PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

TERREMOTERO -Reconocimiento, enero 2018-

Apasionantes laberintos con inspiraciones intentan hallar rutas y permiten ubicarnos en medio de inagotables cascadas, son fuentes formadas por sudores de ancestros. Seguimos las huellas, buscamos encontrar cimientos para enarbolar desprevenidos reconocimientos en los tiempos. Siempre el ayer aparece incrustado en profundos sentimientos.

Corría finales del año 2008, Gastón Bermúdez sin advertir y sin proponerlo, inicia por designios del destino la creación del portal CRONICAS DE CUCUTA. Parecen haberse alineado inspiraciones surgidas por nostalgias. Gran cúmulo de vivencias, anécdotas, costumbres y añoranzas, fueron plasmadas en lecturas distintas.

Ya jubilado de la industria petrolera venezolana, recibió mensaje que expresaba una reunión de amigos en Cúcuta. Tenía más de cuatro décadas ya establecido de forma permanente, primero en la ciudad del puente sobre el Lago y después en la cuna del Libertador. Viajó ilusionado, acudió puntual a la cita desde Caracas. Encontró un grupo contemporáneo, conformado por amigos ex-jugadores de baloncesto y ex-alumnos del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

La tierra cucuteña levantada desde primeras raíces plantadas, siempre acompañó todos los hijos ausentes. Cuando encontramos distantes los afectos, creemos separarnos de recuerdos. Nos llevamos al hombro baúles de abuelos, cargamos con amigos del ayer, empacamos en maleta la infancia y juventud. Muchas veces una fotografía antigua, atrapa y confirma que nunca pudimos alzar vuelo.

Entonces por aquellos días apareció publicado ´La ciudad de antaño´, parido desde generosa pluma con sentido de identidad comprometida, fue el mártir periodista Eustorgio Colmenares Baptista dejando plasmados recuerdos de finales de los 50 y años 60. Sin querer, esas letras fueron presentación inaugural de CRONICAS DE CUCUTA. Los Inolvidables sentires viajaron al modesto grupo de amigos y abrieron compuertas para afianzar arraigos de infancia. Don Eustorgio culmina la crónica con frases retumbando las memorias: “Había muchos menos avances tecnológicos a disposición de la comunidad, pero vivíamos como si nada nos faltara. Nos bastaba con vivir en Cúcuta”.

Sentires intactos, ahora plasman recuerdos en calles transitadas por niños que fuimos. Nuevamente los arraigos hacen despejar las avenidas a los rieles del antiguo ferrocarril. Nos bastaba con vivir en Cúcuta. Asoman madrugadas entre indetenibles remembranzas y añoranzas.

Sin planificar nada, Gastón compartía vía internet las crónicas del Diario La Opinión aparecidas cada ocho días en lecturas dominicales. Sin saber, creció el portal CRONICAS DE CUCUTA. Cada acontecimiento recopilado se convertía en homenaje In Memoriam para hombres y mujeres que dejaron muy alto el Valle de Guasimales. Igualmente, exalta la dignidad con reconocimiento a grandes glorias del ámbito artístico, cívico, periodístico, religioso, deportivo, cultural, social y político.

Oficialmente se convierte en PORTAL WEB el 7 de octubre 2010. En forma admirable acumula ya 1.329 recopilaciones tipo crónicas, casi todas extractadas de periódicos y publicaciones locales, libros populares, escritos nacidos de historiadores, periodistas, inéditos autores y muchos escritores del Norte de Santander. El portal permite hallar el original ADN ancestral y ubica el sentido innato de pertenencia cucuteña. Llegó un día a la vida de todos los internautas, igual como aparecen las buenas nuevas, sin avisar, sigilosamente introduciéndose en las cortezas que somos y las venas que siempre fuimos. Su creador, nunca imaginó un buscador que tocara el alma y menos tallar imborrables despertares en ávidos ojos de lectura.

Aparece ahora como paso determinante para navegar en referencias de Cúcuta. Asegura a nuevas generaciones herramientas para afianzar valores jamás perdidos. La perspectiva futura para ámbitos históricos, culturales, sociales y deportivos, harán necesario considerar el Portal como insigne buscador de consulta e informativo. Importante archivo tecnológico para infantes en colegios y escuelas. Podrá acceder directamente cualquiera a profundos arraigos allí recopilados. Casi imperativo considerarlo como salvaguarda del sentido de identidad y pertenencia.

CRONICAS DE CUCUTA se convirtió en sugestivo repaso de acontecer histórico, recopilado en 19 capítulos o clasificaciones. Portal libre, siempre abierto a todo aquel deseoso por descubrir datos históricos, biografías, nombres de grandes personajes, fechas emblemáticas, sucesos de vida social, cultural, deportiva, religiosa, artística y política. Formidable vía adentrándose en acontecimientos del siglo XVIII hasta nuestros días. Todo expedicionario oriundo se encontrará representado en cada letra, apellido, dato, foto y fecha. Todos volverán a observar las luces de la gran ciudad en medio de rutas por hallar orígenes.

CRONICAS DE CUCUTA no debe tener como destino el olvido, deberá asegurar a nietos de nuestros nietos, inquebrantables lazos surgidos de nostalgias, recuerdos y añoranzas. CRONICAS DE CUCUTA es herramienta tecnológica para demarcar el hilo conductor entre hoy y ayer. Parece luz encontrada en días oscuros, nos abre el entendimiento. Pulsar la tecla nos lleva a destinos con encuentros pasados. Valiosa información contenida en páginas adornadas con sentimientos profundos.

CRONICAS DE CUCUTA garantiza el resurgir de valores originarios que parecían adormecidos por culpa del avasallante mundo moderno. CRONICAS DE CUCUTA llegó para quedarse, igual que mares inundados por recuerdos. CRONICAS DE CUCUTA confirmó la premisa donde las nostalgias se convierten en vehículos para transportar la historia. Una enciclopedia virtual presentada por nuestras gentes con sencillo lenguaje.

Anclados quedarán por siempre nuestros sentires, intactos los arraigos, despiertas las añoranzas y vivas las costumbres intactas. Ahora aseguramos el reguardo de raíces que retoñan desde cenizas del ayer. Dios jamás declaró desértico el Valle Arcilloso, siempre fue bendecido, tampoco declarado deshabitado para la vida del hombre.

Fueron creciendo raíces en medio de cenizas y milagrosamente reverdecieron los gigantescos árboles frondosos. CRONICAS DE CUCUTA reafirma lo que somos. Seguiremos siendo aquello que siempre fuimos, nada cambió, solo algunos pañetes y varios techos distintos.

Todo estará por volver, todo por crecer y todo por llegar. Nunca estaremos solos. Cada generación hará brotar nostalgias por siempre convertidas en historias llenas de arraigos.

Nos bastaba con vivir en Cúcuta…

lunes, 6 de abril de 2020

1658.- AL CAFE Y A LOS FERROCARRILES LOS MOVIO EL CIVISMO


Leopoldo Jorge Vera Cristo

Locomotora Cúcuta. 1888. Esta fue la primera locomotora del ferrocarril de Cúcuta
que llegó a la ciudad.

Algunos nortesantandereanos, admiradores del civismo de nuestros antepasados y tildados de románticos soñadores, no podemos explicar cómo llegamos a esta etapa de improductividad caracterizada por la pasividad contemplativa y el estancamiento cultural. Pero quienes no tenemos más poder que nuestra buena voluntad, seguimos insistiendo en que si no socializamos nuestra historia con las nuevas generaciones no habrá esperanza de restauración.  Parte de esa maravillosa historia, rica en manifestaciones cívicas desinteresadas, es la semblanza del café y de los ferrocarriles, ambos pioneros en este lado del continente y ejemplo del desarrollo de los mismos en el resto del país.

Curiosamente en el siglo XIX la economía de la Provincia de Santander, enmarcada en la producción de cacao, algodón y tabaco en fincas alrededor de Cúcuta, Salazar, Rosario, Girón, Rionegro, Ocaña, Pamplona, Soto y Guanentá, no estaba impulsada por lo que hoy algunos tildarían de capitalismo desenfrenado; por el contrario, la movía el liberalismo librecambista que impulsaron célebres políticos regionales del Radicalismo.

Entonces, para ir a la frontera nororiental desde el centro del país había que cruzar el enorme puente de Santander, departamento que no tenía nada que envidiarle en tamaño a Antioquia, Magdalena, Bolívar o Boyacá.  Durante todo el siglo XIX, al mejor estilo catalán actual, las provincias estuvieron peleando por notoriedad y autonomía hasta el punto de trasladar varias veces la capital. En 1861, con la creación del Estado Soberano de Santander, Bucaramanga dejó de ser por 25 años capital a favor de El Socorro, hasta recuperar esa condición con la Constitución centralista de 1.886. Eso si, Cúcuta, García Rovira, Soto, Vélez y Socorro eran plenamente liberales radicales, mientras Pamplona, Guanentá y el sur de García Rovira se declaraban conservadores. 

Para entonces el tabaco había cedido terreno, según David Church solo representaba un 4% de la producción nacional. Se exportaba en un 90% a Bremen que sufría el colapso del mercado europeo del tabaco; sin embargo, allí era considerado de pobre calidad porque se enviaba con ramas y semillas buscando aumentar su peso.

EL CAFE

Interior casa comercial de Jorge Cristo (abuelo del autor) la cual exportaba café vía Maracaibo. 1916.

Aunque es brumoso el origen del café, es muy probable que provenga originalmente de Etiopía.  Corría el siglo noveno, Kaldi, un pastor de cabras, notó que su rebaño se tornaba retozón cuando comía las bayas de cierto arbusto.  Se le ocurrió contarlo a unos monjes vecinos quienes hicieron con esas bayas una bebida que al tomarla los energizaba. Los monjes eran entonces los principales creadores de las bebidas y licores de moda, por tanto, resultaba casi un deber cristiano compartir la noticia con otros monasterios y así se empezó a propagar la costumbre hacia toda Africa y el medio este.

Sin embargo, fue solo alrededor del año 1000 que en la Península Arábica se empezó a popularizar el café proveniente de bayas tostadas, al ritmo que se expandía el islam. Así en el siglo XV ya estaba en la península yemita y en el siglo XVI en Persia, Egipto, Siria y Turquía. Aparecieron entonces las cafeterías frecuentadas para todo tipo de actividad social.  A Europa occidental llegó en el siglo XVII, primero en Amsterdam y en Venecia.

Tambaleaba Inglaterra después de la Gran Rebelión de 1642 cuando apareció en Londres la primera casa de café. Decapitado el Rey Carlos I el café resultaba ideal para el espíritu puritano de la época, porque a diferencia de la cerveza y los licores el café aumentaba la lucidez y la concentración. No se servía alcohol en las cafeterías o donde estuviera presente una mujer, seguramente porque ellas nunca han necesitado de un estimulante para aumentar su lucidez y menos para recordar hasta lo que no ha sucedido.

Las casas de café londinenses tenían un carácter democrático. En largas mesas de madera salpicadas de velas, pipas y periódicos, se sentaban personas de diferentes clases sociales a discutir temas del día o negocios. Algunas dieron origen a instituciones económicas muy importantes, como la Lloyd’s Coffee House fundada en 1668 que se convirtió en Insurance Market Lloyd`s of London. Sir William Coventry, cuenta que además de poetas concurrían los monarquistas que conspiraban contra la república de Cromwell, intelectuales y científicos, razón por la cual fueron llamadas “universidades de centavo”. 

Para cuando se restauró la monarquía ya había 63 casas de café en Londres donde se reunían caballeros, lords, mecánicos y sinvergüenzas a hacer negocios a chismosear o a conspirar, razón por la cual Carlos II decidió prohibirlas. Sin embargo, la protesta fue unánime y tuvo que reabrirlas en un plazo de once días. 

En nuestro vecindario surgió el café desplazando al cacao y al algodón. Parece que desde 1763 la familia Omaña sembraba café en Rubio Estado Táchira y que en 1794 se expandió a San José de Cúcuta y Chinácota. Primero Manuel Ancizar en 1853 y recientemente Rafael Eduardo Angel, contaron que desde 1834 el famoso padre Francisco Romero párroco de Salazar de las Palmas, Santander del Norte, ponía como penitencia a sus feligreses la obligación de sembrar determinada cantidad de matas de café a cambio de los pecados que él absolvía en nombre de Dios, y como se pecaba tanto… .  

Curiosamente los conservadores sostenían que quienes más se confesaban eran los liberales y estos decían que los que más pecados confesaban eran los conservadores. Pero el padre Romero resultó siendo un excelente negociador de tierras y un avezado político: extendió su “sacerdocio cafetero” a gramalote, Lourdes y Sardinata, y después de un encarcelamiento político en Cartagena, terminó por alargarlo hasta Bucaramanga.

Más adelante, para 1.850, se exportaban en promedio cincuenta mil cargas anuales de café por Maracaibo, según la Comisión Corográfica.  Camacho Roldán, citado por J. Santiago Correa (ampliamente consultado), decía que el café cultivado en la zona nororiental de Santander había cambiado positivamente a San José de Cúcuta, convirtiéndola en el “primer centro de comercio del Norte de la República”, con una población “laboriosa, acomodada y progresista”.

La producción cafetera tuvo su pico entre 1.890 y finales de siglo, para estancarse definitivamente en 1.913, según Marco Palacio. Charles Bergquist cuenta que para 1.874 el Estado Soberano de Santander era el segundo más poblado de la unión y exportaba el 90% de su producción cafetera; quince años más tarde la producción había caído en un 50%. Sobrevino la Guerra de los Mil Días, que sin menospreciar las varias guerras civiles contemporáneas fue un gran problema estructural para el cultivo del café. No fue lo único porque contribuyeron además la ausencia de uniformidad monetaria que llevó a acuñar en cada región monedas de plata, además de la no aceptación del pago con papel moneda, todo lo cual interrumpía y encarecía el cierre comercial.

Los cafeteros venezolanos presionaban la protección de su producción y el costoso tránsito de las cargas por Venezuela obligaba a mejorar las comunicaciones con ese país, iniciativa que se vio favorecida por la bonanza productora de la década de 1.880. Se produjo entonces una gran crisis regional ocasionada por varios factores, algunos ya mencionados: altos costos de comercialización, caída de precios internacionales del café y, según M. Palacios, que el café santandereano se consideraba de menor calidad que el producido en otras regiones. A pesar de ello se conservaba el 60% de la producción nacional.

Resumiendo, nuestra producción cafetera se inició a comienzos del siglo XIX, cuando Cúcuta exportaba unos 100 sacos de 60 kilos, tuvo su mayor producción en la década de 1880 y principios de la siguiente, para dejar de crecer en 1913.

EL FERROCARRIL

Pero, cuál riqueza si no hay forma de mover lo que se quiere vender. Hasta la segunda década del siglo XX, nuestra arisca geografía hizo que las comunidades aisladas se autoabastecieran precariamente. Desde el siglo XVII hasta el siglo XX, canoas de 20 metros, talladas en un solo tronco, transportaban hasta 12 toneladas y 15 pasajeros por la aorta colombiana, el río Magdalena, según J. Salamanca; dos meses subiendo hacia el Atlántico quina, tabaco, café, cuero, queso, fique, cacao, y 15 días bajando manufacturas.

Para 1.907 se transportaban 600.000 toneladas por el Magdalena, 60.000 por el Cauca y 520 por el Atrato. Según I. Nicholls, en 1907 transportar una tonelada entre Barranquilla y Cartagena costaba 17 dólares; entre Nueva York y Colombia, 9; no muy distinto a lo que sucede actualmente cuando casi cuesta más transportar esa tonelada de Bogotá a Buena Ventura que de allí a la China.

Tranvía Municipal en la calle 10 (calle Nariño).  Esta era una calle de una activa vida comercial, igualmente la recorría el tranvía y el ferrocarril en su ruta hacia la frontera en Villa del Rosario.

Al reglamentarse en 1.832 el comercio terrestre binacional nuestras rutas aumentaron en importancia; el cobre de San Cristóbal atravesaba en cuatro días Capacho, Lomas del viento y el valle de Cúcuta para alcanzar el río Zulia, y   el camino entre Mérida y Santa Fe unía los pueblos sembrados en la cordillera Oriental.

No obstante, desarrollar redes que dinamizaran las comunicaciones tropezaba con muchos problemas estructurales: la región tiene múltiples ríos con importantes cambios estacionales de flujo hídrico, bordeados por profundos cañones que no permiten una navegabilidad continua. Aunque el occidente santandereano disfruta de las planicies del valle por entonces selvático del río Magdalena, el oriente está quebrado por la Cordillera Oriental, con altísimos páramos y difíciles cañones. Crear caminos imposibles y mantenerlos, fue siempre una labor titánica a pesar de la colaboración privada.

El boom ferrocarrilero vino a entusiasmar a los santandereanos que vieron en él la oportunidad de solucionar los agobiantes problemas infraestructurales, convirtiendo a Santander en el pionero de las vías férreas en el país. Al respecto J. Santiago Correa hizo una notable investigación basada en la prensa contemporánea y el Fondo de los Archivos Históricos de los Ferrocarriles Nacionales, pero infortunadamente no pudo acceder a los archivos del Ferrocarril de Cúcuta por “estar siendo sometidos en ese momento a un proceso de organización y catalogación”.  Nuevamente el cuento nos lo cuentan los vecinos. 

A Correa, como a otros historiadores, no le queda duda de que la línea férrea de Cúcuta a Puerto Villamizar fue un modelo de eficiencia atípico, cuya construcción por ingenieros nacionales terminó en los tiempos previstos y dentro de presupuestos asignados. Muy por el contrario, el ferrocarril de Puerto Wilches, el de Antioquia y otros, evidenciaron los excesos y defectos de las concesiones ferroviarias de la época.

Lástima que la mayoría de los archivos del Concejo Municipal de Cúcuta hayan desaparecido en el terremoto de 1.875. Su situación en la mitad del camino entre Caracas, Maracaibo y Bogotá, y sus ríos fronterizos que garantizaban un ágil eje comercial, la convertían en una pujante ciudad que sin duda fue a la que más perjudicó la separación de la Gran Colombia.

La circular 443 de “La Secretaría de lo Interior i R. Esteriores” (sic) para el Cuerpo Diplomático, de julio 2 de 1.875, relata que Cúcuta tenía un comercio pujante y que contaba con su propia compañía de seguros marítimos, con su propia caja de ahorros, con un teatro elegante, una plaza de mercado techada considerada como una de las mejores del país, varios edificios y 11 escuelas con 845 alumnos. El terremoto del 18 de mayo de 1875 acabó con todo ello

Las propuestas para hacer un corredor férreo entre Cúcuta y San Buenaventura (Puerto Santander) venían desde antes del terremoto, pero solo se materializaron al formar parte del programa de reconstrucción, según Caicedo (1983) y Gustavo Pérez (2007). La propuesta fue de Domingo Guzmán quien logró que el Estado Soberano de Santander aprobara el 16 de marzo de 1.876 una concesión para construir y explotar una vía férrea de 55 kilómetros.  Domingo Guzmán, Felipe Arocha, Luis Antonio Gandica, Foción Soto, Rudesindo Soto, Julio Pérez, Arístides García Herreros, Joaquín Estrada, Andrés Berti, Juan Aranguren, Ildefonso Urquinoa y Elbano Mazzei, comerciantes y empresarios importantes de la ciudad, algunos de ellos socios fundadores del Club de Comercio de San José de Cúcuta, fueron sus promotores. El contrato de concesión fue otorgado a la misma compañía del camino de San Buenaventura y los estudios iniciales los realizó el ingeniero Juan Nepomuceno González a partir del 25 de abril de 1.877.

El Ferrocarril Cúcuta-Puerto Villamizar fue un proyecto rentable y de bajo costo que se hizo en el tiempo proyectado y en su mayoría sin fondos estatales, a diferencia de otras líneas férreas, como la proyectada entre Bucaramanga y Puerto Wilches, cuya construcción duró 70 años y sus 127 kilómetros apenas se terminaron en 1.942, a pesar de haberse impulsado desde 1.862. El proyecto respondió a la necesidad de mejorar las comunicaciones con Venezuela después del desastre y al hecho de que el camino de 18 kilómetros entre Cúcuta y San buenaventura, concesionado para 99 años, fue rápidamente insuficiente considerando el dinamismo que requería el comercio con Maracaibo.

Se trató tal vez de uno de los ejemplos más notables de civismo nacional. El 72.9% del capital fue aportado por inversionistas particulares y el Concejo Municipal solo aportó el 27.1%. Los pequeños inversionistas, 12.3%, incluían ciudadanos venezolanos. Los accionistas, a diferencia de lo acostumbrado, no recibieron subsidio alguno. La mayoría del capital inicial se consiguió con un préstamo extranjero sin aval del Gobierno y en condiciones ventajosas.  Esa estructura de propiedad que involucraba un mayor número de sectores sociales interesados, tan distinta a la usual en los proyectos de la época, le garantizó un sostenido aprecio popular en toda su ruta.

Puente del Ferrocarril en la avenida 6ª entre calles 3 y 4.

El 27 de noviembre la primera locomotora inauguró el tramo inicial; para 1881 había cuatro bodegas con capacidad de 20.000 cargas de café (Martínez; Pérez; y Caicedo).  Santiago Correa cuenta que el padre Ramón García, cura de Bochalema, en una carta de 1880 a su amigo cucuteño Laureano Manrique, le expresaba que para esa época Cúcuta se había recuperado en parte del terremoto y tenía cerca de 12.000 habitantes, en ocho barrios (La Vega, El Caimán, El Páramo, El Callejón, La Playa, Curazao, Carora y Los Balcones). Había un pequeño teatro particular, cuatro boticas “de tono verdaderamente francés”, las casas comerciales de Bonet y Compañía, Estrada e Hijos, Díaz y Cía., Riedel, y Cabrera& Ferrero, el edificio de la Aduana, construido en “hierro, grande y de bella apariencia”, el hospital de caridad, templos y hermandades de carácter religioso y laico que mostraban una ciudad en franca recuperación (García 1980).

Por la facilidad de transporte en los ríos Zulia y Catatumbo las obras se comenzaron en Puerto Santander, avanzando 18 kilómetros hasta la Jarra en 1880. La línea hasta Cúcuta se inauguró el 6 de febrero de 1887, cuando llegó la locomotora La Cúcuta, con una extensión total de 54.750 metros desde Puerto Villamizar (Pérez, 2007; Caicedo, 1983). En 1924 la empresa emprendió la construcción de un tramo de 7 kilómetros entre Puerto Villamizar y la frontera para conectar la línea con el Ferrocarril de Encontrados, en Venezuela.

Nunca se abandonó la idea de salir al mar por el río Magdalena dadas las cambiantes relaciones con Venezuela, a pesar de sus dificultades. Con ese fin, en 1892 se firmó un contrato de construcción subsidiado con la empresa Leal González y Cía., dirigida por el general Ramón González Valencia, pero el proyecto nunca arrancó. El 30 de diciembre de 1929 se terminó el trayecto hasta el Diamante, pero los ultimos 3.5 kilómetros hasta pamplona nunca se terminaron por efectos de la crisis mundial.

Por el contrario, la línea hacia el Táchira se dinamizó a pesar del estancamiento de la producción cafetera porque se consideró de interés binacional. Los trabajos comenzaron en 1895 y concluyeron en septiembre de 1897, mucho antes de lo estipulado no obstante haber sido suspendidos brevemente por la guerra civil de 1895. El Ferrocarril de la Frontera tuvo un trayecto de 16.2 kilómetros y un costo por kilómetro muy inferior al promedio de los construidos en el siglo XIX. La obra más importante fue el puente de 200 metros sobre el río Pamplonita.

El Gobierno venezolano puso inicialmente trabas al proyecto porque acababa de terminar su ferrocarril cafetero, pero el empalme terminó por concretarse con la construcción del puente sobre el río Táchira, financiado por partes iguales.  Durante la administración de Eduardo Santos (1938-1942), el Ferrocarril fue comprado por la Nación y sus rieles fueron levantados para construir la carretera a San Antonio sobre el mismo trayecto (Pérez, 2007).  El ocaso del ferrocarril es otra triste historia que trataré de contarles en otra crónica si me lo permiten.

EL TRANVIA

Si les preguntara a los estudiantes cucuteños de bachillerato si saben qué es un tranvía, y aún más si han conocido alguno, me atrevería a decir que ninguno contestaría. Pues bien, mis queridos escolares, en 1880 sus colegas estudiantes si lo conocieron y montaron en tranvía cientos de veces. En ese año Cúcuta se convirtió en pionera nacional del desarrollo de sistemas de transporte urbano al proponer el Estado Soberano de Santander la construcción de un tranvía de vapor en la ciudad.

Después de adjudicaciones iniciales a particulares, la empresa Ferrocarril de Cúcuta terminó por construir cinco líneas integradas con la línea del ferrocarril. De hecho, el punto de origen era la estación del tren. La primera línea, que operó entre 1890 y 1942, iba hasta la Aduana Nacional, con una longitud de un kilómetro; la segunda, a la plaza de mercado; la tercera, a la Estación Rosetal, con una extensión de 1,7 kilómetros, que operó entre 1893 y 1938; la cuarta, al Puente de San Rafael, con 3,5 kilómetros, que operó entre 1919 y 1938, y la última, a Puente Espuma, con 1,5 kilómetros, que operó hasta 1938 (J. Santiago Correa).

El tranvía en la calle 10 (calle de Nariño) con avenida 4a.

El tranvía tenía cuatro pequeñas locomotoras de vapor, cada una arrastrando tres carros de pasajeros y algunas con vagones para garga. Más tarde la concesión revirtió a la ciudad quien la arrendó al Ferrocarril de Cúcuta. Los 35.000 habitantes de la ciudad apoyaron con entusiasmo el tranvía porque además de transportarlos servía de empalme entre las líneas norte y sur del ferrocarril.

El ferrocarril de Cúcuta en cambio, resistió la crisis mundial de los años treinta, pero salió de ella muy malherido. A partir de entonces fue languideciendo financieramente y perdiendo la competencia contra las carreteras y los camiones.  En 1941 el Concejo Municipal autorizó al ingeniero José Faccini levantar parte de la línea férrea y pavimentar sus corredores como carreteras. Cortado el empalme con los ramales empezó el proceso de desuso terminando por perderse la batalla con el transporte automotor, hasta llegar al cierre definitivo en 1960.

EPILOGO

No existe epopeya comparable a la historia de nuestro ferrocarril y su maridaje con el café. A pico y pala levantaron nuestros antesesores un sistema de locomoción que para la época era el más avanzado en el mundo. Los cucuteños, los inmigrantes y los concejales, por entonces sin sueldo, no se dejaron intimidar por el terremoto, por las guerras ni por la ausencia de recursos. Inmersos en grandes tensiones partidistas, supieron distinguir entre el sectarismo improductivo y el futuro de su ciudad, conscientes de que su grandeza sería también la de sus descendientes.

La situación actual de Venezuela asegura un cambio radical de dirigencia en tiempo cercano. Nuestro vecino no tiene tratados comerciales visibles con el mundo libre y muy seguramente será Colombia la forma más expedita de trasladarle los inmensos recursos que se necesitarán para su reconstrucción. Cúcuta es el principal y más cercano puerto de acopio, además del centro ideal para el manejo logístico de una compleja operación de recuperación venezolana.  Estará la dirigencia preparada para semejante reto o nos veremos abocados a perder en manos de terceros, como en el pasado, una posible bonanza.

¿Pero, lo que es más importante, estaremos los cucuteños preparados para exigirle a la dirigencia un accionar a la altura de nuestra historia?; estaremos preparados para convertirnos en auditores permanentes del suceso que se avecina?

Dentro de la afortunada decisión de volver a llevar las clases de historia al claustro escolar, yo me atrevería a proponer que las academias de historia y las organizaciones cívicas cucuteñas interesadas, desarrollen un programa en últimos años escolares que incluya conferencias de historia de la ciudad a cargo de voluntarios versados en la materia.  

El futuro de la ciudad y del país está en manos de la generación que se prepara para recibirla. Su vocación de pasividad y cómoda inconformidad es culpa de quienes los educamos. No existe forma de garantizar su compromiso diferente a hacerle sentir como propio su pasado y a enseñarle que construir ciudad es asegurar la continuidad amable de los suyos.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

sábado, 4 de abril de 2020

1657.- CENTENARIO DE LA BIBLIOTECA: HOMENAJE A JULIO PEREZ FERRERO



Guillermo Maldonado Pérez (Imágenes)


Este año de 2019, la Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero cumple cien años de su fundación. Sin duda un hecho trascendente para la cultura regional. Cien años de una biblioteca es un acontecimiento histórico, que enaltece a la ciudad. No hay muchos lugares en Colombia donde pueda encontrarse una entidad de esta naturaleza con un siglo de existencia. Especialmente honroso para la capital nortesantandereana, señalada muchas veces de erial cultural, indiferente a los valores del intelecto y del espíritu.

Esta tradición centenaria contradice el juicio anotado, pues al contrario muestra que se ha sabido mantener la Biblioteca, que se ha reconocido su importancia al entregar gran parte del edificio restaurado del antiguo Hospital-hermosa construcción del siglo XIX-, para su actual funcionamiento.

Rara paradoja la de Cúcuta, ciudad fronteriza y mercantil por excelencia que, sin embargo, puede mostrar a la par un sin número de hitos culturales, de gran valía, que dan testimonio del interés que la ciudad ha mostrado por el arte y la cultura a lo largo de su historia; sin duda se han dado largos períodos de vacío y desinterés, pero no han faltado las realidades culturales que, difundidas con amplitud, bien podrían contribuir a una equilibrada resignificación de la ciudad.

En su comienzo la Biblioteca se llamó Batalla de Boyacá, para conmemorar el Centenario de la Independencia; el gobernador de la época, don Luis Febres Cordero – acucioso historiador del antiguo Cúcuta- dispuso que el nombre de la Biblioteca fuera el de su fundador, Julio Pérez Ferrero.

Nombre que además vincula el presente de la ciudad con la formidable generación de la segunda mitad del siglo XIX, que construyó por iniciativa propia el Ferrocarril y el tranvía urbano, la misma que levantó la ciudad de sus ruinas después del terremoto de 1875, para ser considerada nuevamente como una de las más bellas y prósperas de Colombia.

Una generación histórica que debería iluminar como faro el presente y futuro de la ciudad. En la mente de Julio Pérez Ferrero, por su condición de miembro activo de aquella extraordinaria generación, resultó natural concebir el proyecto de fundar una biblioteca pública en su ciudad natal, que hoy cumple 100 años:

“Cuando ejercía como secretario de Instrucción Pública del Departamento, ejecutó la ordenanza número 45 del 14 de abril de 1919, que facultó al Gobierno Departamental para crear la Biblioteca Puente de Boyacá. Pérez Ferrero redactó el reglamento y dispuso lo indispensable para que funcionara la Biblioteca que se inauguró el 7 de agosto de 1919.”

Como modesto aporte a la celebración del acontecimiento cultural centenario, anotamos aquí algunos apuntes biográficos de su fundador.

                                                                                            ***
Don Juan Ferrero y Caballero, abuelo materno de nuestro personaje, es el primero de este apellido que vino a América. Llegó a las costas venezolanas enrolado como subteniente de las tropas de la Reconquista, a órdenes del General Pablo Morillo; antes había combatido como soldado de su país contra los ejércitos de Napoleón, y en Venezuela estuvo en la Batalla de Carabobo, en 1821, y en la del Lago de Maracaibo, en 1823; al terminar la guerra entre realistas y patriotas, ostentaba el grado de Capitán de su Compañía, Primera del 2º Batallón de Burgos.

En las Capitulaciones de Maracaibo se estipuló que los republicanos darían pasaporte a Cuba o España a los oficiales realistas derrotados; don Juan Ferrero decidió quedarse en Maracaibo, donde a poco contrajo matrimonio con doña Leonarda Leal de Ojeda, de 23 años; se dedicó al comercio y en los primeros meses de 1826 el matrimonio se trasladó definitivamente a Cúcuta, cuna del apellido Ferrero en Colombia.

Abrieron un pequeño almacén que don Juan atendía tras el mostrador; el pequeño negocio creció y con el tiempo constituyó la sociedad Spanochia & Ferrero, después Ferrero & Bousquet, que persistió hasta después del Terremoto; según cuenta don Carlos Ferrero “el almacén estaba situado al lado de la casa de habitación del familia, en la Av. 4ª de Soto, poco más abajo de la calle 13, en los números 81, 83, 85 y 87 de la vieja nomenclatura”.

Nunca volvió don Juan a su natal Castilla la vieja; murió en Cúcuta en 1859; por aquellos días sucedía la guerra contra Melo, y en las calles de la ciudad se libraban combates; los hijos de don Juan participaban en la contienda bajo las órdenes del general Leonardo Canal; a la hora de la cena los jóvenes volvían a su casa, hasta la noche que llamaron a la puerta como de costumbre y al asomarse don Juan a la ventana para constatar que eran sus hijos, una bala perdida raspó fuertemente su cráneo y lo derribó. Llevado a la cama pidió tranquilidad a sus allegados, porque su muerte -según les dijo- solo se produciría cuando la familia completara igual número de hijos que de nietos; los hijos eran catorce y los nietos doce, faltaban dos para cumplir el vaticinio; pero su hija Victoria, que esperaba un hijo, esa noche dio a luz gemelos, Juan y Carlos Garviras Ferrero, que vinieron a completar la suma fatal.

“Don Juan Ferrero murió plácidamente en brazos de su esposa e hijos, el 31 de marzo de 1859, bajo la devoción gratísima de la Virgen del Sagrado Corazón, que desde entonces ampara la familia”.

Como queda dicho, entre mujeres y varones don Juan y Da. Leonarda tuvieron catorce hijos; una de ellas, Virginia, casó con el comerciante maracaibero – y cónsul de Venezuela en Cúcuta- don Domingo Pérez y Pérez, y fueron los padres de Julio Pérez Ferrero.

Como buen cucuteño, don Julio no solamente pertenecía a una familia de comerciantes (traían mercancías de la Isla de San Thomas, centro de las exportaciones e importaciones de Cúcuta, ) sino de gentes amantes de las bellas letras, las artes, la música, el teatro; sus tíos Ferrero fundaron en 1847 el “Instituto Dramático”, que proporcionaba a la ciudad culto divertimento, al tiempo que destinaban los fondos de las entradas para la construcción del templo principal; las representaciones constituían éxito total de taquilla; anotamos algunos de los títulos de las obras representadas y sus actores:

“Los Prusianos de Lorena”, “El Conde de Orange”, “Otelo”, “Macías”, “Guzmán el bueno” de Nicolás Fernández de Moratín, ”Don Frutos de Belechite”, “El Pelo de la Dehesa” de Manuel Bretón de los Herreros, ”La Lotería o la novia de 70 años”, “El Verdugo de Amsterdam”, “El Mendigo de Bruselas”, “ Ricardo Darlington” de Alejandro Dumas, padre, “Lázaro el mudo o el Pastor de Florencia”, “La Flor de un día” de don Francisco Comprodon, etc., obras que se estrenaban casi al mismo tiempo que en España”, como lo anota el médico Carlos Ferrero, quien agrega: “Componían el Instituto Dramático un notable grupo de señoritas y caballeros, bajo la dirección de don Aurelio Ferrero Leal: “Da. Virginia, Da. Cora, Da. Enriqueta y Da. Victoria Ferrero Leal; Da. Domitila y Da. Ercilia Luciani; Da. Dolores Gallardo y Díaz - primera esposa de don Aurelio Ferrero-; Da. Concepción y Da. Ezequiela Almeida; Da. Josefa Estrada; Da. Ramona Vega; Da. Chinca y Da. Juana Josefa Salas; Da. Porcia García Herreros; Da. Inés, Da. Rosa y Da. Mercedes Reyes Vega, Da. Cleotilde Reyes; Doña Pepita, Doña Corina y Da. Felicitas Sánchez; Da. Rosa, Da. Carmela y Da. Luisa Velasco y Da. Josefita Concha”.

Don Julio Pérez Ferrero

“Entre los caballeros figuraban: don Aurelio, don Carlos, don Numa y don Trinidad Ferrero Leal; Dr. Joaquín Castro; don José Atalaya, Don Rafael Matamoros, don Pedro Reyes, Don Juan Luciani, don Scipión, don Aristides, don Aníbal García Herreros, don Rafael Gallardo, don Juan E. Villamil, Dr. Fermín Medina y don Manuel Baralt.

“El Instituto Dramático estaba situado cerca del Hospital y su dotación era muy aceptable, con palcos y amplia platea”.

Don Julio vivió el terremoto que destruyó la ciudad en mayo de 1875; en su libro Conversaciones familiares, da su testimonio de la catástrofe, donde perecieron cerca de tres mil habitantes:

“Nos sentábamos a la mesa a las 11 y 15 minutos de la mañana del día 18 y teníamos en las manos el programa de las fiestas (del 20 de julio) para leerlos de sobremesa: nos llevábamos a la boca la primera cucharada de sopa cuando un ruido subterráneo, ronco y prolongado, al que sucedió el primer sacudimiento de trepidación y enseguida otro y muchos más de oscilación (otros de circunvolución) que destruyeron totalmente la ciudad en cortísimo número de minutos.

“Corrimos instintivamente hacia la calle y nos situamos en el centro de las cuatro esquinas cercanas a nuestra casa, y desde ese punto vimos caer los edificios de toda una calle en que estaba la Botica Alemana (calle 10) como caen las cartas de naipes en sucesión continua, en confusión horrible…”

Cuenta don Julio que “para aumentar lo sombrío de aquel cuadro pavoroso” vino el saqueo, que fue contenido días después con el arribo de la fuerza militar comandada por los generales Fortunato Bernal y Leonardo Canal. “A quien esto escribe nombraron subteniente y dándole una escolta le ordenaron vigilar las salidas para San Luis…”

“El saqueo terminó con el fusilamiento de un personaje llamado Piringo, en el Puente de San Rafael, a las cuatro y media de la tarde. Con esa dolorosa medida cesó el bandidaje y se aumentó en una más la cifra aterradora de las víctimas del terremoto…”

Fue don Julio un hermoso señor, de raigambre cívica, respetadísimo entre sus conciudadanos - así fuesen de política contraria-, amante de su ciudad, hombre de carácter -aunque ecuánime-, conservador histórico, pacifista, civilista.

Conspicuas plumas nortesantandereanas escribieron sobre sus virtudes intelectuales y cívicas. Don Luis Febres Cordero, el más importante historiador del antiguo Cúcuta, anota:

“Ha sido un ágil cultivador de las remembranzas nativas, sobre las cuales ha publicado el libro que se nombra al principio, (Conversaciones familiares, 1925), el cual viene a llenar un vacío en las crónicas de la ciudad, escritas por quien puede hacerlo ufanamente, testigo autorizad de su vida social en más de una centuria.

Otro rasgo de su personalidad es el del estímulo protector a la juventud educanda, que le ha llevado a exhibir con brillo, al frente de varios colegios de Pamplona y Cúcuta, sus relevantes dotes de organizador y de conductor pedagógico. La fundación de la Escuela de Artes y Oficios en esta última ciudad adorna sus sienes con luciente lauro, en la fecundidad de su carrera”.

El lingüista y antropólogo, padre eudista J.H. Rocheraux, en su libro Pamplona (1911), escribe:

“Nacido en Cúcuta, don Julio Pérez se educó en esta región y completó sus estudios en Bogotá donde empezó el curso de Derecho. Siendo muy joven todavía fue elegido para el puesto de cónsul de Colombia en Venezuela, y desde entonces ocupó sucesivamente puestos de importancia, uno de ellos el del ramo de Instrucción Pública en el departamento; tuvo varios cargos militares de importancia en las últimas guerras y fue nombrado Representante en el congreso.

“También ha dirigido varios periódicos, manifestando siempre en ellos sus convicciones de católico, su talento literario y su universal erudición completada por varios viajes a Europa. “Pero lo que siempre le ha atraído más ha sido la educación de la juventud.

En su larga carrera no ha cesado de proteger las aspiraciones de los jóvenes. Cediendo por fin a este atractivo fundó un colegio privado de segunda enseñanza, el Liceo Católico, que fue honor del Sr. Pérez. Se clausuró el Colegio en 1910, por haber aceptado su director la Rectoría del Colegio de San José.

Finalmente anota su pariente Carlos Ferrero Ramírez de Arellano: “Julio Augusto Pérez Ferrero, nació en Cúcuta el 9 de octubre de 1853; casó en Pamplona el 1º de mayo de 1890, con Da. Ana Hernández Bautista.

Doña Anita Hernández de Pérez

Varias veces fue miembro del Cabildo de Cúcuta, fue diputado de la Asamblea del Norte de Santander, secretario de Instrucción Pública. Notable, conversador y escritor, suyo es el libro Conversaciones familiares, que es parte de la historia de Cúcuta.

“Fue un distinguido caballero que prestó invaluables servicios a Cúcuta y Pamplona. Notable institutor regentó con maestría varios colegios, como el Colegio de San José de Pamplona.

Cuando las acciones del Ferrocarril de Cúcuta estuvieron en peligro, don Julio las salvó de que fueran vendidas, depositándolas en el almacén de su tío don Numa Ferrero”.

Dejemos a la pluma de don Julio que narra el episodio:

“Comenzóse a hablar de un empréstito inglés que debía solicitar la compañía de acuerdo con un plan concebido lejos de la ciudad. Algunos en Bogotá se confabularon para comprar a plazo acciones que podían pagarse con los que a ellas correspondiese en el empréstito, y aun apoderarse de la suma cuantiosa perteneciente al distrito.

Para adueñarse de los 6.000 títulos del Municipio había que quitárseles la condición de inajenables que les daba una nota puesta al pie de ellas y bastaba cambiar estos títulos por otros nuevos que careciesen de esa nota para hacerlos enajenables.

“Quien esto escribe, en previsión de lo que pudiera suceder pues tenía la certidumbre de lo que estaba sucediendo, fue al Táchira y en la muy respetable casa de comercio de su tío don Numa Ferrero depositó por largo tiempo los títulos que el municipio de Cúcuta posee en la Compañía del Ferrocarril”.

En la primera sesión del concejo Municipal lograron imponerse como la junta directiva el Dr. Cuervo Márquez, Oscar Pérez F. y Julio Pérez F., e hicieron aprobar la cláusula siguiente:

“El actual concejo municipal declara una vez más y para siempre que los títulos que el municipio posee en la Compañía del Ferrocarril de Cúcuta son intrasmisibles e inajenables”.

El presidente Payán avaló la medida al día siguiente por telégrafo; tiempo después:

“El Dr. Núñez decretó la creación de una junta administradora municipal del cuantioso producido del empréstito inglés y correspondiente al distrito, nombrando para constituirla a las siguientes señores: Trinidad Ferrero, Cristian Andressen Moller, Juan Atalaya, Eleuterio García, G. Fhingstorn, Juan E. Villamil, Florentino González, Julio Pérez F., y no recordamos cual otro”.

Don Julio Pérez Ferrero y Da. Ana Hernández Bautista contrajeron matrimonio el 1º de mayo de 1890 y tuvieron catorce hijos, entre los cuales sobresalieron en la región monseñor Luis Pérez Hernández (“tío Padre” le decían sus sobrinos), Obispo Auxiliar de Bogotá, primer Obispo de la Diócesis de Cúcuta; Domingo Pérez Hernández, empresario, Ramón Pérez Hernández, abogado, gobernador de Norte de Santander, brillante escritor, autor de un “Análisis Espectral de Norte de Santander”.

Don Julio murió el 22 de abril de 1927. El Congreso de la República honró su memoria mediante la Ley 50 de octubre de 1928:

“El Congreso de Colombia a la memoria de Julio Pérez Ferrero, maestro de la juventud y gran patriota”.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

jueves, 2 de abril de 2020

1656.- LA PRIMERA FERIA DEL LIBRO EN CUCUTA



Gerardo Raynaud (La Opinión)

Aprovechando la patriótica coincidencia del año 1940, en las recordaciones de dos de sus fechas claves en su desarrollo republicano, primero por cumplirse los primeros 130 años de su ‘Grito de Independencia’ y segundo al celebrarse el primer centenario de la muerte del más ilustre de sus prohombres, nuestro paisano el general Francisco de Paula Santander, las autoridades nacionales y regionales, quisieron rendir un sentido homenaje a sus próceres con una programación cultural acorde a la visión de futuro que ellos habían anticipado para sus descendientes. 

En la ciudad, estas actividades conmemorativas habían comenzado desde el mes de mayo con una serie de actividades académicas y culturales en colegios y sitios públicos, así como una ofrenda floral en el parque que lleva su nombre con el fin de recordar y rememorar sus proezas en los campos de batalla y en el trasegar de su vida política.

Como parte de las actividades culturales, la gobernación del Norte de Santander en cabeza de Darío Hernández Bautista y para darle mayor solemnidad a la fecha de celebración de la Independencia, se propuso organizar una serie de eventos que coincidieran con el ‘Movimiento Nacional Pro-celebración del 20 de Julio’. Dos fueron las actividades más representativas de esas efemérides, la Feria del Libro y el Concurso de Lectura para la niñez y la juventud.

La resolución No. 1 del 1º de junio de 1940, fue la norma expedida por el Inspector de la Zona No. 3 de educación Pública, del gobierno departamental para reglamentar el ‘Concurso de Lectura’. Se aprecia en los considerandos, entre otros, ‘que es un deber patriótico relacionar los certámenes culturales con las fechas históricas; que corresponde al gobierno propender por el desarrollo intelectual de la niñez y la juventud, y que la lectura perfila y define la personalidad de los individuos colocándolos en condición de auto-educarse’.

Por lo tanto, se resuelve ‘abrir un concurso de lectura denominado “Santander”, en honor del héroe que tanto laboró por la educación, entre los alumnos que concurren a las escuelas oficiales de los municipios de Cúcuta, Gramalote, Rosario, Santiago y San Cayetano’. Se establecen algunas condiciones básicas para considerar en desarrollo del concurso para escoger  los ganadores, como la vocalización, la puntuación, la fluidez; se establece un jurado calificador integrado por el Director de Educación, el Jefe de la sección técnica, el Inspector de la Zona, tres profesores de Educación Primaria y un representante de la prensa local, quienes se encargarán de entregar los premios a los mejores lectores.

También se nombró una Comisión Organizadora del evento que estaba integrada por los señores Bruno José Uribe, José Arturo Jaimes y Daniel Gutiérrez y las señoritas Rosa Serrano Villamizar y Josefina Villamizar.

En cuanto a la Feria del Libro, la primera que se realizó en la ciudad, se trató de una iniciativa de considerable extensión cultural auspiciada por el Ministerio de Educación Nacional, un digno acontecimiento que marca un hito en la vida de una ciudad que está  adquiriendo fisonomía de centro propicio a los movimientos de la más exquisita bondad y fama por su ambiente cosmopolita que le ha permitido innovaciones de la más clara civilidad.

Las expectativas en torno a la realización de esta Feria del Libro, se esperaba generaran compromisos delicados, toda vez que Cúcuta se caracterizaba por  dejar su nombre en los lugares destacados en el concierto de los pueblos cultos, con ocasión de los certámenes centenaristas celebrados y de los hombres de vasto prestigio que elogian por doquier, los títulos de dignidad y de hidalguía que fueron sus timbres en tan descollantes oportunidades.

La primera Feria del Libro tuvo una estructura de lujo. Fue designado organizador de la Feria, por parte del Gobierno Nacional, el doctor Miguel Ángel Gaitán, hermano del ministro de Educación Jorge Eliecer Gaitán, junto con otro delegado del mismo ministerio, el doctor Carlos Reyes, quienes solicitaron la cooperación de todos los sectores de la ciudadanía, dada la trascendencia de la iniciativa oficial que por primera vez se desarrollaría en la ciudad.

El comité organizador, buscó y evaluó cada una de las alternativas propuestas para la selección del recinto más adecuado para llevar a cabo tan noble propósito, dada la inexistencia de una biblioteca que hubiera sido el lugar ideal.

Por esta razón, y luego de los estudios pertinentes se llegó a la decisión de realizar la Feria en el Colegio Cúcuta, antigua Escuela de Artes y Oficios, edificación contigua al Ancianato, local donado por don Rudesindo Soto, que posteriormente se transformó en la Normal de María Auxiliadora, en la esquina de la calle trece con avenida cuarta.

El Ministerio de Educación Nacional, que consideró de gran importancia para la cultura regional este certamen, al cual se esperaba concurrieran individuos de todas las clases sociales, envió no menos de veinte mil ejemplares de las mejores obras de escritores nacionales y extranjeros, para que fueran adquiridos a precios de promoción.

Definitivamente la primera Feria del Libro, se programó y cumplió del sábado 13 al lunes 15 de julio de 1940. Fue inaugurada oficialmente  por el Director de Educación Pública del Departamento, José Enrique Carvajalino Ceballos, con un discurso cuyos apartes me permito citar, entre otros motivos, porque fue él quien le dio el nombre que hoy utilizamos para significar el evento ferial, ‘la Fiesta del Libro’.

Veamos unos fragmentos de su discurso inaugural:

“… motiva estas frases, la iniciación en forma oficial, el sencillo y alentador espectáculo que contemplamos de este simbólico certamen, de esta nueva inquietud en nuestro ambiente de esta brillante fiesta que tiende a solazar el espíritu (…) que hemos dado por llamar ‘la Feria del Libro’.

Se encamina, señores, a hacer del libro ese fruto carísimo del alma, algo más digno de la atención de los gobiernos como fundamento de la cultura general (…) la Fiesta del Libro, como hoy la concebimos, rodeada de nuevos matices, sugestiones y adjetivos, aspira a hacer del libro algo más familiar, más accesible a todas las posibilidades, gustos e inclinaciones, propende porque el libro abandone su condición de artículo de lujo, patrimonio de unos pocos privilegiados y suba al rango que le corresponde, cual es el de procurar y fomentar el ascenso intelectual de todos”.

Desde entonces, han transcurrido casi ochenta años y la Fiesta del Libro, sigue brindándonos cultura y alegría todos los años.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.