Paul
Erasmo Charry Abril (Imágenes)

El mundo musical
conmemoró el pasado 10 de julio (2020) 20 años del fallecimiento a los 84 años,
en Medellín, del maestro Luis Uribe Bueno quien nació en Salazar de las Palmas
(Norte de Santander) en marzo 7 de 1916. La familia Uribe Bueno llevó al
pequeño Luis, de nueve años, a Guaca donde regentaba de párroco, uno de sus
tíos y músico por excelencia; al ver la inquietud del niño por la música decidió
instruirlo, le enseñaba notas y el sobrino deducía dos o tres, por lo que
avanzó rápido.
Después, ya jovencito,
vivió en Pamplona y comenzó la educación formal en la música a los 16 años,
radicado en Cúcuta y de la mano del maestro Pablo Tarazona perfeccionó el
aprendizaje, recibió su influencia para hacer música popular, junto a otros
músicos, Benjamín Herrera, Saturio Rangel, con ellos nació la Orquesta
Santander y luego el trío Los Norteños.
Ya en Bogotá
popularizó el bambuco El marco de tu ventana, conoció al maestro Lucho Bermúdez que en esa época reclutaba a
los mejores músicos de la capital, para conformar su orquesta y Luis Uribe
Bueno ejecutaba el contrabajo junto al maestro Alex Tovar (el de Pachito E’ché), la gran Matilde
Díaz y, otros. Viajan por Colombia a las grandes gestas musicales del gran
Lucho Bermúdez.
La orquesta radicada
en Medellín produjo Salsipuedes, el tema musical que catapultó a Lucho Bermúdez. Allí conocieron
para hacerse amigos de una familia de músicos y artistas, los Marín Vieco. De
la vida del maestro Luis Uribe Bueno en Medellín, Juan Carlos Mazo en su obra Historia contada y
cantada de la música andina colombiana, relata lo siguiente:
“En aquellos años
estaba en boga el concurso de Fabricato, el maestro Uribe Bueno se residenció
en la casa finca de Jorge Marín Vieco en la zona de Robledo y, en el tiempo
libre, pensaba y pensaba de qué manera podía hacer algo diferente para
participar en dicho concurso (corría el año de 1948). En una extensa entrevista
con el maestro Uribe Bueno, en su casa del barrio San Joaquín -del cual fue
fundador y uno de sus más queridos habitantes antes de que partiera y dejara de
acompañarnos con su sabiduría y enseñanzas, el 10 de julio de 2000, recordaba
lo que fue el instante de creación de aquella obra; cómo revolucionó el ambiente
musical de Medellín y cómo, a la postre, la obra llegó a ser un punto de
referencia en el futuro de la música andina colombiana…
“Al principio en
Medellín no podían convenir con que Luis Uribe Bueno, hiciera cosas que los
músicos de aquí no hacían.
¿Qué pasó con eso? Que
me ofendían a cada rato y me decían: oiga, extranjero, ya está escribiendo más
para el concurso [de Fabricato]. (…) A partir de El cucarrón fue como si me hubiera caído una maldición, porque
nadie quería convenir que esa obra se hubiera ganado el premio; para algunos no
era pasillo, pero para mí, sí. Era un pasillo y que más se iba a hacer. Un
pasillo diferente en armonización que metía cinco notas por golpe”…
“Yo subía al ensayo de
Lucho Bermúdez, arriba, donde hoy es Bellas Artes (en ese entonces, La Voz de
Antioquia) y cuando bajaba, me paraba en la puerta del Teatro Junín donde
ensayaba la orquesta del concurso porque yo iba cazando a ver a qué hora
escuchaba las notas del número mío.
Me paraba una hora,
dos horas, la orquesta ensayaba hasta cuatro horas. Al otro día lo mismo; duré
como tres días así y un día me dijo el portero: Señor ¿Por qué no pasa si es
que necesita a alguien? Entonces me hice en una esquina, cuando voy oyendo la introducción
de El
cucarrón”…
La historia de su
creación la contó así:
“En agosto, Jorge
Marín Vieco me llevó a su casa de Salsipuedes, en La Pola, como 15 días para
que cantáramos y tocáramos y tuvimos una buena amistad, gracias a un hermano
suyo que vivía en Bogotá y me recomendó con Jorge. Cuando empecé a pensar cómo
hacía para taparles la boca a los antioqueños, porque así lo pensé de la pura
rabiecita que tenía, dije:
‘Me gustaría ganar
algo en ese concurso, que todos los días anunciaban’. Por aquí va a ser la cosa
y para hacer algo para un concurso debe ser muy bueno o más bien no me meto,
pero la intuición me decía que se podía hacer una cosa distinta, nada de
dominante y tónica, que me chocaba mucho”.
… “Entonces, Jorge
Marín me cogió la maleta y me dijo: ‘Te vas para mi casa finca que yo allá
tengo una casita’, cuando dijo casita, pensé: ‘A lo mejor me está poniendo en
la mano todo, para que haga alguna cosa’. Y estaba yo sentado viendo esa gran
vista de Medellín, cuando ¡pam!, pasaban los cucarrones y le dije:
‘Jorge, qué se hace
con estos cucarrones que nos están pasando por encima, ¿no nos caen en la
comida? ‘ y me dijo: ‘No, no puede hacerse nada, hay que estarlos espantando’.
Hasta que vi uno como verde amarillento ¡chiiii, pam!, que se chocaba y al
momentico otro y yo dije: ‘Aquí de pronto hay algo” …
“Me puse a imitar con
los bajos y los chelos la entrada del cucarrón y después seguí con el vuelo. Mi
estimado amigo, hay que ver cuando eso sonó en el ensayo y el director de la orquesta
en el concurso, el maestro José María Tena dijo: ‘El que hizo este trabajo, lo
hizo quemándose las pestañas, porque este hombre sí sabe lo que está haciendo’.
Entonces yo estaba en
una esquina y le dije a otro portero que me dejara pasar a la sala, porque
tenía una razón urgente para el maestro; me dejaron pasar y del susto que tenía
de una vez me subí a la tarima. Entonces le dije:
‘Maestro, traigo una
razón muy linda para usted, ¿sabe qué?, el compositor de esa obra soy yo y el que
le vengo a traer la razón soy yo’. Y se quedó mirándome y me dijo: ‘Oiga pues, paren
ahí, no faltaba más, sino que ahora llegara este señor a decir que es el de El cucarrón’. ‘
¿Me permite que se lo
dirija?
‘ Y me dijo: ¿Tu
palabra, tu palabra que esta obra es tuya? ‘ Mirá, lo que se formó en la
orquesta fue un laberinto hasta raro, porque ellos me insultaban a mí sin saber
que yo era el que estaba ahí parado. Ese pasillo no podía ser pasillo para
ellos, acostumbrados como estaban a tónica y dominante …”
“Entonces el maestro
dijo: ‘Paren, dejemos que el maestro, que dice que es el compositor, hable’.
Entonces, yo pasé y vi algunos de los músicos que conocía y uno de ellos se
paró y dijo:
‘Él es uno de los
músicos del maestro Lucho Bermúdez y
además de tocar el bajo leyendo, sabe música, porque él era traído de Bogotá. Allá
en la capital lo respetan y le quieren mucho y saben que él toca mucha música y
los arreglos que hace aquí también los hacía allá’.
Entonces, a todos se
les bajaron los humos y se sentaron y ninguno dijo más nada y lo bonito fue que
en ese momento todos reconocieron que estaban metiendo la pata” … “Tranquilos muchachos,
les dije, yo estoy acostumbrado a eso en Bogotá, olvídense de esa pendejada, en
Bogotá me dijeron lo mismo, que yo me estaba tirando la música y ahora están
diciendo que le estamos dando forma a la música”.
… “Entonces, el
maestro me la dejó dirigir una vez, pero me gustó más la dirección de Tena,
porque él ya se interesó más, porque había una persona que le estaba vigilando y
tenía que aparecer como un gran director, no dejarse coger de mí” … “Después me
invitó a su casa, me presentó con su señora y desde ahí, en las cosas que él
tenía duda me las preguntaba, sobre todo en la escritura del bambuco, que lo
hacía en ¾ y se le cruzaba la orquesta”.
Luis Uribe Bueno a la
edad de 32 años, comenzó a constituirse en uno de los pilares de la música
andina colombiana y El cucarrón, en una de sus piezas principales. Ésta podría ser descrita
como la primera obra impresionista colombiana y también como uno de los
primeros pasillos que fue escrito para orquesta sinfónica; pues como él dijo:
“Lo que se hacía en el
concurso eran recreaciones de piezas que podrían describirse como simples”… Con
El
cucarrón,
Luis Uribe Bueno mostró efectivamente que la música andina tenía otras
posibilidades y que era cuestión de conocimiento y de preparación de los músicos,
pues aún era grande el desprecio que los ‘músicos serios’ tenían por esta expresión
colombiana que había sido relegada en buena medida a personas de conocimientos
primarios.
La pelea llegó a tal punto
que, si a un músico de conservatorio lo veían haciendo música popular, era
causal de despido. De ahí las primeras y segundas voces lineales y paralelas
que, no permitían un mayor lucimiento de los cantantes en duetos y de ahí los
acompañamientos simples de un mismo circulo armónico que, acompañaron los aires
andinos por largo tiempo.
Cuando la música
andina tuvo grandes músicos, fue grande. Con Luis Uribe Bueno no nació nada, él
solo utilizó unas herramientas que hasta entonces no se habían usado, quitó la
venda de los ojos a los músicos y señaló un camino. Y siguió haciéndolo, porque
al año siguiente volvió a ganar el concurso de Fabricato con otra invención que
cautivó, al unir en una misma obra el pasillo, el joropo y el bambuco; ese fue
su Pajobam
y
en 1950 ocurrió lo mismo, esta vez con un bello pasillo para saxofón y
orquesta, llamado Caimaré; en 1951 se llevó también el máximo reconocimiento
con el pasillo El duende, pronto estuvo vinculado a la industria discográfica,
como arreglista y director musical”.
Juan Carlos Mazo en la
misma obra dice:
“Desde 1938 venía
trabajando un dueto que fue el más popular de Colombia, querido y odiado,
forjador de un estilo para la interpretación de la música colombiana y uno de
los más vendedores con una producción de 50 discos, se trata de ‘los príncipes
de la canción colombiana’, Garzón y Collazos”.
El maestro Darío
Garzón se había radicado en Ibagué desde los seis años de edad, allí, un día
cualquiera jugando a la orquesta, tocando peinilla, se encontró con Alberto
Castilla, el hombre que se echó al hombro la música andina colombiana, el
creador del Bunde
Tolimense, himno
de ese departamento y una de las más bellas canciones, tanto en la parte vocal como
la instrumental.
Castilla lo invitó a pertenecer
al conservatorio de Ibagué, su creación, que fue el primero de enseñanza musical
en Colombia, ese día Garzón vio cumplido su sueño porque allí aprendió a tocar
clarinete, fagot, algo de flauta y los instrumentos típicos colombianos.
Juan Carlos Mazo, cita
a Hernán Restrepo Duque quien comenta más de su vida:
“Colaboraba con algunas orquestas populares y daba clases a
domicilio, además de colaborar con los profesores del conservatorio, en donde
era el cantante de un conjunto típico que orientaba Federico Flórez y en donde
encontró a Eduardo Collazos, cuando éste entró a tocar tiple”.
Continúa su narración
Juan Carlos Mazo:
“Garzón y Collazos, al
lado de Aureliano Lucena y Alcides Lerzundy, formaron en el conservatorio “Los
Cuatro Alegres Muchachos”, grupo con el que fueron celebres en el club Mary
(Ibagué). En 1938 se disolvió el grupo y se formó el dueto y en toda Colombia
comenzó a rodar la fama de Garzón y Collazos”.
Luego habla del éxito
que tuvo el dueto en Bogotá y de la rivalidad con los duetos antioqueños y del
eje cafetero, más adelante comenta de las grandes y exitosas giras nacionales,
como la que hicieron acompañados del ya famoso Carlos Julio Ramírez, quien
triunfaba en Estados Unidos, en esas memorables presentaciones volvieron a poner
de moda canciones como Las campanas del olvido y Grato silencio; ya la fama se volvió
internacional y en una disquera extranjera en 1947, grabaron El Pescador, que fue una canción
de proporciones mayores y que nació de una antigua guabina tolimense titulada
originalmente La Sombrerera.
Siguieron lanzando nuevos
discos, títulos como Hurí, Te juré mi amor y Camino eterno, después de grabar nuevas canciones como El contrabandista, también hicieron en
su versión, temas internacionales como El limonar, realizaron la primera versión grabada del Bunde Tolimense; radicados en Bogotá
incrementan su popularidad, ya que aparte de la radio capitalina, contaban con
televisión nacional, allí abrieron el restaurante el Sanjuanero que, fue el
sitio que frecuentaban los amantes de la música andina colombiana. Garzón y
Collazos consagraron a los dos más célebres personajes de la música colombiana,
José Alejandro Morales y Jorge Villamil, sus compositores de cabecera.
Al respecto dice Juan
Carlos Mazo:
“José Alejandro
Morales fue compositor, tiplista y cantante santandereano, nació en el Socorro
(1913). Estando muy joven, se trasladó a Bogotá, donde forjó su carrera
musical. Desde siempre mostró esa vena artística y esa facilidad para componer,
por lo que hizo buenas migas con otro grande de los aires criollos, el tiplista
Pacho Benavides, considerado uno de los mejores ejecutantes de este
instrumento.
Fue precisamente el
dueto Garzón y Collazos el que primero grabó sus obras. De ellas basta
mencionar títulos como Doña Rosario, María Antonia, Campesina santandereana, y la canción más
importante de José Alejandro Morales y una de las infaltables en el repertorio
andino, Pueblito
Viejo.
La relación del dueto comenzó a deteriorarse y
se desintegró en 1959, aunque siguieron cumpliendo algunos compromisos
contractuales adquiridos. Pasaron apenas dos años y el dueto nuevamente se
unió, gracias a una disquera.
Para esta nueva
producción, Garzón tuvo el acierto de contar con un joven compositor huilense
que había llegado a Bogotá de tiempo atrás, médico de profesión y especializado
en la ortopedia, se trata de Jorge Villamil Cordovez. Este personaje, al lado
de José Alejandro Morales, terminó por perfilar el estilo del dueto, con
canciones que tenían una nostalgia campesina y sin dejar de lado una tendencia
de problemática social, como la que a él le tocó vivir, cuando por la violencia
debió dejar la hacienda donde vivió, el Cedral, en Huila, por allá en los años
treinta.
De su inspiración
salieron temas como el retorno de José Dolores, Sabor de mejorana, Adiós al Huila,
Oropel, Los remansos, Al Sur, Amor de hiedra, Si pasas por San Gil, El barcino,
La estampida, Tambores de Pacandé y muchas más. Pero fue el tema Espumas, el que definitivamente lo catapultó al éxito de la mano de
Garzón y Collazos.
El mismo Restrepo
Duque la cataloga como la canción colombiana de los años sesenta”.
Pero no podía faltar
la mano de otro grande en los éxitos de la brillante carrera de Garzón y
Collazos.
Juan Carlos Mazo
remata la información sobre el dueto diciendo:
“Detrás de las producciones
y de los éxitos de Garzón y Collazos también estuvo Luis Uribe Bueno, como
director musical y arreglista en varios discos; aunque él mismo afirmó que, por
lo débiles de sus voces y por su estilo, era muy difícil hacer algo diferente, ir
más allá, mostrar otro color de los aires criollos; así que se limitó a hacer
ciertos acompañamientos con el requinto, el tiple o la guitarra, a hacer
algunas introducciones o a incluir otros instrumentos, como la participación de
Jaime Llano González al órgano”.
Recopilado por: Gastón Bermúdez V.