lunes, 31 de diciembre de 2012

309.- ME FUI PARA LA GUERRA DE COREA SIN PERMISO DE MIS PADRES


Celmira Figueroa


Jesús María Garay, González y Luis Carlos Villamizar, en una de las trincheras.


Luis Carlos Villamizar Santander, ex combatiente que sobrevivió a la guerra, habla de su experiencia en un conflicto internacional.

La Guerra de Corea fue un conflicto bélico entre Corea del Norte y Corea del Sur que se desarrolló entre el 25 de junio de 1950 y el 17 de julio de 1953.

Siempre quiso combatir. Era su sueño de niño y se le cumplió cuando pidieron voluntarios para irse a Corea con el Batallón Colombia. La guerra estaba en pleno furor. Era noviembre de 1952. Luis Carlos Villamizar Santander tenía 16 años y ya había estado en el grupo de caballería No.2 Rendón, en Buenavista, Magdalena, preparándose, un año antes  y el día que escuchó el llamado se encontraba en Barranquilla, haciendo un curso para suboficial. “Yo fui uno de esos voluntarios. Desde muy pequeño me gustaba la guerra, pero en realidad no sabía lo que era una guerra”.

El entrenamiento lo tuvo en la Escuela de Infantería en Bogotá. Y no le dieron licencia para despedirse de sus padres Trinidad Santander y Gabyno Villamizar. Pensó que era mejor así, irse sin avisar para causar menos traumas, pero después se dio cuenta que fue peor. Al fin y al cabo sus padres se enterarían el mismo día del zarpe del buque Aiken Victory, en Cartagena.

Subieron al barco y duraron 25 días y 25 noches en altamar. Las olas alcanzaban hasta  diez metros de altura y ´no hacíamos cosa distinta que vomitar. Nunca antes había estado en un buque y menos de guerra de los Estados Unidos. Era inmenso, de siete pisos, con camarotes, baños,  pero el mareo era persistente´.  Las enfermeras y médicos tenían harto trabajo. En ese barco iban unas tres mil personas.

Llegó al puerto de Yokohama mareado, como sonámbulo y de ahí abordó un camión, con los demás de la compañía, que los trasladó, unas cinco horas de camino, al frente de combate,  en Corea del Sur. ´No había una pared levantada, ni un techo, todo era desierto´. Salieron en noviembre y llegaron en diciembre, en vísperas de Navidad y Año Nuevo. ´Nos recibieron a plomo´.

Fue fatal. ´Al comienzo da terronera, pero después es una rutina diaria como en el campo, uno se levanta a molar la pala y a darle al monte, y si es cogida de café o si es alfarería a hacer ladrillos, tejas. Acá uno sabía que tocaba echar para adelante, y de uno dependía salvar la vida y la de los compañeros. No recuerdo cuántas veces disparé, pero terminé dirigiendo la escuadra´.

´Empezamos a ver los primeros muertos´. Las compañías se componían de cuatro pelotones: tres de fusileros y el otro de armas pesadas, que era el de apoyo. ´Yo estaba en el segundo pelotón, me tocaba combatir, patrullar con el uniforme americano. Nos daban diez días de descanso después de estar 20 en la refriega. Nos levantábamos a la hora que quisiéramos. La idea era descansar para regresar a la línea de bloqueo´.

Se considera  un sobreviviente de la batalla más grande que hubo en Corea, la de Old Baldy, donde los colombianos mostraron su casta guerrera. La orden era combatir a pesar de ser mayor el número de chinos. ´Eran unos veinte chinos para cada soldado colombiano.  Ordenaron replegar las tropas,  pero mi coronel Alberto Ruiz Novoa dijo que no, que Colombia tenía que seguir ahí, y si era el caso de morir tocaba hacerlo. Por eso no abandonamos las posiciones. Fueron 14 horas seguidas cuerpo a cuerpo. Al amanecer vi los cuerpos tirados sobre las alambradas, algunos inclinados, otros debajo. El batallón que menos baja tuvo fue el Colombia, a pesar de estar en las áreas más complicadas´.

La batalla de Old Baldy marcó el inicio del fin de la guerra de Corea. El 27 de julio de 1953 se establece la línea del armisticio y se dio por terminada una guerra en la que los colombianos siempre serán recordados como “los mejores soldados del mundo”.

En el puerto de Cartagena los recibió la Banda Naval con todos los honores. A cada uno lo despacharon  a sus casas de vacaciones. Después regresaron a las unidades de origen.

Continuó en el Ejército como suboficial y seis meses después lo trasladaron al conflicto armado en Tolima, a formar parte del grupo contraguerrilla. Duró seis años incrustado en el monte. Cansado de esa rutina, después de recuperar la tranquilidad, decidió retirarse.

En 1960 llegó a Sardinata y aquí le dio un viraje a su vida untándose de política. Fue secretario del directorio conservador y Luis Parra Bolívar lo nombró coordinador de la campaña presidencial de Misael Pastrana Borrero y ese fogueo le sirvió para que lo escogieran como secretario general del partido en Norte de Santander. Luego fue secretario de la Asamblea durante dos años y continuó su carrera en la Gobernación como visitador departamental de Alcaldías. Le tocó asumir, un corto periodo, como alcalde  encargado de Chinácota, San Calixto y Villacaro.

También fue secretario del Concejo de El Zulia y juez promiscuo encargado. Auditor del Sena.

Secretario auxiliar de la Cámara de Representantes. Abogado  procurador del ministerio de Justicia en la penitenciaría de Cúcuta y después estuvo en Caracas. Lo llevaron a gerenciar una empresa.

Empezó como portero, celador, barrendero, pasó a cuentas corrientes, subgerente y terminó de gerente general.

Se vino para Cúcuta porque la empresa se disolvió por la muerte del propietario Roberto Gómez Rueda. Aquí fue gerente de la Central de Transportes durante la  administración del padre Pauselino Camargo.


Colegio Gustavo Matamoros

Hace once años se preguntó: ¿si he sido capaz de administrar las empresas ajenas por qué no la mía? Entonces abrió el colegio Gustavo Matamoros en la esquina de la calle 13 con avenida 7ª donde tenía el restaurante Don Carlos. El colegio se fue agrandando y hoy, a sus 75 años cumplidos, (es el menor de los 60 sobrevivientes de los ex combatientes de la guerra de Corea) dice lo convertirá en universidad antes de morirse. Espera vivir otros 20 años.

El Batallón Colombia



Inmediatamente el secretario de la ONU (Organización de las Naciones Unidas) formula la petición de ayuda para las fuerzas aliadas respondiendo a la llamada naciones como Australia, Bélgica, Luxemburgo, Canadá, Grecia, Holanda, Francia, Turquía, entre otras, y Colombia fue el único país hispanoamericano que respondió a la llamada para enviar tropas a la Guerra de Corea.

El gobierno ofreció una unidad naval a las fuerzas aliadas y dos semanas más tarde agregó a su compromiso un batallón de infantería, que aún no existía.

Aceptadas ambas unidades, la fragata Almirante Padilla zarpó de Cartagena hacia la base naval de San Diego California, bajo el mando del capitán de corbeta Julio César Reyes Canal, con el fin de adelantar reparaciones y adecuación de su equipo para la misión de guerra y un período de entrenamiento para su tripulación.

En cuanto al cuerpo de infantería, el Decreto 3927 de diciembre de 1950 creó el Batallón de Infantería Nº 1 Colombia, con destino al ejército de las Naciones Unidas en Corea.

De los 4.314 combatientes colombianos que tomaron parte en el conflicto asiático, 111 oficiales y 590 suboficiales participaron en operaciones de guerra y el resto en la vigilancia del armisticio, recibiendo para el efecto el mismo entrenamiento intensivo de los anteriores. El saldo final de la guerra para el batallón Colombia fue de 639 bajas de combate (un poco más del 15% de los efectivos) distribuidas entre 163 muertos en acción, 448 heridos, 28 prisioneros canjeados y dos desaparecidos. Eso le permitió a Colombia en términos humanos figurar en el listado de naciones libres defensoras de la libertad y la democracia de acuerdo con el perfil político de la época. Para un ejército pequeño ese casi millar de profesionales, diseminados a su regreso por todos los cuerpos de tropas del país, significaron una importante inyección de modernidad.

En general, el nivel logístico de la actuación militar colombiana fue el más beneficiado; se subsanaron las deficiencias y carencias en términos de evacuación de heridos, muertos, material de guerra y mantenimiento de equipos, desempeño de unidades al servicio del orden público, entre otros. Todas estas tácticas y técnicas de combate puestas en práctica redundaron en beneficio del esfuerzo por controlar el orden público interior, el cual se veía seriamente afectado por el creciente bandolerismo y la formación de guerrillas y grupos de resistencia civil y armada a mediados del siglo XX.

Aparecieron numerosas publicaciones militares sobre las experiencias de la guerra, y varias cátedras nuevas en las escuelas militares a cargo de los oficiales que tuvieron la experiencia de la guerra.

Según la versión oficial de los altos oficiales de los ejércitos involucrados, y del gobierno colombiano, “La participación de los militares colombianos, fue esencial para lograr solucionar la Guerra de Corea, ellos ofrecieron sus servicios a la patria y al mundo al colaborar en esta importante misión y alcanzar la paz mundial”.

La participación de Colombia en la guerra dejó fuertes efectos internacionales en lo venidero de su relación con los Estados Unidos en el marco de la guerra fría, una de las mas grandes guerras del Batallón Colombia fue la batalla de Old Baldy.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

viernes, 28 de diciembre de 2012

308.- ECOS Y EL DESPUES DEL INCENDIO DEL MERCADO CUBIERTO DE CUCUTA


Gerardo Raynaud


Calle 11A. Calle intermedia que dividió en dos el área que abarcaba el Mercado Cubierto

En la crónica pasada tuve la oportunidad de citar la versión de un testigo presencial de los hechos ocurridos en la ciudad a mediados del siglo pasado, sin embargo, considero que faltaron detalles que permitan al lector recrear el ambiente que se desenvolvía entonces. 

Imaginémonos que nos hemos transportado a esa época, mayo de 1949, que estamos caminando por una de esas calles por las cuales andamos frecuentemente, por los lados del parque Santander, en cualquier dirección. 

El alcalde era el conocido hombre de prensa, abogado y periodista, director del diario Comentarios, José Manuel Villalobos, quien había suspendido su actividad para prestarle el servicio a su ciudad, mientras durara su encargo. 

El gobernador, médico Carlos Enrique Vera Villamizar, vivía en ese momento las dificultades propias de las tantas crisis políticas que se sucedían desde principios de siglo, máxime cuando se acercaban las elecciones regionales, entonces al Congreso y a los órganos legislativos locales. 

Se habían presentado fuertes presiones por los grupos políticos, solicitando la renuncia del gobernador; de hecho, días antes del incendio en mención, había presentado renuncia al cargo de Secretario de Gobierno Departamental, el doctor Luis Alberto Marciales, pero toda la atención estaba centrada en la disposición y el desarrollo de los comicios y por lo tanto, la consideración de las renuncias se dilataban ante la importancia de los diferentes sucesos.

En otro sentido, buena parte de los intereses ciudadanos estaba concentrada en la organización de los preparativos para la celebración, al año siguiente, de los 75 años del terremoto que había destruido la ciudad y que visto desde una perspectiva optimista, había contribuido a proponer una reorganización urbanística que fue acertadamente aprovechada por quien tuvo a su cargo el diseño y la dirección de la reconstrucción, el ingeniero venezolano Francisco de Paula Andrade Troconis. 


El trágico incidente, sin embargo, no opacó la celebración de la “semana de la aviación” que, como la mayoría de los actos culturales del momento, se iniciaba con una retreta en la glorieta del parque principal, en esta ocasión, el domingo 22 de mayo, la Banda del Departamento a cargo del maestro Pablo Tarazona Prada, a las 8 p.m. interpretaba las conocidas notas de la música clásica de Offenbach y Tchaicovski, terminando con algunas piezas musicales del folclor popular, entre ellas, algunas del maestro Víctor Manuel Guerrero y la infaltable “Brisas del Pamplonita”.

Por esos mismos días, comenzaron a incursionar en la prensa escrita, los primeros ejemplares de un semanario que se llamaba “La Opinión” con algunos problemas técnicos que tuvieron que comunicar a sus lectores mediante publicación en los diarios de la época. 


Pero veamos cómo se presentaron los sucesos del incendio. Según el resultado de las primeras investigaciones, las llamas se originaron en alguno de los locales exteriores, parece que en la bodega de don Víctor Solano, que se llamaba La Surtidora, que estaba ubicada aproximadamente en la mitad de la cuadra de la avenida séptima, entre calles once y doce.

Recordemos que el Mercado Cubierto, el principal de la ciudad ocupaba toda la manzana comprendida entre las avenidas sexta y séptima y las calles once y doce. Sólo un tramo no resultó afectado y fue el sector que estaba ubicado sobre la calle 12. 

Probablemente, esa circunstancia fue la que propició la apertura de la calle intermedia, conocida como la calle 11A y que recientemente hoy, a un alcalde le dio por “peatonalizarla” y bautizarla como “Estación Central”, pues el resto de la edificación resultó totalmente destruida por la acción de las llamas, tanto en el exterior como en el interior, a excepción del pabellón de las carnes.

No se pudo establecer el origen del incendio ni el sitio exacto del inicio del fuego, ni tampoco si hubo o no manos criminales o si se trató de un corto circuito, lo que si era común, era la cantidad de gente fervorosa que dejaba velitas y lámparas encendidas a sus santos o advocaciones. 

El problema se agravó al comprobarse que por esos días no había agua en la toma pública, debido al verano que venía azotando la ciudad desde hacía varios meses y que además,  estaba generando un grave problema de salubridad entre las gentes del común. Los pocos hidrantes que para la época ya existían no tenían el personal especializado para su manejo y lo que es peor, las llaves con que se abrían, estaban en poder de los trabajadores  y éstos vivían lejos del lugar de los hechos, uno en Sevilla, otro en Santo Domingo y el más cercano, en Gaitán. 

El ejército y la policía municipal y departamental, hicieron todo lo posible para resguardar el orden y encausar el poco tránsito existente en esos días.

Dicen las crónicas de la época, que no hubo saqueos ni daños adicionales y los comentarios populares decían que “en Cúcuta no había ladrones” y se agregaba “el pueblo cucuteño es honorable” pues, pruebas se habían dado suficientes, cuando por ejemplo, el pasado 9 de abril del año anterior, el pueblo indignado por los sucesos del “Bogotazo” había recorrido las principales calles sin que se presentaran, siquiera amago de disturbios, sólo una pacífica manifestación.

Dado el caldeado ambiente preelectoral que mencionábamos al comienzo de esta crónica, rumores de golpe de estado contra el presidente Mariano Ospina eran frecuentes en todo el país, por eso llamó la atención del público la gran cantidad de armas y municiones que estaban almacenadas en los diferentes locales del Mercado y que fueron apareciendo a medida que sacaban de los escombros los pocos elementos y mercancías que sus propietarios alcanzaban a rescatar en condiciones más o menos aceptables.

La solidaridad de las gentes de la ciudad no se hizo esperar. Don Manuel Jaramillo, gerente del Banco de Colombia, encabezó una campaña “Pro damnificados del Mercado Cubierto” y abrió una cuenta en su banco, para que la gente manifestara su generosidad, contribuyendo con sus donaciones y aportes a paliar la difícil situación en que había quedado la mayoría de los inquilinos. 


Se constituyó una Junta presidida por el R.P. Daniel Jordán y la vicepresidencia de Manuel Jaramillo, en representación de los inquilinos estaba Félix A. Maldonado. 

Se estuvieron recibiendo donaciones, casi al estilo de la “teletón” actual y se logró recaudar la suma de $34.246.25. Para que tengamos una base  de comparación acerca de lo que esta cifra representaba entonces, baste decir que el premio mayor de la Lotería de Cúcuta era de $12.000.oo. 

Después de muchas discusiones en los entes gubernamentales, el mercado no se reconstruyó, las decisiones se fueron diluyendo y otras propuestas fueron presentadas y aceptadas de las cuales hablaremos.

A partir del 21 de mayo de 1949, la ciudad se quedó sin plaza de mercado, las gentes sin un sitio específico dónde adquirir los productos de consumo diario, pues recordemos que por esa época no habían neveras y las pocas que tenían algunos privilegiados, particularmente extranjeros que las importaban sólo eran de su uso particular. 

Las tiendas de barrio, que siempre existieron desde la fundación de la ciudad como parroquia, surtían de productos, digamos que no perecederos y que las frutas y verduras que llegaban, debían venderse o consumirse en el día so pena de dañarse o pudrirse, dadas las condiciones climáticas.

Pasada la euforia del incendio, los poderes públicos locales se enfrascaron en unas discusiones acerca de la reconstrucción del mercado, situación que duró varios años, pues se habían presentado dos posiciones claramente antagónicas que no permitían tomar una decisión que resolviera la difícil situación de los inquilinos del antiguo mercado cubierto. 


En el viejo mercado, digamos que había dos tipos de inquilinos, los de los locales exteriores, que eran comerciantes con cierto reconocimiento y de cierta capacidad económica que habían ido adquiriendo a través del tiempo mediante un ejercicio serio de su actividad mercantil y los inquilinos de los puestos interiores, que no eran locales, sino espacios en los que colocaban sus enseres que les permitiera exhibir sus productos con relativa facilidad y en poco espacio, tal como sucede aún hoy en los mercados de las poblaciones más pequeñas y alejadas de los grandes centros urbanos.

Las dos posiciones que no dejaban que se le resolviera el conflicto suscitado con la reconstrucción del mercado eran, la primera, que se volviera a construir en el mismo sitio, pero una edificación más moderna y funcional. En esta propuesta, había además, otras dos posiciones, que consistía en que se construyera un edificio de una de planta, mientras que otro grupo, tanto de concejales como de funcionarios del ejecutivo municipal, pretendía que el nuevo edificio del mercado tuviera, por lo menos, dos pisos.

La segunda propuesta, liderada por un grupo menos numeroso pero de mayor peso político, argumentaba que el mercado debía construirse en un sitio más alejado del centro de la ciudad, para que sus actividades no interfirieran con el normal desenvolvimiento de las demás ocupaciones que generan menos contaminación que las propias de un mercado como el que se estaba discutiendo.

El hecho fue que pasaron varios meses y la situación no se resolvía. Sólo en febrero del año siguiente (1950), nueve meses después, el municipio optó por comprar y liderar la construcción y puesta en marcha de una solución transitoria al adquirir los lotes necesarios para la implementación de mercados satélites. 


Esta nueva propuesta, idea concebida como solución que había dado resultados exitosos en las grandes ciudades del mundo, comenzaba a mostrar a la ciudad, como la próspera urbe que se había acostumbrado a ser después que, por efecto del terremoto, había aprovechado todos los beneficios de la modernidad y había puesto en marcha y aplicado las más nuevas tecnologías que el mundo moderno disponía, luz eléctrica, telefonía, líneas férreas y tranvía, cuando aún, las grandes capitales del país carecían de estos servicios. 

Los locales fueron distribuidos estratégicamente en los cuatro puntos cardinales de la ciudad, de manera que los usuarios tenían la facilidad de acceder a ellos sin el gasto de transporte ni de tiempo, pues quedaban, como se dice popularmente, “a la vuelta de la esquina”. 

Claro que la Administración municipal se tardó tres años en perfeccionar los cuatro proyectos, los cuales fueron inaugurados, con todas las de la ley y bendecidos por cada uno de los párrocos de los barrios donde fueron construidos.

De los cuatro mercados satélites, hoy sólo queda el de La Cabrera. Esta plaza fue establecida en ese sitio con el propósito de servir de proveedor a los hogares del sur de ciudad; en El Contento, donde quedaba el segundo mercado satélite, hoy está el edificio, en situación de abandono, inconcebible que el municipio no le haya encontrado utilidad, toda vez que la construcción está en condiciones de ser utilizada para algún proyecto de beneficio para la comunidad. El mercado del Contento estaba localizado estratégicamente para que sirviera a los hogares y a la población de moradores de la región occidental de la ciudad.

Los otros dos, desaparecieron por efecto del avance del urbanismo moderno que fue desplazando las construcciones que no prestaban ningún beneficio. 


Recuerden la plaza de mercado del barrio Sevilla, ubicada casi frente a la iglesia de La Candelaria y que surtía de sus productos a la población que residía en la zona norte de la ciudad. 

Finalmente, para satisfacer las necesidades de los pobladores de los barrios orientales de la ciudad, aquellos que comenzaban a crecer al amparo de los beneficios de las compañías petroleras y además, como zona de proyección para el desarrollo de la ampliación urbana, se estableció la plaza de mercado Rosetal, por los lados de la avenida cero frente al sitio donde posteriormente se construyó, el hotel Tonchalá.

Definitivamente, el nuevo mercado cubierto no se construyó en el mismo sitio del anterior y durante más de seis años, la ciudad apeló a los mercados satélites como opción de suministro de sus bienes de consumo inmediato para suplir sus necesidades de alimentación, mientras que el lote se había convertido en un basurero, cuando no era alquilado a los circos y “ciudades de hierro”, que de tanto en tanto, aparecían por aquí, cuando venían o iban para el vecino país. 


Sólo en el año 55, el 12 de octubre para más señas, se inauguró el nuevo mercado cubierto que fue llamado La Sexta por los cucuteños, puesto que fue construido en la intersección de la calle 6 y la avenida del mismo número.

En el interín, las recién creadas Empresas Públicas Municipales, que era el organismo encargado del manejo de los proyectos del municipio, decidieron construir un moderno edificio para instalar allí sus oficinas y gracias a la financiación lograda por el Banco Cafetero, que se quedó con el local que hacía esquina de la calle 11 con avenida sexta, tenemos hoy al conocido edificio San José.





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

307.- EL INCENDIO DEL MERCADO CUBIERTO DE CUCUTA


Gerardo Raynaud



El Mercado Cubierto esquina avenida 6ª con calle 11.

A finales de la primera mitad del siglo 20, en las casas de la ciudad se tenía una característica común, se cocinaba en estufas de leña y carbón, hechas en mampostería, lo cual, además de darle un gusto particular a las viandas, tenía el problema de generar humos, hollín y riesgos de incendio, entre otras, causas comunes por esa época de los incendios que se presentaban con más frecuencia de la usual.

Fueron famosas las conflagraciones que habíamos reseñado anteriormente, como las del Mercado de la Estrella y posteriormente las del Restaurante Roma y otros negocios vecinos frente al Parque Santander, la de la Farmacia San Luis, ubicada en el barrio Latino y finalmente la de la Bomba La Flota.

Sin embargo, hubo uno que marcó la vida de cientos de personas, bien porque se vieron afectadas directamente o porque lo fueron de manera aislada y tangencial, debido a la actividad que prestaba el inmueble del luctuoso evento, se trata del incendio del mercado cubierto de Cúcuta, en 1949 y que estaba localizado en la avenida séptima entre calles 11 y 12, donde posteriormente se construyó el edificio San José, sede de las que fueron las Empresas Municipales de Cúcuta. En ese entonces aprovecharon para trazar una calle intermedia, la que hoy se bautizó con el nombre de Estación Central, que no es otra que la calle 11A en la arcaica nomenclatura actual de la ciudad.

A continuación, le doy paso a la versión que me fue remitida por correo electrónico, narrada por un testigo presencial y escrita sesenta y un años después, cuando ya la memoria había madurado lo suficiente y el análisis de los hechos presenciados habían sido decantados para entregar una transcripción lo más fiel posible a la realidad de los acontecimientos, toda vez que se trata de un pariente directo de uno de los personajes más afectados con la tragedia.

Dice el corresponsal: “Era un día sábado, fin de semana, 21 de Mayo de 1.949, una madrugada como todas las demás, todo en calma, tenía apenas ocho años de edad pero con capacidad suficiente para entender y recordar un hecho, por coincidencia del destino, cumplía años, tal vez esa es la razón por la cual recuerdo tanto el incendio de la bodega y los tristes episodios vividos en nuestra casa. 

Vivíamos en ella el nono Joaquín, la nona Ramona, la tía Katta que contaba veintiún años, el tío Alfonso con


Foto Mercado Cubierto a la izquierda, esquina avenida 7ª con calle 11. En el mercado se encontraba una bodega denominada ‘El Jordán’ que también se quemó.

diez y siete y nosotros, los hijos de Luis Adolfo e Ismenia, Luis Ramón, Joaquín Eduardo (mi persona), Estrella de Jesús, Gastón Adolfo y Mario Iván, estos dos últimos bebés aún, de dos y un años, pues para la fecha papá y mamá ya habían viajado a Maracaibo, con el propósito de probar suerte en un lugar diferente, los abuelos se hicieron cargo temporal mientras se instalaban, hecho que así sucedió pues al año también viajamos a reunirnos con ellos, Iván, a petición de la nona, regresó con ella a Cúcuta. 

A eso de las dos o tres de la mañana (no recuerdo con exactitud la hora), golpearon con algarabía el portón de la casa situada en la Av. 11 Nº 11-52 entre Calles 11 y 12 con fuertes golpes y gritos, avisando la emergencia desatada en el mercado donde se situaba el negocio del nono, una bodega denominada El Jordán, entre los presentes se encontraban nuestros parientes de Miramar, una tienda a la esquina de la calle 11 con Avenida 11, a media cuadra de la casa, propiedad de los Bermúdez Ramírez, el tío Martín como lo llamábamos cariñosamente, doña Virginia y sus hijos: Agustín, Fernando, Rafael (el gordo), Martín (capatua), Pacho y Roque y las mujeres, Matilde, Cristina y Virginia.

Salimos de inmediato ante el retumbar de la puerta y lo primero que vimos desde allí fue el color rojo de las llamas en lo alto del cielo y la humareda que desplegaba el incendio voraz. Hubo trifulca total, los mayores salieron al lugar de los hechos para tratar de sofocar las llamas en la bodega y salvar lo posible su mercancía y nosotros quedamos en casa entre el dolor y el miedo a esperar noticias de los acontecimientos. 

Qué ambiente tan lúgubre sentía yo en ese momento, nunca había sentido esa impresión, pues siempre sentíamos la tranquila felicidad de un hogar paterno con el inmenso amor y fortaleza que irradiaba nuestro abuelo y la dulce bondad de nuestra abuela. Toda la mañana la pasamos en esa incertidumbre, pero muy poco se pudo rescatar, el incendio fue voraz, casi toda la manzana sucumbió entre las llamas y recuerdo la poca mercancía que quedó de El Jordán fue llevada a la casa para resguardo. 

Al regreso de los mayores, todos sudorosos, cansados, tal vez, con quemaduras en sus manos, entre murmuraciones, descontentos por la actitud de las autoridades, de las personas, mirones y aprovechadores, en fin, de cuantos en ella intervinieron. Lo más impresionante que pasó por mi corazón fue la de ver a mi abuelo, con lágrimas en los ojos, viéndolo como derrotado cuando por ende, siempre emanaba esa fuerza y valor a nuestro hogar y como volvió a hacerlo posteriormente. 

Hubo rezos en familia, compañía permanente de vecinos, de doña Virginia dando ánimo y tranquilidad del momento a los abuelos sumidos en la tristeza más grande y también la nuestra. El tío Martín, quien también tenía una ferretería en la esquina de la misma manzana Av. 7 con Cl. 12 no lo alcanzó afectar, entre lo poco que quedó, pero estuvo muy cerca que esto le ocurriera.

Mucha gente perdió todo el esfuerzo de su vida, entre ellas a dos hermanas del abuelo materno Eduardo Vargas, llamadas María y Carlota, quienes tenían un puestecito en el interior del mercado consistente en un kiosco de ropa de mujer y costura, pues eran modistas muy humildes pero trabajadoras. 

Un hecho de mucha trascendencia para mi persona fue que en el transcurso del día, mi abuela y Katta recordaron que yo estaba cumpliendo años y en semejante trifulca y desorden buscaron como apaciguar mi tristeza según ellas y descubrieron entre la mercancía arrinconada una lata de galletas Noel, tipo Caravana y me la obsequiaron.



don Joaquín Bermúdez Rivera
    doña Ramona Hernández Jaimes

Muy agradecido continúo con el detalle del recuerdo, pues a pesar de lo sencillo del regalo, estaba impregnado de mucho cariño y delicia al paladar hasta el punto que cada vez que veo dichas galletas en el mercado viene a mi mente el recuerdo trágico del incendio y a la vez el regalo de mi cumpleaños.

Dedico esta crónica a la memoria de mis abuelos Joaquín Bermúdez y Ramona Hernández, dos viejos luchadores, ejemplo de constancia y valor, fundadores de nuestra familia. A la memoria de sus hijos, nuestros padres, orgullosos descendientes. A mis hermanos, primos, hijos y nietos, como la reseña de un hecho triste en el correr del tiempo que presenció esa casa y sufrió la bodega en lo que fue El Mercado Principal de Cúcuta.

Posteriormente, la bodega se volvió a instalar en la Calle 12 entre Av. 7 y 8 hasta que desapareció definitivamente al fallecimiento de los nonos Joaquín Bermúdez y Ramona Hernández.”





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

lunes, 24 de diciembre de 2012

306.- HERNANDO RUAN: UNA VIDA DEDICADA AL SERVICIO


La Opinión

Hernando Ruán durante su época como gobernador del departamento.

Como un visionario, un adelantado a su tiempo, califican al ex-gobernador quienes lo conocieron. El servicio desinteresado y la conversación amena, otras de sus cualidades.

El lunes 24 de enero de 2011 una afección cardiaca arrebató de esta vida al ingeniero civil Hernando Ruán.

Tenía 79 años y había forjado una imagen de hombre bueno, servicial, excelente profesional y ser humano ejemplar. Desde su nacimiento, su vida la había encaminado a la ciencia. Amante de las matemáticas y estudiante dotado de una inteligencia sin igual, obtuvo desde temprano grandes reconocimientos en el ámbito académico.

Nació en Pamplona, ciudad en la que obtuvo su bachillerato en el Colegio Provincial. Teniendo claro que lo suyo era la ingeniería, entró a estudiar en la Universidad Nacional de Colombia Ingeniería Civil.

De allí salió graduado con honores, obteniendo el premio Ponce de León, el cual le valió una beca para cursar estudios en el exterior. La Universidad de Cornell, en Ithaca, Nueva York, fue su próximo destino. Allí se graduaría un par de años después como Magister en Ingeniería Civil.

Amante de la academia, decidió continuar con su formación en Delft, Holanda, donde cursó estudios de especialización en Interpretación  de Fotografías Aéreas y Fotogrametría, así como en Ingeniería Hidráulica. Tiempo después, realizó un curso de Evaluación de proyectos de Inversión del Banco Mundial, en  Washington D. C.

De vuelta al país, inició una trayectoria en el mundo empresarial que le valió ser llamado por el presidente Misael Pastrana Borrero para que ocupara la gobernación de Norte de Santander entre 1970 y 1971.

Esa sería su única incursión en el mundo de la política activa, pero es claro que desde sus columnas en este Diario siempre expuso sus ideas acerca de cómo llevar una ciudad mejor en el campo que más conocía, la infraestructura, las soluciones viales y los mega-proyectos, como el nuevo aeropuerto para la ciudad.

Personas allegadas a su vida lo describen como un hombre de profundos valores, que luchaba por sus convicciones, que alcanzó la realización a nivel profesional y personal y que soñaba con aprender a pilotear un avión, su otra pasión además de la ingeniería.

“Mi papá fue un hombre que siempre tuvo claro lo que quería; tenía un horizonte trazado desde joven y siempre encaminó su vida a lograr eso que alguna vez soñó”, señala su hija Patricia Ruán, quien junto a Mónica, fueron el fruto de su matrimonio con María Isabel García-Herreros Cabrera.

En la ciudad de Cúcuta ocupó importantes cargos en el mundo empresarial, siendo uno de ellos la gerencia de Centrales Eléctricas de Norte de Santander, Cens, cargo que ocupó durante cinco años.
Fue precisamente desde la gerencia de Cens que logró la construcción de la Central Termoeléctrica de Tibú, su sistema de líneas de transmisión y subestaciones.

También, desde Cens, impulsó el Centro Técnico Administrativo de Sevilla; la integración de las empresas de energía eléctrica de Pamplona y Ocaña y la planificación, financiamiento e iniciación de la construcción de las líneas de transmisión Tibú - Cúcuta y Cúcuta Pamplona.

Personas allegadas a la gestión del exgobernador confirmaron que durante su gestión se caracterizó por su honestidad, su lucidez al proponer soluciones e ideas y por su capacidad de adquirir compromisos radicales cuando de su ciudad se trataba. El bienestar de Cúcuta siempre fue un tema de interés para él.

La gráfica fue tomada en 1971 durante el vuelo inaugural del avión “Caldas” de Avianca y en ella aparecen de izquierda a derecha: Daniel Raad Gómez, José Miguel López Calle, Hernando Ruán Guerrero, gobernador de la época, Teodosio Cabeza Quiñones, el mayor ( r ) Manolo Lemus Garbiras, Cayetano Morelli Lázaro y Ramón Cárdenas Silva.

No había un día en el que no estuviera pensando en cómo mejorar aspectos de la ciudad que lo había visto crecer y desarrollarse como profesional. Eran ideas de avanzada, de vanguardia. Fueron precisamente algunas de sus ideas de avanzada, las que dieron origen a varios de los proyectos por los cuales hoy es conocida la ciudad.

El Anillo Vial, entre otros, es uno de los más importantes proyectos liderados por Hernando Ruán. Y uno que se le quedó entre el tintero, pero al cual le dedicó interminables estudios, fue el nuevo aeropuerto para la ciudad.

Los últimos años de su vida los pasó en el seno de su familia, dedicado a la consultoría privada y a la lectura, otra de sus pasiones. “Le gustaba leer biografías. La última que leyó fue la de Nelson Mandela. Le conmovían las historias de personas cuyas vidas fueron ejemplos dignos de imitar”, recuerda su hija Patricia.

Con la muerte de Hernando Ruán no sólo perdió su familia, donde el vacío que dejó su partida será imposible de llenar; también perdió la ciudad pues sus ideas y comentarios lúcidos con relación a las necesidades que tiene la ciudad en materia de infraestructura vial no volverán a aparecer para guiar a los encargados de llevarlas a cabo.

Desde el cielo, de serle posible, trazará una escalera para asegurar que la llegada a ese sitio, inevitable para todos, se dé, de la mejor manera posible.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.


sábado, 22 de diciembre de 2012

305.- SE MURIO LA ARAÑA DE ORO


Beto Rodríguez


Centenares de desdichados que no tienen a dónde ir,  han hablado sobre la posibilidad de organizar un gobierno en el exilio por sentirse huérfanos, sin rumbo y sin timonel. Desde su fundación en 1957 concurrieron personajes de los 2 países, en cumplimiento de citas comerciales o de otra índole.

Por épocas aparecieron personajes de la radio grande, televisión, del deporte, políticos de todas las trayectorias, periodistas, simples chismosos, conspiradores, policías, en un nutrido y permanente desfile que duraba todo el día y hubo algunos que no fallaron una fecha y reclamaron jubilación. Con el cierre de ese confesionario público, muere uno de los acontecimientos importantes de la historia de la ciudad.

Ha muerto la Araña de Oro pero sus viejos clientes nunca podrán descansar en paz. Han acabado el único lugar de la ciudad donde vendían café tinto a cualquier hora y además nunca corrían a nadie. En La Araña de Oro no utilizaban el sistema de apagar los ventiladores, hacer ruido, correr las sillas, ponerle volumen al radio y lanzar indirectas verbales para correr a los contertulios. Por el contrario, se les atendía en sus requerimientos, se les servía el agua que pidieran, se les dejaba permanecer el día sentado en sus cómodas sillas y algunos personajes de la ciudad convirtieron el célebre negocio, en hogar, oficina, sitio de descanso y no dudaban en llegar al conocido lugar tan pronto abrían y se marchaban con el movimiento de muebles que indicaba la cerrada bien entrada la noche. La Araña de Oro, fue un útero materno que le brindó protección a muchos destetados fuera de tiempo y lograron ubicar allí un punto de apoyo para sus inmadureces y lograr firmeza en sus reflexiones. Otros tomaron La Araña al estilo de una oficina central donde realizaban todo tipo de transacciones comerciales. En La Araña de Oro se mezclaban diariamente comisionistas, revendedores, arrastradores, gendarmes, jubilados, vagos, aciagos y positivos, delincuentes de guantes blancos y cuello negro y allí todo el mundo podía enterarse de todo porque ese café durante 37 años fue un confesionario público que brindó paz y tranquilidad para el que necesitara un punto de referencia de sus actividades cotidianas.

Fundación

Al principio de siglo surgieron algunos cafés ubicados en puntos estratégicos en torno al parque Santander. Nombres como el Roma, Rialto, El Comercio y otros tantos que albergaba en sus momentos de solaz a la nata y neta sociedad, brindaban los días de fiesta, atracciones especiales con orquestas , magos, prestidigitadores y cantantes famosos que se aparecían en la ciudad por la vía del tren procedente de Maracaibo. Ir los sábados por la noche y los domingos después de misa a esos lugares era sinónimo de distinción, de estatus, de éxito comercial y arribismo extremo. Los dueños de los negocios se ganaban la asistencia de personajes con enormes apellidones y le permitían pasar sentados al disfrute de los acontecimientos parroquiales frente a un vaso de agua, en medio  de miradas altivas, y de allí nació precisamente el nombre del club del vaso de agua.

En 1957 llegó a la ciudad el ciudadano español Alejandro García León, compró el caserón que ocupa esta crónica y fundó la famosa La Araña de Oro con un sabroso repertorio de comida peninsular, agua a todo dar e impuso la moda de vender café sin discriminación alguna a la hora que fuera. Esta fue la revolución del momento, ya que en nuestro país, siendo productor del pergamino, no venden la sabrosa droga después de las dos de la tarde. Esto hizo que los cafetómanos se fueran para el nuevo negocio que abrió sus puertas en los días posteriores a la caída del general Gustavo Rojas Pinilla.

El señor García le vendió a sus sobrinos Eliseo e Inés, esta última maja española, famosa por su belleza que le arrancaba suspiros a los caballeros dueños de corazones más pétreos de la frontera. La colosal hembra contrajo matrimonio con el cucuteño Alvaro Vargas  y el laborioso trío tras varios años de presentaciones de artistas famosos y atención caracterizada por la amabilidad en el año 1969 le vendieron a Joaquín Colomer y su fiel esposa Encarnación, quienes mantuvieron abierto el establecimiento hasta estos días en que el progreso llamó a cuentas a la vieja construcción y La Araña de Oro cerró sus puertas para siempre.

Arzobispo

El español Joaquín Colomer le puso a su negocio un tinte de su personalidad. En su país fabricaba velas, pero su carácter es el de un arzobispo impedido para mostrar un disgusto.

Es un hombre sobrio, bonachón, tolerante, silencioso, nunca se le vio con mala cara, ni lo vieron regañar a sus empleados y por lo tanto el mismo trato le dio a los perennes visitantes que siguieron la tónica de llegar a ese punto de referencia a tomarse un café negro de tres horas o simplemente a embolarse con Héctor Caballero, el único fotógrafo (perdón, bolero o embolador) que llevó a sus clientes a hacer cola y a pedirle el servicio con zalema y frases de adulación. Allí se pasaba todo el tiempo el teniente de la policía Enrique Vargas  el cliente mas viejo que siempre esperó la jubilación por parte del español, el ex suboficial de la Marina Rafael Colmenares, don Enrique Rojas y otros que por antigüedad eran merecedores del premio a la pensión cafetera, que consiste en comer y beber gratis por cuenta de la casa.

Mala noticia

Cuando menos se pensaba, momento en que se pone a pensar en forma excesiva a todo el mundo, se filtró la noticia del posible cierre de la famosa La Araña de Oro. Se dio que todo estaba en proceso de negociación con una poderosa firma de otra región del país, pero nadie creyó que era cierto. En el fondo el mundo aceptó que la fecha de la clausura estaba cerca pero se negaban a creer que fueran a quedar  de un momento a otro sin un lugar de esparcimiento o guardería para viejos por la tendencia del hombre a comportarse de manera infantil en el momento en que empieza la cuenta regresiva en torno a la campana de la decadencia. Martín Pineda, el inválido popular que durante años se instaló en las afueras del respetado lugar, al parecer también se negó a creer en la venta del sitio donde conseguía para el sustento suyo y de su madre. Sin embargo los asistentes cotidianos a la tertulia en torno a la liturgia del tinto, mientras decían que no creían en eso, cada vez que llegaba un raro a hablar con Joaquín Colomer lo consideraban como un emisario de los compradores y por momentos reinaba la angustia.

Exiliados

En este momento centenares de personas que concurrían a La Araña de Oro no tienen a donde ir. Desde tempranas horas andan dándole vueltas a la avenida 5ª, retozan en el parque Santander, se ven desesperados, deprimidos, desgraciados, apartados, marginados, estigmatizados, sin nadie quien los comprenda, les dé cariño y les brinde el apoyo que da una mesa de café, de confianza, para encontrarse con los amigos de especial manera los jubilados y algunos rebeldes que se acordaban de la historia de la liberación y apenas concurrían a ese templo del descanso para hacerse limpiar los zapatos.

Los huérfanos de La Araña de Oro, se cuentan por centenares y actualmente se esgrime las posibilidades de que se conforme un gobierno en el exilio para tratar de influir en algún personaje local y hacerle montar un negocio igual y ante la realidad de los arriendos y las altas primas parece que todo  quedará en proyectos pero lo que nos comprueba , sin lugar a dudas, porque nadie sabe lo que tiene si no lo pierde , y ese es el caso de La Araña de Oro,  punto de encuentro de la historia menuda de la ciudad y los chismes procedentes de Venezuela.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.