Ya habíamos visto que después del incendio del mercado cubierto en 1949, el ejecutivo local no pudo ponerse de acuerdo para construir su reemplazo sino varios años más tarde y en su lugar se proyectó, con acertada decisión, un magnífico edificio que se llamó San José, hoy en lamentable estado, pero que sigue siendo un ícono representativo de la noble villa.
Precisamente, fue durante este año del 53, mientras ejercía la primera magistratura de manera provisional, aprovechando la visita que efectuaría a esta ciudad para reunirse con el presidente Urdaneta, la directiva del colegio Gremios Unidos resolvió colocar en el salón principal, el retrato del militar ilustre para recordar “el fausto hecho estudiantil” de haber cursado en ese claustro, los estudios primarios.
El retrato en mención, fue donado por la Junta Coordinadora de Adhesión del Táchira al Ejército Venezolano, en asocio con el señor Cónsul Cárdenas Ruiz, quien fue el encargado del protocolo y de la consecuente recepción a la que asistieron autoridades civiles y militares, así como representantes del gobierno y lo más granado de la colonia venezolana residente en el Norte de Santander; nótese que no se mencionan las autoridades eclesiásticas, quienes no toleraban ni mucho menos acolitaban las reuniones y festejos que se celebraban en esa institución de propiedad de la masonería local, declarados enemigos de la curia y el catolicismo, sin razones ni motivos aparentes.
Comenzaron, por lo tanto, la adquisición de establecimientos ya constituidos unos e iniciados otros y la construcción de sus sucursales, que les permitiera una rápida expansión de sus actividades con el respaldo que les garantizara la confianza ciudadana y de los visitantes, en ese momento, grandes consumidores.
De las actividades comerciales se derivaron las necesidades financieras y a pesar de las ya conocidas entidades bancarias instaladas localmente, el mercado prometía dividendos para todos, así que, los financistas antioqueños acompañados de sus paisanos comerciantes decidieron penetrar esta zona de manera estrepitosa y lo hicieron con todas las de la ley construyendo, en el corazón de la ciudad un hermoso edificio de seis plantas; en aquella época, el más moderno, el más alto y además, el primero con ascensor.
De amplias oficinas en los pisos altos, para el servicio de los profesionales más distinguidos, el Banco Comercial Antioqueño, se instaló en el primero, con una oferta de servicios que hizo que rápidamente comenzara a captar clientes, no solo entre sus paisanos, sino en el empresariado en general, que además de sus cómodas instalaciones y sus políticas abiertas a las nuevas oportunidades había decidido vincular al personal de la región como trabajadores y funcionarios, lo que fue, no solo de buen recibo, sino que multiplicó las circunstancias para atraer potenciales clientes.
No tardó mucho tiempo el maestro en encontrar el motivo que lo llevaría a proponer su obra. Se inclinó por representar la entrevista que sostuvieran los dos máximos próceres de ambas naciones, Bolívar y Santander, con ocasión de la reunión del Congreso de la Villa del Rosario en el cual salieron los primeros hitos formadores de la nacionalidad colombiana.
La verdad es que la pintura mural en referencia fue elaborada en remembranza histórica de la reunión que sostuvieran en la Villa del Rosario de Cúcuta los máximo héroes de la independencia de los países de esta frontera, pero dicha creación, más que atraer los elogios de la población culta, trajo una andanada de críticas insospechadas, tanto por el contenido como por la obra en sí misma.
La mayor crítica fue encabezada por el historiógrafo nortesantandereano Luis Gabriel Castro, quien desde un principio argumentó que el motivo era un ‘absurdo histórico’ y así defendió su posición hasta que la discusión fue extinguiéndose con el paso del tiempo.
La peor parte, sin embargo, fue la crítica artística implacable. Los conocedores dicen que la pintura debe hacer sentir el llamado ‘goce estético’, pero que en este mural ‘se exageraron las formas y el colorido’ y que allí ‘se observan como en arrebol sin dimensión o en dimensión descomunal y desproporcionada, dos figuras centrales truncas y una cabeza extirpada que aparece mancillada por los colores de la independencia.’
Para quienes no hayan visto el mural, los invito que lo hagan, en el lugar de siempre, avenida sexta, frente al Parque Santander. Acompaña esta crónica, la fotografía del mural en cuestión y que cada quien saque sus propias conclusiones.
Recopilado por: Gastón Bermúdez V.








