PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

TERREMOTERO -Reconocimiento, enero 2018-

Apasionantes laberintos con inspiraciones intentan hallar rutas y permiten ubicarnos en medio de inagotables cascadas, son fuentes formadas por sudores de ancestros. Seguimos las huellas, buscamos encontrar cimientos para enarbolar desprevenidos reconocimientos en los tiempos. Siempre el ayer aparece incrustado en profundos sentimientos.

Corría finales del año 2008, Gastón Bermúdez sin advertir y sin proponerlo, inicia por designios del destino la creación del portal CRONICAS DE CUCUTA. Parecen haberse alineado inspiraciones surgidas por nostalgias. Gran cúmulo de vivencias, anécdotas, costumbres y añoranzas, fueron plasmadas en lecturas distintas.

Ya jubilado de la industria petrolera venezolana, recibió mensaje que expresaba una reunión de amigos en Cúcuta. Tenía más de cuatro décadas ya establecido de forma permanente, primero en la ciudad del puente sobre el Lago y después en la cuna del Libertador. Viajó ilusionado, acudió puntual a la cita desde Caracas. Encontró un grupo contemporáneo, conformado por amigos ex-jugadores de baloncesto y ex-alumnos del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

La tierra cucuteña levantada desde primeras raíces plantadas, siempre acompañó todos los hijos ausentes. Cuando encontramos distantes los afectos, creemos separarnos de recuerdos. Nos llevamos al hombro baúles de abuelos, cargamos con amigos del ayer, empacamos en maleta la infancia y juventud. Muchas veces una fotografía antigua, atrapa y confirma que nunca pudimos alzar vuelo.

Entonces por aquellos días apareció publicado ´La ciudad de antaño´, parido desde generosa pluma con sentido de identidad comprometida, fue el mártir periodista Eustorgio Colmenares Baptista dejando plasmados recuerdos de finales de los 50 y años 60. Sin querer, esas letras fueron presentación inaugural de CRONICAS DE CUCUTA. Los Inolvidables sentires viajaron al modesto grupo de amigos y abrieron compuertas para afianzar arraigos de infancia. Don Eustorgio culmina la crónica con frases retumbando las memorias: “Había muchos menos avances tecnológicos a disposición de la comunidad, pero vivíamos como si nada nos faltara. Nos bastaba con vivir en Cúcuta”.

Sentires intactos, ahora plasman recuerdos en calles transitadas por niños que fuimos. Nuevamente los arraigos hacen despejar las avenidas a los rieles del antiguo ferrocarril. Nos bastaba con vivir en Cúcuta. Asoman madrugadas entre indetenibles remembranzas y añoranzas.

Sin planificar nada, Gastón compartía vía internet las crónicas del Diario La Opinión aparecidas cada ocho días en lecturas dominicales. Sin saber, creció el portal CRONICAS DE CUCUTA. Cada acontecimiento recopilado se convertía en homenaje In Memoriam para hombres y mujeres que dejaron muy alto el Valle de Guasimales. Igualmente, exalta la dignidad con reconocimiento a grandes glorias del ámbito artístico, cívico, periodístico, religioso, deportivo, cultural, social y político.

Oficialmente se convierte en PORTAL WEB el 7 de octubre 2010. En forma admirable acumula ya 1.329 recopilaciones tipo crónicas, casi todas extractadas de periódicos y publicaciones locales, libros populares, escritos nacidos de historiadores, periodistas, inéditos autores y muchos escritores del Norte de Santander. El portal permite hallar el original ADN ancestral y ubica el sentido innato de pertenencia cucuteña. Llegó un día a la vida de todos los internautas, igual como aparecen las buenas nuevas, sin avisar, sigilosamente introduciéndose en las cortezas que somos y las venas que siempre fuimos. Su creador, nunca imaginó un buscador que tocara el alma y menos tallar imborrables despertares en ávidos ojos de lectura.

Aparece ahora como paso determinante para navegar en referencias de Cúcuta. Asegura a nuevas generaciones herramientas para afianzar valores jamás perdidos. La perspectiva futura para ámbitos históricos, culturales, sociales y deportivos, harán necesario considerar el Portal como insigne buscador de consulta e informativo. Importante archivo tecnológico para infantes en colegios y escuelas. Podrá acceder directamente cualquiera a profundos arraigos allí recopilados. Casi imperativo considerarlo como salvaguarda del sentido de identidad y pertenencia.

CRONICAS DE CUCUTA se convirtió en sugestivo repaso de acontecer histórico, recopilado en 19 capítulos o clasificaciones. Portal libre, siempre abierto a todo aquel deseoso por descubrir datos históricos, biografías, nombres de grandes personajes, fechas emblemáticas, sucesos de vida social, cultural, deportiva, religiosa, artística y política. Formidable vía adentrándose en acontecimientos del siglo XVIII hasta nuestros días. Todo expedicionario oriundo se encontrará representado en cada letra, apellido, dato, foto y fecha. Todos volverán a observar las luces de la gran ciudad en medio de rutas por hallar orígenes.

CRONICAS DE CUCUTA no debe tener como destino el olvido, deberá asegurar a nietos de nuestros nietos, inquebrantables lazos surgidos de nostalgias, recuerdos y añoranzas. CRONICAS DE CUCUTA es herramienta tecnológica para demarcar el hilo conductor entre hoy y ayer. Parece luz encontrada en días oscuros, nos abre el entendimiento. Pulsar la tecla nos lleva a destinos con encuentros pasados. Valiosa información contenida en páginas adornadas con sentimientos profundos.

CRONICAS DE CUCUTA garantiza el resurgir de valores originarios que parecían adormecidos por culpa del avasallante mundo moderno. CRONICAS DE CUCUTA llegó para quedarse, igual que mares inundados por recuerdos. CRONICAS DE CUCUTA confirmó la premisa donde las nostalgias se convierten en vehículos para transportar la historia. Una enciclopedia virtual presentada por nuestras gentes con sencillo lenguaje.

Anclados quedarán por siempre nuestros sentires, intactos los arraigos, despiertas las añoranzas y vivas las costumbres intactas. Ahora aseguramos el reguardo de raíces que retoñan desde cenizas del ayer. Dios jamás declaró desértico el Valle Arcilloso, siempre fue bendecido, tampoco declarado deshabitado para la vida del hombre.

Fueron creciendo raíces en medio de cenizas y milagrosamente reverdecieron los gigantescos árboles frondosos. CRONICAS DE CUCUTA reafirma lo que somos. Seguiremos siendo aquello que siempre fuimos, nada cambió, solo algunos pañetes y varios techos distintos.

Todo estará por volver, todo por crecer y todo por llegar. Nunca estaremos solos. Cada generación hará brotar nostalgias por siempre convertidas en historias llenas de arraigos.

Nos bastaba con vivir en Cúcuta…

lunes, 19 de noviembre de 2012

287.- DEL ATENEO A LA TORRE DEL RELOJ


Isaías Romero Pacheco

Ensayo de la Orquesta Sinfónica de Cúcuta

 
Ya era medio día. Carlos se negó a comerse un pastel conmigo porque debía almorzar cumplidamente y mientras pensaba en las fotos me comí otro pastel de garbanzo esta vez frente al periódico La Opinión. Un chicle espantaría el tufillo del ají y entré a hablar con Cicerón Flórez en la redacción del periódico. En otras oportunidades había despejado mis dudas sobre temas culturales y en la búsqueda del piano tropecé con varias cosas que le involucraban. Antes de la Escuela y el Instituto existía ya el Ateneo, pieza fundamental del desarrollo cultural de Cúcuta a finales de los años 50, del que hacía parte, entre otras figuras, Jorge Gaitán Durán y que no era otra cosa más sino una agrupación de amigos interesados en darle a una ciudad inmersa en el comercio una respiración artística. Esas cofradías ambulantes que tenían por oficina cualquier esquina de calles recién pavimentadas, no sólo fortalecieron los cimientos del Instituto, sino que además, sus reuniones, sólo podría equipararse con las de La Cueva, en Barranquilla.
“Cicerón era el Ateneo”

El epicentro del Ateneo: Cicerón Flórez Moya, un chocoano nacido en Pascual de Andagoya que había desembarcado en Cúcuta sin mayores ilusiones y quien terminaría en convertirse en el pilar del periodismo en Norte de Santander.

Todos coinciden en su vital papel para la estructura cultural de una época cargada de transiciones. Sus amigos y amigas dentro de los que figurarían personajes tan importantes como Eduardo Cote, Jorge Gaitán, Beatriz Daza, Eduardo Ramírez Villamizar, David Bonells o Miguel Méndez Camacho, junto a varios talentos locales coinciden en la afirmación: “Cicerón era el Ateneo”.

Todos encontraron en el Instituto un centro más de operaciones posteriores y una valiosa oportunidad para enviar a niños y jóvenes a formarse en música, cerámica y teatro. “El ateneo alimentaba la Casa de la Cultura” recuerda Cicerón: “Eduardo Cote Lamus era el Secretario de Educación, artífice de que la Casa de la Cultura funcionara y factor importante en el desarrollo cultural de esta región en aquella época”.

“Nosotros creamos el Ateneo del Norte, ahí eran párvulos Miguel Méndez Camacho, David Bonells, Luis Paz, Nohema Pinedo: eso duró unos 10 años, y fue lo que le dio vida al Instituto de Cultura en sus inicios. Todo el Nadaísmo estuvo en Cúcuta”. Confiesa Cicerón que tecleteaba estas vivencias en sus columnas y corresponsalías en un periódico nacional.

Las tertulias del Nadaísmo de las que hablaba Cicerón fueron famosas y agregaron su cuota. Contemplaban la posibilidad de reconocer en una ciudad conservadora una oportunidad de apertura y tolerancia que sería imposible hoy. Queda la famosa foto de los nadaístas en Cúcuta.

“Los salones de arte eran importantes, muy notables (…) la ciudad era mucho mas activa culturalmente de lo que es ahora, los cineclubes eran llenos, mucha gente en las exposiciones, en las representaciones de teatro, siempre ahí: en la Escuela de Música, en el Ateneo o en la Torre del Reloj”, recuerda Cicerón.
 
La torre del reloj
 
La Torre del Reloj está muy cerca de la Escuela de Música y se podía ir caminando. Hoy aunque posible parece como si ambos edificios se hubiesen alejado. La Torre era otro edificio que respondía al afán de crecer culturalmente como ciudad. Vendida para ser sede de la empresa municipal de energía, alumbraría hasta hace muy poco la cultura regional. Inaugurada por el presidente Carlos Lleras Restrepo en 1962 descargaba mensualmente enormes rollos de lienzo, galones de pintura, pinceles y caballetes para todos los que quisieran aprender allí. Había espacio también para el teatro, la danza, la cerámica y la música. Cúcuta participó de cerca con una explosión cultural que influyó en la vida de sus habitantes como nunca.

Los salones de artistas plásticos rápidamente alcanzaron renombre. Y no era para menos: el primer salón de artistas se lo ganó el maestro Enrique Grau, el segundo Héctor Rojas Erazo y sus mojarras, el del tercer año la ceramista Lucy Tejada. Las obras hacían parte de una pinacoteca que poseía la Gobernación y que fue devorada por las llamas del incendio de 1989 que consumió la cúpula chata. Sobrevive El Vigilante Secreto del maestro Negret peleando nuevamente con las aseadoras para que no le pasen varsol.
 
Público para todo
 
También había público para todos los eventos. A mediados del siglo XX en la segunda bonanza del petróleo semanalmente se arrojaban en la ciudad vagones de trenes atestados de obreros que con quincena en mano venían ávidos de entretenimiento introducidos en El Catatumbo por la Colombian Petroleum Company.

Ya estaban instaladas en la ciudad las colonias europeas que darían vida a la educación con sus Instituciones de tradición milenaria y sólo faltaba una pieza que abriera la posibilidad de brotar como un faro cultural. Adicionalmente el Bolívar pasaba por una de sus mejores épocas.

Para los años 60 cualquier cucuteño tendría que escoger dentro de una nómina de actividades y eventos de carácter artístico y cultural que nunca más se ha vuelto a repetir. Y todos lo saben. Los artistas lo saben. Los políticos lo saben. Los periodistas lo saben. Los que vivieron esa época lo saben y sin embargo todos callan como entre el silencio de las corcheas que jamás volvió a emitir el viejo piano de cola.

En 1985 cuando ya agoniza el Instituto, como en el poema de Montejo, al final de ese siglo, sólo quedó un grupo rezagado contemplando los árboles y con él la esperanza de una continuidad que dio frutos mientras maduraba, en un proceso vertiginoso que había empezado muy bien.
 
La cultura traqueta
 
El piano desapareció finalmente. Nadie me ha dado razón hasta ahora. Supe que había amenizado fiestas en grandes salones, que alternó con María Helenita Olivares y Rafael Puyana. Estos conciertos eran coordinados con Bogotá y no era raro que de Cúcuta salieran para una temporada exitosa en el Colón. Hoy sólo Silvestre Dagond logra esa paridad.

Diferente a la época actual, el comercio cucuteño patrocinó incluso a la revista Mito, una de las publicaciones más importantes de la literatura hispana, y junto a ellos otros aportes de ciudadanos no tan mudos como los actuales. Personajes como los alcaldes Miguel García – Herreros y Luis Raúl Rodríguez, Julio Moré Polanía, Ligia de Lara, Hernando Ruan Guerrero, Rosalba Salcedo, José Abrahim y tantos otros que se nos quedan en el tintero. Testigos de este bello proceso: el piano de cola, la Escuela de Música. Era Lorca el que decía que equivocar el camino es llegar a la nieve y llegar a la nieve es pacer durante varios siglos las hierbas de los cementerios. Una clase dirigente llevó a Cúcuta a un punto cultural que parecía de no retorno.

El punto de una cultura que se ha deshilvanado poco a poco y ha reemplazado las salas atestadas por escenarios de muerte, miseria, dinero fácil y de cultura traqueta. Esa misma clase dirigente hundió la oportunidad maravillosa y única de no equivocar el camino, de evitar las telarañas en las esculturas de Ramírez Villamizar, del mismo piano o de la misma vida.

El piano negro italiano resistió hasta el siglo XXI mudo como un gato enfermo, emblema, símbolo de una cultura musical y artística que terminó inundada por la pereza, por la indolencia, por la soberbia de la burocracia y por la negligencia del poder.


Recopilado por : Gastón Bermúdez V.


sábado, 17 de noviembre de 2012

286.- EN BUSCA DEL PIANO DE COLA


Isaías Romero Pacheco 


En este piano de cola que trajo desde Italia el maestro Pablo Tarazona ensayaron centenares de estudiantes de música de Cúcuta

Son las 6:45 de la mañana y ya brota el sudor en mi frente. Había avanzado en dos bocados con el compañero de desayuno que llegaba. Cada día camino al trabajo me detengo en el mismo sitio donde Alberto González sostiene de la venta de pasteles a su familia. En Cúcuta los pasteles de garbanzo son empanadas en forma de sombrero tan tradicionales como el empleo informal. El 70% de los empleos en la ciudad proviene de actividades como la de Alberto. La cultura es la más afectada por este modelo de economía: sin tener que comer o teniendo que salir a buscar qué comer el acceso o interés por ésta es irrelevante.

No todo el tiempo fue así. Alberto desconoce que en el edificio donde tiene su carro de venta de pasteles está representada la insignia de una época dorada en la cultura cucuteña, donde de la mano con buenos empleos la gente tenía tiempo para disfrutar de una oferta cultural sin precedentes.

Deme un pastel de garbanzo

Paso todos los días por allí camino al trabajo y entre mordisco y mordisco de un “sombrerito” miraba de reojo un viejo piano de cola. Es curioso que un piano de cola esté dormido en el lobby de una universidad, como un ornato bizarro. No sólo porque es absolutamente extraño sino porque además se ve raro e inútil.   Antigua sede del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Cúcuta y mucho antes de la Escuela de Música esta edificación ahora ocupada por la Universidad de Pamplona, es referencia para hablar de una época maravillosa en la cultura nacional y cucuteña.
 
El piano importado para las clases de solfeo, zarzuela, acompasaba las lecciones de ballet y técnica vocal. Fue escritorio de muchos estudiantes en la universidad y reposaba dormido en el amplio vestíbulo del edificio de tres pisos.
 
Un día pasé y ya no estaba. El piano, estuvo hasta hace poco en este primer pasillo principal de la Universidad de Pamplona en Cúcuta. Era lo que quedaba de la época dorada de la cultura local.

Esta sede fue cedida a la Universidad, en la extinción del Instituto de Cultura que terminaría por anquilosarse.

Era más barato, para finales del 80, presentar a la Orquesta Sinfónica Nacional directamente traída desde Bogotá que realizar una presentación de los músicos del Instituto, a pesar de haber sido Cúcuta la segunda ciudad con orquesta sinfónica en el país en la década de los 50.

Los estudiantes a veces usaban su lomo para completar algunos compromisos académicos y al piano parecía no importarle, ni siquiera se inmutaba, incluso, cuando alguien trataba de arrancarle alguna nota, se oía casi imperceptible el toque del macillo contra el fantasma de las cuerdas. En 1968 se crea el Instituto de Cultura de Norte de Santander y éste se apropia del conservatorio de música iniciando su extinción lenta y dolorosa.

Me complacía verlo todos los días y cuando desapareció comencé a buscarlo. Sabía que no cumplía ninguna función salvo la de una decoración fastuosa e innecesaria, bueno, los estudiantes lo encontraban más útil.

Una de las aseadoras del edificio me dijo que nunca lo había visto y otra me aseguró que menos mal se lo habían llevado. El destino nefasto del arte en la ciudad encontró la implacabilidad de las aseadoras cucuteñas. “Es difícil hacerle aseo a un piano” confiesan sin revelar su nombre. Dicen que limpiarle el polvo resultaba inútil: “es como un escritorio grande”.

“Cuesta como ron, sabe como whisky”

Cuando nadie me dio razón de su destino, me dirigí entonces a la Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero para documentar la llegada del piano.

En el segundo piso de la Biblioteca, al lado de un hermoso entablado, reposa la memoria periodística del departamento. Ahí encontré en diarios como Sagitario, Comentarios, Diario de la Frontera, La Opinión o el famoso Oriente Liberal la confirmación del viaje de Pablo Tarazona, autor del himno de Cúcuta, a Estados Unidos a comprar los instrumentos de la primera orquesta sinfónica en la ciudad. Además se leían los pasos avanzados de la construcción de un edificio dedicado al arte antes de que en la ciudad existiera una universidad, un hospital de línea o un terminal de transporte.

La Escuela de Música fue inaugurada con un discurso de Jorge Gaitán Durán y las exposiciones de 40 obras repartidas entre el peruano Armando Villegas, Obregón, Botero y Wiedemann. Corrían los últimos años de la década del 40, marcada por una violenta guerra a finales del decenio.

El eco de una incontenible marea de revoluciones culturales habría de convertir a Cúcuta, rápida e increíblemente, en un referente importante para el país en materia de arte y literatura pasando la historia sangrienta de esos últimos años. Hoja tras hoja se evidenciaban testimonios en prensa del paso efímero de la cultura en conciertos internacionales, encuentros de arte, clases de dibujo, presentaciones de agrupaciones musicales, cineclubes, por sólo mencionar algunas.

Para finales de los años 50 y principios de los 60 se preparaba la ciudad de toldos de mercado, de calles empolvadas, de cantinas lúgubres que alimentaban las páginas judiciales con crímenes pasionales, a entrar definitivamente al siglo XX, tarde, pero con pasos gigantes. El mundo hervía en transformaciones políticas y culturales que modificarían para siempre la forma de percibir el universo.

Mientras la ciudad se preparaba para su transformación cultural Corea entraba en su legendaria guerra y Bertand Russell obtenía el Nobel de literatura. La Lotería de Cúcuta entregaba doce mil pesos al premio mayor y un licor de la época se vendía diciendo: “cuesta como ron, sabe como whisky”.



“El soroche de la música”

El maestro Pablo Tarazona había comprado el piano y otros instrumentos en el extranjero por encargo del entonces gobernador del Departamento Gonzalo Rivera Laguado, quien veía en la Escuela de Música un futuro para la ciudad.

Esa era una política gubernamental del momento, apoyar el talento local. “Gonzalo padecía el soroche de la música y decidió levantar su obra faraónica, una Escuela de Música en Cúcuta…” dice David Bonells, “y el hombre dijo, ¿cómo hago para manejar esta mierda?, ¿qué hago con el puro edificio? y llamó al Maestro Pablo Tarazona, un tipo soberbio e interesante”.

Bonells fue alumno, disfrutó de la época maravillosa de la cultura en Cúcuta y le alcanzó la vida para ser poeta nadaista. David Bonells Rovira dirigió años después el Instituto y le dio la estocada final al darse cuenta que entre uno y otro curso no pasaba nada, a pesar de tantos esfuerzos por la formación cultural de los cucuteños en décadas.

“Mi papá me dijo: muestre a ver las uñas… no, no, no, si sigue cortándoselas a ras, cuando pase el camión del progreso por Cúcuta, ni siquiera va a poder agarrarse del parachoques, porque esto jamás se repetirá en la ciudad”.

Y así fue. Aun los artistas siguen en Norte de Santander, después de muerta la Escuela y después de liquidado el Instituto, sin tener dónde prepararse ni en música ni en ninguna otra arte, sin apoyo para su talento y sin posibilidades para al menos aspirar a una beca a pesar de tanto talento vigente. La misión de Tarazona era conformar la sinfónica de Cúcuta y comprar los instrumentos que fueran necesarios.

Otro valioso de este conservatorio inicial era el maestro José Rozo Contreras, arreglista del himno nacional también becado por el departamento para prepararse en el exterior y volver con los conocimientos para la ciudad; ya entonces en el conservatorio de Santa Cecilia en Roma estudiaba la soprano Diana Francisca Meza, también apoyada por el departamento, y cómo ellos muchos otros regados hoy por universidades locales con contratos de tiempo completo ocasional.

“La cosa era de verdad, el último en hacer esa gracia fui yo en el poco tiempo que estuve en el Instituto y pude mandar a Beatriz Acevedo al conservatorio de la Universidad Nacional y regresó con 5 en piano. Allá está botada en Pamplona. La política era esa: tiene talento mandémoslo a prepararse” dice Bonells.

Frenética actividad cultural

Para los años sesenta y setenta Cúcuta tendría una cultura solidificada y complementada con los espectáculos internacionales, fruto de esa semilla regada en años anteriores.

Más de tres décadas de esplendor cultural, de escuela de cerámica, de escuela de zarzuela y tantas expresiones más. Me alegraba confirmar la construcción definitiva de la Escuela de Música, estaba en un recuadro que encontré en uno de los periódicos de la época y me quedé detenido mirando otros artículos y anuncios sobre los acontecimientos de este período. Se abrían mis ojos a medida que pasaba las hojas amarillas.

Los espectáculos de la ciudad llenaban las salas, las calles, eran épocas de bonanza económica, cultural y artística. Un cucuteño en esos años, sólo en el paso de una semana, disfrutaría del cuarteto de cuerdas del maestro Enrique Yáñez, de oír al poeta Darío Jaramillo y su performance del culebrero, participar en la premiación del concurso literario Jorge Gaitán, ir a una presentación del TPB de temporada o ver los títeres de Jairo Aníbal Niño.

La ciudad alternaba la cultura y los espectáculos con grandes presentaciones de resonancia musical, esa era la cotidianidad: Leonardo Fabio y algunas semanas anteriores Leo Marini. Lucho Gatica, Rolando Laserie o el mismísimo Julio Iglesias. Lolita, Leo Dan, El Puma y Susy Leman en un mismo año, en una misma ciudad. Podía ser en el Teatro Zulima, en el Teatro Municipal o shows exclusivos en los grilles de la época: el Grill Safari del Casino Internacional, el Hotel El Samán o Patio Tango.

Cerrando el enorme empastado, cumplí mi cita con Carlos Torres en el primer piso de la Biblioteca. La Julio Pérez Ferrero existía desde 1919 pero su nueva sede sería inaugurada por el expresidente Andrés Pastrana y duró seis meses cerrada por falta de presupuesto. Es hoy el único pulmón cultural de la ciudad y vive con el esfuerzo de las causas perdidas.

Su nacimiento fue una de las medidas para contrarrestar la extinción del Instituto de Cultura. Las otras contemplaban la creación de una Secretaría de Cultura para Norte de Santander y la sesión del edificio de la Escuela de Música a la Universidad de Pamplona con tal de que sostuviese los cursos de extensión cultural.

Con el edificio se iba el piano, pero la Universidad sólo lo uso para decorar, ya que los cursos jamás se volvieron a realizar y la Secretaría de Cultura terminó en manos de la politiquería, hoy su dirección la asume quien fuera tesorera en la campaña a la gobernación de un preso por parapolítica.

Carlos es el encargado del patrimonio fotográfico de Cúcuta que protege celosamente la Biblioteca y sabiendo de mi búsqueda quiso consolarme con una foto del viejo piano de cola. Detenido en el tiempo como en el lobby, estaba en una de las salas de la Escuela de Música siendo tocado por alguna alumna juiciosa de esas lecciones y recordé las veces que lo observaba en mis recorridos hacia el trabajo usado como escritorio afanoso entre clase y clase. Sentí una nostalgia ingenua.

Venían con el regalo una maravillosa colección de fotos que hablaban bien de la época, de la Escuela de Música y el Instituto de Cultura. Se veían los caballetes que me había comentado Bonells, las escenas maravillosas de cucuteñas bailando flamenco, los ensayos de la Sinfónica y la escuela de delineantes de arquitectura que sería el caldo de cultivo de la Universidad Francisco de Paula Santander.




Recopilado por : Gastón Bermúdez V.

jueves, 15 de noviembre de 2012

285.- EL MAESTRO PABLO TARAZONA PRADA, UN APOSTOL EN EL ARTE DE LA MUSICA


José Pablo Tarazona Montañez



        
La periodista Amparo Garay escribía su recuerdo del maestro, cuando en su época de estudiante en cierta ocasión el aula Felipe Ruán se atestó de estudiantes llenos de una curiosa excitación ya que se ofrecía un concierto matutino de la orquesta de cuerdas del Instituto de Cultura, y llegada la hora el director de la agrupación musical entró hablando en tono fuerte para anunciar que la Universidad Libre necesitaba identificarse con un himno y manifestó que el estaba dispuesto a componerlo, así como había ocurrido con el de la Universidad Francisco de Paula Santander al que le había prestado letra  María Ofelia Villamizar B. y musicalizado Pablo Tarazona Prada quien era dicho personaje que alcanzaba en ese momento el escenario a grandes zancadas.

Confundirse con la juventud era uno de sus estímulos, con ello su espíritu se engrandecía y se fortalecía su cuerpo. Y aunque no llegó a componer el himno de la Libre, allí se le recordó con nostalgia y admiración el día de su muerte, un apóstol la música en el arte de la música desaparecía.

Pablo Tarazona Prada fue un hombre comprometido con su existencia, con la música, con sus padres y hermanos, con su esposa e hijos, con Cúcuta, con la cultura, con sus amigos.

1912 – 1932 GUACA

No descansó desde que viniera al mundo en la pequeña población de Guaca (Santander), el 13 de Mayo de 1912; el quinto de 8 hijos del hogar formado por Pablo Antonio Tarazona Monsalve y Susana Prada Carvajal, junto a Pablo se levantaron Betsabé, Luis Jesús, Isabel (Chava), Alicia, Jesús María, Luis Alfredo e Isaura.

El abuelo Pablo Antonio, militante del partido conservador, con recuerdos de la Guerra de los Mil Días grabados en su rostro, ostentaba la dignidad de Alcalde Municipal, en tanto la abuela Susana, digna mujer, fiel entusiasta de las labores manuales, literarias y musicales, hace suponer que la vena artística del maestro venía por la línea materna, y en sus parientes próximos encontramos a fray Juan Anaya Prada, franciscano, excelente intérprete de piano y consagrado políglota, a Antonio Cacua Prada, conocido historiador, escritor y periodista, y el maestro Mario Hernández Prada, columna de una generación de pintores.

A los 8 años inicia el camino de la música, contando con la oportuna y diligente instrucción del sacerdote Román Monsalve, párroco del pueblo y familiar cercano, quien lo enseña a pulsar el armonio y a entonar cantos gregorianos.

Contaba 15 años cuando en Guaca funda su primera agrupación musical junto a Rafael Uribe Bueno, Carlos Sanmiguel, Ciro J. Durán y Santiago Torra.

El asfixiante y perturbado clima social reinante en los años 30, ocasiona que al lado de su familia abandone el pueblo natal por las incomprensiones políticas de la época, convirtiendo a la familia Tarazona Prada en desplazada temprana, iniciando un recorrido por Bucaramanga que los lleva al Norte, ingresando por Cucutilla, continuando por Arboledas y Salazar hasta llegar a Cúcuta en 1932; por donde pasó la familia, dejó huellas de su arte, y las estrecheces económicas familiares lo devienen en profesor de música en todas estas poblaciones de paso, así como a participar en los oficios religiosos de la iglesia como músico y corista.

1932 – 1944
NORTE DE SANTANDER – CÚCUTA

Ya en Cúcuta, Pablo termina su bachillerato en el Instituto Nariño; es organista y director del grupo coral de las parroquias de San Antonio y San José, y en esta última el párroco Daniel Jordán contribuye a modelar la personalidad gregoriana de Pablo Tarazona ya que solamente permitía la práctica de este canto en la liturgia.

En el año 1934, funda la Orquesta Estudiantina junto con José Rafael Sabino, y en 1936 organiza y dirige la orquesta Santander, en compañía de músicos como Benjamín Herrera, Saturio Rangel y Luis Uribe Bueno. En esta época Cúcuta es una pequeña población, ajena a la modernidad, arraigada en la tradición y costumbres de sus fundadores, y el surgimiento de la agrupación musical despierta entusiasmo e interesa a los cucuteños, quienes exigen su presencia para amenizar las fiestas. En la época decembrina, a Pablo le correspondía cumplir una extenuante y agitada labor que iba desde tocar las fiestas en el Club del Comercio, para salir a las 4:00 de la mañana hacia la catedral a cumplir con su oficio de corista y organista en las misas de aguinaldos; durante 12 años desempeñó este cargo con el cura Jordán.


Con la inolvidable orquesta Santander. A la izquierda aparece el maestro Tarazona junto a Saturio Rangel y Benjamín Herrera. 1936

Con su conjunto musical amenizaba las veladas del café “Roxi”, de moda en esa época. Con estos disímiles oficios Pablo y su hermana Bethsabé, recogieron los suficientes centavos para mantener y educar a su familia.

En febrero de 1940 la Dirección de Instrucción Pública lo nombra profesor de Teoría y Solfeo en la Escuela de Música, cargo que ocupa por espacio de 10 meses.

Para quienes lo conocimos no es difícil recordarlo como de un tipo un tanto zambo (color de piel morena como sus hermanos), de actitudes sencillas y elegantes, frente amplia, cabello peinado hacia atrás, de agradable sonrisa en su rostro redondo, que amaba la simplicidad de la vida, desprendiendo en mucha generosidad para los suyos, con un espíritu aventurero y sentimental, que le gustaba encabezar todo y líder nato en lo que hacía, cariñoso, consentidor, voluntarioso, disciplinado y con alma de hombre bueno. Podemos decir que era una fiesta contagiosa y adonde llegaba inflamaba el ambiente con su presencia.

De esta época de la vida del maestro y de la ciudad, existe un reporte gráfico que nos explica en algo los hechos culturales y de la vida ciudadana, así es como la orquesta Santander nos pinta el marco de Cúcuta en la década de los 30; se encuentra al maestro junto al palio de la catedral durante el entierro del General Valencia, gobernador que fue del Departamento, por cuanto era el organista de la catedral y su cargo tenía que ver con la organización de este tipo de actos.

Para esta época Europa se halla en medio de la Segunda Guerra Mundial y nuestro personaje se encuentra en una encrucijada del alma, en el sentido de seguir en Cúcuta y dejar morir sus sueños o volar a la capital a perfeccionarse en su arte, triunfando afortunadamente este último deseo, ya que la situación de la familia era algo más estable con el trabajo de la hermana mayor (Bethsabé), y el hermano menor (Alfredo) estudiando en Bogotá, acicateaba su naturaleza artística, y es cuando emprende viaje a la capital tras un cupo en el Conservatorio Nacional.

1944 – 1947 CONSERVATORIO
NACIONAL – BOGOTÁ

Esto supone un gran esfuerzo, por lo que representaba su aporte en la economía familiar, pero aún así en 1944 parte para Bogotá; las cosas no fueron sencillas a su llegada porque su edad no era bien vista para iniciar estudios musicales, compungido y cabizbajo desciende las escalinatas de la institución, pero un profesor lo observa en su actitud de derrota y le pregunta cuál es el motivo de su desazón y éste le responde detallándole lo recién acontecido. El profesor decide hacerle un examen, sorprendiéndose a medida que lo interroga por los conocimientos que demostraba poseer y le pregunta quien le enseñó todo lo que sabe sobre música, y especialmente armonía y solfeo, a lo que nuestro personaje le muestra un libro gastado por el trajinar de estudio, cuyo autor era Guillermo Uribe Holguín, la misma persona que lo estaba entrevistando y quien fue Director del Conservatorio entre 1910 y 1935, lo cual le permite matricularse en el Conservatorio Nacional, donde es su maestro Uribe Holguín, quien además de ser su profesor de armonía, contrapunto,  instrumentación y formas musicales, lo gradúa en 1947, y le sugiere especializarse en el extranjero teniendo en cuenta sus cualidades innatas para el estudio de la música.



El maestro Tarazona dirigiendo la Orquesta Sinfónica del Departamento durante un concierto en el Club de Cazadores, en 1956

Hay una anécdota bastante diciente de esta época de estudiante en Bogotá, y tiene que ver con la falta del instrumento por parte del provinciano para adelantar sus ensayos y rutinas de teclado, lo que lo llevó a granjearse la amistad del portero del Conservatorio para que le permitiera ensayar de 4 a 8 de la mañana, todos los días, a cambio de que Pablo lo armara de un termo con tinto fresco, para aliviar el frío de la madrugada bogotana, pero la situación se puso al descubierto un día que el Director madrugó más de lo acostumbrado, sorprendiendo al estudiante Tarazona en tan abusiva actitud. Uribe Holguín comprendió el atrevimiento y la osadía, perdonándosela y ordenando inmediatamente que de ese día en adelante los estudiantes podían hacer sus ensayos a cualquier hora.

Las fotografías de la época lo muestran en medio de grupos de estudiantes del conservatorio, posiblemente de las masas corales, pero la posición en ellas del maestro nos indica que estaban bajo su dirección.

1948 – 1952 ESTADOS UNIDOS

Retorna a Cúcuta y por gestión de su hermano Alfredo entonces secretario de la Asamblea de Norte de Santander, esta corporación lo beca y parte a los EEUU en donde en Maryland, estudia en el Peabody Conservatory of Music de Baltimore, donde después de un lustro de estudios específicos, obtiene el 31 de Mayo de 1952 el diploma de Concertista de Órgano y profesor de fondo de 17 materias que lo capacita para llevar la Dirección de Orquesta Sinfónica, coros, banda y profesor de armonía, teoría musical, solfeo, contrapunto, composición, etc., contando entre sus maestros al alemán Paul Hindemith y al ruso Nicolai Nabokov.

Pero en el entreacto de su permanencia en la costa Este norteamericana, le ocurren hechos que determinan eso que llamamos la historia de vida del maestro, ya que nuevamente la Divina Providencia le da la mano al estudiante esta vez en el extranjero, pues la beca de $300 mensuales otorgada por el Departamento, antes de cumplir el primer año le es retirada para adjudicársela a otra persona, dejándolo desamparado y privado de recursos pero lejos de la tierra, y es cuando su voluntad tenaz y su espíritu persistente sale a flote y lo hace abrirse paso dando conciertos de jazz en restaurantes y realizar audiciones nocturnas en espacios públicos y privados, interpretando música de Cuba, Brasil, Puerto Rico y especialmente de Colombia. De esta manera alternó y trabó amistad con figuras como Louis Armstrong, genial trompeta de resonancia mundial, con la soprano Margareth Truman, hija del sucesor en la Casa Blanca de Franklin Delano Roosevelt, el Presidente Harry Truman.

Por sugerencia de Margareth, un día el Presidente Truman envía su automóvil oficial a Baltimore para recoger al pianista Pablo Tarazona Prada, con el fin de que acompañara a su hija en el recital que ofrecía en la Casa Blanca en Washington, lo cual se repitió por tres veces más. Es dable recordar aquí la proverbial sencillez del maestro Pablito, por cuanto no se conoce registro fotográfico de estas visitas al centro del poder mundial.


El maestro Tarazona con sus hermanos en la celebración de las bodas de oro matrimoniales de sus padres, en 1952. el maestro Tarazona aparece sentado en el extremo derecho junto a sus progenitores

También por aquella época, era a la sazón embajador de Colombia en Estados Unidos el doctor Eduardo Zuleta Angel, para quien el maestro organizó con personal mixto americano un coro que amenizaba las fiestas patrias y navideñas en las sedes diplomáticas de Colombia y Venezuela. De la mano de su genio se pasearon por el este americano piezas del folclor latinoamericano; durante 1951 desempeña el cargo de organista de la Catedral de San Patricio (Saint Patrice Church) en N. Y. siendo arzobispo Monseñor Fulton Sheen, quien le ofrece en propiedad el cargo, lo cual amablemente rechaza porque su objetivo era como el decía coloquialmente…..“ regresar junto a mis viejitos, mis amigos y mi ciudad….” su Cúcuta a quien siempre amó como si hubiera nacido en ella.

En este momento el maestro ha contraído matrimonio en Norteamérica con Joyce Ruloff, y esta unión se consolida entre la música y el nacimiento de Clara Maritza, quienes lo acompañan al regreso a la patria, pero desavenencias de culturas y sociales no permiten la adaptación de la consorte gringa y retorna esta junto con su hija a EE.U.U., saliendo del país y del corazón de Pablo, la primera más no la segunda a quien siempre recordó en la memoria nostalgiosa del amor filial.

1952 – CÚCUTA

Regresa a Cúcuta en Agosto de 1952, imbuído del amor y el respeto a su familia y a Cúcuta.

El deseo de permanecer entre los suyos y la idea de realizar acciones culturales fueron más fuertes que el esplendor, la comodidad y la fortuna que le ofrecía EE.UU. Era el destino del músico trazado irremediablemente y contra el cual ningún hado podía interponerse en su ineluctable cumplimiento.

Su retorno determina que el gobernador Oscar Vergel Pacheco y su Director de Instrucción Pública, Carlos Hernández Yaruro, lo nombren Director de la Escuela de Música y de la Banda Departamental, mediante Decreto 625 del 29 de Julio de 1952, tomando posesión a partir del 1° de Agosto.

Una de sus primeras acciones se orienta en 1953, a organizar la Orquesta Sinfónica del Departamento, que llegó a ser la segunda entidad musical del país, integrada por 60 miembros y una masa coral de más de 100 voces mixtas. Con este recurso artístico la ciudad disfrutó de obras del repertorio universal, de autores geniales como Bach, Haendel, Haydn, Beethoven, Mozart y Schubert. Como solistas alternaban sopranos de la calidad de Mireya Arboleda, Aura Moncada, Fanny Peñaranda y el violinista Frank Preuss.


Los maestros Pablo Tarazona al piano y Vícto M. Guerrero al violín, símbolos de una amistad imperecedera

El maestro Pablito mantuvo presente la idea de difundir la cultura, como tarea intrínseca a la acción de ser de un artista. Por eso encaminó su esfuerzo en alimentar, incentivar y proponer ante las esferas gubernamentales la quijotesca idea de construir una escuela que albergara la academia necesaria para nutrir las generaciones que se prepararían como consecuencia del renacimiento musical en esta frontera, actuando como hilo conductor su genio y como foco que irradiara cultura musical, la Sinfónica, los coros y la banda.

En 1957, durante el período de Gonzalo Rivera Laguado como Gobernador, logra que se construya el Conservatorio de Música en la calle 5 entre avenidas 2 y 3 (hoy es la sede principal en Cúcuta de la U. de Pamplona). En forma simultánea, el amor toca su corazón y la voz de una joven soprano que asistía con periodicidad a la Voz del Norte para cantar junto a Arnulfo Briceño y las Hermanitas Pérez (Yolima e Ilda) y al que asistía el maestro como jurado y espectador, se le enreda en los sueños y sobre la voz de Gladys Nubia Gómez Beltrán, desplegó sus sentimientos de amor. En 1960 contraen matrimonio, del cual nacen sus 6 hijos, Fabiola, Adriana, Pablo Martín, Claudia Susana, Alvaro Iván y Gladys Janeth.

En ese año se entona por primera vez el himno de la ciudad, con letra del sacerdote Manuel Grillo M. y música del maestro Pablo. El mismo maestro reconocía en una entrevista concedida en Febrero del 84, que él era un modesto compositor de himnos y en sus propias palabras expresó toda su admiración por el maestro Víctor M. Guerrero, a quien el obispo Luis Pérez Hernández (también violinista), llamaba cariñosamente, “el bobo Víctor”, y se ufanaba de ser el transcriptor y arreglista de su música, lo cual era un claro sello de su personalidad sencilla y generosa. En el período de 1952 a 1968, durante su permanencia en el cargo de Director del Conservatorio, la ciudad y el Departamento llegaron a la cúspide del rendimiento y divulgación musical en toda su historia.

El teatro Zulima inaugurado en 1954 con un concierto de la Sinfónica, fue el escenario en donde Cúcuta disfrutó de la música clásica seleccionada por su Director para que la Orquesta Sinfónica del Departamento solazara los espíritus de los asistentes a los conciertos mensuales, apareciendo junto a los grandes compositores europeos y americanos, los nombres de los compositores de nuestra música vernácula. Esta junto a las masas corales fueron actores principales de la vida artística y civilista de la región, ya que la posesión del gobernante tenía como epígrafe un concierto en su honor, lo cual hacía imponente dicho acto revistiéndolo de una grandeza sin par, magno recuerdo de tiempos idos.

En el año 1968, el oportunismo de la Junta del recién creado Instituto de Cultura de Norte de Santander, se apropia del Conservatorio, y la academia es reemplazada por la burocracia, las manifestaciones artísticas diferentes a la música desplazan a los cultores de la divina Euterpe, y cortan la cabeza del soñador en el altar de la mediocridad, acabando de un tajo el trabajo que se venía realizando.

En 1989, Beto Rodríguez hacía la pregunta en La Opinión: ¿Se silenciará la escuela de música? esta interrogación venía acompañada de una evocación acerca de la banda que se había venido a menos, y como después de los años dorados del maestro Pablo se “.... ha presentado en la banda una verdadera desbandada de sus integrantes, algunos por descontento y los otros por hacerse a la jubilación, pero los ejecutantes no han sido reemplazados sino que sus puestos prácticamente han sido eliminados y en su defecto han sido colocadas algunas secretarias y personas sin la suficiente carga académica que al no poseer metodología alguna causan serios traumas en los niños que pretenden adquirir algún conocimiento del divino arte.”

De 1968 al 81, desvinculado del Conservatorio y la Escuela, se dedicó a la enseñanza en varios colegios de la ciudad.

En 1968 fundó el grupo Coral Orfeón Cúcuta. Con su retiro la Orquesta Sinfónica y los coros son recuerdo de mejores tiempos; aunque su mensaje musical no fue entendido y sí que menos difundido; a comienzos de los 80 retorna al ICBA por invitación de su Director David Bonells Rovira, a conducir el conjunto de cuerdas del Instituto de Cultura del Departamento.

Otra faceta de la actividad intelectual del maestro, es la que tiene que ver con la columna semanal que desde los años 60, mantuvo en el Diario de la Frontera, en la cual comentaba con propiedad sobre diversos aspectos del arte musical; fue así como escribió acerca de la vida y obra de  consagrados compositores e intérpretes colombianos y de los maestros de renombre universal entre los que podemos citar a Mozart, Beethoven, Bach, Haendel, Haydn y Schubert, y los cuales tuvieron oportunidad de oírse en la ciudad, en arreglos sinfónicos o corales, lo cual constituyó una actividad de suma importancia en su haber.

Criticó en el buen sentido de la palabra, la proliferación de músicos de formación empírica, muchos de los cuales prestan sus servicios en conservatorios, colegios y escuelas del país, produciendo generaciones de artistas en idénticas condiciones, lo que representaba un aspecto típico en nuestro medio, debido a la burocratización de las instituciones culturales y al insuficiente apoyo del sector oficial, para el sostenimiento adecuado de esta actividad fundamental en la parte cultural de los pueblos. Su conocimiento musical fue la impronta característica de sus artículos, y lo que matizó el saber que desplegó en su actividad didáctica sobre quienes tuvieron la fortuna de recibir sus enseñanzas.

Finalmente, se ocupó en transcribir obras de la música nortesantandereana, paralela a su actividad musical y tratar de mantener en algo su legado el cual fue aprovechado por Venezuela a donde llevó músicos de la región y su trabajo musical era recibido con gusto.

Tras una penosa enfermedad, muere el 4 de Agosto de 1984, en esta ciudad que amó como la suya propia y a la que sirvió en forma desinteresada como uno de sus abnegados hijos.

Veinticinco años después, el 4 de Agosto de 2009, se reunieron en uno de los salones de la Biblioteca Julio Pérez Ferrero, muchos de quienes lo conocimos y amamos, y otros que lo admiraron, para celebrar su ausencia con música y añorar su recuerdo con esperanza; esa noche mágica se oyeron las cuerdas y vientos de la Orquesta y los Coros del Centro Cristiano de Cúcuta, unidos a las voces de su Orfeón Cúcuta y a su saga fantástica llenando de bambucos y pasillos los aires de su amada Cúcuta, quien a esa cálida hora tembló deleitosa con la reminiscencia de su cantor supremo.




Recopilado por : Gastón Bermúdez V.