PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

PORTAL CRONICAS DE CUCUTA: Estandarte cultural de historias, recuerdos y añoranzas cucuteñas…

Terremotero -Reconocimiento, enero 2018-

Apasionantes laberintos con inspiraciones intentan hallar rutas y permiten ubicarnos en medio de inagotables cascadas, son fuentes formadas por sudores de ancestros. Seguimos las huellas, buscamos encontrar cimientos para enarbolar desprevenidos reconocimientos en los tiempos. Siempre el ayer aparece incrustado en profundos sentimientos.

Corría finales del año 2008, Gastón Bermúdez sin advertir y sin proponerlo, inicia por designios del destino la creación del portal CRONICAS DE CUCUTA. Parecen haberse alineado inspiraciones surgidas por nostalgias. Gran cúmulo de vivencias, anécdotas, costumbres y añoranzas, fueron plasmadas en lecturas distintas.

Ya jubilado de la industria petrolera venezolana, recibió mensaje que expresaba una reunión de amigos en Cúcuta. Tenía más de cuatro décadas ya establecido de forma permanente, primero en la ciudad del puente sobre el Lago y después en la cuna del Libertador. Viajó ilusionado, acudió puntual a la cita desde Caracas. Encontró un grupo contemporáneo, conformado por amigos ex-jugadores de baloncesto y ex-alumnos del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

La tierra cucuteña levantada desde primeras raíces plantadas, siempre acompañó todos los hijos ausentes. Cuando encontramos distantes los afectos, creemos separarnos de recuerdos. Nos llevamos al hombro baúles de abuelos, cargamos con amigos del ayer, empacamos en maleta la infancia y juventud. Muchas veces una fotografía antigua, atrapa y confirma que nunca pudimos alzar vuelo.

Entonces por aquellos días apareció publicado ´La ciudad de antaño´, parido desde generosa pluma con sentido de identidad comprometida, fue el mártir periodista Eustorgio Colmenares Baptista dejando plasmados recuerdos de finales de los 50 y años 60. Sin querer, esas letras fueron presentación inaugural de CRONICAS DE CUCUTA. Los Inolvidables sentires viajaron al modesto grupo de amigos y abrieron compuertas para afianzar arraigos de infancia. Don Eustorgio culmina la crónica con frases retumbando las memorias: “Había muchos menos avances tecnológicos a disposición de la comunidad, pero vivíamos como si nada nos faltara. Nos bastaba con vivir en Cúcuta”.

Sentires intactos, ahora plasman recuerdos en calles transitadas por niños que fuimos. Nuevamente los arraigos hacen despejar las avenidas a los rieles del antiguo ferrocarril. Nos bastaba con vivir en Cúcuta. Asoman madrugadas entre indetenibles remembranzas y añoranzas.

Sin planificar nada, Gastón compartía vía internet las crónicas del Diario La Opinión aparecidas cada ocho días en lecturas dominicales. Sin saber, creció el portal CRONICAS DE CUCUTA. Cada acontecimiento recopilado se convertía en homenaje In Memoriam para hombres y mujeres que dejaron muy alto el Valle de Guasimales. Igualmente, exalta la dignidad con reconocimiento a grandes glorias del ámbito artístico, cívico, periodístico, religioso, deportivo, cultural, social y político.

Oficialmente se convierte en PORTAL WEB el 7 de octubre 2010. En forma admirable acumula ya 1.329 recopilaciones tipo crónicas, casi todas extractadas de periódicos y publicaciones locales, libros populares, escritos nacidos de historiadores, periodistas, inéditos autores y muchos escritores del Norte de Santander. El portal permite hallar el original ADN ancestral y ubica el sentido innato de pertenencia cucuteña. Llegó un día a la vida de todos los internautas, igual como aparecen las buenas nuevas, sin avisar, sigilosamente introduciéndose en las cortezas que somos y las venas que siempre fuimos. Su creador, nunca imaginó un buscador que tocara el alma y menos tallar imborrables despertares en ávidos ojos de lectura.

Aparece ahora como paso determinante para navegar en referencias de Cúcuta. Asegura a nuevas generaciones herramientas para afianzar valores jamás perdidos. La perspectiva futura para ámbitos históricos, culturales, sociales y deportivos, harán necesario considerar el Portal como insigne buscador de consulta e informativo. Importante archivo tecnológico para infantes en colegios y escuelas. Podrá acceder directamente cualquiera a profundos arraigos allí recopilados. Casi imperativo considerarlo como salvaguarda del sentido de identidad y pertenencia.

CRONICAS DE CUCUTA se convirtió en sugestivo repaso de acontecer histórico, recopilado en 19 capítulos o clasificaciones. Portal libre, siempre abierto a todo aquel deseoso por descubrir datos históricos, biografías, nombres de grandes personajes, fechas emblemáticas, sucesos de vida social, cultural, deportiva, religiosa, artística y política. Formidable vía adentrándose en acontecimientos del siglo XVIII hasta nuestros días. Todo expedicionario oriundo se encontrará representado en cada letra, apellido, dato, foto y fecha. Todos volverán a observar las luces de la gran ciudad en medio de rutas por hallar orígenes.

CRONICAS DE CUCUTA no debe tener como destino el olvido, deberá asegurar a nietos de nuestros nietos, inquebrantables lazos surgidos de nostalgias, recuerdos y añoranzas. CRONICAS DE CUCUTA es herramienta tecnológica para demarcar el hilo conductor entre hoy y ayer. Parece luz encontrada en días oscuros, nos abre el entendimiento. Pulsar la tecla nos lleva a destinos con encuentros pasados. Valiosa información contenida en páginas adornadas con sentimientos profundos.

CRONICAS DE CUCUTA garantiza el resurgir de valores originarios que parecían adormecidos por culpa del avasallante mundo moderno. CRONICAS DE CUCUTA llegó para quedarse, igual que mares inundados por recuerdos. CRONICAS DE CUCUTA confirmó la premisa donde las nostalgias se convierten en vehículos para transportar la historia. Una enciclopedia virtual presentada por nuestras gentes con sencillo lenguaje.

Anclados quedarán por siempre nuestros sentires, intactos los arraigos, despiertas las añoranzas y vivas las costumbres intactas. Ahora aseguramos el reguardo de raíces que retoñan desde cenizas del ayer. Dios jamás declaró desértico el Valle Arcilloso, siempre fue bendecido, tampoco declarado deshabitado para la vida del hombre.

Fueron creciendo raíces en medio de cenizas y milagrosamente reverdecieron los gigantescos árboles frondosos. CRONICAS DE CUCUTA reafirma lo que somos. Seguiremos siendo aquello que siempre fuimos, nada cambió, solo algunos pañetes y varios techos distintos.

Todo estará por volver, todo por crecer y todo por llegar. Nunca estaremos solos. Cada generación hará brotar nostalgias por siempre convertidas en historias llenas de arraigos.

Nos bastaba con vivir en Cúcuta…

jueves, 31 de mayo de 2012

181.- CUCUTA: CIUDAD DE CONTRASTES


Jorge Enrique Báez Vera/Constanza García-Hereros Ramírez


“…es que nos cuentan, los viejos/que conocieron la moza/ que Cúcuta generosa/fue espejo de mil espejos”. Teodoro Gutiérrez Calderón

La espejo de mil espejos “… la Perla del Norte, La Ciudad de los Almendros, y la que algún poeta en plena locura de enfermizo amor, la llamo la Amada Infiel,…”
La única en el mundo y en la historia, fundada por gran señora,”… en medio de un valle ubérrimo, de nombre Guasimales, al otro lado del asentamiento  San Luís,.. “
La Muy Noble Valerosa y Leal Villa…Es mi Cúcuta…
La que por difíciles trances ha pasado…la que un 18 de mayo de 1875, se cubrió de escombros, ruinas, lágrimas, blasfemia y oración,  en una porción de segundos…
La que de allí se levantó y que a través de los años, tras esa tragedia, puso en evidencia la recia voluntad de sus gentes, para sobreponerse a la destrucción, es  la misma, que tras muchos ciclos, en la que no todas las rendijas se quedan sin luz, es la gran dama como su fundadora, que por todo lo que es y ha sido…
Es a decir de Laurita Villalobos de Álvarez…UN POEMA DE CONTRASTES. 

Esa Cúcuta, asentada en perfecta  cuadrícula, de ambiciosas calles, y  pretenciosas avenidas, es en la que la arborización, más que  un hecho natural, es un singular fenómeno humano.

Desde aquel funesto suceso natural del triste mayo, el cucuteño, ante la urgente necesidad de abrigo, empezó a rendir culto al árbol, único elemento natural que ese día no se vino contra él, sino que por el contrario, lo acogió bajo su sombra.

Todo aquel que conoce Cúcuta, se admira de la inmensa y frondosa alfombra verde, que se extiende por toda la ciudad, convirtiendo el árbol, en un protagonista más de la acogedora ciudad.

La arborización cucuteña es producto de un espontáneo sentimiento, que vale la pena seguir cultivando y que bien merece ser estimulado. Es de destacar como los habitantes de esta calurosa ciudad han logrado controlar las altas temperaturas meridianas, gracias a la frondosa vegetación que regula la humedad, evita la evaporación y disminuye la contaminación ambiental.

Es tal el amor del cucuteño, por el árbol, que sin proponérselo ha logrado trasmitirlo al inmigrante, que fácilmente se empapa de este sentimiento y se convierte en un defensor del árbol y sus ventajas.

Cúcuta, sin lugar a dudas es la ciudad mayor arborizada del país. Esta tradición cucuteña data de muchos años, y empezó, cuando apenas era un valle abatido por los fuertes vientos del sur y aliviado por el crujir de los coposos guácimos, árbol epónimo a la estancia Guasimales, donde hace 277 años, la gran dama de cabellos blancos, la fundara.

El verdadero reverdecer de la ciudad, la marcó paradójicamente, el terremoto de 1875, cuando la naturaleza, encrespo su furia contra el valle y lo arruinó en su totalidad.

Cuentan los cronistas de la época, que después del devastador sismo, se desató un torrencial aguacero que obligó a los desdichados habitantes sobrevivientes a refugiarse y pernoctar bajo las hojas de los árboles.

Así mismo, cuando el sol canicular extendía su imperio dorado sobre el silencioso valle, los moradores se protegían del furor de los rayos bajo los coposos árboles de la época.

Circunstancias como estas y otras derivadas de las características topográficas del terreno, despertaron en los habitantes de la ciudad, una extraña pasión hacia el árbol, trasmitida a sus actuales moradores, quienes la han convertido en una frondosa y verde ciudad, donde se le rinde culto al árbol.

Sin embargo debemos tener en cuenta lo que nos dice Constanza García-Hereros Ramírez en su artículo, Cúcuta, ciudad verde?


Llegar a Cúcuta por vía aérea es un bello espectáculo por su arborización; Su urbanización perfecta simula pañuelos con encaje verde rizado en su rededor. No fue en balde que en 1988 recibió el premio al mérito forestal “Roble de Oro”, y fue elegida Ciudad verde por el Inderena que dos años después le concedió el título de “Municipio verde de Colombia”.

Las costumbres populares del cucuteño en cualquier nivel social incluyen, dentro de sus primeras tareas al comprar un lote para construir su casa, plantar árboles que darán sombra y frescura al hogar, o en casos afortunados, construirlo en función de los existentes.

En 1991, la Alcaldía de Cúcuta, presidida por Jairo Slebi presentó el programa “Adopte un árbol”, con el que se proponía fomentar entre los cucuteños la consciencia de acrecentar la cultura arbórea en la ciudad, no solamente sembrando sino cuidando y protegiendo tanto los nuevos como los de larga vida.

Árboles tradicionales

Antiguamente la ciudad estaba plagada de mangos, mamones, nísperos y palmas reales, oriundas de la isla de Cuba; urapos, ceibas, samanes, acacios de flor amarilla y otros de flor roja, almendros y cujíes que además de su sombra y su frescor, regalaban al cucuteño sus frutos, o sus bellas flores, o propiedades medicinales, según el caso. Árboles que por siempre han embellecido las calles de estas tierras de días soleados, bajo un hermoso cielo azul.

En la transición de tierras de finca sembradas de estas especies nativas nombradas anteriormente a los espacios urbanizados de la actualidad, se han cometido numerosos “arboricidios”, no por necesarios dentro de la lógica del desarrollo, menos lamentables para los cucuteños raizales admiradores y amantes de nuestros árboles tradicionales.

Algunos, como los acacios amarillos enfermaron y fueron desapareciendo: otros fueron talados sin misericordia, de acuerdo con los caprichos o deseos de cambio de los dueños de los terrenos en que estaban asentados, sin considerar que la propiedad de un árbol va mucho más allá de lo personal, y la obligación de protegerlos debemos asumirla en beneficio de todos.


Árboles que reemplazaron los antiguos

Independientemente del crecimiento de la ciudad, como todo, la vegetación también ha cambiado, y con ella su paisaje. Estos tradicionales árboles fueron sustituidos por ficus, oitíes, neems, y chiminangos, altos, frondosos y de exuberante verdor que aportan al caminante asilo y protección de los implacables rayos del sol cucuteño.

Hoy es poco lo que queda de la vegetación anterior; no se han sustituido los árboles necesariamente sacrificados por otros de igual especie que definieron a Cúcuta como ciudad amable, verde y con flores, como es el caso de los urapos y los diferentes acacios. Podríamos nombrar como sobrevivientes entre otros, los bellísimos samanes protegidos y numerados de la urbanización Samanes de los Trapiches, las palmas reales plantadas en las urbanizaciones cercanas al Club Tenis, los urapos restantes por la carretera de Boconó, y la siembra de cujíes en el Anillo Vial, entre Santa Rosa de Lima y Los Patios.

El ciudadano común y corriente se pregunta: ¿dónde se han sembrado los árboles que obligatoriamente debían reponerse según las disposiciones reglamentarias? ¿Se fomentó la restitución de las mismas especies?



Recopilado por : Gastón Bermúdez V.

martes, 29 de mayo de 2012

180.- CUCUTA: CIUDAD COMERCIAL Y FRONTERIZA


Jorge Augusto Gamboa M.  

La mejor manera de comprender la historia de la capital del Norte de Santander es considerando su situación fronteriza y su vocación comercial. Cúcuta ha sido una frontera en múltiples sentidos: geográficos, políticos y culturales. Se sitúa donde termina la zona montañosa y empieza el valle cálido del río Zulia, que luego forma la gran cuenca del Lago de Maracaibo. Gentes de climas fríos y culturas andinas se han encontrado desde hace miles de años en este lugar con gentes de tierras calientes y selváticas. El desarrollo de la colonización española en el siglo XVI convirtió la región en el límite político-administrativo de lo que más tarde serían las repúblicas de Colombia y Venezuela y a la ciudad en un puerto seco de entrada y salida de mercancías que fue determinante en el desarrollo de su historia. Cúcuta ha sido prácticamente desde sus inicios un lugar para el comercio y un cruce de caminos.





LOS HABITANTES  PREHISPÁNICO Y LA CONQUISTA ESPAÑOLA

Sabemos que el valle de Cúcuta fue habitado desde hace por lo menos unos 16.000 años por grupos de cazadores y recolectores que vivían de cazar grandes animales hoy extintos como el mamut o el mastodonte. Eran sociedades pequeñas, unidas por lazos de parentesco, que manejaban grandes territorios por los cuales se desplazaban cíclicamente, al ritmo de las migraciones de los animales y de las cosechas de las plantas que recolectaban. Después de algunos miles de años, adoptaron un modo de vida más sedentario y se dedicaron a la agricultura intensiva. Formaron pequeñas aldeas que con el paso del tiempo fueron creciendo y su organización social se transformó en sociedades tribales y cacicazgos, donde aparecen jefes, consejos de ancianos y otras formas de jerarquización. Fue precisamente este tipo de sociedades lo que los españoles encontraron cuando llegaron a la zona en la primera mitad del siglo XVI.

En la tradición local se ha dicho siempre que los indígenas que poblaban la región en los tiempos de la Conquista eran los llamados “motilones”, que se hicieron famosos por su belicosidad. Incluso es un nombre que se utiliza actualmente como sinónimo de cucuteño. Pero esto no es correcto. Los españoles llamaron así a unos grupos que vivían en las tierras selváticas de la cuenca de los ríos Zulia y Catatumbo, que habitaban mucho más al norte. Los habitantes del valle de Cúcuta tenían poco que ver con ellos. Además, bajo el sobrenombre de “motilones” se agruparon varias étnias cuyo nombre verdadero era diferente. Realmente, las gentes del valle de Cúcuta fueron considerados por los españoles un poco más afines a los cacicazgos de la zona montañosa del Norte de Santander que también llamaron incorrectamente “chitareros”. Pero es probable que tampoco estén muy emparentados con ellos. Lo más correcto, dados nuestros conocimientos actuales, es considerar que el valle de Cúcuta en el momento de la llegada de los conquistadores estaba habitado por sociedades tribales y cacicazgos dedicados a la agricultura y a otras actividades, que probablemente hablaban una lengua de la familia chibcha y compartían con los llamados “chitareros” algunos rasgos culturales. Había varios asentamientos y el más grande fue el que le dio su nombre al lugar, aunque existieron otros como los táchiras, tamocos, camaracos, etc.

Las primeras expediciones españolas recorrieron la zona a comienzos de la década de 1530 provenientes desde el Lago de Maracaibo. Sin embargo no se establecieron ni lograron una colonización efectiva. Se sabe que un grupo al mando del conquistador alemán Ambrosio Alfinger llegó hasta el valle de Chinácota donde perdió la vida a manos de los indios hacia 1532. Eso sirvió para que se creara la fama de belicosos que los acompañó en las décadas posteriores. En la década siguiente hubo otros intentos de colonización, pero fue la expedición comandada por Pedro de Ursúa y Ortún Velasco que partió desde Tunja a finales de 1549, la que logró un control más o menos efectivo de la región. Ursúa y Velasco fundaron ese año la ciudad de Pamplona, en la zona fría y montañosa y enviaron hombres a explorar hacia el norte, encontrando el valle de Cúcuta. Luego de varios años de guerras y negociaciones, los indígenas se sometieron a la Corona y fueron entregados en encomienda a varios vecinos de Pamplona. A partir de entonces empezaron a darles tributos y a trabajar para ellos en diversas labores agrícolas, ganaderas y mineras. Pero la zona se mantuvo como una región de frontera con poca presencia española. Los indios de Cúcuta daban pocos tributos y estaban muy lejos de las minas de oro y plata de la región. Por lo tanto no tuvieron que sufrir este penoso trabajo, pero si fueron empleados en las canoas que empezaron a utilizarse por el río Zulia. Esta se convirtió en una arteria fluvial muy importante que comunicaba al Nuevo Reino de Granada con el Lago de Maracaibo, desde donde se establecía la conexión con Europa.

El régimen de la encomienda y las enfermedades de origen europeo para las cuales no tenía defensas generaron pronto una gran disminución de la población nativa en toda la provincia de Pamplona y en el valle de Cúcuta en particular. Hacia 1560 las encomiendas de Cúcuta podían tener unos 700 hombres en edad productiva, pero ochenta años después, hacia 1640 la encomienda que tenía por aquel entonces Cristóbal de Araque, descendiente de los primeros conquistadores, tan sólo tenía 54 hombres aptos para el trabajo, entre cúcutas, tamocos, camaracos, cabricaes y cacaderos. La disminución había sido entonces superior al 90%. Pero la crisis demográfica se había atenuado en las primeras décadas del siglo XVII con las medidas que empezó a tomar la Corona para proteger a la población nativa de toda América. Se mejoraron sus condiciones laborales, se controlaron los abusos de los encomenderos, se intensificó la evangelización y se procuró proteger la propiedad de la tierra de los nativos dándoles resguardos para que hicieran sus cultivos y organizándolos en pueblos al estilo español. Este fue el origen de la primera fundación hispánica de Cúcuta. Por el año de 1622, el visitador Juan de Villabona y Zubiaurre recorrió la provincia de Pamplona llevando a cabo este programa de reformas. Dictó una serie de medidas que transformaron la vida de las comunidades indígenas de toda la región, incluyendo a las de Cúcuta. En 1623 ordenó que los indios del valle se congregaran en un pueblo y les asignó un resguardo. Ese es el origen del que sería llamado luego San Luis de Cúcuta, que fue el primer poblado fundado en el valle. Probablemente quedaba en la margen oriental del río Táchira, donde hoy en día es el barrio San Luis. 

DE PUEBLO DE INDIOS A VILLA DE MESTIZOS EN EL SIGLO XVIII

San Luis era una pequeña aldea cercana a las tierras del resguardo que poco a poco fue creciendo. Sus habitantes estaban dedicados a la agricultura, la ganadería y el transporte fluvial. Algunos blancos y mestizos empezaron también a establecerse en el valle, con lo cual la población se estabilizó. En las primeras décadas del siglo XVIII se introdujo el cultivo del cacao en toda la región y empezó un periodo de bonanza. El cacao era exportado hacia Europa y las otras colonias americanas por la vía del Lago de Maracaibo y muchas personas empezaron a formar haciendas cacaoteras cercanas a los ríos que permitían el transporte del producto. Llegaron algunos vecinos de Pamplona, varios mestizos pobres en busca de trabajo y una gran cantidad de esclavos negros para las haciendas y la conducción de canoas. Ellos fueron el origen del segundo asentamiento hispánico del valle. La población blanca y mestiza que vivía en las márgenes y al interior del resguardo de Cúcuta quiso independizarse tanto en lo civil como en lo religioso del pueblo de indios y logró que se autorizara la fundación de una parroquia hacia 1733. Se dice que una matrona vecina de Pamplona llamada Juana Rangel de Cuéllar, descendiente de los primeros conquistadores, donó unos terrenos en su hacienda llamada Guasimales para que allí se hiciera la fundación. El sitio exacto al parecer se llamaba Tonchalá, en el margen occidental del río Táchira, a uno o dos kilómetros de San Luis. La parroquia fue llamada San José de Guasimales o San José de Cúcuta.

El auge del cacao y del comercio hacia la capitanía de Venezuela hizo que llegaran más gentes y la población empezara a crecer. Poco a poco se formaron otros asentamientos un poco más al sur que también quisieron ser parroquias y villas. Así nació el tercer poblado del valle, unos kilómetros al suroriente. Fue El Rosario, que por aquel entonces era un sitio más poblado que San José y San Luis. En 1773 se organizó como parroquia a partir de una donación de Ascensión Rodríguez. Recibió en 1780 el título de villa y una década más tarde, hacia 1792, San José sería elevada al mismo rango. Las dos nuevas villas y el pueblo de indios de Cúcuta quedaron subordinados a Pamplona que siguió siendo la capital de la provincia durante varias décadas. 

EL FINAL DE LA COLONIA Y LA INDEPENDENCIA

Al comenzar el siglo XIX el comercio por los puertos sobre el río Zulia se diversificó, se intensificó y las villas siguieron creciendo. Hacia 1808 los productos más importantes eran el cacao, el añil y el café. El corregidor Joaquín Camacho comentó ese año que la prosperidad de Pamplona ya se debía a las haciendas de cacao de sus vecinos en el valle de Cúcuta y al comercio que desarrollaban por el puerto de Los Cachos, en el sitio de Limoncito, sobre el río Zulia hacia lugares como Barinas, las islas del Caribe y Europa. Eso había atraído también algunos inmigrantes europeos y destacó la colonia catalana establecida en San José. Sin embargo un gran obstáculo para el desarrollo de la villa era el mal estado de los caminos. Afortunadamente los ríos eran fácilmente navegables. Camacho calculó la población de las dos villas en unos 2150 habitantes y en el pueblo de Cúcuta todavía se contaban unos 660 indios.

Esta era la situación en la víspera del rompimiento con España. Dos años más tarde, la crisis política en la metrópoli y las guerras napoleónicas precipitaron la ruptura de las colonias americanas con su madre patria y la región se vio afectada por los movimientos de formación de juntas de gobierno que se dieron por toda la América española. El 4 de julio de 1810 la élite pamplonesa se levantó contra el gobernador español y lo depuso. A finales del mismo mes se organizó una junta que gobernó a nombre de Fernando VII, tal como se hizo en las demás provincias del imperio. San José y El Rosario mostraron su apoyo a estos movimientos. La región mantuvo su lealtad a la Corona, pero en 1813 se declaró la independencia formalmente. La lucha entre los ejércitos patriotas y españoles que empezó a continuación afectó a las villas de San José y El Rosario notablemente. Las tradiciones locales hablan de algunos personajes que se destacaron en esta coyuntura. Entre los más importantes está doña Mercedes Abrego de Reyes, una costurera que se dice que le cosió una casaca al coronel Bolívar cuando sus tropas pasaron por San José. Cuando las tropas realistas retomaron la villa en octubre de 1813 fue condenada a muerte por su ayuda a los rebeldes. También se destacan los hermanos Ambrosio y Vicente Almeida que formaron guerrillas patriotas que operaron durante la reconquista española, entre 1813 y 1817. Luego huyeron a los Llanos Orientales donde se unieron al Ejército Libertador y participaron en las batallas más importantes. Después de la victoria obtenida en Boyacá entraron con los vencedores en Santafé en agosto de 1819 y se establecieron en esa ciudad.

La Villa del Rosario se ha hecho famosa por haber sido la cuna del general Francisco de Paula Santander (1792), quien era hijo de un hacendado del cacao y se convirtió luego en uno de los máximos dirigentes patriotas, llegando a ser varias veces presidente de la naciente república y uno de sus organizadores institucionales. El Rosario también fue elegida como sede para la realización del Congreso de 1821 que inició labores el 6 de mayo con la presencia de diputados de Cundinamarca y Venezuela, con el fin de crear un Estado independiente llamado la Gran Colombia, conformado por la capitanía de Venezuela y el virreinato de la Nueva Granada. El Congreso fue presidido por Antonio Nariño y sesionó en la iglesia de la villa, lugar que aún se conserva aunque en ruinas por haber sido destruida en el terremoto de 1875. El proyecto de la Gran Colombia, sin embargo, tuvo una corta duración porque en 1830 se rompió la unión y se formaron las actuales repúblicas de Colombia (que incluía Panamá), Venezuela y Ecuador. 

SIGLOS XIX Y XX

El fin de la guerra y la formación de la república significaron un nuevo aire para el comercio, en especial para la villa de San José, la mejor situada geográficamente para servir de puerto seco. El fin del monopolio español permitió la participación abierta de otras naciones como Inglaterra y Francia en el intercambio comercial y esto trajo nuevas oportunidades. Se establecieron más colonias extranjeras y nuevos productos se empezaron a transportar para abastecer los mercados internacionales. El cacao, el café y el añil siguieron siendo importantes, pero se agregaron la panela, el tabaco, y la quina, entre otros. También los famosos sombreros de jipijapa elaborados por los artesanos de las regiones aledañas. El aumento en la actividad comercial llevó a un mayor desarrollo de la villa de San José, que empezó a predominar sobre los demás asentamientos del valle. El pueblo de San Luis terminó siendo absorbido por San José y la villa del Rosario se estancó en su crecimiento. 

Hacia 1850 se creó la Provincia de Santander y San José de Cúcuta se designó como su capital. Fue un reconocimiento a su desarrollo. Luego, en 1859 fue la capital del Departamento de Cúcuta, perteneciente al Estado Soberano de Santander. Estos cambios significaron su independencia de Pamplona, que hasta ese entonces había sido la ciudad dominante de la región. En términos demográficos, hacia mediados de la década de 1860, Cúcuta superó a Pamplona en número de habitantes. Mientras la antigua capital de provincia se estancaba, Cúcuta florecía. Desde 1854 aparecieron los primeros periódicos como La Prensa, luego hubo otros como La Dulcinea y El Comercio. El primero que funcionó diariamente lo hizo desde 1871 y fue el “Diario del Comercio”, dirigido por don Francisco de Paula Andrade. Desde 1874 se estableció el telégrafo. Por aquel entonces la ciudad tenía unos 12 barrios, con 2 plazas, unas 3 iglesias, el consulado de comercio, 137 establecimientos comerciales, 72 industriales, un colegio, 2 teatros y otra serie de instituciones que dan una idea de su desarrollo. La población ya llegaba a unas 8000 almas.

Pero la pujante ciudad sufrió un duro golpe de la naturaleza que frenó un poco su desarrollo. En la mañana del 18 de mayo de 1875 un fuerte movimiento sísmico acabó con la mayoría de las poblaciones del valle de Cúcuta. La ciudad fue prácticamente destruida y se calcula que hubo cerca de 500 muertos. Sin embargo, la ayuda del gobierno y de los particulares llegó pronto y se emprendió la reconstrucción en el mismo emplazamiento que tenía, con un trazado urbano más moderno. La fisonomía actual del centro de Cúcuta se debe a este plan de reconstrucción, que se hizo pensando en una ciudad de unos 25.000 habitantes, pero a comienzos del siglo XX esta cifra fue ampliamente rebasada. La ciudad renació en los años siguientes y siguió con sus planes de desarrollo. Se construyó el tranvía, se abrieron varios caminos hacia el río Zulia y hacia Venezuela y se empezó la construcción del Ferrocarril de Cúcuta. Este fue el proyecto más importante para la ciudad a finales del siglo XIX y comienzos del XX, ya que impulsó el comercio de una forma nunca vista. Desde 1865 se venía mejorando el camino que unía a la ciudad con el puerto de San Buenaventura, sobre el Zulia y en 1876 se firmó el contrato para construir una vía férrea. Las obras empezaron en 1879 y en junio de 1888 los rieles llegaron a los suburbios del norte de la ciudad. Se construyeron tres líneas. La primera hacia el norte para alcanzar el río Zulia. La segunda al sur para enlazar con el interior del país y la tercera al oriente para unirse con Venezuela.

Cúcuta también sufrió durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902) porque fue escenario de algunas acciones bélicas. Fue sede de un gobierno revolucionario liberal. Después de la batalla de Palonegro (10-25 de mayo de 1900) algunos batallones liberales se refugiaron en la ciudad que fue sitiada por los conservadores desde el 11 de junio. Al cabo de 35 días de asedio la plaza fue tomada. Después de la guerra, las actividades comerciales se reanudaron y Cúcuta continuó con su expansión. Desde 1910 se creó el actual Departamento del Norte de Santander y Cúcuta fue elegida como su capital. El ferrocarril siguió funcionando y vivió su momento de mayor actividad en la década de 1920. Sin embargo, a mediados de la década de 1930 empezó a decaer. La línea de la frontera dejó de funcionar en 1933. Tres años después lo hizo la línea del sur. La del norte sobrevivió hasta 1960 cuando detuvo sus actividades definitivamente. El ferrocarril había dejado de ser el medio de transporte preferido para la actividad comercial y fue reemplazado por los automóviles y camiones que aprovecharon el mejoramiento de las vías y el bajo costo de la gasolina. Desde entonces este ha sido el medio predominante, desplazando la tradicional ruta fluvial por el río Zulia y el ferrocarril que dependía de ella.

La segunda mitad del siglo XX ha significado para Cúcuta un desarrollo vertiginoso. Su destino económico y cultural está fuertemente atado a su situación fronteriza. Lo que sucede en Venezuela repercute ampliamente en la ciudad, que ha visto épocas de crisis y bonanza en sintonía con lo que sucede en el vecino país. Grandes empresas se han establecido en la ciudad, se han emprendido obras públicas de gran magnitud, como el Aeropuerto Internacional Camilo Daza, que funciona desde la década de 1970. Más recientemente se han construido centros comerciales y se han adecuado muchas vías. Si se observan las cifras de población se puede apreciar que desde la década de 1950 la ciudad ha multiplicado varias veces su tamaño, pasando de unos 100.000 habitantes a unos 600.000, que superan el millón si se tiene en cuenta toda su área metropolitana. A pesar de que se viven tiempos de crisis económica e incertidumbre, la historia de Cúcuta ha demostrado que sus habitantes han sabido sortear las dificultades y salir fortalecidos de las adversidades. En este caso, esperamos que la historia siempre se repita.
AÑOS
NÚMERO DE HABITANTES
1560
2.608
1641
2.016
1808
2.147
1817
2.295
1825
2.648
1843
4.590
1851
6.353
1864
7.345
1870
9.226
1896
17.475
1912
25.955
1918
29.490
1923
40.151
1928
49.279
1938
57.248
1951
95.150
1964
175.336
1973
290.852
1985
379.478
1993
482.490
2005
587.676





Recopilado por : Gastón Bermúdez V.


lunes, 28 de mayo de 2012

179.- GODOS VS. CACHIPORROS


Gustavo Gómez Ardila

TRAPO ROJO Y TRAPO AZUL

No todo ha sido fácil en Cúcuta. El terremoto derrumbó una ciudad que comenzaba con empuje. Y en su derrumbe se llevó almacenes, tiendas y guaraperías. Pero los reconstructores se pararon en la raya y se le midieron a la tarea de levantar una ciudad bonita, con parques arborizados, abundantes iglesias, algunos balcones y calles empedradas.

 Sin embargo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, otra catástrofe vino a fregarse con jota en la ciudad: la guerra civil. Liberales (cachiporras) y conservadores (godos) se enfrentaron, en Colombia, en una guerra que duró mil días, ni uno más ni uno menos, y que se llamó La Guerra de los Mil Días.

Comenzó en octubre de 1899 y terminó en noviembre de 1902. Los conservadores estaban en el poder y los liberales se levantaron en su contra.

Algunas veces ganaban los unos y otras veces ganaban los otros. Cuando los primeros ganaban, los segundos perdían. Y viceversa. De cuando en cuando empataban, y entonces quedaban igualados en la tabla de posiciones.

Desde aquella época les quedó a los cachiporros la costumbre de usar franela roja. "Donde quiera que haya más de tres reunidos en mi nombre -les dijo el general Rafael Uribe Uribe- deben usar nuestro distintivo: una franela roja aunque no sea de marca".

Por su parte, los godos se aferraron al azul, con la esperanza puesta en el cielo. La verdad es que no hay diferencia de fondo entre los unos y los otros. Más tarde lo vino a descubrir Jorge Eliécer Gaitán cuando dijo que la miseria y el hambre de liberales y de conservadores eran del mismo color.

Por eso no se entiende tanta matazón entre los unos y los otros por el color de un trapo. Las discordias vienen desde la Patria Boba, cuando federalistas y centralistas se trenzaron en Luchas, en el ring y fuera del ring, en la ciudad y en el campo.

Los liberales salen liberales porque los papás son o fueron liberales, y los conservadores nacen conservadores porque los papás son o fueron conservadores. ¡En lo demás, todo igual! Comen de lo mismo, visten igual, trabajan de igual manera y creen en el mismo Dios, aunque hay liberales que posan de ateos. Alguien dijo que la verdadera diferencia entre liberales y conservadores consistía en que los liberales iban a misa de cinco, para que nadie los viera. Y los conservadores, a misa de diez, para que todos los vieran.

Cúcuta no fue ajena a esas discordias. La Guerra de los Mil Días llegó a la ciudad, después de las batallas de Peralonso (ganada por los rojos) y la de Palonegro (ganada por los azules). Eran jefes liberales: Benjamín Herrera, Justo L. Durán y Rafael Uribe Uribe. Los godos estaban comandados por Ramón González Valencia, Próspero Pinzón, Vicente Villamizar y Jorge Holguín.

 Lo peor de todo sucedió cuando en el desarrollo de la contienda fratricida se vivió el Sitio de Cúcuta.

FALTARON LAS MURALLAS

En la ciudad estaban atrincherados los liberales, al mando del general Benjamín Ruiz, médico negro y panameño, a órdenes de la revolución. Algunos de ellos habían estado de vacaciones en Cartagena y trajeron metida en la cabeza la idea de construir murallas para no mezclarse con los godos de los pueblos vecinos. Pero no había esclavos suficientes para que las hicieran. Como atractivo turístico tampoco hubieran servido por la falta de mar. Así que, con motivo de la guerra civil, los liberales resolvieron levantar palizadas que les sirvieran de trincheras, que impidieran la entrada del enemigo y la salida de los pocos godos que quedaban. Como algunas mujeres de familias conservadoras que habitaban en la ciudad se pusieron muy alzadas y trataban de mandarles señales a los conservadores de afuera, los defensores de la ciudad las encerraron en una sola casa y les pusieron su tatequieto.

 Es el único secuestro colectivo femenino que se conoce en la historia de los secuestros.

 Los conservadores, con ganas de entrar, daban vueltas alrededor de la ciudad.

 -No den tantas vueltas, que de golpe se marean-les gritaban los de adentro.

Se emberriondaron los de afuera, por la mamaderita de gallo de los liberales, y con cationes, desde la piedra del Galembo (calle 17 con avenida 9) iniciaron el asedio. El general Juan Francisco Urdaneta dirigía el asalto.

Corría -a veces andaba muy despacio- el mes de junio del año 1900. Desde la torre de la catedral de San José los rebeldes respondían al ataque, pero el santo Patrón no les hizo el milagro.

El 15 de julio, por la noche, los defensores de la ciudad tuvieron que salir huyendo. Las enfermedades, la falta de municiones y el cerco conservador que cada día se iba estrechando más los obligaron a huir. Treinta y seis días había durado el sitio.

Las consecuencias fueron desastrosas: cientos de muertos y de heridos, de lado y lado. El comercio se vino abajo. Tiendas y almacenes y mercados, saqueados. Paredes y techos agujereados por balas y cañonazos. Los habitantes de la ciudad que se habían quedado al margen de los hechos también pagaron el pato: El tifo negro y otras epidemias causadas por la descomposición de los cadáveres se propagaron y causaron nuevas víctimas.

Tres tratados fueron necesarios para que Colombia superara la Guerra de los Mil Días. Entre ellos, el Tratado de Chinácota, suscrito por el general conservador Ramón González Valencia, en representación del gobierno, y los generales Ricardo Tirado Mejía y Ricardo Jaramillo, autorizados por el lado liberal.

Era presidente de Colombia José Manuel Marroquín, el autor de La Perrilla, aquel famoso poema que empieza:

 "Es flaca sobremanera
toda humana previsión,
pues en más de una ocasión
sale lo que no se espera...

Es la historia de unos cazadores que van tras un jabalí corpulento, que huye veloz rabo al viento, y al que no pueden cazar. El jabalí se topa con una perra flaca y sarnosa, que era más bien una sarna perrosa, y es cuando sucede lo increíble:

...Y aquella perrilla sí,
 cosa es de volverse loco,
 no pudo coger tampoco
al maldito jabalí."

 (De La Perrilla, de Marroquín)

 Al jabalí corpulento de la Guerra de los Mil Días tuvieron que hacerle gavilla entre rojos y azules para que no siguiera causando estragos. Buen ejemplo, para derrotar al jabalí de la violencia de hoy.

 LA MUJER FENÓMENO

Del libro "Cita Histórica", de Luis A. Medina S., trascribimos, al pie de la letra, la siguiente anécdota, no sabemos si falsa o verdadera:

"Dentro de los episodios históricos del Sitio de Cúcuta, no podía faltar la anécdota para olvidar la tragedia vivida en la ciudad.

De las noches tenebrosas del sitio, de la lluvia de balas, los relámpagos y los truenos, surge la anécdota como la sátira intencionada en el ambiente guerrero.

El Sitio de Cúcuta trajo consecuencias terribles, las enfermedades, el hambre acoquinadora ante la escasez de alimentos y los rigores de la sed.

Una noche, una madre angustiada y desesperada, sin tener alimento alguno para darles a sus tres párvulos, una noche toda llena de peligros, lluviosa, el silbar de las balas, el estallido de los truenos, iluminada por la luz de los relámpagos, la pobre madre se resuelve a salir en busca de alimentos para sus hijos a una tiendita cercana a su choza. Sigilosamente sale arrastrándose por el duelo enlodado, y por fin llega a la tiendita a solicitar, de por Dios, un alimento para sus hijos; sólo le suministran dos cucas de harina, duras y mohosas. La pobre madre las recibe y emprende el regreso a su casa, igualmente arrastrándose por el suelo y el fango, con las dos cucas para sus hijos.

Cuando ya había recorrido un buen trecho del camino y se aproximaba a su casa, en un devenir por la acción iluminadora de los relámpagos, la pobre mujer es vista por una patrulla de soldados, que con voz fuerte y amenazante le gritan:

- ¡Alto! ¿Quién vive?

La mujer, del susto se queda callada, y vuelven y le gritan los soldados:

- ¡Alto! Diga quién vive o disparamos.

La mujer, toda atortolada, que no pensaba sino en sus hijos hambrientos, creyó que le había llegado la hora de morir.

Toda confundida y angustiada, contesta:

¡Una mujer con dos cucas!

 Entonces la patrulla vuelve a gritarle:

¡Avance para reconocerla!"



Recopilado por : Gastón Bermúdez V.

jueves, 24 de mayo de 2012

178.- Y AHORA SI : DOÑA JUANA


Gustavo Gómez Ardila



FUNDACIÓN SIN ESPADA Y SIN CRUZ

Casi todas las fundaciones de pueblos, villas, aldeas o ciudades se hacían con el siguiente ritual: El fundador desenvainaba la espada con su mano derecha (a menos que fuera zurdo), daba tres pasos al frente, hincaba la rodilla del mismo lado, y con la otra mano tomaba la cruz que le facilitaba el cura más cercano, para decir, a grito entero por falta de micrófono: En nombre de los reyes de España y de Dios, tomo posesión de estas tierras y fundo la ciudad de...

En Cúcuta todo fue distinto. Nadie tomó posesión de las tierras, nadie se adelantó al frente, nadie se arrodilló y nadie fundó nada.

La historia fue como sigue:

Ya queda dicho, páginas atrás, que los Motilones fueron un hueso duro de roer. Se enfrentaban a los colonos y a veces los vencían y otras, los derrotaban. Pero también, en ocasiones, sucedía lo contrario. En ese coge-coge vivieron colonos e indígenas cerca de 200 años.

Al hacerse efectiva la reducción de los indios (en el pueblo de Cúcuta), el cura doctrinero exigió que, para convertirlos al cristianismo, necesitaba una capilla. De modo que los indios tuvieron un lugar de oración, no así los colonos. Éstos debían atravesar el río todos los domingos y fiestas de guardar para ir a misa, exponiéndose a los ataques de los Cúcutas y a las crecidas del río, que, cuando se ponía furioso, se llevaba puentes, el Malecón, personas y otros animales.

Con esos dos argumentos le llegaron, muy temprano, un día de junio de 1733 a doña Juana (en lugar de decirle señorita Joana ya le decían doña Juana, menos romántico, pero más efectivo), para pedirle la donación de los terrenos necesarios.

¿Está doña Juana? -le dijeron los vecinos a la criada que salió a recibir la comitiva.

¿Como para qué, si se puede saber? Necesitamos hablar con ella a solas. ¿De parte? -volvió a preguntar la muchacha, intrigada. De los vecinos de Guasimal.

Salió la doña, los hizo seguir a la lujosa sala, les ofreció café negro porque aún no habían ordeñado las vacas, hablaron del clima, de los calores tan machos, del precio del bolívar y de las exportaciones de cacao. Cuando fueron al grano, le contaron, exagerando un poco la nota, lo que debían sufrir para cumplir con el mandamiento que ordena ir a misa los domingos. Pasar el río en invierno era una odisea. Y la posibilidad de un ataque indígena era un riesgo, casi un suicidio. Por eso veían como única solución que doña Juana les donara tierras suficientes para construir pueblo, plaza, escuela e iglesia con el fin de solicitar la erección de una parroquia.

Doña Juana utilizó su calculadora digital -del meñique al pulgar-, sumó, restó, multiplicó y dividió, sacó raíz cuadrada, elevó potencias y al final les respondió, deteniendo las zancadas frente al retablo de San José:

- Déjenmelo pensar. Échense una paradita por aquí pasado mañana y les tengo una razón fija. Necesito consultarlo unas dos noches con la almohada.

Dicen los economistas - mal pensados que son algunos de ellos- que el raciocinio de doña Juana fue claro y decisivo: "Si regalo unas pocas tierras y allí hacen un pueblo, las otras se me valorizan.
Además, las mismas gentes del pueblo y los vigilantes y los celadores y la policía me ayudan a cuidar el ganado y el cacao para que los indios no se lo roben. De modo que con la donación yo salgo ganando por punta y punta. Sin contar con que pasaré a la historia como fundadora y mi estatua perdurará en algún parque por la século de los seculorum.

Cuando a los tres días llegaron los colonos, doña Joana les dijo:

-Está bien, me sacrifico por ustedes y por las generaciones de cucuteños que nacerán en estas tierras.
Les donaré media estancia de ganado mayor. Los peticionarios se emocionaron. La aplaudieron, la abrazaron, le dieron las gracias y quemaron algunos voladores que llevaban preparados.

- Ya sabíamos que usted no nos iba a fallar- le dijeron.

Donación, acto que se considera como la fundación de Cúcuta, aunque algunos opinen lo contrario.

"...Meció tu cuna una matrona
de aristocrática altivez
como su escudo lo pregona
 que era magnánima a la vez.

 Juana Rangel la visionaria
te dio un rincón para morir
y la nobleza legendaria
de lis heráldico al vivir..."     (Del Himno de Cúcuta)

¿FUNDADORA O QUÉ?

Ese es un punto en el que los historiadores no se han puesto de acuerdo: ¿Fue doña Juana Rangel de Cuéllar, en realidad, la fundadora de Cúcuta? Si hablar de fundación significa cumplir con el ritual descrito en el capítulo anterior, la respuesta necesariamente es negativa. Doña Juana no juró, no besó la tierra, no proclamó la fundación de ninguna ciudad ni aldea. Pero si fundar es dar vida a algo, doña Juana es la fundadora de la ciudad. Con su donación hizo posible que Cúcuta naciera. Le dio vida. La fundó. Sentada. Muy oronda y muy maja. Le dio tanta importancia al acto, que se vistió con sus mejores galas, y para firmar no utilizó un vulgar kilométrico, ni lapicero desechable, de los que regalan algunas empresas en navidad, sino pluma de gallina criolla.

El alcalde de Pamplona, capitán Juan Antonio Villamizar y Pinedo, se trasladó a Tonchalá para protocolizar la escritura de donación con testigos, firmas y huellas dactilares. Doña Juana tuvo que demostrar, para efectos legales, que con la donación no quedaba en la miseria, ni sus herederos iban a aguantar hambre. También debió demostrar que ningún embargo pesaba sobre aquellas tierras, ni las tenía hipotecadas, ni empeñadas.

Presentado que hubo el certificado de libertad y tradición, procedieron a la elaboración de la escritura donde dona "media estancia de ganado mayor", avaluada en 50 patacones.

El alcalde de Pamplona también debió comprobar que doña Juana, a pesar de sus 84 años, estaba en sus cabales, que no se le corría la teja, ni sufría de pérdida de la memoria, no fuera a suceder que después se arrepintiera de lo donado, alegando que no se acordaba de la firma aquella.

Llenos los requisitos, se realizó la ceremonia. Después vendrían el brindis, el almuerzo y el bailoteo. Se decretaron tres días de fiestas junianas (que después serían julianas), se ordenó izar el pabellón nacional y la bandera del lugar, hubo corridas de toros, riñas de gallos, carrera de encostalados y vara de premios, pólvora al medio día y rosario de aurora. Por la noche, los clubes Motilons Corporation, Cúcuta Zapateado Club y Cachuchas Amarillas abrieron las puertas a sus afiliados, mientras que el pueblerío debió apiñarse a escuchar conjuntos vallenatos por los lados del Canal Bogotá.

Después del guayabo, pero con la escritura firmada y protocolizada, los vecinos pudieron entrar a solicitar la creación de la parroquia, con lo cual quedaban definitivamente desligados del Pueblo de Cúcuta.

SAN JOSEPH, ORA PRO NOBIS

Dentro de los colonos había quizá muchos llamados José, porque ese fue el nombre que buscaron para la parroquia, cuya erección estaban solicitando ante la Real Audiencia de Santafé. Veamos algunos: Juan José de Colmenares, Joseph de Figa, José García, Joseph Ramírez, Joseph Gómez de Figueroa...

Sin embargo, algunos dicen que ya en 1587 existía en el valle de Cúcuta un puerto sobre el río Pamplona, llamado Puerto del Señor San José.

Ocho días después de otorgada la escritura, es decir, el 25 de junio de 1733, los vecinos del valle de Cúcuta solicitaron formalmente, por medio de abogado, la erección de parroquia. Los argumentos ya se han dicho: el río con sus crecidas de invierno impedía el paso de los blancos hacia el pueblo de Cúcuta, donde estaba la capilla. Los puentes Elías Mauricio Soto y Jorge Gaitán Durán, que conducen hacia San Luis (pueblo de Cúcuta), aún no se habían construido por estar demorada la licitación. Y la belicosidad de los motilones que, cuando amanecían con el guayuco al revés, no dejaban acercar a ningún blanco. A veces, no sólo no los dejaban acercar, sino que iban hasta ellos y les derribaban las casas y les destruían las cosechas. ¡La furia motilona!

El memorial petitorio (no confundir con la petitoria de cabrito, apetitoso plato que se consigue en restaurantes criollos), dirigido a la Real Audiencia y al Arzobispo del Nuevo Reino de Granada, decía, palabras más, sílabas menos: "... por quanto son agregados al pueblo de Cúcuta, en donde se les administran los santos sacramentos por el cura doctrinero del dicho pueblo y hallándose con recelos y bastantes motivos para segregarse del dicho pueblo, por los tumultos que cada día levantan los yndios del dicho pueblo contra los vecinos de este dicho valle y personas españolas...,se sirva su señoría ilustrísima de concederles erección de parroquia, en el sitio del Guasimal, en términos de este dicho valle, con el título del glorioso señor San Joseph".

Se comprometían los vecinos a construir la iglesia, dotarla y mantenerla con lo necesario (pan, vino, cáliz, custodia, ornamentos, incensario y campanas), sostener al cura con generosas limosnas (el que trabaja en el altar debe vivir del altar), y que le quedara algo para pagar al sacristán, al cantor, a los monaguillos y a la señora del aseo, y algo para abrir una cuenta de ahorros debajo del colchón. Se comprometían, además, a fundar las congregaciones o cofradías que toda parroquia debe tener: Hijas de María, Madres Católicas, Adoradoras del Santísimo, Nazarenos, Hermanos de San José...

El 13 de noviembre de 1734, el Arzobispo del Nuevo Reino aprobó la erección de la parroquia de San Joseph, lo que contó con el visto bueno del presidente de la Real Audiencia. De nuevo se organizaron fiestas con música, pólvora y procesiones.

Desde entonces nos ha quedado la costumbre de hacer festejos por cualquier motivo. De modo que las rumbas y las quema s de pólvora no han faltado, afortunadamente, en este valle de Guasimal, protegido por nuestro patrono San José.

MUY NOBLE, MUY LEAL Y ADEMÁS, VALEROSA

El maestro Jorge Villamil, médico y compositor huilense -nada de cucuteño, sólo su corazón- le dedicó a Cúcuta una de sus más hermosas canciones, Portón de la frontera, en la que le canta al título que los reyes de España le dieron a nuestra villa:

Muy noble y muy leal
te llamaron los reyes,
 blasones que conservas con orgullo
allá en el Pamplonita.

Villamil aprovecha la oportunidad para echarle algunos piropos a la ciudad y a sus mujeres:

El cielo claro es en Cúcuta bonita
 llegando a tu valle se alegra el viajero
 admirando al norte cerro Tasajero,
 tus soleadas calles con sus arboledas
que adornan de tarde las bellas morenas.

Pero el compositor no se queda ahí. Viaja a algunos pueblos vecinos y a ellos los mete en el mismo
cuento del sonado vals:

Portón de la frontera
aroma y primavera,
qué bonitos paisajes se miran al pasar,
 allá en Aguas Calientes,
Ureña y San Cristóbal,
San Antonio y al sur
las tierras de Pamplona.

El hombre no podía dejar por fuera a la cuna de Santander, adornada de historia y de palmeras:

En Villa del Rosario,
monumento nacional,
aquel que cruce ha de sentir admiración.
 Y el viento hace mecer las palmas reales
 que al silbar con sus follajes
Nos dirán adiós, adiós.

Bien por el maestro Villamil, y bien por los cucuteños que, por los años de 1790, anhelaban que la corona española tuviera en cuenta el crecimiento del pueblo y el auge económico de la comarca.

Solicitaron, pues, que se le otorgara a la parroquia el título de Villa, para lo cual enviaron todos los documentos necesarios: escrituras, constancias, censos, mapas elaborados por el Instituto Agustín Codazzi, fotocopias, y un sinnúmero de documentos más. Para que no se diga que la tramitología en las oficinas públicas es invento reciente. Es un legado que, junto con el idioma y la religión, nos dejaron los españoles. ¡Y no lo hemos podido superar!

El 18 de mayo de 1792, Carlos IV de España, después de minuciosos estudios y sesudas consultas, concedió la gracia solicitada, otorgando a San José del Guasimal, mediante cédula real, el título de "Muy noble, valerosa y leal villa", lo que le dio derecho a la parroquia a tener corregidor.

Fue en ese entonces cuando empezamos a ser ciudad: Hubo concejales o cabildantes, nombrados por el alcalde de Pamplona, cuya función era organizar la vida de la Villa: escuela pública (el primer maestro fue don Felipe Antonio de Armas) , expendio de carnes y comestibles, trazado y empedrado de calles, fijación de impuestos, evangelización de los indios, control de los vagos, a los que había que "espantarles la pereza", no dándoles limosna sino poniéndolos a trabajar, y algo muy importante:
legalización de las guaraperías y chicherías de la comarca.

"Noble, leal y valerosa
eres por cédula real
y porque así es
ciudad gloriosa
tu vida heroica y triunfal"

(Del Himno de Cúcuta)




Recopilado por : Gastón Bermúdez V.