martes, 24 de mayo de 2016

938.- EL COLEGIO CUCUTA



Gerardo Raynaud

Durante la primera mitad del siglo pasado en la zona que circunda los tres principales parques de la ciudad, el Santander, el hoy conocido como Parque Nacional y el Colón o parque de la Victoria, como se llamaba entonces, estaban las sedes de las principales instituciones sociales del Estado, con el agravante, que colindaban entre ellas, las más opuestas ocupaciones.

Más exactamente en la manzana comprendida entre las calles doce y trece y las  avenidas tercera y cuarta, en un lote donado por Rudesindo Soto, donde se construyó el ancianato que lleva su nombre, también se erigió un centro educativo que se llamó “Escuela de Artes y Oficios”, pero el municipio, aprovechando el espacio no edificado, instaló allí el Permanente Central y la Cárcel Municipal.

Parece que esta propuesta educativa no tuvo la aceptación suficiente entre los jóvenes de ese tiempo, razón por la cual, el establecimiento fue cerrado y la secretaría del ramo aceptó la propuesta del presbítero Daniel Jordán para que en dicho edificio se fundara el Colegio Cúcuta para señoritas, una institución dedicada a la enseñanza normalista y de comercio, que incluía una escuela anexa para educación primaria, particularmente abierta a niñas de menores recursos.

Inicialmente se le propuso a la comunidad de las religiosas Terciarias Dominicanas, que tenían a su cargo el Colegio Provincial Femenino de Pamplona, que dirigieran el nuevo colegio, pero por escasez de personal docente para educación secundaria, no aceptaron el encargo.

Ante esta adversidad, el padre Jordán tocó a las puertas de las Hermanas Salesianas del distrito de Medellín para que se hicieran cargo y el 21 de marzo del año cincuenta, firmaron con el gobierno seccional el contrato que les otorgaba la dirección del Colegio Cúcuta.

Sin embargo y a pesar de las buenas intenciones de las monjas, el colegio no pudo desarrollar su funcionamiento normal, por varias razones.

El colegio no contaba con las instalaciones necesarias para que las hermanas pernoctaran allí, así que mientras se solucionaba este problema, comían y dormían en el ancianato.

Además, la vecindad del Permanente y la Cárcel, comportaba una serie de inconvenientes, los cuales se acentuaron el día o más bien la noche, en que un grupo numeroso de presos se voló, saltando los muros del ancianato y pasando por los dormitorios de las monjas, por lo cual se llevaron un tremendo susto, sin contar con el soez vocabulario que estos delincuentes utilizan cuando están en sus patios, pared de por medio con el colegio y que es escuchado por las religiosas y sus alumnas.

Ante estos inconvenientes, los más interesados en sacar adelante el proyectado colegio, en cabeza del padre Jordán, se reunieron con las autoridades locales con el fin de presentarles las modificaciones que consideraban convenientes para darle una solución apropiada.

En primer lugar, solicitaron el traslado del Permanente y la Cárcel Municipal, al edificio que otrora ocupara la cárcel del circuito, que estaba disponible por el traslado que se hiciera a la nueva Cárcel Modelo, frente al parque Antonia Santos, edificio que quedaba en la esquina de la calle trece con avenida octava y que habían dedicado transitoriamente a instalar el archivo de las entidades locales y algunas oficinas.

La mayor dificultad para aceptar este traslado lo constituía la alimentación que se le dada a los presos, pues la obtenían a muy bajo precio en el ancianato, sin embargo, las monjas insistieron y el gobierno aceptó y así los dos edificios fueron acondicionados, posteriormente a las exigencias, de acuerdo con la moderna pedagogía de esos días.

El grupo de solicitantes, que incluía a los personajes de mayor representación de la ciudad, entre los que se contaban los profesionales, empresarios y maestros, citaban el ejemplo del colegio Sagrado Corazón de Jesús, situado dos cuadras más arriba, por la avenida cuarta, que era completamente gratuito y solicitaban un tratamiento similar con una propuesta concreta, que para ellos era viable así:

Suprimir la Normal Regular y establecer el colegio Cúcuta, sin escuela anexa, únicamente con bachillerato elemental (era el bachillerato hasta cuarto año), desde el preparatorio (quinto de primaria) hasta cuarto de bachillerato, con la seguridad que el tercero y cuarto años, podrían comenzar el año entrante; con esta perspectiva se dispondría de salones para los cinco cursos, además de biblioteca, oratorio y las comodidades necesarias para la permanencia de las religiosas.

La escuela anexa, comenzaría el año siguiente, una vez se adecuaran las instalaciones donde funcionaba al Permanente.

El principal argumento esgrimido para no continuar con el proyecto de educación normalista, era que “las cucuteñas no están interesadas en cursar una carrera normalista, para ir después a un caserío o municipio lejano, de maestras, a base de intrigas, amén de que en las normales nacionales de Bogotá, Tunja, Bucaramanga y Málaga y en las del departamento, hay becas para nuestras muchachas.”

En cambio, decían, con un colegio de bachillerato, por demás gratuito y dirigido por religiosas, sería de gran beneficio para la clase media económica de Cúcuta. Agregaban enfáticamente, “…que a los colegios de La Presentación y Santa Teresa, no pueden asistir las mujeres de las clases pobres, por las pensiones, uniformes y textos demasiado costosos.”

En reunión con el gobernador, el grupo encabezado por el párroco de la iglesia de San José, logró convencerlo para que dictara las medidas que favorecieran a la clase media, autorizando al Colegio Cúcuta para iniciar sus actividades académicas, tales como se había propuesto, eso sí, posponiendo la apertura de una Escuela Normal, que seguía siendo una de las necesidades de la ciudad, ya que las mujeres interesadas en continuar con la noble profesión de docente, debían trasladarse a otras regiones.

Por esa razón, dejaron consignada su intención que en un futuro no muy lejano, por cuenta del Departamento o de la Nación, sea fundada una Normal para señoritas, en cómodo y amplio edificio, con canchas de deportes, biblioteca, teatro, huerta casera, internado, piscina, etc., tal como lo exige la moderna pedagogía.

El hecho es que el Colegio Cúcuta, solamente duró unos pocos años y el proyecto de la Normal, revivió bajo la tutela de la misma congregación y en las mismas instalaciones en que hoy la conocemos con el nombre de Normal María Auxiliadora.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

domingo, 22 de mayo de 2016

937.- DR. EDUARDO GAMBOA SILVA



Gustavo Gómez Ardila

Dr. Eduardo Gamboa Silva

Nació en Durania, se crió en Arboledas, hizo el bachillerato en el Sagrado Corazón de Cúcuta y se largó a estudiar a Argentina, de donde regresó con dos diplomas: el de médico y el de matrimonio, con hijo y todo.

De ese regreso hace cincuenta años y hoy dirá parodiando el viejo tango gardeliano que Cincuenta años no son nada.

Y no regresó con la frente marchita, sino con el alma cargada de ilusiones, con una esposa que lo ha acompañado desde entonces, en las verdes y en las maduras, y que ha sido su sostén en los momentos difíciles, y su alegría en los triunfos, que no le han sido esquivos.

La historia del médico Eduardo Gamboa Silva (doctor Gamboíta le dicen sus subalternos) es fascinante. De niño, y ante un cambio intempestivo de domicilio de sus papás y para que no perdiera la escuela, lo internaron en un convento de monjas de la Presentación.
  
El niño de las monjas aprendió allí normas de estricta disciplina diaria y fortaleció su fe en Dios y en la Virgen (“María es la verraquera”, dicen que dice en familia), y aunque se duerme y ronca cuando reza el rosario con esposa, hijos y nietos, la verdad es que su fe en Dios es inmensa, lo cual le ha allanado el camino de la vida.

Pero no es una fe teórica o superficial. Porque a Eduardo Gamboa se le creció el corazón, que se le desborda a manos llenas para ayudar al necesitado, para dar al que no tiene, para consolar al triste.

Amigos, compañeros de colegio o de andanzas, a quienes la vida a veces golpea, siempre encuentran en el doctor Gamboíta una ayuda, una sonrisa, una frase amable.

En el hogar, su esposa Tere (Teresita del Carmen es su nombre) le da alientos, lo recibe con picos todos los días y lo acompaña en la copa de vino que se toman de aperitivo o cuando se van de rumba, o cuando salen a disfrutar de  un sabroso churrasco argentino. 

“Siguen siendo novios”, dice alguien que los conoce de cerca, y ese “noviazgo” que tiene más de medio siglo, es un orgullo para los dos esposos, que se jactan de vivir cada vez más unidos.

Tienen tres hijos y seis nietos (que se ponen la casa de ruana, los nietos, cada vez que diciembre los junta). El hijo mayor es médico radiólogo como el papá y vive en Estados Unidos; el el segundo, es ingeniero químico, radicado en Cartagena, y la hija es fonoaudióloga, aunque colgó los fonoaudífonos para ponerse a vender seguros, en lo que le va requetebién.

La grandeza del corazón de Gamboíta es tan inmensa, que volvió cucuteños a sus suegros. Cuando todo yerno lo que quiere es vivir bien lejos de sus suegros, Eduardo, tan pronto pudo, se  los trajo de Argentina.

Les dio la mano y los enseñó a decir toche y a comer mute los domingos y sancocho los sábados. Se amañaron y se quedaron.

Fue un acto de gratitud del doctor Gamboa con Héctor Barrera y Elena Giovelina, padres de Teresita del Carmen, que en Argentina, en las épocas difíciles de universitario, le dieron cariño, ayuda y una hija.

La gratitud de Eduardo es perenne. Habla con cariño del Sagrado, su colegio; del Hospital de Pamplona, donde hizo su año rural; del Hospital San Juan de Dios, de Cúcuta, donde trabajó los primeros años de médico; de la universidad de Córdoba, Argentina, y de la Universidad del Valle, en Cali, donde se especializó en Radiología.

Pero sobre todo, vive agradecido con Dios, con quien habla todos los días, según les dice a los nietos, por haberle dado a Tere, su esposa, y a sus hijos Pablo Alejandro, Eduardo y María Teresa, que lo consideran un padre excepcional, generoso sin límites, incondicional con sus amigos y siempre listo a ayudar.

En la tierra tiene tres grandes amores: su familia, la Clínica Norte, de la que es socio fundador y su profesión de médico.

El Colegio Médico de esta ciudad lo condecoró por cincuenta años de vestir la bata blanca. Y como cincuenta años no son nada, esperamos que siga cumpliendo muchos más. La humanidad entera que entre dolores gime, lo necesita.


Comentario.-



Después de leer esta crónica el doctor Carlos L. Vera Cristo, un entrañable amigo, colega y condiscípulo de colegio Sagrado Corazón del Dr. Gamboa,  manifestó lo siguiente:

Los amigos: Rafael Solano Cáceres, José Juvenal Granados Villamizar, Carlos Villamizar Vera y Eduardo Gamboa Silva.

Qué grato encontrar en el e-mail de hoy, y escrito por la pluma privilegiada de Gustavo Gómez Ardila, lo que uno siempre ha querido decirle a Eduardo Gamboa Silva en estos sesenta y pico años de impagable amistad.
 
Es casi increíble que las cualidades que resalta Gustavo y otras que como siempre se escapan en los recuentos, no sólo no se han mermado sino que se han multiplicado. Desde luego esto se explica en parte por la maravillosa Teresa.

Pero es que además ellos y sus hijos y familias han ido constituyendo, con parentesco y amistad, un fogón que se complementó siempre con otros dos inolvidables compañeros  y sus familias: El médico Juvenal Granados y el odontólogo Rafael Solano.

Inclusive llegaron a conseguir fincas y formar en conjunto un complejo rural, modesto  modelo de eficiencia agro-pecuaria, en donde reinaba el buen aprovechamiento de la tierra y la justicia social con los campesinos. Sobra decir que desde hace años hubieron de abandonarlo por razones de violencia.
 
Ausente de Cúcuta desde el final de nuestro bachillerato, tuve siempre el privilegio de reunirme con ellos en cada una de mis visitas a nuestra ciudad  durante los últimos sesenta años y comprobar que permanecía, profundo y entrañable, el sentimiento de afecto y amistad.
Además, el de ver  que sus hijos son fiel reflejo de las cualidades de los padres. No podría explicar adecuadamente la gratitud que uno  siente por haber podido disfrutar, ciento por ciento durante el colegio y luego en el espíritu, si bien en forma  un poco más marginal en el espacio, de tales amigos.

La reciente desaparición de Juvenal truncó parcialmente estos sueños. Parcialmente, porque lo hizo sólo  en el aspecto físico. En el campo del corazón, perdurará siempre.

Bien por Gustavo Gómez, por ti, Gastón, que nos brindas este placer y muy en especial por Eduardo, Juvenal, Rafael y sus queridísimas esposas y familias.  



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.