hacia el occidente, formaban grandes raudales cuando llovía e inundaba toda la zona de lo que hoy es el Barrio Blanco, en busca del rio Pamplonita a donde iban a desaguar. 

La avalancha no solo arrastraba agua sino además lodo, con todas las implicaciones que esto traía en su desaforada búsqueda del cauce del río, donde desaguaría. 

La Administración municipal, buscando el bienestar de los habitantes de esa zona, decidió encausar las aguas lluvias, de manera que fueran a parar al rio sin causar los destrozos  que ocasionalmente se producían, cada vez que llovía torrencialmente. 

Sin embargo, parece que la obra no cumplía con los requerimientos técnicos del caso, pues así lo manifestó el ingeniero Emilio Gaitán Martín, uno de los más reconocidos de la época, al argumentar que las aguas que allí se reunían, provenían de alrededor de quinientas hectáreas de terreno y que la capacidad del colector no alcanzaba a encausarlas y así sucedió a poco menos de un año de su puesta en servicio.

Pero, ¿qué fue lo que sucedió? Pues bien, en la noche del miércoles 8 de abril cayó un torrencial aguacero, de esos que ya casi no se ven y duró lloviendo de manera intermitente durante dos días más. 

La tormenta más fuerte duró casi una hora, tiempo suficiente para que se acumularan las aguas y recorrieran presurosas las calles con su cargamento de piedras, barro y palos que iba recogiendo en su recorrido, el cual se produjo a lo largo de las avenidas segunda y primera, cuando aún la avenida cero era un carreteable destapado, destruyendo a su paso, cuanto impedimento se le atravesara, razón por la cual, muchos de los perjudicados fueron los propietarios de los puestos de la plaza de mercado Rosetal, que se inundó completamente, perdiéndose todos los víveres y mercancías dispuestos para la venta del día siguiente; la construcción que por entonces se estaba realizando en el hotel de turismo que ahora conocemos como Tonchalá y también algunas viviendas del centro de la ciudad que se vieron igualmente afectadas por el torrencial aguacero.   

En la evaluación posterior que hicieran las autoridades, se contabilizaron más de 40 inmuebles averiados, algunos totalmente destruidos y otros parcialmente enterrados en el lodo. La tempestad no tuvo ninguna discriminación, pues afectó tanto a pobres como a pudientes, entre estos a Francisco Faillace, quien tuvo que pedir ayuda para que quitaran los escombros de algunas paredes de su vivienda que se habían venido a tierra.   

En la evaluación de los daños se concluyó que estos ascendían a algo más de trescientos mil pesos y que los mayores damnificados eran gente humilde y sin mayores recursos, caso especial el de doña Ana Bertilda Gutiérrez de Tamí, que suscitó tanta solidaridad, toda vez que su casa desapareció prácticamente debido a que se encontraba en el sitio exacto donde el colector colapsó, en la avenida tercera con diecinueve, que Radio Guaimaral, por intermedio de su radio periódico ‘Lo del Día’ abrió una suscripción pública para colaborar con estas personas ya que la nación, a través del Instituto de Fomento dijo no tener partidas disponibles para estos casos pero que gestionaría algunos auxilios con la nación, pero para pagarle al municipio las pérdidas ocasionadas por la ruptura del colector; las contribuciones generosas del público alcanzaron la suma de $170 que serán entregadas al tesorero de la campaña para su equitativa distribución.

El aguacero, además de los daños propios, produjo perjuicios adicionales, quién lo creyera, en otros sectores, como sucedió en los talleres del ferrocarril en donde la inundación provocó un incendio debido a que las aguas se mezclaron con los combustibles que alimentaban las locomotoras y estas, cuando estaban a punto de encenderse para iniciar su marcha tradicional, se prendieron ocasionando severas averías a las locomotoras 6 Maracaibo y 3 Colombia, las cuales iban a emprender su viaje a la población de Encontrados en itinerario programado a las seis de la mañana.

Afortunadamente sólo hubo daños materiales, pues ningún funcionario resultó lesionado y los daños le costaron a la compañía de ferrocarril la suma de diez mil pesos, que fueron oportunamente reconocidos por la empresa aseguradora.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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