PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

TERREMOTERO -Reconocimiento, enero 2018-

Apasionantes laberintos con inspiraciones intentan hallar rutas y permiten ubicarnos en medio de inagotables cascadas, son fuentes formadas por sudores de ancestros. Seguimos las huellas, buscamos encontrar cimientos para enarbolar desprevenidos reconocimientos en los tiempos. Siempre el ayer aparece incrustado en profundos sentimientos.

Corría finales del año 2008, Gastón Bermúdez sin advertir y sin proponerlo, inicia por designios del destino la creación del portal CRONICAS DE CUCUTA. Parecen haberse alineado inspiraciones surgidas por nostalgias. Gran cúmulo de vivencias, anécdotas, costumbres y añoranzas, fueron plasmadas en lecturas distintas.

Ya jubilado de la industria petrolera venezolana, recibió mensaje que expresaba una reunión de amigos en Cúcuta. Tenía más de cuatro décadas ya establecido de forma permanente, primero en la ciudad del puente sobre el Lago y después en la cuna del Libertador. Viajó ilusionado, acudió puntual a la cita desde Caracas. Encontró un grupo contemporáneo, conformado por amigos ex-jugadores de baloncesto y ex-alumnos del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

La tierra cucuteña levantada desde primeras raíces plantadas, siempre acompañó todos los hijos ausentes. Cuando encontramos distantes los afectos, creemos separarnos de recuerdos. Nos llevamos al hombro baúles de abuelos, cargamos con amigos del ayer, empacamos en maleta la infancia y juventud. Muchas veces una fotografía antigua, atrapa y confirma que nunca pudimos alzar vuelo.

Entonces por aquellos días apareció publicado ´La ciudad de antaño´, parido desde generosa pluma con sentido de identidad comprometida, fue el mártir periodista Eustorgio Colmenares Baptista dejando plasmados recuerdos de finales de los 50 y años 60. Sin querer, esas letras fueron presentación inaugural de CRONICAS DE CUCUTA. Los Inolvidables sentires viajaron al modesto grupo de amigos y abrieron compuertas para afianzar arraigos de infancia. Don Eustorgio culmina la crónica con frases retumbando las memorias: “Había muchos menos avances tecnológicos a disposición de la comunidad, pero vivíamos como si nada nos faltara. Nos bastaba con vivir en Cúcuta”.

Sentires intactos, ahora plasman recuerdos en calles transitadas por niños que fuimos. Nuevamente los arraigos hacen despejar las avenidas a los rieles del antiguo ferrocarril. Nos bastaba con vivir en Cúcuta. Asoman madrugadas entre indetenibles remembranzas y añoranzas.

Sin planificar nada, Gastón compartía vía internet las crónicas del Diario La Opinión aparecidas cada ocho días en lecturas dominicales. Sin saber, creció el portal CRONICAS DE CUCUTA. Cada acontecimiento recopilado se convertía en homenaje In Memoriam para hombres y mujeres que dejaron muy alto el Valle de Guasimales. Igualmente, exalta la dignidad con reconocimiento a grandes glorias del ámbito artístico, cívico, periodístico, religioso, deportivo, cultural, social y político.

Oficialmente se convierte en PORTAL WEB el 7 de octubre 2010. En forma admirable acumula ya 1.329 recopilaciones tipo crónicas, casi todas extractadas de periódicos y publicaciones locales, libros populares, escritos nacidos de historiadores, periodistas, inéditos autores y muchos escritores del Norte de Santander. El portal permite hallar el original ADN ancestral y ubica el sentido innato de pertenencia cucuteña. Llegó un día a la vida de todos los internautas, igual como aparecen las buenas nuevas, sin avisar, sigilosamente introduciéndose en las cortezas que somos y las venas que siempre fuimos. Su creador, nunca imaginó un buscador que tocara el alma y menos tallar imborrables despertares en ávidos ojos de lectura.

Aparece ahora como paso determinante para navegar en referencias de Cúcuta. Asegura a nuevas generaciones herramientas para afianzar valores jamás perdidos. La perspectiva futura para ámbitos históricos, culturales, sociales y deportivos, harán necesario considerar el Portal como insigne buscador de consulta e informativo. Importante archivo tecnológico para infantes en colegios y escuelas. Podrá acceder directamente cualquiera a profundos arraigos allí recopilados. Casi imperativo considerarlo como salvaguarda del sentido de identidad y pertenencia.

CRONICAS DE CUCUTA se convirtió en sugestivo repaso de acontecer histórico, recopilado en 19 capítulos o clasificaciones. Portal libre, siempre abierto a todo aquel deseoso por descubrir datos históricos, biografías, nombres de grandes personajes, fechas emblemáticas, sucesos de vida social, cultural, deportiva, religiosa, artística y política. Formidable vía adentrándose en acontecimientos del siglo XVIII hasta nuestros días. Todo expedicionario oriundo se encontrará representado en cada letra, apellido, dato, foto y fecha. Todos volverán a observar las luces de la gran ciudad en medio de rutas por hallar orígenes.

CRONICAS DE CUCUTA no debe tener como destino el olvido, deberá asegurar a nietos de nuestros nietos, inquebrantables lazos surgidos de nostalgias, recuerdos y añoranzas. CRONICAS DE CUCUTA es herramienta tecnológica para demarcar el hilo conductor entre hoy y ayer. Parece luz encontrada en días oscuros, nos abre el entendimiento. Pulsar la tecla nos lleva a destinos con encuentros pasados. Valiosa información contenida en páginas adornadas con sentimientos profundos.

CRONICAS DE CUCUTA garantiza el resurgir de valores originarios que parecían adormecidos por culpa del avasallante mundo moderno. CRONICAS DE CUCUTA llegó para quedarse, igual que mares inundados por recuerdos. CRONICAS DE CUCUTA confirmó la premisa donde las nostalgias se convierten en vehículos para transportar la historia. Una enciclopedia virtual presentada por nuestras gentes con sencillo lenguaje.

Anclados quedarán por siempre nuestros sentires, intactos los arraigos, despiertas las añoranzas y vivas las costumbres intactas. Ahora aseguramos el reguardo de raíces que retoñan desde cenizas del ayer. Dios jamás declaró desértico el Valle Arcilloso, siempre fue bendecido, tampoco declarado deshabitado para la vida del hombre.

Fueron creciendo raíces en medio de cenizas y milagrosamente reverdecieron los gigantescos árboles frondosos. CRONICAS DE CUCUTA reafirma lo que somos. Seguiremos siendo aquello que siempre fuimos, nada cambió, solo algunos pañetes y varios techos distintos.

Todo estará por volver, todo por crecer y todo por llegar. Nunca estaremos solos. Cada generación hará brotar nostalgias por siempre convertidas en historias llenas de arraigos.

Nos bastaba con vivir en Cúcuta…

miércoles, 12 de julio de 2023

2273.- RESUMEN DE TRATADOS ENTRE LOS DOS PAISES

Gerardo Raynaud (La Opinión)

Antiguo puente internacional Bolívar de San Antonio-Cúcuta

Adelantándome a la tan anunciada reapertura de nuestra frontera común con Venezuela en 2022, preparé una serie de narraciones sobre el tema de los pactos, convenios, protocolos, convenciones, notas y cualquier otra denominación que se le quiera endilgar a los tan manidos “Tratados”, en los que se ven reflejadas las relaciones amistosas entre los Estados de este planeta.

Así pues, le pedí a un buen amigo, periodista investigador, de amplio reconocimiento nacional, me ayudara con su conocimiento y experiencia. Sin mencionar nombres, pero de la pluma exquisita de un exfuncionario de la Cancillería, me hizo llegar un escrito en los que se describen las características y demás condiciones que rigen estas normas y que a continuación les comparto.

“La situación de los tratados en Colombia es ambigua. En teoría, todo Tratado o Convenio antes de ser perfeccionado debe ser aprobado por Ley del Congreso; y a partir de la Carta de 1991 tanto la ley aprobatoria como el mismo pacto deben ser revisados por la Corte Constitucional, que debe encontrar ambos, pacto y ley aprobatoria, avenidas con la Carta.

El acto final de ratificación, o uno equivalente, por el que se manifiesta el consentimiento definitivo del país en obligarse, corresponde al jefe del Estado. Ciertos tratados pueden prever desarrollos posteriores, que ya no requieren de tanto rigorismo, pero no pueden establecer nuevas obligaciones ni modificar las del tratado nodriza.

Pese a lo anterior, tenemos que le cedimos unos islotes a Venezuela por una nota incoherente de 1952 que nunca conoció el Legislativo. El Concordato con la Santa Sede está en una suerte de limbo: rige internacionalmente, pero intentaron torpedearlo demandando la ley que lo aprobó, cuando ya estaba en vigor.

El tratado de extradición con los Estados Unidos de 1979 rige para los Estados Unidos, y para Colombia es inaplicable pero inaplicable sólo a efectos de aplicarlo en forma expedita entregando a la bartola a cuanto ciudadano reclamen los Estados Unidos, sin cumplir con las garantías y el procedimiento del tratado. Los Estados Unidos tienen agentes de todo orden en Colombia, prevalidos de inmunidades que sólo un tratado perfeccionado con todas las formalidades puede otorgar. Sin embargo, la presencia de cuerpos armados de ese país la soportan con cita de acuerdos fantasmas, mentirosos, ocultos, inviables.

En síntesis, cuando nos conviene, un tratado es sólo aquel pacto negociado, celebrado, aprobado, revisado y ratificado con el rigor de todas las normas. Pero, del mismo modo, se asumen compromisos internacionales que no cumplen con nada.

El problema es que las relaciones internacionales se desarrollan mediante una serie de instrumentos de naturaleza variada, unos complejos y otros simples. Un tratado se define como un acuerdo entre sujetos de derecho internacional, regido por ese derecho, y por escrito. No importa su denominación ni si está contenido en uno o varios instrumentos, ni la forma en que se celebre. La palabra “acuerdo” implica coincidencia o convergencia de voluntades (consensus ad idem).

Un tratado se puede celebrar de cualquier forma mientras sea por escrito y exista capacidad y competencia. Así, en una nota se puede proponer un compromiso jurídico regido por el derecho internacional; y en la respuesta se puede aceptar la propuesta y sellar el compromiso sin más ritualidades, o pactar, que se ratificará internacionalmente. Todo ello, sujeto a la voluntad de las partes. En ese tipo de canjes de notas debe ser incuestionable la identidad de pareceres, la coincidencia de voluntades.

La intención de las partes sólo tiene un carácter de interpretación secundaria. La palabra empeñada obliga, en su tenor interpretado de buena fe y en el contexto del tratado. No vale el “fue que”.

Cada país establece las reglas sobre la competencia y los requisitos de su derecho para obligarse internacionalmente y en el mundo internacional sólo la violación de una norma fundamental concerniente a la capacidad puede invocarse como causal de nulidad. Como sería, v.gr., la de un tratado firmado por los comandantes militares. De resto rige el principio de que los pactos deben cumplirse: pacta sunt servanda.

Los Estados se obligan por su conducta, un principio derivado de la doctrina de los actos propios (preclusión estoppel o aquiescencia). Por ejemplo, la nota de Los Monjes de 1952 no podía constituir un tratado, pues nunca se sometió al Congreso. El Consejo de Estado la anuló, pero Colombia nunca ha desconocido esa nota. Así, simplemente perdimos nuestros derechos por nuestra propia conducta silenciosa y complaciente.

El “Tratado de Tonchalá” si puede considerarse un tratado a la luz del derecho internacional, porque fue firmado por los ministros de RR.EE., que en virtud de sus funciones tienen la competencia en derecho internacional. Se celebró entre sujetos de derecho internacional y por escrito. No le falta nada a la luz del derecho internacional.

Por ahora, frente al derecho de cada parte, constituye más bien un desarrollo de otro Tratado, el Estatuto de Régimen Fronterizo, suscrito en 1942 y que entró en vigencia dos años después, tras el canje de ratificaciones. No tendría así causal de nulidad, pues es simple cumplimiento de otro pacto internacional en vigor.

Sólo cabe advertir que en tanto formalmente es Tratado, su obligatoriedad no se mantiene sino en el espíritu. La situación ha sufrido un cambio radical de circunstancias, por lo que, ante la perspectiva de un restablecimiento de relaciones diplomáticas, el elenco completo de los instrumentos formulados por ambos países para regular las relaciones fronterizas debería ser revisado, expurgado y plasmado en un nuevo contexto claro, actualizado y operativo.

El problema es que Colombia frente a Venezuela, desde el laudo arbitral de 1891, siempre ha mostrado una actitud vacilante, timorata, errática, un dejarse llevar por negociaciones de toda índole y declaraciones sobre cuanto tema fronterizo exista, todo bajo el umbral de un surtido de instrumentos vagarosos y gaseosos.

Como se dijo antes, los Estados se obligan con su conducta. Pueden convalidar una situación anómala, e.g., una causal de nulidad de un Tratado, por su simple complacencia o por su silencio (lo que ya se mencionó, resumido hoy en día en la figura del estoppel); o pueden rendir obsoleto un determinado compromiso por nunca ejecutarlo, o por subsiguientes compromisos sobre materias similares, o por prácticas ajenas al propio tratado que ignoran”.

Resumen de los Tratados

En los albores de las primeras civilizaciones se hicieron evidentes los desacuerdos entre sus primitivos pobladores, quienes buscaban, unos defender sus intereses y otros incrementar su poderío con el uso de cualquiera de los medios entonces disponibles. La solución de los conflictos derivados de estas acciones, por lo general originaban cruentas guerras con más perjuicios que provecho, así pues, con el pasar del tiempo y el desarrollo del conocimiento, la solución de los conflictos se hizo más práctica y refinada, al punto que las medidas de fuerza fueron perdiendo preponderancia y los líderes aprendieron que las decisiones concertadas eran más eficaces que los combates.

Ante estas novedosas perspectivas aparecieron las primeras avenencias, bajo la denominación de “tratados”, que poco a poco fueron tomando la forma que hoy presentan, que son de uso generalizado al amparo de las normas que mundialmente las rigen y aceptadas por todas las naciones o por casi todas cuando éstos no son de su agrado.

La reconocida tradición diplomática de Colombia se ve reflejada en las relaciones amistosas que sostiene con la mayor parte de los estados del mundo y en sus respectivos “tratados”, sean ellos convenios, pactos, cartas, protocolos, convenciones o cualquier otra denominación que se les quiera asignar.

Ahora bien, sea la oportunidad para destacar que nuestro vecino más importante es y será siempre la República de Venezuela, país con el cual se ha suscrito la mayor cantidad de Tratados Bilaterales, desde que ambos se independizaron.

En este sentido y a manera de ilustración, es conveniente recordar el significado de los términos utilizados en los actos diplomáticos, algunos de los cuales serán de uso frecuente en esta crónica.

Un “Tratado Internacional” es simplemente un acuerdo escrito, celebrado y aceptado por dos o más “sujetos de Derecho Internacional”. Cuando el tratado es realizado, por ejemplo, entre dos gobernantes, se le denominará Tratado Binacional, y puede ocuparse de temas de cualquier índole de mutuo interés, sean estos políticos, económicos, humanitarios, comerciales, culturales, humanitarios, etc.

Hasta el presente, los “tratados” suscritos en su mayoría, versan sobre temas de límites y de relaciones comerciales, y han constituido la fórmula ideal para mantener los términos de amistad y perpetuar las alianzas.

Aunque se han firmado importantes “tratados” sobre temas de intercambios de información y de cooperación en ámbitos técnicos y científicos, estos han sido ajustados a las circunstancias que exigen los Estados y los Convenios Internacionales buscando el fortalecimiento de las acciones que pretenden garantizar a sus ciudadanos el pleno ejercicio de sus derechos y el establecimiento de sistemas de seguridad y de control a las actividades ilícitas, tan frecuentes en fronteras tan disímiles como esta.

Pues bien, la integración de la franja limítrofe de los dos países correspondiente a la vecindad entre el Estado Táchira y el departamento Norte de Santander data desde la misma época de su consolidación geopolítica, talvez a mediados del siglo XVIII, cuando la recién creada villa de San José de Guasimal, emergía como la confluencia que permitía tanto el ingreso de quienes provenían del viejo continente, como la salida de españoles y en general de los europeos que, se aventuraban por estos contornos, luego de sus correrías y de regreso a sus lugares de origen.

Con el tiempo y por su ubicación estratégica, dada la equidistancia que para los viajeros que se desplazaban entre los entonces Virreinato de la Nueva Granada y la Capitanía General de Venezuela, quienes entraban y salían a la América Española, les era mucho más práctico, en términos de costo y de tiempo, transitar por la ruta de la que es hoy la frontera nororiental, hasta el Lago de Maracaibo y de allí hacia su destino final y viceversa. Sucedía lo mismo con las mercaderías, excepción hecha de los minerales y piedras preciosas que se embarcaban en los puertos que para tal fin había dispuesto la Corona Española.

Este cruce de caminos se hizo cada día más importante, y con el avance de la modernidad fueron apareciendo nuevas prácticas y novedosos recursos que permitían un desarrollo más eficiente, especialmente en cuanto a comunicaciones se refería y una vez, los pobladores tomaron conciencia de sus propios destinos, el impulso por el progreso se convirtió en uno de sus principales objetivos, lo que llevaría a la implementación de actividades que buscaran su estricto cumplimiento.

No existía en ese momento la percepción de frontera, en el sentido que hoy se tiene, razón por la cual, habitantes de uno y otro lado de esta línea se integraban social y económicamente, sin distinciones ni limitaciones.

A partir de mediados del siglo XIX, cuando los documentos de identidad fueron apareciendo, sin mayores formulismos, los habitantes de la región los obtuvieron obviando dificultades y con el mínimo de requisitos. Por estas razones, el arraigo de sus pobladores es indefinido en cuando a su nacionalidad, pues el ámbito geográfico era igualmente indefinido entonces. Era indiferente, por decir lo menos, tener las dos nacionalidades, en una época en que esto era ilegal y la conveniencia de escoger una u otra, dependía de las circunstancias y de las oportunidades que se presentaran. De todas formas, tener las dos cédulas era un honor del que hacían gala con cierto temor.

Con el advenimiento de la modernidad, las problemáticas fueron tornándose cada vez más complicadas y era deber de los gobiernos, procurar y proteger a sus conciudadanos, particularmente aquellos más desprotegidos.

Las zonas de frontera y particularmente la nuestra, por sus características ideológicas y sociológicas, constituían verdaderas incógnitas para los gobiernos centrales, tan alejados e ignorantes de las condiciones de sus provincias periféricas, así que para darle solución a sus innegables solicitudes, optaron por utilizar las herramientas que la diplomacia les otorgaba y que sin lugar a dudas, constituyeron un alivio a las difíciles condiciones que en ocasiones se presentaban, muchas de las cuales estuvieron a punto de crear acciones de hecho que hubieran tenido desagradables consecuencias.

Frente a los primeros conflictos presentados entre los pobladores de esta frontera como consecuencia de la llamada “Gran Depresión” de finales de 1929, a comienzos de los treintas, se presenta la primera de las ya largas diferencias con nuestro vecino.

Por los abusos y la congestión presentados en los puertos del Lago de Maracaibo, por donde transitaban las mercancías que venían y salían de la ciudad, el Ferrocarril de Cúcuta tuvo que suspender sus actividades con el consecuente desempleo y el malestar general que, por fortuna y gracias a la intervención del presidente venezolano Juan Vicente Gómez, oriundo de San Antonio del Táchira, conocedor de las dificultades que esa situación creó, intervino para solucionar el problema y de paso, el nuestro.

Sin embargo, los rifirrafes continuaron de lado y lado de la frontera. A mediados de la década de los treintas, en el 34, a raíz de unos inconvenientes generados por la importación de sal y ganado, ambos gobiernos firmaron un “arreglo sobre relaciones comerciales” mediante el cual se permitiría, libre de gravámenes, la importación de hasta veinte mil sacos de sal anuales de 60 kilos y de un máximo de 25 mil cabezas de ganado durante el mismo periodo.

Este “arreglo comercial” tendría una vigencia de un año, pudiéndose renovar por períodos análogos “si no fuese denunciado tres meses antes de su fecha de expiración”. Fue éste el primero de los “tratados” que se firmó sobre “arreglo de relaciones comerciales” entre los dos países, suscrito en Caracas, el 14 de marzo de 1934, sin vigencia en la actualidad.

En 1937 se dio una situación similar a la que se presenta hoy. Esta vez, fueron las autoridades colombianas las que desataron persecuciones y decomisos de moneda venezolana, toda vez que, desde hacía poco más de un año se había presentado un éxodo de dinero venezolano y una inmigración de obreros del vecino país, atraídos por las perspectivas de trabajo y de comodidades que se vislumbraban, una vez terminado el conflicto con el Perú.

No existían entonces las casas de cambio, una actividad presente en las fronteras de casi todos los países del mundo, así pues, la sociedad mercantil de la ciudad y los congresistas, convencieron al gobierno nacional de tomar cartas en el asunto y por tales circunstancias se expidió un decreto que reglamentaba la circulación de moneda extranjera a los turistas que ingresaban al país por sus principales puertos, Cúcuta incluida y que en el artículo segundo decía, “las personas que tengan en su poder monedas de plata venezolana, tienen la obligación de venderlas a la sucursal del Banco de la República en Cúcuta”, además de otras normas que produjeron consecuencias adversas para el comercio de la ciudad, porque alejó a los compradores venezolanos, toda vez que se creó un impuesto del 5% a las mercancías que se vendieran hacia Venezuela.

En este contexto, la posición asumida por el ejecutivo colombiano fue la de firmar la prórroga del convenio comercial Colombo-Venezolano expedido en marzo de 1936, a pesar de la férrea oposición que suscitó entre algunos ministros, que incluso amenazaron con demandarlo por inconstitucional.

Los conflictos continuaron presentándose con más frecuencia, ocasionando cada día mayores enfrentamientos y desgaste entre las autoridades de ambos flancos, lo que llevó a los funcionarios regionales, a proponer una solución definitiva, la que se logró con la expedición del “Estatuto de Régimen Fronterizo Venezolano Colombiano” firmado en Caracas el 5 de agosto de 1942, refrendado posteriormente en el Congreso de Colombia por la ley 13 de 1943.

El presente “tratado” está aún vigente, pues no ha sido denunciado, tal como lo estipula su artículo XXVIII, que a la letra define que “cesará de regir noventa días después del aviso respectivo”.

En desarrollo de la aplicación del “estatuto” en mención, fueron las autoridades venezolanas quienes resultaron más beneficiadas por el espíritu de la norma, en el que pareciera hubiera sido diseñada específicamente para el control migratorio de los nacionales colombianos, dadas las condiciones de riqueza que por esos años imperaba en la economía venezolana.

Más de la mitad del articulado reglamenta la expedición y uso de permisos, licencias y cédulas para las personas que tuvieran que desplazarse en uno u otro sentido, solamente que estos documentos eran expedidos para el ingreso a Venezuela, puesto que la entrada de venezolanos, particularmente a la ciudad de Cúcuta, no requería de ninguna documentación, ni siquiera la presentación de alguna identificación y además, por la ausencia de interés de los venezolanos en ingresar a nuestro territorio, más allá de los límites de la frontera.

Es rescatable, a la luz de las actuales condiciones, lo establecido en el artículo XX, que trata sobre la situación de los niños escolares, texto que me permito citar y que aclara el escenario que hoy se presenta, “Cuando los niños de una de las Naciones sufran en la respectiva región fronteriza, grave dificultad para asistir a la escuela pública por distancia excesiva, malas vías de comunicación u otros inconvenientes, y la otra nación esté por tales respectos en mejores condiciones, admitirá a los citados escolares en sus institutos docentes con las mismas facilidades que preste a los de su propia nacionalidad.

Para los efectos del paso por la frontera, bastará con que dichos escolares estén provistos de una certificación firmada por sus respectivos padres o representantes y por el director del plantel docente al cual concurran, debidamente refrendada por la autoridad competente del domicilio del escolar.”

Digo rescatable, debido a los casos de escolares domiciliados o radicados en las poblaciones del eje fronterizo venezolano, quienes estuvieron en la cuerda floja para poder asistir a sus clases cuando en el 2015 se produjo el cierre de la frontera.

A partir de la puesta en marcha del Estatuto de Régimen Fronterizo, el ambiente fue apaciguándose y las relaciones se tornaron más amistosas, al punto que al ingresar los dos países en la senda de la democracia participativa a finales del decenio de los cincuenta, deciden sus mandatarios por medio de sus respectivos cancilleres, suscribir un documento de “reafirmación de amistad colombo-venezolana”, que viene a configurar el motivo de la presente controversia: la “desaparición” de este documento.

Comencemos por afirmar que todos los documentos vigentes o no, firmados por la nación con otros países u organismos multilaterales, deben registrarse en la Biblioteca Virtual de Tratados del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, requisito sin el cual, oficialmente ningún “acuerdo o tratado” es reconocido.

Pues bien, después de la firma del Estatuto Fronterizo y durante varios años, las relaciones entre las naciones hermanas se van fortaleciendo. Es así como entre 1942 y 1961 sólo se firmaron tres convenios, uno sobre el tráfico comercial aéreo, otro sobre el “modus vivendi comercial” y el último sobre unas modificaciones que se le hiciera al “acuerdo sobre los puentes internacionales en el río Táchira”.

El “Acuerdo Colombo-venezolano de reafirmación de amistad” del 6 de noviembre de 1959, llamado “Tratado de Tonchalá”, es un complemento o desarrollo del Estatuto de Régimen Fronterizo” de 1942, lo que ocurre es que mientras no se restablezcan las relaciones, se puede decir que está en estado de hibernación.

El mismo canciller Turbay, en la memoria de Relaciones Exteriores presentada al Congreso (1959-60) (pág. 144), figura como “Acuerdo complementario al Estatuto Fronterizo Colombo venezolano” para eliminar ‘problemas fronterizos’.

Al parecer, éste nunca se aplicó y por el alud de instrumentos posteriores formulados por ambos países, hoy puede considerarse obsoleto y caduco. Si no aparece en la base de datos (Biblioteca Virtual de Tratados) de la Cancillería es porque los cerebros que la elaboraron decidieron por su cuenta y riesgo, qué tratados mencionar y cuáles no.

Pero veamos de qué trata el dichoso escrito, para que su destino haya sufrido tal desenlace.

En reunión llevada a cabo en las ciudades de Cúcuta y San Cristóbal, capitales del departamento colombiano de Norte de Santander y Estado Táchira en Venezuela respectivamente, los días 4 y 5 de noviembre de 1959, los ministros de Relaciones Exteriores de Colombia y de Venezuela, Julio César Turbay Ayala y Ignacio Luis Arcaya, examinaron la situación que venía presentándose en la zona fronteriza, relativa al tránsito y residencia de sus respectivos connacionales, con el firme propósito de eliminar las dificultades y fortalecer los vínculos de amistad entre los dos países, debidamente autorizados por sus respectivos gobiernos, tal como reza el párrafo introductorio del instrumento.

Es importante, para el análisis situacional comparativo, ubicarnos en el contexto temporal característico de la época, el cual explica la razón de las decisiones establecidas, tanto en el “Estatuto de Régimen Fronterizo” de 1942 como su complemento, el llamado “Acuerdo Colombo-Venezolano de Reafirmación de Amistad” de 1959, más conocido como “Tratado de Tonchalá” y posteriormente reconocido oficialmente como un ‘acuerdo recíproco’ del Estatuto de 1942.

Este ‘acuerdo recíproco’, retoma los compromisos pactados en el anterior Estatuto de Régimen Fronterizo, adaptándolos al nuevo contexto social y político suscitado por las renovaciones surgidas con ocasión de los cambios en los regímenes políticos de ambos países al ingresar en el camino de la democracia participativa.

Sin embargo, se hace imperioso aclarar que las entonces realidades, por las que se hizo necesario concertar dichos “acuerdo o tratados”, pretendían contribuir más a la defensa de los trabajadores colombianos que se desplazaban a Venezuela en busca de mejores oportunidades que, en sentido contrario, pues tanto las limitaciones como las disponibilidades que florecían en la necesitada nación venezolana eran innegables.

Hoy 2022, cuando la situación es diametralmente opuesta, estos “tratados” deberían poder aplicarse de la misma manera como se hizo en el pasado, pero en sentido inverso.

Retomando el hilo de la narración, en la práctica el “Tratado de Tonchalá” ratificó lo aprobado en el Estatuto de 1942, relacionado con el tratamiento que se les daría a los trabajadores agrícolas e industriales, entre otros, a quienes se les expediría una “cédula pecuaria fronteriza” a los primeros y un “permiso fronterizo industrial” a los segundos.

En los más de quince años transcurridos desde la firma del anterior Estatuto, no se tenían estadísticas exactas sobre la cantidad de personas a las cuales se les había otorgado su respectiva documentación, ni se llevaban controles de los permisos, licencias y cédulas expedidas, puntualmente en Venezuela, puesto que eran escasos por no decir que nulos los documentos que en tal sentido hubieran sido expedidos en Colombia, salvo aquellos casos de imprescindible necesidad.

Todo ello, sin consideración de la presencia infaltable de hechos de corrupción asociados con la expedición de documentos de identidad que entonces eran obtenidos con mucha facilidad y sin mayores compromisos.

En el “Tratado de Tonchalá” se plantea como la primera y más importante tarea de los gobiernos de ambas naciones, proceder a la realización de un censo de sus respectivos nacionales “actualmente domiciliados en el territorio del otro país, y a documentarlos debidamente, previa identificación para facilitar su permanencia, siempre que ejerzan un oficio lícito, del cual puedan derivar su honesta subsistencia.”

Desde el mismo inicio de las conversaciones que culminaron con la firma de este tratado, ambos gobiernos eran conscientes de la informalidad con que se habían manejado los compromisos adquiridos en el anterior Estatuto y para ello era necesario conocer el estado en que se encontraban los ciudadanos asentados en las localidades del conocido eje fronterizo de Cúcuta, San Antonio del Táchira y la pequeña población de Ureña.

Se aclara, en el punto cuarto del “Tratado de Tonchalá”, que su propósito es “regularizar a la mayor brevedad posible, la situación de los connacionales que se hallen en circunstancias irregulares” y que, para ello, se comprometen a incrementar el personal de aquellos consulados que hayan de realizar las labores censales y de identificación.

Para el exitoso cumplimiento de estas acciones, ambos gobiernos se comprometen a realizar, en la región fronteriza, una intensa campaña, tendiente a notificar a los interesados de los requisitos exigidos para entrar, tanto a Colombia como a Venezuela, señalándoles las severas sanciones que les puede acarrear el olvido o la violación de tales requisitos.

Recordemos que los requisitos para ingresar a cualquiera de los dos países habían sido establecidos en el Estatuto de Régimen Fronterizo de 1942 así: Los permisos eran individuales y se les concedían a las personas mayores de dieciséis años. Los menores eran incluidos en el documento de sus padres o tutores.

En todos los permisos, licencias o cédulas debía incluirse la siguiente información: nombre completo con sus apellidos, estado civil, profesión, nacionalidad, lugar y fecha de nacimiento y domicilio. Cuando se tratara de permisos colectivos se debía incluir la misma información del conductor del grupo. Además, era necesario establecer el objeto del viaje, la zona para la cual era válido el permiso o la licencia, el punto de la frontera por donde cruzaría, los términos de validez del permiso y de la permanencia del titular al otro lado de la frontera, la manera cómo el titular del permiso comprobó su identidad ante el funcionario que lo expidió y finalmente los permisos y licencias deberán llevar una fotografía del titular y su propia firma, en caso de saber hacerlo, se le podía pedir a un tercero que lo hiciera, expresándose esta circunstancia en el permiso.

Adicionalmente, era indispensable tener un certificado de vacunas con una vigencia inferior a siete años y en algunos eventos, como medida de prevención para los casos de viruela, el certificado no podía ser mayor de tres años.

En definitiva, el “Tratado de Tonchalá” fue un instrumento diplomático que no buscaba otra cosa que formalizar el tránsito y la permanencia de colombianos y venezolanos en el territorio del vecino y para darle un toque de mayor amistad, el documento concluye con una premisa que había sido largamente esperada, la construcción de un nuevo puente internacional que uniría la población de San Antonio del Táchira con su vecino, para lo cual establecen un plazo fijado hasta el 15 de noviembre del año de la rúbrica, para canjear las notas que sobre las bases técnicas habían sido formuladas por los respectivos ministerios de obras públicas.

Fueron testigos de la firma, los gobernadores Carlos Vera Villamizar del Norte de Santander, Ceferino Medina Castillo del Estado Táchira y el obispo de Cúcuta Pablo Correa León.

El desconocimiento de este “tratado” o el oportunismo con relación a su interpretación, por parte de diferentes funcionarios, concretamente venezolanos, luego del cierre intempestivo de la frontera en 2015, se evidencia en las declaraciones expresadas por el gobernador del Estado Táchira José Vielma Mora, quien el 29 de febrero de 2016, se fue lanza en ristre contra la decisión del ejecutivo colombiano de aplicar controles migratorios a los venezolanos que ingresaban a territorio colombiano.

El gobernador Vielma escribió en su cuenta de Twitter, que antes sólo se requería de la presentación de la Cédula de Identidad y que era una medida recíproca. En una rueda de prensa anterior había manifestado que la disposición colombiana constituía “una especie de patada y un paso agigantado para violar el Tratado Internacional de Tonchalá, suscrito por ambas naciones”. A pesar que el mismo gobernador omitiera decir, en la rueda de prensa, que el cierre unilateral de la frontera, era de por sí una violación a dicho “tratado” y aún que las deportaciones masivas que ocurrieron en el momento del cierre, contravenían el punto denominado en el “tratado” como ‘garantías al trabajador’ donde se lee textualmente “…Si no obstante las facilidades y previsiones que se contemplan en este instrumento, se presentan nuevos casos de indocumentados que pasaren la línea de frontera, éstos no podrán en ningún caso ser devueltos en forma masiva, sino que se procederá a regresarlos al territorio de su procedencia en pequeños grupos de cinco personas como máximo y previa intervención del respectivo cónsul.”

En honor a la verdad, no hubo deportación masiva como se pretendió mostrar a través de los medios, lo que ocurrió realmente fue una huida aterrorizada de los habitantes indocumentados afincados en los terreno aledaños a la ribera del limítrofe río Táchira, donde habían construido sus viviendas y que el gobierno venezolano arrasó, previa identificación de aquellas que pertenecían a los colombianos que presuntamente allí residían como indocumentados, casi en las mismas condiciones en las que habían sido desplazados los pertenecientes a la religión judaica en los días previos a la Segunda Guerra Mundial.

Algunos afirmaron que el gobierno venezolano había actuado al mejor estilo de las épocas de la barbarie nazi, con los guetos donde habían sido concentrados los judíos antes de su tránsito a los campos de concentración.

Aunque en la actualidad las condiciones de ingreso de extranjeros al país, se rigen por normas más prácticas, la inmigración de venezolanos es cada día mayor y aún con los actuales controles migratorios aplicados por el gobierno colombiano, lo establecido en el artículo VII del Estatuto de Régimen Fronterizo, hoy por hoy vigente, otorga facilidades de ingreso a nuestros vecinos, sin que esto les represente mayores dificultades y en definitiva, la validez y existencia o no del “Tratado de Tonchalá”, seguirá siendo trivial e intrascendente.

Al respecto de estas inquietudes, la última comunicación que me fue enviada aclara que el “Tratado de Tonchalá es un complemento o desarrollo del Estatuto anteriormente aprobado y celebrado con todas las de la ley, perfeccionado y en teoría vigente.

Lo que ocurre es que mientras no se restablezcan las relaciones se puede decir que está hibernando. Conforme a la actual jurisprudencia los acuerdos complementarios pueden celebrarse en forma simplificada, es decir, sin necesidad de la fase interna de aprobación legislativa (y revisión constitucional a partir de la Carta del 91), a condición de que no generen nuevas obligaciones ni modifiquen las pactadas en el tratado marco.

En la memoria de Relaciones Exteriores presentada por el canciller Turbay Ayala al Congreso (1959-60) (pág. 144) figura como “Acuerdo complementario al Estatuto Fronterizo Colombo Venezolano”, firmado para eliminar “problemas fronterizos” y presentado como un “acuerdo recíproco”.

Si nunca se aplicó, y si por el alud de instrumentos posteriores formulados por ambos países, hoy se considera obsoleto y caduco, no significa que “desapareció” como podría pensarse, pues al parecer, en la Biblioteca Virtual de la Cancillería, los “cerebros” que la elaboraron decidieron por su cuenta y riesgo qué tratados mencionar y cuáles no.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

lunes, 10 de julio de 2023

2272.- DON CRISTIAN ANDRESEN MOLLER

Ramiro Pinzón Martínez (Hno. Rodulfo Eloy)

Cristian Andresen Moller

Es bastante difícil hacer una biografía de esos dos esposos a quienes se debe la Quinta Teresa. Sólo vamos a reunir algunos datos sueltos recogidos en diversas fuentes, como los Cristian Andresen Moller archivos de la Cámara de Comercio y los de la Academia de Historia. De doña Teresa hay, además, es cierto, una colección de trece cartas. Los diferentes datos así conseguidos pueden, sin embargo, dar una idea de estas valiosas vidas.

La costumbre de escribir siempre juntos Andresen y Moller ha llevado a creer que Andresen es apelllido. A reforzar esta idea ha contribuido el hecho de haber puesto el nombre de Andresen a obras que honran su memoria como Villa Andresen, nombre que llevó bastante tiempo la casa situada en la esquina nororiental de la calle 15 con la avenida 5a.; el más importante de esos homenajes a su persona fue el Asilo Andresen. Doña Teresa firmaba las cartas: Teresa de Andresen Moller; viuda de Andresen Moller; pero en los índices alfabéticos con que se citan en la Academia de Historia documentos relativos a él se escribe: Moller, Cristian Andresen y en la lista de apellidos alemanes formada por el historiador Rodríguez Plata, figura como apellido Moller y no Andresen.

Guillermo Solano Benítez, en el Tomo III de su monumental obra en cinco tomos, 50 años de vida nortesantandereana, dice que "Cristian Andresen Moller era hijo del matrimonio de don Andrés Andresen y doña Ana María Bendigsen; había nacido el 18 de febrero de 1848, en Norbog, isla Alsen o Als, situada en el mar Báltico y que perteneció a Dinamarca hasta 1864, año en que la usurparon Prusia, Austria y la Confederación Germánica y añade Solano Benítez lo siguiente que, es más sentimental y suyo: "Una vez tomada esa isla el señor Cristian prefirió abandonar la ciudad natal para no dejar de ser danés y se vino para América donde la fortuna le fue propicia". Era tan común eso en Europa que las naciones estuvieran a merced de los estados poderosos que cambiaban a su antojo los límites de los otros estados, que no debió de parecer muy raro el apoderarse de una isla.

No hacía muchos años Napoleón había cambiado a su gusto los límites de las naciones europeas, e Inglaterra se había apoderado por ese mismo tiempo de Dinamarca y de su flota para impedir que fueran a ayudar a Napoleón.

El poderoso Imperio Alemán que acababa de organizar, centrado en Prusia, el Canciller Otto Bismark, iría a ocasionar una nueva distribución de los pueblos de Europa que iría a durar hasta 1914.

No parece natural que Andresen Moller viajara a América en 1864, a raíz de la dominación germana sobre Dinamarca, como lo insinúa Solano Benítez, pues sólo contaba 17 años. Entonces debió de aceptar él con su familia la situación nueva que se le presentaba y establecerse en Stuttgart. En efecto, parece que fuera allí la residencia de su familia, pues allí llegaba cuando viajaba a Alemania; allí viajó en 1899 y fue allí donde murió el 23 de abril de 1899.

Los 18 años que vivió en Alemania doña Teresa, después de la muerte de su marido, todos los pasó en Stuttgart, desde donde envió las cartas que de ella se conservan en el Asilo Andresen.

Es mejor colocar el viaje de Andresen Moller hacia 1871, en que Rodríguez Plata coloca la iniciación de la inmigración alemana hacia Colombia en esa mitad del siglo XIX, porque él no debió de viajar solo, sino con alguno de los inmigrantes. En 1871 tenía el joven 23 años de edad, época excelente para la aventura. Fue ese año también cuando más activamente se agitó la idea de una inmigración alemana hacia Colombia.

El historiador y gramático, don Arturo Villarnizar Berti, afirma que en Berlín se conocieron los que irían a ser más adelante los esposos Andresen Moller y Teresa Briceño. Ella estaba entonces en Berlín y era en Berlín donde se organizaban los grupos inmigrantes.

La joven Teresa, de cerca de veinte años, cuando se enteró de ese movimiento inmigratorio hacia Colombia y que buena parte de esa inmigración se iba a efectuar por la vía de Maracaibo con término forzoso en Cúcuta, es apenas natural que hubiera deseado conocer y tratar algunos de estos inmigrantes. Fue entonces, quizás, cuando se relacionó con el joven Andresen Moller con quien contraería matrimonio, ya en Colombia, en 1884.

Andresen Moller viajó a Maracaibo donde se vinculó a la Sociedad Comercial Minios Breuer y Cía., de que fue socio importante. A esta sociedad correspondió reorganizar el comercio alemán en Cúcuta, bastante afectado por el terremoto. Entre los edificios derrumbados por el terremoto se encontraba la Botica Alemana, uno de los pocos edificios de dos plantas en el Antiguo Cúcuta.

La Minios Breuer y Cía, fundó en Cúcuta una sucursal de la que fue miembro muy importante el señor Andresen Moller. Su vinculación al comercio de Cúcuta debió de realizarse varios años antes de 1880, ya que para esta época había alcanzado bastante notoriedad y fuerte vinculación a la ciudad, como lo prueba el hecho de ser uno de los siete fundadores del Club del Comercio, el 21 de junio de 1880. Antonio García Herreros, en el libro que escribió en 1980, centenario del Club, señala como fundadores a los siete siguientes notables ciudadanos:

Francisco de Paula Andrade; Cristian Andresen Moller; José Agustín Berti; Alejandro Galvis; Félix María Hernández; Ramón María Paz; Luis Eduardo Villa y Rudesindo Soto. De ellos da García Herreros la siguiente apreciación general: "Estos caballeros, todos comerciantes, fueron los fundadores del Club del Comercio, reconstructores de la ciudad y fundadores también del Ferrocarril de Cúcuta. Eran personas de mucho viso, de la más pulcra conducta y muchos de ellos de tan excelsas condiciones que todavía se los nombra con admiración".

Esta vinculación con los socios del Club del Comercio, encabezados por el nombre ilustre de Francisco de Paula Andrade, autor de los planos de la nueva Cúcuta, debió de ser muy apreciada por el señor Andresen Moller.

En 1882 se halla el señor Moller en plena actividad comercial. El 13 de noviembre se informa al señor Juez Superior de Cúcuta sobre la creación en esta plaza de una sucursal de la Sociedad Mercantil Minios Breuer y Cía. y se dice que están autorizados para administrar la Sociedad y usar de su firma los socios señores: Emil Minios, Enrique Eduardo Breuer, Jans Nicolaisen Moller, Otto Betge y Cristian Andresen Moller.

El 3 de noviembre anterior había recibido un poder especial para arreglar algunos negocios de hipotecas, por eso se lo encuentra el 4 de octubre de 1883 en la operación de deshipotecar la casa de un señor Felipe Matamoros, situada en la esquina nororiental de la plaza pública, después Plazuela del Libertador donde hoy está el Palacio Nacional.

Seguramente que, como Administrador y además apoderado, intervino e 19 de junio de 1883 en la compra de los tres solares especificados en la escritura No. 349, destinados por la Sociedad Minios Breuer y Cía para construir una amplia y funcional casa de comercio, que no se construyó, pero que diez años después en 1893, sería realidad con el nombre de Quinta Teresa.

Ya para finalizar el año 1883, el 27 de diciembre, resolvieron establecer por la escritura 644 "en esta plaza una Sociedad Mercantil Colectiva los señores Cristian Andresen Moller y Werner Steinworth, que girará bajo la razón social de "Andresen Moller y Cía" y que ha de empezar el 1° de enero de 1884 y terminar el 31 de diciembre de 1888".

Así lo dieron a conocer al Juzgado Primero del Circuito de Cúcuta el 4 de enero de 1884. Parece que esta sociedad iba a reemplazar en Cúcuta la sociedad Minios Breuer y Cía; esta continuaría sólo en Maracaibo.

Ese año de 1884 fue particularmente importante, pues el 1° de marzo, contrajo matrimonio con doña Teresa Briceño. Según lo hemos dicho más atrás, los dos contrayentes se conocieron en Berlín cuando ella hacía algunos viajes de estudio por Europa y él estaba preparándose para viajar a Colombia con un grupo de inmigrantes. Logradas las autorizaciones que exigía la diferencia de religión, don Andresen Moller, protestante y doña Teresa, católica, se efectuó en Cúcuta el matrimonio el 1° de marzo de 1884.

Para doña Teresa era sin duda un buen partido, pues se casaba con un joven extranjero, hábil comerciante, originario de las regiones nórdicas de Europa. No tuvieron hijos, pero cada niño del Asilo Andresen fue, por lo menos para doña Teresa, un verdadero hijo.

La inestabilidad notoria del país, la guerra civil de 1885 y la guerra declarada por el radicalismo a la constitución del 86, hicieron que la Sociedad Minios Breuer y Cía., aplazara la construcción de la proyectada casa de comercio, para desistir al fin de ello y puso en venta, en 1887, los solares comprados cuatro años antes.

El señor Andresen Moller, que sin duda apreciaba estos hermosos solares, resolvió comprarlos para la sociedad comercial que había organizado con su nombre y juzgó sin duda más cuerdo que la propiedad la tuviera su señora. El 4 de agosto de 1887 se firmó la escritura No. 349, de la que se hablará ampliamente en otra oportunidad que, hace a doña Teresa dueña de los solares adquiridos por los alemanes, donde se iría a construir la Quinta Teresa.

Como al año siguiente, 1888, se cumplía el primer plazo de cinco años de actividades de la "Sociedad Andresen Moller y Cía.", pensó en darle una sede construyendo una casa de comercio que fuera perfectamente funcional como casa de comercio y espléndida como residencia sin escatimar terreno. Y surgió la Quinta Teresa.

En el frontis de su glorieta central se dejó señalado el año de 1893, como el inaugural del edificio. En gesto caballeroso el señor Andresen Moller dedicó el hermoso edificio a su esposa llamándolo Quinta Teresa; ella a su vez daría el nombre de su esposo a la obra predilecta de su corazón el Asilo Andresen.

Las rejas que dan hacia la avenida 4a., y hacia la calle 15, fueron traídas de Alemania, lo que implicó viajes del señor Moller a su patria adoptiva.

De estos años dedicados a la construcción de la Quinta Teresa hay dos episodios, de poca importancia en apariencia, pero que son valiosos para conocer mejor la personalidad del señor Andresen Moller. El uno se halla recordado en el número 22 de El Industrial, órgano de la Escuela de Artes y Oficios de Bucaramanga, correspondiente a Diciembre de 1892. Ahí se dice: ‘’El antiguo e incansable benefactor, don Andresen Moller, lo obsequió con un banco de carpintería y una caja de herramientas. Loor a estos simpáticos y progresistas extranjeros’’. El plural se debe a que también se cita a Cristian Peter Clausen, quien regaló dos máquinas.

Quinta Teresa 1894, terminada la construcción.

El prestigio de que gozaba en Cúcuta el señor Andresen Moller y la forma como había logrado ya compenetrarse con el pueblo en sus problemas, se puso de manifiesto en el hecho de que el 21 de junio de 1893 el Concejo Municipal lo nombró Presidente de la Junta del Acueducto. Eran miembros de esta Junta: Andresen Moller, Hernan P. Finigthon, Max Rehblein, Agustín Berti y Carlos Jácome.

En el número 13 del Registro Municipal de ese año, apareció una comunicación firmada por Andresen Moller como Presidente de la Junta. La comunicación tenía tres puntos:

1°) Comunica la instalación de la Junta.

2°) Solicita al Concejo la propuesta hecha por la Sociedad de Ingenieros y su presupuesto.

3°) Pide al Tesorero que reciba y retenga la suma que el 14 de junio anterior se había destinado al efecto.

El segundo y sobre todo el tercero de estos puntos, ¿No indicaría que ya para esa época el Acueducto sufría la enfermedad de que las sumas votadas para ello, sólo alcanzaban para hacer estudios? Probablemente este acueducto de 1893 era la Toma Pública que atravesaba casi toda la ciudad de entonces y pasaba paralela a la Avenida 4a. a unos cincuenta metros de la Quinta Teresa. Si ello es así la administración de la Junta fue muy eficaz.

Para finales de 1893 ya la Quinta Teresa estaba en condiciones de ser utilizada como la casa principal de comercio de la Sociedad "Andresen Moller y Cía"; sin embargo, quién sabe qué motivos indujeron a su principal socio y propietario a dejar en Cúcuta sólo una Sucursal y establecer la sede principal en Maracaibo.

El 13 de enero de 1894 comunicó el señor Andresen Moller al Juzgado Primero del Circuito de Cúcuta, los términos de la Escritura 61 del 29 de diciembre de 1893, por la cual se creaba una sociedad mercantil con sede en Maracaibo y con sucursales en Cúcuta y San Cristóbal.

Los apartes más importantes de esa escritura son los siguientes:

"Cristian Andresen Moller, mayor de edad, casado, comerciante y domiciliado en San José de Cúcuta, Departamento de Santander en la República de Colombia, por sus propios derechos; Wilhelm Baumann, comerciante, mayor de edad, casado y domiciliado en esta ciudad de Maracaibo, en nombre y representación de Werner Steinworth, también mayor de edad, soltero, comerciante y domiciliado en dicho San José de Cúcuta y cuyo poder exhibe para su inserción en los protocolos y a continuación de esta escritura, declaran: Que el otorgante, Cristian Andresen Moller y el expresado Werner Steinworth, han constituido entre sí una sociedad mercantil en nombre colectivo, según contrato privado, cuyo extracto es el siguiente: Son socios solidariamente responsables los susodichos Andresen Moller y Steinworth, cada uno de los cuales está autorizado para obrar por la compañía, obligarla y firmar por ella bajo la razón social de "Andresen Moller y Cía." con que girará la sociedad; durará esta por el término de cinco años, a partir desde el 1° de enero de 1894, hasta el 31 de diciembre de 1898; prorrogable a voluntad de los socios; tendrá su domicilio en Maracaibo, con establecimientos en la misma ciudad, en San Cristóbal y en San José de Cúcuta, y en cualesquiera otros que crean conveniente; tomará a su cargo y por su cuenta el Activo y el Pasivo de la sociedad comercial que hoy existe entre los mismos socios en San Cristóbal y Cúcuta, bajo la razón de "Andresen Moller y Cía" y la cual terminará el día 31 del mes en curso; en caso de muerte de uno de los socios, la sociedad podrá continuar con los herederos del finado, a voluntad del socio sobreviviente, hasta vencer el término contratado".

Al empezar el año de 1899, viajó enfermo Cristian Andresen Moller a Stuttgart, Alemania, donde residía su familia. Allí murió el 23 de abril de 1899. Doña Teresa, su esposa, lo acompañaba y como lo veremos más adelante, le quedó muy difícil desprenderse de ese sitio donde habían quedado los despojos mortales de su amante esposo.

Sólo en 1906 regresó a Colombia y eso por poco. tiempo, sólo el necesario para entregar y asistir a la bendición el 31 de marzo de 1907, de la obra que unió más que nada a estos esposos: el Asilo Andresen.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

sábado, 8 de julio de 2023

2271.- CUCUTA TIENE DOS ESTACIONES DE CARGA PARA AUTOS ELECTRICOS

Leonardo Favio Oliveros (La Opinión)

Conozca en dónde estás las dos estaciones de carga para autos inauguradas por CENS-EPM
y cómo se presta el servicio.

En aras de aportar su “grano de arena” a la movilidad sostenible en Cúcuta, Centrales Eléctricas de Norte de Santander (CENS) Grupo EPM puso en marcha en julio 2022 dos estaciones de carga para vehículos en los parqueaderos de los centros comerciales Ventura Plaza y Unicentro, en Cúcuta, con una inversión de 300 millones de pesos en cada una.

Los propietarios de autos eléctricos o enchufables ya tienen en donde abastecerse de energía. Además, hasta diciembre, estos conductores no pagarán nada por el servicio.

José Miguel González, gerente de CENS, indicó que el apoyo de Unicentro y Ventura Plaza es importante para esta iniciativa, la cual se proyecta extender a Ocaña y Pamplona. En enero, cuando ya se cobre por el servicio, quienes sean usuarios de la empresa recibirán el recargo a través de la factura que le llega a su vivienda, quien no lo sea solo debe pedir la tarjeta de recaudo dentro del centro comercial.


El gerente de la compañía precisó que en Norte en Santander circulan 18 vehículos 100% eléctricos, cifra que aumenta al sumar los enchufables, para un total de 120. Entre los automotores eléctricos hay cuatro camionetas de CENS, los cuales son recargadas dentro de la estación que construyó en su sede de Sevilla.

“Lo que esperamos con este sistema es que cada día empiecen a entrar más y más vehículos eléctricos a la ciudad”, resaltó González, quien manifestó que, por ejemplo, en China hay cuatro millones y medio vehículos eléctricos circulando; y en Noruega, el 75% de los autos son de esta tecnología, porque la operación y el mantenimiento son mucho más económicos.

Para Carmen Elisa Ortiz, gerente de Unicentro, en donde se desarrolló el acto protocolar, este tipo de alianzas ponen a la capital de Norte de Santander a la altura de las grandes ciudades del mundo.

Añadió que la inauguración de la estación de carga demuestra la responsabilidad del centro comercial con “la salud de Cúcuta y del planeta”, apoyando la disminución de la contaminación del aire y del uso de los combustibles fósiles, así como la utilización eficiente de la energía.


Según la Asociación Nacional de Movilidad Sostenible (Andemos), en julio se registraron 2.589 vehículos híbridos y eléctricos, un crecimiento del 35.2%. En el acumulado, el segmento presenta un aumento del 65.4% y un total de 16.356 registros durante el año.

El año pasado, los vehículos híbridos matriculados en Colombia sumaron 16.406 unidades, un crecimiento de 250% frente al 2020.

Ventajas y características

· De 45 minutos a una hora tarda la recargada.

· Puede recargarse cualquier vehículo.

· Con la batería full, pude llegar a recorrerse entre 250 km y 300 km.

· Cuesta el 30% de lo que vale llenar un carro con hidrocarburo (si sale en $100 mil el full con gasolina, con energía solo es de $30 mil).





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

jueves, 6 de julio de 2023

2270.- CLEMENCIA GARNICA 28 AÑOS EN EL COLEGIO E.C.B.

Deicy Sifontes (La Opinión)

Gracias a su gestión se construyó la sede principal del colegio ubicada en el barrio El Salado.

Transcurría el año 1994 cuando la licenciada en Educación Primaria, Clemencia Garnica de Barajas llegó a tomar las riendas del Colegio Municipal Eustorgio Colmenares Baptista que había sido creado mediante el Acuerdo N°0662 del 5 de octubre de 1993, un año antes de su nombramiento.

Hoy 2022, 28 años después, la rectora del plantel educativo se prepara para retirarse de las aulas de clase, no sin antes destacar que, gracias a su esfuerzo y disciplina, logró levantar las bases de una institución que hoy alberga a 2.763 estudiantes de primaria y secundaria.

En diálogo con La Opinión, la directiva recordó que cuando llegó al colegio en el mes de febrero de 1994, no existía una infraestructura adecuada, ya que los 30 estudiantes que había para esa época, recibían las clases cerca de la antigua estación del ferrocarril de El Salado, en lo que se conocía como la casona.

“Cuando llegué allá para mí fue un reto muy grande, porque era otra época. Nos tocaba trabajar debajo de los árboles, pero eran 30 niños que querían salir adelante, entonces nos pusimos manos a la obra y con el apoyo de un gran amigo que siempre velaba por la educación, Julio Vélez Trujillo, empezamos a construir el futuro”, dijo.

La rectora explicó que el colegio lleva el nombre de quien fue el director y fundador del Diario La Opinión, Eustorgio Colmenares Baptista, reconociendo el legado que este dejó a la región, luego de que fuera asesinado el 12 de marzo de 1993, mismo año en que se creó la institución educativa.

Garnica de Barajas detalló que en el Concejo Municipal nadie se opuso a esta decisión.



Clemencia Garnica de Barajas.

Desde los 18 años está laborando en el campo educativo, destacando que fue docente
universitaria durante muchos años.

Sede principal del Colegio Eustorgio Colmenares Baptista.

El colegio se creó en el año de 1993.

Empezar desde cero

La rectora, aprovechando que laboraba también como docente de la Universidad Francisco de Paula Santander (UFPS), logró gestionar el apoyo para diseñar los planos de lo que sería la sede principal del colegio que hoy está ubicada en la Avenida 6 #16-43 en el barrio El Salado.

“Esto ha sido una odisea. La construcción del colegio empezó, pero siempre se acababa la plata, entonces tocaba hacer adiciones y en el 2004, aunque la estructura no estaba terminada, porque le faltaban pisos y puertas, un día decidimos con los profesores y estudiantes ir trayendo los pupitres y dar clases así”, añadió la rectora.

Sin embargo, no podían quedarse de brazos cruzados, por lo que la licenciada Clemencia, con el apoyo de la comunidad educativa, decidió organizar bazares para recolectar fondos y poder culminar las obras.

Y así, poco a poco, Garnica de Barajas se fue ganando el cariño de todos sus estudiantes, docentes y padres de familia, quienes encontraron en ella a una líder comprometida por sacar adelante a su institución educativa y con ella, las 6 sedes que le fueron fusionadas, brindando calidad y esperanza a las nuevas generaciones para tener un mejor futuro.

Con el pasar de los años, la rectora logró gestionar también los recursos para construir los laboratorios, el coliseo, los comedores escolares, la sala de informática y salones en buenas condiciones.

Asimismo, la rectora logró crear un convenio con el Sena (Servicio Nacional de Aprendizaje), permitiéndole a los estudiantes adquirir nuevos conocimientos en el área de sistemas, contabilidad y administración de documentos, para que, al momento de graduarse, tengan una base para adquirir un empleo y/o profesionalizarse más en dichas carreras.

Antigua estación del ferrocarril de El Salado.

Antigua casona donde funcionó el colegio.

Zona de laboratorios en la sede principal

El colegio inició con 30 estudiantes, ya son más de 2.600.

La primera promoción se dio 5 años después de la creación del colegio. 
Actualmente el colegio tiene 6 sedes.

Imagen del doctor Eustoquio Colmenares Baptista que se encuentra a la entrada 
de la sede principal del colegio.

“Me voy feliz”

La rectora reconoce que en sus 28 años al servicio del colegio, ha trabajado siempre porque sus estudiantes tengan un proyecto de vida y sueñen en grande, demostrándoles que se puede empezar de cero y llegar muy lejos.

“Considero que he hecho un trabajo bueno, porque sé que como ser humano también tengo errores, pero siempre he tratado de dar lo mejor de mí y me voy feliz y por la puerta grande, por donde entré”, añadió la funcionaria, quien el próximo 19 de agosto se despedirá de la institución.

La rectora espera que el nuevo director (a) continúe con los procesos de mejoramiento y que el colegio sea reconocido como uno de los mejores de la ciudad.

Fernando Méndez, presidente del Consejo Directivo del colegio y representante de los padres de familia, calificó a la rectora como una persona íntegra e intachable, siempre entregada a dar lo mejor por su institución.

"Siempre se preocupa por sus alumnos, los llama mis hijos, se preocupa por los profesores y por todo. Es una persona que gestiona, que representa verdaderamente lo que es un rector con vocación y amor, dejando aquí su legado", añadió Méndez.

El representante de los padres de familia espera que el nuevo rector o rectora "le dé la talla" a la señora Clemencia y que sea alguien comprometido por la educación, teniendo en cuenta que el colegio está ubicado en la comuna 6, una zona compleja donde se deben enfrentar varias situaciones.

"Para mí el mayor logro de la rectora es que entregó comedores, algo muy importante para los alumnos, porque ella gestionó eso casi que con las uñas. Doctora Clemencia la queremos mucho y le agradecemos porque vimos cómo durante estos años nos ayudó a sacar adelante a nuestros hijos a través de su ejemplo", puntualizó Méndez.

Sus estudiantes la describen como una mujer disciplinada, protectora y excelente líder.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

martes, 4 de julio de 2023

2269.- EL PRIMER BACHILLER DE GREMIOS UNIDOS

Gerardo Raynaud (La Opinión)


El Colegio Gremios Unidos que a la fecha tiene más de 110 años de funcionamiento ininterrumpido fue creado como una alternativa para favorecer a las clases menos favorecidas de la ciudad, cuando la educación era una prerrogativa de los más privilegiados con el auspicio de los gobernantes de turno y el respaldo de la iglesia católica.

Primero en su sede de la avenida cuarta, a espaldas del palacio de la gobernación del Departamento, y a partir de 1971, en el barrio Pescadero donde se construyó la “Concentración Benjamín Herrera”, una funcional y cómoda edificación cuya obra fue dirigida por los doctores Julián Caicedo y Héctor Alarcón.

Luego de esta breve introducción, veamos de manera sucinta, lo sucedido con las primeras promociones de bachilleres. Transcurrieron más de cincuenta años antes que el Ministerio de Educación le otorgara licencia para conceder los títulos de bachilleres a sus estudiantes. La primera de estas promociones sucedió en 1963, gracias a la expedición por parte del Ministerio de Educación Nacional, de la resolución 2196 de ese año, en la cual se resuelve “…aprobar hasta nueva visita los dos ciclos oficiales de Educación Media (1° a 6°) del COLEGIO GREMIOS UNIDOS de Cúcuta, establecimiento para varones de propiedad de la Sociedad de Artesanos GREMIOS UNIDOS y la Universidad Libre, regentado por el señor Felipe Ruan”.

Fueron 17 los alumnos que recibieron su “cartón”, todos ellos jóvenes de clases populares que tuvieron la fortuna de beneficiarse de los recursos y disponibilidades que les brindó la institución y sin los cuales no hubieran tenido otra elección.

Para no extenderme en los detalles de los integrantes de esta promoción, me permitiré, con la venia de los omitidos, mencionar sólo algunos de ellos seleccionados de manera aleatoria, sólo teniendo en cuenta algunos detalles posteriores de sus vidas que los destacaron entre la población local.

Cabe mencionar que el estudiante más conocido de esa promoción fue el destacado músico, guitarrista, compositor y cantante Arnulfo Briceño desaparecido trágicamente en un accidente aéreo en junio de 1989. En la reseña presentada el día de su graduación, se lee que nació en Villa Sucre, un corregimiento de Arboledas, el 26 de junio de 1938. Durante sus estudios se desempeñó simultáneamente como locutor profesional en la Voz del Norte.

Al término de sus estudios de bachillerato su ideal era estudiar ingeniería metalúrgica, la que habría elegido por considerar que era la carrera que más se necesitaba en el país, sin embargo, años más tarde estudiaría Derecho, en la misma universidad que le dio la oportunidad de culminar sus cursos de colegio.

Pero el estudiante más destacado, quien ocupó el puesto de mejor estudiante de la promoción fue Carlos Eduardo Triana R. En el anuario que para la ocasión se publicó se lee que nació en Pamplona y que realizó sus estudios primarios en Venezuela. Al regreso de su familia a la ciudad, se matriculó en Gremios Unidos y allí cursó desde el quinto curso de primaria hasta su culminación.

En entrevista que le hicieron para conocer sus opiniones acerca de su futuro, dijo estar convencido de las profundas deficiencias del bachillerato colombiano y de la educación en general y que este problema solamente podría ser resuelto mediante un cambio radical de las instituciones del país. En ese momento su intención era estudiar ingeniería química o en su defecto ingeniería metalúrgica, las que consideraba de gran utilidad para un país en vías de desarrollo como Colombia.

Como mejor estudiante de la promoción, el colegio le otorgó una beca para estudiar en la Universidad Libre el Bogotá, pero sólo incluía el valor de la matrícula, razón por la cual le era imposible desplazarse a la capital y estudiar allí.

Con el cartón en la mano y la ayuda del doctor Alirio Sánchez Mendoza, el diario La Opinión le dio la mano vinculándolo como colaborador haciendo horóscopos, crucigramas y la página social. No duró mucho en esa actividad ya que su intención era estudiar una carrera universitaria.

Carlos Eduardo Triana Rivera

Residenciado en Bogotá obtuvo trabajo de profesor de álgebra en el Gimnasio Venecia con tan mala suerte que, a los tres meses, la institución quebró, sus directivos huyeron a Chile, dejándolo con sus deudas que acumulaban cuatro meses de atraso. Como pudo se las arregló para solventar su situación y salir avante prácticamente solo y sin mayor ayuda.

Durante su infancia, en 1961, se había destacado como ajedrecista, llegando al podio como campeón departamental infantil del juego ciencia, afición que le permitió, durante sus estudios universitarios en Moscú, concurrir a las llamadas “olimpiadas” donde 69 países se disputaban el cetro de ese deporte.

Como reconocimiento a la puntuación obtenida, calificó para jugar las simultaneas con los ex campeones mundiales, Michail Botvinnik y Mijail Tal, con quienes, pese a los mates recibidos, intercambió interesantes anécdotas.

Aprovechando la agitación política de mediado de los años sesenta, leyó en la revista Unión Soviética que se estaban promocionando unas becas para estudiar en la URSS, y fue así como 30 jóvenes, que como él fueron seleccionados y becados, se embarcaron a ese país.

Luego de los cursos del idioma local y del cumplimiento de las normas académicas, la universidad rusa de la Amistad de los Pueblos conocida ahora por sus siglas RUDN y que el 1961 había recibido el nombre de Patrice Lumumba, uno de los símbolos de la lucha de los pueblos africanos por su independencia, le otorgó el título de Ingeniero Civil y posteriormente cursó y aprobó la especialización en Obras Hidráulicas con énfasis en represas, como la actual Hidroituango.

Ya como ingeniero regresó a Colombia, lleno de esperanzas en trabajar por el país, pero la incomprensión, el fanatismo político y religioso y el desconocimiento de los títulos obtenidos en la URSS, le hicieron desistir de su empeño debiendo trasladarse a Venezuela, donde los prejuicios y los factores políticos no eran tan diferentes.

Sin embargo, los requerimientos de profesionales calificados le permitieron revalidar su título de Ingeniero Civil y abrirse camino como ingeniero Proyectista y ejecutor de Obras Hidráulicas y desempeñarse como profesor universitario en su campo.

Hoy 2022, Carlos Eduardo Triana regresó a su terruño luego de que el populismo se instaurara en la vecina república y una nación rica en recursos naturales, llevara a la pobreza a sus residentes y obligara a su gente a migrar ante la falta de oportunidades.


Nota del recopilador.-

Integrantes de la primera promoción Gremios Unidos: Briceño Arnulfo, Bendeck Alvaro, Cáceres Belisario, Cuellar Boneth Alfonso, Cáceres Manuel de Jesús, Díaz Flórez Zacarías, Durán Eduardo Alfonso, Garzón Solón Luis Enrique, Laguado Rafael Antonio, Medina Julio César, Monsalve José Miguel, Matamoros Gilberto, Rodríguez Ramiro, Suárez José del Carmen, Sánchez Jaime, Sánchez M. César A., Triana Carlos Eduardo.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.