miércoles, 11 de enero de 2017

1060.- NORTE DESTACO EN EL KARATE EN INTERLIGAS



Omar Romero Güiza

El equipo femenino de karate de Norte de Santander (derecha) tuvo una destacada presentación en el Nacional Interligas e Interclubes de Medellín al obtener el bronce en la modalidad de combate.

Luego de la gran noticia que les dio el Comité Olímpico Internacional (COI), que el karate do fue aceptado como deporte para las olimpiadas de 2020 en Tokio, la Federación Colombiana de este deporte celebró la buena noticia con la organización del segundo Nacional Interligas e Interclubes que se cumplió en Medellín del 12 a 15 de agosto de 2016.

Entre las 19 ligas que asistieron al campeonato con 800 karatecas en todas las categorías estuvo presente Norte de Santander.

La delegación cucuteña, compuesta por siete karatecas, logró nueve medallas, distribuidas en una de oro, dos de plata y seis de bronce, cosecha, que consideró importante la instructora Bethsa Guarín y a su vez se mostró contenta por los resultados a pesar de la escasez de recursos para foguearse aparte de los torneos oficiales avalados por la federación.

De igual forma lograron el tercer lugar por equipos en femenino modalidad katas (o figuras).

El torneo fue dominado por Valle, Antioquia, Bogotá y Córdoba.

En la parte individual, la única presea de oro en infantil 45 kilos fue para Angélica Porras Ayache, quien fue convocada a la selección Colombia.

Entre tanto, que las  medallas de plata las obtuvieron Iván Felipe Díaz Guarín, en  kata preinfantil, y Laura Daniela Porras Contreras, en combate, infantil.

Por otra parte las medallas de bronce las lograron; Laura Jazmín Aguirre, en la categoría senior  de 61 kilos  en la modalidad combate, Carolina Ramírez Díaz en combate, 68 kilos, y Andrés Mutis, en kata, categoría Junior, mientras que el equipo femenino conformado por las karatecas Laura Aguirre, Astrid Quijano y Diana Carolina Aguirre, se hicieron al bronce en combate.

Referente a lo que fue la participación de los deportistas, más allá de las preseas ganadas, la entrenadora Bethsa Guarín dijo que “se mejoró ostensiblemente  porque es la primera vez que subimos al podio en combate por equipos en femenino”.

Guarín lamentó no poder llegar a la final por la presea de oro, en la que según la instructora los jueces incidieron en el resultado.

“En el último combate el cual íbamos ganando por puntos, el árbitro pito una falta en a diez segundos de terminar eso nos echó para atrás la ilusión de llegar al oro”, subrayó.

Recalcó en el nivel técnico del karate del departamento lo ve bien, sin desconocer que necesitan más chequeos con otras ligas.

“Considero que estamos bien, porque se ha mostrado resultados, se está yendo a las competencias principales”. Pero “uno no puede dejar de ir a los fogueos como lo hacen las demás ligas, porque también se necesita de ese roce para mejorar y tener mejor nivel y entre nosotros mismos es muy complicado.”, confesó la entrenadora.

Ahora la preocupación es conseguir los recursos para el Nacional del mes de noviembre último del año tendría como sede  Bogotá o Barranquilla.

De acuerdo a lo explicado por Bethsa solo hubo plata para dos salidas, ahora que se piensa en fortalecer más el karate que fue ratificado como deporte olímpico.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

lunes, 9 de enero de 2017

1059.- LA BAILARINA DEL GUZMAN BERTI



Gerardo Raynaud

El teatro Guzmán Berti fue durante la primera mitad del siglo XX, el centro de la cultura y la diversión de la ciudad, por esta razón, muchas de estas crónicas hacen mención de este sitio tan representativo de la tradición y las costumbres cucuteñas de antaño.

Desde comienzos del mismo siglo, todas las compañías de teatro y de variedades que venían del viejo mundo, tenían unas escalas obligadas si visitaban la América meridional, la primera  era La Habana, en la caribeña Cuba, para luego enfilarse rumbo a Venezuela, siendo la preferida,  la calurosa  Sultana del Coquivacoa, por sus características cosmopolitas y porque muchas compañías navieras europeas, la tenían como destino especial, por ser la sede continental de los negociantes alemanes e italianos, quienes distribuían desde allí sus productos al resto del país y por la vía de Cúcuta, al interior de Colombia.

Los viajes que emprendían estas compañías teatrales y en general, todas las empresas artísticas y/o culturales, eran unas verdaderas aventuras, casi una odisea, pues no había contratos previos ni compromisos, ni agentes que hicieran los contactos necesarios para garantizar los ingresos que requerían para poder, por lo menos, subsistir.

Era común que se quedaran varadas en alguna de las ciudades que visitaban, cuando no llenaban las expectativas del público y se quedaban sin recursos para continuar su gira, a menos que algún buen samaritano, especialmente paisanos suyos, les colaboraran para poder trasladarse a su próximo destino a probar suerte.

Finalizando la primera década del siglo, llegó a la ciudad la compañía de teatro Coello, una de las más organizadas y afamadas del ramo, de origen catalán, a pesar de su apellido portugués, compuesta exclusivamente de artistas emparentados entre sí; estaban padres, hijos, sobrinos, tíos; eran tan buenos artistas que la crítica no lograba identificar quién superaba a quién, “en condiciones artísticas, apostura y en buenas costumbres”.

Decían los mismos críticos que “por entonces, entre quienes nos visitaban no venían chicas casquivanas, ni tiples conquistables, ni coristas complacientes.” 

Esto para aclarar que el señor Coello había hecho una reciente contratación de una bailarina, que dicho sea de paso, no tenía parentesco alguno con los demás miembros, sino que conocedor de las aptitudes y cualidades de esta artista, el director de la compañía había recibido informes que el grupo donde trabajaba se había disuelto en La Habana y que estaban “varados”, algunos en Caracas y otros en Maracaibo.

La empresa liquidada era una Compañía de Ópera, así que era apenas entendible que no tuviera el recibo esperado por estos lares, especialmente entre las clases populares.

La Compañía Coello llevaba más de un año presentándose en el Guzmán, tres noches por semana, con lleno total en palcos y platea, así que se presentaba una oportunidad de variar el repertorio y la inclusión de un acto de baile, era uno de los eventos que más atraía al público, particularmente si la intérprete era agraciada.

Magdalena Baronni se llamaba y era una bailarina de gran cartel en Italia, donde pertenecía al elenco del teatro La Scala de Milán y a quien el anhelo de admirar las maravillas de la tierra firme tropical la había impulsado a seguir viaje hacia el nuevo continente.

La preciosa italianita, de espléndida cabellera dorada y voluptuosa figura, estaba comprometida en matrimonio con un acaudalado empresario habanero, circunstancia que la amparaba contra el asedio de los donjuanes de parroquia y le permitía alternar con las matronas y señoritas más distinguidas del alto y exigente conjunto social de la época.

Magdalena gozaba así de extraordinario aprecio en los más encumbrados hogares y su presencia era bien recibida, en cuanta casa de familia visitaba. Bien es cierto que la adorable artista lo merecía, tanto por sus encantos físicos y su natural elegancia en el vestir, como por su refinada cultura y nobles sentimientos. La colonia itálica, por entonces relativamente numerosa, era la más orgullosa de su presencia y no perdía oportunidad de invitarla cuando culminaba sus presentaciones.

La compañía estaba muy amañada en la ciudad, toda vez que llevaba muchos meses exhibiendo sus actos y por esa razón, los artistas fueron familiarizándose con el público, que los reconocía en la calle y en los lugares hacia donde se desplazaban.

Un buen día, llegada a casa de una de las muchas amigas que había cosechado, dama aristocrática y hermosa, aunque como la generalidad, muy dada a creer en agüeros y presagios, llevaba una sombrilla que recién había comprado en el almacén ‘La Novedad’, cuidadosamente envuelta en fino papel. ¿De compras Magdalena? Preguntó solícita. ¡Oh, poca cosa, una pícola cosa, verazmente bella, mire! Y rasgando la envoltura, sacó prestamente la sombrilla y la abrió con jubilosa sonrisa para que pudiera apreciar su rico forro y su elegante color esmeralda.

¡Por Dios, Magdalena, no haga eso, exclamó vivamente su interlocutora, vea que eso es de mala suerte, abrir paraguas o sombrillas bajo techo!

La reacción le pareció algo exagerada  quien no entendía esa clase de actitudes, más viniendo de alguien de reconocida cultura y no creía en esas pavadas o pamplinas que no eran más que supersticiones propias del populacho o de gentes ignorantes.

Pero piensen lo que piensen o ríanse como lo hizo la bailarina, la verdad es que ocho días después del incidente, Magdalena caía víctima de la artera ’fiebre amarilla’ que por aquellos días asediaba con gran rigor la ciudad. Gran número de señoras la asistieron por turnos, los mejores médicos la auscultaron y recetaron cuanto tratamiento había para los atacados del terrible mal.

Todo fue inútil, Magdalena falleció una semana después dejando cerca de su lecho, su sombrilla verde y en los baúles las argollas esponsalicias, varios paquetes de cartas de su amado y unas cuantas prendas de vestir, todas ellas impregnadas del exótico perfume de aquel cuerpo cimbreante y escultural. Todo le fue remitido al desconsolado pretendiente a su residencia de las Antillas.

Las normas municipales de la época disponían que los muertos por esta impiadosa epidemia, debían ser inhumados inmediatamente después del fallecimiento. Por esta razón sólo asistieron dos o tres de sus amigos, que supieron a tiempo la noticia y quienes apesadumbrados lloraron ante el trágico fin de tan sorprendente belleza.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

domingo, 8 de enero de 2017

1058.- EL GOLF EN CUCUTA, CLUB TENNIS



Sergio Urbina G.



A pesar de sus numerosos detractores como defensores a todo nivel, (y de los primeros, hay muchos en nuestro Tenis Golf Club), el golf es un deporte que a la vez fascina y apasiona, no solo a los que lo practican en todos sus niveles, aficionados, profesionales, seniors, ya hombres o mujeres, jóvenes y niños, también a sus millones de seguidores en el mundo, que desde sus orígenes al día de hoy, ha evolucionado en casi siete siglos, a un estado de deporte casi perfecto, practicado en casi todo el mundo y llevado próximamente a nivel del olimpismo en la cita del mes de agosto de 2016 en Brasil.

El origen el golf ha sido tarea difícil para los estudiosos, establecer con exactitud cuándo se inicia su práctica, que al parecer se remonta a mediados del siglo V, es casi seguro que sus pioneros fueron los escoceses que lo jugaron en sus extensos links costeros, terrenos irregulares abiertos y cubiertos de tupida vegetación, que con sus vientos y corrientes naturales fueron los arquitectos naturales de estos primeros y primitivos campos.

Después lo difundieron por el mundo, a la vez que inventaron los primeros instrumentos para su práctica, además de establecer la parte del campo y recorrido, las reglas básicas, que en gran medida prevalecen actualmente.

En este trascurso del tiempo, el golf pasa por tres etapas, el de los links británicos del siglo IX, el clásico o boom, de 1900 a 1930, y el moderno, posterior a 1945.  

Según información autorizada del profesor Florentino Capacho, actual profesional del mantenimiento del campo (iniciado primero como caddie), se puede dar como inicio de los primeros pasos del golf en el Tenis Golf Club, en el año de 1971, cuando en forma no técnicamente planeada ni diseñada como tal, es decir como campo de golf, se trabaja en los hoyos 9, 8 y 5, existiendo solo el terreno destapado, (más a modo de potrero), pedregoso, sin ayuda de máquinas modernas, sin calidad del césped escogido, sin greenes ni tees de salida.

Pero posterior en el año de 1973, de la mano del Profesor Profesional, Julio Polanía (fallecido), de grato recuerdo, venido de Cali, y Antonio Ronderos, toma forma el campo que en un tiempo de año y medio se establecen los nueve hoyos y se inicia por muy pocos jugadores la práctica de este deporte, siendo los pioneros, el citado profesional, de Alvaro Hackmayer (q.e.p.d), de Fernando Londoño y otros más, para conformar el primer Comité de Golf, así como la organización de los primeros torneos tanto internos, como externos, en especial con los jugadores de la vecina ciudad de Bucaramanga como la de Tibú.

Cabe anotar, que el trazado del campo, desde su inicio ha sufrido varias modificaciones en cuanto a distribución de hoyos, su recorrido, distancias, etc. hasta el momento actual, y aquí vale recordar, que en un futuro, (si no aparecen nuevos socios ecologistas que le pongan palos a la rueda del progreso) el Club tendrá un buen diseñado y moderno campo de golf de 18 hoyos en los terrenos de la urbanización Trapiches, para el disfrute de los jugadores activos aficionados, como de las futuras escuelas que vayan progresando en el tiempo.

Y también es forzoso anotar en este comentario, el esfuerzo de varias personas para desarrollar el proyecto de otro campo de golf en la ciudad, Club de Golf Barí, también residencial campestre, en los vecinos terrenos donados por un socio de nuestro Club Tenis en la vereda Los Vados, que ya a la fecha avanza por buen camino. Para sus socios y propietarios, nuestra voz de aliento para su terminación.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

jueves, 5 de enero de 2017

1057.- PROBLEMAS DE EMBOVEDAMIENTO



Gerardo Raynaud

No niego que el título sea un poco estrafalario, pero a mediados del siglo pasado, cuando empezaba a asomarse la modernidad en la ciudad, comenzaron a surgir problemas originados por las técnicas de construcción que se empleaban, en toda la ciudad sin excepción, lo cual llevó a las autoridades ambientales a tomar ciertas decisiones que originaron disgustos y desavenencias entre la población.

Desde que se inició la reedificación de la ciudad después del terremoto de 1875, las casas y demás construcciones siguieron las instrucciones que deban los ingenieros de la época y estas consistían en la utilización del bahareque, sistema del cual nadie se apartó y que puede constatarse, aún hoy, en las viejas residencias construidas en los barrios más tradicionales de la ciudad. El bahareque tenía varias ventajas, todas comprobadas empíricamente como eran, la seguridad que presta, la durabilidad y la garantía contra cualquier emergencia sísmica como la vivida y de la cual, nadie quería recordar.

Sin embargo, no faltaban los funcionarios recién aterrizados, hijos o no de esta villa de San José, que recién posesionados de sus puestos, posiblemente contagiados de ese prurito de la innovación y alejados de la superabundancia de hombres empleómanos, de esos que en sus ratos de ocio, viven pendientes “de ver la manera de maltratar la tranquilidad y el respecto a las propiedades  y sistemas económicos de sus conciudadanos”, decían algunos de los críticos a las normas que expedían, sin mayores fundamentos ni sustentos, aquellos noveles empleados públicos.

Se trataba de subalternos de la llamada ‘Dirección de Sanidad’, considerada en aquella época por quienes se sentían maltratados, debido a las pautas que continuamente se expedían,  como “la dirección de putrefacción pública”.

Pues bien, a mediados de 1943, les dio por expedir una famosa  resolución, mediante la cual se exigía el embovedamiento de todas las casas de la ciudad. La resolución era perentoria y su incumplimiento acarreaba unas sanciones bastante fuertes, que iban desde la retención de las propiedades, el decomiso de las llaves de entrada para impedir el acceso a la vivienda hasta multas por el  desacato a la norma.

¿En qué consistía el tal embovedamiento? Pues resulta que después de la destrucción de la ciudad en el siglo anterior y la subsiguiente reconstrucción, los techos de las casas continuaban al descubierto, especialmente las de las clases menos favorecidas, quienes vivían la vida al nivel de sus comodidades.

La norma del cubrimiento obligatorio de la vivienda se había establecido como medida preventiva de las enfermedades más comunes de ese momento, toda vez que la ciudad había sufrido los embates de las más mortíferas epidemias en los años transcurridos desde su restauración.

Las fluctuaciones del clima en los últimos cincuenta años, había expuesto a la población, incluidos todos sus elementos de habitación, a contagios que comenzaron con la fiebre amarilla, luego una epidemia de viruela, que posteriormente le dio paso a otra de fiebre tifoidea y finalmente, un azote de gripa con todas sus consecuencias de expurgación de vida.

Las autoridades sanitarias, conscientes de la necesidad de proteger a los habitantes
de estas plagas, hacían ineludible la llamada desinfección de las viviendas, operación que se cumplía con regularidad y era supervisada por los trabajadores de la Oficina de Higiene.

A pesar de estas contingencias, insuficientes debido a lo descubierto de las viviendas, los efectos de los programas de desinfección duraban muy poco y su eficacia era casi nula. Por esta razón, había que apelar a fórmulas más efectivas y tratar de “blindar” las casas, para que los parásitos tuvieran mayores dificultades en desarrollar su nefasto propósito; de ahí la propuesta de embovedamiento, que no era otra cosa, que cubrir la construcción para impedir el paso de alimañas nocivas a la salud de sus habitantes.

Es necesario anotar, que la desinfección, la que hoy llamamos fumigación, se hacía más como control de propagación del comején que de los zancudos, de los cuales aún no se conocían como agentes transmisores o vectores de enfermedades como las anteriormente mencionadas.

El problema surgió más por el procedimiento empleado, que por la finalidad que se buscaba, levantándose una polvareda de disgustos, inquietudes y angustias que llevaron a manifestaciones, particularmente entre los pobladores de los barrios más pobres pues consideraban carecer de los recursos necesarios para realizar las peticiones de la tal “resolución”.

En los estratos intermedios se procedió de manera más calmada pero igualmente provocadora, pues apelaron a los medios para hacerse sentir y promover acciones jurídicas en torno a las competencias y a los elementos procesales empleados en la expedición de la norma.

En los círculos sociales de los clubes y en las tertulias de los famosos cafés, era tema ineludible discutir el tema. Algunos se preguntaban: ¿existe alguna disposición que autorice ese adefesio sanitario? Ese mismo sistema, ¿es adoptado en otras ciudades del país, como por ejemplo, en Bogotá? Luego se trata de un abuso que es preciso denunciar ante las autoridades superiores.

Otros más acuciosos, argumentaban que “hasta ahora, que sepamos, nadie puede ser perturbado en la posesión de sus intereses, ni violado en la tranquilidad de sus personas y aquel ocio del empleado atrabiliario, viola todos los principios constitucionales que nos rigen y lo repetimos como siempre lo hemos hecho, es un abuso protuberante que está haciéndole daño a Cúcuta en forma escandalosa.”

En el caso de los más menesterosos, siempre salían en su defensa alegando “que en esas circunstancias, ha llegado la hora de reaccionar contra ese abuso repugnante y censurable, digno de sanciones del Código Penal, cuando se presente el caso de que porque a un pobre no pueda embovedar su casa, se pretenda expropiarlo, retenerle la posesión de sus propiedades o intimarlo a fuerza de amenaza, para hacerlo cometer el mayor de los errores, como arruinarse ejecutando una obra que va a demoler dentro de un no lejano día, los sacrificios de tantas vigilias para adquirir su vivienda y la de sus hijos, debe tenerse en cuenta que la Constitución de Colombia no ha sido reformada en el sentido de autorizar al gobierno de arrebatar derechos ajenos.”

Estos considerados atropellos, definitivamente no prosperaron y después de algunos “tires y aflojes”, con los funcionarios de la Oficina de Sanidad, el embovedamiento pasó al olvido y la tranquila villa continuó con su caluroso ritmo sereno y sosegado hasta una próxima “resolución”.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.