PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

TERREMOTERO -Reconocimiento, enero 2018-

Apasionantes laberintos con inspiraciones intentan hallar rutas y permiten ubicarnos en medio de inagotables cascadas, son fuentes formadas por sudores de ancestros. Seguimos las huellas, buscamos encontrar cimientos para enarbolar desprevenidos reconocimientos en los tiempos. Siempre el ayer aparece incrustado en profundos sentimientos.

Corría finales del año 2008, Gastón Bermúdez sin advertir y sin proponerlo, inicia por designios del destino la creación del portal CRONICAS DE CUCUTA. Parecen haberse alineado inspiraciones surgidas por nostalgias. Gran cúmulo de vivencias, anécdotas, costumbres y añoranzas, fueron plasmadas en lecturas distintas.

Ya jubilado de la industria petrolera venezolana, recibió mensaje que expresaba una reunión de amigos en Cúcuta. Tenía más de cuatro décadas ya establecido de forma permanente, primero en la ciudad del puente sobre el Lago y después en la cuna del Libertador. Viajó ilusionado, acudió puntual a la cita desde Caracas. Encontró un grupo contemporáneo, conformado por amigos ex-jugadores de baloncesto y ex-alumnos del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

La tierra cucuteña levantada desde primeras raíces plantadas, siempre acompañó todos los hijos ausentes. Cuando encontramos distantes los afectos, creemos separarnos de recuerdos. Nos llevamos al hombro baúles de abuelos, cargamos con amigos del ayer, empacamos en maleta la infancia y juventud. Muchas veces una fotografía antigua, atrapa y confirma que nunca pudimos alzar vuelo.

Entonces por aquellos días apareció publicado ´La ciudad de antaño´, parido desde generosa pluma con sentido de identidad comprometida, fue el mártir periodista Eustorgio Colmenares Baptista dejando plasmados recuerdos de finales de los 50 y años 60. Sin querer, esas letras fueron presentación inaugural de CRONICAS DE CUCUTA. Los Inolvidables sentires viajaron al modesto grupo de amigos y abrieron compuertas para afianzar arraigos de infancia. Don Eustorgio culmina la crónica con frases retumbando las memorias: “Había muchos menos avances tecnológicos a disposición de la comunidad, pero vivíamos como si nada nos faltara. Nos bastaba con vivir en Cúcuta”.

Sentires intactos, ahora plasman recuerdos en calles transitadas por niños que fuimos. Nuevamente los arraigos hacen despejar las avenidas a los rieles del antiguo ferrocarril. Nos bastaba con vivir en Cúcuta. Asoman madrugadas entre indetenibles remembranzas y añoranzas.

Sin planificar nada, Gastón compartía vía internet las crónicas del Diario La Opinión aparecidas cada ocho días en lecturas dominicales. Sin saber, creció el portal CRONICAS DE CUCUTA. Cada acontecimiento recopilado se convertía en homenaje In Memoriam para hombres y mujeres que dejaron muy alto el Valle de Guasimales. Igualmente, exalta la dignidad con reconocimiento a grandes glorias del ámbito artístico, cívico, periodístico, religioso, deportivo, cultural, social y político.

Oficialmente se convierte en PORTAL WEB el 7 de octubre 2010. En forma admirable acumula ya 1.329 recopilaciones tipo crónicas, casi todas extractadas de periódicos y publicaciones locales, libros populares, escritos nacidos de historiadores, periodistas, inéditos autores y muchos escritores del Norte de Santander. El portal permite hallar el original ADN ancestral y ubica el sentido innato de pertenencia cucuteña. Llegó un día a la vida de todos los internautas, igual como aparecen las buenas nuevas, sin avisar, sigilosamente introduciéndose en las cortezas que somos y las venas que siempre fuimos. Su creador, nunca imaginó un buscador que tocara el alma y menos tallar imborrables despertares en ávidos ojos de lectura.

Aparece ahora como paso determinante para navegar en referencias de Cúcuta. Asegura a nuevas generaciones herramientas para afianzar valores jamás perdidos. La perspectiva futura para ámbitos históricos, culturales, sociales y deportivos, harán necesario considerar el Portal como insigne buscador de consulta e informativo. Importante archivo tecnológico para infantes en colegios y escuelas. Podrá acceder directamente cualquiera a profundos arraigos allí recopilados. Casi imperativo considerarlo como salvaguarda del sentido de identidad y pertenencia.

CRONICAS DE CUCUTA se convirtió en sugestivo repaso de acontecer histórico, recopilado en 19 capítulos o clasificaciones. Portal libre, siempre abierto a todo aquel deseoso por descubrir datos históricos, biografías, nombres de grandes personajes, fechas emblemáticas, sucesos de vida social, cultural, deportiva, religiosa, artística y política. Formidable vía adentrándose en acontecimientos del siglo XVIII hasta nuestros días. Todo expedicionario oriundo se encontrará representado en cada letra, apellido, dato, foto y fecha. Todos volverán a observar las luces de la gran ciudad en medio de rutas por hallar orígenes.

CRONICAS DE CUCUTA no debe tener como destino el olvido, deberá asegurar a nietos de nuestros nietos, inquebrantables lazos surgidos de nostalgias, recuerdos y añoranzas. CRONICAS DE CUCUTA es herramienta tecnológica para demarcar el hilo conductor entre hoy y ayer. Parece luz encontrada en días oscuros, nos abre el entendimiento. Pulsar la tecla nos lleva a destinos con encuentros pasados. Valiosa información contenida en páginas adornadas con sentimientos profundos.

CRONICAS DE CUCUTA garantiza el resurgir de valores originarios que parecían adormecidos por culpa del avasallante mundo moderno. CRONICAS DE CUCUTA llegó para quedarse, igual que mares inundados por recuerdos. CRONICAS DE CUCUTA confirmó la premisa donde las nostalgias se convierten en vehículos para transportar la historia. Una enciclopedia virtual presentada por nuestras gentes con sencillo lenguaje.

Anclados quedarán por siempre nuestros sentires, intactos los arraigos, despiertas las añoranzas y vivas las costumbres intactas. Ahora aseguramos el reguardo de raíces que retoñan desde cenizas del ayer. Dios jamás declaró desértico el Valle Arcilloso, siempre fue bendecido, tampoco declarado deshabitado para la vida del hombre.

Fueron creciendo raíces en medio de cenizas y milagrosamente reverdecieron los gigantescos árboles frondosos. CRONICAS DE CUCUTA reafirma lo que somos. Seguiremos siendo aquello que siempre fuimos, nada cambió, solo algunos pañetes y varios techos distintos.

Todo estará por volver, todo por crecer y todo por llegar. Nunca estaremos solos. Cada generación hará brotar nostalgias por siempre convertidas en historias llenas de arraigos.

Nos bastaba con vivir en Cúcuta…

domingo, 4 de noviembre de 2012

277.- LA FIESTA


Rafael Canal Sorzano


Nosotros los Canal Sorzano éramos una gran familia. Sí, éramos una gran familia compuesta por nuestros padres, doce hijos, seis hombres y seis mujeres y, casi permanentemente, uno o dos tíos y cuatro, cinco o siete primos.

Para alojar a tanta gente con alguna comodidad, mi padre construyó una casa en la esquina de la avenida Cuarta con calle Trece y compró la casa vecina.

Instaló su matrimonio en una pieza que quedaba en medio de las dos y en la nueva esquina, con pisos de mosaico italiano, equipos sanitarios comprados en un viaje que hizo a Nueva York, ventanas con celosías y visillos, gran comedor con mesa y sillas talladas en caoba, vajilla marcada al fuego, cubiertos de plata, gran sala con muebles importados de Viena y piano de cola, dispuso que se instalaran las mujeres. En la otra, con pisos de ladrillo cuartón, letrinas de hoyo y baños con balde, nos alojó a los hombres.

Las cosas marchaban a las mil maravillas porque aquella separación de sexos tenía grandes ventajas.

La casa de las mujeres era al mismo tiempo la zona social en donde quedaban el comedor, la sala y amplios corredores con sus juegos de recibo, donde se organizaban las tertulias y los juegos de ajedrez, damas y naipes. En la otra, cada uno de los varones tenía una pieza particular con dotación completa y agradable privacidad, pero nos reuníamos con frecuencia a tertuliar y, como era apenas lógico, a contar los últimos chistes subidos de color. También en el sitio destinado al comedor instalamos un gimnasio que a la postre dio frutos y recompensas.

En estas estábamos cuando llegó a la casa una delegación de primos, dos hombres y dos mujeres. Las niñas fueron alojadas en la casa de las damas y los dos caballeros en la nuestra. Ellas eran preciosas y de una simpatía desbordante.

Hijas de una tía, habían nacido y vivido en Ocaña, tierra de las mujeres más encantadoras y dulces de Colombia. Pero con ellas no va esta historia verdadera, sino con los dos primos. Estos caballeros eran un par de tipos especiales. Uno de ellos, hermano de las primas ocañeras, alto, delgado, de cabello castaño rizado, nariz recta, labios fi nos, dientes blancos, hombros anchos, cintura delgada y una musculatura imprevisible debajo de su siempre inmaculada camisa.

Este muchacho tendría por aquel entonces unos veinte años y vino de Ocaña aburrido de la politiquería provinciana y del dominio de los gamonales de turno. Tenía la simpatía desbordante de los ocañeros cultos y fuera de eso la vitalidad que le ponía cumbrera al cúmulo de sus afortunadas cualidades, rodeando su figura y su personalidad de cierto hálito carismático que ataría la atención de todo el mundo, especialmente de las damas de todas las edades, que al verlo no podrían menos de quedar suspendidas en el aire.

Otro primo arribó a mi casa paterna casi al mismo tiempo que el dúo de ocañeros. Este era un muchacho bumangués que en aquel momento venía nada menos que de Nueva York, donde fue a parar a consecuencia de una aventurilla con una chica de Alto del Llano, en Bucaramanga, de aquellas aventuras que cobraban y cobran mis paisanos con el sagrado y eterno vínculo del matrimonio o con cinco balazos. Así de simple era la cosa. Hoy también lo hacen pero se han vuelto más generosos.

Pues bien, este segundo primo merece capítulo aparte. Era indudablemente un bello ejemplar humano. Tendría 22 años y un metro con ochenta y cinco de estatura, con peso de ochenta kilos. Su rostro era el de un Apolo griego y su piel fina y muy blanca ocultaba una musculatura de acero. La gente que conoció a este ejemplar humano en Bucaramanga, en Cúcuta y en Bogotá, donde vivió la mayor parte de su vida, están de acuerdo conmigo en que es muy difícil encontrar un tipo más varonil y más hermoso que Gabriel Barco Sorzano.

Este muchacho nos amenizaba las tertulias hogareñas contándonos las mil aventuras que había tenido en Broadway, donde había realizado toda clase de oficios para desvararse, desde lavar platos en restaurantes y cargar maletas en hoteles de categoría, hasta servir de sparring a Jack Dempse y bailar tango en un teatro famoso con la artista de moda Pola Negri.

Este par de primos llenaron un par de años de mi vida con alegría, simpatía y aventuras sin fin. Con ellos, mi familia y yo pasamos horas inolvidables, y con mis hermanos mayores ligamos aventurillas como la que tuvimos en una ocasión en El Casino.

Mis padres, hermanas y primas viajaron a Pamplona a casa de unos parientes, con el objeto de visitar a mis hermanas menores que estudiaban internas en un colegio de monjitas. Los tres hermanos mayores y los primos quedamos en Cúcuta por falta de cupo en los carros y, desde luego, con gran beneplácito para nosotros, dueños y señores del patio.

Inmediatamente nos dimos a la tarea de planear dónde y cómo sería la celebración. El primo ocañero había incursionado por el casino y se había informado que esa noche, fuera de todos los atractivos normales, había gran baile con la mejor orquesta de Cúcuta, dirigida por el maestro Fausto Pérez y con la asistencia de bellas muchachas que habían llegado de Maracaibo, Lagunillas y San Cristóbal, fuera de las muy lindas que había reclutado Félix en San Antonio y Ureña, “el Clavel Rojo” y la casa de “La Mona”.

Quién dijo miedo. A las diez de la noche salimos de la casa los tres hermanos y los dos primos, muy acicalados y muy perfumados para la fiesta de El Casino.

Cuando llegamos el mismo Félix salió a recibirnos y amablemente nos condujo a una mesa estratégicamente situada en un rincón del salón pero al lado de la pista de baile y discretamente nos hizo saber que muy pronto regresaría a atendernos personalmente. Todavía era muy temprano y había poca concurrencia, pero cinco minutos más tarde las mesas estaban llenas y los músicos Rafuchas, Ruperto, Corzo y otros cinco o seis más, con Fausto a la cabeza, acomodaban atriles y partituras y afinaban instrumentos.


Un coime nos trajo botellas de Brandy Tres Estrellas y Whisky, vasos y soda.

En este momento se hizo presente de nuevo Félix, seguido de un grupo de niñas que se acercaron a nuestra mesa y nos fueron presentadas, con gran sorpresa para nosotros, pues se trataba de un grupo de lindas muchachas, muy bien arregladitas, con bellos peinados, muy bien vestidas con trajes largos de fina seda italiana y corte exquisito.

Cuando terminamos las presentaciones nos sentamos nuevamente a la mesa, procurando cada cual acomodarse a su gusto y conveniencia, cuando inició la tocata la orquesta, nada menos que con el Vals del Emperador, de Strauss. Así eran las cosas en Cúcuta y en El Casino a principios de los años treinta.

Luego la orquesta acometió un pasodoble y todos los componentes del grupo sacamos pareja y nos lanzamos raudos a bailar. A mí me tocó una muchacha alta y delgada de pelo negro y ojos claros. A la primera vuelta ya sabía yo que había estado de suerte y que nos sincronizamos perfectamente; además mi pareja resultó amable y encantadora.

La fiesta se desarrollaba con alegría desbordante y Félix repartió en todas las mesas serpentinas y confetis.

Más o menos a las dos de la mañana, cuando la fiesta estaba en el clímax de la alegría, entró al salón un hombrote mal encarado y jetón, seguido de cinco tipejos más, de su misma calaña, se acercó a la pareja formada por mi primo el bumangués, y una muchacha pizpireta de lindo cuerpo, un poquito llenita, tenía una papadita incipiente que le hacía gracia, y con maneras bruscas y expresiones groseras separó a la pareja e intentó echar mano a la muchacha para continuar el baile con ella.

Nunca imaginó aquel patán el lío en que se acababa de meter. Mi primo el bailarín pareció sorprenderse al principio, pero con calma, seguridad y firmeza, agarró al hombrote por el brazo, le hico dar media vuelta y le estalló una formidable trompada en el ojo izquierdo. Aquél gigante empezó a recular agitando los brazos hasta que cayó encima de una mesa donde había otro grupo tan numeroso y animoso como el nuestro. Inmediatamente intervinieron los compañeros del jayán, todos los componentes de nuestro grupo, los de la mesa a donde fue a caer el patán: algunos tomaron nuestro partido y otros se sumaron al contrario.

Así, la gresca fue tomando volumen hasta que se convirtió en la pelea más generalizada y fenomenal que recuerdo haber visto en mi vida. En estas estábamos cuando Félix se plantó en la mitad del salón y sacando un tremendo revólver calibre 45 disparó tres tiros al aire y gritó:

“Se acabó la pelea y el que tenga ganas de seguirla tendrá que matarse conmigo”.

Luego de unos segundos en que se hizo un profundo silencio volvió a hablar para proponer:

“Sigamos la fi esta que está muy buena pero con orden y cultura”.

Mi primo el ocañero contestó:

“Yo creo que todos estamos de acuerdo, siempre que se salgan los patanes que nos agredieron”. Todo el mundo apoyó la idea y estivo de acuerdo prorrumpiendo en aplausos y gritos de alegría. A la vista de Gregorio, armado de un impresionante garrote y de dos agentes de la autoridad que se hicieron presentes en el salón, los tipos aquellos se salieron y sacaron al gigante noqueado. Félix, a quien le gustaban las vainas en grande propuso:

“Cerremos las puertas, entre todos nos repartimos los daños y los gastos y hagamos de esta fiesta la más agradable de nuestras vidas”.

Como todos estábamos deseando seguirla, su propuesta fue recibida con inmensa alegría y general aprobación. Todos los asistentes colaboramos en ordenar el salón y fue así como a los pocos minutos se reanudó el reparto de trago y la orquesta reinició la tocata con las Brisas del Pamplonita, himno popular de los nortesantandereanos.

Todos los que teníamos pareja salimos a bailar y la fiesta se reanudó con mayor entusiasmo del que tenía cuando el incidente del moreno jetón.

Habríamos bailado tres piezas, cuando Félix paró la orquesta y propuso un concurso de baile por parejas. Cada pareja escogía su pieza y se le daba un minuto para exhibir sus habilidades. Mi primo el ocañero arrancó con “Alma Llanera”, el bumangués le siguió con el tango “La Cumparsita”, uno de mis hermanos con un Charleston y yo me defendí con un Blues de moda, en el que la flaca lo hizo de perlas.

A todas estas los empleados del Casino, dirigidos por Félix y Gregorio, tenían al amanecer las cuentas en orden, los nombres de todos los señores que habíamos tomado parte en la fiesta, el monto de la cuenta incluyendo daños, trago, gaseosas, serpentinas, orquesta y, desde luego, una generosa suma para imprevistos. La prorrata entre los señores ascendió a la respetable suma de $ 185 per cápita, como quien dice a unos $ 18.500 de hoy. Algunos de los asistentes pagaron la cuenta de contado, otros firmamos un vale y casi todos salimos trancándonos con la pareja.

La flaca y yo nos metimos en un carro de plaza, como llamamos en Cúcuta a los taxis y nos fuimos para su casita que quedaba cerca de la Loma de Bolívar, donde vivía con su mamá, una señora bien parecida de Salazar de las Palmas.

La señora nos sirvió un buen desayuno y nos fuimos a la cama. La flaca me resultó una condenada insaciable y en menos tiempo del que se tarda un peluquero en pelar un loco, me tenía con la lengua afuera.

Por fin resolví ponerle cabeza al asunto y para mi fortuna recordé la fórmula secreta que me había vendido una gitana para las niñas muy exigentes, que también servía para levantarle el ánimo a las muy frías. Me tomé las cosas con calma, pegué una dormida de por lo menos cuatro horas, nos levantamos, almorzamos, nos tomamos un brandy con dos huevos crudos como bajativo y, cuando todo estuvo dispuesto, agarré a la flaca y puse en ejecución el secreto de la gitana.

Para qué decir, ni contar. Aquello resultó a las mil maravillas, hasta que nos separamos y la flaca se quedó en la cama, medio desmayada y jadeante. Yo aproveché para vestirme y regresar a casa rápidamente, antes de que regresaran mis padres y las personas que habían ido a Pamplona.

Tres días después se me acercó un muchachito que me preguntó: “¿Usted es don Rafael Canal?. Sí, le contesté.

Entonces me entregó un papelito doblado en triángulo y deliciosamente perfumado que decía: Rafael Canal a Hilda, debe: por dos desayunos, $20, por dos almuerzos con pollo, $ 30, por dos brandis dobles con dos huevos, $ 20, por una quedada con tres estadas, $ 40. Total: $ 110.
PD: Vuelva. Hilda.




Recopilado por : Gastón Bermúdez V.


jueves, 1 de noviembre de 2012

276.- LA CORONA: OTRO GRANDE QUE CIERRA LAS PUERTAS


Rafael Antonio Pabón




Tristemente, no me dejaron cumplir los 60 años del almacén – dijo y se echó hacia atrás en la silla que ocupó por décadas. En ese local pasó 43 años atendiendo gente, firmando papeles, dando órdenes, despachando pedidos, dando descuentos y comprando más mercancía.

El lamento salió de lo profundo del corazón del hombre que se resiste a creer que el tiempo se detuvo y que no volverá a correr la puerta plegable del almacén que marcó una época en Cúcuta y que se convirtió en punto de referencia para cucuteños y turistas.

De ahí en adelante, el tiempo trascurrió en recuerdos y repaso a ese pasado que no se alejará de la mente de Daniel Hernández. Al comienzo, se resistió a retrotraerse y devolver los pasos sobre esa vida que cumplió detrás del escritorio metálico envejecido. No quería rememorar, ni dar marcha atrás en los pensamientos. Los ojos enrojecieron y con dificultad empezó a hablar de lo que no deseaba que se contara.

El barrio Callejón lo vio nacer al final de la década de los 30, el colegio Sagrado Corazón lo tuvo entre sus alumnos, el almacén LEY le pagó como empleado, el almacén La Corona lo consagró como ciudadano de bien y los reinados departamentales lo acogieron como patrocinador.

El 31 de octubre, sin que nada tuviera que ver con el Día de las Brujas, bajó el letrero que identificó por años al negocio de venta de zapatos, sombreros, pijamas, ropa interior para caballeros, prendas íntimas para damas, artículos de cuero para hombre y otros artículos para adultos.

Las vitrinas que  guardaban la mercancía comenzaron a vaciarse. Los maniquíes quedaron al desnudo. El silencio es dueño del ambiente. Pocas  muestras de textiles aún cuelgan de los ganchos. Se resisten a pasar al olvido.

La Corona tomó el nombre de una fábrica de calzado grande de Bogotá, que tuvo vida durante 110 años y que se acabó hace 15 o 18 años – dijo Daniel Hernández sin darse cuenta de que comenzaba a relatar lo que no quería contar.
                                                               
El almacén abrió las puertas en 1952. Daniel Hernández llegó en 1963, el contrato comenzó a correr a partir del 15 de marzo y se quedó hasta hoy. Desde siempre estuvo en la avenida 5 entre calles 11 y 12, más abajito del LEY. En la época de los fotógrafos ambulantes el letrero aparecía en la mayoría de telescopios que entregaban con la foto. Era publicidad gratis.

En ese lugar se codeaba con otros negocios que alcanzaron reconocimiento por la ubicación en el centro cucuteño. Los almacenes Lecs y Tony, la cafetería Araña de Oro, los bancos de La República y Popular, el LEY y el TÍA se disputaban los honores como puntos de referencia en ese sector.

Uno a uno se fue yendo de la memoria colectiva. Quedan el TÍA y el Lecs convertido en centro comercial. El modernismo y las ganas de cambio impulsadas por el desarrollo de la ciudad les cambiaron la cara a las cuadras que conforman el corazón de la capital de Norte de Santander.

Décadas atrás, un alcalde ordenó retirar los avisos colgantes de los negocios y pegarlos a la pared. Daniel Hernández retiró el de La Corona y aprovechó para cambiarlo por el que despegó y arrumó hace 15 días. También, quitó el del conejito luminoso en neón que anunciaba la venta de sombreros Barbisio.

La mayoría de la clientela llegaba de Venezuela a buscar los zapatos Corona corrientes, tres coronas, cuatro coronas y el mocasín, que tenía una moneda de adorno; la camisería, la perfumería, los pantalones y la ropa femenina.

La última mejor época, la boyante, fue antes de la caída del bolívar, en 1983. En 1979 y 1980, disfrutaron las mieles de las ventas grandes, aunque no hicieron uso de los ‘arrastradores’ para que les llevaran compradores. Los marchantes llegaban solos.

Antes, en 1958, los camiones militares venezolanos venían a cargar aquí para llevar mercancía. Compraban por docenas, por colores, por precios – dijo Daniel Hernández mientras las empleadas seguían doblando prendas, empelotando muñecos y guardando lo que no volverá a venderse en este almacén que hace parte de la historia comercial de Cúcuta.

    
                                                                         
A los directivos locales de Fenalco los tomó por sorpresa la determinación de cerrar las puertas del almacén La Corona y  corrieron a verificar la noticia que les llegó por correo. Era cierto. El aviso principal no estaba.

El cierre de la frontera y las decisiones asumidas en Caracas por el presidente Hugo Chávez espantaron a los venezolanos de las calles cucuteñas. El precio bajo del bolívar no significaba ganancia alguna para viajar muchas horas en busca de mercancía costosa.

El prestigio ganado ahora es cuestión de honor. En la memoria permanecerán arrumados los recuerdos cuando patrocinaba el Reinado Departamental de la Belleza, en Chinácota. Las fotos que Daniel Hernández guarda con recelo en varios álbumes lo evidencian.

Al fondo de la tarima principal aparece la enorme corona distintiva del almacén. Las reinas posaron para la cámara exclusiva del fotógrafo patrocinador. Las imágenes del pueblo alegre y parrandero quedaron impresas en el papel. Las carrozas y las candidatas veredales reviven al pasarse las páginas de los libros.

Los sentimientos altruistas de Daniel Hernández lo impulsaron a organizar el desfile de ropa interior femenina en el Club del Comercio. Un atrevimiento para la época. El mayor temor era que el padre Daniel Jordán los descomulgara por incitar al pecado. Dos modelos lucieron las diminutas prendas que dejaron boquiabiertos a los hombres y sonrojadas a las mujeres.

Luego, los desfiles en ropa interior con fines benéficos se volvieron costumbre y se pasearon por varios municipios entre los que se recuerdan a Chinácota y Arboledas.

Las vitrinas externas de La Corona sirvieron para mostrar no solo ropa, también se exhibían fotos de municipios, libros de autores nortesantandereanos y mosaicos de bachilleres. Detrás de esos vidrios se organizó el desfile de ropa interior que provocó hilaridad entre los cucuteños recatados de esa época.

Aquí me llevan contando y les dije que no quería entrevista – se lo dijo a Rocío, la segunda esposa, que aprobó la charla y se mostró solícita para ver las fotos coleccionadas en los álbumes que guardan en casa.

    
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En el repaso no faltaron los clientes. Los niños jugaban dentro del almacén, correteaban mientras los padres compraban y para entretenerlos Daniel Hernández tenía una curiosidad. Les movía las orejas y los ponía a imitarlos. Años después, los pequeños regresaban convertidos en adultos y hacían remembranza de esas travesuras.

Las anécdotas aparecieron con facilidad. El relato en ese momento era fluido. Las advertencias no habían hecho mella en la conversación. Las risotadas para celebrar las ocurrencias retumbaban en el local semivacío.

Los minutos trascurrieron y la charla continuó. Salieron a flote momentos gloriosos. Los 35 empleados que tuvo el almacén, los precios en pesos, la seriedad en la venta, las cualidades, la amistad. Un vaso de agua para la pregunta final. ¿Qué va a pasar con el local?

Eso es reserva del sumario.

      




Recopilado por : Gastón Bermúdez V.