martes, 27 de septiembre de 2016

1008.- EL DOCTOR JORGE CRISTO SAHIUM



1.- IN-MEMORIAN  Eduardo Cortés Barrero


Un fatídico 8 de agosto, del año 1997, en pleno ejercicio de la actividad política, siempre al lado de las mejores causas, en la búsqueda de una Colombia más amable, cayó vilmente asesinado y como consecuencia de la guerra más atroz y absurda que nos ha tocado vivir, un ser que jamás en su proyecto de vida, se planteó hacerle mal a sus semejantes, y por el contrario, dada su formación humanista, profesional e ideológica se ubicó al lado de causas nobles.

Su trinchera de lucha: EL PARTIDO LIBERAL.

Estuvo siempre al lado de los humildes, fiel a su partido, se ubicó como uno de sus más recios conductores, impulsó todo un accionar en la búsqueda de mejores condiciones de vida a sus semejantes, independientemente de su ubicación política, doctrinaria o religiosa.

Sin mencionar su nombre seguro estoy que mis lectores identifican al personaje, como el doctor Jorge Cristo Sahium.

Su memoria, trasciende más allá de la desaparición física y es vigente la causa de su lucha y su presencia en el acontecer nacional. Su partido se ha fortalecido y le recuerda con gratitud.

A su lado es justo reconocer, cayó acribillado un humilde agente de la policía, de apellido Cobaría, a él y su familia nuestro reconocimiento. Lo acontecido este fatídico día, evidencia, lo dramático de la guerra y la necesidad de una Colombia en paz.

Ante la confrontación armada que nos desangra, el doctor Cristo abogaba por una salida política negociada al conflicto. Concepto que interpretando el sentimiento de las mayorías de este país se ha impuesto.

Era el doctor Cristo, un auténtico demócrata, un liberal a carta cabal. Sus ejecutorias, en el accionar político, así lo demuestran, le dolía la patria martirizada. Propiciaba la tolerancia, en medio de las diferencias conceptuales, doctrinarias, filosóficas y políticas. Su sacrificio trasciende en el tiempo.

Creó una expresión, que en la política se conoció como La Renovación Liberal, que al surgir interpretó el sentir de las mayorías liberales.

María Eugenia Bustos de Cristo, esposa de Jorge Cristo Sahium, corta la cinta en la inauguración del Hospital de Villa del Rosario. La acompañan el ministro Diego Palacios Betancourt, el gobernador Juan Alcides Santaella, el gerente del Hospital Juan Alberto Bitar y el alcalde de Villa del Rosario, Ingmar Abel Sánchez Espinel.

Fue concejal, diputado a la Asamblea, representante a la Cámara y senador de la Republica. Su gestión como hombre público, es plenamente reconocida, incluso, por sus contradictores más acérrimos.

Equivocados los verdugos, al imaginar, que con su muerte, todo se derrumbaría.

En actitud valiente, despreciando amenazas, su esposa y viuda, doña María Eugenia Bustos, junto a sus hijos, recogen las banderas y continúan en la batalla. Argumentos de sobra hubiesen justificado el alejamiento al ejercicio de la política, pero el legado del doctor Cristo, fue asumido con gallardía.

El doctor Juan Fernando Cristo Bustos es ungido senador de la Republica en varios periodos y el país reconoce en él un regio conductor. En la actualidad es ministro de Estado con lujo de competencia, su hermano Andrés, ocupa su espacio en el Congreso, su carisma e identidad con el estilo de su padre, lo encamina hacia un liderazgo, dentro de su Partido con proyección Nacional.

Honor y gloria a Jorge Cristo Sahium. Los que mueren por la patria no deben llamarse muertos.

2.- ASI LO ASESINO EL ELN  Iván Gallo


Él, Jorge Cristo Sahium miraba el Egeo, esa inmensa y apacible mancha que se extendía infinita hasta donde la llevara el horizonte. Como lo habían hecho los griegos antiguos trataba de convertir el océano en un oráculo y saber de una buena vez por todas cual sería el desenlace de las elecciones que se realizarían en octubre en las que intentaría regresar al Senado.  

Las noticias que llegaban de Colombia no eran alentadoras. El Presidente de quien, como su hijo Juan Fernando era de todos sus afectos  batallaba por sostenerse en el poder acorralado por el Proceso 8000. Ernesto Samper no había tenido un día de tranquilidad desde su posesión el 7 de Agosto de 1998.

Cristo cerró los ojos un momento y los volvió a abrir de frente al mar esperando la respuesta. Pero la mancha azul seguía indolente, moviéndose lentamente. Esa no sería una tarde de presagios.

Había tenido el descanso justo del guerrero y debía volver con las fuerzas recargadas a afrontar el duro tramo final de la campaña política que le esperaba en Cúcuta.

Con su hijo Juan Fernando

Muchos años después su hijo Juan Fernando, quien en ese verano de 1997 era el Embajador de Colombia en el país Heleno, recordaría haber visto las sombras de una enigmática tristeza en el largo rostro de su padre justo cuando se despidieron en el aeropuerto. Se embarcó en el avión sin saber  que nunca más volvería a ver a su hijo, ni a estar en Grecia.

A veces se preguntaba si no había sido mejor dedicarse únicamente a su primera pasión, la medicina. Su consultorio ubicado en el centro de Cúcuta cada vez se parecía más a un cuartel político que al sitio de trabajo de un cirujano.

Pero todas las dudas se disipaban cuando aparecía el fragor de una campaña. Entonces invertía toda su energía en recorrer el departamento, en guiar  a los jóvenes políticos que representaban el futuro de su partido, en idear estrategias para ganar.

La política lo hacía sentir vivo, lo apasionaba, sentía como el flujo sanguíneo se le aceleraba, como  la adrenalina cabalgaba por su cuerpo.

Allí se daba cuenta que a pesar de que las agendas de trabajo se le estrechaban dramáticamente y de que apenas le quedaba tiempo para pasarla con su familia, el haber tomado la decisión, para muchos tardía de incursionar en política a los cuarenta años, había sido lo más acertado que había hecho en sus 65 años de vida.

Esa campaña sería crucial. Perder las elecciones del 26 de octubre significaría que los últimos meses de Ernesto Samper en la Presidencia de la República serían asfixiantes. El estaría allí, ayudando a su amigo desde la provincia.

Había visto a Samper en peores circunstancias, recordó la tarde de 1989 cuando en el atentado que le costó la vida al dirigente de la Unión Patriótica José Antequera, el entonces senador  había sido herido de gravedad. En el suelo, revolcándose en un charco de sangre, Jorge Cristo auxilió a su amigo. Contra todo pronóstico logró recuperarse después de haber estado durante meses en estado crítico. Ernesto Samper, no había duda, era un tipo duro.

El 8 de agosto de 1997 sería un día agitado para Jorge Cristo Sahium. Deberían definir las estrategias, hacer coaliciones, preparar discursos, hacer política. Por eso se levantó más temprano de lo normal y antes de las ocho de la mañana su escolta, Pedro Cobaría Reyes, le informaba que la blazer estaba lista para partir.

En el camino seguramente habrá pensado en sus enemigos. La guerrilla del ELN se había hecho fuerte en la región. Los tentáculos del Cura Pérez en Norte de Santander eran tan largos que llegaban hasta la zona metropolitana de Cúcuta. Ese grupo insurgente había amenazado en repetidas ocasiones que harían lo imposible por desestabilizar las elecciones.


Eran demasiadas cosas en que pensar, muchas las tareas por hacer. Debería tener varias manos, para realizar lo que soñaba. El viaje a Grecia no había sido solo por placer. Él esperaba convencer a Juan Fernando, su hijo, su amigo, su mano derecha para que volviera a Colombia a ayudarlo. Él le había dicho que lo esperara, que el próximo año se convertiría en su escudero.

Él que siempre estaba atento a todo, estaba tan metido en sus cavilaciones que no se dio cuenta de la Toyota gris y de los tres hombres que estaban en ella. La blazer se parqueó justo al frente del edificio donde estaba el consultorio, uno de los hombres que estaban en la camioneta gris se bajó de ella y corrió hasta el auto de Cristo, el escolta intentó reaccionar pero el hombre le disparó en la cabeza.

El senador abrió la puerta de la blazer pero no alcanzó a poner un pie en la tierra. El hombre disparó cuatro veces en la cabeza y el cuello del político. El asesino volvió a la camioneta y los tres hombres se dieron a la fuga. Eran las 8 y 45 de la mañana.

La guerrilla del ELN fue señalada como presunto autor del asesinado del padre del senador Juan Fernando Cristo en agosto de 1997.

A Jorge Cristo y a su escolta los llevaron a la clínica San José. Los médicos no pudieron hacer mucho. Al cabo de los minutos trescientas personas se agolparon frente a las urgencias de la clínica. Muchos de ellos lloraban la desaparición definitiva del carismático senador.

Dos horas después la secretaria del Presidente Samper le comunicaba a Juan Fernando que su padre acababa de sufrir un atentado y que su vida estaba en peligro. El embajador entendió que nunca más volvería a recibir un consejo de su padre. Un gemido ronco y terrible saldría de su garganta. El dolor le desfiguraba el rostro.

Tomó un avión y después de varias escalas llegó a Cúcuta, lo vio en el cajón, inmóvil y elegante, como si en cualquier momento se fuera a levantar con el mal genio que suelen dejar las siestas.

Juan Fernando en medio de la tragedia entendió que su vida había cambiado para siempre. La burbuja donde había estado enclaustrado había estallado. Ahora él era una víctima más, de las millones que han dejado décadas de conflicto. No sólo heredaba un  abundante caudal político sino que ahora tenía una razón para luchar.

Contrario a otros políticos que usaron el asesinato de un familiar como una excusa para justificar su odio, Juan Fernando decidió perdonar. Entendió que para conseguir la anhelada paz debía hacerse visible el bando al que él ahora pertenecía, el de las víctimas.

Es una lucha por la que aún hoy, años después de esa horrible mañana, sigue manteniendo. La trágica y absurda muerte de Jorge Cristo sería el último consejo que le diera el senador a su amado hijo.

Fue ponente de la Ley de víctimas que con su empeño sacó adelante, una iniciativa que lo catapultó políticamente. Cristo transformó el duelo  en un propósito claro:  luchar para que algún día, en un futuro no muy lejano, un hijo no tuviera que llorar sobre el ensangrentado cuerpo de su padre.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

domingo, 25 de septiembre de 2016

1007.- CUANDO LA OPINION SE TRASLADO A LA QUINTA YESMÍN



La Opinión


El periódico La Opinión se trasladó a su nueva sede: la Quinta Yesmín. Un sábado y 13, de 1966.

Primero se había alquilado un local en la avenida tercera con calle octava (Frente al Palacio Nacional) donde se imprimía como semanario y al finalizar 1959 se trasteó para la avenida 4 número 16-11. El ejemplar valía 0,40 centavos.

Ese 13 de agosto de 1966 salió publicada la noticia en primera página, arriba, al lado del cabezote de La Opinión, anunciando el  traslado de sus oficinas y talleres a  la Quinta Yesmín.

Y en un aviso publicado también en la primera página, en la parte de abajo, se advertía,  que el periódico dejaba de circular los días lunes y martes y reaparecería el miércoles, aprovechando un puente festivo, ya que en esa época no circulaba los domingos.

Sin embargo, esa mudanza se prolongó ocho días más, según recuerdan el entonces jefe de redacción Cicerón Flórez Moya y Luis Alfonso Parada Hernández, quien se desempeñaba como cobrador y fundidor de plomo y  testigos de tal acontecimiento.

La planta de personal no superaba las 10 personas. Los linotipistas Iván Ramírez y Julio Barros, el maquinista Luis Gómez, el armador Ariel Sáenz, la administradora Armida Capacho, el ‘datero’ (conseguía los datos  de las noticias) Luis E. Prato, el fotograbador José Algarra, el armador del periódico William Camacho y los periodistas Luis Durán Gómez y Gustavo Salazar.

En ese entonces, entre la mudanza,  se pasó el linotipo 31 y se requirió de los servicios de Manuel Puyana, linotipista de Vanguardia Liberal de Bucaramanga.

También se  trasteó la  impresora de medio pliego  y se necesitó  del servicio técnico  de Augusto Negret, quien vino procedente de Bogotá.

La Quinta Yesmín quedaba ubicada, precisamente, al frente del local donde se imprimieron las ocho páginas de La Opinión, durante seis años.

El periódico circuló  como semanario entre 1958 y 1959 y las labores como diario las inició el 15 de junio de 1960.

Eustorgio Colmenares trasteando el linotipo modelo 31 a la Quinta Yesmín. En la foto con Manuel Puyana.

La nueva sede de La Opinión empezó a funcionar en la casona centenaria de  la avenida 4 calle 16-12, donde estuvo entre otros la Colombian Petroleum y últimamente el Colombo-americano.

La Quinta Yesmín fue propiedad de José E. Abrajim, quien  vendió el 25 de febrero de 1963 a la señora Margarita Sánchez viuda de Cárdenas, quien a su vez la cedió a Eustorgio Colmenares Baptista el 24 de junio de 1968.

La transacción  se hizo ante el Notario Primero Principal del Circuito, Luis Antonio Cáceres y ante los testigos instrumentales José Dolores Herrera y Ramón Olivo Niño, según reza en las escrituras.

La Quinta Yesmín colindaba por el norte, calle 16, con la Quinta Cogollo, propiedad de Arturo Cogollo y por el occidente con propiedades de Ana Josefa Pérez de Palacios.

Colmenares Baptista pagó la casa en varias cuotas. El precio fijado de esta venta fue la suma de $150 mil y el término para pagarlo fue de dos años. Al firmar la escritura entregó $40 mil a la señora Margarita Sánchez. El saldo, o sea, la suma de $110 mil, lo pagó así: $30 mil el primero de junio de 1969; $40 mil el primero de diciembre de 1969; $40 mil, el primero de junio de 1970. El interés fue del uno por ciento sobre los saldos pendientes. Para garantizar ese pago tuvo que aceptar hipotecarla.

Poco a poco se fueron ensanchando las instalaciones y modernizando los equipos.

En 1969 se adquirió una prensa Duplex y en 1977 el periódico adquirió una rotativa Goss, con una capacidad para imprimir 24 páginas con unidades de color y entregando el papel plegado.

En 1984 se pasó al sistema Offset al adquirir una rotativa Harris V15-A, de cuatro unidades, incrementadas a cinco en 1991. Recibía  fotografías directas por el sistema de radiofoto para luego pasar a recibirlas por satélite a comienzo de los 90. Y de ahí en adelante se puso al día con la tecnología y en 1999 empezó a navegar con su página web.

En el 2008 se adquirieron casas contiguas que se habilitaron, una  para albergar el crecimiento de la rotativa, la cual pasó de 5 unidades a 12 con el fin de facilitar la impresión de La Opinión con más páginas a color y también poder imprimir el periódico popular Q’hubo, mientras que la otra se convirtió en la sede del nuevo periódico popular, que salió a la circulación con  éxito en Cúcuta el 29 de marzo de 2009.

La Opinión  tiene hoy  en su nómina unos 230 empleos directos y cerca de unos 300 indirectos, que ponen todo de su parte para que los productos que salen a la calle sean de la aceptación de la ciudadanía en general.

A pesar de los años, la Quinta Yesmín  se ha seguido conservando en su estructura, por ser considerada inmueble de patrimonio regional. La fachada sigue intacta y sus cuartos, salas, comedor, se mantienen a pesar de  haberse transformados en oficinas y salas de redacción y producción.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

viernes, 23 de septiembre de 2016

1006.- UNA ESMERALDA, MASCOTA DE BUENA SUERTE!



Gastón Bermúdez Vargas

El embrujo verde


Mi querida Estrellita:

Hace algún tiempo te escribí unas líneas haciéndote conocer mis sentimientos sobre los achaques de salud que han venido aquejándote. En estos días he vuelto a saber que tu salud no sigue bien, es decir, que no hay mejoría a medida que los días pasan.

En medio de tantas preocupaciones, las que se agigantan con el correr de los años Y la fatiga que trae el trajín diario, que lo va volviendo a uno un angustiado y con muchas bregas para el descanso y hasta para conciliar el sueño, he pensado en todos los de la familia y especialmente en ti y en tus achaque de salud.

Esto me ha llevado a recordar un poco épocas pasadas, tal vez tu madre no haya olvidado. Tú no tienes por qué acordarte, porque apenas estabas dando tus primeros pasos, si era que ya habías nacido.

En esta forma he recordado que tu tío Manuel, según los médicos de la época padecía de un mal entonces incurable, pues dizque era hemofílico. Y también lo fueron tu papá y tu tío Carlos. Enfermedad de reyes, pero muy dura de sobrellevar para los pobres.

En una de las recaídas de tu tío Manuel, tres médicos que entonces lo asistían y que en la noche de un viernes, no lo olvido aún, lo desahuciaron y le dijeron a mamá que se preparara para un desenlace fatal.

Hicieron entonces un último esfuerzo, casi desconocido en Cúcuta, como era una transfusión de sangre. No existía entonces en el comercio plasma ni cosa parecida. Los médicos eran los doctores Moncada, Lozano y Vera Villamizar, si la memoria no me traiciona. Dispusieron los galenos que entre los miembros de la familia se buscaría la sangre del tipo que sirviera a tu tío Manuel.

Y dispuso papá sin consultarlo a nadie, pues eran los tiempos que en la familia lo disponían todo, primero el padre y luego la madre. Dispuso, repito, que la sangre de todos fuera examinada hasta encontrar la que le conviniera a tu tío enfermo para la transfusión. Primero él se sometería a este examen, luego mamá y después se someterían todos tus tíos por orden de edad.

No olvido aún que uno de los médicos me miró a mí y luego a tu tía Graciela y dijo un poco burlonamente, al vernos tan pálidos, que nuestra sangre probablemente no serviría. Vino la prueba del primero, que era papá, y se la encontró aceptable y por esto ningún otro se sometió a la prueba.

La transfusión se hizo con el instrumento que prestó uno de los médicos, muy rudimentario si se le compara con los instrumentos de hoy. Papá acostado al lado de tu tío Manuel. Todo se hizo en horas de la noche y como la luz de Cúcuta no era de voltaje suficiente, se apeló a los reflectores que prestó un fotógrafo vecino y amigo de la familia, un señor Ospina, casado con una señora Rosas, que fue poco después la heredera del periódico El Trabajo, el más antiguo tal vez de Colombia, circunstancia que le facilitó a ese amigo Ospina a convertirse en uno de los jefes políticos de su partido en nuestro departamento, del cual también tu eres oriunda.

Recuerdo que se desperdició mucha sangre, tal vez por falta de pericia de los médicos o por lo rudimentario del instrumento con que se hacía la transfusión. Papá se retiró muy débil a su cama. Había dado bastante sangre. Pero como era un viejo roble, fuerte como hoy no se consiguen los hombres, se limitó a pedir que le pusieran un cigarrillo en la boca, aún cuando él no fumaba, y se quedó dormido.

Al amanecer del día siguiente no fue muy prometedor. Papá se levantó bien, pues ya había recuperado su sangre, pero tu tío Manuel despertó con mucho frío en el cuerpo. Los médicos llegaron muy temprano y no se mostraron muy optimistas.

Entonces papá consideró que la última prueba de la ciencia ya se había echado y optó por jugar su última carta. En ese año, creo era el 41, a los cuatro hijos mayores nos había regalado el día del aniversario en que llegábamos a la mayoría de edad, un anillo de esmeraldas y no los había colocado en el anular izquierdo como mascota de la buena suerte. Pero tu tío Manuel había perdido el suyo y esto había contrariado a papá.

En el desespero y como última esperanza, papá se despojó de su anillo que era una preciosa esmeralda, lo sacó de su dedo y lo puso en el de mi hermano mayor. No comentó con nadie nada. Rendía su orgullo ante el descuido de su hijo que no había cuidado la mascota de la buena suerte. Esa noche se retiró  otra vez a su cama sin cruzar palabra y volviendo a llevar un cigarrillo a la boca. Cuando regresaron los tres médicos, encontraron mejoría.

Asombrosamente al día siguiente encontraron una reposición inexplicable. Tu tío habló con todos y dijo que ya no sentía frío, que se sentía con fuerzas, la hemorragia había cedido, y la recuperación fue asombrosamente rápida. Todos explicaron la curación a la buena suerte que le había traído la sortija de esmeralda.

Tu enfermedad me ha hecho pensar en aquel grave momento que pasó tu tío desahuciado por los médicos. Y te he buscado un pequeño anillo de esmeralda, no muy valioso, pero sí merecedor de que lo guardes como una mascota de tu salud y tu buena suerte, y como un recuerdo de tu tío en ausencia de tu padre. Imagina que es él quien te lo quiere colocar en tu dedo izquierdo. Pero póntelo con fe. Yo estoy seguro que llevará mejoría a tu salud, sino es tu curación total. Buena suerte!

Posiblemente te lo enviaré con tu tía Katta, cuando ella venga, si es que no encuentro otro camino…

Fragmento de una carta enviada desde Bogotá por mi tío, Ventura Bermúdez Hernández (q.e.p.d.), a mi hermana Estrella en Maracaibo, quien sufría de una grave enfermedad terminal, misiva que no alcanzó a leer porque lamentablemente murió (1987) antes que llegara a sus manos, pero la recibió posteriormente mi madre junto con la sortija de esmeralda. Mascota de la buena suerte!