viernes, 27 de marzo de 2015

734.- INSTITUTO DE MEDICINA LEGAL EN CUCUTA



Hugo González


La historia de la Seccional Norte de Santander de Medicina Legal en Cúcuta se pierde en el tiempo porque  no existe sustento escrito alguno y además por la carencia de registros producto del incendio de la Gobernación de Norte de Santander (1989), en donde funcionaba la oficina de la Dirección de Justicia, y por la deficiente conservación de los archivos.

Tal vez, los recuerdos principales de la Seccional, en sus primeros años corresponden a las malas  condiciones locativas y de trabajo para los funcionarios.

Inicialmente funcionó en un garaje alquilado en el  barrio Latino, cerca de la cervecería Bavaria, en donde se atendía a los usuarios en muy precarias condiciones, mientras que se utilizaba la morgue del Hospital San Juan de Dios (Pamplona) para la práctica de las necropsias.

Uno de los comentarios obligados de quienes conocieron esta sede se refiere a las goteras que se presentaban en las épocas de lluvias.

Posteriormente, la oficina fue trasladada al Hospital San Juan de Dios,  edificación centenaria, con un marcado deterioro locativo.

Al igual que la oficina, la morgue presentaba las mismas condiciones y sin las especificaciones propias, estando los peritos y técnicos expuestos a enfermedades  infecciosas y a los riesgos de salud ocupacional.

Tras la construcción del edificio del Palacio de Justicia en Cúcuta se asignó una oficina (en un espacio de 72 m2) a la Seccional. El traslado a esta nueva sede se hizo realidad en 1990.

Para esa época, se inauguró el Hospital Erasmo Meoz, a donde se trasladó el sitio de la práctica de necropsias a una morgue que era compartida con la sección de patología del Hospital.

La historia de la Seccional da un vuelco significativo con la llegada a la dirección general de Alfonso Cuevas Zambrano, quien asignó la partida presupuestal para la construcción de la sede propia para la Seccional Norte de Santander.

Con la colaboración  de la Alcaldía de Cúcuta, se adjudicó a Medicina Legal un lote de 3.000 m2  en el sector Corral de Piedra, en donde funciona actualmente.

El 29 de octubre de 2014 el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses festejó  100 años de labores a nivel nacional.

La seccional de Medicina Legal en Norte de Santander está constituida por las unidades básicas de Ocaña, Pamplona y Cúcuta.

Mediante la Ley 53 de 1914 se crea la oficina de Medicina Legal en Cúcuta. Inicialmente funcionó, como ya se dijo, en un garaje alquilado en el barrio Latino.

Las condiciones de trabajo fueron precarias especialmente por la falta de espacios que impedían el desarrollo, hasta cuando se inauguró la sede propia en donde actualmente funciona.

La sede actual empezó a construirse en el 2004, se inauguró en julio del 2005 e inició labores en diciembre del mismo año.

Con esta sede se dio inicio a una nueva etapa con un laboratorio de balística y el servicio de sicología forense. 

Además con una morgue adecuada que cumple con las especificaciones técnicas de salubridad, con planta de tratamiento de las aguas residuales.

Para los usuarios, mayor comodidad con una sala de espera amplia y consultorios confortables.

En la actualidad se prestan los servicios de clínica forense: corresponde a los dictámenes de lesiones personales, sexológico forenses y dictámenes de edad, embarazo y de estados de salud.

A este servicio le corresponde el 90 por ciento del trabajo pericial que se realiza.

También se prestan los servicios de siquiatría, sicología, laboratorio de balística, biología, bacteriología y patología forenses, que corresponde a la realización de las necropsias médico legales.

Junto con los servicios de identificación, odontología forense y radiología.

Además de la sección de histopatología en donde se emiten diagnósticos a partir de tejidos recuperados para determinar la causa de muerte.

Desde hace varios años el Instituto ha tenido una transformación representada  tanto en implantación de tecnología de punta en sus laboratorios, como en la capacitación de los funcionarios, lo que ha conducido a sea un centro de referencia nacional e internacional a nivel de Latinoamérica.

En la actualidad, la unidad básica Ocaña cuenta con cuatro funcionarios, la de Pamplona con dos y en Cúcuta hay 27.

El Instituto se ha puesto a la vanguardia a nivel de Latinoamérica siendo punto de referencia y centro de entrenamiento de peritos de muchos países que en la actualidad atraviesan por violencia, que vienen a compartir y a aprender de nuestra experiencia.

Esto permite tener estudiantes de práctica de la carrera de medicina de universidades que han suscrito convenio con Medicina Legal.

Se ha tenido épocas de mucho trabajo producto de la violencia de la región, en especial durante los años del 2000 al 2004.

Por ser una labor social al servicio de la justicia ninguno de los peritos ha tenido amenazas, ni intentos de soborno, muy seguramente porque se tiene claro que quienes juzgan son los jueces y quienes acusan son los fiscales.

El Instituto por su naturaleza aporta evidencias, tanto para la Fiscalía como para la defensa de los acusados.

La mayor causa de muerte en el Departamento corresponde a homicidios especialmente, por proyectil de arma de fuego.

En el Instituto se da atención prioritaria a las víctimas de abuso sexual, especialmente si son menores de edad. También a desplazados y a casos que necesitan ser examinados prontamente como los de embriaguez.

Así como los retos que trajeron las exhumaciones e identificaciones por cuenta del proceso de Justicia y Paz con los paramilitares y los falsos positivos del ejército en Ocaña

Las directivas nacionales  están dando gran importancia en el alistamiento tanto en tecnología como en la modernización de los reglamentos técnicos para continuar prestando los servicios con eficiencia en el postconflicto y continuar como centro de referencia tanto nacional como internacional en medicina legal y ciencias forenses.

La inversión en tecnología y capacitación se ha hecho con miras a las nuevas exigencias que se avizoran en tiempos de postconflicto, para lo cual el Instituto continúa en preparación continua.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

miércoles, 25 de marzo de 2015

733.- EL FERROCARRIL DE CUCUTA, UN TRASCENDENTE CAMINO DE HIERRO



Ciro A. Ramírez Dávila


Estación Cúcuta del Ferrocarril de Cúcuta, construida a finales del siglo XIX y demolida a comienzos de la década del 60 para construir la Central de Transportes.


Siempre tuvimos algún vínculo con el Ferrocarril de Cúcuta, primeramente porque nuestra parentela ascendiente, padre, tíos y parientes, laboraron en sus diferentes actividades; pero también, porque nacimos y crecimos en torno a esa emblemática empresa, que significó tanto integralmente para nuestra ciudad, en el siglo pasado.

Toda la barriada permanecía atenta a los aconteceres de lo que pasaba en “la estación”, como popularmente la identificábamos; desde muy temprano sonaba un estrepitoso “pitazo”, que era el encargado de anunciar las horas de “pegue”, y de “suelta” mañana y tarde.

Esto se convirtió en algo rutinario y condicionante para sus vecinos, a tal punto que las labores cotidianas diarias, estaban enmarcadas y hasta cierto modo ceñidas, a esos horarios: comidas, estudio, diligencias rutinarias, etc.

Los callejoneros conocían como el que más, los funcionarios de la “Compañía” como también la identificaban; los horarios de salida y llegada de los trenes; el nombre de las locomotoras; a sus funcionarios y demás responsables en diferentes actividades: directivos, oficinistas, conductores, bodegueros, despachadores, mecánicos, maquinistas, fogoneros, freneros, guardalíneas, jefes de estación, etc.

Es decir había una especie de simbiosis socio-cultural, entre el ferrocarril y la barriada.

Existían casas de “asistencia”, dedicadas al suministro de alimentación a los trabajadores de la empresa, puesto que la jornada laboral, era en turnos diurnos y nocturnos; por eso se veían muchachos volantones, de esos que llamaban “piernipeludos”, llevando viandas en portacomidas, la cual era contratada por mensualidades.


Cómo no recordar, los diferentes trenes que existían:

“Especial”… su programación era esporádica, para una diligencia urgente: inundación, incendio, volcamiento, orden público o la traída de algún difunto importante.

El “Expreso”… tenía que ver cuando la cantidad de pasajeros o carga no podía trasportarse en despachos ordinarios; por ejemplo en navidad, por mucha afluencia de pasajeros, sobre todo maracuchos.

El “Relámpago”… por lo general viajaba de noche y trasportaba carga de exportación o importación: café, cacao, mercaderías, maquinaria, insumos, equipos, entre otros.

El tren de los “Petroleros”… hacía empalme en Puerto León, trasportaba trabajadores y carga de la Colpet y de la Sagot. Cuando viajaba alguna comisión de ejecutivos, se enviaba una pequeña locomotora con un coche de lujo: era… el “Tranvía”…así, se llamó el trasporte urbano, en la ciudad.

Pero el que más recordamos era el mixto llamado de “Línea”… con pasajeros y carga, que salía diariamente, entre Cúcuta y Puerto Santander, en un trayecto de sesenta kilómetros.

Las mañanas en la Estación Cúcuta, se caracterizaban por la aglomeración de pasajeros comprando tiquetes, con destino a los diferentes paraderos o estaciones.

El Salado, Patillales, Guayabal, Aguablanca, Oripaya, El Edén, La Arenosa, La esperanza, Altoviento, La Tigra, La Jarra, Aguaclara, La Javilla, Pamplonita, Kilómetro 53, Kilómetro 57 y Puerto Santander. Igualmente, los desvíos hacia Puerto Villamizar y Puerto León.

La parada del tren en las estaciones, era de quince minutos, mientras bajaban y subían pasajeros y cargaban o descargaban remesas; en algunas, donde debía abastecerse de agua la locomotora, la permanencia era media hora, la aprovechaban los viajeros, para comprar algún refrigerio.

El tren se regía con el “pito” de la máquina y era de riguroso cumplimiento.

Cabe anotar que la máxima autoridad durante el viaje, era el Conductor.

En cada estación vivía un Jefe, quien las administraba, encargándose de vender pasajes, relacionar carga y mantener información permanente sobre la condición de la carrilera, el estado del tiempo o de alguna anomalía presentada en su zona; cada puesto contaba con teléfono
de manivela.


Por lo regular cada tres o cinco estaciones, tenían una cuadrilla de mantenimiento de la vía, quienes se trasportaban, con sus herramientas, en una pequeña carreta de tracción humana, llamada “mesita”.

A lo largo de las estaciones, se formaron poblados informales, que hoy son caseríos.

Era común observar a los mayordomos, cuidanderos o encargados de las fincas, esperando a su patrón, con bestias caballares ensilladas y mulas enjalmadas.

No faltaban las tiendas o cantinas, dónde apurar un trago o una “amarga” y escuchar la popular música de “carrilera”, en el entretanto de la llegada o salida del tren.

También se degustaba sabrosa comida criolla, de la cual los pasajeros se aprovisionaban para el resto de camino, en “avíos” envueltos en hojas de “viao”.

Puerto Santander y Orope, se constituyeron en verdaderos puntos de articulación Colombo – Venezolanos, puesto que el trasbordo entre los ferrocarriles de Cúcuta y Táchira, originaba una convivencia autónoma entre los dos países, sintiéndose una hermandad de dos comunidades, unidas por el intercambio no sólo comercial, sino humano.

Allí se entregaba y se recibía cargamentos, de materias primas colombianas exportables y novedosas mercaderías, venidas de Europa y Norteamérica, para surtir el comercio cucuteño y tachirense.

Muy importante fue la relación entre Cúcuta y Maracaibo, marcó toda una época de prosperidad, porque esta región binacional, gracias a los dos ferrocarriles y al Lago de Maracaibo, fomentaron progreso en Colombia y Venezuela.

Amén, la llegada de colonias extranjeras, que afincaron sus reales acá, sumándose a nuestro desarrollo.

El regreso del tren de “Línea”, era regularmente a las cinco de la tarde, las gentes cucuteñas estaban pendientes de su llegada, al pitar saliendo del Salado o antes de llegar, a la altura del tejar Pescadero y al entrar a la estación.

Como disminuía la velocidad, la muchachada de Sevilla, se colinchaban en él, hubo varios accidentes al respecto.

La aglomeración en las tardes era notoria, algunos esperaban familiares o amigos venezolanos, otros a comerciantes o finqueros, que llegaban por lo regular con algún atillo de “cosepan” y frutas.

No se olvidará, que ahí venía la leche cruda y el pescado fresco: “paletones”, “bocachico” y “rampuche”, tan apetecidos en nuestra culinaria; por tanto se formaba desorden, entre los lecheros y los vendedores de pescado, al momento de recibo, puesto debían rápidamente trasladar estos perecederos a algún sitio de preservación, para venderlos al día siguiente.


Conclusión: nos produce nostalgia, cualquier mención o reseña que se haga del Ferrocarril de Cúcuta; todavía nos trasportamos mentalmente a sus instalaciones, de la cual como dice un viejo cucuteño, “no dejaron ni siquiera un riel”, todo desapareció, como a propósito.

Ahora, cuando nos aprietan las crisis de todo tipo, se ha llegado pensar, volver a contar con un medio de trasporte internacional, funcional y barato, como lo es el ferroviario; estos han sido los errores de nuestros dirigentes, que en su momento se “obnubilan” y nunca piensan prospectivamente en las próximas generaciones.

Por todo lo anterior, evocamos con melancolía, nuestro querido: “Chemin de Fer”.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

lunes, 23 de marzo de 2015

732.- DE LAS COSAS PERDIDAS DE CUCUTA



Gustavo Gómez Ardila

ESTRUCTUA METALICA DE LA ADUANA: Se encuentra desarmada y embodegada en instalaciones de Cenabastos en el año de 1.992, para dar paso a la construcción del edificio "Centro Comercial El Oití". El inventario de cada una de las piezas reposa en los archivos de la E.I.S. Se encuentra en mal estado. Ficha elaborada en Marzo de 1.999.


-Récele a san Antonio –me decía mi mamá, cuando algo se me perdía y no podía encontrarlo, como el cuaderno de tareas. Mi excusa para no hacer tareas, en la escuela, era la de que el cuaderno se me había perdido. Mi mamá no comía cuento y me obligaba a buscarlo entre los cachivaches del morral, pero me recomendaba el padrenuestro a san Antonio.

Desde entonces me hice amigo de san Antonio, y lo invoco cada vez que se me pierde algo. Y me funciona. Igual que les funciona a las mujeres que buscan novio.  Porque la fe da para todo.

Me acuerdo de san Antonio con frecuencia, porque en Cúcuta son muchas las cosas que se nos han perdido. Se nos perdió la buena fe, se nos perdió la seguridad, se nos perdió la confianza en el vecino.

Hace algunas semanas, nuestra exuberante Secretaria de Cultura municipal, María Eugenia Navarro, andaba en la busca de monumentos perdidos de Cúcuta.  La acompañé a Cornejo, en busca de la estructura metálica que adornaba la edificación donde alguna vez funcionó la Aduana y después Tránsito municipal. Más tarde construyeron allí un centro comercial y la estructura aquella, como una pagoda china, que venía de Bombay, según dicen, se perdió. Cogió caminos desconocidos, y alguien nos dijo que en Cornejo había una, parecida. Era otra.

Sé que María Eugenia ha seguido en su insistencia de recuperar cosas perdidas. Ojalá aparezca el monumento en forma de O, de Jaime Calderón. O la efigie que adornaba el patio del antiguo Banco Central Hipotecario. O las placas metálicas de algunos monumentos.

Se nos perdieron muchas cosas. La costumbre de saludar se perdió y la de ceder la acera a los mayores y la de respetar a los ancianos y ayudar al desvalido. Se perdió la solidaridad, la buena vecindad y el respeto a las autoridades.

Se perdieron los nombres de muchas cosas. Al parque de La Victoria se le perdió el nombre, y en su lugar lo llamamos parque Colón. El nombre de Parque Nacional se perdió, y entonces le decimos el Parque de la Bola. El parque Santander tiene el nombre refundido. Todo el mundo lo conoce como el Parque de las palomas.

Se perdieron las babillas que había en el parque de La Fuente, y se perdió la perezosa que habitaba en los árboles del parque Santander, y los micos de ese mismo parque también se perdieron. Sólo falta que también se pierdan las palomas.

Habrá que ponerle una vela a san Antonio a ver si aparecen la dignidad, la transparencia y la honorabilidad de los políticos, que las perdieron hace ya unos cuantos años.

Se perdieron las retretas que daban en el parque los músicos de nuestras bandas oficiales. ¡Claro! Se acabaron las bandas del departamento y del municipio, y no hay quién vuelva a encontrar dicha costumbre.

Se perdió la garra motilona de la que hacían gala nuestros antepasados. Sólo nos queda la estatua de un indio, cuyo significado desconocemos.

Perdimos el entusiasmo que despertaba el Cúcuta Deportivo, y perdimos la vocación basquetera que nos hizo tan famosos.

San Antonio bendito, ayúdanos. Necesitamos encontrar todas las cosas que dejamos perder. Necesitamos encontrar el camino de ciudad buena y sana y alegre que alguna vez fuimos.

Necesitamos encontrar de nuevo la verraquera nortesantandereana, el empuje de los que reconstruyeron la ciudad después del fatídico terremoto.

Santo Toñito, ¡ten piedad de nosotros!



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.