domingo, 31 de julio de 2016

979.- PABLO EMILIO RAMIREZ CALDERON, un gran cucuteño



Gastón Bermúdez Vargas

El doctor Pablo Emilio Ramírez Calderón y su esposa doña María Elena Gómez

Del doctor Pablo Emilio Ramírez Calderón, se dice que es médico de profesión pero político, ganadero y escritor por vocación. Nació en Cúcuta el 15 de septiembre de 1927, fueron sus padres el cucuteño don Antonio María Ramírez Ureña y la venezolana doña María Oliva Calderón. Se crió y vivió en el barrio El Contento en la casa de la calle 13, Nº 13-69, junto a sus hermanos Margarita (+), Antonio Vicente (+), Juan Agustín (+), Carmen, Luis Felipe (+), Antonio María y Jesús María (+).

Su padre era ganadero propietario de dos fincas, una ubicada en el corregimiento Hato Viejo del municipio Durania, llamada Los Alpes, a donde su padre lo enviaba durante sus vacaciones de colegio, de ahí su pasión por el campo y la ganadería. Y la otra estaba ubicada cerca de San Cayetano.

Cursó su primaria y hasta 2º de bachillerato en el colegio Gremios Unidos. Luego estudió hasta 5º año en el colegio San José de Cúcuta de don León García-Herreros, que funcionaba en una casona en la esquina de la avenida 6ª con calle 9, frente de la Droguería Güasimales,  pero tuvo que trasladarse a Bogotá a culminar el bachillerato en el instituto Nicolás Esguerra.

En 1945 comenzó a estudiar medicina en la Universidad Nacional donde obtuvo el título de Médico y Cirujano en el año 1951, y de ahí en adelante ha tenido una reconocida trayectoria como galeno.

En 1961, se casó con María Elena Gómez, quien ha sido su fiel e inseparable esposa desde ese tiempo formando una bella familia. De esta unión nacieron  sus 4 hijos todos varones, Emilio, Miguel e Igor (médicos) y Carlos (abogado).

Uno de los momentos más difíciles de su vida fue cuando murió su padre en 1963 y dos años más tarde, su madre. Esas pérdidas significaron un duro golpe que lo afectó por largo tiempo.

Su profesión

Al concluir la carrera hizo su internado y especializaciones en anestesiología, ginecología y cirugía general en el hospital San José en Bogotá (1952) y en el hospital San Juan de Dios de la Universidad Nacional durante los años de 1953, 1954 y 1955.

En Cúcuta es pionero en el área de ginecología y cirugía ginecológica. Trabajó en el hospital San Juan de Dios en dichas áreas desde que llegó nuevamente a su tierra a finales de 1955. En los primeros años en el hospital, estuvo en el servicio de cirugía ginecológica. Ejerció en el hospital durante 18 años ocupando diferentes cargos cada vez con nuevas y más responsabilidades hasta llegar a la jefatura del Departamento de Cirugía. Es bueno resaltar la gran labor social efectuada por todos los médicos del hospital San Juan de Dios de esos tiempos, por ejemplo, el doctor Ramírez Calderón ejerció sus primeros 10 años gratuitamente y terminó su labor con un sueldo simbólico de $500 siendo el jefe de un departamento.

El Alcalde de la época Jorge Enrique Maldonado juramenta a un grupo asesor de su gestión. De izquierda a derecha a: Pablo Emilio Ramírez Calderón, Humberto Faillace Chiapetta, Yesmín Colmenares de Zahn, Antonio Gómez Plata, Ernesto Collazos S., Eustorgio Colmenares B. y Hernando Lara Menéndez.

Tuvo que retirarse en 1972 a consecuencia de la enfermedad de su hermano Juan Agustín Ramírez Calderón, quien sufrió de pronto de una parálisis en las piernas, sufriendo de paraplejia. En ese tiempo Juan Agustín se desempeñaba como Alcalde de Cúcuta.

Paralelamente inició su ejercicio privado en ginecología y cirugía general en su primer consultorio en la calle 9 con avenida 7ª, luego se mudó a la calle 10 con avenida 8ª, después a la calle 9 entre avenidas 0 y 1ª, y por último tuvo el consultorio en la calle 13ª Nº 2E-75 en Los Caobos, donde estuvo por aproximadamente 30 años. El 1º de enero de 2016 decidió dar por terminado su ejercicio profesional después de 65 años de graduado, aunque ayuda ocasionalmente en algunas cirugías de importancia a sus hijos Emilio e Igor.

Durante su trayectoria quirúrgica ha tenido que enfrentar muchos retos que lo han obligado a innovar en las técnicas e implantar nuevos adelantos:  

¨Introdujimos en el hospital algunas cirugías que nunca se habían hecho en Cúcuta. Como la mastectomía radical para el cáncer de glándula mamaria, la cirugía para el cáncer del recto, las anastomosis porto sistémicas para la hipertensión portal y la cirugía subtotal de la glándula parótida¨.

Siempre se mantuvo al día en los adelantos médicos, asistiendo tanto en el país como en otras partes del mundo tales como México, Venezuela, Estados Unidos, Inglaterra y Rusia, a congresos, cursos, viajes de estudio y observación en el área de ginecología y cirugía, y otras áreas médicas.

Ha sido un activo miembro en instituciones y en el gremio médico  de la ciudad y del país, como por ejemplo además de accionista, fue cirujano y director por dos períodos de la clínica Santa Ana, cirujano adscrito de Ecopetrol, presidente, fiscal y miembro de la junta directiva del Colegio Médico de Norte de Santander, miembro de número del Colegio Colombiano de Cirujanos, miembro activo de la Sociedad Colombiana de Cirugía General, miembro activo y fundador de la Sociedad Nortesantandereana de Cirugía General, miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina - Capítulo Norte de Santander, siendo tesorero del mismo y  fue cirujano adscrito y accionista de Colsanitas.


Su vocación

La política es otra área para él de gran interés, esto siempre lo ha inquietado y ha sido parte de su vida. De ahí que perteneció al partido liberal desde su juventud, y estuvo muy activo principalmente en el tiempo del Movimiento Revolucionario Liberal del doctor Alfonso López Michelsen. Fue concejal de Bochalema entre los años 1970 y 1974, y de Cúcuta de 1990 a 1992, esto último representando un movimiento cívico.

Estuvo involucrado también activamente en el gremio ganadero, fue miembro  de la junta directiva, y ocupó la vicepresidencia y presidencia encargada del Fondo Ganadero del Norte de Santander, fue presidente del Comité de Ganaderos del Norte de Santander, miembro de la junta directiva de la Caja Agraria de Cúcuta y miembro de la junta directiva  del Banco de la República en Cúcuta.

Además, mientras estuvo activo en el área ganadera durante los años de 1967 a 1995, manejando su finca La Unión que se dedicaba a la cría de ganado cebú puro, la cual tuvo en sociedad inicialmente con su hermano Juan Agustín y su colega Reynaldo Omaña, y después con su hermano Antonio Vicente, participó con mucho entusiasmo en las ferias ganaderas de Cúcuta, y paseó sus ejemplares por Bucaramanga, Valledupar, Cartagena y Medellín, y obtuvo bandejas, gallardetes, pabellones y 11 trofeos.

El Dr. Ramírez Calderón (izq.) recibiendo del juez de la raza cebú en alguna de las ferias ganaderas, uno de los trofeos por su ganado.

Es miembro correspondiente y de número de la Academia de Historia de Norte de Santander desde 1990, fue presidente de la misma en el período de 1999 al 2002 y vicepresidente de octubre 2008 a abril 2009. Es miembro correspondiente de la Academia de Historia de Santander y también miembro honorario de la Sociedad Bolivariana de Cúcuta.

Como lector empedernido, se devora leyendo, dice él, por lo menos 5 libros por mes. Además no deja de interesarle el periodismo por lo que fue director del periódico El Faro de junio a diciembre de 2012. También fue columnista del Diario de La Frontera y de La Opinión.      

El doctor Ramírez Calderón ha recibido diferentes reconocimientos entre los que destacan condecoración por el Centro Literario Eligio Alvarez Niño del colegio Cristina Ballén, por parte de la Gobernación del Departamento recibió la Gran Cruz Francisco de Paula Santander y la medalla al mérito como Hombre de Frontera, por la Cámara de Representantes la orden de la democracia Simón Bolívar en el grado de Cruz de Gran Caballero en diciembre del 2009 y condecorado por la Alcaldía de Cúcuta con la medalla Juana Rangel de Cuéllar en categoría especial en mayo 2013.

En fin el doctor Pablo Emilio Ramírez Calderón es un buen ejemplo de un gran cucuteño.

miércoles, 27 de julio de 2016

978.- CONSPIRACION LIBERAL DE 1953 EN CUCUTA



Gerardo Raynaud

Desde finales de 1951 cuando el presidente Laureano Gómez hubo de retirarse de la presidencia en razón de su precaria situación de salud, el ambiente político del país se hacía cada día más tenso y los dos partidos tradicionales trataban de mantener una armonía que no les resultaba fácil.

A pesar de su estado de salud, Laureano Gómez seguía siendo el “poder tras el trono” y Urdaneta acataba sus órdenes, bueno, la mayoría de ellas.

La cercanía entre el designado presidente Urdaneta y el líder de las fuerzas armadas era  considerada por Laureano como un gran riesgo para mantener el control del poder y esta coyuntura era aprovechada por la oposición para tratar de adueñarse de las riendas del poder.

En Cúcuta, pareciera que hubiera florecido el germen de esta revolución que se le atribuía al partido de oposición y durante buena parte de los primeros meses de ese año, se fueron presentando casos que pasaban a manos de las distintas autoridades, sin que a fin de cuentas se hubiera podido establecer la verdad de estas aseveraciones.

Hubo varias circunstancias no muy claras desde el principio en las que siempre estuvo involucrada la representación de la “Seguridad” seccional, que era la institución encargada de las investigaciones judiciales de la época y que estaba a cargo de Pedro Medina Jácome, su director.

Claro que por entonces, cualquiera aprovechaba el desorden reinante para crear un caos que garantizara beneficios políticos o económicos y lograr las renuncias o los derrocamientos que finalmente no se dieron, por lo menos en los ámbitos locales y regionales.

Y fue precisamente esta situación de coyuntura política, la que aprovechó un tinterillo liberal para librarse, por lo menos transitoriamente, de los “sumarios” que se le seguían en varios de los juzgados de la región.

Conociendo los pormenores de lo sucedido con Felipe Echavarría, urdió toda una tramoya con unos paquetes que diera a guardar a un amigo, quien receloso le dio por abrirlos y al ver que se trataba de armas y algunas municiones, le dijo que se las llevara, que él no se comprometía a esos encargos.

El tinterillo, temeroso que su amigo lo denunciara, se adelantó y lo denunció ante el Jefe de la Seguridad Nacional, agregándole algunos detalles adicionales para recrear una escena más creíble y a la vez, eludir responsabilidades, así como en ella involucraba, como ya dijimos, dirigentes que por su filiación al partido de oposición, serían considerados posibles cómplices y hasta autores del complot, que ahora tomaba tintes mediáticos importantes.

Esta demanda le tocó en turno al juez 20 de Instrucción Criminal al servicio de la Quinta Brigada, Gabriel Muñoz López, por cierto, homónimo del conocido locutor deportivo que nada tenía que ver en el asunto, quien para llevar una concienzuda investigación, comenzó por citar a indagatoria a varios reconocidos personajes de la ciudad, alborotando el cotarro y poniendo en serios aprietos la honorabilidad y el buen nombre de estas personas.

Mientras esto sucedía, ríos de tinta corría en los medios impresos de la ciudad. Cada día que pasaba traía su sorpresa.

El diario ‘El Trabajo’ era el más dedicado y sus reporteros estaban tras las pistas de los personajes involucrados y de los investigadores, para mantener al día su numerosa audiencia.

Conocedores de las circunstancias, los avezados periodistas comenzaron a desenredar la maraña fraguada por el tinterillo, que a propósito, era de apellido Salinas y cuando discutían sobre el tema, en pleno consejo de redacción, les entregaron una carta, en la que se ampliaban los detalles de la famosa conspiración.

La nota era remitida por un ciudadano,  Luis R. Parada y llevaba su firma e identificación. En ella reiteraba y confirmaba lo dicho por Salinas en su declaración, en la que mencionaba a un grupo de “tres o cuatro locos” que planeaban dinamitar la línea del ferrocarril y volar los puentes de Pamplonita y la Floresta. Que ese era el motivo de la aparición de los explosivos, según la versión de Salinas, pues los investigadores no hallaron vestigios de tales bombas.

En otro aparte, hacía mención que tales artefactos explosivos habían sido probados en el cerro Tasajero, según lo denunciaron obreros de la compañía petrolera Texas, que por esos días tenía un campamento en las faldas de esa montaña y agregaba que una pareja había dejado en una casa del barrio Carora una caja con cien tacos de dinamita para que le fueran entregados a un sujeto que era técnico en explosivos y que al mismo sujeto le entregaron la suma de $300 para la compra de granadas de mano y fulminantes.

Además, dentro del plan terrorista se tenía planeado incendiar los depósitos de café y dañar el acueducto y la termoeléctrica del barrio Sevilla.

En la misma misiva aclaraba que las personas que estaban siendo llamadas  a interrogatorio por el juez Gabriel Muñoz “son gente inofensiva y que aman la paz, pero que se vieron obligadas a contribuir porque existía una Legión encargada de obligarlos mediante el sistema de la amenaza y del terror.”

Termina el escrito argumentando que se debe dejar a la justicia que diga la última palabra y que “en verdad no hubo tal revolución, pero qué tal que se hubiera permitido poner en práctica los famosos planes; yo creo que hasta usted –se refería al director del diario- hubiera sufrido las consecuencias.”.

Antes de firmar, remataba con un “puede usted hacer el uso que a bien tenga de la presente y ojalá la publique en su prestigioso periódico.”

Luego de las discusiones y del análisis que le hicieran a la carta en mención, llegaron a la conclusión que ésta había sido escrita y enviada por el mismo Salinas, que se había convertido en experto para desviar las pesquisas, particularmente en aquellas en las que se hallaba comprometido, toda vez que en épocas anteriores se vio inculpado como falsificador de sellos de las autoridades colombianas y venezolanas y falsificación de documentos.

Finalmente y luego de escuchar las declaraciones de los liberales a quienes se les había inculpado falsamente, se cerró la investigación.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

lunes, 25 de julio de 2016

977.- EL CUIDADOR DE LA VIRGEN DE FATIMA



La Opinión

Desde que tiene uso de razón Castellano ha sido devoto de la Virgen, por lo que hacerle mantenimiento al monumento es su mayor ofrenda.

Jean Wilson Gregorio Castellanos Hernández tiene nervios de acero y una fe bastante fuerte, cualidades que le permiten bandearse sin ningún problema sobre la cabeza de la estatua de la Virgen de Fátima en el santuario hecho en su honor en San Miguel, parte alta.

Estar 30 metros por encima del suelo, guindado a unas oxidadas escaleras y sin ningún tipo de protección, porque la estructura no soportaría un arnés o una cuerda, no desvelan al albañil: su devoción y el compromiso que tiene dos veces al año con la Virgen de Fátima pueden más que el miedo.

Desde hace cinco años, cada 7 de diciembre y 12 de mayo, un día antes de las festividades en honor a su patrona, sube al monumento. Un bolso con alicates, pinzas y un trapo para limpiarle el rostro a la Virgen, lo acompañan en la peligroso y corta travesía.

Castellanos demora 10 minutos subiendo los cerca de 40 escalones que separan la corona de la Virgen del suelo, y tarda el doble de tiempo en bajar por el cuidado que requiere el descenso. Nadie más en el barrio se le mide a este reto, y él confiesa que esta práctica es su mejor curso de alturas.

“Por mi oficio, suelo trabajar en alturas, pero no de esta magnitud. Cuando estoy arriba hago rápido mi trabajo para poder disfrutar de la panorámica. Estar allí no me atemoriza, más bien me relaja”, explica Castellanos mientras se alista para subir.

Asegura que la parte más difícil es la cintura de la imagen, pues en este tramo las escaleras están bastante oxidadas y tambalean con el viento.

Heredó este oficio de su tío Jesús Hernández Vera, quién por dos décadas fue el encargado de hacerle mantenimiento a la imagen. Al igual que a su pariente, lo motivó la devoción que le profesa desde niño a la protectora del barrio San Miguel.

Antes de empezar a escalar el monumento se cerciora de que los bombillos que va a cambiar funcionen. En medio de risas recuerda que una vez se pasó de confiado y subió a cambiarlos sin cerciorarse de que sirvieran. Cuando puso el último se dio cuenta que estaba quemado y le tocó repetir de nuevo la hazaña.

Esa fue la primera vez que Francisca Hernández, su mamá, lo vio en acción. Casi le da un patatús al ver que su hijo subía de nuevo por los endebles escalones.

Cuando ya tiene todo listo se anima a subir, nunca mira hacia abajo y se concentra en cada escalón.

Abajo, unos obreros que están adelantando unos trabajos en los alrededores del santuario bromean sobre la veracidad de su hazaña.

Un par de minutos después, cuando está a punto de llegar a la meta, los obreros paran su trabajo y empiezan a grabarlo con el celular. Unos se rascan la cabeza y lo tildan de loco, otros se persignan para que no tengan ningún resbalón.

Los vecinos que van pasando por el santuario también se estacionan al verlo posando en la cabeza de la Virgen para darle los últimos retoques  y destrabar una que otra cometa que tiene enredada en la corona.

“Yo me subo confiando en ella. Le cambio los bombillos de la corona y no me bajo hasta dejarla bien linda, y ella cumple con devolverme sano y salvo”, dice en medio de risas.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.