sábado, 30 de marzo de 2013

355.- SABATINAS II


PARTE II/II 

Antonio García Herreros 

5.- CANDELO. El popular Candelo es tan vago y tan popular como Manuel Vega Caicedo y es también indocumentado pues no tiene cédula. Nunca ha votado, ni piensa votar porque es muy pesimista del porvenir de la República. Dice que salga el que salga seguimos lo mismo.
Manuel Vega Caicedo

Cuando no asiste a los partidos de fútbol o de básquet a los cuales es muy aficionado, habla y camina acelerado todo el día por la ciudad.Es nadaista y cuando fuma de vez en cuando un taco de marihuana escribe sus poemas que después no los entiende, como todos los nadaistas.

Cuando pasa frente a los murales del Banco de la República o del de Bogotá se detiene mirándolos,  buscándoles algún significado. Los mira por arriba, por debajo, por detrás metiendo la cabeza por entre la pared y el mural rebuscando una interpretación y exclama : Estas chatarras son como mis poemas; pura mamadera de gallo!.

Candelo tiene una cultura de 2º año de Bachillerato como la de un Concejal y comenta: Mi ignorancia no es tampoco como para morir aposta, pues ningún Concejal se ha suicidado!


6.- LOS PODEROSOS DE CUCUTA. El padre Mendoza, don Agustín Berti y don Nicolás Colmenares fueron los hombres más poderosos de la ciudad. El padre Mendoza y don Agustín Berti, vivieron en Cúcuta mandando y en continua pugna. Eran dos temperamentos antagónicos.

Don Agustín era un hombre afable, de indiscutible simpatía, quien se disputaba con el Padre Mendoza la supremacía de la ciudad. De inteligencia dúctil y sutil y sagacidad profunda. Era epicúreo. Epicúreo el filosofo griego enseñaba que el refinamiento de la buena mesa, el alegre vivir y el placer, eran el fin primordial de la vida. Era muy familiar esta expresión que era un tributo a su inteligencia: “como dice don Agustín. . . “. En su teatro Guzmán Berti, en el pórtico de escenario en grandes caracteres estaba escrita esta frase: “CANENDO ET RIDENDO CORRIGO MORES”, “cantando y corriendo corrijo las costumbres”, que era una réplica al padre Mendoza, quien desde el púlpito tronaba contra la exhibición de algunas películas.

El padre Mendoza era “el amo de la parroquia”. De una gran austeridad en sus costumbres, de un fervor extraordinario para gloria de Dios y el bien de las almas. Muy severo consigo mismo. Cuando fue trasladado a la parroquia de Chinácota  solo llevo una “cuja” sin colchón, que era su única pertenencia. Al  padre Mendoza, el gobernador y el Alcalde le consultaban los nombramientos y por el confesionario estaba informado de las costumbres  de todas las casas de Cúcuta. Era un buen orador.

Una vez se cuchicheaba entre los fieles el sermón que iba a pronunciar el domingo en la misa mayor contra don Agustín. Llegó ese domingo, se llenó la iglesia, las mujeres con las mangas hasta la muñeca y las faldas hasta más abajo de las rodillas, porque era pecado unos centímetros menos, y piadosos los hombres entraron a la iglesia. Repletas las tres naves, llegó don Agustín, ante el general asombro y se sentó ostensiblemente frente al púlpito a donde subió el Padre Mendoza y empezó el sermón:

Amadísimos fieles,

En el santo Evangelio de San Mateo de hoy, hay una parábola muy oportuna, que debo recordárosla, ahora cuando nuestra ciudad la han vuelto repulsiva por el pecado. Salió un sembrador a arrojar  la semilla. Algunas semillas cayeron junto al camino y vinieron las aves y las comieron. Otras cayeron en lugares pedregosos y tardaron en nacer y se secaron. Otras (mirando fijamente a don Agustín) cayeron entre espinas, y las ahogaron las espinan y otras cayeron en tierra buena y rindieron fruto uno a ciento. La semilla es la palabra divina. El terreno es el corazón de los oyentes y el sembrador es el sacerdote. Alguien que me escucha (mirando otra vez a don Agustín), es terreno enmalezado y lleno de espinas que pretende, simultáneamente, servir a Dios y dar satisfacción a sus pasiones. Allí, la buena semilla (mirando otra vez don Agustín), es ahogada por la maleza y las espinas de los sentimientos anticristianos.

Se acabó el sermón, se acabó la misa y don Agustín siguió a la sacristía donde el Padre Mendoza se despojaba de su vestidura y le dijo don Agustín: Padre estoy verdaderamente conmovido por el sermón tan maravilloso. ¡Qué elocuencia Padre! Goza su reverencia de ese don que hizo e irresistible la palabra de otros iluminados y que repercute y conquista la inteligencia y el corazón de quienes le oyeron. Déjeme felicitarlo con toda sinceridad.


7.- ROQUE MORA. Todos los cucuteños sabemos que con el actual Alcalde Fernando Canal, no adelantará el proyecto de la plaza de toro Corral de Piedra en el cual estuvieron interesadas las anteriores administraciones del municipio y que hubieran culminado si Fidelia no interfiere la gestión municipal  con Fer.

Lo sentimos por Roque Mora, pues era su más cara ilusión. Roque ya pronunciaba las zetas como en Zaragoza y las eses como los madrileños. Como es cenceño de cara morena-agitanada, debería vestir a lo flamenco.

Una vez cuando era Director de la Imprenta Municipal, se nos quiso esconder detrás de una prensa, cuando lo sorprendimos con chaquetilla recamada de oro, con escarpines y montera, y con los pantalones de seda tan ´ceñíos´ y exigidos por detrás, que ´er bicho´ se pronunciaba como ´erguío´ como en ´bluyine de mujé´.

Esta afición a los toros, le viene desde chiquito. En el Salado cuando Roquito veía una cabra, se quitaba el pañal y la capeaba. Cuando lo encontramos en las calles de Cúcuta, llevaba siempre en la mano una copia del plano de la plaza y caminaba con la cabeza erguida, con paso arrogante y garboso, como un ´primer espada´ encabezando la cuadrilla de aguaciles, ´mataores´ peones y ´picadores´.

Cada vez que lo encontrábamos, extendía el plano y nos indicaba: ¨aquí va la presidencia, aquí son los toriles, este es el redondel, mira el callejón…Se denudaba…porque oía el clarín…Roque lleva por dentro  ´er tendio´. Con un pañuelo extendido hacía pasar ´er noviyo´ junto a él, girando un poco sobre las puntas de los pies. Era la ´Verónica´ facturado como lo manda el código de la tauromaquia, que cumplen respetuosamente los toreros, pues los otros códigos, el civil, por ejemplo, incumplen primeramente las autoridades que más comprometidas están en respetarlo. Los artículos 87 y 178, verbigracia, de ese código, disponen que la mujer está obligada a vivir en la residencia del marido y seguirlo donde quiera que traslade su residencia.

Y no es que nosotros queremos que se vaya la gobernadora Fidelia, es que hacemos la observación.

Y volviendo a Roque, venía después la suerte más alegre y artística que ejecutaba con mucho alarde de lucimiento y ´való´. Con los dedos índices como palitroques, desafiando ´ar bicho´, empinándose sobre los escarpines, esperaba inmóvil la embestida. Desviaba el asalto con una pinturera flexión de caderas, con un quiebro como ´pá arborotá a tooer mundo´. Ahora la hora de la verdad. Con el plano enrollado como una muleta, con el labio inferior desencajado, ejecutada ´er naturá´ estructurando la clásica faena: templando, mandando, aguantando. Describía lentamente un cuarto de círculo, en un encadenamiento de pases, luciendo su saber, con un estilo vivo de mucha floritura: bajaba la muleta, miraba intensamente la cruz entre los omoplatos y esperaba serenamente la embestida: adelantaba el pie izquierdo para entrar a matar, logrando la más espectacular, la más peligrosa, la más difícil estocada. Se venía abajo ´er mundo de parmas´. Roque agitando los brazos por encima de la cabeza, ´aturdido´ por los ´oles´ del público enloquecido, haciendo girar el cuerpo; doblegándoles en gallardas reverencias amagaba recoger para devolver al público, botas de manzanilla y mantones de manila y peinetas y sombreros y claveles reventones…

Después, después, al encontrarse con la horrible realidad, daba un escarpinazo en la arena, digo, zapatazo en el suelo y exclamaba: ´Mardita sea este arcarde´.


8.- EL TERREMOTO. Mi tío Oscar,  tenía 14 años cuando el terremoto. Era hermano de Julio Pérez Ferrero y de mi abuela Elvira. A mi tío no le interesaba otra conversación que la relacionada con el terremoto o con aquella época. Se hablaba, por ejemplo, de la falta de honradez que atosiga estos tiempos de mi tío, comentaba; ¡caracho! Y pensar que en tiempos del terremoto llegaban a puerto de los Cachos en pago de la exportaciones de Cacao grandes sumas de dinero en morrocotas (mi tío redondeaba los dedos índice y pulgar para indicar el tamaño de las morrocotas) llegaban a Puerto de los Cachos, digo, como a cuatro leguas de Cúcuta y las traían hasta acá en mulas, dentro de unos cajoncitos cuadrados, que me parece verlos. Por mas verás,  una vez en el alto de las Pavas,  se escabulló  una mula, que por seguirla, se escabullaron las otras y como era ya de noche, se buscaron al otro día y estaban echadas en distintos lugares, con sus cargas de cajoncitos llenos de morrocotas, sin faltar ni una, ni una. . .

Cuando se comentaba la carestía de la vida, mi tío exclamaba. ¡confiro! ¡pa’ su maletera! Cuando en mis tiempos una carga de cacao valía $5.00 y era caro porque después de molerlo y empastillarlo, se hacía viajar hasta el Lago de Maracaibo por el río Zulia, para regresarlo notablemente mejorado. Con decirle que la Reina Victoria de Inglaterra, no tomaba otro chocolate que no fuera de Cúcuta y al saber la noticia del terremoto, ordenó auxiliar al hospital San Juan de Dios con mil libras esterlinas.

La tragedia del terremoto la contaba todos los días y había que oírsela.

Vengan y les cuento, decía, sentándose en una mecedora de Viena, de buena estirpe, que tenía gastados los balancines y abollado el asiento y el espaldar tejidos con paja: Alguna gente presagiaba la tragedia. Desiderio López, quien era ciego y se guiaba por las calles con una varita de cañaguate, tocando con ella el camino que seguía y que había presenciado el terremoto de Lobatera, en Venezuela en 1849, días antes de aquel 18 de Mayo, como oliendo el ambiente, inhalando el aire con estrépito, repetía: ¡ Me huele a Lobatera! Y ni riesgos que comía, ni dormía bajo techo. Estábamos almorzando a las once y veinticinco de la mañana del 18 de Mayo de 1875.

Era martes. En casa estábamos papá, mamá, José, Enriqueta, Albertina, Elvira, Luis, Hernán, Elisa, Anita, Isabel, Julio, que eran mis hermanos, la cocinera Cleotilde, un hijo de esta, como de mi edad, llamado Ramón y Eufrasia la sirvienta de adentro. También estaba en la casa Pancho, un pergüetano a quien mamá le daba todos los días la comida en el zaguán. ¡Ave María Purísima! Gritó mamá cuando oímos un ruido subterráneo, prolongado al cual siguió el primer temblor, cayéndose unos terrones sobre la mesa de comer. Yo salí corriendo hacia la calle, con una frita de maduro, pinchada con el tenedor. Mientras corría hasta la mata de limón, a la calle, temblaba la tierra y se movía como una nave. En un trís,   me cae encima la pared de la calle. El ruido espantoso que producía el derrumbe de las casas y los gritos de los sobrevivientes era para enloquecer a cualquiera.

A nadie se le ocurría otra cosa que correr en cualquier dirección. Yo no veía. Una espesa nube de polvo, todo lo cubría…Cuando esclareció, mi hermana Elvira, tanteando con las manos, me tocó y se colgó de mis hombros, despavorida, llorando y temblando como la tierra. Un viento huracanado  despejó la vista. Cúcuta yacía en el suelo. Me restregué los ojos y solo divisaba cerros por todos lados: el de la piedra del Galembo, el de la lomita de la Cruz, el Alto de las Pavas, el de la Batalla de Cúcuta, el de las Campanas…Para mayor consternación, veía incendios en distintas partes.

Saltando por encima de los muertos y de los escombros llegaba a la calle Ramón, el hijo de Clotilde, quien se salvó porque  a aquella hora estaba encaramado en el mango que había en el solar de la casa y desde allí vio como se caían las casas “como la baraja de un naipe”. Llevando a mi hermana de la mano, corría yo sobre adobes, vigas y tejas, buscando quien me ayudara a rescatar a mamacita, a papá, a mis hermanos; nadie me oía.

En lo que había sido la esquina del almacén de don Pacho Bousquet, vi un hombre patibulario, con bigote engomado, de facciones repugnantes,  como de cuarenta años, flacucho, a quien se le descolgaba el pescuezo rugoso y retráctil como el de una tortuga, tan pronto largo de un palmo, como enchufado entre las clavículas. Un rostro anguloso, con mejillas de juanete y ojos de murciélago. Después supe que lo apodaban “Piringo”, quien sin compasión saqueó las ruinas. Aquel malario cargaba el oro que rodaba dentro de árganas en un burro que se perdía, arriado por Piringo, por los lados de la Piedra del Galembo, un poco más arriba de la tienda de Casildo. Algún día, proseguía mi tío, voy a escavar por allá.

A Piringo ordenó fusilarlo el general Fortunato Bernal, jefe militar de la plaza, y la ejecución  se llevó a cabo más abajito del Puente de San Rafael, debajo de una cañafístula. Cómo seria de criminal aquel hombre, que le cortó el dedo al cadáver de don Joaquín Estrada para robarle el anillo y antes le había arrancado la hebilla de oro de la correa de los pantalones, pues en aquellos tiempos las clases sociales se distinguían por la hebilla que era grande  y de cobre, plata u oro, según la posición pecuniaria de cada quien, y los Estrada era de las familias cucuteñas más empingorotadas de aquella época.

Como le decía, yo corría, ni sabia para donde, llevando a Elvira de la mano. Recuerdo que caminando sobre los hombros sentí que se volvía a mover la tierra, pero era unas mulas cargadas de café, que aprisionadas debajo de las ruinas, forcejeaban contra la muerte.

A todas estas,  cayó un palo de aguacero que apagó incendios y refrescó el ambiente. Así llegó la noche y después de mucho caminar en todas  las direcciones, desandando lo andado llegamos a un potrero por los lados de la Garita. Allí los sobrevivientes de la familia   Ferrero, bajo una carpa velaban los cadáveres de unos niños, quienes habían sido extraídos agonizantes de entre los escombros. Seguramente los enterraron en el potrero al otro día, pues de mí no supe más,  desde que cuando quedé fulminado por el sueño y el cansancio.

Al otro día nos llevaron por orden militar a la Vega, más arriba del puente Cúcuta o puente San Rafael, como ahora le dicen y era una hacienda de don Vicente Galvis. Imborrable es el recuerdo de aquel camino que conducía a la Vega: trepaba, se ensanchaba a ratos, a veces se encogía, como las contracciones estertóreas de la ciudad que yacía allá abajo.

En La Vega, al lado del río Pamplonita, se levantaron las carpas agrupándolas en la loma y en el valle. Desde allí el general Bernal, impartía órdenes que se cumplían para salvaguardar lo que yacía bajo las ruinas y organizar la vida de los sobrevivientes.

Los libros del protocolo de la notaría fueron salvados por la guardia del ejército y la acuciosidad del notario, el maracucho don Juan E. Villamil quien el momento de la catástrofe compulsaba la escritura marcada con el número 225 por el cual Eusebio Aparicio vendía a Rafaela Chacón por la suma de $40.00 una casa de bareque y tela y que fue la partida  de defunción de la ciudad. 


9.-  SERGIO ENTRENA. Salió del Banco Mercantil y se integró al grupo Menudo que visitó la ciudad el 26 de marzo de 198…, Sergio Entrena López quien ¨canta divino¨ y volvió loca a la niñería delirante, y desde entonces es protegido por una numerosa guardia que solo permite a las infantiles admiradoras tocarlo con la mera mirada.

Sergio asimiló inmediatamente los modales del grupo y dicen que la ropa le queda ¨chévere¨, pantalones de azul intenso con rayas negras, botas de gamuza y camiseta color fucsia.

Optó el nombre de Serghy para las representaciones de modo que el grupo lo componen ahora: Ricky, Johnny, Miguel, Charllie y Serghy. 



Recopilado por : Gastón Bermúdez V.

jueves, 28 de marzo de 2013

354.- SABATINAS I


PARTE  I/II  

Antonio García Herreros

¨Antonio García Herreros convirtió su ingenio en un oficio que le daba licencia para tomarle el pelo a todos los cucuteños y superar así su dificultad real de poderse comunicar con las personas, porque padecía la enfermedad de muchos de sus parientes que siempre tienen cara de bravos a pesar de que están contentos. ¨

¨Sabatina, no las hacía de mala fe sino en busca de conseguir sonrisas¨.






1.- LOS JUBILADOS. Cuando me jubiló el Municipio de Cúcuta, coloqué en la puerta de mi casa el siguiente aviso:

Antonio García Herreros, jubilado,  se encarga gratuitamente de reparar planchas eléctricas, licuadoras, sandwicheras y demás artefactos electrodomésticos. Se sueldan vasos de noche, ollas esmaltadas y todos los objetos en los que se pueda emplear soldadura de estaño. Se escriben discursos, cartas, telegramas y se garantiza absoluta reserva. Se remiendan cajas de dientes con acrílico. Recuerdo que mi primer cliente fue don Víctor Pulido, quien me llevó unas ollas y una plancha eléctrica a la que se le había quemado la resistencia.

Intenté aprender el juego de ajedrez, que como se sabe, es un juego para ociosos; pero me desesperé cuando el jugador contrincante se demoraba media hora para correr un peón y dos horas para movilizar una reina y es porque los jugadores de ajedrez no se concentran sino que lucubran, mientras juegan, sobre los problemas caseros.

Los jubilados residentes en Cúcuta, si son de la Colpet, se estacionan todo el día alrededor de una pila del Parque Santander y si son del Municipio, en la esquina de la avenida 5ª con calle 11, contiguo a donde se sitúa Juan de Dios, Antonio y Jacinto Peñaranda.

La preocupación única de los jubilados es el pago de la pensión. Los de la Colpet, todos los días cuentan los que faltan para ello, del mes. Cuando madrugan a hacer cola en la puerta del Banco Cafetero y los del Municipio. Empiezan a averiguar por la mesada inmediatamente después de que reciben el último pago que se realiza a mediados de cada mes. Ocho días antes del pago a estos jubilados se les sube la tensión y enardecidos comentan que "la planilla la están elaborando en la Caja" que "está en el Control Previo" que "donde el Contralor" que "en la Tesorería" que "en el Banco" y mientras tanto los jubilados le sacan la madre al funcionario de turno más veces que los peatones al Alcalde que sembró con tacos las calles, cada vez que se tropiezan.

Los jubilados y es señal inequívoca de vejez, se levantan muy temprano, a las 5 de la mañana y viven todo el día de un genio condenado, como si estuvieran elaborando la declaración de renta, lo cual está comprobado es el motivo que más altera los nervios, así no se pague impuesto alguno. Oyen radio hasta las 8 de la mañana, y cuando llegan a la esquina estacionaria están muy informados sobre las últimas noticias de Polonia, de Irán, de Irak, de San Salvador, de Nicaragua, de Cuba, del M-19.

Como añorar es el supremo placer de la vejez, los jubilados conversan sobre los sitios, acontecimientos y personas de hace 50 años: Los de la Colpet hablan de Mr. Drolet, Miller, Thompson, Hietower, de la Alcabala, de la Mina de Barro, del Sol naciente, de la Mona, de la Vieja Pabla, de la 400, de la Jamuga; los jubilados de Cúcuta: de la Cucaracha, de Caracolito, de la Piedra del Galembo, de la Garabatada, del padre Mendoza, de don Agustín Berti, del General Cuberos Niño, del revolucionario venezolano Gral. Peñaloza, de Puente Espuma, del señor Kellerhor, del señor Maiwald, de la Caremango. Si el jubilado esde Salazar, habla de la Casita de Miel, del Atillo, del Padre Zafra, del Padre Quintero, del General Castellanos, de la loca Carlota, de la Bombarda, de la inauguración de la planta eléctrica en 1916, de la coronación de la Virgen en 1919; si de Pamplona, del padre Rochero, como dice el exseminarista Rafael Miranda: el Padre Rochereau: del Padre Faria, del Seminario: de don Leopoldo Castellanos, de la Copa de Oro; de la Favorita de Abraham Papas de Nigua, de Carlitos Mendoza, del Dique; si de Ocaña, de la Siete Almuerzos, del Cuquero Rodríguez, de Juancho la mosca, de Moncha, de Juan Panochas, del Planetario, del Molino.

Otro tema preferido de los jubilados es el de sus dolencias: de la artritis, de la próstata y se quejan de la micción se realiza gota a gota. Cuando de estos temas se trata, elegantiza la conversación Rafael Vergel, quien habla con extraña familiaridad de los más famosos vinos, del de Rioja, Sauternes, Madeira. Chanti, Falerno, Mosella que no ha probado pero los paladea con deleite imaginariamente. Como Antonio Girado, que no ha asistido a una ópera, pero tatarea íntegramente la Ópera Carmen y oyéndolo se perciben el "crecendo", el "andante non tropo", el "molto vivace".

Una cosa buena tienen los jubilados y es que perdieron la pasión política: los liberales ya no juran que "los godos asesinaron al Gral. Uribe Uribe", ni los conservadores ya no odian a Olaya Herrera. Se ha apagado en ellos la pasión política y la sexual. Añoran la edad incandescente de los 18 años. Dan ganas de llorar... 


2.- EL CUCUTA DEPORTIVO. Parece que el Cúcuta Deportivo ha "tomado aire" como dicen en boxeo, pues la afición durante toda la primera vuelta vivió perennemente la angustia que se siente cuando castigan un penal y es que el fútbol tiene en Cúcuta una notable tradición y desde que fue establecido en 1923 por el dominicano David Maduro y el venezolano Federico Williams, goza de desbordante entusiasmo.

La bandera roja y negra la inventaron los mismos jugadores cuando en las primeras olimpiadas de Cali en 1928, los representantes del Norte de Santander se presentaron con un trapo rojo y negro, sin haber pensado en la filosofía ni en el significado de los colores. Así nació nuestra oriflama deportiva que es hoy también la bandera de Cúcuta y del Departamento Norte de Santander.

Tanta ha sido aquí la afición al fútbol, que el padre García Herreros cuando niño si compraba una cocada que valía un centavo, no se la comía toda; dejaba un pedazo para darle una patada y jugaba fútbol con la vejiga de un toro en el solar de la casa.  Nosotros leímos en un alegato jurídico del doctor Ciro Díaz Lozano, esta cita: "Jaserán, Boudry Lacantienerie y todos los grandes cracks del Derecho Civil ..." y el doctor Epaminondas Sánchez en una conferencia sobre patología dijo: "Pasteur, quien con el descubrimiento de los microbios, creó la bacterióloga patológica y médica y vivió 100 años antes que Terra ..." y el doctor Guillermo Eliseo Suárez no aceptó la Embajada de Washington porque allí no se veía buen fútbol y el profesor Pablo Tarazona escribió una partitura por una buena combinación de pases que vio en el estadio.

Y es que Cúcuta ha visto una constelación de estrellas de ese deporte: Sixto Jaramillo, Pacho Neira, Valeriano, Dimas, Anacleto, Alfonso Lara, Jorge Jiménez Gandica, Santos Ramírez, Gallito Contreras, Palito, Turico, Capino, Daniel Antolínez y después los profesionales: Gambeta, Tejera, Zunino, Terra, Lauro Rodríguez, Toja, Villaverde.

Nosotros los consideramos los héroes y recordamos que cuando éramos niños y encontrábamos a Sixto Jaramillo quien jugaba de "wing" en el Cúcuta, lo seguíamos para admirarlo más de cerquita que cuando en la cancha cogía el balón y todo el público se ponía de pie, y driblaba a uno, a dos, a tres, a cuatro, a cinco jugadores, paraba la pelota y con el guayo encima del balón, miraba hacia adelante para calcular mejor el pase; resolvía seguir con el esférico, driblaba a uno, a dos y embalado disparaba a todo el vértice de la portería rozando los palos. El grito: goooooool retumbaba en el firmamento.

Y Santos Ramírez quien se desempeñaba como "back de quedada" y de un brinco para patear el balón quedó a horcajadas sobre el arco y a Toja, quien desde 40 metros metió un gol de cabeza y a una altura de solo 80 centímetros de la grama y a Pedro Elías Soto, quien de un saque atravesaba la cancha de portería a portería y Zaparían quien desde la esquina metía gol describiendo la pelota una parábola perfectos.

Pero toda esta afición se derrumbaba con el comportamiento del Cúcuta en la primera vuelta. Se ensayaron toda clase de exorcismos, se mandaron a decir misas, se alfileraron a todos, las piernas de los jugadores contrarios y nada valía. . .

El Doctor César Darío Gómez, quien es uno de los abogados de mayor prestigio en Cúcuta, con su habitual perspicacia mental, comentaba con mucha seriedad, sin mover un músculo de la cara, sin espabilar sus ojos bovinos: "Es pura mala suerte. Lo que deben hacer los directivos del Cúcuta es formar un equipo con las personas de más suerte en la ciudad: como defensas se alinearían a Eustorgio Colmenares quien heredó una Senaduría y Jefatura del partido. La otra defensa sería Teodosio Cabezas, quien heredó también una jefatura y un periódico; medios, Hernando Ruán, quien sin pedirla aceptó un curul en la Asamblea y por él votaron 11.778 liberales en las pasadas elecciones y en cambio por Julio Moré Polanía solo votaron 887, cuando el sí recorrió el Departamento, gastó en cada pueblo un sancocho para los jefes de partido, comió chinchurrias con papa cocida en todas las veredas con el boticario y el policía, y tomó Tres Brincos en todas las parroquias con los párrocos y sacristanes.

Otro medio seria Alberto Estrada, que lleva 20 años como Gerente de Centrales Eléctricas y se ha desempeñado con reconocida probidad e idoneidad, pero ya son muchos los años . . . usted nos dice, también podría formar en el equipo, aunque sea para llevar las naranjas, pues estuvo 20 años en la Alcaldía, con 34 Alcaldes de todas las ideologías ...

Ahora, como verdaderos "cracks" que serían los delanteros y con dos de ellos basta, serían los dos congresistas que exportaron a Venezuela hijuemil toneladas de zanahorias y van a tener que exportar otra vez hijuemil toneladas de melones, porque con las puras zanahorias el cutis de los venezolanos se está poniendo color zapote mamey y la combinación o mezcla de este color con el melón, resultará un color rosa como el cutis de las colegiales de Pamplona, como el de Carlos Silva Carradini, como son nuestros vehementes deseos.


3.- CHUPE. Una misma palabra no siempre tiene el mismo significado: CHUPE, es una expresión que puede significar una venganza satisfecha, es también el imperativo del verbo chupar, succionar.

Esta diferencia la entendieron muy bien quienes estaban en la clínica  a donde fue llevado un alto funcionario, inconsciente, con la vista vidriosa, sin más muestras de vida de una fatigosa respiración y con los labios fruncidos y moviéndolos como succionado algo.

Lo llevaba en un lujoso carro una elegantísima dama quien al acomodarlo en una cama de la clínica informó que iba  a avisar a los familiares y sí avisó a la esposa, pero no volvió ni con el carro, ni con la billetera del enfermo.

Al rato entró a la clínica la esposa del funcionario quien al verlo le gritó: “chupe”, por sinvergüenza, “Chupe”!!! Pero el funcionario adormecido, moviendo los labios fruncidos, oía solamente la voz de la amiga que le rogaba: “chupe”!!! Mijo, chupe mi amor” en forma tan entusiasta como el grito de nuestro Presidente en el recibimiento del ciclista Lucho Herrera: “Dale, Lucho, dale, Lucho!!. . . . .  

Había sucedido, según cuenta Carlos Pérez Ángel que el funcionario paseaba por la carretera a Los Patios, aquella tarde, a esa hora inefable cuando la luz del sol se confunde  con la noche…

Paseaba despacio, despacito, mirando al lado y lado cuando vio que dos damitas pizpiretas y culilivianas le hicieron señas. Paró, las recogió y a los pocos minutos una de ellas pidió que se bajaba porque “mi casa queda allí”.

La otra  se dejo llevar, abanicándose con una mano por el calor y con la otra se desabrochó, dejándose ver, complacida, el busto que por lo erguido y firme no necesitaba brassier.

“Ni de fierro que uno fuera” explicaba en la clínica el funcionario, ya repuesto por haber succionado la burundanga  que se había untado en sus picachos la damisela. “Chupe, sin vergüenza”. . .

4.- LA CALLE 10. La calle 10 principiaba en la Pesa (av. 0) y seguía derechito hacia el occidente. Muy circunspecta llegaba hasta la avenida 13 donde se torcía hacia la izquierda y como todo lo que se izquierdiza se envilecía y perdía dignidad. Seguía por el camellón del Cementerio donde funcionaban los planteles de las viejas culiprontas y de la misma familia de Putefar. Las casas vecinas de la Caremango y la Rabiseca en señal de escándalo alzaban los brazos tiznados, que eran las chimeneas.

Al final del Camellón donde Casildo, se albergaban la escoria y zupia de aquellas mujerucas que se desempeñaban con tarifas muy democráticas: La Guarapera, la Cerro Fúnebre, la Suira, la Mapurito, la Altincarada…

Pero vengan y le digo: La calle 10 era la más alegre de la ciudad, como que allí había todas las tardes corridas de toro, pues uno o dos novillos de los que llevaban al matadero o Pesa se desgaritaban y obligaban a las familias que se sentaban en las glorietas a guarecerse en sus casas y cerrar las puertas, y donde no se tomaba esta precaución, el novillo se metía hasta la alcoba donde retumbaba el mujido del animal  Bummm, Bummm,Bummm… Al fin salía a la calle cuando Pedro Sandia le torcía el rabo.

A las 3 cuadras de distancia Gaona lo desafiaba con el pañuelo extendido. Aniceto Arenas, que así se llamaba Gaona, cuando veía un novillo se demudaba y no por el miedo sino por la emoción. Con los labios desencajados, se empinaba, zapateaba al empedrado gritaba valerosamente: Venite solo! Mardita sea tu mare!... Gaetano Severini encaramado en una ventana gritaba desafortunadamente Avanti, avanti, cornutto!

La calle 10 era la más importante de la ciudad. Allí funcionaba la Aduana, el Club de Comercio, el Club Deportista, los periódicos Comentarios y La Mañana, las casas comerciales de Van Dissel Rode, Bechman, La Novedad, La Casa Vale, las zapaterías de Pelayo y la de Báez, las tiendas de La Cruz Roja y La Rosa Blanca. El Torbes, La India, La Roca, El Circo, Curazao…

El Puente Nariño, entre avenidas 8 y 9 canalizaba la toma pública. En diversos sitios habían unas escalinatas para bajar a la toma, donde se recogía el agua. Las mujeres la transportaban en botijas que colocaban con un chique en la cabeza y caminaban muy airosas, echadas de para atrás. Los hombres transportaban el agua en baldes que cargaban en un yugo.

Sucedió que un bobo a quién apodaban Meleguindo quien hoy vende loterías, llegó al cogedero de aguas de puente Nariño, asentó los baldes y el yugo mientras atendía a pedradas las burlas de los muchachos que correteaba cuando le gritaban Meleguindo! Meleguindo!. Por perseguir a un muchacho, cuando regresó le habían escondido el yugo y en esas pasaba Gregorio Rojas, quien era popular por su exagerado estambre. Sigo. Meleguindo observó a Rojas, se le abalanzó y abrazado a la pierna gritaba: Gregorio, deme el yugo! Gregorio, deme el yugo!




Recopilado por : Gastón Bermúdez V.



martes, 26 de marzo de 2013

353.- DOCTOR DIAZ, AUN TRABAJANDO ?


Eduardo Rozo


En su oficina puso uno de sus más preciados tesoros: el diploma con honores que le otorgó la Universidad Nacional.

El momento más feliz de su vida fue haberse graduado con honores en bacteriología y laboratorio clínico en la Universidad Nacional (1957). En medio de las dificultades económicas apeló al deseo de superación, y con esfuerzo, sus padres pagaron el primer semestre, en los demás mantuvo la matrícula de honor.
Ostenta el reconocimiento de ser uno de los primeros bacteriólogos que llegó a Cúcuta, de esos que vivieron las mieles de la profesión; ‘hoy en decadencia’, como consecuencia de una oferta y demanda que no coinciden.
Habla con la propiedad que solo la experiencia permite, en tono pausado. Es alegre y amante de la investigación, pasa la mayor parte del día en su consultorio, apiñado de recuerdos y hasta donde llegan sus asiduos visitantes y con cariño le preguntan: ¿Doctor Díaz, usted aún sigue trabajando…? “fue lo  único que aprendí a hacer bien hecho. No en vano han sido 55 años de vida profesional.
Manuel Guillermo Díaz Quintero, viste de blanco y contrasta con sus canas que, a sus 75 años, le deja la vida. Le representan también historias vividas y sacrificios que junto a sus hermanos debieron pasar, para superar las adversidades económicas.
Recuerda que desde niño sus padres le inculcaron la educación como la base para tener un mejor estilo de vida, que junto a la unidad familiar, fueron los principales valores que le enseñaron y aún conserva. Los mismos con que formó a sus cinco hijos. Los dos mayores siguieron su camino y son egresados de la universidad Javeriana.
De Cúcuta, recuerda que en esa época era una ciudad tranquila y existía verdadera amistad. Las tardes de descanso y las pilatunas que hacía en el parque Mercedes Ábrego, con su hermano Luis.
Cuando se graduó en el colegio Sagrado Corazón de Jesús se presentó en la Universidad Nacional (1954) y luego de ser aceptado, se radicó en Bogotá y consiguió por intermedio del capellán de la universidad, cupo en las residencias estudiantiles, lo que le aminoró los gastos.
Su hermano Luis, del que habla con cariño y por quien demuestra gran afecto, estaba estudiando medicina en la misma universidad. Juntos, lograron ganar un concurso para ser monitores y por la labor les pagaban, a cada uno; $50 mensuales, dinero que les alcanzaba para sostenerse y “comprar ropita”.
“Cuando me gradué regresé a la tierra de mis amores y desde entonces, llego a las 7:00 de la mañana a este consultorio. Antes, atendía en promedio 30 pacientes; ahora, hay que esperar que sale”.
Es un gran crítico de los cambios laborales que ha tenido la profesión. Afirma que antes al no existir seguros ni entidades prestadoras de servicios de salud, los pacientes abundaban y hoy el gran reto es hacerse un espacio para laborar.
“Las universidades están graduando demasiados bacteriólogos y las entidades de salud ofrecen malos sueldos, con la excusa que si a una persona no le interesa, hay una larga lista de aspirantes”.
Pese a ello, manifiesta haber tenido muchas bendiciones en la vida, “a esta edad nada puede ser malo, y como dice el padre García Herreros, Dios mío, en tus manos encomendamos este día que ya pasó, y la noche que llega”.
Alma de deportista
 
Aunque no fue el mejor practicando deportes, dedicó parte de su vida a liderar procesos de ese tipo en la región. Fue presidente de la Liga de Baloncesto por 15 años, perteneció a la de bolo, atletismo y representó en Coldeportes a tres gobernadores del departamento. Al llegar a su vejez, dedica parte del tiempo libre a hacer deporte, pues su pasión no se marchita y brilla con luz propia.
 
Esta fotografía fue tomada en 1965, luego que el equipo de baloncesto de Norte de Santander se coronara campeón del VIII Campeonato Nacional Juvenil efectuado en Cúcuta. En ella recordamos de izquierda a derecha a: Virgilio Núñez, árbitro; el doctor Manuel Díaz Quintero, delegado y presidente de la Liga Nortesantandereana; Fernando Fernández, Hernando Yepes, Alvaro Villalobos, el negro Ramírez,  Adolfo Fernández (Mandrake), Augusto Fernández, Said Lamk, no identificado, Oscar Chaustre, Jesús Ricardo Lamk, “Cundo” Morales y el doctor Erasmo Hernández Moreno, director técnico. Adelante, las madrinas del equipo Nhora Esperanza Ángel y Marina Castro Jácome. Ausentes  los jugadores Carlos Rivera y Gastón Bermúdez.


Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

domingo, 24 de marzo de 2013

352.- EL PRIMER CONVENIO COMERCIAL CON VENEZUELA


Gerardo Raynaud

Después de las gestas emancipadoras de principios del siglo XIX, los países que fueron liberados de la dominación española, especialmente aquellos que se denominaron “bolivarianos”, fueron particularmente reacios en mantener la unidad que con tanta fortaleza había tratado de imponer el Libertador. Primaron más los intereses individuales y los de algunas colectividades en detrimento de los beneficios generales de la nación y ese ambiente fomentó la autonomía que quisieron establecer las élites de entonces en cada país y como resultado florecieron cinco naciones, cada una con su propia noción de estado y no un solo país como había sido la pretensión original de Simón Bolívar.

En los dos países del cono norte de Suramérica, se estableció una rivalidad que ha venido perdurando hasta nuestros días; incomprensible si se tiene en cuenta el origen común de las dos nacionalidades, además de sus coincidencias de lengua, costumbres y tradiciones. Aunque en las fronteras, la situación es diametralmente opuesta al concepto que se tiene en las capitales, todas las consecuencias se viven y se sienten con mayor fuerza en las zonas limítrofes que en el interior de cada país.

A medida que se fueron asentando y consolidando las políticas y las nuevas ideas sociales fueron tomando conciencia de las necesidades de mantener unas relaciones estables con sus vecinos, otros formulismos comenzaron a presentarse para mantener ese espíritu de compañerismo que debe primar en toda relación. Para ilustrar las fluctuantes relaciones colombo-venezolanas, vamos a realizar un paseo por la historia reciente.

Establecidos los gobiernos autónomos de cada país, lo primero que se definió o por lo menos, los primeros intentos fueron los relacionados con las delimitaciones de sus fronteras y en este sentido, Colombia no tuvo mayores tropiezos con su vecino a excepción de algunas áreas marinas que aún son tema de discusión en la región del caribe. De hecho, la frontera común, en esta zona del país, fue establecida y aceptada al tenor del Laudo Arbitral expedido por la Corona Española, en cabeza de la reina regente María Cristina, pues el rey Alfonso XIII, era menor de edad para entonces. En las secciones segunda, tercera y cuarta del citado Laudo están contenidas las que hoy podríamos llamar, las coordenadas que establecen los límites respectivos y cuyo litigio se sometió a la decisión de la antigua Madre Patria y determinadas definitivamente el día 16 de marzo de 1891, casi diez años después de la firma del Tratado de Caracas, mediante el cual se habían iniciado las conversaciones tendientes a la definición de la línea limítrofe común. Como un hecho anecdótico, en agradecimiento por los buenos oficios realizados por la Corona Española, el presidente Carlos Holguín, quien estaba al frente del gobierno de la República de Colombia, decidió obsequiarle el más importante hallazgo arqueológico del momento, el tesoro Quimbaya, un conjunto de piezas de orfebrería que había pertenecido al cacique indígena del mismo nombre, el cual fue descubierto por un grupo de antioqueños que emprendieron una migración hacia el sur, pocos días antes de la celebración del cuarto aniversario del Descubrimiento de América.

La tranquilidad que otorgaba el conocimiento de las fronteras fue propicia para el desarrollo de actividades comerciales y de intercambio. Con la construcción del Ferrocarril de Cúcuta y su correspondiente extensión hasta la población de Encontrados en Venezuela, para establecer allí la conexión con los barcos que iban y venían, por el Lago de Maracaibo y el río Catatumbo, la actividad comercial de importación y exportación, beneficiaba tanto a los colombianos de Cúcuta, como a los comerciantes del Táchira, pues, para cualquiera de estas actividades, la ruta más corta y por lo tanto, más económica era ésta. Sin embargo, la dicha no duró mucho, pues en 1897, el congreso de los Estados Unidos de Venezuela, mediante decreto legislativo, clausuró la aduana de San Antonio del Táchira, quedando de hecho, las importaciones de mercancías y sales, prohibida por la vía Cúcuta San Antonio; además, el decreto creaba unas exenciones y rebajas en los derechos arancelarios de las mercancías que se introdujeran al Táchira por la vía de Maracaibo. Como quien dice, se trataba de cerrar la puerta a todo aquello que viniera de Cúcuta, lo cual causó un daño tremendo al comercio de la ciudad, pues el fisco municipal tenía una fuente de ingresos considerable por concepto de los impuestos que el Concejo de Cúcuta había establecido sobre las mercancías en tránsito desde Maracaibo hasta el Táchira, por la vía de Puerto Villamizar. Todo indica que la norma expedida por el Congreso venezolano fue una retaliación por causa de los impuestos creados en Cúcuta sobre esta mercancía en tránsito.

A pesar de los inconvenientes generados por estas acciones centralistas, la frontera continuó su normal desenvolvimiento. Los gobiernos comenzaron a establecer consultas permanentes con parlamentarios y políticos de las regiones fronterizas que procuraran conciliar las diferencias, mientras que se fortalecía la economía subterránea cuando situaciones como la descrita se presenta. El aumento del contrabando era cada vez más visible y los poderes centrales no tenían las herramientas para combatirlo, todo lo cual generaba un desequilibrio que contravenía la economía regional en ambos lados. Los presidentes, Cipriano Castro en Venezuela y Marroquín en Colombia, ocupados en sus correspondientes problemas domésticos trataban de resolver, de la manera más ecuánime y justa, todos los inconvenientes generados por esta desagradable situación, que dicho sea de paso, no tenía la importancia de las demás dificultades, sin embargo, llevaban las circunstancias al punto de solución con la ayuda de países amigos, como lo fue en esta ocasión Chile con la intermediación del embajador de ese país, el señor Francisco José Herboso, quien como mediador logró ante la cancillería venezolana en Caracas que se reanudaran las relaciones de amistad y comercio entre las dos naciones.

Fue tal el impacto que generó la noticia en la ciudad que fueron declarados tres días cívicos. Lo primero que se hizo, en desarrollo del restablecimiento de las relaciones fue el nombramiento de los respectivos cónsules y con ello se logró a encauzar nuevamente la corriente comercial entre los dos países, lo cual traería como consecuencia una era de estable tranquilidad en las relaciones y un afianzamiento sincero y franco en esta nueva etapa del Tratado de Amistad Colombo Venezolano. Este Tratado se mantuvo inalterable por algunos años, mientras duró el gobierno del general Juan Vicente Gómez en Venezuela, toda vez que era oriundo de esta región, específicamente de San Antonio del Táchira, así que era conocedor como el que más de las particularidades de su terruño.




Recopilado por : Gastón Bermúdez V.

viernes, 22 de marzo de 2013

351.- EL BANQUERO


Rafael Canal Sorzano

En Cúcuta, en los años 20 al 40 se podía afirmar que la sola palabra de la gente tenía la validez de una escritura pública. Para la gente raizal del pueblo el cumplimiento de la palabra empeñada era un compromiso de honor ineludible.

Puedo asegurar que conocí multitud de personas que tenían como máximo orgullo asegurar que por nada del mundo faltarían a la palabra empeñada, así tuvieran que hacer increíbles sacrificios para cumplirla. Con el tiempo las cosas fueron cambiando. Lo primero que influyó en la mentalidad de la gente fue el hecho de que dos importantes fichas comunistas se establecieron en la ciudad, fundaron organizaciones y fueron inoculando en el pueblo el odio, la inconformidad y la crueldad.

Luego vino la explotación petrolera del Catatumbo, que causó, tanto en la zona de explotación como en Cúcuta, el establecimiento de una serie de comercios ilícitos y de la trata de blancas que desmoralizaron la ciudadanía. En Cúcuta se fue acrecentando el número de prostíbulos que en varias ocasiones las autoridades desplazaron a las afueras de la ciudad. Así se fundaron varios barrios, ya que al ser desplazados los prostíbulos, buscaron nuevos asentamientos, dejando como residencias las casas y locales de sus negocios iniciales.

Por último vino el auge comercial con Venezuela, y la ciudad se llenó de almacenes, restaurantes, hoteles, pensiones, ferreterías, agencias, discotecas, refugiados, prostíbulos, ladrones, traficantes, coqueros, marihuaneros y, también, putas y maricas.

El panorama humano tuvo un cambio de 360 grados y muchas de las familias tradicionales de la ciudad emigraron en busca de mejorar el nivel académico para sus hijos y un alejamiento de la degradación y el vicio: pero, como siempre sucede en estos casos, otras se resignaron a quedarse y luchar contra aquella ola nefasta, enclaustradas en sus principios, y a esperar que las cosas cambiaran.

A mediados de los años 50 fui elegido para fundar y gerenciar la sucursal de una importante entidad bancaria, y desempeñé el cargo de Gerente, por varios años. Fueron muchísimos los incidentes, unos graciosos y otros desagradables, relacionados con la profesión de banquero. Recuerdo especialmente dos:

Un buen día llegó a la ciudad un representante del Grace National Bank, de Nueva York, especialmente con el objeto de estrechar vínculos con algunos clientes, o en busca de ampliar su clientela. Coincidió esta visita con una reunión de la Seccional de la Asociación Bancaria local. Al tener noticia de la llegada del colega gringo, los directivos me comisionaron para invitarlo.

Estas reuniones se caracterizaban en aquella época por su informalidad. Se trataba de hacer un paréntesis a la dura disciplina bancaria, pasar un rato de esparcimiento acompañado de libaciones, amena charla y gran comilona.

En aquella ocasión alguno de los colegas propuso que cada uno de los asistentes contara un cuento o algún incidente gracioso, verídico, ocurrido en el desempeño de sus actividades bancarias. La idea fue bien acogida y fue así como procedimos por riguroso orden alfabético a contar nuestra anécdota.

Cuando le tocó el turno, el gringo relató en bastante buen castellano que, desempeñando el cargo de jefe del departamento de crédito, en las oficinas de la Casa Principal de Nueva York, se presentó una rubia despampanante a solicitar un préstamo por la cantidad de 20.000 dólares, con objeto de amoblar su apartamento, ofreciendo como garantía las partes más hermosas de su cuerpo.

La solicitud no era en ningún caso normal y nuestro amigo resolvió consultar con el gerente. Por la misma razón, pero teniendo en consideración lo original de la solicitud y lo todavía más original de la garantía, el gerente resolvió pasarla al Comité de Crédito y este a la Junta Directiva. La Junta resolvió aplazar la decisión hasta examinar la garantía ofrecida en la sesión de la semana siguiente, previa citación de la interesada. El día y la hora señalados se presentó la despampanante rubia con un vestido de seda brillante, ceñido al cuerpo, zapatillas de altos tacones dorados, zorro plateado al cuello y, con ademanes que trataban de imitar a Marilyn Monroe, desfiló coqueta ante los doce superserios de la Junta Directiva.

Inmediatamente el presidente del banco sometió a consideración el préstamo, que fue aprobado por unanimidad. Aquí pidió la palabra el soplón del Auditor General, para pedir que la rubia quedara en fideicomiso y que, desde luego, esta comisión se le confiara a él. En este momento se metió el diablo en el recinto y se formó una discusión sin precedentes, en la que todos pedían para sí aquel precioso derecho.

Cuando ya la cosa estaba tomando un cariz de franco desagrado y había más de un viejito con ganas de bronca, el presidente, agitando la campanilla, logró unos segundo de silencio y dijo con toda energía: “Calma, señores. Se está poniendo en peligro la estabilidad de la institución y nuestra continuidad como miembros de la Junta Directiva; para solucionar el impasse, propongo que una comisión compuesta por los tres caballeros de mayor edad de la Junta Directiva de los jubilados del banco, sea la encargada de cuidar a Miss Karol, con la obligación de enviarnos un informe semanal y un retrato de la señorita para comprobar su estado”. Para solucionar el problema todos aceptaron, menos un viejito que dijo furioso: “Mi jodieron. Mi querer nombrar miss Karol mi secreroom”.

Luego de celebrar el éxito del gringo, me tocó el turno y empecé por contar que en una ocasión, cuando llegué a mi despacho, encontré en la antesala a una mujer que me estaba esperando.

Después de atender al director de Cuentas Corrientes, con la probación o rechazo de cheques chimbos, le pedí a mi secretaria que hiciera seguir a la mujer.

Se trataba de una señora muy poco presentable, ayudante de una vieja que tenía una cocina en la plaza de mercado. Me explicó que la vieja le ofrecía en venta la cocina por la suma de mil pesos y que para ella era una buena oportunidad de negocio que conocía muy bien y así podría solucionar su problema económico. Me puse a pensar en lo que representaba para el monstruo que yo regentaba los mil pesos que me solicitaba aquella mujer y en lo que representaba para ella la realización de aquella operación, que era nada menos que la posibilidad de su liberación económica. Le pedí un fiador y sin más cuentos le aprobé el préstamo.

Al llegar al banco todas las mañanas tenía por costumbre pasar por todas las secciones y detenerme a conversar por un momento con cada uno de los empleados. Así fue que, casualmente, cada tres meses encontré a la mujer de mi cuento en el Departamento de Cartera, haciendo los abonos correspondientes. 

Al hacer el último, subió a la Gerencia y me pidió que la atendiera.

Cuando la hice seguir me mostró el documento cancelado, me contó que le había ido muy bien en el negocio, que había cumplido con las cuotas el mismo día del vencimiento, que no solamente había comprado la cocina que le ofrecían cuando hizo la solicitud, sino la vecina también. Que estaba muy agradecida conmigo y que cómo hacía para pagarme el favor.

Le manifesté que me sentía muy satisfecho de que el servicio que le había prestado el banco le hubiera proporcionado éxito en sus negocios, lo cual me causaba gran satisfacción. La mujer insistía en su agradecimiento y en que ella quería pagarme en alguna forma el servicio. Por último me dijo: “Mire seño, yo estoy tan agradecida con usted que quiero pagarle de alguna manera, pero me da pena decirle cómo”.

Ante tanta insistencia le contesté:” Si tanto se empeña, diga a ver qué se le ocurre”.

Y ella, haciendo un gran esfuerzo y medio sonrojada me dijo: ”Pues mire, Don Rafael, la única manera con que yo creo poderle pagar el servicio que usted me hizo, es teniendo un hijo de usted…”.




Recopilado por : Gastón Bermúdez V.