jueves, 23 de junio de 2016

957.- LA PLAZA DE MERCADO LAS ANGUSTIAS



Juan Esteban


La plaza de Mercado Nuestra Señora de las Angustias se encuentra en el barrio Santander y fue fundada en 1972 por la necesidad de abastecer de productos alimenticios a toda la comuna 10, una de las más grandes de Cúcuta.

En este lugar que está abierto al público todos los fines de semana durante toda la mañana, no solo se consiguen alimentos para mercar, también se consiguen desayunos; pasteles, caldos y otros, que son consumidos por las personas que madrugan a este sitio para escoger desde carnes hasta hiervas que son venidas en el lugar.

Este sector se volvió tan tradicional, que los locales que hay dentro de él no alcanzan a cumplir con la demanda, sobre todo de los domingos, por ellos en la parte de afuera durante medio día la calle se debe cerrar para que se ubiquen los “carreteros” que también venden sus productos aprovechando la avalancha de compradores.

Mercado Nuestra Señora de las Angustias, barrio Santander.

Jairo es un reconocido carnicero del sector, quien explicó que “yo siempre he traído buena carne, antes vendía mucho más que hoy, el problema es que la gente ahora le gusta comprar lo venezolano por el precio, pero no se dan cuenta que eso es de lo más dañino que hay porque no cumple en nada con los requisitos de salubridad”

Luego de las ventas realizadas el fin de semana, el sector vuelve a la normalidad, comprometiéndose los vendedores a limpiar el sitio y no dejar carretas ni enseres a las afueras de la plaza.

Ana de Dios, clienta desde hace más de 15 años del Mercado de las Angustias, comentó que “aquí es bueno comprar porque todo es fresco, y el precio es bueno, usted puede escoger de todos los que venden, aunque uno ya tiene a quién le compra que es el mismo de siempre”

El mercado no ha recibido adecuaciones físicas, y estos lugares están siendo dados de baja por el abandono, un ejemplo de ello es el antiguo mercado de la Calle 13 en el barrio El Contento de Cúcuta, y otro que aún está en lucha por no desaparecer es el de la famosa calle del amor, en la calle 18 sobre avenidas cuarta y quinta.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

martes, 21 de junio de 2016

956.- DE PARTE DEL SIGLO XXIII...-Cerro Tasajero-



Carlos Vera Cristo 
(Tomado de su libro por publicar DE PARTE DEL SIGLO XXIII…)


Atardecer en el sector norte de Cúcuta, abril de  2219. óleo-foto. Al  fondo, el cerro Tasajero, con el hotel “Balcón del Tasajero” y su cúpula de restaurante rotatorio en la cima. A su derecha el perfil natural de Simón Bolívar, formado por la montaña misma.  En el centro arriba, vagones del Helio-teleférico Tasajero-La Vieja. Abajo, el rio Pamplonita .


Cuento primero. DESTRUCTOR DEL ESPACIO
Fragmento del Capítulo IX

Entonces el ser levanta vuelo, planea por unos segundos sobre el área y se orienta en dirección al Catatumbo, la zona selvática fronteriza a 100 kilómetros, en donde por años se extrajo petróleo y ahora se extrae uranio.

El poderoso río que le da su nombre crea grandes humedales y la selva gigantesca que lo rodea los llena de follaje caído. Éste, al pudrirse,  produce cantidades de gas metano, que si bien asciende rápidamente, complicando más que el mismo CO2 el efecto invernadero, alcanza también a concentrarse bastante a nivel del suelo. Lo cual, unido a la micro-concentración de uranio superficial que contiene la tierra de la zona y a las nubes verticales creadas por vientos encerrados por las cordilleras de Perijá y Mérida, ocasiona permanentes descargas  eléctricas con un casi perenne fulgor de rayos y relámpagos.

Es patrimonio ecológico de la humanidad y fuente de gran riqueza turística. Los integrantes de la tribu motilona han recibido finalmente el reconocimiento que merecen y manejan la mayoría de los resorts de la zona. Pueden caer decenas de rayos por minuto durante más de 250 días al año, por lo que el fenómeno se conoce  como “El faro del Catatumbo”.

Está anocheciendo, de manera  que “El Faro” se encuentra en este momento en su máximo esplendor. Los pocos turistas y los tribeños que viven confortablemente rodeados de selva, pasan un susto tremendo cuando divisan, resaltada por los resplandores,  la silueta del monstruo y lo ven posarse sobre terrenos de una de las haciendas de ganado cebú.

También lo vieron los habitantes de la pequeña ciudad de Tibú, la mayoría atiborrados en la alcaldía, el Club Motilones o las plazas de La Catedral y de San Luis Beltrán, escuchando los altavoces instalados por el gobierno, que transmiten noticias sobre el intimidante visitante. Que supuestamente debía estar a muchos kilómetros de distancia. Las cámaras de televisión no se habían permitido en la zona despejada. Mucho menos los drones filmadores, pues si bien los hay de tamaños mínimos, se desconocía la atracción que pudieran originar en el monstruo hacia quienes los  manipularan.

Los presentes jamás olvidarían el dantesco perfil iluminado por los continuos relámpagos del faro, arrancando bocados de metros de tierra, árboles, reses e infortunados humanos, lanzándolos al aire, engulléndolos  y abriendo luego su bocaza para que cayeran en ella rayos, como inverosímil remojo de su banquete.

Así, por algo más de  media hora, completando la visita de hora y media que  ya se está volviendo rutinaria. Desapareció después de un fugaz relámpago, con el que el faro permitió que tanto los de abajo como los de los impotentes aviones de combate que lo analizaban a kilómetros de distancia apreciaran la enormidad de su figura con las alas desplegadas.

Los cuatro voluntarios están completamente ajenos a esta lejana escena. Instantes después de que el monstruo se retirara de su vecindad, Carlos y Andrés se abalanzaron hacia el edificio de las dos chicas y los cuatro jóvenes se confundieron en un estrecho abrazo con la fuerza que solamente podrían entender quienes hayan estado en una situación similar. Por ejemplo, los que regresaron de un largo secuestro en épocas nunca olvidadas.

Cuento segundo. MUNDO MIRMECOLÓGICO
Fragmento del Capítulo VIII

El grupo de voluntarios también tiene una  reunión de emergencia. Coinciden en la región del cerro o mejor “montaña” de Tasajero.  Este domina a Cúcuta, cerca de la frontera colombo-venezolana. Muy curiosamente su cima se continúa con un filo que forma de manera natural el perfil exacto y enorme de la cara de Simón Bolívar, que en el siglo XIX liberó a los dos países del dominio de España; y a otros cuatro más. Soñó con unirlos, pero las ambiciones de sus líderes, iniciadas aún durante la liberación, no lo permitieron. Se prefirió continuar con la división establecida siglos antes  por el país conquistador.

El cerro se alza cerca de mil metros, a 90 kilómetros de la ciudad y su cima está unida por un helio-teleférico turístico de casi 140 kilómetros, con la cima del cerro La vieja, en  las cercanías de la ciudad resort de Chinácota. 

Si bien por muchos años fue olvidado, El Tasajero  hoy en día es un popular centro turístico porque en su parte alta tiene ya un  clima más fresco, aun cuando  el de Cúcuta es muy apetecido por los amantes del calor.

Desde el cerro se pueden ver, en espectacular panorama, los grandes valles hacia el sur y el oriente, que contienen tanto la ciudad de Cúcuta y el rio Pamplonita, como el valle del río Táchira, con la simpática ciudad venezolana San Antonio-Ureña. 

Y el valle del rio Zulia, que se dirige al Nororiente, a  Venezuela, para unirse con el del río Catatumbo, gigante que continúa hasta desembocar en el lago de Maracaibo.

En días muy claros alcanza a percibirse el lago y con los bino-telescopios de mediano alcance, disponibles en los centros de recreo, (mini cámaras avanzadas para sondeos binoculares), se pueden ver detalles de sus alrededores.

Más impresionante aún, la cima del cerro es, desde luego, uno de los  miradores preferidos para ver desde lejos el increíble “Faro del Catatumbo” del que ya hablé en una aventura anterior, con sus cientos de rayos por minuto. Hace mucho que no se necesita pasaporte para pasar de Colombia a Venezuela.

En este valle está la selva del Catatumbo que conserva una fauna variadísima de mamíferos pequeños y medianos y de insectos y aves. Se pueden disfrutar en las cercanías muchos tipos de peces fluviales y frutas tropicales de variados climas. Porque las piñas las traen del cercano departamento de Santander, las chirimollas de la más cercana aún Pamplona, de clima frio por sus  casi tres mil metros de altura, y los mangos y las papayas, de los alrededores cucuteños y venezolanos.

Curiosamente en Cúcuta hay una tradición de sembrar una fruta tan europea como la uva; se dan muy dulces, pero solamente las usan para la mesa y no para hacer vino. Además, como dicen los que saben, vale la pena ir a esta ciudad solamente para gozar su clima seco y caliente y luego comprar en el kiosko de alguna esquina, bien sea agua de panela, o  fresco de arroz, o de avena. Los proveen desde luego con abundante hielo. Describir  esto bien sería largo y es mejor que quienes sientan curiosidad se acerquen personalmente.

Costó mucho trabajo convencer a los motilones, la tribu que por tanto tiempo habitó aislada y agresiva la zona de la selva virgen en los valles de los dos grandes ríos, para que algunos se mudaran hacia lo que consideraban “muy frio”, a 1.000 metros de altura.

Ahora nadie sabe manejar como ellos los modernos salones que empiezan a aparecer desde los seiscientos metros del cerro Tasajero y terminan con la torre de habitaciones de la cima y su  increíble restaurante panorámico rotatorio.

En el momento los  voluntarios no están allí sino en Pozo azul, a media hora, en el recuperado  rio Peralonso, comiendo sopa de rampuche. Cuando pasaba vacaciones en Cúcuta, en su feliz segunda década de vida, ir a este sitio el día de año nuevo era la tradición de Carlos y amigos, para resucitar después de la fiesta de noche vieja. Y la verdad es que esta grasosa delicadeza de pescado puede resucitar a cualquiera de cualquier enfermedad.  La razón de que los voluntarios estén allí es que es Domingo.

Nigel de Marsy el paleontólogo inglés ya ha tomado la cabeza de Carlos con las dos manos y le ha dado un sonoro beso en la frente por haberlos llevado a comer sopa de rampuche y se dirige a dárselo a Norma, que es la verdadera cucuteña.

Miguel Cabrera  Apirá (grande, en lenguaje motilón), gerente de uno de los mejores salones  del Tasajero, llega en ese momento, pero espera cortésmente a que Nigel termine de trasladarse  adonde Norma y le plante su beso en la frente.

Realizado esto, Miguel presenta a su acompañante, un campesino motilón típico de la zona selvática, con el pelo azabache, lizo y cortado bruscamente en forma horizontal sobre la frente, a la altura media de la nuca.

— Señores, --dice Apirá en perfecto inglés— espero que estén disfrutando de su estadía en el Norte de Santander.

El Señor Marcelo Güesta (fuego, en el mismo lenguaje) Cáceres, ha aceptado amablemente venir para contarles lo que sus vecinos y él han estado observando. Se lo agradecemos porque se ha desplazado más de seis horas a lomo de mula.
 
Un dato  como este en pleno siglo XXIII es difícil de imaginar y solamente puede ocurrir en zonas tan entrañables como el Catatumbo.

—Por favor, que antes que todo les traigan una sopa de rampuche --dice Sirham Prassad, impresionado.

Güesta Cáceres pensó que no había entendido muy bien, pero cuando Cabrera le precisó en su lengua la traducción,  su cara se iluminó con  amplísima sonrisa. Sin embargo,  inició su exposición antes de que llegara la sopa:

-- Los cultivos de caña de azúcar han mejorado muchísimo en todos los valles de la región. Las matas (como él llama a las plantas) crecen que da gloria. Pero hemos visto una vaina (es decir, una cosa) muy rara: ahora muchas veces crecen matas de caña en muchos sitios en que no las hemos sembrao, lo qu´es muy raro porque eso no crece por semilla sino sembrando el cogollo. Y igual desaparecen  endespués sin que se sepa cómo. Y por ahí cerca d´ellas, ya en Venezuela, en veces se concentran mucho más qu´en otras partes los rayos del faro.

-- ¿No han examinado los puntos en donde se concentran los rayos?—pregunta Carlos.

—Pues n´ues  fácil atreverse, pero los que se han acercao cuando nu hay rayos cayendo dicen que nu´han visto nada.

—¿Ha habido pérdida de cabezas de ganado?

—Sí, ahora que busté lo dice l´estamos poniendo atención a esa vaina. Como que a la gente le ha dao por robarse cabras y hasta vacas, lo que hace añíiisimos  que no pasaba.

--¡Hijuelosdiablos si han crecío estos bichos! Y ¿cómo se montarían aquí? Porque por estos laos nu` hay d´estas hormigas. Deben ser traídas de la finca nuestra —dice golpeando su mochila de fique que iba a trasladar de la silla a la mesa porque le acababa de llegar la sopa de rampuche y deseaba tener todo el espacio posible para sentarse.

Los miraron comerse la sopa con envidia y conversaron un rato más sobre la zona prometiendo ir a visitar el cerro y la selva. Luego se despidieron y los voluntarios continuaron con sus análisis.

Desde luego nadie notó que de las dos hormigas que Cáceres arrojó de su mochila una quedó mal herida pero la otra se movilizó de inmediato por el suelo y salió al exterior. En el momento hay además  un número considerable de hormigas del lugar recorriendo el comedor; pero como es campestre y está casi al aire libre, el hecho pasa completamente inadvertido.

Nadie está tranquilo. Carlos ya ha expuesto su opinión de que algo tenebroso se está gestando y con la suficiente potencia para causar grandes modificaciones del ambiente y por consiguiente graves perjuicios. No es fácil aceptar sus temores de lucha entre especies superiores, pero los datos que se van observando confluyen cada vez más hacia una finalidad aparentemente definida.

Están alojados en las habitaciones del club del Comercio, prestigioso centro social de la ciudad. Su amigo de infancia el gobernador del departamento, como los colombianos llaman a sus estados, desea ofrecerles una comida esa noche.

Sin embargo, Carlos anhela que prueben el mute y los pasteles de garbanzo cucuteños y francamente servir eso en el Club Comercio y sobretodo de noche, no parece adecuado. Es un plato típico del almuerzo local, al medio día.

Ahora bien, pensar en comer de noche con el gobernador después de almorzar con mute y pasteles al medio día es imposible, así se abreviara indebidamente el almuerzo para llegarle a tiempo al ilustre oferente.

Pero quien estaba más perplejo con el dilema era Antonio Ventura, dada la costumbre española de llamar al almuerzo  comida, lo que desde luego no le permitía entender por qué no era buena idea servir mute a la hora de la comida.

Tratando de entender esto y peor aún, de explicárselo a los voluntarios que no hablaban castellano, por poco acaba con la buena intención que tenían de aprender un idioma ya de por sí suficientemente complicado.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

955.- LA QUINTA TERESA, TEMPLO PARA LA CULTURA



Mónica Vela Vicini



Mónica y Mª Teresa Vela Vicini


A principios de febrero del 2015, tuve el honor de acompañar a mi hermana la arquitecta María Teresa Vela Vicini a la inauguración de las Obras de Restauración de la Quinta Teresa.

Estuvieron artistas, estudiantes, paisanos, amigos y todos los que intervinieron en la obra, los medios, personalidades de la ciudad, alcalde, gobernador, varios ministros y el presidente.

Porque aunque no es muy grande, su importancia si lo ameritaba. Y la bella casona y sus jardines se abrieron de nuevo de par en par, y renovados para que fuera disfrutada por todos.

Como a la entrega de todas sus obras de restauración en que la he acompañado, se me hinchó el orgullo de hermana y de arquitecta, pero nunca como esta vez.

No sé, tal vez porque esa casa siempre ha sido de mis afectos, hizo siempre parte de mi entorno y la he visto desde que tuve conciencia de mi barrio y de mi ciudad, de su arquitectura y de muchas joyas que a pesar del "progreso" todavía conserva la Cúcuta actual.

Y mi hermana y sus colaboradores, casi toda impecable mano de obra cucuteña, la "dejaron" divina.

Y de verdad ha sido un año en que la hemos disfrutado. He ido a conciertos, recitales, exposiciones, festivales de danza, de teatro, desfiles y hasta serenatas, la última Al Agua en el Día de los Humedales, que hicimos con mis amigos de la causa ecologista.

Porque cuando me invitan a La Quinta yo voy, porque da gusto estar allí, porque es delicioso pasar un rato en buena compañía para gozar de miles de expresiones artísticas que entre sus muros o en su antejardín se enmarcan como en ningún otro escenario.

Porque me siento como en casa. Es su vocación: ser incluyente, ser de todos, del arte de todos los artistas, de los espectadores, de quien quiera entrar a estar feliz bajo su techo.

Y espero que esto nunca cambie, porque no sería justo ni con ella ni con los cucuteños.





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.