domingo, 24 de mayo de 2015

762.- LOS PRIMEROS EXTRANJEROS DE CUCUTA



Gerardo Raynaud D. 


Droguería Alemana antes del terremoto de 1875

Desde los remotos tiempos de su erección, la ciudad se fue consolidando como el ‘cruce de caminos’ por su ubicación geográfica, entre la Capitanía General de Venezuela y el Virreinato de la Nueva Granada, especialmente en lo referente al tránsito de los conquistadores quienes se desembarcaban, unos en el puerto de Maracaibo y otros en Cartagena de Indias, pero todos con el mismo objetivo, adentrarse en las inhóspitas nuevas tierras y tratar de beneficiarse con las novedades que iban encontrando a medida que avanzaban en las profundidades del continente y con la esperanza de hallar las riquezas que les ‘pintaban’ quienes regresaban de esa aventura, que era navegar con rumbo desconocido y retornar para ‘contar el cuento’.

Esos aventureros, bien fuera que ingresaran a territorio americano por el puerto de El Callao en el Perú o por cualquiera de los desembarcaderos existentes sobre las costas del mar Caribe, luego de sus travesías por el norte del continente, regresaban a sus lugares de origen, tenían la opción de hacerlo bien fuera dirigiéndose a Cartagena o a Maracaibo y quienes esto pensaban, por lo general, enrumbaban sus pertrechos hacia el lugar más práctico y cercano y el que les brindara posibilidades más seguras y cortas y este era el camino a Maracaibo, que dicho sea de paso se hacía por vía fluvial, medio más rápido y seguro para llegar a ese destino.

Esta característica se fue consolidando a través del tiempo y como lo mencionan las crónicas, el carácter de la población que se asentaba en los valles conformados por sus dos ríos, hoy conocidos como Pamplonita y Táchira, se fue tornando, cada día, más amigable, acogedor y hospitalario, tal vez, por las condiciones del clima y por las estrechas relaciones que fue estableciéndose entre los vecinos de uno u otro lado de las riberas de sus ríos tutelares.

Fuera casual o no la división que se hiciera posteriormente y que configurara dos países separados por una línea imaginaria representada por una corriente de agua, no fue suficiente para diferenciar los rasgos característicos de los habitantes de una orilla o la otra, por esta razón, cuando se habla de los primeros extranjeros, debo aclarar que no se hace referencia  a los vecinos de ahora, como tontamente se pretende interpretarlo hoy en día.

En los albores de la ciudad, ‘reinaba la más pura confraternidad y familias y negocios crecían al calor de los vínculos de la tradición y del espíritu’, se leía en uno de los artículos del diario Comentarios al referirse a los primeros pobladores de la región.

La principal migración fue sin duda la venezolana, así no se interpretara como tal, a pesar de que su procedencia, era de Maracaibo y seguida muy de cerca por los italianos.

A propósito de esta situación, cito a don Julio Pérez Ferrero, que antes del terremoto había una colonia de itálicos que por razones desconocidas abandonaron estas tierras ‘tan propicias para el negocio’.

Posteriormente y atraídos por las facilidades para establecerse en esta tierra, fueron llegando otras migraciones, unas que se quedaron y otras, por razones diversas tuvieron que regresar; me refiero a la oleada de viajeros sirio-libaneses y alemanes.

De estos últimos, hicimos mención en una crónica anterior publicada con el nombre de “Por qué se fueron los alemanes”.

De los italianos podemos hacer una larga lista de personajes que contribuyeron al progreso y al desarrollo de la ciudad, desde los primeros que se establecieron antes del terremoto hasta aquellos que ayudaron a la reconstrucción y que fundaron casas de comercio de reconocida reputación, la más distinguida, la Casa Ríboli, que posteriormente se transformó en Tito Abbo Jr. & Hno., luego adquirida por Almacenes Ley y finalmente hoy Almacén Éxito.

Eran tan unidos y solidarios que hasta tuvieron Consulado, no solo con Cónsul sino además con vicecónsul, por si las dudas.

En cuanto a los alemanes, el primero de que se tiene noticia se apellidaba Huber. Fue tal vez, administrador o propietario de la droguería Alemana, el único edificio que quedó en pie tras el terremoto de 1875.

En la fotografía puede verse el edificio donde funcionaba dicho establecimiento, en la actual calle doce.

Los alemanes, urgidos de materias primas, fueron impulsados por su gobernante Otto von Bismarck a desplegarse por el mundo para garantizar el desarrollo de su industria, lo que hizo que se generara una afluencia de germanos por todo el mundo, pero particularmente, por América y África.

Por estos confines, llegaron por la vía de Maracaibo y se desplazaron hasta la región fronteriza, incluidas San Cristóbal, Cúcuta y especialmente Bucaramanga, donde se afincaron y lograron tener gran influencia, tanto en lo económico como en lo político.

En Cúcuta, se adueñaron del comercio mayorista y se ubicaron en las esquinas aledañas del parque principal, hoy Parque Santander; eran grandes compradores de café, quina, añil y cacao que exportaban aprovechando las ventajas del ferrocarril y la cercanía con el puerto de Maracaibo y traían importadas, maquinaria, herramientas y utensilios para el hogar.

Tenían el monopolio de las importaciones y exportaciones a través de sus grandes compañías Breuer Moller & Co., Van Dissel, Rode & Co., Beckman & Co. y la Casa Comercial de W. Steinworth.

Los alemanes explotaron la plaza y explotaron a una generación de cucuteños, que con resignación, lealtad y respeto les entregaron su trabajo, pues los alemanes eran mirados con verdadera superioridad y solemnidad humana.

Lo que no se puede negar fue cómo estimulaban el cumplimiento del deber, la competencia y el sano juicio.

Sus empleados lo eran por 25 años de servicios al cabo de los cuales los ‘jubilaban’ con un cheque de dos o tres mil pesos, circunstancia no conocida por entonces.

‘Pero lo que hubiesen dado fue muy poco, porque la ganancia era mucha’, pues no invirtieron nada en la ciudad ni edificaron nada, con la excepción de don Cristian Andressen Moller quien llevado más por el amor de su esposa cucuteña que por los sentimientos desinteresados de agradecimiento le construyó la preciosa Quinta Teresa, completamente renovada en la actualidad.

Y para terminar con esta crónica, la colonia sirio-libanesa, más estable y afortunada en los negocios, muy discreto y progresistas, se caracterizaron por afianzarse en esta tierra, cooperando con ella, levantando sus hogares y agradeciéndola por la felicidad y riqueza que les ha brindado.

Muchas modernas edificaciones fueron construidas por entusiastas elementos de la colonia sirio-libanesa, cuyos nombres son innecesarios mencionar pero que la ciudad entera los conoce y les agradece.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

jueves, 21 de mayo de 2015

761.- CUCUTA NO ES UNA CIUDAD VERDE



Jean Javier García

Urbanizadores encontraron en el nim una excelente solución a para sus proyectos, aunque no sea la especie más indicada para conservar los ecosistemas urbanos.

Aunque muchos consideran que Cúcuta es ‘verde’ por el hecho de tener incontables árboles, quizá la ciudad aún esté lejos de obtener ese título y no lo sea, por lo menos, técnicamente.

El gran número de plantas sembradas en vías, parques y algunos separadores hicieron que al municipio se le reconociera como ‘ciudad verde’ y también se le adjudicaran créditos como ‘ciudad pulmón’ o ‘ciudad de los árboles’.

Según datos históricos, en 1988  la ciudad recibió el premio al mérito forestal ‘Roble de Oro’ y fue elegida ‘ciudad verde’ por el Inderena.

Dos años después se le concedió el título de ‘Municipio verde de Colombia’.

Sembrarlos fue una tradición luego del terremoto en 1875 y la gente los necesitó para aliviar los implacables rayos del sol.

Algunos daban mejor sombra que otros, requerían menores cuidados en comparación con otras especies, y de esa manera se introdujeron con el tiempo unas 121 especies en el espacio público.
 
Sin manual de arborización

La magnitud de los reconocimientos generaron que los cucuteños desde entonces se sintieran identificados con la idea de forestar el territorio, incluso, por orden de la alcaldía en 1991, se propuso que todos los ciudadanos adoptaran un árbol.

Quizá el afán por no perder los títulos conseguidos, y la falta de planeación, hicieron que no se proyectara un adecuado estudio sobre ordenamiento forestal.

Cúcuta actualmente es una ciudad con muchos árboles, pero eso no implica que sea verde.

Según expertos una ‘ciudad verde’ debe ser sostenible, lo que implica más árboles nativos que beneficien el resurgimiento de los ecosistemas urbanos y sus pequeñas especies.

La ciudad se caracteriza por tener muchos árboles, pero no por tener grandes o amplias zonas con suficientes áreas vegetales.

“Lo que sucede es que en el mundo cuando se miden las ciudades sostenibles, se suma no sólo por árboles sino por los metros cuadrados de zonas verdes que tienen los habitantes”.

“Por ejemplo Curitiba (Brasil) pasa de 9 o 10 metros cuadrados de zonas verdes por habitante, incluyendo, parques y separadores de avenidas; nosotros no superamos el metro cuadrado por habitante”.

Ser una ‘ciudad verde’ implica tener un modelo de sostenibilidad urbana que genere cambios en pro de la protección del medio ambiente.

Por ejemplo, Malmö (Suecia), tercera ciudad más grande de ese país, se caracteriza por tener el parque eólico para producir energía más grande del mundo.

En Colombia ya hay ciudades que piensan ‘verde’ y ya tienen establecido manuales de arborización.

“No podríamos ser ‘ciudad verde’ porque no tenemos zonas para parques. Tenemos árboles entre concreto. Creemos que parques son polideportivos, pero no; son zonas grandes donde hay corredores y senderos con árboles y plantas”.

El Eje Cafetero ha hecho grandes esfuerzos por constituir zonas verdes.

Por su parte el decano de la facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Francisco de Paula Santander y profesor de botánica, asegura que de la gran variedad de árboles predominan cinco especies en la zona urbana:  chiminango, oití, almendrones, acacias y nim, esta última especie que podría estar frenando ciclos tan importantes como la polinización.

No se sabe exactamente cuántos árboles hay en la ciudad, pero existen unas 121 especies y como 800 mil especímenes (plantas).

Los expertos aseguran que un adjetivo  bien merecido para Cúcuta sería la de ciudad de los árboles, sin embargo, las autoridades deben empezar a indagar en el concepto de la silvicultura urbana, que es un planteamiento moderno del cuidado de estos en las ciudades.

“Es saber cómo manejar esa selva de árboles en el entorno urbano. Planificar y organizar zonas donde se siembre frutales que generen alimentos para las especies, pero también saber dónde sembrar palos que no dañen con sus raíces la infraestructura”.

Hoy la ciudad no tiene un proyecto de silvicultura urbana o un manual de arborización como lo tienen las ciudades más importantes del país.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

martes, 19 de mayo de 2015

760.- LOS EMBAUCADORES DE LOS SESENTA



Gerardo Raynaud D. 

Eran muy frecuentes los engaños, las estafas, los paquetes chilenos y demás triquiñuelas que los embaucadores del siglo pasado utilizaban para engañar a los incautos o para adueñarse de sus haberes por la vía de las artimañas y de las trampas.

La privilegiada ubicación de la ciudad era especial, para que de vez en cuando, se aparecieran esos personajes simpaticones, dicharacheros y locuaces, pero a la vez, siniestros, malévolos y malintencionados que venían en busca del dinero fácil de sus víctimas, que generalmente caían por la codicia y el exceso de confianza, engatusados febrilmente por quienes los ilusionaban con ofertas tentadoras y muy lucrativas.

Se leía a menudo en las páginas rojas de la prensa local, que con amplio despliegue y algo de sorna, narraba las incidencias de tal o cual estafa, las más comunes, el billete premiado de lotería y la tan conocida  situación del paquete chileno, cuyos más apetecidos clientes eran los inocentes viajeros, nacionales o extranjeros que llegaban a la ciudad a realizar compras o hacer algunas transacciones.

A mediados de 1960, en pleno auge de la primera gran bonanza, a comienzos de la primera etapa democrática que vivían los dos países de la esquina noroeste de la América del Sur, llegó al hotel San Jorge, en la céntrica calle doce, un elegante individuo quien dijo llamarse capitán Luis Ríos.

Vestido a la usanza de los pilotos de la reconocida aerolínea Avianca, de estatura alta, cuerpo delgado, color trigueño, nariz aguileña con una ligera desviación, boca pequeña, labios delgados y un caminado que cojeaba ligeramente; no insinuaba sospechas, pues era de escasa conversación pero convincente a medida que avanzaba en la charla.

Don José Díaz-Granados, por entonces gerente del hotel, le brindó su amistad en los cinco días en que estuvo hospedado, tiempo más que suficiente para cumplir con su funesto cometido.

Su víctima, a la que le había ‘echado el ojo’ no era otro que un huésped asiduo del hotel, amigo del gerente y quien se dejó tentar por la locuacidad del falso capitán.

Gerardo Arango Zuluaga era un paisa que desde hacía años y que con cierta periodicidad, venía a la ciudad a realizar sus negocios y por costumbre tenía hospedarse en el hotel de los Saieh.

Fue el mismo gerente quien los presentó al notar el vivo interés del ‘capitán’ en conocer al comerciante antioqueño.

En los diálogos que entablaron, tanto en el hotel como fuera de él, don Gerardo estaba entusiasmado por la actividad del supuesto ‘capitán’ y como tenía amistades que desempeñaban la misma labor, le preguntaba por su vida y actividades, respondiéndole con pormenores perfectos y auténticos; todo esto fue cimentando una amistad y confianza notable.

Para rematar su fastuosa osadía, el falso aviador aprovechaba la compañía de su futura víctima para fingir llamadas telefónicas en las que decía hablaba con algún funcionario de la empresa de aviación.

Es más, en una oportunidad le pidió que lo acompañara a la oficina de la empresa de teléfonos, que entonces quedaba a escasas tres cuadras y llamó supuestamente a la compañía aérea para reportar la próxima salida de su vuelo a la ciudad de Panamá con sus datos y los de su tripulación.

Después de esto, don Gerardo quedó convencido de que su ocasional amigo y compañero de hotel era ‘todo un oficial de aviación con el grado de capitán y que su sede de actividades era Cúcuta.’

Ya convencido como estaba, lo demás vendría por añadidura; lo primero, fue invitarlo a San Antonio del Táchira donde procedió la primera usurpación.

Con el argumento que debía hacer unas operaciones previas a su viaje a Panamá y que no tenía disponible suficiente efectivo, le pidió le prestara una suma de dinero por valor de doscientos cincuenta pesos y que le colaborara para comprar unos ‘detalles’ que debía llevar al istmo, como lo fueron, un collar imitación de perlas, unos frascos de perfumes y unos juguetes eléctricos, toda esa mercancía innovadora y de fácil adquisición en los almacenes de propiedad de los japoneses afincados en esa población venezolana y desde donde se distribuía a gran parte del territorio nacional por la vía del contrabando.

De regreso a la ciudad, nuevamente le solicitó prestado un reloj de oro con la consigna que se lo devolvería tan pronto regresara de su viaje, además de dos mil cien pesos para realizar unos trámites en la empresa de aviación que se los devolvería a su regreso ya que ese dinero se lo reembolsarían de inmediato en el momento del abordaje.

Pero lo que más tranquilizó al infortunado comerciante fue la salvada que se pegó su crucifijo de oro que siempre carga en el pecho y del cual se había enamorado el aviador, al punto que le propuso que se lo prestara para que un joyero amigo en Panamá le hiciera una copia exacta y que se lo devolvería cuando regresara; sin embargo, una extraña corazonada le impulsó a no entregárselo.

En su narración de los hechos a las autoridades comentó que de no haber sido por ese presentimiento, lo hubiera perdido todo.

Aún así, don Gerardo Arango y el hotel San Jorge no fueron los únicos damnificados. Y como quien dice, en sus horas libres, conoció en el mismo hotel a un paisano que trabajaba en Venezuela, Luis Eduardo Gálvis, quien por la confianza que ya había desplegado en la residencia, lo visitó una noche en su habitación.

Al recibirlo don Luis Eduardo le ofreció una copa de whisky siendo esta rechazada por el capitán, pues le estaba vedado tomar antes de emprender cualquier viaje.

Después de varias copas don Luis Eduardo se quedó dormido, lo cual fue aprovechado por nuestro falso piloto para despojarlo de sus pertenencias, reloj, anillo y la suma de ciento sesenta bolívares.

Al día siguiente, el quinto de su estancia en la ciudad, el ‘capitán’ Luis Ríos, muy temprano en la mañana, como es costumbre entre las tripulaciones aéreas se despidió del único empleado del hotel y partió con rumbo desconocido.

Cuando se descubrió la engañifa, todos los perjudicados se dirigieron al Permanente Central, entonces ubicado en la avenida cuarta, detrás de la Gobernación a instaurar las respectivas denuncias.

Además de las ya mencionadas, el último perjudicado fue el propio administrador del hotel San Jorge, don José Díaz-Granados quien denunció que las pérdidas habían sido de noventa pesos correspondientes a cinco días de hotel a razón de $18 pesos diarios, $45.50 por concepto de consumo de bar y comedor, $7.70 del servicio de lavandería y la suma de trescientos pesos en efectivo que le habían prestado.

Ante estos hechos, Avianca se apresuró en desmentir la versión dada por el individuo de que era funcionario de esa compañía y por su parte el DAS emprendió las acciones pertinente para localizar y capturar al falso aviador y temible estafador.


Recopilado por: Gastón Bermúdez V.