PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

TERREMOTERO -Reconocimiento, enero 2018-

Apasionantes laberintos con inspiraciones intentan hallar rutas y permiten ubicarnos en medio de inagotables cascadas, son fuentes formadas por sudores de ancestros. Seguimos las huellas, buscamos encontrar cimientos para enarbolar desprevenidos reconocimientos en los tiempos. Siempre el ayer aparece incrustado en profundos sentimientos.

Corría finales del año 2008, Gastón Bermúdez sin advertir y sin proponerlo, inicia por designios del destino la creación del portal CRONICAS DE CUCUTA. Parecen haberse alineado inspiraciones surgidas por nostalgias. Gran cúmulo de vivencias, anécdotas, costumbres y añoranzas, fueron plasmadas en lecturas distintas.

Ya jubilado de la industria petrolera venezolana, recibió mensaje que expresaba una reunión de amigos en Cúcuta. Tenía más de cuatro décadas ya establecido de forma permanente, primero en la ciudad del puente sobre el Lago y después en la cuna del Libertador. Viajó ilusionado, acudió puntual a la cita desde Caracas. Encontró un grupo contemporáneo, conformado por amigos ex-jugadores de baloncesto y ex-alumnos del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

La tierra cucuteña levantada desde primeras raíces plantadas, siempre acompañó todos los hijos ausentes. Cuando encontramos distantes los afectos, creemos separarnos de recuerdos. Nos llevamos al hombro baúles de abuelos, cargamos con amigos del ayer, empacamos en maleta la infancia y juventud. Muchas veces una fotografía antigua, atrapa y confirma que nunca pudimos alzar vuelo.

Entonces por aquellos días apareció publicado ´La ciudad de antaño´, parido desde generosa pluma con sentido de identidad comprometida, fue el mártir periodista Eustorgio Colmenares Baptista dejando plasmados recuerdos de finales de los 50 y años 60. Sin querer, esas letras fueron presentación inaugural de CRONICAS DE CUCUTA. Los Inolvidables sentires viajaron al modesto grupo de amigos y abrieron compuertas para afianzar arraigos de infancia. Don Eustorgio culmina la crónica con frases retumbando las memorias: “Había muchos menos avances tecnológicos a disposición de la comunidad, pero vivíamos como si nada nos faltara. Nos bastaba con vivir en Cúcuta”.

Sentires intactos, ahora plasman recuerdos en calles transitadas por niños que fuimos. Nuevamente los arraigos hacen despejar las avenidas a los rieles del antiguo ferrocarril. Nos bastaba con vivir en Cúcuta. Asoman madrugadas entre indetenibles remembranzas y añoranzas.

Sin planificar nada, Gastón compartía vía internet las crónicas del Diario La Opinión aparecidas cada ocho días en lecturas dominicales. Sin saber, creció el portal CRONICAS DE CUCUTA. Cada acontecimiento recopilado se convertía en homenaje In Memoriam para hombres y mujeres que dejaron muy alto el Valle de Guasimales. Igualmente, exalta la dignidad con reconocimiento a grandes glorias del ámbito artístico, cívico, periodístico, religioso, deportivo, cultural, social y político.

Oficialmente se convierte en PORTAL WEB el 7 de octubre 2010. En forma admirable acumula ya 1.329 recopilaciones tipo crónicas, casi todas extractadas de periódicos y publicaciones locales, libros populares, escritos nacidos de historiadores, periodistas, inéditos autores y muchos escritores del Norte de Santander. El portal permite hallar el original ADN ancestral y ubica el sentido innato de pertenencia cucuteña. Llegó un día a la vida de todos los internautas, igual como aparecen las buenas nuevas, sin avisar, sigilosamente introduciéndose en las cortezas que somos y las venas que siempre fuimos. Su creador, nunca imaginó un buscador que tocara el alma y menos tallar imborrables despertares en ávidos ojos de lectura.

Aparece ahora como paso determinante para navegar en referencias de Cúcuta. Asegura a nuevas generaciones herramientas para afianzar valores jamás perdidos. La perspectiva futura para ámbitos históricos, culturales, sociales y deportivos, harán necesario considerar el Portal como insigne buscador de consulta e informativo. Importante archivo tecnológico para infantes en colegios y escuelas. Podrá acceder directamente cualquiera a profundos arraigos allí recopilados. Casi imperativo considerarlo como salvaguarda del sentido de identidad y pertenencia.

CRONICAS DE CUCUTA se convirtió en sugestivo repaso de acontecer histórico, recopilado en 19 capítulos o clasificaciones. Portal libre, siempre abierto a todo aquel deseoso por descubrir datos históricos, biografías, nombres de grandes personajes, fechas emblemáticas, sucesos de vida social, cultural, deportiva, religiosa, artística y política. Formidable vía adentrándose en acontecimientos del siglo XVIII hasta nuestros días. Todo expedicionario oriundo se encontrará representado en cada letra, apellido, dato, foto y fecha. Todos volverán a observar las luces de la gran ciudad en medio de rutas por hallar orígenes.

CRONICAS DE CUCUTA no debe tener como destino el olvido, deberá asegurar a nietos de nuestros nietos, inquebrantables lazos surgidos de nostalgias, recuerdos y añoranzas. CRONICAS DE CUCUTA es herramienta tecnológica para demarcar el hilo conductor entre hoy y ayer. Parece luz encontrada en días oscuros, nos abre el entendimiento. Pulsar la tecla nos lleva a destinos con encuentros pasados. Valiosa información contenida en páginas adornadas con sentimientos profundos.

CRONICAS DE CUCUTA garantiza el resurgir de valores originarios que parecían adormecidos por culpa del avasallante mundo moderno. CRONICAS DE CUCUTA llegó para quedarse, igual que mares inundados por recuerdos. CRONICAS DE CUCUTA confirmó la premisa donde las nostalgias se convierten en vehículos para transportar la historia. Una enciclopedia virtual presentada por nuestras gentes con sencillo lenguaje.

Anclados quedarán por siempre nuestros sentires, intactos los arraigos, despiertas las añoranzas y vivas las costumbres intactas. Ahora aseguramos el reguardo de raíces que retoñan desde cenizas del ayer. Dios jamás declaró desértico el Valle Arcilloso, siempre fue bendecido, tampoco declarado deshabitado para la vida del hombre.

Fueron creciendo raíces en medio de cenizas y milagrosamente reverdecieron los gigantescos árboles frondosos. CRONICAS DE CUCUTA reafirma lo que somos. Seguiremos siendo aquello que siempre fuimos, nada cambió, solo algunos pañetes y varios techos distintos.

Todo estará por volver, todo por crecer y todo por llegar. Nunca estaremos solos. Cada generación hará brotar nostalgias por siempre convertidas en historias llenas de arraigos.

Nos bastaba con vivir en Cúcuta…

viernes, 9 de julio de 2021

1906.- EL INCUNABLE, INVALUABLE PATRIMONIO CULTURAL

Julián Caicedo Arboleda  (Imágenes)

 


Julián Caicedo Arboleda, Popayán, 13 de diciembre de 1921 - Cúcuta 22 de octubre de 2002.

Un aniversario del fallecimiento de nuestro ejemplar ciudadano adoptivo:

destacamos uno de sus valiosos aportes culturales.

 

Una ciudad es Ciudad por su desarrollo, por su economía, por su gente, por su clima y demás características que la individualizan ante el contexto nacional. Pero es aún más ciudad, si sus ciudadanos respetan la tradición y cuidan sus riquezas culturales.

 

Como los jóvenes tal vez desconocen lo sucedido, debemos ubicarlos en la época de la presidencia de Suárez, sin olvidar su extrema pobreza, sólo superada por su también extrema honradez y recordar que éste, siendo todo un presidente de la República, se vio obligado a vender sus sueldos para poder solventar la urgencia de sus gastos personales.

 

Tan triste circunstancia fue aprovechada por Laureano Gómez para provocar un debate senatorial, debate durante el cual Suárez argumentó tan sólidamente en defensa de su honra y de su nombre, que logró no sólo aglutinar la solidaridad del pueblo, sino convertirse en ejemplo para la historia nacional.

 

Laureano Gómez propició un debate mediante el cual quería condenar la pobreza de un ser nada común, e intentó acabar con Suárez, pero sólo logró el reconocimiento público de la honradez de tan ilustre ciudadano, cuya vida estuvo llena de sacrificios por la patria, nunca bien reconocidos.

 

El texto de los discursos pronunciados por Marco Fidel Suárez durante el debate promovido por Gómez en su contra, deberían convertirse en la cartilla obligatoria, en la guía moral de esos funcionarios públicos, gracias a cuya corrupción tantos colombianos deben también vender, no sólo sus sueldos, sino su sangre, sus órganos, sus vidas.

 

Marco Fidel Suárez ha sido mi personaje inolvidable. En mi ya lejana juventud leí y releí Los sueños de Luciano Pulgar, con fruición tal que casi podría haber rayado en una especial locura.

 

Mi preferido era el “Sueño” dedicado a su copartidario y émulo Gómez. En ese “Sueño”, don Marco Fidel ratificó lo ya sabido por los colombianos sobre la claridad meridiana de su actuación, pese a los esfuerzos por demostrar lo contrario, desplegados por Gómez, quien en alguna ocasión y por un lapsus gramatical, obtuvo el mote de Senador ‘Ovejo’.

 

La idea de José Luis Villamizar Melo de poner el incunable bajo la custodia de la Academia de Historia de Norte de Santander, debe ser acogida por el gobierno municipal. Su desarrollo tendría muchos y eficaces resultados.

 

Si no logramos el apoyo del Ministerio de la Cultura o del Banco de la República, deberemos entonces, por suscripción popular, hacer el monumento al Incunable, como en el pasado se hizo con la estatua del General Santander que se yergue en el parque principal de nuestra Cúcuta.

 

‘‘No sólo de pan vive el hombre”. El hombre también vive de los recuerdos, de sus monumentos, de sus tradiciones.

 

En estos tiempos tan difíciles, tan dolorosos, inútil resultará todo intento por modernizar la ciudad, si conlleva el desconocimiento de su historia y de su patrimonio cultural. (23 de julio de 2001).

 

 

 

 

Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

miércoles, 7 de julio de 2021

1905.- INICIOS DEL GIMNASIO DOMINGO SAVIO, CUCUTA

 

Colegio Gimnasio Domingo Savio, avenida 4 calle 17.


Las hermanas Cortés Gamboa: insignes educadoras cucuteñas 

Hugo Espinosa Dávila  (Imágenes) 

Sus genes de educadoras les venían por sus padres, doña Anita Gamboa de Cortés institutora y don José Cortés, inicialmente vinculado a la docencia y luego en labores propias de artículos escolares de la papelería y tipografía “Alemana” (la mejor en su género en Cúcuta, recordada en la primera mitad del siglo XX).

Sus hijas mayores, Sofía y Helena, luego de graduarse en el Instituto Pedagógico de Bogotá, regresaron con la vocación y la definición aprendida de la educación, que significa: crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y jóvenes. Además, raíz del vocablo latino educere, que significa: conducir, llevar adelante; y de ella se deriva la palabra Educar la cual compendia la actividad de desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios y ejemplos entre otros recursos.

Con su formación, proponen a sus padres la fundación de un plantel educativo de niños de ambos géneros. Se utilizarían los métodos educativos de una moderna enseñanza pedagógica, obviando el aprendizaje de memoria.

Además, bajo los conceptos de una formación humanista que conllevara: “Exigencia, disciplina, responsabilidad, buenos modales y comportamiento social”, de esta manera transmitir valores, principios y expresiones culturales.

Se propusieron la exigencia del conocimiento del idioma español, la buena ortografía, la redacción y la gramática, derivadas del complemento de la lectura de algunos clásicos apropiados.  Así mismo, de la música y el teatro, con todo lo cual se trazaría el azimut para la construcción de un fututo que lo aclamarían varias generaciones. Fueron estos, los premonitorios argumentos que se hicieron realidad.

Con la visión y misión conceptualmente generalizados, les expusieron a sus padres su ideario, quienes inmediatamente respaldan esa iniciativa, orientando sus primeros pasos, prodigándoles sabios consejos.

Así, en los primeros días de enero de 1949, se comienza a adecuar su amplia casona de habitación de la avenida 4, esquina con la calle 17, del barrio La Playa, a media cuadra del curso protegido de la “Toma Pública”.

Bajo la tutela patronal de “Domingo Savio”, las fundadoras Sofía y Helena, comienzan a promocionar entre sus amistades y allegados de sus padres, el nuevo plantel, cuyos cupos debían, en años posteriores, apartarse llamando al Nº 25-26 de la red telefónica de la época en Cúcuta.

En el mes de febrero de 1949, llegó el momento de iniciar el año escolar y la primera actividad oficial fue el examen de clasificación que definiría si las 13 niñas y los 12 niños matriculados, quedaban en kínder o eran promovidos al primer año de la primaria, separados por salones de acuerdo al género. Año a año, comenzaron a incrementarse tanto el número de alumnos como la promoción a siguientes años en el pensum de enseñanza primaria.

Entre tanto, don José y doña Anita, previendo el requerimiento futuro de personal docente, comenzaron a preparar a sus otras hijas enviándolas a estudiar fuera de Cúcuta, para que tomaran cursos intensivos y suplieran las futuras plazas docentes y materias acordes a la formación integral que preveían para sus educandos.

Consecuencialmente, las nuevas educadoras, desarrollarían las dimensiones académicas de manera que, los futuros estudiantes pudieran adquirir una conciencia que les permitiera comprender su propio valor histórico, su propia función en la vida, sus propios derechos y deberes. Para que, en su adultez, los hiciera capaces de intervenir y participar lúcida y responsablemente en la vida social, cultural, económica (y política), aportando su actitud creativa y aptitud crítica e investigativa, aprendidas y fundamentados en los albores de su niñez, formados por las hermanas Cortés Gamboa.


Luego de sus respectivas preparaciones académicas y de vuelta a su terruño: Carmen, Merceditas y Matilde, en “cónclave”, reprograman las actividades académicas bajo la dirección de Sofía, considerada la “primera, entre todas las iguales”.

Así, reparten entre ellas, los temas pedagógicos e institucionales:

Teresa: desde el convento de “El Buen Pastor”, como la orientadora espiritual. Carmen: en la biblioteca escolar, tenía la responsabilidad de instruirles y encaminar a los pequeños en el amor por la lectura y su compresión. Merceditas: por el entusiasmo en la Educación Musical, dirigida tanto a estudiantes como a docentes, mediante talleres, expresión corporal y dramatización derivadas de las “Fábulas de Rafael Pombo” y la composición de ingeniosas y lindas canciones. Matilde: por su especial cariño hacía los niños, la excelente atención a los recién llegados.

Todas ellas, con el bagaje de sus conocimientos pedagógicos, prodigaron formación integral y felicidad a los niños en sus primeros años de vida escolar. Estudiantes que luego, ya como profesionales o empresarios independientes, se constituyeron líderes en cada una de sus profesiones, orgullos de sus familias, de la sociedad cucuteña, del país y del extranjero, cumpliendo con lo preceptuado en la estrofa de su himno cantado muchas veces en las izadas de los pabellones: “Las campanas de nuestra juventud, llenan los horizontes. . .”.

Loor a la vida y obra de las educadoras, hermanas Cortés Gamboa, quienes, por su abnegada vocación, recibieron las más altas condecoraciones del Ministerio de Educación de la República de Colombia y de los gobiernos del Departamento Norte de Santander y del Municipio de San José de Cúcuta.

Mis recuerdos en el colegio Gimnasio Domingo Savio

Sergio Peña Granados  (Imágenes)

Helena Cortés Gamboa

Debo significar que, a pesar del tiempo, recuerdo con sumo agradado los momentos durante los cuales estudié en el Gimnasio Domingo Savio, el colegio de las señoritas Cortés, Helena y Sofía, en el cual estuve tres años: 1955,1956 y 1957, en el que cursé de primero a tercero primaria.

Estaba ubicado para la época de mis estudios, muy cerca de la casa, como decíamos en esa época “al voltiar de la casa”, porque mi familia vivía en la avenida 3 entre 16 y 17 y el colegio quedaba en la esquina de la avenida 4 y la calle 17 e igualmente cerca al Asilo Andressen y el monumento de Cristo Rey.

En esos tiempos no había los años de preprimaria, en mi caso entré directamente a primero, por cuanto mi mamá me había enseñado a leer y a escribir, como lo certificaron mediante examen las señoritas Cortés al entrar.

Era un ambiente muy acogedor y los cursos eran de niños y niñas, pero me acuerdo que había salones separados para cada sexo, cuando no concurríamos al salón “grande” para las clases que nos dictaban por igual a niños y niñas.

Se inculcaba mucho sobre la religión católica y a través de la vida de Domingo Savio, quien fue estudiante salesiano, como patrono del colegio nos fomentaban su virtud y estar en gracia de Dios permanente. Esa frase del Santo de “morir antes que pecar”, me producía permanente preocupación, porque no sabía que era pecar y me daba más miedo morir. Permanentemente nos mostraban al Santo, encaramado en un árbol con un cuchillo en la mano, persiguiendo a Satanás. No sé qué tanto era seguir esa enseñanza, pero sí sé que era un permanente tormento, que me mantenía atento a mi comportamiento.

Siendo alumno de ese colegio, hice la primera comunión, en un acto que congregaba varios colegios de la ciudad en una ceremonia en el Ancianato de la ciudad, luego de una procesión cantando y llevando al Niño Jesús.

Otro aspecto importante era la presencia a ciertos eventos culturales que se desarrollaban principalmente en el Teatro Guzmán Berti, acordándome especialmente de un grupo de marionetas, “Los Pupi”, las cuales decían ser italianas. La enseñanza, era quedar pensando en esos muñequitos con sus historias, como un adelanto del Topo Gigio, cuando no teníamos ni televisión, ni a la mano cuentos o historietas gráficas.

Sofía y Helena Cortés eran sus dueñas y las que prácticamente tenían a su cargo la enseñanza de casi todas las materias.

La aritmética, como se llamaba la matemática, era un espectáculo, porque para las sumas y las multiplicaciones, se dividían entre grupos de niños y niñas, enfrentados en el tablero o pizarrón, a ver cuál grupo sabía más, al responder las operaciones acertadamente.

En trabajos manuales, nos ponían a dibujar lo visto en las salidas del colegio y a trabajar haciendo sillas, mesas y otras cosas, con las latas de las gaseosas, “espichadas y dobladas” previamente. Cuanto trabajo me costaba que quedaran firmemente paradas, esas mesas y esas sillas.

Pero si las clases eran importantes, también lo eran las sesiones de baile y comportamiento social, que teníamos los sábados, cuando bailábamos en parejas los bambucos y ritmos del interior, amén de los españoles y la música de cumbia, enseñada por Amparito Pérez, ilustre pamplonesa. Ella de verdad se esmeraba por darnos esas clases, porque aparte de darnos las técnicas de baile, nos enseñaba cómo se saca la pareja, cómo se conversa con las niñas, porque en ese tiempo no era factible estudiar en un colegio mixto, para hacerlo normalmente.

Un aspecto que recuerdo, fue la enseñanza sobre el manejo de una cooperativa. Lógicamente, con la dirección de las hermanas Cortés Gamboa, constituimos una cooperativa, la cual era la dueña de la “cafetería”, que aparte de ofrecernos artículos para los recreos, realizábamos ejercicios sobre el tema, hasta llegar a los momentos de dicha, cuando recibíamos los “dividendos” por nuestros ahorros en la misma.

La permanente enseñanza sobre la patria y sus símbolos era continua, como lo era la ceremonia de la izada de la bandera, la cual se realizaba en el patio con la presencia de todos los cursos (en dicha época eran hasta tercero primaria). La bandera la izaba un alumno distinguido, ante la envidia de quienes la queríamos izar. Luego de la ceremonia y de jurar fidelidad a la bandera, decían: “Sigan al salón”, y de vuelta a la normalidad.

Alcancé también a ir a clases de canto, que eran dirigidos por la señorita Matilde, en un segundo piso que quedaba sobre la calle 17. Salíamos felices después de aprender las canciones Mambrú se fue a la guerra, Los patitos, Simón el bobito y muchas más, las cuales disfrutábamos mucho, como si fueran los éxitos del momento y nos las aprendíamos rápidamente.

Pero si algo era molesto para mí, eran los “pellizcos” que, como castigo nos aplicaban con gran sabiduría, porque nos dolía hasta el alma y esta es la hora que, ante un pellizco, confieso lo que yo no he hecho.

El amor, o lo que pensábamos era eso, también tocaba nuestros corazoncitos. Recuerdo cómo una niña de apellido Mejía me aceleraba el pulso y tal vez como ahora se dice, no le era tan indiferente, pues me dijo que aceptaba ser mi novia, pero el requisito obligatorio era que fuera a hacerle visita en cicla. Me encantó la idea, tenía cicla, pero mi madre me impidió el romance, porque le daba miedo que me fuera en cicla. Como no podía cumplir lo exigido, no pude tener novia, mi madre me frustró el primer amor.

Los recreos los utilizábamos para jugar balón y pensábamos en ser los sucesores de los uruguayos del Cúcuta Deportivo. Pero los encuentros más importantes eran los de “quemados” que disputábamos entre niños, con niñas, o contra niñas, en eventos muy animados y de reñido desenlace.

Algo para destacar es que, al pasar a cuarto primaria, los 4 niños que estábamos en tercero: Raúl Canal, Domingo Monsalve, un niño de apellido Villamizar cuyo nombre no recuerdo y yo, queríamos hacerlo en el Colegio Calasanz. Luego de los exámenes que nos hizo individualmente el padre José, en especial pintar el mapa de Colombia, pasamos los cuatro y logramos llegar hasta sexto bachillerato Raúl, Domingo y yo.

La educación del Gimnasio Domingo Savio, según decían nuestros padres, era muy buena y realmente así lo creo, porque su calidad como la propaganda, “volaba de boca en boca” por la ciudad.

No me quejo, lo pasé bien, recibimos buenas bases morales y de instrucción, por lo cual le tenemos un gran agradecimiento a nuestras profesoras Cortés Gamboa, ya desaparecidas, y con orgullo decimos que, “estudiamos donde las Cortés”.

Oscar Peña Granados

Sofía Cortés Gamboa

Recuerdo con bastante claridad la corta etapa que pasé en el Gimnasio Domingo Savio, ya que fue la primera institución escolar a donde asistí en calidad de alumno. Fue bastante difícil adaptarme a la disciplina de un colegio, ya que hasta entonces había disfrutado de absoluta libertad de movimientos y se me permitía vagar por horas en la casa o en el solar adjunto, donde perdía mi tiempo en el más delicioso ocio.

El colegio estaba situado en una amplia y antigua casona, situada en la esquina de la avenida cuarta con calle 17, a tan solo cuadra y media de mi casa. Llevaba el nombre de un Santo nacido en Italia que murió a los 15 años y que tenía como lema “morir antes que pecar”. Era regentado principalmente por las hermanas Sofía, Helena y Josefina Cortes Gamboa, encargadas de la administración y la cátedra.

Tenía el aspecto común de estas construcciones cucuteñas que han ido progresivamente desapareciendo: un portón grande de acceso, seguido por un zaguán que terminaba en una segunda puerta –contra portón me parece la llamaban- más pequeña, la cual se abría hacia un patio grande con muchas matas y flores.

El patio estaba rodeado por un pasillo en forma de L, alrededor del cual se alineaban los salones de clase. Las paredes de la parte antigua eran de adobe y no tenían la uniformidad del acabado del ladrillo, pero estaban bien conservadas, tenían ventanas grandes hechas en madera que junto con los techos altos ayudaban a disipar el calor. En la parte posterior, se había añadido una construcción más moderna para que hiciera las veces de otro salón y había también un patio de juegos.

Recuerdo igualmente que, en ese año de 1958, se construyó un estanque que fungía las veces de piscina y que fue inaugurado con bombo y platillos, siendo muy disfrutado por los alumnos, ya que eran pocas las oportunidades de acceso a piscinas en esa época.

Después de la visita protocolaria para la matrícula, llegó el momento de iniciar el año escolar y la primera actividad oficial fue, el examen de clasificación que definiría si quedaba en kínder o era promovido al primer año de la primaria. Para mi fortuna, consistía en una prueba de lectura, la cual yo dominaba a la perfección, pues el año anterior le había pedido a mi mamá, me enseñara a leer, para poder ojear la colección de libros de Monteiro Lobato, propiedad del hermano mayor y las aventuras dominicales de los periódicos capitalinos.

Mamá no seguía las recomendaciones de enseñanza de María Montessori, sino las de “María Pelliscori”, para corregir los errores, técnica que por la época también usaban algunos docentes, por lo cual rápidamente leí de corrido y sin errores, y así terminé sentado en el salón de primero primaria, saltándome el Kínder.

Ese primer día, también me sucedió algo que, posteriormente vi dibujado en un episodio de la tira cómica de Calvin Hobbes. Ignorante por completo de la rutina escolar, decidí aprovechar que los columpios habían quedado súbitamente libres y el patio a mi disposición, y seguí mis juegos hasta que, una de las profes llegó a buscarme, preocupada porque no aparecía en el salón de clases.

Recuerdo como compañeros de curso a mi primo Juan Lizarazo Granados, a un amigo de toda la vida, ya que nos volvimos a encontrar en el Calasanz: Carlos A Rodríguez Duarte, los hermanos Bustamante (a quienes nunca más volví a encontrar); y como era mixto estaban María Eugenia Lara y las hermanas Consuelo y Clara Inés Lizarazo Niño, y otras que la memoria no registró.

El salón lo compartíamos con los alumnos y alumnas de segundo primaria, alternándonos los puestos de la primera fila, cercanos a la profesora y el tablero; y compartiendo los pupitres, que en esos tiempos no eran provistos por la institución, sino que debía ser llevado por el alumno. Así, por ejemplo, yo prestaba mi pupitre a Humberto (Beto) Barrera, cuando llegaba el momento de que los más grandes recibieran su clase y me sentaba en su sitio en las filas de atrás.

Esos momentos los utilizábamos para leer libros, que depositábamos en un fondo común a comienzos de año o para hacer tareas. Recuerdo mi decepción porque nunca logré intercambiar mi libro de historias, viejo y poco atractivo, heredado de mis hermanos mayores, con el colorido texto de hermosos dibujos con las aventuras de un elefante que era propiedad de mi condiscípula Clara Inés Lizarazo, a quien además le admiraba “esos huequitos en tus mejillas”, como dice el vallenato.

El aseo era importante y las profesoras pasaban estricta revista en especial un día a la semana, con revisión de dientes, orejas, uñas y zapatos. Quien era sorprendido violando las normas, no podía ingresar al salón hasta corregir la falta, por lo cual las rosas se quedaban sin espinas, que eran usadas para limpiar las uñas y las hojas para limpiar los zapatos.

Como corría el año 1958, año del Mundial de Suecia en el cual ganó Brasil y apareció el genial Pelé, el colegio también decidió organizar un torneo de fútbol con todos los juguetes y las niñas organizadas en barras. Recuerdo que formé parte de uno de los equipos, no recuerdo el marcador final, pero sí que, después de ese primer partido, la entrenadora imitando a Zidane, decidió condenarme a la banca.

Así entre aventuras y desventuras, aprendiendo las operaciones matemáticas básicas, perfeccionando la lecto-escritura, pero además conociendo las obligaciones de la vida escolar, pasó ese primer año.

El país también estaba aprendiendo nuevamente a vivir en paz, con la transición a la época del Frente Nacional y olvidando un poco la violencia partidista. Sin embargo, sufrimos un intento de golpe de estado que nos sorprendió en clase y que obligó a la evacuación del colegio, con gran susto de los alumnos que no entendíamos la preocupación de nuestros padres y los preparativos para un posible período prolongado de toque de queda.

Cuando llegó el momento del acto final, las profesoras decidieron montar con los niños del primer año una obra musical llamada “Los enanitos”. El disfraz recreaba la figura de un gnomo, era de colores rojo y amarillo; pantalones que cubrían los pies y terminaban en una curva; gorro largo terminado en pico y luenga barba blanca. A pesar de los peros de la profe, quien opinaba que mi talla superaba las características de un enano, me empeñé en ser parte de los artistas y logré, gracias al empeño de mi madre, un precioso disfraz muy bien confeccionado.

El Teatro Guzmán Berti fue el escenario para el montaje de la obra y desde entonces quedé encantado con las facilidades que tenía el teatro (camerinos, foso para orquesta, luces, etc.), para la presentación de obras y lamenté profundamente su desaparición. Afortunadamente se preservó el Teatro Zulima que tiene algunas de estas características.

Ya había tomado la decisión de seguir a mi hermano a otro colegio más grande, por lo cual, mientras se apagaban las luces del escenario dejando de iluminar a los enanitos, dije adiós al Domingo Savio y a mis compañeros, uno de los cuales aún es mi amigo, para buenos y malos momentos.

Hace poco recorrí mis pasos por ese barrio La Playa y busqué la esquina donde había estado el colegio, llevándome la decepción de encontrar uno más de esos bloques cuadrados de ladrillo y metal, sin ninguna pretensión arquitectónica, encogiéndoseme el corazón, al comprender que esa época se fue para siempre y van desapareciendo los vestigios.

 

 

 

Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

lunes, 5 de julio de 2021

1904.- LAS GLORIAS DEL DEPORTE Y EL OLVIDO

La Opinión


Carlos H. Ortega R. y Rolando Serrano Lázaro, en la celebración del día del ‘futbolista cucuteño’, 
el 26 de diciembre de 2019, en la cancha de Guimaral. El evento lo organiza hace varios años, 
el ex Cúcuta Deportivo Pedro Nel Barbosa.

 

Cuando me encontraba como la mayoría de colombianos, viendo el partido de fútbol de la selección, tuve oportunidad en casa de unos amigos de coincidir con una de las glorias de este deporte: Rolando Serrano. 

El tiempo que dura el encuentro, es la oportunidad de escuchar de viva voz, lo que ha sido gran parte de la historia del fútbol colombiano, contada por uno de sus protagonistas, de quien podría decirse que, entre las muchas anécdotas con las que deleita una reunión, probablemente una de las que mejor dicen lo que fue Rolando como jugador, fue una, entiendo que a mediados de los años 60, cuando el jugador oriundo de Pamplona, jugaba para el club capitalino de los Millonarios y vino con un equipo de fútbol el rey Pelé. Al final del encuentro, los comentaristas deportivos, coincidieron en el comentario final de lo que fue el encuentro deportivo, “Vinimos a ver a Pelé y terminamos viendo a Rolando Serrano”.

Esa es apenas una anécdota de las tantas que viven nuestros jugadores de fútbol, que hoy en día se recrean en la serie de televisión que Caracol emite sobre la selección.

La historia de nuestros jugadores en esos años, los 50, 60 y muy entrados los 70, es la historia de quienes disfrutaban de la fama de ser conocidos por su actividad, pero también es la historia de lo que en ocasiones tenía que hacer el jugador de fútbol, para realizar actividades que nada tenían que ver con ese deporte, y que le permitieren ganar algún dinero de más, para el sustento de sus familias.

Claro, en la época de Rolando no se firmaban los millonarios contratos que hoy en día hacen Falcao y James.

Hay anécdotas, como la de algún jugador del Cúcuta en esa época, que llevaba unas botellas para Bogotá, y cuando llegó al aeropuerto le preguntaron por su contenido: “Es agua bendita agente, nos ayuda a ganar el partido”, le responde el jugador. ¡Pero si tienen es whisky! -ante la evidencia, le responde el agente-. Ante lo cual el jugador con una salida muy nuestra, responde a grito entero: “Se hizo el milagro, se hizo el milagro”.

Rolando Serrano hizo parte de la selección Colombia en el mundial del 62’ en Chile, equipo que pasó a la historia, cuando después de ir perdiendo 4 a 1, con uno de los mejores equipos del mundo en ese entonces, Rusia, y además contaba con el considerado también mejor arquero del mundo, Yashin, nuestro equipo reacciona y logra el histórico 4-4, con un gol olímpico de Marcos Coll, constituyéndose ésta en una de nuestras mejores páginas en la historia deportiva.

Es propio del ser humano con frecuencia incurrir en actitudes de insolidaridad y olvido, y aún más, con quienes, en otros años, nos han dado satisfacciones y glorias en su momento.

Rolando es un hombre que afortunadamente en su vida ha logrado un nivel que, le permite deleitarse con sus anécdotas y recuerdos que son muchos, y también porque de manera afortunada, la vida le ha dado la oportunidad de encontrar un amigo, un cucuteño abierto y solidario, que con su amistad, día a día le hace un reconocimiento a lo que fue su gloria, y quien silenciosamente se ha convertido en un mecenas, de algunos jugadores del Cúcuta deportivo, muchos de ellos ya olvidados, y ese amigo de Rolando, es la voz de apoyo de aquellos que hace algunos años fueron figuras, pero que con el paso de los años no encontraron una buena posibilidad de vida.

Si hay alguien que los tienen totalmente olvidados, a figuras como Rolando, es la clase política, que nunca han pensado en su bienestar, que han celebrado sus goles y triunfos, pero después, cuando más lo necesitan, se olvidan.

Por ahora, muy grato encontrar a una de las glorias del fútbol y que siga ganando Colombia.


 

Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

sábado, 3 de julio de 2021

1903.- EMPRESAS DE ANTES DEL TERREMOTO

Gerardo Raynaud (La Opinión)



La historia empresarial de la ciudad se remonta casi que a sus mismos orígenes. Es interesante conocer la evolución que se presentó desde sus mismos inicios, en cuanto a su actividad empresarial, que podemos decir fue el ejemplo que siguieron, con el tiempo, otras ciudades del país.

A diferencia de los grandes empresarios del transporte de otras regiones del país, cuyo principal servicio era terrestre, en Cúcuta don José Manuel Sánchez Soto se dedicaba al trasporte fluvial. Dice el ingeniero Virgilio Durán en su libro “Antes del Terremoto” que el señor Sánchez es “el primero de los grandes transportadores de Cúcuta”. Asegura que para el año 1848 poseía media docena de bongos y una canoa que le permitía transportar por el río Zulia, desde el Puerto de los Cachos hasta la población de Encontrados y luego por el Catatumbo y viceversa, para empalmar con las embarcaciones que llevaban y traían mercancías desde y hacia Maracaibo.

La situación de aislamiento del valle de Cúcuta por encontrarse en medio de caudalosos ríos, fue desde el comienzo de su vida ciudadana uno de sus principales problemas. Recordemos que sus pobladores tuvieron que solicitar la creación de una parroquia en ese valle para evitarse el traslado al “pueblo de indios” (actual San Luis) para asistir a la misa dominical, lo cual implicaba tener que vadear el río con sus correspondientes riesgos.

Sociedad Puente de Cúcuta

Pues bien, una vez establecida la parroquia, que sabemos tomó el nombre de San Joseph de Guasimal, según la escritura de la época, el cruce de los ríos que aislaban el naciente poblado se hacía en pequeñas embarcaciones, especialmente en canoas, lo que dificultaba el tránsito, sobre todo de mercancías. Con el auge producto del creciente intercambio, fue tomando forma la idea de construir un puente sobre el Pamplonita, en un punto que permitiera el acceso no sólo al interior del país sino a las poblaciones del vecino país.

Por esta razón, a mediados del siglo XIX y luego de una serie de reuniones entre los comerciantes de la ciudad, los funcionarios de las principales instituciones sociales y las autoridades locales, se decidió constituir una sociedad que emprendiera la construcción del puente que a la postre se llamó “Puente de Cúcuta”. Según los registros notariales que sobrevivieron a la hecatombe del sismo, parece ser la primera ‘gran sociedad anónima’ que se creó en el año 1858, con un capital considerable para ese momento, pero que se ajustaba a los requerimientos presupuestales necesarios para la acometer la construcción prevista.

La sociedad se constituyó con un capital de $32.000 y su principal objeto social quedó plasmado así: “…construir un puente de cantera y cuatro arcos sobre el río Pamplonita, un poco más debajo de donde desemboca la quebrada Juana Paula, con una casa al occidente y un cuarto al oriente que sirvan de habitación al encargado de cuidar el puente.

Estas obras deberán ser costeadas de un todo por los ingenieros italianos Martelli y Querubini, de modo que al entregar la sociedad Puente de Cúcuta, pueda entrar de lleno en el uso de ellas sin necesidad de hacer ningún gasto por la cantidad que han sido contratadas”. El contrato estipulaba el plazo de entrega de la obra, en 24 meses y su costo, de $32.600.

Piombino Hnos. & Cia.

La siguiente empresa, podemos afirmar fue la primera empresa binacional creada en la ciudad. Se trataba de una Sociedad Mercantil Colectiva que se identificaba con el nombre de Piombino Hnos. & Cia. cuyos socios eran los ciudadanos italianos, residentes en San Cristóbal, Pedro Della Torre y Miguel Marré y los hermanos Bartolomé y Esteban Piombino, el primero residente en Maracaibo y Esteban residente en Cúcuta. La sociedad tenía establecimientos comerciales en las tres poblaciones, manejados con cuentas separadas pero que constituían un todo indivisible para los efectos legales de distribución y de liquidación. Desde 1861 venían laborando como independientes, pero con el correr de los días los negocios crecieron y vieron que la mejor manera de progresar era formalizando sus relaciones sociales.

Por esa razón, en 1865 formalizaron la sociedad, estableciendo que su duración sería hasta el 31 de diciembre de 1868 y que quien quisiera retirarse al cumplirse el término debía comunicarlo con seis meses de anticipación. Además, se implantó la prohibición a los socios de “contraer otros negocios” por su cuenta o por cuenta de la sociedad, sin su debida autorización.

La escritura de protocolización registra todos los detalles necesarios para resolver los problemas que pudieran presentarse, incluyendo los casos de defunción y el primero de mayo de 1865, firmaron la escritura en la Notaría de Cúcuta. Bartolomé, dio poder a su hermano para la firma oficial de la escritura, los demás se hicieron presentes, así como los testigos Luis A. Gandica y Elbano Mazzei.

Compañía del Camino de San Buenaventura

La Compañía del Camino de San Buenaventura, es la empresa que se creó para el manejo del contrato de concesión para la construcción de “un camino de herradura carretero de San José de Cúcuta al puerto de San Buenaventura sobre el río Zulia”.

No es de extrañar las frecuentes triquiñuelas que envuelven los contratos de obras públicas en el país. Empecemos por contarles que este contrato fue otorgado al más alto nivel; por el presidente del Estado Soberano de Santander, el doctor José María Villamizar Gallardo, en marzo de 1865 al ciudadano Juan Aranguren, empresario marabino que además tenía ciudadanía norteamericana, quien lo cedió dos meses después al general Domingo Días, militar venezolano.

El contrato de la construcción se protocolizó mediante unas escrituras públicas bastante extensas que señalaban un capital social de $450.000 distribuido en 4.500 acciones con un valor nominal de $100 cada una. Todos los accionistas eran residentes en la ciudad y el mayoritario estaba en cabeza del Distrito de San José (el municipio de Cúcuta).

En el contrato se estipulaba, primero, la construcción del camino de herradura y tres meses después de terminado y de “estar en perfecto estado de tráfico” la construcción de un camino carretero, por lo menos, cuatro años después del camino de herradura.

Como es lógico suponer, se establecía un derecho de cobro de peaje “sobre las cargas que transiten por esa vía, bajo las bases y condiciones que fueron establecidos en los artículos siguientes”. Otro de los aspectos importantes incluido en el contrato de construcción de este camino, era que ya se contemplaba la utilización de esta vía como banca para los rieles de un ferrocarril, que años más tarde cubriría esta misma ruta.

Dado el auge que venía en ascenso desde que se logró el anhelado propósito de la independencia, gran parte del comercio internacional se desarrollaba utilizando la ruta del Lago de Maracaibo, preferible a la larga, costosa y demorada vía del río Magdalena, aprovechando, además, las ventajas de las casas comerciales extranjeras que se habían establecido en Maracaibo y mantenían estrechas relaciones comerciales, tanto con el viejo continente como con Norteamérica. Esas casas comerciales eran en su mayoría alemanas e italianas, que se expandieron a la Nueva Granada, empezando en Cúcuta y Bucaramanga, constituyéndose en las primeras grandes comercializadoras del país, cuyos mayores negocios giraron en torno a la exportación de café a finales del siglo XIX pero que comenzaron exportando cacao, quina y añil.

La Compañía del Camino de San Buenaventura, de la que hemos hecho su reseña ya, debía ser “apto uno para el tráfico de recuas, que tenga por lo menos ocho metros de desmonte y dos de piso firme, con todos sus puentes, calzadas, terraplenes y demás obras necesarias para que sea fácil y seguro el tráfico, tanto en la estación lluviosa como en la seca”, según se lee en los primeros artículos del Contrato. La visión de futuro que ya se avizoraba en 1865, fecha de suscripción del Contrato, puede leerse claramente en el artículo 20 que a la letra dice:”…igualmente se reserva el Gobierno el derecho de rescindir el presente contrato en el caso de que durante la permanencia en él, se presentare alguna propuesta para la construcción de un ferrocarril sobre la misma vía, y fuere aceptada, en cuyo caso el empresario del camino carretero será indemnizado por los daños y perjuicios que le ocasione la rescisión del contrato”.

Compañía de Telégrafo Cúcuta

El telégrafo venía evolucionando técnicamente en el mundo, desde 1804, pero fue Samuel Morse quien produjo el primer modelo verdaderamente práctico, de manera que logró, en 1843, que el Congreso de los Estados Unidos aprobara y financiara la construcción de la primera línea telegráfica. En Colombia, en mayo de 1865, tras el éxito del telégrafo en Panamá, el gobierno convino crear la Compañía Colombiana de Telégrafo y en noviembre de ese mismo año, se inauguró la primera línea telegráfica entre Bogotá y Funza, extendiéndose paulatinamente hasta Facatativá y luego a Honda y Ambalema.

Fue tal el interés en desarrollar proyectos de conexión que el gobierno tuvo que promulgar la primera disposición sobre telecomunicaciones para regular el servicio, el decreto del 20 de agosto 1869. Mientras esto sucedía en el país, en Cúcuta se había constituido, el 2 de enero de 1869, la Compañía del Telégrafo de Cúcuta.

La empresa estaba conformada íntegramente por accionistas cucuteños así, Felipe Arocha, Joaquín Estrada, Jaime Fossi, Foción Soto, Juan N. González Vásquez, Carlos Luis Berti y Felipe Romero quienes firmaron la escritura de constitución ante el Notario Público del Circuito de Cúcuta, Manuel Salvador Bermúdez.

El objeto social quedó claramente definido en el artículo primero, “la Compañía del Telégrafo de Cúcuta, tiene por objeto la construcción y mantenimiento de una línea telegráfica que ponga en comunicación esta villa con la de San Antonio del Táchira, la dirección general de la Compañía estará en San José de Cúcuta”.

El capital social con que empezó a funcionar fue de mil pesos, distribuido en 100 acciones de $10 cada una. Las acciones fueron expedidas al portador, de manera que no se conocía la participación individual, puesto que se podían intercambiar mediante simple endoso.

En lo referente a la fijación de las tarifas, la misma escritura estipulaba “que, en las sesiones ordinarias, la Compañía fijará el máximum de la tarifa que deba cobrarse por cada despacho que se emita de esta ciudad a la de San Antonio del Táchira o viceversa, cuya tarifa la hará publicar por la imprenta o fijándola en la puerta de la oficina. Toda alteración que por cualquier motivo haya de sufrir dicha tarifa se hará conocer al público con la debida anticipación”.

Con el advenimiento del teléfono, los telégrafos fueron perdiendo preponderancia en las comunicaciones; posteriormente, nacionalizados y a finales del siglo XX, prácticamente desaparecieron del panorama.

La Fábrica de fósforos Cúcuta

El fuego fue considerado desde los tiempos más remoto un regalo de los dioses. Cuando el hombre, por fin logró dominarlo, aparecieron las empresas fabricantes de fósforos y de éstas, la primera de que tengamos noticia, se creó en la ciudad, el 7 de enero de 1868, por asociación que hicieran Rafael Rincones, Juan A. Boza y Gabriel Pérez Fabelo, cuando firmaron la respectiva escritura de constitución en la Notaria Primera de Cúcuta.

El promotor de tan sofistica empresa había sido don Gabriel Pérez, quien habitaba por los lados del Teatro Guzmán, cuando aún no le había sido adicionado el ‘Berti’. Don Gabriel era uno de ellos personajes multi-oficios, hacía de todo, era fotógrafo, relojero, calígrafo y en especial ‘polvorero’, conocimiento que había aprovechado para lanzar la idea de la fabricación ‘fosforera’.

Poco tiempo antes del terremoto, por causas que no fueron establecidas, se produjo un incendio que redujo a cenizas la planta. Algunos chismosos de la época, dijeron que había sido castigo divino por un trabajo realizado, con anterioridad, para unos hermanos masones, los cuales le pidieron que grabara el rostro del papa Pío IX en el fondo de unas bacinillas. Sus amigos le aconsejaron que no lo hiciera pues ¡¡con Dios no se juega!! y esa fue la consecuencia.

Compañía del Camino al Magdalena

Una de las empresas que no pudo consolidarse y que aún hoy, es una de las viejas aspiraciones del pueblo cucuteño, la comunicación con el río Magdalena. A pesar de todas las ventajas que ofrecía la ruta por los ríos Zulia y Catatumbo hasta Maracaibo, por el lago, los ciudadanos colombianos seguían convencidos de que algún día tendrían que usar ese camino para comunicarse con el Atlántico.

Para tal efecto y convencidos que esa necesidad debía satisfacerse un grupo de cucuteños propusieron la fundación de la Sociedad Anónima que se llamó Compañía del Camino al Magdalena tal como se había propuesto una empresa similar la Compañía del Camino a San Buenaventura. La única diferencia con la anterior, era que no hubo participación ni interés gubernamental en ella y la empresa nació como una aventura de las tantas que podía proponerse entre quienes podían aportar los recursos necesarios, aunque fuera para darle forma legal a la empresa, aunque se careciera de los demás para ponerla en funcionamiento, en especial las obras de infraestructura, que no han sido propiamente fáciles de acometer.

Para este fin, nuevamente reunidos en la oficina del Notario de Cúcuta, los señores capitalistas Foción Soto, Joaquín Estrada, Manuel Plata Azuero, Juan N. Luciani, Agustín Yáñez, Gabriel Gálvis y José Manuel Sánchez se dieron a la tarea de firmar una escritura en la que constituían la ‘Compañía del Camino al Magdalena’ en cuyo objeto social se leía “llevar a cabo la construcción de un camino de herradura que partiendo de San José de Cúcuta, pase por el Departamento de Ocaña y vaya a terminar directamente en el Magdalena o en uno de sus ríos tributarios que sea navegable por vapores”.

Se emitieron doscientas acciones de mil pesos cada una, de las cuales ciento cuarenta serían de propiedad del Gobierno Nacional y sesenta entre los miembros de la sociedad. Al parecer la idea no caló muy bien entre los representantes gubernamentales, pues el proyecto ni siquiera comenzó a operar y la sociedad se liquidó por sustracción de materia y con el terremoto terminó por enterrarse.

La Sociedad Filarmónica de la Unión

La Sociedad Filarmónica de la Unión, fue la primera sociedad cultural que se fundó y cuyo objeto era “uniformar y organizar los trabajos de los profesores y aficionados en el arte para su buena marcha y progreso creando fondos para atender a los gastos que demande el fin que se propone esta sociedad”.

De los estatutos que fueron radicados se deduce que se trataba más de una especie de cooperativa o de fondo de empleados, en fin, de una entidad sin ánimo de lucro en la que los aportantes depositaban en calidad de ahorros unos valores producto del veinte por ciento de lo que percibiera por el ejercicio de su profesión, desde el momento de su vinculación hasta el día de su retiro.

La Sociedad Filarmónica de la Unión tenía una organización en la que todos los directivos trabajaban ad honorem, menos el portero, toda vez que debía cuidar de las instalaciones del Teatro del Instituto Filantrópico, que quedaba ubicado, como se mencionó en una crónica anterior en el costado oriental de la plaza de la Caridad (Parque Colón), donde hoy se alza la Biblioteca Departamental.

Allí también funcionaba el Instituto Dramático, una escuela de arte dramático que hacía presentaciones en su teatro y cuyos ingresos se utilizaban para la construcción de la Capilla de la Caridad, que resultó completamente destruida con el terremoto. Muchos de nuestros grandes artistas estuvieron vinculados tanto a la Sociedad Filarmónica como al Instituto Dramático; por ejemplo, Salvador Moreno, Carlos T. Irwin, Isabel Áñez entre otros.

Compañía de Aseguros de Cúcuta

En el sector financiero también aparecen dos empresas que son dignas de mención, la primera es la Compañía de Aseguros de Cúcuta, única en el ramo de los seguros de mercancías, en una época en la que esta modalidad sólo era utilizada en las grandes capitales del mundo y por las grandes compañías transportadoras.

Para la firma de las escrituras constitutivas, el ahora Notario de Cúcuta, Juan Evangelista Villamil, citó en su despacho a los interesados, los más importantes comerciantes, especialmente aquellos que se dedicaban a importar y exportar productos, en ese entonces por la vía del puerto de Maracaibo a través de los transportes fluviales que navegaban por los ríos Zulia y Catatumbo.

Se hicieron presentes los representantes de las casas comerciales alemanas e italianas establecidas en Cúcuta, entre otros, Gilbert van Diesel y Miguel Chiossone, así como empresarios y profesionales que decidieron invertir en la empresa cuyo objeto social era “…asegurar una parte o todos los cargamentos que transiten por el
río Zulia en los términos, en los casos y bajo las bases y condiciones que se establecerán en los estatutos y en los demás reglamentos que tenga a bien acordar”.

La sociedad se formó con un capital de treinta mil pesos, distribuidos en 60 acciones de quinientos pesos cada una. Así mismo, acordaron inicialmente a asegurar sólo los efectos que se exporten por el río Zulia con dirección a Maracaibo, pensando más adelante extender este beneficio a la sal marina que se importe por esta misma vía.

El mayor accionista era el doctor Joaquín Estrada con 8 acciones, quien desafortunadamente falleció sepultado durante el terremoto; Felipe Arocha y Francisco de Paula Meoz que tenían 4 acciones cada uno, las demás estaban repartidos entre 26 accionistas. La compañía resultó tan exitosa que cuando se fundó Colseguros, ésta asumió el mismo modelo utilizado por la cucuteña.

Caja de Ahorros de San José de Cúcuta

Finalmente, la Compañía del Camino a San Buenaventura, en varias Asambleas realizadas en diciembre de 1870, se debatió el proyecto de creación de una Caja de Ahorros. Se trataba de invertir las utilidades que venía dando desde el inicio de sus operaciones, diversificando sus actividades. En la Asamblea del 26 de diciembre de ese año, en la sala de sesiones de la compañía se dio aprobación a la Caja de Ahorros de San José de Cúcuta y comenzó a funcionar el 1 de enero de 1871, bajo la presidencia de Aurelio Ferrero y con el apoyo de una Junta Directiva conformada por los mismos accionistas de la empresa matriz. La Caja de ahorros fue liquidada al igual que la compañía del Camino a San Buenaventura y tal vez absorbida por la Compañía del Ferrocarril de Cúcuta, años después del terremoto.





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

jueves, 1 de julio de 2021

1902.- ROLANDO SERRANO OPACO A PELE EN UN PARTIDO

 Felipe Valderrama  (elcincocero.com)

 


Rolado Serrano

 

La familia Osorio Serrano tiene el deporte por todos lados. Rolando Serrano fue un histórico futbolista y su hija Adriana una reconocida basquetbolista cucuteña. Ella se casó con Juan Carlos Osorio que estuvo en equipos como Quindío y Cúcuta, pero no llegó a la Primera División. El hijo mayor de la pareja también se dedicó al fútbol y ha vestido las camisetas de Fortaleza y Alianza Petrolera. Por último, la segunda hija, María Camila, es una de las grandes esperanzas del tenis colombiano.


Rolando nació en Pamplona en 1938 y muy joven se trasladó a Cúcuta. En el colegio Sagrado Corazón de Jesús empezó a jugar fútbol. A los 16 años viajó a Bogotá para probarse en Santa Fe y debió devolverse. Finalmente, el Cúcuta lo recibió y debutó en 1957 tras la lesión de Juan Carlos Pellegrino. Era un volante muy técnico y que combinaba su talento con sacrificio. Adolfo Pedernera lo vio jugar y se lo llevó al América de Cali en 1961.
 

Rolando Serrano a la izquierda con la Selección Colombia.

 

Ese mismo año el ‘Maestro’ llegó a la Selección Colombia y llevó a Serrano que vistió la camiseta número 10. Falló un penal en el partido definitivo ante Perú en la Eliminatoria, aunque finalmente la Tricolor clasificó al Mundial de 1962. En Chile no fue titular ante Uruguay en el debut, pero luego Pedernera lo puso de inicialista contra la Unión Soviética en lo que sería un histórico hecho deportivo. La Tricolor igualó 4 – 4 luego de ir perdiendo 4 – 1. Sería también sería titular en la derrota contra Yugoslavia.

El ‘Loco’, como lo llamaban, también hizo parte de la selección en la Copa América de 1963. En 1964 lo fichó el Unión Magdalena y en 1966 llegó a Millonarios.

Los capitalinos recibieron al Santos en 1967 en un partido amistoso. Fue el día de la famosa expulsión del ‘Chato’ Velásquez a Pelé y que terminó con el árbitro agredido y el ‘Rey’ de vuelta en la cancha, a solicitud de los aficionados que pagaron su boleta para ver al ‘crack’.

Ese día Serrano se jugó un partidazo con los azules y algún periodista dijo: “Vinimos a ver a Pelé y terminamos viendo a Rolando Serrano”.  El nacido en Pamplona salió aplaudido y en hombros luego de un gran juego.

No pudo ganar el título y se marchó al Junior donde estuvo de 1968 a 1969. Una lesión no le permitió estar en su máximo nivel, en 1971 jugó en Venezuela y finalizó su carrera en 1972 con el Cúcuta Deportivo.



Rolando Serrano con Millonarios.

 

Posteriormente siguió vinculado al fútbol como entrenador y haciendo parte de cuerpos técnicos. En 1990 se alejó definitivamente y se dedicó a sus negocios personales.

Su nieta María Camila Osorio es uno de sus grandes orgullos: “Cuando va a la casa, aparte de llorar y emocionarse al verme, me habla mucho: me dice que soy una berraca y que puedo llegar muy lejos. También me alienta diciéndome que soy toda una Serrano”, dijo la tenista en una entrevista para El Espectador.

María Camila ganó el US Open Junior en 2019 y se convirtió en la número uno del mundo en esta categoría. Tiene un gran camino por delante en el profesionalismo y esperar superar a su coterránea Fabiola Zuluaga. En una entrevista para Marca Claro Colombia expresó:

“Recuerdo que él, desde que yo era chiquita, me contaba sobre aquellas ocasiones en las que había jugado en tal o cual equipo. Con el tiempo fui olvidando los nombres, Amo a ese señor”.

 

 

Recopilado por: Gastón Bermúdez V.