Jonathan Maldonado/ San Antonio Villa Heroica
La mayoría lo llama Terremoto de Cúcuta. Pero el profesor y escritor Armando Garnica prefiere describirlo como el terremoto de San Antonio, pues el epicentro fue en la Villa Heroica y se extendió hacia otras zonas de frontera, donde la devastación fue similar.
Hoy, sábado 18 de mayo 2024, se cumplen 149 años de aquel episodio que dejó desolación y muerte al estremecerse la tierra y derrumbar las estructuras que, en esa época, eran de bahareque y de madera. Muy endebles para un remezón tan fuerte.
Garnica, desde la comodidad de su hogar y teniendo como fondo su variada biblioteca, echó el relato, quizá más desde la óptica de escritor que de historiador, pero con precisiones que permiten recordar parte de los acontecimientos que marcaron ese día. «Fue un hecho fatídico y, a la vez, se conmemora el milagro de la Virgen María, en la advocación de la Virgen de la Luz, que se produce como consecuencia del sismo», remarcó haciendo uso de sus apuntes para no olvidar los detalles.
En esa época, rememora el profesor, lo que reinaba en San Antonio eran las haciendas y los callejones en una zona donde la cantidad de habitantes no era tan numerosa, lo que hizo que la situación, tras el sismo, fuera más sombría y cargada de dolor.
El grito de Dositeo López
De acuerdo con Armando Garnica, a las 11:30 a.m. de ese martes 18 de mayo 1875, Dositeo López, abuelo invidente de Los Cocales, hoy La Parada, comenzó a gritar que olía a Lobatera (donde se produjo un terremoto en 1849). Y así pasó a los minutos, pese a que mucha gente, en ese momento, pensó que estaba exagerando y lo tacharon de loco. Previo al 18 de mayo, el domingo 16 y lunes 17 hubo temblores que trataron de avisar el gran terremoto que se avecinaba. «Dositeo acertó. La tierra empezó a moverse a tal punto que salía agua hirviendo con olor a azufre, las casas empezaron a derrumbarse, y en el piso se abrieron profusas grietas», narró.
Garnica recalca que los muertos fueron muchos -no hay una cifra exacta- y reitera que, aunque muchos insisten en nombrarlo el Terremoto de Cúcuta, fue el terremoto de San Antonio. «La tragedia se extendió por toda la zona de frontera», enfatizó.
Nube de polvo
Fue tan fuerte el estremecimiento de la tierra, que se produjo una gran nube de polvo, contaminada por el olor a azufre que empezó a asfixiar a los sobrevivientes. «En ese instante, donde la angustia, el temor y el dolor imperaban, la gente comenzó a pedir un milagro de salvación», añade Garnica. En medio de ese cuadro tan dantesco y doloroso, el padre Carlos Antonio Rivero se arrodilla y clama por su pueblo. A los segundos, emprende camino, junto a un grupo de personas, hacia la casa de Cecilia Castro, sobreviviente, quien mantenía la imagen de la Virgen de la Luz alumbrada.
«Cuando el sacerdote llega hasta donde está la virgen, se arrodilla y, arropado por una fe inquebrantable, le pide que se apiade de su gente y envíe lluvia. A los segundos, empezaron las precipitaciones – copiosas-, se disipa la gran nube y sale un sol resplandeciente por encima de los cerros y las montañas de La Mulera», sentenció.
Casi siglo y medio después, el suceso sigue vivo gracias a la historia. «Tenemos el parque de la Virgen de la Luz, está en el barrio Pueblo Nuevo y en honor a la madre de Jesús, que no nos dejó sucumbir pese a la devastación que hubo en ese entonces», concluyó el profesor Garnica.
La Virgen de la Luz: Un Legado de Fe y Milagros
Los detalles de esta asombrosa historia, transmitidos oralmente con la riqueza de la memoria ancestral, nos llegan gracias al venerable Don Aníbal Pulido. Él, uno de los últimos testigos de aquella época, compartió este relato poco antes de su partida. A pesar de sus noventa años, su mente permanecía lúcida, evocando con respeto y admiración a la prodigiosa Virgen de la Luz. Nuestros abuelos la invocaban con fervor, una devoción que esta nueva generación casi desconoce. Esta antigua y hermosa historia, quizás por la escasez de registros o porque su origen místico se desvanece en las brumas de la gesta libertadora, nunca fue plasmada en papel hasta ahora.
Cecilia Ulloa de Castro, una mujer piadosa, disfrutó durante muchos años, antes del fatídico terremoto, del singular privilegio de poseer la sagrada imagen. Su hallazgo fue un golpe de fortuna que la unió para siempre a la Virgen.
Plazoleta Virgen de La Luz. San Antonio del Táchira.
Tras su muerte, la herencia de la Virgen pasó a su hija, la señora Josefa Castro de Fuentes, y luego a su nieto, el señor Felipe Fuentes, quienes la custodiaron hasta el día del terremoto.
¿Cómo, cuándo y de qué manera se manifestó la Virgen a esta devota mujer?
Escuchemos el relato del anciano Pulido, quien en su juventud tuvo la oportunidad de conversar sobre este misterio con familiares de Cecilia Ulloa, pues mantenía una estrecha amistad con la familia Fuentes. La señora Cecilia era viuda y residía con sus hijos, ya jóvenes, en una modesta casa cercana al lugar donde hoy se levanta la casa de Julio Santos, en el barrio Zorroclocal. Eran personas sencillas, arraigadas a las costumbres patriarcales de la época.
Una tarde, al sonar las campanas del Ángelus, una mujer desconocida se presentó en el umbral de su puerta, solicitando posada. En sus manos llevaba un pequeño envoltorio de lienzo nuevo. La señora de Castro, aunque consideraba su casa incómoda, accedió a hospedarla en un rincón del corredor.
Al día siguiente, la dueña de la casa pidió a su huésped que cuidara la morada mientras ella iba en busca de su rebaño de cabras. Después del desayuno, Cecilia se dispuso a lavar la ropa. La recién llegada se ofreció a acompañarla en esta tarea, y así, ambas mujeres se dirigieron hacia la quebrada La Dantera. Junto al arroyo, la desconocida desenvolvió su bulto para lavar el humilde lienzo, que presentaba algunas manchas. Cecilia le ofreció diversos consejos para blanquearlo, pero las manchas persistían, resistiendo al jabón, al peraco, al agua y al sol. Todo esfuerzo resultó inútil.
Regresaron a la casa y extendieron la ropa sobre el frondoso follaje de los cujíes cercanos al patio. Una vez seca la tela, Cecilia fue a recogerla. Al fijar su mirada curiosa en el sencillo lienzo, una sorpresa la embargó: las supuestas manchas del burdo cáñamo revelaban ante sus ojos atónitos la inefable y fulgente silueta de la Virgen María, quien la miraba con una sonrisa celestial. Aquella visión divina fue como un relámpago que iluminó en un instante a la feliz mujer, inundándola de un gozo indescriptible.
Luego, la imagen desapareció, dejando en el lienzo solo la huella de lo que antes parecían manchas misteriosas. Cecilia, absorta en sus pensamientos, se enfrentaba a un dilema: aquel lienzo divino no le pertenecía. ¿Qué debía hacer? Anhelaba poseer aquel tesoro maravilloso, volver a contemplar el rostro bondadoso de la deidad que se había manifestado solo a ella en todo su esplendor y belleza soberana. Entonces, una idea ingeniosa floreció en su mente. Decidió proponerle a la dueña del lienzo encantado un trueque, como Aladino con su lámpara, ofreciéndole a cambio varias varas de tela nueva que sus hijos le habían regalado para un vestido. Por supuesto, sin revelar el verdadero motivo de su peculiar oferta.
La desconocida aceptó el trato sin dudarlo, y así, la buena Cecilia se convirtió en la dueña del místico retazo marcado por gloriosas formas virginales. Sin vacilar, mandó a colocarle un marco de madera de verada, lo llevó a su altar para admirarlo, encendió velas en su honor y lo mostró triunfalmente a sus vecinos.
Virgen de La Luz.
Y la Virgen, sutilmente, fue emergiendo de su escondite, revelándose poco a poco a su elegida con toda su majestad y poderío. La extraordinaria aparición mostraba en su brazo derecho al Divino Niño, quien juguetón sacaba corazones palpitantes de una cesta que le ofrecía un angelito. A su izquierda se alzaba un horrendo dragón de ojos fosforescentes y fauces abiertas, que intentaba en vano devorar a un hombre semidesnudo que se aferraba a la mano de la Virgen. Un nimbo constelado irradiaba sobre su cabeza de sublime faz de ascua, y la luna, a sus pies como pedestal, brillaba tornasolando las escamas de la serpiente, extendida como un pérfido lazo bajo el pie de la dulce emperatriz que aplastaba su cabeza.
Como era necesario mantener la imagen constantemente iluminada, Cecilia ideó un sistema para sus hijos: al regresar del trabajo, debían costear, uno sí y otro no, cada noche, la clásica velita para su divina aparición. Los muchachos, obedientes a la orden materna, sorteaban entre sí el turno para ir a la tienda ubicada en la esquina, donde hoy se encuentra la plaza de mercado, es decir, diagonal a la plaza Miranda, a comprar la vela por la suma de un "currutin" (una pequeña moneda que entonces equivalía a medio céntimo).
Para encenderle a la "Virgencita de la Luz", como ellos ingenuamente la llamaban, bautizándola así con la primera palabra de la creación. Todo el vecindario comentaba con fervor los favores que la Virgen concedía a sus devotos, y los milagros se sucedían como un rosario de avemarías, propagándose rápidamente y atrayendo ríos de gente sedienta de luz y piedad para sus dolencias.
Posteriormente, un comerciante italiano de nombre Antonio Murzzi, propietario de un almacén en el sitio donde hoy se encuentra la casa de Doña Silvina de Ramírez, viajaba hacia Europa acompañado de su hermana Pepa de Vicarini e hijos. La embarcación naufragó en alta mar, pereciendo Doña Pepa y todos sus hijos, excepto Antonio. En medio de la angustia, invocó con profunda fe a la Virgencita de la Luz, a quien él y su familia solían visitar, dejando siempre una limosna para sus velas en sus paseos vespertinos.
En aquel peligroso trance, Antonio recordó cómo en su tienda se comentaban entre sus clientes los sorprendentes efectos de la fe, que personas de todas las clases sociales ponderaban fervientemente. Entonces, prometió a la Virgen construirle una capilla para rendirle culto si lo sacaba ileso del naufragio.
Al llegar sano y salvo a San Antonio, no fue a su casa. Se dirigió directamente al negocio de un señor Pedro Bermúdez, en la esquina que hoy es propiedad de Don Tobías Moros (Bar Victoria), a comprar dos grandes velas de cera. Postrado de rodillas, con una vela encendida en cada mano, recorrió el camino hasta el santuario familiar de Cecilia de Castro, para agradecer a la Virgen de la Luz por haberle salvado milagrosamente la vida en aquel siniestro.
Allí mismo, los hermanos Antonio y Bartolomé Murzzi, con la colaboración del cura párroco y sus feligreses, y tras obtener el permiso del episcopado de Mérida, levantaron la capilla prometida a la Virgen de la Luz. Años después, sobrevino el terrible terremoto del 18 de mayo de 1875, que arrasó con todo. Las manecillas de los relojes paralizados quedaron marcando la dramática hora de las once y media.
Tras el pavoroso siniestro que sembró el pánico entre los habitantes de San Antonio, el cura párroco de entonces, el padre Carlos Antonio Rivera, con profunda tristeza, salió con algunos sobrevivientes a desenterrar la sagrada custodia de entre las ruinas de la iglesia, ubicada en la esquina occidental de la plaza Miranda. Luego, fue en busca de la milagrosa imagen de la Luz, rescatándola de los escombros de su pequeña capilla. El padre Rivera, profundamente conmovido, se arrodilló ante ella con los brazos en cruz, implorando misericordia y rogándole en ferviente plegaria que enviara lluvia, pues ya se asfixiaban con el polvo de las ruinas.
Y allí mismo, a petición del pueblo, de rodillas ante la Virgen de la Luz, una intensa lluvia comenzó a caer para aliviar el sufrimiento de la comunidad. En aquel instante, los señores Antonio Perozo, Pastor Nieto y Francisco Rubio hicieron un solemne juramento a la Virgen de la Luz de hacerse cargo de su festividad en esta luctuosa fecha del 18 de mayo en los años venideros.
Fuente: Leyendas del Municipio Bolívar, Lic. Armando Garnica
Recopilado por: Gastón Bermúdez V.