sábado, 31 de mayo de 2014

577.- ¿RECUERDAN EL CUENTO DE LAS COSECHAS?


Gerardo Raynaud D.

Esta es una crónica relativamente reciente, razón por la cual muchos de los involucrados y aún aquellos que no lo estuvieron, lo recuerdan, unos de manera jocosa y otros no tanto. 

Todo parece comenzar a finales de 1975 e implica algunos elementos muy prestantes de la sociedad santandereana, quienes, todo señala fueron los iniciadores de la idea que comenzó a regarse como pólvora por la región, más cuanto la dependencia por esa época era angustiosamente asfixiante por parte de nuestros vecinos del sur.

Desafortunadamente en casos como este, pesa más la codicia que el sentido común y nadie se acuerda del famoso dicho popular de que ‘de eso tan bueno no dan tanto’, máxime cuando las circunstancias no favorecen, en lo más mínimo, el desarrollo lógico de los procesos. 

Imaginémonos la escena que comenzó a despertar las sospechas de quienes habían ‘invertido’ unos pesos en un ‘negocio’ que supuestamente era de unas ‘cosechas’ que se realizaría en la región de Tibú y que, según una de las ‘socias del negocio’ era de naranjas, por las cuales pagarían intereses de entre el 10 y el 40 por ciento mensual. 

Una casa  modesta del barrio Alfonso López de Cúcuta era en ‘centro de pagos’ de los intereses del negocio. No me alcanzo a imaginar lo que pensarían aquellos que llegaban en sus lujosos carros, entonces de placas venezolanas, a preguntar por doña Juana a ver si ya les había llegado la ‘platica’ de los intereses de la cosechas.

Al parecer durante el año anterior, un grupo de damas muy prestantes y ampliamente conocidas de la sociedad local, se dio a la tarea de visitar a profesionales y a gente adinerada, con el fin de ‘invitarlas a un fabuloso negocio, en el cual podrían ganarse el valor invertido en tres o cuatro meses’. 

Como sucede en todos estos ‘negocios’, los interés fueron pagados cumplidamente durante los primeros meses de manera que era tan buen la inversión que no tardaron en ampliar su campo de acción a otras ciudades del interior del país e incluso algunas cercanas del otro lado de la frontera. 

El rumor del ‘negocio’ se esparció de tal forma que era la comidilla en las fiestas sociales y aún en  las charlas de café, costumbre que se ha perdido hoy en día y como era diciembre, la algarabía en torno al tema fue creciendo como la espuma que dejó de ser prerrogativa de unos pocos privilegiados y comenzó a generar demanda hasta de algunos más humildes pero con ahorros deseosos de multiplicarlos fácil y rápidamente, algo que nos hace recordar y haría palidecer al mismísimo David Murcia Guzmán, el genio del DMG.

Aunque la dicha no les duró mucho a quienes hicieron sus primeras inversiones, menos lo fue para quienes llegaron cuando el ´negocio’ empezó el declive, pues cuando comenzaron los incumplimientos, muchos sospecharon que algo turbio debía suceder y como la cadena se rompe por el eslabón más débil, quienes se sintieron afectados iniciaron acciones legales que les permitiera garantizar, por lo menos, la devolución de su capital y por eso, presentaron sendas denuncias ante los jueces Tercero y Cuarto Penal Municipal por los delito de estafa en cuantías de $350.000 y $200.000 respectivamente, por cheques sin fondos girados y que en esa época eran materia de expedición de órdenes de captura que los jueces emitieron a la mayor brevedad para evitar la fuga de los indiciados y a quienes además, se les ordenó allanamiento de sus residencias, labor que se cumplió en horas de la madrugada, presumiendo que estarían durmiendo, pero con sorpresa encontraron que no solo no estaban sino que habían salido de la ciudad.

Lo que más llamó la atención de los investigadores de entonces, fue el entramado estratégico tejido en torno al famoso ‘negocio’, el cual paso a resumir y que en mi opinión, constituye el verdadero hilo conductor de una componenda no tan inocente como se pretendió mostrar. 

La inicial ‘promotora’, rezan las crónicas de la época, se aprovechó de la confianza y de los muchos años de ayuda a su familia, de la empleada del servicio que como es de suponer, mujer humilde que en compañía de su esposo quedó involucrada o más bien engañada, en el embrollo que resultó ser este azaroso episodio de su vida. Juana era su nombre y famosa llegó a ser entre lo más granado de la sociedad cucuteña de mediados del decenio de los setenta. 

Le tenía total confianza pues había sido su nana, su mamá de crianza y quien la heredó cuando se casó, situación que era tradicional entre las familias pudientes de la ciudad en el siglo XX. 

Sin embargo, su situación comenzó a cambiar un año antes de los sucesos materia de esta crónica, cuando a Juana empezaron a presentarle muchas señoras y gentes distinguidas, sin comentarles quien era en realidad. 

Por ello, había renovado su vestuario y emprendido una trasformación de su aspecto físico, de manera que encajara en la descripción que se había inventado como ‘manejadora’ de la administración de ‘las cosechas’. 

Un detalle que nunca comprendió, era que debía encerrarse en el cuarto de baño, por horas y con mucha frecuencia, bajo ningún pretexto aparente cuando le pedía textualmente, “Juana, escóndase que tengo que hablar unas cosas con una señora”. 

Manifestó durante el interrogatorio, que esta situación se repitió en varias oportunidades y siempre que llegaban a casa algunas damas a quienes ella escuchaba desde su escondite, sin alcanzar a oír lo que conversaban. 

Era tal su inocencia, que en la calle, a veces, se encontraba con alguna de las señoras que le preguntaban, “¿qué hubo Juana, ya llegó la platica de las cosechas? Ella sin saber qué contestar, respondía con evasivas, sin imaginarse el problema  que se estaba formando.

Cuando la situación se volvió intolerable, no tuvo más remedio que comentarle a su marido Humberto y entre ambos fueron a contarle al esposo de la ‘promotora’, quien como se dice coloquialmente, los recibió con dos piedras, al punto de gritarles ‘sálgase de mi casa, no vuelva más por aquí, olvídese de que nos ha conocido’. 

Ante esta actitud hostil, la pareja no tuvo más remedio que retirarse atribulados y con la perspectiva poco agradable de un encarcelamiento que se produciría algunos días más tarde.

Solamente volvería a ver a la ‘promotora’ cuando ésta fue a su humilde morada del barrio López a que le firmara unos ‘papeles’ que obviamente no firmó y quien angustiada le manifestó ‘que tenía ganas de pegarse un tiro y darme otro a mí’.

 Esa sería la última ocasión en que se vieron antes del desenlace que los llevó a la cárcel por cuenta de unas ‘cosechas’ que nunca existieron.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

jueves, 29 de mayo de 2014

576.- HISTORIA DE DOS LOTES, MERCADO DE LA SEXTA Y ADUANA DE CUCUTA


Gerardo Raynaud

Mercado de La Sexta

Voy a contarles la evolución del lote donde estuvo el famoso y ya acabado mercado de La Sexta, cuando fue preciso que pasara casi un decenio para que se construyera en reemplazo del Mercado Central que se incendió a finales de la década de los cuarenta y que hoy se presenta como el Parque Lineal, una obra arquitectónica que no es propiamente una belleza pero que despeja de alguna manera la congestionada zona del antiguo mercado.

Cuando comenzó a construirse el hotel de turismo, que posteriormente se llamaría Tonchalá, uno de los mercados satélites que se construyó para satisfacer las necesidades de abastecimiento de los habitantes del oriente de la ciudad, era el mercado Rosetal que quedaba frente al nuevo hotel pero que por dificultades de su ubicación, sufría continuos deterioros debido a las continuas inundaciones, toda vez que por allí pasaban los principales brazos de la Toma Pública y por sus cotas bajas, las aguas se encausaban fácilmente, causando daños a los beneficiarios de ese mercado y por eso, la administración local decidió terminarlo para evitar futuros perjuicios.

Desde entonces ya se hablaba de la Central de Abastos y estoy hablando del año 54, cuando el alcalde de turno, habló de su propuesta de construir dos edificaciones, una para el gran mercado unificado y otra para la Central de Abastos.

Ambos edificios se iban a proyectar en el lote donde anteriormente  había sido la Quinta Cogollo antes de la Guerra de los Mil Días y que quedaba unos metros abajo del cuartel del Batallón Santander, específicamente en el lote comprendido en lo que hoy corresponde a las avenidas quinta y sexta con las calles quinta y sexta. En realidad el lote tenía algo más de treinta mil metros cuadrados y las vías y demás construcciones se fueron edificando sobre esa extensión.

 Por razones que desconozco, ese lote pasó a manos del Departamento cuando éste fue erigido en 1910 al ser escindido del Estado Soberano de Santander.

En 1933, el departamento lo cedió a la nación pero ésta no ejerció sobre él ningún derecho de dominio, de manera que en el año 37, la Asamblea retomó el dominio y autorizó a la Junta de Mejoras Públicas a ensanchar la calle sexta, la cual tomó buena parte del terreno del lote.

En el año 40 nuevamente la Asamblea cedió buena parte del lote para la construcción de los cuarteles de la policía y cinco años más tarde, una parte del lote, que ya por entonces quedaba con veintiún mil metros, sería cedido para una concentración escolar (que no se construyó).

En vista de lo anterior, en el año 47, la Asamblea Departamental, nuevamente cedió una parte para construir el Amparo de Niños y al año siguiente le hicieron una adición para que además se construyera el Parque del Libertador donde debía levantarse una estatua o un monumento a Simón Bolívar.

Al parecer, el lote estaba “salado” pues ninguno de los proyectos se realizó, ninguna institución quiso ejercer dominio, así que el lote regresó a la propiedad del Departamento que posteriormente lo cedió para la construcción del Mercado de La Sexta.

El proyecto de la Central de Abastos también se diluyó en el olvido hasta que muchos años más tarde se materializó en el conocido Cenabastos  de hoy.

Aduana de Cúcuta

A continuación vamos a narrar cómo fue el proceso para construir el edificio de la Aduana de Cúcuta, aquel hermoso edificio que posteriormente fue demolido para dar paso al conocido hoy Centro Comercial Oití.
Una anécdota muy conocida y comentada una vez terminado el edificio, fue el origen de la cúpula que, un día apareció en la construcción sin que nadie se explicara de dónde y porqué había llegado allí y que sin embargo, con la anuencia del constructor y de los interventores, fue instalada a la entrada, como dando la bienvenida a los visitantes que allí llegaban.

Pues bien, parece que algún tiempo después, esa cúpula de claro estilo inglés de principios del siglo pasado había sido despachada para techar una casa en Calcuta en la India, pero tanto el despachador como los transportistas que poco de geografía sabían, se dieron por traerla a Cúcuta; no era que hubiera mucha diferencia en la escritura, pero sí en el destino.

El hecho es que aquí vino a parar; no la devolvimos, tal vez porque era más costoso hacerlo o bien, porque nos hicimos los “gringos” y la aprovechamos en lo que estábamos haciendo, el edificio de la Aduana.

Pero bueno, no fue fácil desde el principio la escogencia del lote donde se construiría; el coronel Córdova, administrador de la aduana local tenía plenas atribuciones para escoger el lote y ante la insistencia y la premura por tener una sede digna, comenzó a buscar el sitio más apropiado.

A principio, le ofrecieron dos lotes, uno frente a los almacenes del ferrocarril y otro cerca de la estación central del mismo ferrocarril por la Diagonal Santander. Sin embargo ninguno de los dos satisfizo  las expectativas de la institución, pues se quería dotar a la capital de una representación que correspondiera a la importancia de la ciudad como puerto frontera.

La siguiente propuesta resultó más atractiva, por su ubicación más no por el estado de la edificación, toda vez que el concepto inicial era que no ofrecía el decoro y la presentación que requería la Aduana de Cúcuta y por lo tanto, era necesario proceder a realizar las adecuaciones necesarias. El lote situado en la esquina de calle diez con avenida séptima, tenía un área de 1.378 metros cuadrados por el cual la institución pagó la suma de $350.000 y se dispuso tumbar la construcción existente y edificar un nuevo inmueble, con las comodidades básicas que se requería en ese momento y que se había estimado que sería financiado con el producido de los recursos de máximo dos meses de ingresos, lo que nos indica lo lucrativo que era para el país, la aduana de Cúcuta.

El edificio donde funcionaban las oficinas anteriores fue traspasado al municipio en una operación de permuta que agilizó los trámites y permitió la nueva construcción en tiempo récord.

martes, 27 de mayo de 2014

575.- MERCEDES ABREGO, NUESTRA HEROÍNA


Miguel Palacios y otras fuentes




En Norte de Santander hay la costumbre ancestral de llamar a las cosas no por su verdadero u original nombre, sino por el que la tradición impone. Algunos ejemplos son: En Cúcuta el parque Colón, verdaderamente se llama parque de La Victoria y el parque de La Bola, originalmente se llama plazuela del Libertador.

Algo parecido sucedió con nuestra heroína. Para esa época, finales del siglo XVII, había en Cúcuta dos mujeres con nombre similar. María Mercedes Reyes Abrego y Mercedes Reyes Azúa. Quizás por esa costumbre, o por diferenciarlas, a la una la llamaron Mercedes Abrego, y a la otra, Mercedes Azúa.

Aunque no se ha podido saber la fecha exacta del nacimiento de Mercedes Abrego, ni el lugar, lo cierto es que la familia paterna vivió en Urimaco, donde eran dueños de una próspera hacienda.

Mercedes Abrego era hija única de doña María Inés Reyes Ábrego.  A los 21 años, se enamoró de José Jerónimo Tobar, cucuteño mayor que ella. Y aunque no se casaron, ni vivieron en unión marital, tuvieron tres hijos: José Miguel (1792), José María Antonio (1796)  quien se casó con María Trinidad Vega Andaluz y Pedro María (1800) notable médico que ejerció en Cúcuta con gran éxito y dedicación, y se casó con Ana Joaquina Ramírez Porras. Tuvo 6 nietos: Rosa Virginia, Trinidad de la Ascensión, María Josefa, María Inés y María de las Mercedes Reyes Vega Andaluz. Y Dominga Ester, hija legítima de Pedro María y Ana Joaquina. Dedicaba su vida a la crianza de los hijos y a la administración de la hacienda El Urimaco famosa por las plantaciones de cacao. Comúnmente se afirma que Mercedes Abrego fue una de las primeras madres cabeza de hogar. Esa razón influyó para que recibiera el título de ¨doña¨.

 Tuvo fama de ser la mejor bordadora y costurera de la Cúcuta de entonces. Tenía gran habilidad para los trabajos manuales y era solicitada para la enseñanza de las artes y para la elaboración de ornamentos religiosos destinados a las iglesias de Cúcuta, Villa del Rosario, San Antonio y pueblos vecinos. Era experta y fina bordadora. Para bordar la casaca de Bolívar escogió los más finos hilos de oro y con su prima Paula de la Mercedes Ábrego y Noguera efectuaron hábilmente la difícil tarea.

La simpatía por la causa patriótica la llevó a colaborar con los ejércitos republicanos que lucharon en el valle de Cúcuta y lugares vecinos contra las tropas españolas de Ramón Correa y Bartolomé Lizón. Al  entrar Simón Bolívar a los valles del Zulia, procedente de Ocaña camino a Cúcuta, encontró a doña Mercedes Abrego en Urimaco. Conocedora de los planes de libertad le suministró la casaca bordada con hilo de oro, y varios uniformes a los integrantes del ejército. Esos uniformes fueron los que lucieron después de la victoria del 28 de febrero de 1813, y que la historia recuerda como la Batalla de Cúcuta.

Manifestó con decisión su apoyo a la causa patriótica, y con sus contactos secretos mantenía informadas a las tropas del general Francisco de Paula Santander sobre los movimientos del ejército realista. Precisamente gracias a sus informes secretos, Santander obtuvo los triunfos militares de San Faustino y Capacho, contra las tropas de Matute y Cañas.

Muchas circunstancias hacen pensar en la independencia y altivez de Mercedes Abrego: ser propietaria de la hacienda El Urimaco, tener como esclavas a Gertrudis y a María Timotea, vivir entre el campo y la villa, ser hija natural, ser madre soltera, ser costurera y artista del bordado, ser amante de José Jerónimo Tobar y, por encima de todo, ser ¨doña Mercedes Abrego¨, cuando los títulos de ¨don¨ y ¨doña¨ difícilmente se daban.

A mediados de octubre de 1813, cuando Bartolomé Lizón derrotó en el Llano de Carrillo (muy cerca de La Garita-Los Patios), a las tropas republicanas comandadas por Francisco de Paula Santander y entró a Cúcuta, lo primero que hizo fue mandar a buscar a todos aquellos que colaboraron para que el ejército realista fuera derrotado en febrero de 1813.

Mercedes Abrego fue apresada en la noche del 20 de octubre y conducida al amanecer del 21. La obligaron a caminar entre Urimaco y Cúcuta. La heroína llegó en piyama y descalza. Unos muchachos, de pocos años, apodados ‘Los Catires’ la delataron. Eran hijos de una esclava.

La cárcel de Cúcuta estaba en la esquina de la avenida 5 con calle 11. Allí la detuvieron. Al atardecer del 21 de octubre de 1813, una vez recibido el sacramento de la confesión y de ser desnudada, fue degollada. Los compañeros de infortunio fueron Juan Agustín Ramírez, patriarca insigne, anciano octogenario, antiguo servidor del régimen español que por muchos años fue del Cabildo y Alcalde Mayor Provincial, Andrés Colmenares, José Otero, Francisco Sánchez, Mariano Quintero, Emigdio Callejón, Fulano Carvajal, Francisco y  Fruto Santander Martínez.

Ignacio Salas desató con sevicia el sable, degollándola. La cabeza rodó por el suelo. Acababa de pasar a la inmortalidad y a la historia con el nombre de doña Mercedes Abrego. Nunca se supo que pasó con los restos mortales.

En 1913 cuando se celebró el centenario de la muerte de la heroína, se tenía al 13 de octubre como la fecha de su muerte.

A finales de 1978, el historiador José Manuel Restrepo, de la Academia Colombiana de Historia, encontró un documento escrito por las autoridades españolas de Maracaibo y se pudo establecer el verdadero nombre de la heroína cucuteña, el de los compañeros de sacrificio y la fecha correcta del lamentable hecho.

De ahí en adelante se rectificó el error y se señaló que se tuviera el 21 de octubre, como la correcta fecha de la ejecución de nuestra heroína.

En 1913, la Asamblea de Norte de Santander dictó dos ordenanzas sobre la celebración del Centenario de Mercedes Abrego. Una, ordenó la erección de la estatua de la heroína en el parque de su nombre. La junta Pro-Estatua se constituyó y la integraron, entre otros, Tito Abbo y Julio Ramírez Berti. El artista italiano Besseti ejecutó la obra, por indicaciones escritas dadas por Luis Febres Cordero, quién recogió la información de la heroína.

El costo de la obra tallada en bronce, fue de 6000 dólares y el gobierno venezolano eximió de impuestos la importación y el tránsito por el país. Las cajas que contenían la estatua y el mármol del pedestal llegaron a Cúcuta el 20 de septiembre de 1913. Fuera de los aportes hechos por la nación y el departamento para el pago de la estatua y demás gastos del Centenario, el pueblo cucuteño contribuyó con $2158, por colecta pública y el comercio de la ciudad con $2154.

Finalmente, el parque y la estatua se inauguraron el 13 de octubre de 1913, acto que contó con la presencia de las autoridades cívicas, militares, religiosas y los colegios cucuteños de la época.

Por sentirla cucuteña, uno de los investigadores de la vida de Mercedes Abrego, el sacerdote Eladio Agudelo, escribió un fino piropo para las mujeres de esta tierra: ¨Cada mujer de Cúcuta, tiene algo de Mercedes Abrego¨.

El gobierno municipal, por medio del Decreto 136, de diciembre de 1973, creó la condecoración Mercedes Abrego para agradecer y hacer público reconocimiento a quienes han cumplido importantes y eminentes servicios a la región.


REFLEXIONES SOBRE SU HISTORIA

Gustavo Gómez Ardila

Sin embargo,  a Mercedes ni la trató bien el español Lizón, ni la ha tratado bien nuestra historia. Para empezar, nadie sabe, a ciencia cierta, cuál era su verdadero nombre, pues mientras algunos la llaman Mercedes Ábrego, otros aseguran que era Mercedes Reyes.  Mientras algunos  pronuncian su apellido con tilde en la Á, como palabra esdrújula, otros la llaman Abrego, con lo cual queda palabra grave, acentuada en la e (Abrégo). Pero otros dicen que ni siquiera era Ábrego sino Reyes Ábrego, pero que le quitaron el Reyes para diferenciarla de otra Mercedes Reyes.

Nadie da razón de la fecha exacta de su nacimiento, no se ha encontrado la partida eclesiástica del bautizo. Según historiadores, nació en la segunda mitad del siglo XVIII, por los años 70. Ni tampoco del lugar preciso, pues algunos lo ubican en Urimaco,  otros en el poblado de San Cayetano en donde vivían los parientes Ábrego y algunos en San José de Cúcuta, en donde residía la familia Reyes.  Se sabe sí que vivió en Urimaco, en una hacienda de propiedad de su familia, lo que da pie para pensar que era  una dama acaudalada, aunque no faltan los que la señalan como una mujer de escasos recursos económicos.

Como si fuera poca la inexactitud  que gira alrededor de Mercedes, hay historiadores que la señalan como madre soltera, de las que ahora llaman madres cabeza de familia, pero no faltan los que la designan como una señora, casada, con todas las de la ley, y muy dedicada a su esposo, a sus hijos y a su trabajo.

De lo que sí no hay duda es de su profesión. Era, dicen, costurera fina,  de alta costura dirían ahora, no por trabajar en un segundo piso sino por la calidad de sus bordados. Pero el lugar de su trabajo también es causa de indefinición, pues señalan unos que su taller estaba ubicado en Cúcuta, ya que Urimaco era apenas un campo, una finca, una vereda, donde ningún trabajo de fina costura sería productivo.

Precisamente por ser costurera era muy visitada por las señoras de la comarca, y sabedora por tanto, de los chismes que se corrían por aquellos tiempos. Se hablaba de un joven caraqueño, de apellido Bolívar, quien venía derrotando españoles desde Cartagena, lo cual alegraba a Mercedes, partidaria, como su familia, de la causa emancipadora.  Pronto se enroló la dama en el servicio secreto de informantes de los criollos, lo que condujo a la victoria de Bolívar sobre Correa en la Loma, el 28 de febrero de 1813.

El encuentro de Simón José Antonio y Mercedes Reyes Ábrego fue como de viejos amigos. Se dieron regalos, se juraron amistad eterna y se comprometieron a seguir trabajando por la independencia de nuestros pueblos. Pero no faltan los sapos y los envidiosos. Cuando Lizón reconquistó estas tierras, le echó el guante a la costurerita que daba informes y chaquetas a los revoltosos. La mandó a poner presa y la mandó a ejecutar, no se sabe si fusilada o decapitada, si la pasaron al papayo o al paredón.  Tampoco se sabe qué pasó con sus restos mortales.
    
Por eso es meritorio que la Academia de Historia se preocupe de rescatar los grandes valores de nuestra historia. Para que no olvidemos a la gente nuestra.

Alvaro Carvajal Franklin

No ha sido nada fácil cotejar las diferentes versiones históricas, producto de muy serias investigaciones sobre los orígenes y la vida de Doña Mercedes Ábrego, pero la historia no se da por los orígenes de sus protagonistas, sino por el actuar y el legado de los mismos.


Cuantos monarcas nacidos para hacer historia, han pasado por la vida sin pena ni gloria, superados ampliamente por quienes sin abolengos ni fechas, han construido las naciones y marcado el devenir de sus pueblos. 

Revisando las investigaciones más sólidas que existen, las realizadas por Don Luis Febres Cordero y especialmente, por el Sacerdote Salesiano Don Eladio Agudelo, en la búsqueda de los orígenes de esta gran nortesantandereana, despejan muchos interrogantes sobre la vida de Doña Mercedes.

Su verdadero nombre, María Mercedes Reyes Ábrego, nacida entre 1770 y 1772, esta última fecha corresponde a la de su partida de bautismo, cambia su apellido porque en Cúcuta había dos Mercedes Reyes, Doña María Mercedes Reyes Ábrego y Mercedes Reyes Azua, los vecinos para distinguirlas, optaron por nombrarles como Mercedes Azua y Mercedes Ábrego que sin ser este su nombre en documentos, es el que quedó para la historia, Mercedes Ábrego. 

En cuanto a su condición civil, el historiador, padre Eladio Agudelo, con documentos, revela su condición de madre soltera de un solo hijo, no de tres como se ha dicho. José María Antonio Reyes quien es el único que ­ figura en partida de nacimiento como “hijo natural” de Doña Mercedes, de los otros hijos que se le atribuyen, Miguel, era hijo de una de sus primas y aparece en el documento del censo de Noviembre de 1792 como uno de los habitantes de la casa encabezada por Doña María Inés Reyes, madre de Doña Mercedes, igualmente madre soltera, con quien vivió siempre y Doña Mercedes, cabeza de familia, junto con un grupo de familiares a quienes en el empadronamiento les llamaron sirvientes, sin tener en cuenta parentesco alguno. 

De su otro “hijo”, Pedro María Reyes, las investigaciones del padre Agudelo llevan a una situación muy simpática para la época, dice que dada la importancia que tomó la casa Reyes luego del sacri­ficio de Doña Mercedes, Pedro que para 1813, fecha del sacrificio de Doña Mercedes, tenía 26 años, era médico y un ser “muy simpático e insinuante” como lo califica el padre Agudelo y, además, era hijo de una prima de Doña Mercedes, éste se matriculó como hijo de Doña Mercedes, condición que legalizó en las partidas de nacimiento de sus cinco hijas y así quedó, como hijo de la heroína.

Don Marcelo Reyes, de quien se dice haber sido su esposo y de allí el apellido de su hijo, era su primo, no su esposo y en las investigaciones de Don Eladio Agudelo que encontró su partida de defunción, ­ jura nacido seis años después de Doña Mercedes y muerto soltero en 1826. 

Es así como Doña Mercedes Ábrego, nacida y criada en una sociedad católica, muy tradicionalista y de paso machista, condición ésta que aún persigue a nuestra sociedad, pues solo hasta 1932 mediante leyes, se les permitió a las mujeres representar a sus hijos, en 1936 a administrar sus bienes y en 1957 alcanzar su condición de ciudadanas, había logrado abrirse paso y superado el estigma que daba en esa época el de ser madre soltera pero no de 3 hijos, sino de un solo hijo como lo rati­fican los documentos vistos.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

domingo, 25 de mayo de 2014

574.- VIDA DE CARLOS VERA VILLAMIZAR, VISTA POR SUS HIJOS



Carlos Vera Cristo

Carlos y Magibe Vera Villamizar embajadores de Colombia en Holanda. La Haya, 1953





Quizás la mejor manera de recordar a Carlos Vera Villamizar y la que a él más le gustaría, sea recordando a los muchos amigos que tanto lo quisieron y que él tanto quiso, incluidos los que formaron parte de su círculo familiar. Muchas fibras volverán a ser pulsadas con ello.



Cuando nació en Pamplona en 1908 el país llevaba un largo período conservador en política y en religión: así que recibió una educación en consecuencia. No debió ser fanática porque tanto él como los amigos de su infancia que conocí eran altamente tolerantes y respetuosos de otras maneras de pensar. De familia de clase media bien media, sus padres Leopoldo y Dolores vivían de producir jabón y vinos caseros en buena casa, sembrar un gran solar y la renta de algunas modestas propiedades. Su padre alcanzó a ser jefe de policía cuando estos puestos eran desempeñados por civiles reconocidos por los vecinos. Mientras estudiaba en el Colegio Provincial de Pamplona, se ganaba según me contaban sus amigos de entonces, algunos pesos ocasionales haciendo mandados para vecinos mayores y más adinerados; estos debieron apreciarlo bastante si puedo juzgarlo por el recuerdo de distinguidas matronas ancianas como las Vale Villar y ancianos caballeros como Timoleón Moncada que con exquisito afecto y cortesía preguntaban muchos años después a mi madre por él cuando visitábamos Pamplona. Julio Vale Villar, bastante mayor que él, a cuyo padre a veces hacía mandados, emparentado por matrimonio de su hermana Isabel con la distinguida familia Canal, lo quiso mucho.



Julio, mozo de alcurnia y familia adinerada, se casó con Aurora, de esclarecida familia venezolana; la vida les deparó luego una muy austera existencia llevada con la mayor elegancia, de la cual Vera Villamizar y su esposa fueron siempre soportes y amigos, lo que ellos correspondieron queriéndonos a sus hijos como propios y apadrinando a uno de ellos, Leopoldo Jorge. La distinguida familia de Domingo y Chinca Peñaloza y los hijos que quedaron en Colombia, Marco Antonio, Carmen Sofía, Víctor, Alba y Cecilia tuvieron con Vera Villamizar especial afecto mutuo juvenil, del que aún hoy gozamos todos sus hijos. Uno de sus profesores, don Rubén Contreras, gran educador por muchos años inclusive cuando yo lo conocí, director del Instituto pedagógico la Normal de Pamplona, hombre santo y sabio como pocos que yo haya tratado, continuó, en compañía de su madre, la angelical viuda doña Inés, queriendo a Carlos Vera Villamizar y a su esposa e hijos hasta la muerte. Es imposible olvidar la manera afectuosísima como su ama de llaves, la inolvidable Flor, también nos mimaba.



Para irse a estudiar a Bogotá tuvo Vera Villamizar que tomar camino de 8 días a lomo de mulas con un revólver que les daban para defenderse de atracos y el dinero para sostenerse tres meses. Sabía que no podría regresar a su amada patria chica antes de tres años. Una falla en una pregunta le dejó sin la nota necesaria para entrar a la facultad y jamás olvidó que cuando fue a buscar al profesor encargado, reconocido liberal y libre pensador cuyo nombre no recuerdo y le mostró que según algunos libros su respuesta no era errónea, éste le dio la razón y le subió la nota, con lo que reconsideraron y le dieron la entrada. Pronto se ganó por concurso una beca para sobrevivir. Y al siguiente año otra y al tercero otra, así que decía que de ahí en adelante vivió como un rey en Bogotá durante sus años de carrera.



Era un gran placer ver su cara cuando describía su regreso a la familia y los amigos y sobre todo a las amigas del pueblo tres años después de partir por primera vez. Le quedó de esa época su recuerdo de la gran amiga, familiar de los Contreras, que se fue de monja de la hoy célebre Comunidad de la Madre Laura a pesar de sus protestas, en las que le señalaba que si se iba a ir de monja lo hiciera a una comunidad más conocida; la vería de nuevo solamente veintiseis años después cuando al llevarme a Medellín para el inicio de mi carrera fuimos a visitarla a su convento, en donde era la reverendísima madre Magdalena, muy respetada sucesora de la Madre Laura como superiora general de la comunidad. Mientras ella recibía y bendecía a un grupo de novicias que se arrodillaban para despedirse, Vera Villamizar se divertía recordándole las protestas que le hizo por su decisión juvenil.



Desde su regreso de las primeras vacaciones a Bogotá hasta su grado de especialista, su carrera fue un constante cúmulo de lauros académicos. Como lo fue de esfuerzos y retribuciones sociales el resto de su vida. De esta época salieron amigos intelectuales que siempre apreció como Daniel Jordán, el invencible orador y presbítero, conciencia de Cúcuta por muchos años, y Luis Parra Bolívar, fundador del Diario de la Frontera. Copartidarios políticos ambos de Vera Villamizar, no lograron compartir sus actitudes imparciales durante las épocas en que gobernó y lo atacaron acremente. Daniel había sufrido ya persecución política y por ella no había llegado, como merecía, a obispo de Cúcuta. Fue siempre muy bueno con nuestra familia. Cuando muchas décadas después Luis Parra enfermó gravemente, tuvo junto a su lecho, por meses, la visita casi diaria de Vera Villamizar.



Tras culminar sus estudios llegaron su instalación en Cúcuta supuestamente temporal, porque siempre soñó con regresarse a Pamplona, su encuentro con Magibe que evidentemente lo fascinó según se deducía cuando lo recordaba, de la familia Cristo, prósperos comerciantes libaneses, ya muy enraizada en Cúcuta. La hija de Jorge, el abuelo del conocido médico y político asesinado hace unos años. Esta dama, educada en colegios franceses en el asiático Líbano y cristiana no católica sino de la iglesia ortodoxa rusa, aportaría a la relación y luego al matrimonio aires y criterios internacionales que el pamplonés, conservador educado en el Bogotá de don Marco Fidel Suárez absorbió con deleite.



Por cierto que se podía ver cómo era Colombia en esos años cuando Vera Villamizar contaba que de estudiante cerca de los años treinta, se encontraba con frecuencia en la calle y cedía la acera al venerable ex-presidente que paseaba solo, quien le devolvía a cambio un cortés saludo. En la Cúcuta que celebró el matrimonio de Carlos y Magibe, año 1936, comenzaba a desaparecer la ¨Belle Époque¨. Las mercancías internacionales ya no entrarían a Colombia por el lago de Maracaibo sino por la costa atlántica, lo que hizo desaparecer los grandes almacenes importadores como Brewer Moller, Jorge Cristo y compañía, y dos décadas más tarde Titto Abbo y Raffo Gavassa que resistieron heroicamente; saga que merecería un mejor relator que yo para contarla.



Ya para estos últimos tiempos existíamos los hijos que disfrutábamos esa época de ideales grandes y de parientes cercanos, líderes de actividades en la comunidad, de quienes Vera Villamizar aprendió y a quienes quiso, como Nicolás Colmenares el gran liberal, y José y Asís Abrajim los cuñados de Jorge Cristo, empresarios que pertenecían cada uno a partido político diferente. Con sus hijos y esposas se forjaron y siguen forjando nuestras vidas. Epoca de la plenitud de un padre médico que opinaba con pasión en política pero a quien solamente le interesaba lo relativo a los órganos de los sentidos. A la casa de la avenida sexta entre calles 14 y 15 (Vera Villamizar nunca quiso vivir en sectores demasiado elegantes) llegaban con frecuencia los regalos en especies de pacientes campesinos agradecidos que me producían, muchacho de 10 años, el sentimiento de que la medicina era algo casi sagrado. Como me lo producía su entrega permanente al estudio de la especialidad, su placer realizando cirugías experimentales en ojos de animales ya sacrificados y su permanente búsqueda de textos científicos. Seguramente de ahí salió mi vocación médica y la de Lepoldo J. y Bolivia, que al escoger la oftalmología también como nuestra profesión, sé que dimos a Vera Villamizar una gran alegría. Me emociona recordar su satisfacción más tarde al verme compartiendo y presentándole en diferentes estrados del mundo queridos amigos de entre los más eminentes oftalmólogos conocidos. Creo que más feliz es aún ahora al ver a Bolivia convertida en la jefe del Servicio de Oftalmología de Coria en España, su otra patria, en donde vive con Antonio su esposo y sus dos hijos. También llenan estos años sus cuñadas Zaineh y Nayibe Cristo.



Años más tarde compartiríamos el aprecio que tenían por Vera Villamizar y su señora personas tan exquisitas como Camilo Suárez el hacendado que más quería a su tierra y su esposa Mercedes, y la inolvidable amistad que nos une hoy con sus hijos; también la de nuestros vecinos Armando Cogollo y su señora Ana Josefa y sus hijos Rebeca, Beatriz, Armando e Ivonne, la de otros vecinos como Sebastián Ontiveros, su esposa Doña Celmira y sus hijos, la de Francisco Díaz el fiel alto empleado de Titto Abbo y Cía. y su esposa Enriqueta, increíbles vecinos que hicieron casi de segundos padres en la infancia de nuestra hermana menor Bolivia, así como la de doña Trina, Eumelia, Elenita, y Marina, la viuda e hijas del Sr. Polanco, el venezolano fundador de la telefonía en Norte de Santander y casi en Colombia, la de Rodrigo Peñaranda y sus hermanos y sus muy apreciables hijos y sobrinos, sobretodo Mary. Y como no, la de extranjeros residentes en Colombia, a quienes siempre apreció, en especial los Shumaker con quien tradujo un libro de oftalmología del alemán y los Wittenzellner, Hugo y Ana, cuyo hijo Eugenio sería como nuestro hermano y lo refrendaría al casarse con quien cuidaría a Vera Villamizar hasta su último día, su hija y nuestra hermana Magibe (Nena) de Wittenzellner. Especial espacio tienen en este recuerdo el obstetra y político Luis E. Moncada y desde luego nuestro bondadoso y eminente médico Pablo E. Casas y sus queridas esposas y familias. Habría muchísimos más que citar pero me es imposible.



Guardo estos nombres con especial recuerdo porque sé lo mucho que quisieron a mis padres y lo que estos los quisieron a ellos, pero sobretodo porque sentí siempre el afecto y la admiración que tuvieron por Carlos Vera Villamizar y lo mucho que alegraron su vida. De fugaz paso por Cúcuta pero inolvidable para Vera Villamizar queda el recuerdo de nuestro odontólogo de la niñez, Pedro Rojas Granados y del condiscípulo de su infancia y luego eminente médico Darío Maldonado y su familia, que después continuarían como grandes amigos desde Bogotá. A Medellín se fueron Arturo Gómez quien me ayudaría en muchas cosas en mis primeros años de estudiante de medicina y con el afecto de su señora e hijos y el gran profesor y especialista de órganos de los sentidos Carlos Vásquez Cantillo, bogotano nacionalizado paisa, íntimo amigo desde la facultad y para siempre que luego sería mi tutor y guía en la capital de la montaña. Entre los amigos más jóvenes que él, que admiró, recuerdo en especial a Eustorgio Colmenares el fundador del diario La Opinión a quien recomendaba como odontólogo estudioso, quien lo atendió con exquisitez y a quien luego respetó como político y a Alvaro Villamizar joven abogado que consideraba un ejemplar miembro de su generación y quien sé que lo recuerda con especial cariño que ha hecho extensivo a nosotros, sus hijos. Además a una de mis amigas entonces, mi actual esposa Norha San Juan, con quien disfrutaba de largos paseos y charlas cuando visitaba Medellín y a quien no se cansaba de ponderar. Ojalá tuviera espacio para hablar de otros del resto del país, fruto de una vida plena y feliz, pero no es posible.



He dejado intencionalmente para lo último a sus contertulios más frecuentes del final, Oscar Vergel Pacheco y el abogado San Miguel, eminentes juristas con quienes a diario daba largos paseos y disquisiciones alrededor del parque Santander al comenzar el anochecer. Qué bello debía ser poder hacer esta suave maratón observando la vida y la caída del sol de la querida Cúcuta todos los días. Que me sirva este marco inolvidable para conservar la imagen de esa época que Dios nos regaló. De esos últimos años y paseos, quedó una cercanía con don Roque Yáñez, quien permanecía con su taxi en el Parque Santander; testigo como pocos de la historia de gran parte del siglo XX en la frontera colombo-venezolana, este bondadoso amigo tomó especial afecto a Vera Villamizar y cuando ya los años lo postraron se presentaba a acompañarlo por muchas horas y leer junto a su lecho los periódicos y algunos libros. También la abnegación de Salua Turbay, enfermera, hija de una prima de Magibe y la de Antonio Asaff cardiólogo, los dos de origen libanés, que nos ayudaron a cuidarlo mucho más allá del cumplimiento del deber en sus últimos meses.



Dios se lo pague a ellos y a todos los demás. La forma como trataron y quisieron a Vera Villamizar y a su esposa e hijos, ha embellecido indeleblemente nuestras vidas. Que cierre además mi memoria de esta época la imagen de los tres empleados que desde mandaderos hasta capacitarse como técnicos acompañaron a Vera Villamizar en su óptica en diferentes décadas y que se habían unido luego por su cuenta para fundar una prestigiosa óptica pocos años antes de su muerte, Felipe Niño, Reyes y Luis Gil, óptica que cerraron por dos días para venir a acompañarlo sin separársele en su velorio y en su entierro, tan enaltecido este último por la presencia de todos los amigos de Cúcuta.


La reina Juliana de Holanda, primera a la izquierda y sus 4 hijas despiden al príncipe Bernardo que viaja a Colombia y el Perú. Segunda de derecha a izquierda la princesa heredera, luego reina  Beatriz. Tras  la reina, a la derecha,  Carlos Vera Villamizar embajador de Colombia y en seguida  el embajador del Perú. Aeropuerto Schipol. Amsterdam, 1952.

Vida Pública 



No me corresponde en este recuerdo ocupar mucho lugar con la vida pública de Carlos Vera Villamizar, labor que en el caso de sus gobernaciones ya ha hecho el notable historiador Guillermo Solano Benítez, de Ocaña, en su libro "Cincuenta años de vida Nortesantandereana" y en el aspecto nacional como senador y como embajador seguramente habrán analizado otros estudiosos, con mejores documentos y menos prejuicio de lo que yo pueda tener. Fue el trigésimo segundo gobernador en 39 años y el cuadragésimo segundo en 48 años de vida departamental del Norte de Santander, lo que indica un promedio de poco más de un año en el mandato de cada gobernador por esas épocas. Si unimos esto a la observación que obtengo al revisar las alcaldías de aquellos años centralistas en que por razones de politiquería en las ciudades menores, para no mencionar los pueblos pequeños, la duración promedio del alcalde era de menos de 6 meses, nos podemos hacer una idea del milagro que significó el que se haya podido hacer algo por la patria así no se tuvieran en cuenta otros lastres que han plagado nuestra historia. Lo cierto es que las dos etapas en que Vera Villamizar fue llamado a la gobernación, bajo las presidencias de Mariano Ospina y Alberto Lleras coincidieron con las dos ocasiones, con diferencia de 10 años, en que en el país se presentó la decisión de interrumpir una fanática lucha partidista y tratar de gobernar en conjunto.



El Norte de Santander, particularmente aprehensivo hacia estas políticas, requirió en ambas ocasiones un gobernador militar hasta que tirios y troyanos aceptaron que el pamplonés médico y tradicionalista era de la confianza de todos. Confianza que duró 8 meses la primera vez y 22 la segunda, no porque no cumpliera sus obligaciones sino precisamente porque las cumplía, decepcionando así, como algo comenté al hablar de algunos amigos de su infancia, lo que muchos creían que el gobernador debía hacer por su partido. Que la segunda gobernación fuera tolerada más del doble que la primera dice algo de la madurez política que tanto los gobernados como el gobernante habían logrado en esos 10 años. Sobre todo si se tiene en cuenta el temperamento del gobernador que por ejemplo respondía la acusación de la duma de tiranía fiscal por vetar dos rubros del presupuesto, con la entereza de enrostrar a los diputados su incapacidad para expedir un presupuesto acorde con la capacidad económica del departamento. O en el orden anecdótico, decretaba la prohibición de instalar cantinas y juegos de azar en las fiestas tradicionales de los pueblos, por las desgracias físicas y morales que traían a los participantes. Años después comentábamos con él entre risas este decreto, que Vera Villamizar defendía diciendo que muchos campesinos le debían la vida por ello.



Más que algunas críticas demasiado agrias y quizás resentidas de sus copartidarios, muestra la realidad el documento de 1.958 en que el directorio del partido contrario pedía su remoción durante el segundo período por razones de paridad en las gobernaciones, pero tenía la elegancia de reconocer explícitamente la rectitud y honradez del mandatario para manejar los destinos del departamento. Linda época y buenas gentes. El gobierno central desestimó la petición. Lo cierto para mi es que durante su vida pública y privada Vera Villamizar guardó con sinceridad la convicción que expresó en el discurso de su primera posesión: “ me aparta por algún tiempo el excelentísimo señor presidente de la república de las labores a que venía dedicando mi vida para ponerme al servicio de vosotros….delicado encargo y alta dignidad que sobrepasan con mucho mis aptitudes y os confieso que solamente acepto por mi confianza en…. Dios y en la voluntad de mis conciudadanos”.



Así, siempre se consideró de paso por las dignidades del gobierno, admiró con sinceridad a los políticos pero nos recomendó a mí y a mis hermanos procurar alejarnos de las veleidades políticas y de mando. Años después, probando sus convicciones, en dos oportunidades que solamente ahora menciono, se sintió feliz de verme rechazar a sabiendas de mi incapacidad, ofertas hechas por su intermedio por altas personalidades para intervenir en posiciones claves del gobierno. Lo que más recuerdo desde su primer nombramiento como gobernador era su obsesión porque entendiéramos que ninguna de las facilidades del gobierno estaba a nuestra disposición para cosas hogareñas. Como la ayuda doméstica, por causa de emigración a Venezuela era escasa en esa época, yo a los doce años debía traer diariamente en portacomidas los almuerzos desde el cercano restaurante de Don Mario. Cuando el cocinero jefe se enteró con sorpresa de que era el hijo del gobernador y en nuestra casa cercana había dos policías de guardia, preguntó por qué no iba uno de ellos por el almuerzo, inquietud que transmití a mi padre, recibiendo de nuevo un sermón sobre sus convicciones y teniendo que continuar mi labor por meses. ¡Cuánto debo a esa experiencia, así fuera tan solo por haber vivido las conversaciones de hombres y mujeres empleados de la cocina y camareros de ese recordado restaurante, algunos de los cuales después fueron prósperos y buenos ciudadanos!



Quizás por eso, con característica bondad dice hoy Alvaro Villamizar, ya citado, que en sus primeras experiencias como funcionario aprendió de Vera Villamizar que los cargos públicos son para servir a la ciudadanía y a la patria y que se deben ejercer no solo con honradez sino con extrema delicadeza en el manejo de dineros, lo que ratifica con anécdotas típicos vividos en su compañía. Tal vez también de esas experiencias salió el deseo de nuestra hermana Mariam Zulima de hacerse abogada.



En la primera gobernación de Vera Villamizar era suficiente que el Banco de Colombia prestara sesenta mil pesos para hacer la carretera Cúcuta –Catatumbo; un médico rural ganaba setecientos cincuenta pesos al mes (750) y el gobernador novecientos cincuenta (950); el dólar costaba 1.05 pesos; un huevo costaba cuatro (4) centavos.



En su segunda gobernación el gobernador ganaba 2.500 pesos, el dólar costaba 2,30 y un huevo costaba ocho (8) centavos, es decir, en 10 años todo se había multiplicado más o menos por dos o un poco más.



Hoy, sesenta años después, un huevo cuesta 250 pesos es decir 6.250 veces más, un dólar cuesta 1.900 pesos es decir 1200 veces más y un gobernador gana, contando todo, unos 10 millones de pesos mensuales, es decir 4.000 veces más. Como podemos ver, es más fácil para un gobernador comprar huevos ahora que antes. Un celador diurno ganaba 260 pesos mensuales en el 58 y ahora gana más o menos 750.000 con prestaciones, casi 2.800 veces más, bastante superior a lo del dólar pero bastante inferior a lo del huevo y a lo de los gobernadores. Por ello ahora al celador le es más difícil comprar huevos que antes. He ahí un ejemplo de las razones para que los celadores estén en mayores aprietos que los gobernadores y se resientan más; no creo que nadie pueda sin embargo explicar la razón para que todos nos quejemos de los gringos en lugar de ser ellos quienes se quejen más que todos puesto que el dólar es lo que menos se ha valorizado.



Durante la primera gobernación de Vera Villamizar se incendió la plaza de mercado central de Cúcuta, episodio catastrófico para la ciudad y muchos de sus habitantes. Recuerdo la consternación de mi padre ante el hecho y la nuestra cuando llegó herido en un brazo por un leño ardiendo. Solamente ahora supe, leyendo los escritos del historiador Solano, que ello se debió a su intento por ayudar a un policía a rescatar una víctima y que curiosamente el gobernador fue el único herido en toda la conflagración. También en esos escritos he refrescado la preocupación del gobernador por conseguir ayudas y liderar una colecta pública, en la que aportó personalmente una suma igual a las que dieron las grandes empresas de la ciudad, superada solamente por tres de ellas e igualada sólo por Nicolás Colmenares y Azis Abrajim sus parientes pero adversarios políticos, ambos de mucho mejores condiciones económicas que él: 500 pesos. Recuérdese, para medir sus sentimientos, que el sueldo mensual del gobernador eran 950 pesos y véase en la misma fuente que el promedio de donación de los particulares adinerados fue de 70 pesos. Pero más que todo, acostumbrado a escuchar ocasionales críticas familiares de cierto machismo por su parte, me alegra ver en dicha lista que el único que aparece en ella dando la donación no solo a su nombre sino también en el de su esposa es el viejo conservador pamplonés.



Similar actitud es reseñada con la misma admiración y afecto por el historiador Solano ante el acontecimiento de la gran inundación de toda la vecindad del parque Colon en el 58, en la que el gobernador iba mucho más allá de lo esperado en la ayuda personal en las labores de rescate, esa vez junto al inolvidable párroco de San Antonio, el padre Calderón.



Indudablemente Vera Villamizar tuvo siempre una sensibilidad especial hacia los sufrimientos ajenos, basada en gran parte en la gratitud hacia Dios por los beneficios que le concedía, que caracterizó su ejercicio médico y su vida pública. Por eso apoyó sin restricciones a los vecinos que invadieron la zona de La Libertad durante su administración, pues la consideraba un predio baldío, granjeándose con ello la enemistad de muchos amigos políticos. Me sentí muy conmovido al recordar eso cuando hace poco tuve el privilegio de contemplar a Cúcuta desde allí en compañía de algunos amigos vecinos del lugar.



Hacer el recuento de sus gobernaciones es recordar su pasión por la educación, (el mayor presupuesto, quizás como cosa única en Colombia lo tenía el rubro de la educación), creando numerosos establecimientos educativos rurales, numerosos cursos de capacitación para maestros y empleados rurales, becas para estudiantes; por la medicina, estimulando y recibiendo reuniones nacionales e internacionales de Oftalmología, Gastroenterología y Odontología entre otras; por la organización, creando la empresa para manejar la fábrica de licores y la oficina de planeación del departamento, saneando grandemente la deuda pública, dejando superávit en las cuentas en sus dos administraciones y sobretodo reconviniendo con entereza a sus colaboradores y a la asamblea cuando consideraba que se maltrataban las finanzas del estado.



Inició durante su primera gobernación el proyecto de la irrigación del valle del Zulia y lo terminó en la segunda, afrontó con éxito admirado por todos, basado en la honestidad, dos de las elecciones de épocas más difíciles en la historia moderna del país, las de congreso del 49 cuando Ospina y del 60 cuando Alberto Lleras, convirtiendo lo que muchos creían que sería una jornada sangrienta en el departamento en un acto de indudable democracia. Actuó con firmeza aún a costo político cuando su presidente fue irrespetado por empleados de los dos partidos movidos por razones politiqueras y por el contrario fue siempre tolerante con las críticas que se le endilgaron, algunas, como aquella sobre su actuación en el incendio de la plaza de mercado, no solo injustificadas sino de alta motivación política y provenientes de fuente inesperada.



Siempre tuvo especial recuerdo por don Isidoro Duplat que lo acompañó como secretario de múltiples despachos en varias necesidades y por el abogado Antonio Cáceres, liberal que lo acompañó con afecto en la de gobierno, así como admiración a dos de sus alcaldes de Cúcuta, Luis Raul Rodríguez y Tesalio Ramírez.



Como niños recordamos en el 49 el matrimonio de Don Luciano Jaramillo a cuyo padre Vera Villamizar reconocía como uno de los banqueros que le había colaborado con préstamos para iniciar su carrera. Y la muerte de doña Amelia Meoz de Soto, esposa de don Rudensindo, grandes benefactores de la ciudad y su solemne entierro marcado por un discurso memorable del padre Daniel Jordán. Murieron también mi abuelo Leopoldo el padre del gobernador en la primera y Dolores, su madre, en la segunda administración. En esta también fue elegida Miss Norte de Santander la bella Yolanda Canal y nos conmocionó la muerte de su primo, nuestro querido amigo Josué en un accidente de tráfico en Venezuela, y la de Domingo Pérez Hernández uno de los grandes cucuteños de la época. Murió también el primer obispo de Cúcuta, el cucuteño monseñor Luis Pérez Hernández, hermano de Domingo. Gozamos la boda de nuestro primo Jorge Cristo S. nieto del gran empresario libanés con María Eugenia Bustos y la de nuestra prima Yamile Abrahim y Carlos Pérez, hijos de Azis y Domingo respectivamente y las bodas de plata matrimoniales del ilustre Carlos Ardila Ordóñez y su esposa Anita.



Uno de mis recuerdos más agradables es el viaje que hicimos con Vera Villamizar en el carro de la gobernación con su secretario de obras Germán Hernández y mi hermana Magibe a Bogotá, por la troncal del norte, (vía Chitagá –Sogamoso) sin pavimentar, sin escoltas, es decir como correspondía a la época del 58 y la visita que hicimos durante este viaje a Laureano Gómez a quien encontré un hombre excepcional.


1953-Carlos Vera Villamizar, embajador de Colombia, (centro), departe con el alcalde de la Haya (izquierda) y su alteza real el príncipe consorte Bernardo en su despedida del Centro de español de Holanda.





Me confesaba en alguna oportunidad mi padre que su estadía de dos años como embajador en Holanda le había permitido aprender sin lugar a dudas que solamente la democracia podía engrandecer a los pueblos y servir para su gobierno y le había hecho modificar algunas de sus opiniones conservadoras. Pero siempre conservó lealtad hacia Laureano y hacia su hijo Alvaro por razones de convicción, libres de cálculos políticos. En Holanda dirigió una representación diplomática intelectual y elegante que le significó una buena amistad con los del Instituto hispánico de la Haya entre ellos el príncipe consorte Bernardo, quien le regaló un vaso de cristal de la familia real de despedida. El mundo diplomático holandés conocía poco de los embajadores colombianos, que acostumbraban alojarse en hoteles y dedicarse a conocer Europa, así que se encantó con las invitaciones de Vera Villamizar y su esposa, en especial los días patrios y asistía masivamente a ellas, degustando la elegante mansión en que gastaba su sueldo. Nos quedaron especiales amistades con los representantes persas, indios, yugoeslavos y argentinos. Además creó una cercana relación con los grandes oftalmólogos holandeses del momento que perduró durante muchos años.



Sus discursos de posesión y ante la asamblea podrían ser materia de algunos suplementos literarios por la densidad de ideas y la magistral composición y gramática. Uno de ellos es considerado por el historiador Solano Benítez como una de las dos piezas oratorias magistrales entre los mandatarios del Norte de Santander. Este historiador resume, con palabras similares que son un honroso legado para sus hijos, las dos administraciones de Vera Villamizar; permítaseme transcribir las de la última:



“Pase pues a la historia del Norte de Santander la administración del doctor Carlos Vera Villamizar como estrella de verdadero progreso, honradez y dignidad”.



Conclusión



Me parece que al hablar de la época de Carlos Vera Villamizar y sus contemporáneos se está recordando una Colombia y en especial una Cúcuta de ilusiones y de esperanzas que creía en sí misma. Diferentes causas, la principal una progresiva desconfianza en el valor de la justicia, la moral y los derechos humanos, fueron destruyendo estos atributos hasta un punto que nunca hubiéramos imaginado. Por afortunadas circunstancias de un liderazgo nacional excepcional se empezó a salir del abismo en que estábamos y es imprescindible aprovecharlas o regresaremos más bajo aún.



Esa figura de Carlos Vera Villamizar siempre optimista, vestido siempre de saco con corbata, que dijo en tantos discursos que la democracia consistía en no hacer a los demás lo que no quisiéramos que nos hagan a nosotros, enseñanza evangélica que Benito Juárez había convertido en la frase famosa de que la paz es el respeto a los derechos de los demás, la he recordado permanentemente, con su seguridad en que lo importante era ser auténtico, cumplir los principios, ser humilde y tratar de tener buen humor.



Curiosamente, de los artículos de prensa sobre él sólo conservaba aquellos en que se lo criticaba, que su esposa mantenía en un bonito álbum de cuero. Ocasionalmente los miraba con una cara que evoqué claramente cuando escuché a Frank Sinatra cantar la famosa canción “ A mi manera”, que traducida literalmente del inglés va diciendo así:….. “y ahora, a medida que el tiempo pasa, ¡lo encuentro tan divertido! Pensar que yo hice todo eso, y permítanme decir, sin timidez, oh si, sin timidez alguna, que lo hice… a mi manera!”.


Luis Parra Bolívar,  Carlos Vera Villamizar y Virgilio Barco Vargas
 



Mi padre en sus cien años  (Leopoldo Vera Cristo)



Tengo la impresión de que papá no hubiera querido vivir todos esos años. Seguramente por eso nos dejó hace más de veinte años, sin dar ninguna razón ni ofrecer disculpa alguna. Cuando se fue había una sensación flotando en el ambiente que, semejante al verso, parecía murmurar: “se acabó el dolor, no más tristeza, no me quedan inquietudes y gozo de la serenidad de lo prometido”.



Carlos Vera Villamizar hacía parte del inolvidable ejército de titanes que empezando el siglo XX le dijo adiós a Pamplona desde los Garabatos, centinela perenne de la ciudad, para contarle al país que había nacido el Departamento Norte de Santander. Por trocha y a lomo de mula llegaron a la universidad en Bogotá, y allí muy pronto adquirieron un liderazgo que nadie se atrevió a disputarles. Su formación fue mucho más allá de su profesión  convirtiéndolos en verdaderos humanistas que no temían incursionar en cualquier campo donde fueran necesarios. De regreso saludaron a Pamplona en La Vuelta de los Adioses y, a diferencia de sus hijos, se quedaron en su terruño para engrandecerlo a golpes de pico y pala. Constantes y laboriosos cubrieron el Departamento marcando una huella indeleble en su historia y haciendo de la ciudad mitrada la cuna de la dirigencia nortesantandereana. Sus poetas, escritores, pensadores y artistas, le regalaron al país el placer de soñar despierto, de navegar con los sentidos por el cauce privilegiado e interminable de la cultura.



Papá tuvo fuerzas para todo: apóstol de su medicina, resultaba casi fanático en su ejercicio dejando para ello en segundo término sus más queridos afectos. En dos oportunidades gobernador del Departamento, se alejó de su querido Hospital San Juan de Dios al que sirvió devotamente por más de cincuenta años, para entregarse con pasión a la actividad pública; nos dejó así a los médicos actuales la valiosa lección de que sin proyectar nuestro liderazgo a la causa comunal y sin creer en nuestras cualidades como dirigentes, apenas somos una triste profesión inconclusa. Parlamentario y diplomático, tuvo además tiempo para incursionar en la dirección de sociedades científicas y para ayudar, siendo gobernador, a organizar en Cúcuta el primer congreso nacional de oftalmología como especialidad pura, antes unida a todos los órganos de los sentidos.



Son múltiples sus escritos y apenas rescato la esencia de su pensamiento cuando, casi pidiendo perdón al pueblo, hablaba de su violencia diciendo: “sus manifestaciones violentas se deben a que fuimos incapaces de educarlo suficientemente y a que nunca se sintió protegido en su persona y en su hogar; tenemos que vigorizar cada vez más la voluntad de nuestros hijos, volviéndolos cada día más espirituales para que así deseen sacrificar algo suyo en provecho de otros”.



En Carlos Vera Villamizar hago además el homenaje de su esposa, Magibe Cristo Abrajim, quien con dulzura, bondad y sabiduría, construyó un hogar que le permitió dedicar su vida a los más sentidos intereses de sus pacientes y coterráneos.



Papá, mamá, feliz centenario!











Recopilado por: Gastón Bermúdez V.