lunes, 29 de junio de 2015

776.- INICIOS DEL BANCO POPULAR DE CUCUTA



Gerardo Raynaud


A mediados del siglo pasado la actividad económica y financiera de la ciudad se vio afectada positivamente por el gran auge que presentaba la vecina nación, que había descubierto su potencial alrededor de los yacimientos petrolíferos que le permitió iniciar un camino de prosperidad pero desafortunadamente, olvidándose de los demás sectores que pudieran contribuir en un futuro más estable, toda vez que los recursos explotados no son renovables y su porvenir tendrá, necesariamente, que reinventarse cuando éstos se agoten, eso sucederá en algún momento del futuro a pesar de que sus reservas le auguren muchos años más de bienestar.

Tal como sucedió con todas las entidades financieras del país, que vieron el potencial que les auguraba el desarrollo económico de nuestro vecino, no tardaron en propiciar los acercamientos para instalarse en la ciudad.

Apenas comenzaba la segunda mitad del siglo pasado, ya se presagiaba una estabilidad económica lo suficientemente estable para prolongar las actividades a las zonas fronterizas, alejadas de los centros de la producción y el poder, con el propósito de expandir sus beneficios a la periferia, que cada día se consolidaba más y adquiría mayor importancia.

Por estas razones, una de las novedades financieras del momento, el Banco Popular,  que se presentaba como “una institución rica, al servicio de los pobres” decide establecerse en esta capital, para servirle de apoyo al comercio y a los pequeños industriales, pero especialmente a los trabajadores y empleados, que había sido el principal objetivo de su creación.

El Banco Popular, cuya creación había sido autorizada mediante decreto-ley 2143 de 1950, comenzó a operar oficialmente en diciembre de ese mismo año, en la ciudad de Bogotá, en el sitio que hoy ocupa la oficina de la sucursal de San Agustín.

Inicialmente comenzó con operaciones prendarias, durante su primer año de ejercicio, para luego adquirir suficiente experiencia que le permitiera manejar los procesos de crédito comercial a nivel nacional.

Rápidamente fue expandiéndose con el apoyo del gobierno nacional que obligó a las entidades estatales a mantener depositados sus recursos en esa institución.

En Cúcuta, luego de los estudios previos a la apertura de la sucursal y temerosos de no poder lograr el éxito deseado, a pesar de las gabelas otorgadas por el Estado, pues la competencia de los bancos privados asentados desde mucho tiempo atrás, no le presagiaban mayores facilidades con el comercio y en general, con los demás sectores de la economía, por entonces incipiente.

Nombrado como gerente don Nicodemus Rangel, se dio a la tarea de promocionar los servicios del banco en el segmento para el cual había sido creado, las personas de la clase media, trabajadores y pequeños empresarios que por sus características, no habían tenido acceso a los grandes bancos.

Le habían advertido en la casa principal del banco, en Bogotá, que ese puesto era uno de los más difíciles de desempeñar, pues se necesitaba, además del conocimiento bancario, pericia, visión, tino y caballerosidad para lidiar con esa nueva clase de clientes, en una ciudad como Cúcuta donde la gente tiene un temperamento fuerte y exaltado que tiende a generar conflictos fácilmente.

Pero Nicodemus era todo un personaje, hábil en el manejo de situaciones atípicas como las que tuvo oportunidad de sortear, pues atendía más de cincuenta personas diariamente en su oficina de la avenida quinta, frente a la cual se construiría posteriormente el teatro Zulima.

En una de las primeras entrevistas que le hiciera la prensa, le preguntaban a don Nicodemus, si sentía el entusiasmo de la gente por vincularse al Banco Popular, pues se comentaba en los mentideros callejeros que no se percibía la afluencia de clientes que se esperaba; su respuesta fue negativa, dijo que  la presencia de clientes solicitando la apertura de cuentas de ahorro y corrientes había superado todos los cálculos y que en cuanto a crédito se trataba, ya se habían aprobado y desembolsado un número significativo de recursos, especialmente a pequeños empresarios de la clase media, así como extendido sus beneficios a un buen número de empleados públicos y privados que venían siendo explotados por los agiotistas de turno.

En Bogotá, las directivas nacionales estaban maravilladas por el éxito obtenido en los primeros días de operaciones, pues el volumen de negociaciones había logrado un movimiento proporcionalmente más alto que en Bogotá o Cali.

Aunque este tipo de situaciones es normal cuando se inician negocios, en el sector bancario, esa característica no es lo usual, a menos que se inicien acercamientos previos con los potenciales clientes ofreciéndoles garantías y otros beneficios que hagan atractivas su vinculación, y esto, en esa época no se conocía y menos se aplicaba.

Pero el hecho cierto era que durante los primeros treinta días, se habían abierto algo más de quinientas cuentas corrientes y un poco menos de cuatrocientas cuentas de ahorros, que entonces se manejaban con libretas.

En términos de captación o depósitos la suma redondeaba los dos millones de pesos, una cifra bastante generosa habida cuenta del tamaño de la población, tanto de personas como de empresas; menos de cien mil habitantes, alrededor de 95 mil para ser más exactos.

También estaban los costos para los usuarios de los créditos definidos en ese momento a una tasa del medio por ciento mensual, es decir un cómodo seis por ciento anual, tasa bastante atractiva a pesar de lo elevado que parecía ser en esos años de mitad de siglo, cuando las tasas generales eran algo más bajas, sin embargo, constituían un gran alivio para los prestatarios, quienes en manos de los usureros pagaban entre el veinticinco y el cuarenta por ciento.

Después de unos años, comenzó el auge de la construcción de nuevos edificios para las sedes bancarias y la ampliación, tanto de sus operaciones como de sus sedes físicas, de modo que con el traslado de las oficinas del Banco de Bogotá a su nuevo edificio de la esquina sur occidental del Parque Santander, el Popular se trasladó al edificio que hoy ocupa y que había sido la sede inicial del Banco de Pamplona a comienzos del siglo veinte, que posteriormente fuera absorbido por el Banco de Bogotá en su época de expansión en la década de los años treinta.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

viernes, 26 de junio de 2015

775.- RESTAURANTE RODIZIO EN CUCUTA Y SU HISTORIA



Rafael Antonio Pabón

Jorge Maldonado Vargas

Cuando las casualidades están por suceder no las detiene nadie. Ocurrió en 1985, en un viaje de gerentes de licorerías a Popayán.

En la noche, la atención fue en un restaurante, a las fueras de la capital caucana. El negocio era agradable por el verde que dejaba ver y despertó especial interés en Jorge Enrique Maldonado Vargas y su esposa Luz Nelly Huertas.

Al regreso, mientras el avión surcaba el cielo, se dio la conversación inesperada.

“¿Qué tal montar ese negocio en Cúcuta?”, preguntó Jorge. A lo que Luz Nelly reaccionó y respondió en negativo. “Cómo se le ocurre, si nosotros no tenemos idea de restaurantes y bares”.

Maldonado era el gerente de la Empresa Licorera de Norte de Santander, por eso participó en la reunión de Popayán. La esposa estudiaba administración de empresas en la Universidad Francisco de Paula Santander, con el sueño de montar un establecimiento de belleza.

La idea, a pesar de la no aceptación inmediata, continuó rondando la cabeza de Jorge Enrique. Llegó a casa y no podía sacarse de la mente la imagen de ese negocio que lo había descrestado.

La segunda casualidad corre por cuenta de Miguel Maldonado, gerente de SAM por esos días. Hacía parte de  una organización mundial de turismo en compañía de Julián Caicedo, Álvaro Riascos y Jaime Ontiveros.

Maldonado le echó el cuento del restaurante a su hermano, quien entendió de inmediato la importancia de esa visión y lo mandó a hablar con Ontiveros.

Lo animó y le dijo que “ese es el tipo y es amigo” para darle rienda suelta a la ilusión. Además, no pasaba por buen momento económico y sería una manera de ayudarlo.

Un día cualquiera, de esos que solo están escritos en los libros de las casualidades, Ontiveros llegó a la gerencia de la Licorera, momento que Jorge aprovechó para contarle el cuento que lo tenía atragantado.

Le contó la idea y la emoción embargó a Jaime. “Hagámosle”, respondió y comenzaron a barajar sitios que se ajustaran a la imagen que se mantenía viva en el cerebro de Maldonado Vargas.

“Me gustaría un sitio que está en construcción en la avenida Los Libertadores”, dijo Jorge Enrique.

El Malecón comenzaba a insinuarse como lugar de esparcimiento. Las obras de la primera etapa, que iba de los puentes San Rafael al Elías M. Soto, habían concluido.

La segunda parte contemplaría el tramo entre los puentes Elías M. Soto y San Luis. Eran los días en los que cada 30 minutos circulaba un carro por esa vía.

El primer obstáculo apareció en el camino para el desarrollo del proyecto. “No tengo plata”, dijo de manera tajante Ontiveros. “Tengo cubiertos, platos, ollas, neveras, manteles. Todo, menos plata”, sentenció.

A cambio de escuchar palabras desalentadoras, Maldonado asumió la responsabilidad de buscar los pesos para emprender el camino hacia el cumplimiento del sueño. “Voy a ver cómo consigo la plata”, dijo y de inmediato pensó en las posibles fuentes de financiación.

En la gerencia de la Licorera había pasado del año laboral, hizo cuentas y las cesantías podían ayudar a pisar el negocio. La liquidación pasó del millón de pesos, cifra suficiente para ponerla como planteé.

Fueron para donde León Colmenares, gobernador de Norte de Santander,  a exponerle la idea.

Jorge Enrique tenía el conocimiento adquirido en varios países acerca de la función de los malecones, espacios en los que la gente disfruta de la buena mesa y del aire fresco.

Ludy Botello, jefe de cocina, segunda generación, hija de Alix Botello chef; Luz Nelly Huertas, propietaria y Octavio Maury, jefe de parrilla.

“Le eché el cuento a León. Inmediatamente, me paró y me dijo, ‘no tengo nada que ver con eso, tiene que hablar con el arquitecto que está al frente de la obra, y si está de acuerdo, magnífico, no habrá nada qué hacer’”.

Buscaron el nombre del arquitecto y llegaron hasta donde Héctor Casas Molina. Repitieron la historia de la idea. El profesional vio la alegría en el rostro de los dos hombres y dio el visto bueno.

“Eso es lo que quiero, que El Malecón sea un lugar donde la gente comparta y que cuando alguien los visite tengan un sitio donde puedan disfrutar sanamente”, les dijo.

Entre Maldonado y Ontiveros hubo algunas diferencias por el sitio para construir el restaurante.

A Jorge Enrique le parecía que el espacio ideal era el separador que hoy está frente al teatro Las Cascadas, por la facilidad para el estacionamiento de los carros.

A Jaime lo atraía una caseta de dos metros por dos metros, utilizada para guardar las herramientas de los obreros que  trabajaban en la adecuación de El Malecón.

Ganó la propuesta de Ontiveros.

El gobernador Colmenares ordenó hacer el contrato de arrendamiento, y en el documento se especificó que 60 metros alrededor de la caseta podían construir.

Jaime tenía algunos conocimientos de arquitectura, pues había cursado tres semestres en la universidad, y comenzó a hacer trazos sobre la infraestructura. Orientó a los maestros para adelantar la obra.

Entre tanto, pasaban los meses y el desespero se apoderó de Luz Nelly Huertas, quien apresuró la apertura del restaurante con el nombre ‘Rodizio La Ramada’.

En el 2009 reencuentro de amigos bachilleres CORSAJE66 compartiendo en Rodizio, de izquierda a derecha: Alfonso Salgar, Alberto D´Pablo, Jesús Niño, Armando Albarracín y Hugo Espinosa.

Ocurrió el 5 de febrero de 1986.

Dos años después, apareció la tercera casualidad. Ontiveros rompió la sociedad y pidió más de tres millones de pesos por la participación en el negocio.

Los Maldonado Huertas no desfallecieron, se desprendieron del apartamento familiar y se quedaron con la totalidad del restaurante.

“Estamos cumpliendo 29 años”, dijo con orgullo Jorge Maldonado.

De ahí en adelante comenzó a escribirse la historia del negocio que sirvió como soporte para otras empresas de la familia Maldonado Huertas en Bogotá, Bucaramanga y Cúcuta, en Colombia, y San Cristóbal, en Venezuela.

En el futuro inmediato, mediante la figura de la franquicia, trascenderá las fronteras americanas y llegará a Estados Unidos.

La fiesta de los 30 años será una oportunidad para ‘tirar la casa por la ventana’ (o el restaurante por la cocina) y para cumplir con ese otro sueño rescataron al hijo Sergio para que asuma las riendas y lo mantenga en el sitial que lo pusieron sus padres sin saber nada de carnes, platos, pinchos y asados.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

martes, 23 de junio de 2015

774.- PUENTE TIENDITAS. El sueño, después de décadas de espera



contraluzcucuta.co y otras fuentes


 En la maqueta

El sueño de tener un tercer puente internacional que una a Cúcuta con los municipios cercanos del estado Táchira (Venezuela) comenzó a plantearse en la década de 1970.

Los pasos elevados Francisco de Paula Santander, que lleva a Ureña, y Simón Bolívar, que va a San Antonio, quedaron insuficientes por el trasporte de carga y pasajeros, y el tránsito de vehículos particulares.

El nuevo puente, que se levanta en Tienditas, revivió en los años 80, en las Comisiones Binacionales. El secretario técnico del organismo era Luis Alberto Lobo. 

Luego, en las décadas de los 90 y del 2000 el asunto se echó al olvido.

En el 2012, al comienzo del mandato de Donamaris Ramírez, en la Alcaldía de Cúcuta, se hizo la solicitud al Gobierno para la ejecución del proyecto.

Las interminables colas y el paso tortuoso hacia los dos países llevó a la resurrección de la obra, que aliviará en gran medida los inconvenientes que encuentras colombianos y venezolanos al transitar de un lado a otro de la frontera.

El Puente internacional Las Tienditas es un proyecto en construcción para un puente vehicular y peatonal para conectar el Estado Táchira de Venezuela con el Departamento de Norte de Santander en Colombia.

Su piedra fundacional fue colocada el 24 de enero de 2014 y se tiene previsto que esté terminado en un período no mayor a 20 meses.

Los costos fueron estimados en 32 millones de dólares y se reparten a partes iguales entre los gobiernos colombiano y venezolano.
La construcción está a cargo del Consorcio Venezolano-Colombiano, llamado Batalla de Cúcuta integrado por la colombiana Conconcreto y la venezolana Pilperca, tras un acuerdo de los presidentes de Venezuela, Nicolás Maduro, y Colombia, Juan Manuel Santos.

El puente será construido entre el sector de Villa Silvania (Cúcuta) y Tienditas (Ureña).
Se trata del quinto puente internacional en la frontera entre ambos países, de los cuales 3 son entre Táchira y Norte de Santander, el de Tienditas con 3 canales por sentido y un espacio central dispuesto para el paso de peatones y ciclistas. El proyecto además prevé dos puestos de control a cada lado del puente

La obra tiene un costo de 32 millones de dólares, más los accesos del lado colombiano, que son de 1100 metros y la  inversión de $ 10.000 millones.

 En construcción

Se prevé que los trabajos finalizarán a comienzos de julio de 2015. Las barandas, pavimentación y alumbrado se entregarán la última semana de agosto o primera de septiembre.

La estructura tendrá como dimensiones 280 metros de longitud y entre viga y viga 140 metros.

En realidad serán tres puentes en uno, pues son tres carriles que salen de Colombia hacia Venezuela, tres carriles de Venezuela hacia Colombia y en la parte central un paso peatonal de 10 metros de ancho.

Habrá un fuerte control aduanero que se implementará en el lugar, gracias a la adquisición de dos escáneres y de cámaras de seguridad, así como la fluidez en el tráfico de vehículos y mercancía debido a la amplitud del paso fronterizo.

Tienditas será un ejemplo de lo que debe ser un paso de frontera.

Los pilotes se han bajado entre 26 y 29 metros, es una obra de altísima ingeniería, en la que trabajan 200 obreros. Será un proyecto para mostrar por muchísimos años.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.