PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

TERREMOTERO -Reconocimiento, enero 2018-

Apasionantes laberintos con inspiraciones intentan hallar rutas y permiten ubicarnos en medio de inagotables cascadas, son fuentes formadas por sudores de ancestros. Seguimos las huellas, buscamos encontrar cimientos para enarbolar desprevenidos reconocimientos en los tiempos. Siempre el ayer aparece incrustado en profundos sentimientos.

Corría finales del año 2008, Gastón Bermúdez sin advertir y sin proponerlo, inicia por designios del destino la creación del portal CRONICAS DE CUCUTA. Parecen haberse alineado inspiraciones surgidas por nostalgias. Gran cúmulo de vivencias, anécdotas, costumbres y añoranzas, fueron plasmadas en lecturas distintas.

Ya jubilado de la industria petrolera venezolana, recibió mensaje que expresaba una reunión de amigos en Cúcuta. Tenía más de cuatro décadas ya establecido de forma permanente, primero en la ciudad del puente sobre el Lago y después en la cuna del Libertador. Viajó ilusionado, acudió puntual a la cita desde Caracas. Encontró un grupo contemporáneo, conformado por amigos ex-jugadores de baloncesto y ex-alumnos del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

La tierra cucuteña levantada desde primeras raíces plantadas, siempre acompañó todos los hijos ausentes. Cuando encontramos distantes los afectos, creemos separarnos de recuerdos. Nos llevamos al hombro baúles de abuelos, cargamos con amigos del ayer, empacamos en maleta la infancia y juventud. Muchas veces una fotografía antigua, atrapa y confirma que nunca pudimos alzar vuelo.

Entonces por aquellos días apareció publicado ´La ciudad de antaño´, parido desde generosa pluma con sentido de identidad comprometida, fue el mártir periodista Eustorgio Colmenares Baptista dejando plasmados recuerdos de finales de los 50 y años 60. Sin querer, esas letras fueron presentación inaugural de CRONICAS DE CUCUTA. Los Inolvidables sentires viajaron al modesto grupo de amigos y abrieron compuertas para afianzar arraigos de infancia. Don Eustorgio culmina la crónica con frases retumbando las memorias: “Había muchos menos avances tecnológicos a disposición de la comunidad, pero vivíamos como si nada nos faltara. Nos bastaba con vivir en Cúcuta”.

Sentires intactos, ahora plasman recuerdos en calles transitadas por niños que fuimos. Nuevamente los arraigos hacen despejar las avenidas a los rieles del antiguo ferrocarril. Nos bastaba con vivir en Cúcuta. Asoman madrugadas entre indetenibles remembranzas y añoranzas.

Sin planificar nada, Gastón compartía vía internet las crónicas del Diario La Opinión aparecidas cada ocho días en lecturas dominicales. Sin saber, creció el portal CRONICAS DE CUCUTA. Cada acontecimiento recopilado se convertía en homenaje In Memoriam para hombres y mujeres que dejaron muy alto el Valle de Guasimales. Igualmente, exalta la dignidad con reconocimiento a grandes glorias del ámbito artístico, cívico, periodístico, religioso, deportivo, cultural, social y político.

Oficialmente se convierte en PORTAL WEB el 7 de octubre 2010. En forma admirable acumula ya 1.329 recopilaciones tipo crónicas, casi todas extractadas de periódicos y publicaciones locales, libros populares, escritos nacidos de historiadores, periodistas, inéditos autores y muchos escritores del Norte de Santander. El portal permite hallar el original ADN ancestral y ubica el sentido innato de pertenencia cucuteña. Llegó un día a la vida de todos los internautas, igual como aparecen las buenas nuevas, sin avisar, sigilosamente introduciéndose en las cortezas que somos y las venas que siempre fuimos. Su creador, nunca imaginó un buscador que tocara el alma y menos tallar imborrables despertares en ávidos ojos de lectura.

Aparece ahora como paso determinante para navegar en referencias de Cúcuta. Asegura a nuevas generaciones herramientas para afianzar valores jamás perdidos. La perspectiva futura para ámbitos históricos, culturales, sociales y deportivos, harán necesario considerar el Portal como insigne buscador de consulta e informativo. Importante archivo tecnológico para infantes en colegios y escuelas. Podrá acceder directamente cualquiera a profundos arraigos allí recopilados. Casi imperativo considerarlo como salvaguarda del sentido de identidad y pertenencia.

CRONICAS DE CUCUTA se convirtió en sugestivo repaso de acontecer histórico, recopilado en 19 capítulos o clasificaciones. Portal libre, siempre abierto a todo aquel deseoso por descubrir datos históricos, biografías, nombres de grandes personajes, fechas emblemáticas, sucesos de vida social, cultural, deportiva, religiosa, artística y política. Formidable vía adentrándose en acontecimientos del siglo XVIII hasta nuestros días. Todo expedicionario oriundo se encontrará representado en cada letra, apellido, dato, foto y fecha. Todos volverán a observar las luces de la gran ciudad en medio de rutas por hallar orígenes.

CRONICAS DE CUCUTA no debe tener como destino el olvido, deberá asegurar a nietos de nuestros nietos, inquebrantables lazos surgidos de nostalgias, recuerdos y añoranzas. CRONICAS DE CUCUTA es herramienta tecnológica para demarcar el hilo conductor entre hoy y ayer. Parece luz encontrada en días oscuros, nos abre el entendimiento. Pulsar la tecla nos lleva a destinos con encuentros pasados. Valiosa información contenida en páginas adornadas con sentimientos profundos.

CRONICAS DE CUCUTA garantiza el resurgir de valores originarios que parecían adormecidos por culpa del avasallante mundo moderno. CRONICAS DE CUCUTA llegó para quedarse, igual que mares inundados por recuerdos. CRONICAS DE CUCUTA confirmó la premisa donde las nostalgias se convierten en vehículos para transportar la historia. Una enciclopedia virtual presentada por nuestras gentes con sencillo lenguaje.

Anclados quedarán por siempre nuestros sentires, intactos los arraigos, despiertas las añoranzas y vivas las costumbres intactas. Ahora aseguramos el reguardo de raíces que retoñan desde cenizas del ayer. Dios jamás declaró desértico el Valle Arcilloso, siempre fue bendecido, tampoco declarado deshabitado para la vida del hombre.

Fueron creciendo raíces en medio de cenizas y milagrosamente reverdecieron los gigantescos árboles frondosos. CRONICAS DE CUCUTA reafirma lo que somos. Seguiremos siendo aquello que siempre fuimos, nada cambió, solo algunos pañetes y varios techos distintos.

Todo estará por volver, todo por crecer y todo por llegar. Nunca estaremos solos. Cada generación hará brotar nostalgias por siempre convertidas en historias llenas de arraigos.

Nos bastaba con vivir en Cúcuta…

lunes, 18 de marzo de 2013

349.- PERSONAS DESTACADAS EN CUCUTA


Norte de Santander: Historia e identidad en su Centenario




Mons. Luis Pérez Hernández (1894-1959), estudió en el Seminario de Pamplona Filosofía y Letras. Se doctoró en Filosofía en Europa. Concluyó en la Universidad Gregoriana de Roma, los doctorados en Teología y Derecho. Fue ordenado de sacerdote en 1918. Profesor de Filosofía, Griego y Matemáticas de los Seminarios de Pamplona y Usaquén. Rector de los de Jericó y Santa Rosa de Osos. Director del semanario Popular. Secretario Privado de Mons. Juan Manuel González Arbeláez. Arzobispo coadjutor de Bogotá. Vicario General de la Diócesis de Barranquilla. Obispo Auxiliar de Mons. Ismael Perdomo. Visitador Delegado de la  Arquidiócesis de Bogotá y primer Obispo de la Diócesis de Cúcuta.

Estableció en la ciudad  varias comunidades religiosas. Fundó el semanario La Verdad y la revista Vocaciones. Creo la vice parroquia de Nuestra Señora de las angustias y proyectó las de El Salado y El Zumbador. Al sentirse enfermo se trasladó a Bogotá y cuando moría levantó la mano y dijo: Mi última bendición es para Cúcuta. Está enterrado en la Catedral de Cúcuta.


Pbro. Daniel Jordán Contreras (1894-1979), es el sacerdote que más interés  despertó entre los cucuteños en la primera mitad del siglo XX. Fue un líder en la Cúcuta de la época, que lo tuvo, por más de 40 años, al frente de todo lo que en ella sucedía. Con el apoyo de la feligresía se impuso la tarea de construir el templo de San José, frente al parque Santander.

La gente recuerda que el templo se llenaba en la misa dominical y el acceso era imposible, lo que llevó a la transmisión de la eucaristía por la Voz del Norte y a escucharse en los parlantes que para la época estaban instalados en el parque.

El sermón del padre Jordán hizo historia y fue una tradición cucuteña casi hasta su muerte. Su voz brotaba como una cascada matizada de una rica gama de tonalidades que manejaba con dominio de maestro.

Entre las múltiples ejecutorias  está la construcción del monumento a Cristo Rey y la consagración de Nuestra señora de Cúcuta como patrona de la ciudad.


Reverendo Padre Rafael García-Herreros Unda (1909-1992), sacerdote de la Iglesia católica. Humanista, filósofo, poeta, políglota, escritor, profesor de griego, latín, filosofía y arte, y predicador incansable. El padre García-Herreros fue fundador de numerosos centros educativos en todo el país y promotor de muchas otras obras sociales. Nació en Cúcuta.

Iniciador del programa el Minuto de Dios y del barrio del mismo nombre en Bogotá.

Desde 1946, en la emisora Radio Fuentes de Cartagena, comenzó a utilizar los micrófonos para su labor evangelizadora. La ´Hora Católica´ se mantuvo al aire durante cuatro años y continuó en Medellín. En 1954 al llegar la televisión a Colombia inició las emisiones del ´Minuto de Dios´ que poniendo en manos de Dios ´este día que ya pasó y la noche que llega´ se convirtió en uno de los programas más emitidos. El ´Banquete del Millón´ realizado por primera vez en 1961 fue otro de sus proyectos loables. Comprometió a altas personalidades a favor de los de menos recursos.

Falleció mientras se celebraba el Banquete en 1992 en el Salón Rojo del Hotel Tequendama.


Julio Pérez Ferrero, (1851-1927), fue pedagogo, periodista, historiador y educador. Sobrevivió al terremoto de 1875. Formó parte de la Junta Re-constructora con los distinguidos caballeros: Melitón Añez, Trinidad Ferrero, Christian Andressen Moller, Juan Atalaya, Euleterio García y Florentino González.

Integró la Junta que emprendió la construcción del Ferrocarril de Cúcuta. Uno de sus hijos, Luis, fue el primer obispo de Cúcuta.

Fue adalid del progreso de la ciudad, a la que sirvió desde diferentes posiciones. Fue Personero y Alcalde. Al crearse el Departamento de Cúcuta fue elegido como Diputado y ocupó la primera Presidencia. Resultó electo como Representante a la Cámara por el Departamento. Fue Prefecto de Provincia y ocupó en dos oportunidades la Secretaría de Educación.

Fue Rector del colegio Provincial y profesor del Seminario en Pamplona. Estableció la biblioteca departamental, que hoy lleva su nombre, y que inicialmente se llamó Batalla de Boyacá.


José Agustín Berti Aranda, (1853-1929), desde 1864 algunos parientes italianos lo llevaron a Italia y allí cursó sus primeros estudios. Se graduó de bachiller en París. Obtuvo el título de General en la Guerra de los Mil Días luchando al lado de los conservadores con Próspero Pinzón y Ramón González Valencia.

De regreso lo sorprendió el terremoto de 1875 y perdió a sus padres y cuatro hermanos. Después logró reunir el Concejo de Cúcuta, actuando como presidente. Lo acompañaron Juan Antonio Oliveros, José Mª Lazcano, Teodoro Díaz, Salvador Luciani y Ramón Mª Paz. En 1883 casó con Victoria Garbira Ferrero y tuvieron 5 hijos. Según la tradición oral, su hija Ernestina fue la primera reina de Cúcuta, elegida en las fiestas del 20 de julio de 1914.

En 1904 fue Prefecto de la Provincia de Cúcuta y participó activamente en la integración del Departamento de Norte de Santander. De 1919 a 1923 fue Senador de la República.

Según escritura Pública 829 de la Notaría Primera de Cúcuta el 17 de diciembre de 1913 vendió el terreno para la construcción del Palacio de Gobierno conocido como la Cúpula Chata, por $6.700.

En 1917 el gobierno nacional decretó por Ley 42 la construcción de la carretera Cúcuta-Ocaña. En 1918 se iniciaron las obras de exploración y en 1920 los de construcción, él fue el primer director de la obra y la inauguración se realizó el 30 de julio de 1946.

Fue el primer Tesorero del Ferrocarril de Cúcuta en 1887 y el noveno de sus presidentes. En 1913 dueño del teatro Guzmán Berti, dado al servicio público en 1878 por su constructor Domingo Guzmán, inició trabajos de mejoramiento y adaptación para proyectar cine. En septiembre de 1914 fue re-inagurado con el nombre de Guzmán Berti con capacidad para 1000 personas. La acústica era admirable por eso la preferían las empresas de drama y ópera que visitaban la ciudad.


Luis Febres-Cordero Ferrero, (1880-1927), no fue hombre de mayores títulos y academias. No obstante dada su cultura, es, entre las figuras regionales el mayor autodidacta. Dominó las finanzas, la literatura y la política. Fue el creador de la primera fábrica de cigarrillos hecho a máquina, Gran Colombia. Se desempeñó como contador del Ferrocarril de Cúcuta, fue síndico del Hospital, asumió la secretaría de Hacienda del Departamento, ocupó un curul en la Asamblea y un asiento en el Concejo. Fue gobernador en dos oportunidades.

También fue literato e historiador. Su obra histórica contribuyó a conservar la tradición, recopilando y analizando los hechos con autenticidad. El Terremoto de Cúcuta publicado por editorial Minerva en 1926, fue una contribución a la celebración del cincuentenario del movimiento telúrico.


Olinto Marcucci Ramírez, (1896-.1982), sin haber estudiado arte de la escultura, creó la primera obra, La Victoria, en homenaje a la batalla de Boyacá. El gobierno departamental la adquirió para erguirla en la Plaza de La Victoria (Parque Colón) y le otorgó una beca para estudiar en Roma.

Cursó los primeros estudios en Cúcuta al lado de don Luis Salas Peralta, luego continuó en el Sagrado Corazón de Jesús, obtuvo el grado de maestro de la Escuela Normal Superior de Cúcuta. En sus estudios en Roma fue laureado con diploma de profesor de escultura de la Real Academia de Bellas Artes de Roma.

Se casó en Roma con la bogotana María Echeverry Quijano, también artista, estudiante de pintura en la Escuela de Bellas Artes. La ceremonia fue oficiada por el Cardenal Pacelli, mas tarde Papa Pio XII. En 1926 regresaron al país y se instalaron en Bogotá.  Ejecutó varias obras: dos monumentos en Roma, uno en Costa Rica, y un busto de Kennedy en la Nasa. Es autor de esculturas en los tipos estatua y busto.


José Manuel Villalobos, (1901-1974), su mayor inclinación fue el periodismo. En 1916 estando en Pamplona colaboró en los periódicos manuscritos la Voz del Sarare y El Liberal. En 1920, ya en Cúcuta se vinculó al periódico El Día. En esa década surgió un movimiento periodístico que lo tuvo entre los principales actores junto a Leandro Cuberos Niño, Pedro Mª Fuentes y Sixto Epiménides Sarmiento.

En 1921 casó con Soledad Barradas y nacieron 3 hijos.

El 24 de junio de 1922 fundó el periódico Comentarios, vocero del Partido Liberal, que se convirtió en el centro del periodismo y la actividad política. El 24 de junio de 1963 Comentarios celebró sus 50 años.

Formó parte del Directorio Liberal, fue Concejal, Diputado, Senador de la República, Secretario de Gobierno y de Hacienda del Departamento y del Municipio, fue Alcalde de Cúcuta en dos oportunidades y presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas.

Comenzó la modernidad del parque Santander,  y fundó la Escuela de Música. En el gobierno de Alfonso López Pumarejo fue cónsul en Ciudad Bolívar-Venezuela.

Firme en sus convicciones, honesto, digno, son calificativos de quienes lo conocieron.


Luis Parra Bolívar, (1907-1969),  la carencia de los centros de enseñanza en la región lo obligó a irse a Bogotá y comenzó a estudiar Derecho que interrumpió y se trasladó a Medellín, luego de haber trabajado en Bogotá en El Siglo de Laureano Gómez, experiencia que cimentó su vocación al periodismo. Incursionó en la política y fundó la emisora Claridad en esa ciudad de Medellín. Fue encargado de la dirección del periódico El Colombiano y logró terminar la carrera de Derecho en la Universidad de Antioquia.

Fue elegido a la Asamblea de Norte de Santander. En 1947 se radicó en Cúcuta, donde durante 4 años gestó su obra máxima, Diario de La Frontera; el 17 de de febrero de 1951, se oyó en nuestras calles por primera vez el vocerío cantando el nombre del periódico más moderno de la época. Orientó y  dirigió la acción de su partido, el conservador, al que siempre honró por su dignidad humana, el encause de sus expresiones políticas, pulcritud y transparencia. En 1949 casa por segunda vez y lo hace con doña Ligia Echeverría.

En 1976, el Diario de La Frontera celebró sus 25 años. En la celebración estuvieron presentes entre otros Alvaro Gómez Hurtado, Otto Morales Benítez y Lucio Pabón Núñez. La dirección estaba a cargo de Teodocio Cabezas Quiñones. El Diario fue por muchos años el conductor de la vida política del Departamento y sociedad cucuteña.

Parra Bolívar ocupó cargos en el Congreso de la República, Asamblea y en el servicio diplomático. Fue presidente del Club de Leones Centro, socio fundador de Andiarios y de la Casa del Periodista, 1956.


Eustorgio Colmenares Baptista, (1924-1993), odontólogo  de la Universidad de Antioquia. Contrajo matrimonio con Esther Ossa Montoya. Tuvo especial afición por el deporte, con mayor dedicación hacia la práctica del fútbol y basket. En 1958 animado por la actividad política toma parte en la fundación de La Opinión como publicación semanal en compañía de Virgilio Barco Vargas, Eduardo Silva Carradine, León Colmenares Baptista y Alirio Sánchez Mendoza. Dos años más tarde se convirtió en diario, empresa a la cual le puso la mayor atención.

En 1961 el gobernador Miguel García-Herreros lo nombró secretario de gobierno. Por un tiempo  alternó su profesión con la política y el periodismo. Fue corresponsal de El Tiempo. En 1966 el gobernador Gustavo Lozano Cárdenas lo nombró Alcalde de Cúcuta durante 4 años. Durante su gestión se cedieron los terrenos para la construcción del INEM, la UFPS, la Aduana Nacional, el Instituto del Niño Retardado Mental, el Hospital Erasmo Meoz y el Colegio Nacional de Periodistas. En 1971 fue Secretario General del Ministerio de Comunicaciones.

Desde la Opinión proyectó su pensamiento político y sus querencias por Norte de Santander y Cúcuta. Sencillo y humilde como su origen, posteriormente abierto a la comprensión de hechos y problemas, prefirió no más acceder a cargos de servicio público. En 1993 fue asesinado por sicarios del ELN. Era un cucuteño típico.


Pedro Felipe Lara (1882-1959), al morir su padre en 1903, se puso al frente de las haciendas Orope, Carrillo y otra, en lo que hoy es el barrio Blanco. En 1910 casó con María Hernández Ramírez. En 1918, destiló aguardiente, empresa que se convirtió como Jaramillo, Salazar y Lara, una de las primeras incursiones en el sector empresarial. En la hacienda Carrillo explotó carbón, pero también creó una fábrica de azúcar con maquinaria traída de USA. Sin embargo la escasa producción de caña lo llevó a vendérsela a los azucareros del Valle del Cauca, 1947, quienes se llevaron la infraestructura. Entre sus industrias destaca Telares de Cúcuta, fábrica de 120 obreros que producía driles, mantas, telas para camisas y otros textiles.

En 1921 se construyó el acueducto Lara que perduró hasta finales de los 40. En 1929, inició la producción de baldosines, tubos de concreto, arcilla y otros. En 1928 compró los terrenos de la hacienda La Garita situada en la calle 10, desde la avenida 3ª hasta la avenida 0 (barrio Latino), por donde antes bajaba el río Pamplonita, su intención era urbanizarla para formar allí el primer barrio residencial de la ciudad.

También fue empresario de teatro, en 1931 compró el Teatro Santander a Luis Alberto Marciales. Luego construyó el Buenos Aires en el barrio Carora, el Aire Libre en la calle 10 y el Miraflores. Construyó el Gran Hotel, 1938, la pensión inglesa, el hotel Atlántico y el edificio Lara.

Todo lo efectuado lo colocan como un verdadero pionero de la industria en la ciudad y en el departamento. Fue un precursor, un visionario, un hombre de acción.


Aziz Abrajim Elcure, (1895-1976), libanés que en 1912 llegó a Colombia al amparo de su cuñado Jorge Cristo. Se estableció en Chinácota. Vivió algunos años en Bucaramanga, pero se radicó en Cúcuta a mediados de la segunda década del siglo XX. A mediados de los 30, comenzó su actividad comercial con el almacén La Artística donde comercializó telas y vidrios. Fundó diversas industrias en la ciudad, una de ellas dedicada al curtiembre de cueros en El Salado.

A mediados de los 40, con Luis Francisco Eslava y Gilberto Clavijo fundó una fábrica de hielo. En 1956 compró una hacienda en Cornejo, siendo pionero en los cultivos de arroz y caña de azúcar con la Sociedad Agropecuaria y Cía. Otra de las empresa fue la Sociedad El Resumen Ltda., en asocio con Jesús Atehortua, también dedicada a la siembra de arroz. En Bucaramanga junto con Leonidas García, fue propietario de la arrocera Molinos Zulia.

A finales de los 50 en la esquina de la calle 18 con avenida 2E, inauguró el Molino Cúcuta, dedicado a beneficiar los cultivadores de arroz. Posteriormente lo trasladó a la carretera que une a Cúcuta con El Zulia. La maquinaria fue importada de Inglaterra y se convirtió en el primer molino técnico y moderno de la ciudad.

Años después, orientó su actividad empresarial hacia la arcilla. Fundó el Tejar Santa Teresa que al comienzo del siglo XXI es uno de los de más prestigio en la región. Su amor por Cúcuta se deja ver en los nombres que ha colocado a las diferentes empresas de su propiedad. La mayoría llevan el nombre de la ciudad.

Las donaciones en terrenos y apoyo de toda índole, han hecho florecer capillas, iglesias, centros de atención en salud como el caso de los terrenos cedidos para el Centro de Rehabilitación San José. La urbanización La Ceiba, cuyo nombre respetó el honor de la tradición local, se caracteriza por la amplitud de las calles y zonas verdes.





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

sábado, 16 de marzo de 2013

348.- ASI ERA CUCUTA EN 1.980


David Bonells Rovira




Ha cambiado bastante la Cúcuta de 1980 de la de 1880 y 1930. Tiene actualmente 400.000 habitantes, 74 barrios, un área urbana de 40 kilómetros cuadrados, el centro de la ciudad ocupa 130 hectáreas, funcionan 8000 establecimientos comerciales, 15 aviones llegan diariamente a Cúcuta, 40.000 turistas y un millón de dólares.

Tiene dos universidades, un Instituto de Cultura y Bellas Artes, varias bibliotecas, 89 escuelas, 49 colegios de segunda enseñanza y 60 de primaria.

Más de 100 hoteles, entre ellos 14 de primera categoría y un sinnúmero de buenos restaurantes.

El Dr. David Bonells Rovira, describe así a la ciudad:

Emplazada en el valle que topográficamente forman al abrirse los dos ramales de la cordillera Oriental, entre tres ríos y a corta distancia de la frontera con Venezuela, Cúcuta es lo que se llama un lote bien situado y de porvenir.

Destruida por un terremoto y vuelta a levantar en ese mismo sitio, Cúcuta fue hasta no hace mucho tiempo una urbe ortogonal de calles anchas y cuadras de cien metros. Hoy, apremiada por las migraciones y el aluvión demográfico, surge ante los ojos del visitante como la típica mancha de tinta que en el mapa simboliza la ciudad moderna.

Si la miramos desde arriba, como a vuelo de avión, no nos será difícil distinguir el valle y los cerros que lo cercan. El río fluye allí como fluye la línea del destino sobre la palma de un puño que se cierra. La lluvia cae a cántaros apenas de vez en cuando, y la tierra es árida y desguarnecida bajo el rigor sol.

Lo que fue la ciudad reconstruida de finales de siglo, es hoy el área comercial central de la urbe moderna. Aquí y allá fueron cambiando el uso de la tierra, renovando viejas edificaciones y emplazando otras. El parque ya no es parque sino plaza y sirve de vestíbulo a los almacenes y edificios bancarios y de oficinas que se apiñan a su alrededor.

En el área circundante a este sector la ciudad se deteriora, el tiempo poco a poco ha venido escarbando los solares de El Contento, La Cabrera, Carora, El Llano y Callejón; otro tanto ocurre con el Latino y con La Playa, hoy en proceso de renovación. No lejos de allí comienza a desarrollarse la ciudad moderna, la nomenclatura es igual pero a la inversa, calle segunda, calle primera, calle primera norte, calle tercera… lo mismo sucede a la derecha donde la Cero marca los dos comienzos de la avenida primera.

A lado y lado de estas vías han ido brotando casas y edificios de moderna arquitectura, donde habitan familias de altos y medianos ingresos; son los barrios: El Rosal, Blanco, Libertadores, Quinta Vélez, Colsag, Riviera, Quinta Oriental, Popular, Quinta Boch, Lleras Restrepo…

Un poco más allá, sobre las laderas de los cerros, la marginalidad le sirve de telón de fondo a la ciudad: miles de tugurios emplazados al pie de la erosión van formando un cinturón de desarraigo, en cuya trama la pobreza ciudadana encuentra su máxima expresión.

Lo que sigue después son los barrios obreros, localizados sobre el lomo de los cerros y a lo largo de las vías regionales que unen a Cúcuta con los municipios vecinos de El Zulia, Villa del Rosario y Ureña.

Aquí se vuelve difusa la visión de la ciudad, ya no cabe en el ojo y se diluye. Es necesario palparla más de cerca para saber que Cúcuta no es solo el paisaje urbanístico que se ha contemplado desde el aire, sino que existen también una serie de hechos y factores que tienen ocurrencia en el lugar, y que hacen de la capital del departamento Norte de Santander el polo de desarrollo urbano más importante del noroeste del país y el principal centro de integración y comercialización fronteriza en el área Colombo Venezolana.

No es de extrañar entonces que Cúcuta sea una ciudad con huéspedes a la que diariamente afluyen cientos de hombres y mujeres provenientes de las más diversas regiones.

No en vano el tipo humano del cucuteño se ha venido formando de la continua mezcla de inmigrantes que desde tiempo inmemorial han elegido a la ciudad como su centro de operaciones.

Este hombre ha forjado su carácter en el yunque de la esperanza y de la ilusión. Por eso tiene su estilo propio y a la vez inconfundible. Es recio y tranquilo como el paisaje, y posee la audacia, la hospitalidad y la desolación de quien alguna vez fue huésped y ahora es anfitrión. Basta asomarse a un almacén, cruzar una calle o atravesar la plaza para comprender que la ¨Ciudad de las Puertas Abiertas¨ no ha sido una leyenda, y que aún en los sitios reservados por otras ciudades para las gentes del lugar, el extranjero es bienvenido.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.


jueves, 14 de marzo de 2013

347.- ASI ERA CUCUTA EN 1.930


Tomado del Libro del Centenario del Club Comercio




Cantalicio Ramírez es un viejo cucuteño que después de una ausencia de treinta años retornó a la ciudad en uso de dos meses de vacaciones. Trabaja en Venezuela ya que una tía de su tatarabuela nació en Rubio y eso dio pie para obtener una ciudadanía colombo–venezolana.

Cantalicio con todo, ama a su ciudad natal y lo mira todo, pregunta y elogia o lo critica todo. Según su personal apreciación Cúcuta está CHÉVERE.

Añora sí, entre copa y copa, los pasteles y la chicha de arroz de Pacha, la de la avenida quinta. El dulce de platico de la Manssulí, el agua panela de Carmelita, los maduros horneados de Chirinos, los bollos de las Caminos, el pan de las Contreras, La Fragancia y el Aire Libre, las morcillas de Villate, los bollitos de fríjol de Patricio, el mute de la pecosa Julia, el bistec y las menudencias de la Turra Petra, las cucas que vendía don Sixto Aparicio, las cocadas de la negra Guillermina, los arequipes de las Berti, el arroz con leche y la mazamorra de dulce de La Morocota, los pasteles de yuca de Patrocinia y los arrastrados y cortados de las Moros.

Añora también los baños de La Garabatada, en Puente Tatuco y los pozos del río Pamplonita: El Ariete, El Tambor, El Niágara, Los Pellejos, el del Horno y los baños pagos de Moreno, Villalobos y los Picos.

El tranvía al Puente San Rafael y a Puente Espuma, las cacerías de igüanas, rabiblancas y monjitas de Tabiro, los Patios para jugar pelota, la pesca en la toma pública, de panches, pejesapos, chichetes y rabisecas.

El cine en el Guzmán y en el Santander. Los juegos de suerte y azar en el Casino y sus billares, lo mismo que los de Bélgica, La Cita, Montecarlo, El Tequendama y el Ritz, los de Martín Gómez, Pedro Gandica y el bobo Chaustre.

Los bailes públicos en La India, El Foco Rojo, El Recreo, La Granja y Puente Hierro.

Las retretas de los sábados en el Mercedes Abrego y los domingos en el Santander. Los sermones del padre Mendoza –Cantalicio fue acólito-.

Las muchachas de confianza de la Magdalena, los gritos de ´viva el Partido Liberal´ de don Julio Ramírez, Gustavo Moros y César Sosa. El eterno ´yo soy gente decente y godo´ de Luis Unda Pérez, la banda del Departamento, la orquesta Calvo con Fausto, Corzo, Eusebio, Niño, Carmelito y Rafuchas, que se desayunaban con agujas de victrola pisadas con ron Común. El negro Cuca en zancos y los carnavales inolvidables de Cúcuta.

Ese si era carnaval, te acuerdas, vale? Había que ver los disfraces de esa época. Allí bien disfrazados. Mario Quintana, Pastor Ontiveros, Roque Abel González y Augusto González, de soldados pretorianos; Sixto Epiménides Sarmiento de bandido; Guillermo Eslava, Pedro Mieles, Pedro Vicente Peña, Gustavo y Pacho Duarte de apaches; Jesusito Quintero de Dama de las Camelias; el doctor Baena de torero; Pachito Pérez  y José Roque Barjuch de beduinos; Edmundo Martínez, Emiliano Contreras, Enrique y Daniel Galvis junto con Luis Castillo, de muchachas de vida alegre; Rafuchas de osa, Cayetano Hernández García de Conde de Luxemburgo; Nicolás Colmenares, Joaquín Ramírez, Domingo y Pacho Díaz de Dominó; Benito Castro de Pancho Villa, Cayetano Morelli Lázaro de Bolívar y Sebastián Ontiveros  de Napoleón; Pacho y Horacio Hernández de Pierrot, Luis Alberto Villalobos de Charlot, Víctor Manuel Pulido de bobo, los doctores Luis Buenahora, Guillermo Peñaranda y Víctor M. Pérez de policías;  Luis Pérez Durán, Martín Hernández y Agustín Guarín de médicos; Alejandro Canal (Cadavid) de mejicano montando brioso corcel; de Kaiser, Guillermo Segundo Rafael Mondragón, y Don Quijote Gustavo Luzardo Chacín; Daniel Hernández Lazcano de Daniela Primera con su corte total: Paladines, monteros, alcahuetes, bufones, ballesteros, palaciegos, troveros y espadachines….

Eso si eran carnavales, Vale!

Y para hablar de las mujeres, allí manolas, colombinas, pastoras, campesinas, damas antiguas, mariposas, princesas y reinas.

Lástima de los carnavales de Cúcuta que se fueron para siempre, vale….seguía comentando Cantalicio quien, ya con una botella de V.S.O.P. entre pecho y espada, lloraba añorando los viejos tiempos… cuando con un peso se hacía mercado para seis personas por día, el agua del tinajero era más dulce y más fresca, y dormíamos a pierna suelta arrullados con el grato yi, yi, yi, yi, de la zancudada, y la puerta trancaba apenas con un ladrillo. Una cena por treinta centavos y brandy a tres pesos el litro, vale…que tiempos, que tiempos!





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.




 

martes, 12 de marzo de 2013

346.- ASI ERA CUCUTA EN 1.880


Tomado del Libro del Centenario del Club Comercio



En Cúcuta se construyó, con dineros de Domingo Guzmán, el que se convertiría en el primer teatro, hecho en madera, casi en su totalidad. Se levantó en el sitio actual de la Avenida Sexta entre calles octava y novena. En un principio se llamó Teatro de Cúcuta. Posteriormente se le puso el nombre de Teatro Guzmán.


En la década del 80 se inauguró el Ferrocarril de Cúcuta y se abrió el mundo para la ciudad. Los jóvenes de las familias pudientes estudiaban en Londres, pues era más fácil viajar a la capital de Inglaterra que a Bogotá.

En el Club de Comercio se oía la música que producía el fonógrafo, el cual consistía en un mecanismo que hacía mover unos cilindros de goma. Este maravilloso invento de Edison, hacía furor por aquella época.

Tenía la ciudad 12.000 habitantes, 7 calles, 6 avenidas y 5 años, pues el terremoto del 18 de mayo de 1875 la había destruido totalmente.

El padre Ramón García, cura de Bochalema en carta al Dr. Laureano Manrique describe cómo era Cúcuta en 1880.

Sr. Dr. Laureano Manrique

Mi muy querido amigo:

No quisiera irme de esta ardiente y pintoresca ciudad, sin enviar a Ud., mi fino amigo, mis afectuosos recuerdos  y con ellos, por vía de obsequio, una ligera noticia descriptiva, trazada a grandes brochazos, que le dé siquiera una remota idea del nuevo Cúcuta, pues del que Ud. conoció en el año de 1841 al que hoy existe, hay tanta distancia como de la tierra a la luna.

Este nuevo Cúcuta ha perdido mucho de su antiguo genial carácter, que era peculiar y exclusivo, pues aunque algo le queda del tipo calentano, ya ha transigido mucho con la ruana del parámetro y la chaquetica blanca cedió su puesto a las holapandas y levitas de larga y flotante falda, gruesa y reluciente botonadura, que bien les sienta a los cuerpos delgados, flexibles y elegantes de los hijos de este delicioso valle.

Aseguran todos que la nueva población, así delineada como está, con calles anchas y rectas, consulta más la comodidad y la belleza; sea, y no quiero contradecir tal opinión. Pero la gracia y especial fisonomía de la muy alegre y antigua ciudad, con su aire novelesco y su exquisito aseo, no es posible dejar de echar de menos. Será que tanto nuestro espíritu como nuestro corazón se apegan a los paisajes y localidades que se conocieron en los días de la infancia? No hay duda el grande escritor francés Msr. de Lamartine, no vio una casa mas pintoresca que la granja o cortijo donde él se crió. La memoria   guarda frescos esos recuerdos, y es por eso por lo que yo siento pena y mi espíritu se abate, al acordarse del histórico y bullicioso Cuatro Esquinas, La Plazuela de Cortés, y otros parajes deliciosos, que hoy apenas, se puede reconocer. Cuántas veces, al pasar por cerca de aquellas venerables ruinas, rodó una lágrima de mis ojos, al evocar lejanos tiempos y dulces memorias…

La parte poblada, no hay duda, es magnífica, tiene un aire enteramente moderno, según dicen, europeo; las amplias avenidas, que dan entrada a la plaza principal, son espaciosas y elegantes y están sembradas de largas hileras de clemones (ojalá fueran nísperos), de pobre follaje, que prometen sombra dentro de algún tiempo; pero que todavía están como los álamos de Msr. Chateaubriand cuando escribía las Memorias de Ultratumba en el Vallée aux Loups, que es necesario prestarles sombra, sombras que ellos devolverán algún día.

La Gran Plaza, centro de la población, es un hectómetro perfectamente cuadrado, bella, limpia y nivelada; creo que no tendrá rival en Colombia. Aquí tiene lugar el mercado diario y el dominical; sensible es que poblaciones esencialmente católicos no establezcan sus mercados en otro día fuera del domingo, como sucede en los Estados de Boyacá y Cundinamarca y aun en los mismos Departamentos del Socorro, Vélez, Guanentá y Soto, que pertenecen a ese Estado. Se echa de menos al frente de esta plaza EL Templo Parroquial, que es como si dijéramos el rostro y la mirada de todo centro poblado, grande o pequeño.

El espero y grupo que se han empleado en la reedificación de la nueva ciudad, no dejan nada que desear. La cuatro Boticas principales, tan lujosas como bien servidas, son de un tono verdaderamente francés y las elegantes y vistosas casas de comercio de los señores Bonet y Compañía, Estrada e Hijos, Díaz y Cía., Gandica, Riedel, Cabrera y Ferrero, son hermosísimas.

LA Aduana, propiedad de la nación, es un edificio de hierro grande y de bella apariencia, pero no muy adecuado para este clima.

El hospital de caridad, regular edificio, costeado con limosnas de doña Victoria Reina de Inglaterra y el benemérito patriota Vicente Agustín Galvis, tiene tres Departamentos con grandes salones, agua abundante y espaciosos patios. Hace falta allí un oratorio. La Sindicatura está perfectamente bien servida por el Sr. Juan Atalaya, creo que sin remuneración alguna; pero su caridad no quedará sin recompensa, y la gratitud y consideraciones de los cucuteños no le serán escatimadas porque bien las merece.

El camellón o gran carretero del comercio (av. 7ª) por donde deberá pasar el ferrocarril hasta los almacenes de depósito, es digno de verse, como un cosmorama y por la noche en silencio y calma, alumbrado con gas y cubierto de paseantes. Aquí está, aquí vive el Cúcuta mercantil; aquí es donde se encuentran los hombres de cálculo, del tanto por ciento, los hombres números, como los llama cierto sujeto.

Frente a la capilla de San Antonio, que hoy está como a unas cuatro cuadras debajo de la que Ud. conoció (estaba situada en la calle 11 entre avenidas 7ª y 8ª) se halla una linda y deliciosa plaza bautizada con el simpático nombre de Mercedes Abrego, heroína mártir de nuestra independencia, gloria de nuestra querida patria, cubierta de árboles de gran ramaje y pintoresco aspecto; esta plaza, silenciosa y fresca, es un paseo público de lo más agradable. Muchas tardes gocé de este inocente y grato placer sumergido en una dulce contemplación; tuve momentos deliciosos, trayendo a mi memoria,  entre otros nombres , el de aquel que nunca podrá olvidarse en Cúcuta, el del Dr. Domingo Antonio Mateus, el sincero y leal amigo víctima del terremoto de 1875. Trabajó con constancia en esta ciudad por la construcción de un magnífico templo que estaba casi del todo concluido cuando se verificó la terrible catástrofe.

Como por encanto, como por sueño me parecía ver aquellos dos ídolos del pueblo, aquellos filántropos que se familiarizaban hasta con el infeliz, cuya memoria vive y vivirá siempre, Pedro María Reyes y Juan Luciani. Quién no conoció aquellos venerables patriarcas?

La capilla de San Antonio que hoy sirve de parroquia , es un bonito y elegante edificio perfectamente aseado y paramentado con esmero. En los días de gran concurso tiene que ser incómoda y en extremo calurosa.

Hay aquí establecidas algunas hermandades. La del Sagrado Corazón de Jesús, dignamente presidida por la estimabilísima y virtuosa Enriqueta Ferrero; es algo reducido su número , pero presta importantísimos servicios. Actualmente se ocupa de colectar una suma para la consecución y transporte de las hermanas de la caridad para el Hospital y la enseñanza de los niños pobres, sostiene una escuela católica y enseña el catecismo todos los domingos. En esta hermandad figuran desde las primeras matronas de la alta y culta sociedad, hasta las más humildes hijas del pueblo, pues para entrar en esta congregación sólo se les exige una conducta intachable y virtud acrisolada.

La Asociación del señor San José, compuesta de honrados y virtuosas artesanos, hijos del pueblo, pero de costumbres sanas y conducta irreprendible, contribuye a fomentar el culto y le prestan importantes servicios al párroco. Tienen estatutos y reglamentos que ellos observan estricta y religiosamente. Esta asociación está en vía de hacer grandes cosas, si, como espero, ella toma todo el incremento que debe, y acomete sin miedo la reforma y moralidad de las costumbres.

 Hay también en Cúcuta un teatro de propiedad particular, que facilita el establecimiento de compañías dramáticas en ciertas temporadas. El local es precioso y elegante monumento construido con mucho gusto y arte; allí tuvieron lugar los actos literarios del Colegio de Zea, dirigido por los señores Vega y Belloso, que ojalá continúe su marcha para honra y provecho de la juventud cucuteña.

La nueva ciudad está hoy dividida en nueve barrios o secciones, algo distantes unos de otros, a saber: La Vega, El Caimán, El Páramo, El Llano, El Callejón, La Playa, Curazao y Los Balcones. El día que la población se condense y el comercio y la industria revivan, Cúcuta será una de las primeras ciudades de Colombia.

No se puede negar que el aire particular y propio, especial del cucuteño, tiene perfecta analogía con el aspecto de la naturaleza y lo risueño y alegre de este ardiente clima. El cucuteño es vivo, inteligente, simpático y agradable en todas sus manifestaciones; propenso a la hilaridad y a los placeres, como bien inclinado al trabajo, a la industria a las artes y a las letras, pues para todo tiene vocación; y así como es abierto, franco y listo para la diversión, es también piadoso y espiritual para concurrir y tomar parte en los actos religiosos. Esto, por supuesto en lo general, pues siempre hay que exceptuar algunos descreídos, de vida impura, escoria despreciable en toda sociedad.

Este pueblo tan festivo, tan alegre y formal, desprendido y generoso en otros tiempos; este pueblo cucuteño tan enemigo de la tacañería, apura hoy hasta las heces el amargo cáliz de la pobreza, porque en un día y en menos de un segundo quedó desposeído, viudo, huérfano, mendigo y sin hogar, vagando a la ventura como triste paria, viendo derruidos escombros y confusas ruinas, su patria, su hogar y sus haberes.

Pobre pueblo cucuteño! El terremoto del 18 de mayo de 1875, y luego la crisis económica que sobrevino después, le tiene reducido a una dura y triste situación, pero este virtuoso y simpático pueblo, valiente y resignado, lleva su pesada cruz con cristiana paciencia y estoica conformidad, no sin derramar en el silencio abundantes lágrimas; pero esas lágrimas serán enjugadas, y este pueblo purificado por el martirio y depurado por una larga y dolorosa expiación, recuperará el bien perdido y tras los largos días de infortunio vendrán los florecientes años de prosperidad y de ventura.

Tales son mis votos y tales mis esperanzas.

Su affmo. amigo, Ramón García
Diciembre 16 de 1880





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

domingo, 10 de marzo de 2013

345.- ASI ERA CUCUTA EN 1.850


Manuel Ancízar (1812 – 1882)


Al salir de Salazar para la capital de la provincia encontramos al gobernador que andaba visitando sus pueblos. Nombrarlo es designar el tipo de la honradez y del patriotismo ingenuo e infatigable. Hombre de edad provecta, el señor Isidro Villamizar cuenta sus días por los servicios que ha hecho a la república desde el origen de ésta, y sin duda los finalizará legando nuevos beneficios a sus conciudadanos, porque tal es su carácter, leal, sencillo y bondadoso. Tomamos por el camino nuevo con el objeto de inspeccionar la obra del puente. En la penosa faena de pasar el río nos sobrecogió la noche, y hubimos de alojarnos en un rancho rodeado de monte y árboles de cacao descuidados, que entristecían el ánimo con el espectáculo de la ruina y desolación donde antes fue una floreciente hacienda: ahora pertenecía a las monjas de Pamplona, es decir a manos muertas, que marchitaron las labores del antiguo propietario.

Después de los riscos y barrancos del mal trazado camino, del peligroso paso del río y de la estrecha posada en el bosque, siguieron las llanuras y potreros sombreados por cujíes de ancha y aplanada copa que anunciaban la proximidad de los valles cucuteños. Por último, al subir el espinazo de una pequeña serranía se vio al oriente el solar de San José cubierto de árboles, y en el fondo las casas blanqueando al abrigo del multiplicado ramaje.

San José, capital de la provincia de Santander, por los años de 1734 formó curato separado con el nombre de San José del Guasimal, y en 1792 se hallaba tan próspera que obtuvo el título de villa, dejando el apelativo Guasimal por el de Cúcuta, en memoria de su origen. Finalmente, la legislatura de 1850 creó esta provincia y designó la villa de San José para centro de la Gobernación. Encuéntrase a 294 metros de altura con respecto al nivel del mar, sobre la ribera izquierda del Pamplonita y en un llano arenoso rodeado por colinas estériles. La temperatura oscila entre 21° centígrados, que es la de noviembre a febrero, y 32° cuando la estación calurosa, de julio a octubre; fuertes vientos del S.-E. producidos por el enrarecimiento del aire en la gran cuenca del Lago de Maracaibo, agitan la atmósfera durante los otros meses y hacen bajar a 25° la temperatura, que habiendo calma sube a 31°, mientras el índice del higrómetro de Sausure se mueve desde 0° hasta 10°. Por tanto, el clima es bien ardiente, y sería malsano sin dichos vientos que alejan los miasmas levantados en las márgenes montuosas de los ríos Táchira y Zulia, lugares mortíferos aun para las gentes aclimatadas.

Las de la villa han tenido el buen juicio de conservar en las plazuelas y patios frondosos cujíes y mamones gigantescos, cuyo benéfico ramaje resguarda las casas del ímpetu de los vientos, mitiga los ardores del sol e impide la reverberación del suelo, que sin aquella sombra estaría convertido en arenal insufrible, pues la formación de los valles se debe al acarreo fluvial y a las planicies septentrionales, cubiertas de selvas que hacen horizonte mirándolas desde el cerro Tasajera, estuvieron dominadas por un mar dulce, ahora reducido al Lago de Maracaibo; así es que la tierra vegetal reposa inmediatamente sobre lechos de arena y guijarros próximos a manifestarse desde que a la costra superior le falta el abrigo del bosque.

Es San José plaza de comercio y centro de un movimiento mercantil que en el año económico del 19 de septiembre de 1850 a 31 de agosto de 1851, alcanzó a 10.720.627 reales en exportaciones e importaciones registradas por la aduana. Sumó la exportación 5.404.667 reales, valor de artículos suministrados por trece ramos de agricultura y diez de manufacturas nacionales. Entre los primeros figuran 551.416 libras de cacao, 4.302.750 libras de café, 497.204 de panela, 48.675 de azúcar blanco, 281.580 de quinas, y 318.300 de tabaco; entre los segundos 1,080.540 reales, valor manifestado de sombreros de jipijapa, 32.482 reales en artículos de fique, y 61.828 reales en lienzos y mantas del país. La importación ascendió a 4,515.969 reales en monedas de oro y plata, y 800.000 reales en mercancías europeas y sal venezolana, según confesión tímida de varios comerciantes, asistiéndome a la persuasión de que llegó por lo menos a tres millones de reales  con el correspondiente aumento en artículos exportados sin conocerlo la aduana. El tráfico entre San José y Puerto de Los Cachos formó un total de 39.500 cargas de a diez arrobas, que transportadas a 10 reales carga, dejaron 395.000 reales en manos de los arrieros. Agregando a esto las ganancias de los bogas y el movimiento de cargas y valores en el comercio interno recíproco de los cantones y con las provincias limítrofes, se puede calcular la suma de riquezas que circulan en Santander, cuya población no pasa de 21.282 habitantes, y se concibe cuán holgada será la vida en lugares tan felices por la situación mercantil y la incansable fecundidad de la mayor parte de las tierras.

La ciudad, favorecida con la concurrencia y vecindario de muchos extranjeros laboriosos, cuenta 5.000 moradores aposentados en buenas casas de teja situadas en el centro, y multitud de casitas que forman los arrabales, esparcidas sin demarcación de calles, en amplios espacios como plazuelas, y sombreadas por los protectores cujíes. Vagos no hay, ni beatas, ni el desaseo en las personas y habitaciones que mancha y degrada la generalidad de nuestros pueblos de la cordillera. En San José todos son negociantes, mercaderes o agricultores, y acaso pudiera enrostrárseles la excesiva consagración a los intereses materiales al ver la pobreza y pequeñez de la única iglesia y el descuido con que miran la educación de las niñas, para las cuales no hay escuela pública, pues solo existe una de varones a que concurren 147, quedándose 914 niñas y 798 niños sin la preciosa luz de la instrucción primaria. La población se compone del 33 por 100 de blancos, en quienes residen la ilustración y cultura, el 27 por 100 de mestizos, que forman escalón intermediario, y el 40 por 100 de africanos, cuyo lote es el trabajo físico, y su patrimonio la inalterable salud en medio de las ciénagas y ríos, sean cuales fueren las intemperies que sufran. El tipo masculino de los primeros es el joven voluble, vestido a la ligera con chupetín o chaqueta de lienzo y casaca los domingos, dedicado al comercio, atento, despejado, bailador y poco instruido, salvo en requiebros y galanteos; el femenino es la damita de proporciones delgadas, aspecto débil, modales pulcros, talle flexible y profusa cabellera, en el vestir muy aseada y elegante siguiendo las modas francesas, en el trato llena de amabilidad e ingenio, sobremanera sociable y cariñosa, pero siempre recatada. La música y el baile son su vocación, y rara es la casa donde al caer la noche no suene un piano con las marcadas cadencias del vals, o una harpa maracaibera, o por ventura dos voces de timbre juvenil unidas para cantar trovas de amor. En los mestizos se manifiesta el tipo local, completamente criollo desde el traje hasta el alma: los hombres de mediana estatura, sueltos y ágiles, vistiendo pantalón de dril y camisa blanca, sombrero de nacuma excesivamente pequeño y nada de ruana; zapateadores, tipleros y enamorados, un tanto afectos a la botella y al juego, pero trabajadores y de índole buena, sin modales ni lenguaje descompuestos, como los del boga que tripula los bongos en el Zulia; las mujeres pequeñas, sabiendo que son bonitas y procurando lucir y ejercitar este don de gentes, el cuerpo bien repartido, limpio y ondulante, alegres y listas para cualquier lance y respuesta. Entre ellas, como entre los hombres, hay bastantes de piel blanca en que a primera vista no se percibe la mezcla de sangre africana; constituyen la porción selecta de su tribu, y gastan lujo por vanidad y cortesanía por instinto.

Todos los sábados y domingos hay bailes populares, a campo raso, en la plazuela del Cují o en el extenso patio de una venta de licores, afamada por estas reuniones danzantes, a las cuales concurre desde la oración la gente llana, y al son de tiples y maracas pasa la mayor parte de la noche en franco solaz nunca perturbado por riñas ni groserías, muy distantes del carácter benévolo y suave de aquel pueblo contento con su libertad y su envidiable medianía. La fiesta de San Juan la celebraron con carreras de caballos, pasando por debajo de arcos adornados de ramazón y frutas, y en el centro un desventurado pollo pendiente de una cuerda que recogían al pasar los jinetes, cuyo anhelo era pillarle la cabeza y llevárselo, con gran contentamiento de los muchachos, dispensadores de silbidos o aplausos, según la suerte del que acometía la difícil empresa. Por la noche pusieron baile extraordinario en la plazuela ya nombrada, frente a un toldo bien surtido de licores y dulces, cobijado por las tendidas ramas de los cujíes. Cuatro palos derechos con faroles de vejiga eran los candelabros, y al mismo tiempo demarcaban el espacio destinado al baile. La orquesta se hallaba en un extremo, tiple y bandola sentados gravemente, y en pie a su rededor seis revolvedores de maracas, que son calabazos de diversos tamaños con mango atravesado y granos o piedrecitas dentro, los cuales agitan al compás de los tiples, ora golpeándolos contra la mano y los muslos, ora zarandeándolos en mil direcciones con admirable entusiasmo y deleite filarmónico. Agregando a esto el continuo rascar de una caña hueca y rayada, que llaman carraca, manejada entre las piernas macarrónicamente por otro músico de airado rostro bañado en sudor, queda completa la orquesta, que suena como aguacero fuerte, monótona y siempre en la misma cadencia. Reunida en torno la gente y situadas en primera línea las bailadoras de boato y renombre, viene al medio de la rueda un galán en mangas de camisa, cruzados a la espalda los brazos, y comienza a zapatear solo, exhibiendo su persona y habilidad, en tanto que las maestras del arte le miran y juzgan. Si lo hace bien, una de ellas se adelanta, lo saluda, y emprende giros circulares rápidos sin aparecer el movimiento de los pies, abierto con ambas manos el ancho fustán de zaraza para mostrar el ruedo bordado de las enaguas blancas. A poco rato sale otra y se dirige al hombre; la que bailaba da una vuelta desdeñosa y abandona el campo; la otra se esfuerza por deslucir a su predecesora, y el hombre las deja penar y sigue muy satisfecho sirviendo de centro de atracción hasta que lo relevan del oficio. He aquí la Maromera, la Payasa o la Relámpago, que llenan el espacio con sus profusos fustanes y giran alrededor del galán, inmóviles al parecer, y como si el suelo que pisan las transportara velozmente. ¿Quién podrá competir con aquellas veteranas rebautizadas por sus admiradores? Una se presenta: es la bella en moda, la que suscita murmullos de envidia por su florida juventud, y más aún por la ostentación de sus galas. Trae camisa de tela fina con bordados y encajes, muy escotada en las espaldas y algo menos por delante, prensada y estirada por la jareta del fustán de organdí, ceñidísimo a la delgada cintura y cayendo en pliegues sobre las movientes curvas del cuerpo: calza pequeños zapatos de género, y adorna su cabeza un sombrerito nacuma con cinta lujosa, dejando ver por detrás el abundante cabello recogido y sujeto por un grueso alfiler esmaltado; largos zarcillos de oro baten sonando su cuello descubierto, pues el pañuelo tricolor de seda, puesto con cuidadoso descuido en los hombros, no tapa los bordados de la transparente camisa. Entra a bailar casi tímida y mirando al soslayo a los circunstantes, quienes la palmotean y dicen flores de no dudoso perfume, que ella recibe con indiferencia, pero no así los obsequios más sustanciosos que después la ofrecen a porfía en el toldo de los comestibles, teatro de galanteos universales continuados por grupos que toman asiento bajo la discreta oscuridad de los cujíes.

No faltan por allí mesitas de juego de azar, alumbradas con velas de sebo dentro de cartuchos de papel, y presididas por el garitero impasible como la suerte. Alrededor se congrega y estrecha una triple fila de jugadores mirando ansiosos la mesa, en tanto que las luces del centro iluminan parcialmente las cabezas más adelantadas y dejan en la sombra de la noche el resto de las personas; contraste vigoroso de claroscuro que acrecienta la expresión de las pasiones pintadas sin rebozo en la tostada fisonomía del hombre inculto, y forma interesantes cuadros, en cuya contemplación pasé largos ratos. De vez en cuando asomaba el rostro de alguna mujer ya inútil para el baile, desecho cíe otra edad más alegre y feliz, y con la boca comprimida adelantaba la rugosa mano sobre la casilla roja o negra, depositando una moneda que si hablara contaría escándalos: sordas imprecaciones seguían a la pérdida de su esperanza, y entonces un brazo torneado, el de la hija quizás, la tomaba por los vestidos y la sacaba de aquel lugar de tormento, donde nadie repara en las angustias del vecino ni escarmienta por el ejemplo de su desgracia.

-"Véanlo atisbando la gente para después contar lo que hacemos", prorrumpió cerca de mi una voz de mujer entre burlona y seria. Volvíme y encontré dos majas de bracete, que paseaban haciendo precisamente mi oficio.

-"¿Quién te ha dicho, salero, que yo cuento lo que veo?"

-"¡Eí!, no sólo cuenta, sino escribe; pero aquí se llevará chasco, porque ya nos tiene advertidas un señor que bebió cloruro, pensando que era brandy, en la montaña que usté sabe".

-"¡Ah maldito! -exclamó acordándome del borrascoso individuo que en una excursión de mi compañero por las selvas del Zulia, donde el gula los extravió, apremiado por el hambre y la sed, la segunda noche cogió a tientas cierta botella y se encajó un buen trago... de cloruro, que lo hizo berrear cuando creyó refocilarse con brandy-. No creas tal cosa, niña: son historias de aquel hombre que desea vengarse por no haber tenido olfato, sin embargo de usar razonables narices".

-"¡Que si creo!, pero a bien que nosotras no tenemos coto, y andamos como Dios manda", repuso quitándose y poniéndose el pañuelo de los hombros.

-"No me parece que Dios te haya mandado hacer esa evolución, hijita, sino venir conmigo a refrescar en el toldo".

-"¡Eso ya!, para hacernos hablar, ¿no? Mire, váyase a su casa, que el sereno les hace daño a los forasteros".

Dijo, y haciendo una pirueta fanfarrona se alejó hacia el baile; yo seguí su saludable consejo, bien decidido a referir estas escenas, aunque pesándome de no poder hacerlo de manera que retrataran las costumbres, el ingenio y la elegancia natural de un pueblo tan jovial como sociable y venturoso.

Al norte de San José y hasta el río de La Grita, cuya ribera derecha pertenece a Venezuela desde la confluencia del Guarumito, se extiende el territorio del cantón por espacio de 50 leguas cuadradas cubiertas de selvas peligrosas para la salud, densas y desiertas, pues solo hay dos pueblos: Limoncito, a orillas del Zulia en el occidente, contando 368 habitantes su distrito, y San Faustino, cerca del Táchira, en el oriente, con 544 moradores, desdichado resto de la ciudad que fundó el año de 1662 Antonio de los Ríos Jimeno, despoblada por las fiebres, y arruinadas sus ricas plantaciones de cacao. Si el comercio de la provincia, escarmentado por las averías que sufre durante el invierno en el malísimo camino al puerto de Los Cachos, y los retardos de la penosa navegación del Zulia desde San Buenaventura para arriba, se resuelve a construir el nuevo camino propuesto de San José, derecho a la confluencia de los ríos Zulia y Táchira, gran parte de los desiertos del norte se poblarán, y la riqueza de todos aumentará mucho con esto y la mayor facilidad y rapidez del tráfico. Son incalculables los beneficios que se derivarían de aquella empresa, para la cual sobran allí recursos y no faltan hombres activos e inteligentes que la darían cima en poco tiempo. Al sur de la capital quedan los distritos Bochalema y Chinácota, últimos del cantón, en tierras magnificas y clima delicioso. Diferimos el visitarlos para cuando regresáramos del cantón Rosario, que demora al oriente, lindando con Venezuela por medio del Táchira.

Nuestra mansión en San José, con ser muy detenida, nos pareció un momento. Auxilios prontos y oportunos en los trabajos de nuestra comisión, obsequios repetidos con hidalguía y franqueza, fino y cariñoso trato, cuanto unos amigos antiguos hubieran hecho, todo esto hacían por nosotros diariamente los principales vecinos y el señor Isidro Villamizar, empeñando para siempre nuestra gratitud y dejándonos en la memoria recuerdos que jamás se borrarán. ¡ Feliz provincia, colmada de riquezas, habitada por gentes de innata cultura y puesta bajo el gobierno de un hombre virtuoso! Acuérdome que el día de San Juan pasaba el señor Villamizar por una cuadra, a tiempo que desbarataban uno de los arcos erigidos para la fiesta y tiraban frutas, ramas y cohetes sobre la muchedumbre de curiosos, que iban de un lado para otro huyendo de la gresca: "Señores, gritó el anciano gobernador: tengan juicio y no me descalabren". Y al instante cesó la bulla y los más cercanos se quitaron respetuosamente los sombreros. "Dichoso el magistrado que recibe tales demostraciones de amor", le dije. "Muy dichoso, me contestó, cuando tiene la fortuna de gobernar un pueblo como este".

De los primeros indios motilones que los conquistadores pudieron someter, poco antes de fundar a San Faustino, se formó el pueblo de Cúcuta (HOY SAN LUÍS), cerca del río Pamplonita y ocho décimos de legua al oriente de San José. "Tiene muy buena iglesia, bien alhajada, dice Oviedo, y buena casa cural de teja, que fabricó el maestro Zapata, cura de allí muchos años. Su temperatura es muy cálida, pero sana. Es tierra de mucho comercio por la grande abundancia de cacao que produce, y acuden de todas partes a comprarlo, embarcándolo también para Maracaibo por el Zulia. Tendrá el pueblo más de cien indios ricos en su esfera, porque son dueños de cacahuales; y aunque no tenga vecinos blancos este curato, le basta con los indios por ser competente y haber cofradías ricas que rentan más de 700 pesos. Hay muchas culebras, garrapatas y otras sabandijas". En el día cuenta la parroquia 860 moradores blancos y mestizos, habiendo desaparecido el tipo indígena, e igual suerte han corrido las productivas plantaciones de cacao mencionadas por Oviedo; la tierra fatigada con una sola especie de cultivo negó a los árboles el jugo necesario, y la mancha destruyó constantemente las cosechas, tanto aquí como en San José y el Rosario; cesó el comercio, concluyeron las cofradías y de la antigua riqueza del pueblo no ha quedado más señal que la grande y sólida iglesia, de la cual parecen huir los miserables ranchos de paja esparcidos por la estéril llanura. 

Cerca de Cúcuta se hallan manantiales calientes de agua ferruginosa, cuya temperatura marcó el termómetro centígrado en 47°, siendo la del aire libre 25°,5, y el peso del agua 12°,5. Brota en el llano perforando la gruesa capa de sedimento lacustre que cubre el terreno secundario. Una legua casi al oriente de estos manantiales, al pie del cerro del Mono, hay pequeñas cavidades en forma de embudos, que varían de lugar y arrojan borbollones de greda amarilla muy diluida, fría e inodora. Tal vez corresponden con las fuentes de agua hirviendo que al otro lado del Táchira arrojan las faldas occidentales de los cerros venezolanos en los sitios llamados La Virgen y Botón, no obstante que resultaron saturadas de bisulfato de sosa, con 61° de temperatura, siendo la del aire calentado por aquellas hornallas 320, y el peso del agua 130. Los cerros, compuestos de arenisca caliza, se manifiestan pedregosos y derruidos; las piedras impregnadas de azufre sublimado, y es fama que el temblor de 1849, que arruinó a Lobatera y sacudió al Rosario y San José, mudó también el asiento de los manantiales, ahora situados a 471 metros de altura sobre el nivel del mar, y 140 metros superior a la llanura de Cúcuta. 

Entre aquel pueblo y la cabecera del cantón, situada dos leguas no completas en dirección al sur, promedian vegas poco fértiles y una cadena de cerros que son apéndices del ramal llamado Tasajera. Rodeada por arboledas frondosas, a cuyo amparo crecen los perfumados cacaotales, tiende la Villa del Rosario sus calles rectas, limpias y bien empedradas, y levanta sus casas de teja y su espaciosa iglesia bajo muchos respectos memorable. No es población ruidosa y agitada como San José, sino quieta y con algo de solemne que sienta bien a la cuna de Colombia. Las rentas públicas pagan la enseñanza primaria de 32 niños y 40 niñas concurrentes a dos escuelas, cuyos beneficios morales se complementan en dos casas de educación secundaria, la de jóvenes, dirigida por el estimable señor Pedro José Diéguez, a que asisten 26 alumnos, y la de niñas por la señora Manuela Mutis, matrona virtuosa que con su ejemplo y la enseñanza perfecciona el alma de 17 jóvenes, tan modestas como entendidas. Si la concurrencia del comercio ha dado a San José la supremacía de las riquezas, el esmero por la instrucción pública y privada afianzará la supremacía intelectual del Rosario, más noble y duradera que la otra.





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.