lunes, 25 de julio de 2016

977.- EL CUIDADOR DE LA VIRGEN DE FATIMA



La Opinión

Desde que tiene uso de razón Castellano ha sido devoto de la Virgen, por lo que hacerle mantenimiento al monumento es su mayor ofrenda.

Jean Wilson Gregorio Castellanos Hernández tiene nervios de acero y una fe bastante fuerte, cualidades que le permiten bandearse sin ningún problema sobre la cabeza de la estatua de la Virgen de Fátima en el santuario hecho en su honor en San Miguel, parte alta.

Estar 30 metros por encima del suelo, guindado a unas oxidadas escaleras y sin ningún tipo de protección, porque la estructura no soportaría un arnés o una cuerda, no desvelan al albañil: su devoción y el compromiso que tiene dos veces al año con la Virgen de Fátima pueden más que el miedo.

Desde hace cinco años, cada 7 de diciembre y 12 de mayo, un día antes de las festividades en honor a su patrona, sube al monumento. Un bolso con alicates, pinzas y un trapo para limpiarle el rostro a la Virgen, lo acompañan en la peligroso y corta travesía.

Castellanos demora 10 minutos subiendo los cerca de 40 escalones que separan la corona de la Virgen del suelo, y tarda el doble de tiempo en bajar por el cuidado que requiere el descenso. Nadie más en el barrio se le mide a este reto, y él confiesa que esta práctica es su mejor curso de alturas.

“Por mi oficio, suelo trabajar en alturas, pero no de esta magnitud. Cuando estoy arriba hago rápido mi trabajo para poder disfrutar de la panorámica. Estar allí no me atemoriza, más bien me relaja”, explica Castellanos mientras se alista para subir.

Asegura que la parte más difícil es la cintura de la imagen, pues en este tramo las escaleras están bastante oxidadas y tambalean con el viento.

Heredó este oficio de su tío Jesús Hernández Vera, quién por dos décadas fue el encargado de hacerle mantenimiento a la imagen. Al igual que a su pariente, lo motivó la devoción que le profesa desde niño a la protectora del barrio San Miguel.

Antes de empezar a escalar el monumento se cerciora de que los bombillos que va a cambiar funcionen. En medio de risas recuerda que una vez se pasó de confiado y subió a cambiarlos sin cerciorarse de que sirvieran. Cuando puso el último se dio cuenta que estaba quemado y le tocó repetir de nuevo la hazaña.

Esa fue la primera vez que Francisca Hernández, su mamá, lo vio en acción. Casi le da un patatús al ver que su hijo subía de nuevo por los endebles escalones.

Cuando ya tiene todo listo se anima a subir, nunca mira hacia abajo y se concentra en cada escalón.

Abajo, unos obreros que están adelantando unos trabajos en los alrededores del santuario bromean sobre la veracidad de su hazaña.

Un par de minutos después, cuando está a punto de llegar a la meta, los obreros paran su trabajo y empiezan a grabarlo con el celular. Unos se rascan la cabeza y lo tildan de loco, otros se persignan para que no tengan ningún resbalón.

Los vecinos que van pasando por el santuario también se estacionan al verlo posando en la cabeza de la Virgen para darle los últimos retoques  y destrabar una que otra cometa que tiene enredada en la corona.

“Yo me subo confiando en ella. Le cambio los bombillos de la corona y no me bajo hasta dejarla bien linda, y ella cumple con devolverme sano y salvo”, dice en medio de risas.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

sábado, 23 de julio de 2016

976.- LIGIA GUTIERREZ DE CELIS



La Opinión y otras fuentes


La mayor luchadora contra el cáncer en Norte de Santander, doña Ligia Gutiérrez de Celis, falleció en la madrugada del lunes 16 de mayo de 2016.

Tenía 86 años, esta antioqueña fiel a ese ancestro de lucha y tesón, era esposa del doctor Carlos Celis Carrillo, médico y dirigente liberal de amplio reconocimiento en la región, con quien tuvo tres hijos: José Joaquín, María Inés y Carlos Augusto.

Alguien escribió sobre su obra y la influencia de su esposo de la siguiente manera:

Hoy cuando dimensionamos y miramos la realización de las obras de su Liga Contra el Cáncer con algo más de 45 años de historia, nos toca invertir aquella famosa frase que sostiene, que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, para significar que es imprescindible y además Doña Ligia lo acepta, que tras su humanitaria y solidaria obra está la imagen del doctor Carlos Celis Carrillo, a quien seguramente emuló desde que presenció como él con otros galenos  crearon la Clínica Santana, por los años 50s. Ambos emprendedores, en la obsesión de servirle a la gente, incluso desde la puerta de su casa.

Sus más de cuatro décadas de trabajo en favor de las personas enfermas de cáncer lo cual fue reconocido en septiembre del 2013, cuando recibió una mención de honor en el premio Mujer Cafam, por su obra social en la Liga Nortesantandereana contra el Cáncer, que fundó el 17 de junio de 1970.

Con el tiempo, los cucuteños y nortesantanderenos, siguieron la labor callada, persistente, discreta, de Doña Ligia frente a su sueño más que realizado y que el jurado del premio Mujer Cafam sintetizó en los siguientes términos: 

“Mujer Cafam Norte de Santander:  Ligia Gutiérrez de Celis, por su trabajo en función de las personas que padecen cáncer. Impulsó la creación de la regional de la Liga contra el Cáncer en Cúcuta, con grandes logros como el Departamento de Anatomía –Patología, capítulos de la Liga en Pamplona y Ocaña y la Fundación Mario Gaitán Yanguas que opera como Centro Oncológico“.

Lo que resalta de tan importante  reconocimiento, es que fue otorgada a Doña Ligia por sugerencia de varios organismos regionales.

En 2012 dio al servicio la unidad de diagnóstico y aplicación de quimioterapia y en 2007 la consulta externa de ginecología.

Gráfica tomada en marzo de 1980, con motivo de unas condecoraciones otorgadas por la Unidad de Acción Nortesantandereana y en ella aparecen de izquierda a derecha: el maestro Manuel Alvarado, Ligia Gutiérrez de Celis, Juan Agustín Ramírez Calderón, Senén Botello, Carlos Eduardo Ramírez Quintana y el sacerdote Rafael García Herreros. Atrás se aprecia a Jaime Bustamante.

En 2015, también recibió la condecoración Juana Rangel de Cuellar en Categoría Especial por parte de la Alcaldía de Cúcuta. Se tuvo en cuenta los méritos cultivados con humildad de la condecorada y toda una vida dedicada a buscar el bienestar de los pacientes con cáncer, entendidos como un apostolado social. En tanto que la Liga Contra el Cáncer, ha contribuido a generar mejor calidad de vida.

Participó activamente en grupos de beneficencia social, como el voluntariado del hospital San Juan de Dios, y el de las damas grises.

Fue militante del partido liberal, en el cual fijaba posiciones con mucha vehemencia. 

Doña Ligia tenía un carácter recio, sus objetivos los conseguía con mucho esfuerzo y perseverancia, y actuaba con una franqueza espontánea, cualidades que le permitieron conseguir enormes ayudas para su obra y orientarla con el signo de su personalidad.

En los últimos años, se había retirado de su actividad habitual, junto con su esposo. Pero la trayectoria que marcó en su vida queda como un ejemplo para las nuevas generaciones, y será motivo de orgullo para sus descendientes que tendrán en ella una guía inestimable.





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

jueves, 21 de julio de 2016

975.- EL CARMEN DE TONCHALA



Diego García D´Caro


La Capilla de Nuestra Señora del Carmen de Tonchalá es el lugar donde se fundó la ciudad colombiana de Cúcuta. Está ubicada en el corregimiento "Carmen del Tonchala". En épocas republicanas fue -como su nombre lo indica- una iglesia. En la actualidad es la Casa de la Cultura del corregimiento.


Es “un pueblo maldito, no muy lejos de aquí”, es la única referencia que tiene la poca gente que conoce el corregimiento El Carmen de Tonchalá.  

Por alguna extraña razón no se encuentra mucha información al respecto en internet y en las bibliotecas los textos son limitados.

En este sector se firmaron las escrituras que dieron origen a la Ciudad Sin Fronteras, Cúcuta, por Juana Rangel de Cuéllar, anciana solterona y sin descendencia. Vivía en El Carmen desde los  23 años, cuando la muerte del padre la obligó a mudarse de Pamplona.

Era bisnieta del inquisidor Alonso Esteban Rangel, fundador de Salazar de las Palmas, quien había logrado adquirir dominios asesinando el pueblo indígena, en especial a la tribu chitarera.

El Carmen de Tonchalá era un paso obligatorio para llegar al Valle de los Guasimales, pero ahora se ha convertido en territorio olvidado, alejado de la civilización. El acceso al lugar está en los límites de Cúcuta, a un costado del tramo oriental del anillo vial.

No existe una ruta de transporte público que llegue al lugar, las quitaron por falta de uso. Si no se cuenta con un medio de transporte se debe llegar en ‘La Línea’, una chiva que sale del barrio Belén a las 7:30 de la mañana, 12:00 del día y 5:30 de la tarde.

Pobre aquel que no logre llegar a alguna de esas horas, porque debe tomar el moto-taxi que cobra $ 5000. Eso si corre con suerte, pues los únicos que suelen a subir hasta allá son los habitantes de Los Mangos.

Algunos taxistas valerosos se arriesgan por $ 20.000, a menos de que haya escuchado las historias de las luces de Puente Cúcuta, porque ahí sí, “ni por su madre” viaja a sabiendas de que debe regresar solo.

Cuentan los pobladores que en aquel sector, cuando cae la noche, unas luces salen de la nada y persiguen a los carros. En el momento que los alcanzan se desvanecen y dejan en los conductores erizados los vellos del cuerpo y un corrientazo detrás de la cabeza por el miedo. No hay nada seguro de qué pueda ser, pero nadie se detiene a cuestionárselo.

Se transita por una trocha en medio del paisaje árido, donde con dificultad crecen los cactus y el monte.

Un pueblo fantasma se encuentra al lado del camino, es la vereda Los Mangos, proyecto de vivienda gratuita que dio la alcaldía de Cúcuta a los desplazados. El sector con 126 casas (más las invasiones) se ha quedado vacío. No cuenta con puestos de salud ni espacios deportivos y el colegio más cercano se encuentra en El Carmen de Tonchalá.

Después de 7 kilómetros de recorrido y de haber sobrevivido a descuajarse por los saltos del vehículo en la carretera, se llega al corregimiento. En la entrada la patrona, la Virgen del Carmen, mira con ojos melancólicos a quienes pasan por allí.

A la espalda, los cadáveres de los antepasados del pueblo, menos de 40 tumbas.  La gente por lo general se muere de vieja y cuando eso ocurre los líderes comunales recogen dinero entre los pobladores para el sepelio. Es tradición del pueblo que quien muere allí, se entierra allí.

Un pequeño tramo de carretera pavimentada llega a la tienda del pueblo, una casa de paredes azules con un mural de Pozo Azul en el tiempo que desbordaba de aguas cristalinas, antes de que los humanos y el calentamiento global hicieran de las suyas.


La tienda del pueblo.

Mientras unos viajeros se deleitan de los chorizos caseros con yuca dura, sentados bajo una cruz de madera a la entrada que marca la ‘Estación XI’ del Viacrucis, un personaje majadero los observa con esa mirada perdida que solo los locos  suelen tener. Suelta una carcajada terrorífica, como si pudiera ver algo en ellos. Tal vez hubiera querido decirles algo pues balbuceaba un par de palabras mientras caminaba por las calles desoladas. Si tan solo pudiera hablar.

La iglesia, de paredes amarillentas y deterioradas por el tiempo, solía ser la casa de Juana Rangel, un obsequio a la comunidad al morir. Al lado de la gran puerta de madera, desgastada por la humedad, se halla el ídolo en forma de cruz que guarda un secreto atroz.

Hace tiempo, el sacerdote del pueblo era un borrachín y mujeriego. Los pobladores arraigados a las tradiciones ortodoxas, llenos de indignación al ver la actitud del párroco, decidieron desterrarlo. Este, enfurecido, lanzó una maldición sobre el corregimiento. Por esa razón decidieron asesinarlo y arrastraron el cuerpo por el pueblo, con una soga  en el cuello y atada de un caballo.

Cuentan los abuelos que el hechizo está enterrado en ese ídolo, junto a la iglesia. Otros, dicen que está en el fondo de la ‘Tapa’, río que atraviesa el corregimiento. Por eso se secó.  

Quizás solo sean historias de los viejos para asustar a los niños; sin embargo, desde ese día el pueblo no ha cambiado en lo absoluto, como si hubiera quedado atrapado en un espacio-tiempo vetusto.

Las calles del Carmen son de piedra, como las calles reales. Las casas que permanecen en pie tienen fachada colonial. Algunas han sido abandonadas por los legítimos dueños y se han deteriorado con el pasar de los años, como la oficina de la antigua corregidora.

La  madre naturaleza ha reanudado el espacio que le compete, la hierba nace entre las grietas de las aceras y crece a voluntad en aquellas viviendas que se derrumbaron en el terremoto de 1875,  pero cuyas estructuras siguen en pie.

A finales de la década del 60 un grupo de ex-alcaldes y funcionarios visitaron con algún propósito en El Carmen de Tonchalá, las ruinas de la casa de Juana Rangel de Cuéllar; allí se tomó esta fotografía. En ella aparecen entre otros de izquierda a derecha: Juan Agustín Ramírez Calderón, Luis Tesalio Ramírez, Rafael Canal Sorzano, Carlos Ramírez París, el presbítero Alfonso Blanco, Rafael Chaustre, Eustorgio Colmenares Baptista, Pedro José Barjuch, el notario Luis Antonio Cáceres, Pablo Vanegas Ramírez y Guillermo Lamk Valencia

La gente suele ser amable y tranquila, tanto así que se acuestan a dormir alrededor de las 7:00 de la noche, sin tan siquiera poner candado a las puertas.

Los pocos problemas ocurren por cuestiones de tragos, pues cada fin de semana se hace una parranda entre los vecinos a manera de integración comunal.

A veces se ven garzas sobre el lugar, animal que para los egipcios era de buen agüero; como superan las nubes de igual manera superan los residentes los contratiempos.

Si es un pueblo maldito o no,  deben juzgarlo quienes lo visitan, al fin y al cabo, como dicen los habitantes, “la gente que no es del pueblo siempre viene buscando algo”.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

martes, 19 de julio de 2016

974.- LAS AGUAS TERMALES DE SAN LUIS



Gerardo Raynaud


Desde los primeros años del siglo pasado, la ruta más expedita para ir a la frontera era la del ferrocarril que partía de la Estación Cúcuta (donde hoy queda la Terminal de Trasportes), tomando la ruta conocida hoy como avenida Grancolombia hasta el puente San Luis y bordeando el río Táchira, primero hasta Villa del Rosario para llegar al puente internacional Bolívar y luego a la población de San Antonio.

Entiendo que paralelamente a la carrilera se extendía un carreteable que permitía a los primeros automotores realizar el mismo recorrido.

Pero con el avance del tránsito de automóviles, se hizo necesario trazar recorridos más cortos y prácticos que les permitieran a los pasajeros un viaje más cómodo y menos demorado, por tales motivos, entre 1918 y 1919, el gobierno local proyectó una carretera que, además, beneficiaría  la progresista población de San Luis, corregimiento en ese momento.

Esa nueva alternativa vial favorecía revivir una actividad que permanecía alejada y casi olvidada por los habitantes de la región como lo era el llamado “Balneario de la Agua Caliente”.

Pues bien, huelga decir que el sitio de la explanada en la que posteriormente hizo la empresa de aviación LANSA, su aeropuerto, había sido considerado por muchos personajes de la alta alcurnia cucuteña, como el mejor lugar de expansión, dada la belleza del panorama, desde el cual se  dominaba todo el valle del Pamplonita, sin embargo, por su condición de abandono, la administración municipal, previas las consideraciones urbanística de la época no quiso atender las insinuaciones de que se escogiera esa sabana como base para la construcción de los barrios populares.

A pesar de los anteriores reparos hubo quien se atreviera a lanzarse a la aventura de construir allí una casa elegante, de las que es estilaban entonces. Don Arturo Cogollo, tomó la iniciativa, aunque sin mucha convicción, pues no alcanzó a terminarla, aunque aseguran que no fue suya la culpa, sino de la poca constancia en persistir en ciertas iniciativas.

El abandono, al parecer, se debió a la poca seguridad con que se contaba y que hubiera debido adaptarse otro sistema de vigilancia, toda vez que muy frecuentemente se presentaban casos de pérdidas y hurtos, por los cuales nadie respondía.

Claro que, además y debido a las distancias, la falta de servicios públicos de agua, electricidad y otros, fueron factores determinantes para abandonar el proyecto.

Ahora que se tenía una posibilidad cierta, de reacondicionar el ‘balneario de la Agua Caliente’ de San Luis, se veía como una alternativa que evita el largo y dispendioso viaje hasta la vecina población de Ureña, en territorio venezolano, para obtener los mismos resultados ‘sanativos’ a unos costos mucho más bajos.

La propuesta lanzada por algunos notables de la ciudad era simple. Dentro de la serie de argumentos esgrimidos se proponía ‘que la ciudad carecía de paseos elegantes y que sería alternativa de turismo local económica y de gran ayuda para la salud’.

El apoyo recibido por la prensa, particularmente por sus columnistas era bastante característico, muy al estilo cucuteño.

Se leía, por ejemplo, perlas como esta: “…que se siente uno con una picazón, de esas producidas por el calor, pues un baño de la Agua Caliente de San Luis, mejorará la piquiña y ¡ZAS! ¡Se toma el bus o el automóvil y mientras se rasca un ojo, está allí, se refriega y listos! ¡Mejorado! ¿Que quiere comerse un piquete y en tanto se condimenta el bocado apetitoso, un baño ‘refrigerado’ será el aperitivo para la atragantada! Que aspira a pasear con la novia, ¡hombre! como que es más decente viajar a la Agua Caliente de San Luis, sin descartar la obligación de guardar la cultura relativa, pasar las horas allí, al amparo de las ventajas del baño, de la temperatura siempre fresca y agradable y a la de la vida del espíritu, frente a las bellezas de la naturaleza.”

Ante estas presiones ciudadanas, las reacciones fueron más que positivas. El propietario de dichas tierras era el prestante ciudadano de la colonia venezolana, empresario residenciado en la villa de San José y como se decía en esa época, “padre de una lúcida familia formada al calor de esta tierra de sus cariños e incansable luchador por el progreso de Cúcuta,” don Caracciolo Vega.

Por sus condiciones de empresario del sector de la salud, toda vez que regentaba un establecimiento dedicado, especialmente a la oferta de productos de óptica, entre los cuales se destacaban los lentes, anteojos y monturas que eran vendidos con receta, en lo que podríamos asegurar que fue el pionero de los optómetras de la ciudad, así no haya estudiado esa especialidad.

En lo que concierne al propósito que tenía cuando adquirió los terrenos donde se encontraban las aguas termales, dijo lo siguiente, en documento que fue publicado profusamente en el mes de noviembre de 1942:

“Al comprarlas (se refiere a las tierras) fue mi pensamiento, en primer lugar, hacer de esas zonas olvidadas, un rincón o especie de sanatorio, en donde los enfermos curen sus enfermedades y los alentados alaben mejor la salud de que disfrutan. En segundo lugar, aumentar el patrimonio de mis hijos nacidos en esta ciudad.

No fue, pues, con fines de explotación comercial, sino de que todo ser viviente que conozca el beneficio saludable de esas aguas termales, adquiera allí la mejoría y el restablecimiento que anhela, como lo he expresado antes.

Desde que esas tierras maravillosas pasaron a mi propiedad, no he omitido gasto alguno a fin de presentarlas decentemente. He construido varios baños de ducha, reconstruido otros y establecido mejoras, tanto higiénicas como las relacionadas a la casa que servirá de albergue a los enfermos o veraneantes.

Allí, en aquel ambiente, la naturaleza ha sido pródiga. Bellos paisajes, frondosas arboledas, clima refrescante y delicioso y fuentes que rondan el contorno, son el aporte de Dios a ese lugar de aguas benéficas.

Falta solamente, que las autoridades municipales cooperen, en lo que a ellas atañe, a la mayor divulgación de que a pocos kilómetros de la ciudad de Cúcuta, hay unas fuentes termales de mucho valor para la salud.

Así lo han hecho y lo hacen en otras partes, las autoridades; estimular, apoyar y proteger debe ser el lema de todos los funcionarios públicos.”

Lamentablemente, desconozco el estado actual de estos manantiales, los que creo, han desaparecido o por lo menos, han caído en el olvido y el desuso que el tiempo arrastra sin preocupaciones y lo que es peor, sin posibilidades tangibles de recuperación.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.