jueves, 28 de febrero de 2013

339.- EL CRIMEN MAS HORRENDO COMETIDO EN CUCUTA


Gerardo Raynaud

Ese fue el título otorgado por la prensa local a un episodio sucedido el 16 de marzo de 1946 en la capilla de Nuestra Señora del Carmen, anexa al hospital San Juan de Dios, en la época en la que el capellán era el conocido sacerdote costeño, padre Obeso quien después fuera protagonista de una odisea narrada ampliamente por el escritor cucuteño Beto Rodríguez.

Para la época en mención es necesario indicar que las narraciones, especialmente las judiciales que publicaban los periódicos de entonces, eran ricas en detalles, los cuales mostraban casi con exageración los pormenores de lo sucedido. Hoy se ha evolucionado en ese sentido y las crónicas tratan de ser menos impactantes, tratando de minimizar los efectos sensibles de la condición humana. Sin embargo, y tal vez pecando de exagerado, voy a apegarme a los relatos publicados, pidiendo a mis lectores mis excusas anticipadas en caso de herir susceptibilidades, especialmente en la descripción de los hechos, los cuales trataré de describir tan fielmente como lo fueron en su momento.

Posiblemente la causa del alboroto generado por este crimen, que tiene todas las connotaciones que encierra un homicidio pasional, más por el hecho mismo y las circunstancias que lo produjeron, está el sitio en el cual se protagonizó que fue como ya se dijo, la capilla anexa al hospital.

Un testigo, que aunque no alcanzó a ver el desarrollo de los hechos, estuvo presente en el momento en que terminaba el asunto, resultó ser un periodista del entonces diario Sagitario que venía de visitar un amigo enfermo y al ver la algarabía y el gentío que se agolpaba en una de las puertas laterales de la capilla, decidió investigar por su cuenta.

Como pudo se asomó entre la muchedumbre y al llegar contempló uno de los más horrendos espectáculos, una joven mujer, que según sus cálculos tendría algo más de veinte años aproximadamente, yacía tendida en medio de un charco de sangre, ya sin señales de vida, parcialmente cubierta con un saco de hombre, de paño y unos metros más allá, un hombre, herido en los brazos, de los cuales manaba sangre en cantidad; un grupo de Hermanitas de la caridad, de las que atienden las labores de la capilla y colaboran en las tareas del hospital, gritaban y gemían angustiadas y adoloridas y en la más cruel de la desesperación, recorrían el interior de la iglesia de un lado para el otro y cerca del altar una señora, de las asiduas asistentes, con los brazos en cruz gritaba, “aplaca Señor tu ira, tu justicia y tu rigor”, mientras que un viejo que se encontraba sentado a la moda masculina, contemplaba, con la cara entre las manos y con voz de bombardino exclamaba, “misericordia Señor”. En esas, de la calle entró, demudado y trémulo, desencajado y lívido, el padre Obeso, capellán de la iglesia, acompañado de un policía al que había llamado para que atendiera el caso. ¿Qué vamos a hacer ahora con esta iglesia en entredicho? ¡Fuego del cielo nos consuma! Decía a viva voz y una que otra le respondía, Amén. No había nadie que le informara lo sucedido, pues todo era confusión y llanto.

Más tarde, ya pasadas las nefastas consecuencias de la horrenda situación, se pudo reconstruir lo acontecido. Los protagonistas de la insólita tragedia que tanta gravedad revistió, especialmente por el sitio donde ocurrió, fueron Albertina López Medina quien murió en los hechos y su candidato a pareja sentimental, Carlos Julio Barajas.

Albertina era hija de Pascual López y Nubia Medina, tenía 23 años. Había trabajado como empleada en la panadería del Capitán Patrocinio Jaimes en el barrio El Callejón y últimamente laboraba como barnizadora de tapón en la ebanistería donde trabajaba Barajas. En los resultados de medicina legal, los legistas consignaron en su informe, que según los exámenes, la mujer estaba “tan pura, limpia e íntegra como cuando vino al mundo.” Los investigadores encontraron una carta de quien fuera su asesino y por la cual, se concluye que estaba o más bien, que estuvo enamorada de él, pues su contenido “es melifluo, fervoroso y lleno de ternuras”, pero al parecer, en los últimos días lo rechazaba, tal vez arrepentida de sus primeros arrebatos, al saber que tenía hijos y otras mujeres.

Por su parte, Carlos Julio Barajas, natural de Pamplona, carpintero de profesión, padre de tres pequeños con una muchacha llamada Teresa Jáuregui, era, según las crónicas, un hombre de 1.73 m. de facciones toscas, sin ningún atractivo físico pero afortunado en amores, pues algunas hazañas al respecto eran de conocimiento público por parte de sus amistades.

El crimen pasional cometido por este último, al parecer sugestionado por la belleza y hermosura de Albertina y por la honestidad y la promesa de ventura y felicidad que ella ofrecía y por la cual ardía en deseos de casarse con ella. No se sabe cómo la convenció para que se encontraran en la capilla del Carmen, el hecho fue que llegaron allí juntos; las Hermanitas los oyeron discutir y vieron cuando el hombre salió a la calle por la calle trece a quemar unos papeles, entre ellos su cédula. Luego regresó al templo, en las bancas del centro donde se hallaba Albertina, de pie y le echó el brazo izquierdo sobre sus hombros, mientras que en la mano derecha empuñaba un formón (herramienta usada para tallar madera) con el cual la ultimó. La muchacha opuso resistencia y luchó hasta el final; los pocos asistentes sintieron los ruidos de la lucha y vieron cuando esquivaba los golpes de la herramienta, sin embargo, ya en el suelo, desvalida y sin defensa, su asesino le propinó diez heridas, todas letales y que le producirían la muerte.

El criminal fue aprehendido y llevado a juicio tres años más tarde. El Juzgado Primero Superior lo halló culpable y sentenciado a purgar su condena en la cárcel Modelo de la ciudad de Cúcuta.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

martes, 26 de febrero de 2013

338.- CAPILLA DEL CARMEN


Portal historianortesantandereana.com/Miguel Palacios






La capilla del Carmen está situada frente al parque Colón en la esquina de la avenida 2ª con calle 13. Reconocido como el templo católico más antiguo que se conserva en Cúcuta y una de las pocas construcciones del siglo XIX, que se mantienen funcionando.

Su bastión frontal de grosor descomunal es sin lugar a dudas el único resto que quedó en pie después de la terrible destrucción de Cúcuta el 18 de mayo de 1875 y que se conserva en la ciudad.

Esto es referido por el viejo cucuteño Julio Pérez Ferrero en sus Conversaciones Familiares, 2ª Edición, Editorial San Juan Eudes, Usaquén 1950, páginas 31 y 32 al decir: “La iglesia San Juan de Dios, situada en la esquina norte occidental (sic) del hospital de hoy, tiene para nosotros recuerdos gratísimos, allí fuimos bautizados y oíamos la misa en los días de precepto”.

Continua “cómo hacíamos sonar las campanas de ese templo cuando siendo muchachos, se nos encomendaba el cargo por el sacristán don Antonio Angel. Declaramos con verdad que todas las demás nos han sonado diferente y de modo menos grato. Ah! El sonido de aquellas era inconfundible; de modo tal que la distancia cuando vivíamos fuera de la tiurruca, no apagaba su dulce eco en nuestros oídos”.

Luego en un artículo titulado “El 18 de mayo de 1875” del mismo escritor Pérez Ferrero, publicado en el libro “El Terremoto de Cúcuta” del cual fue compilador el historiador Luis Febres Cordero, Editorial Minerva, Bogotá, 1926, pagina 367 dice nuevamente: “De nuestra hermosa ciudad no quedó en pie sino un bastión del templo San Juan de Dios”.
 
 
Capilla de San Juan de Dios en 1874
 
Ese bastión es nada menos que el muro frontal de la iglesia referida y para corroborar mas la fidelidad de esos informes de Pérez Ferrero, la fotografía del templo publicada en la página 93 del precitado libro “El Terremoto de Cúcuta”, tomada antes del suceso por el fotógrafo italiano Vicente Pacini, tiene una leyenda en agradecimiento del editor que figura en la nota (1) de la pagina 43, al decir que la recibió del viejo cucuteño “General José Agustín Berti, testigo ocular de la catástrofe, que recuerda con absoluta precisión la topografía de Cúcuta anterior al 75” quien dijo: “Iglesia San Juan de Dios, en la plazuela del mismo nombre, hoy iglesia del Carmen, quedaba contigua al Hospital de Caridad, como actualmente, pero a la esquina norte de la cuadra”.

Confrontada esa fotografía con fotos de toma posterior y aun reciente, se aprecia en ellas la sorprendente exactitud del referido frontis.

Una placa colocada en la puerta principal dice que la capilla fue terminada en 1886 siendo cura rector el sacerdote Marcos Hernández, pareciera confundir a algunos historiadores, pero realmente se refiere a la reconstrucción de la parte trasera caída y que se hizo evidente conservando el célebre y antiguo bastión que quedó en pie.

En 1863, el ingeniero venezolano José Miguel Crespo, elaboró un plano de la ciudad y en una descripción sobre ella dijo: Con aproximadamente 8000 almas y una temperatura promedio de 22`C, la villa de San José tiene 3 iglesias, la matriz (en construcción), la de San Juan de Dios y la capilla de San Antonio. Para esa época la capilla estaba construida en la esquina que actualmente está demarcada por la avenida segunda con calle doce.

En 1880, cinco años después del terremoto, el párroco de San José, Domingo Antonio Mateus, fundó la Cofradía de Las Almas del Purgatorio, la cual le propuso construir una capilla a la virgen del Carmen. El sacerdote José María Camargo autorizado por monseñor Ignacio Parra obispo de Pamplona, recogió entre los vecinos $500 y con ello adquirió el lote contiguo al hospital, en la esquina de la calle 13 con avenida 2, donde fue construida. El gremio de alfareros que además de la mano de obra donó cal, ladrillos y teja, y el grupo de cortadores de madera de la línea del Ferrocarril de Cúcuta que donó todas las vigas para la construcción del techo, fueron los dos gremios que más apoyaron la obra y que para finales de 1886 ya la tenían terminada. El 16 de julio de 1887 a solicitud del pueblo cucuteño, el padre Justo Pastor Arias, párroco de la vecina población de Ureña al momento, celebró la misa con la que se inauguró la capilla. En el interior de la capilla hay una placa en mármol que recuerda la fecha.

El 30 de junio de 1919, al morir el padre Justo Pastor Arias, quien por varios años había ejercido como capellán del hospital dejó en su testamento la voluntad de que al morir, “me extraigan el corazón, lo disequen y lo guarden en la sacristía, como testimonio de mi inmenso amor por Cúcuta y por esta capilla”.

En la década de los 80’s la capilla había entrado en franco deterioro pero fue restaurada por la Fundación Niño Huerfanito, que era presidida por el abogado Mario Vásquez Rodríguez. Actualmente luce remozada y esbelta, y es apreciada por los cucuteños que la tienen entre las construcciones que integran el patrimonio arquitectónico de los nortesantandereanos. Eclesiásticamente forma parte de la Catedral de San José.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

sábado, 23 de febrero de 2013

337.- LA RUMBA DE PASCUA DE ENTONCES


Gustavo Gómez Ardila

Nazareno con matraca

Había que esperar hasta las 12 de la noche del Sábado Santo, para volver a escuchar música, suspendida en la radio desde el Jueves Santo, lo mismo que los repiques de campanas en las iglesias y cualquier otra manifestación de alegría.

El mundo estaba triste. El jueves aprehendían a Jesús y debíamos solidarizarnos con él, visitando monumentos y orando por su agonía en el Huerto. El viernes le daban muerte, en la más cruel infamia de todos los tiempos, y los creyentes debíamos llevar luto en el cuerpo y en el alma. En lo posible debíamos vestir prendas blancas u oscuras, y las muchachas debían abstenerse de llevar blusas de colorines. Les eran prohibidos los escotes y la falda arriba de la rodilla.

Para llamar a los fieles a las ceremonias religiosas, durante los días santos, se usaban  matracas en lugar de campanas. Las imágenes de los santos en los templos estaban cubiertos con velos morados.

Los nazarenos, con túnica larga y un capirote que les cubría la cara y la cabeza, se tomaban los templos y las calles, imponiendo disciplina de creyentes e invitando a la oración y el sacrificio.

Para los muchachos de entonces, las procesiones eran la única distracción de aquellos días y en ellas encontrábamos el pretexto preciso para acercarnos a la novia o a la amiguita, sin que la suegra se interpusiera.

El jueves acompañábamos el ‘paso’ de la Oración en el huerto, seguidos de otras ‘andas’: San Pedro con el manojo de llaves; san Juan, de bigotico incipiente y una pinta hasta rara; la Verónica con su paño sagrado y la Magdalena con su jarrita de agua y los perfumes, y Jesús, atado a una columna, y el Ecce homo, y detrás, cerrando aquel desfile de tristeza, la Dolorosa.

El sábado era día de luto y de silencio. Los curas nos invitaban a solidarizarnos con la soledad y la infinita tristeza de María. Hablábamos en voz baja, casi que a señas. Pero casi que a señas, los muchachos nos dábamos nuestras mañas para organizar la rumba con la cual celebraríamos, a partir del canto de gloria, la resurrección del Señor.

Era el triunfo de la vida sobre la muerte, decían en las iglesias, y nosotros decíamos que era el triunfo de la fiesta y el coqueteo y el rebusque de novia y el amacice, sobre la prohibición de pasarla sabroso en esos días de vacaciones silenciosas.

El gloria de Resurrección lo cantaban a la media noche en las iglesias, y de inmediato venían la polvorada, los repiques de campanas, los abrazos de “felices pascuas”, la risa, el hablar recio, la alegría, la música en la radio. Desde el canto de gloria se formaba el despiporre.

A partir de ese momento, armábamos la fiesta en la casa de alguna de las muchachas del parche. Allí nos desquitábamos, durante unas cuantas horas, del sacrificio impuesto durante los días anteriores.

 Lo más sabroso de la Semana Mayor era la fiesta de Resurrección. En eso también estábamos de acuerdo con la Iglesia.

Todo aquello fue antes del Concilio Vaticano Segundo. Para bien o para mal, las costumbres se suavizaron, se acabaron el ayuno y la abstinencia, ya no hay matracas ni campanas, las imágenes se acabaron, los santos se mermaron, y la Semana Santa, en muchas partes, se volvió una semana de fiesta, parranda y jartadera. Ahora pienso que en ciertas cosas se le fue la mano al Concilio. Ahora no hay necesidad de esperar al Sábado de gloria, para armar la rumba después de la media noche. La Semana Santa, para la gente joven de hoy, y para muchos viejos, es una sola gozadera.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

jueves, 21 de febrero de 2013

336.- NUESTROS PARADIGMAS


Sergio Entrena López





Cúcuta ha existido – y lo estará siempre-  en el mismo lugar donde ahora se encuentra desde el 17 de Junio de 1733, (es decir, cumplirá 279 años de fundada por Juana Rangel de Cuéllar, una de las razones por la cual prima entre nosotros el matriarcado). Lo malo es que siempre lamentamos la supuesta dependencia de nuestra economía regional a la de Venezuela y que nos convierte en ciudad vulnerable, por no contar con vida económica y mercado propios, al depender de las decisiones del gobierno venezolano y del comprador vecino. 

Seguramente es una tara mental que tenemos los cucuteños que, con 279 años de vivir en el mismo sitio, en la misma frontera colombo-venezolana y a pesar de que existe la memoria colectiva y la historia regional como para que se transmitan de generación en generación, siquiera por tradición oral, lo que significa vivir en y de nuestra ciudad, aún no hemos aprendido las lecciones que a diario nos brinda la vida y seguimos lamentando que nuestra ubicación geográfica es una desventaja,  cuando debemos considerarla una oportunidad y que no es un problema, sino una enorme ventaja.

Son numerosos los casos que a través del tiempo  demuestran la visión, civismo y empuje que demuestran la capacidad de emprendimiento de los habitantes de Cúcuta.  

En Cúcuta se inauguró en 1874 el primer telégrafo en el país y su primer telegrafista fue Benjamín Herrera (atendió cuando ocurrió el terremoto de la ciudad en 1875) y después fue General y dirigente político.  La primera planta telefónica fue traída a la ciudad en 1892 por los hermanos Concepción y Luis Méndez, quienes en 1907 la vendieron a José Polanco.  Desde el 31 de marzo de 1897, el municipio contrató con Augusto Duplat Agostini el alumbrado público de la población por medio de la electricidad y se instalaron 400 bombillas en calles y parques, convirtiéndose en pionero en el país. La ciudad tuvo el primer ferrocarril de Colombia y fue la locomotora “Cúcuta” la primera en llegar el 6 de febrero de 1887 y el trayecto Cúcuta- Puerto Villamizar se inauguró el 30 de Junio de 1888.  Dicen que el primer telar en Colombia lo tuvo en Cúcuta don Pedro Felipe Lara y luego fue comprado por Coltejer e instalado en Medellín.

Nuestros problemas actuales radican en nosotros mismos.  El problema es la gente, somos los mismos cucuteños y quienes, provenientes de otras regiones se han establecido aquí, con todo su derecho a hacerlo, como ha sucedido con muchos de nosotros que, por respetables y válidas razones, nos hemos establecido en distintas ciudades del país y del mundo.  Nos ha faltado visión para pensar y actuar siempre en grande y proyectarnos con decisión al futuro.
 
 Así mismo, hemos carecido de verdaderos líderes que motiven y logren la acción unificada hacia el logro de objetivos comunes.

El dilema que siempre debemos solucionar los cucuteños es saber actuar y jugar con éxito entre las economías de Colombia y Venezuela, aprovechando nuestra privilegiada ubicación geopolítica para beneficiarnos de las condiciones cambiantes y siempre dinámicas de ambos mercados, de las cuales depende nuestra vigencia en la vida económica del país.

Nuestro principal limitante somos nosotros mismos. Es un problema mental, de actitud positiva y confianza en nuestras propias capacidades.
 
 Aparentemente en la ciudad triunfa más rápido y obtiene el éxito y el reconocimiento social  a quien proviene de otras ciudades, que el cucuteño raizal, pues dizque se le facilita su actividad al establecerse en la ciudad cuando es el resultado de sus capacidades, recursos y esfuerzo constante, inclusive de toda su familia, en función de un solo objetivo común.  Forma parte de la idiosincrasia local. Nosotros mismos creamos nuestras propias limitaciones.
 
Es un problema de paradigmas.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.


martes, 19 de febrero de 2013

335.- CATEDRAL SAN JOSE: HISTORIA Y SUS ELEMENTOS RELIGIOSOS


Miguel Palacios


Antigua iglesia de San José. 1874


Conozca paso a paso la historia de cómo se construyó esta Catedral que hoy hace parte de los monumentos arquitectónicos importantes de la ciudad. Además se realiza  un recorrido por la Catedral conociendo uno a uno los monumentos que adornan este recinto de los cristianos.

-En 1602, el corregidor de Tunja, don Antonio Beltrán de Guevara a cuya jurisdicción pertenecía el Pueblo de Cúcuta (hoy barrio San Luis), acordó que se establecieran dos doctrinas, la de Cúcuta y la de Capacho.

-En las primeras del siglo XVI, algunos terratenientes, hacendados, estancieros y muchos campesinos decidieron  tramitar el otorgamiento de la licencia para erigir una parroquia y así separarse del pueblo de Indios de Cúcuta.

-Doña Juana Rangel de Cuellar donó el 17 de junio de 1733, media estancia de ganado mayor en el sitio de Tonchalá, que tenía un valor de 50 patacones, requisito indispensable para anexar a la solicitud de erección de la parroquia.

-Presentada y sustentada la solicitud el 13 de noviembre de 1734, Antonio Claudio Alvarez de Quiñones, ´erigió´ en parroquia y nuevo beneficio eclesiástico a San José de Guasimal en el valle de Cúcuta.

-Juan Jacinto Colmenares y Francisco de Rangel, junto con Juana Rangel de Cuellar, fueron los mayores  financiadores de la construcción del primer templo que fue muy modesto y en donde se realizó la primera eucaristía el primero de marzo de 1734, oficiada por el sacerdote Diego Antonio Ramírez de Roja, primer párroco de San José.

-En 1863, José Miguel Crespo elaboró un plano topográfico de San José de Cúcuta y lo presentó al ayuntamiento. En el informe entregado hay una interesante descripción de la ciudad, en la que comenta: ¨Contaba con tres iglesias, la matriz (en construcción), la de San Juan de Dios y la capilla de San Antonio.

-Los constructores del primer templo fueron los ingenieros bogotanos Pascual Pinzón y Gregorio Peña, y como mayordomo actuó Antonio Angel que también se desempeñaba en el cargo de sacristán de la capilla del hospital. El estilo de las torres de ese templo le dio un aspecto castrense, que con el pasar de los años fue destruido por el terremoto del 18 de mayo de 1875.

-El 12 de mayo de 1889 los cucuteños asistieron entusiasmados al acto de  colocación de la primera piedra  de la nueva iglesia. Cerca de  50 hombres la trajeron sobre hombros desde San Antonio del Táchira (Venezuela) y fue labrada por el presbítero español Lucio Martínez.

-Pero fue el sacerdote Demetrio Mendoza quien en 1905 asumió con entereza los trabajos de construcción del nuevo templo de San José. En la Semana Santa de 1924, Adela Fontana de Abbo, esposa de Tito Abbo obsequió unas bellas y artísticas vía crucis en alto relieve traídas de Italia. En tiempos de monseñor Pedro Rubiano Sáenz, él las envió a Gramalote y allí sufrieron traumatismos con la catástrofe del 17 de diciembre de 2010.




-El 15 de mayo de 1939 fue designado párroco de San José el presbítero Daniel Jordán Contreras, a quien se le atribuye la tarea de terminar la obra, adecuarla y decorarla como siempre lo deseó,   ¨…que Cúcuta  fuera sede episcopal¨.

-El 18 de mayo de 1950, al cumplirse 75 años del terremoto de Cúcuta, la imagen de Nuestra Señora de Cúcuta fue coronada y se dispuso que el último domingo de mayo fuera la fiesta patronal. La imagen religiosa que quedó incólume del terremoto de 1875, es una linda talla de estilo quiteño que está ubicada en un lateral del altar mayor.

-La bula pontificia Ecclesiarum Omnium del 29 de mayo de 1956, del Papa Pio XII que creó la diócesis de Cúcuta , erigió en catedral el templo  de San José. 

-La catedral de San José fue declarada Patrimonio Cultural y Arquitectónico de los nortesantandereanos  y es referente religioso para propios y turistas quienes a diario la visitan, atraídos por la suntuosidad  y ambiente religioso que hay en su interior. Actualmente, el sacerdote Carlos Simón Pabón ejerce como párroco.

-La catedral San José, ubicada en el centro de la ciudad, tiene un amplio rango de elementos de interés religioso que atrae la atención de turistas y creyentes por igual:


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1-Al inicio de las naves laterales, parte superior, están ubicados dos óleos que muestran momentos significativos en la vida del santo patrono : el bautizo y la muerte.

2-La nave principal de la catedral, compuesta por 16 columnas de estilo romano, que en la parte superior tiene unos capiteles dóricos, puede albergar gran número de creyentes.

3-Entre la nave principal y los laterales, hay un espacio en el cual están ubicados diferentes vitrales traídos desde Roma por el sacerdote Daniel Jordán.

4-Una de las partes que muchos de los creyentes visitan es el confesionario. En la catedral San José hay cuatro antiguos, en madera tallada.

5-A cada lado del Altar Mayor hay dos capillas, una dedicada a San José (izquierda), y la otra al Santísimo (derecha).

6-A un costado de la capilla dedicada al Santísimo  hay un moderno confesionario, que está dotado de aire acondicionado y dos sillas confortables para que el sacramento de la confesión se desarrolle según los cánones modernos de la iglesia.

7-En la capilla lateral derecha, dedicada al Santo patrono, están los restos mortales de los tres obispos de la Diócesis de Cúcuta, que han fallecido hasta la fecha.

8-A un costado del Altar Mayor está el Baptisterio, lugar donde se oficia el sacramento del Bautismo. Está tallado en mármol y fue traído de Roma.

9-Desde el Altar Mayor se puede apreciar el aspecto interior de la cúpula principal de la catedral. En ella se observa la entrada de San José al cielo, a su alrededor varios vitrales y cuatro pechinas que representan momentos trascendentales en la vida del Santo.

10-El Altar Mayor de la Catedral es uno de los elementos de gran riqueza artística. Fue traído desde Roma, y llegó a la ciudad por la vía de Maracaibo, gracias a las posibilidades de comunicación que para la época ofrecía el Ferrocarril de Cúcuta.

11-En la sacristía hay un curioso elemento llamado Piscina Sagrada que no es mas que el lugar donde los sacerdotes se lavan las manos en preparación para la Eucaristía.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

domingo, 17 de febrero de 2013

334.- LAS ¨CASITAS¨ DE AYER III


PARTE III/III

Gerardo Raynaud


Casa residencial de la familia Vargas, en la Avenida 1a con calle 18, hoy Clínica Norte. En el terreno del frente, desde donde se tomó esta fotografía, construiría posteriormente su residencia Agripino López Lucas.


A medida que fue transcurriendo el siglo 20, la ciudad comenzó a invertir la polaridad de su desarrollo inmobiliario. La zona que antaño fuese desdeñada para extenderse comenzó a mostrar cierto interés. Las tierras ubicadas al sur, apenas empezaron a adquirir importancia. Los profesionales y la gente pudiente veían buenas oportunidades, así como las instituciones educativas, en las tierras colindantes con el rio, las que a su vez, constituían la puerta de entrada a la ciudad. Abandonada la aventura de la línea sur del Ferrocarril de Cúcuta, la cual alcanzó a llegar hasta El Diamante, en la actual vía a Pamplona y garantizada la seguridad de la rivera izquierda del Pamplonita, con la construcción de una incipiente pero robusta muralla protectora, los terrenos adyacentes comenzaron a ganar atractivo, desde el Barrio Blanco pasando por las tierras en las que posteriormente se construyera el Barrio Colsag, cuando las petroleras comenzaron su fase de explotación, hasta el muy conocido corregimiento de El Salado, lo que permitió, a mediados del siglo, el desarrollo de la zona de tolerancia, diría yo, más famosa del mundo de esa época, tanto así, que recuerdo varias películas, especialmente venezolanas, en las que se hace mención, a veces de manera positiva y otras no tanto, de este lugar.

El hecho es que, pasada la primera mitad de la centuria, las construcciones se fueron haciendo más espaciosas y lujosas, al sur y al suroriente del centro de la ciudad. Atrás fueron quedando las lujosas viviendas aledañas al parque principal, de las cuales mencionaré sólo dos; la de don Nicolás Colmenares, que presumo fue construida más por la comodidad que le ofrecía la cercanía al negocio, que por cualquiera otra razón, pues quedaba a escasas dos cuadras de su almacén. La avenida sexta era la dirección que tenían ambos sitios, la casa, entre las calles 14 y 15 y el negocio, entre las calles 12 y 13. La segunda residencia, ésta situada en el otro extremo, era la de don Asiz Abrahim, que fue construida frente al que sería el Colegio La Salle, en la confluencia de la Avenida Cero con Diagonal Santander, cuando estas dos aún no estaban construidas y menos pavimentadas.

A medida que se fueron presentando y construyendo los servicios públicos básicos, especialmente el de acueducto y más tarde, el alcantarillado, familias enteras comenzaron a migrar hacia los nuevos barrios. Comerciantes y profesionales fueron los primeros pobladores de las nuevas ubicaciones. Las grandes residencias de entonces, comenzaron a llenar los espacios y lotes al sur de donde construyeron, cien años antes, los negociantes alemanes de la Quinta Teresa y la Quinta Steinworth, comprada años después por el señor Cogollo, quien le puso su nombre con la que hoy se conoce. Tal vez, el primero de quienes construyeron en esa zona al sur, fue el ingeniero Fernando Seguin. Su casa, diseñada y construida por él mismo, a pesar de ser ingeniero de ferrocarriles, estaba localizada en la calle 18 entre avenidas segunda y tercera. Fernando Seguin, fue el ingeniero encargado del trazado y construcción de la línea sur del Ferrocarril de Cúcuta, hasta que el gobierno decidió suspenderla.

Luego comenzaron a poblar los alrededores, Luis Alberto Contreras y Sixto Jaramillo a una cuadra de allí, posteriormente fue construido el Colegio Santa Teresa. Comerciantes reconocidos, como Juan Ríos y Julio Alvarado se constituyeron vecinos del colegio. Mientras tanto, por la avenida primera, otros comerciantes y profesionales, no menos importantes fueron asentándose. En la esquina de la calle diecisiete, don Salvador Saieh, comerciante de la calle doce con séptima, quien construyera años más tarde, el hotel San Jorge, era a la vez propietario de la ferretería más importante del momento, El Gallo de Oro. En la esquina siguiente, se construyeron, casi simultáneamente, dos grandes residencias; la de Agripino López Lucas, una construcción de una planta con jardines interiores muy lujosa y al frente, en la esquina suroriental de la  calle 18, estaba la casa de habitación de la familia Vargas, donde hoy queda la Clínica Norte. Unos metros más allá, construyó su casa de habitación el ingeniero químico Luis Francisco Peña, a quien le decían Peñita, más por cariño que por su baja estatura. Esta última, tenía la característica de ser una vivienda con muchas habitaciones, pues Peñita y su señora, no eran propiamente apasionados del control de la natalidad, así que requerían de espacio suficiente para albergar toda su prole. Peñita era el ingeniero de la Licorera del Norte de Santander y además, catedrático de química de los colegios más importantes de la ciudad, entre ellos el Sagrado Corazón de Jesús. Lo recuerdo desde esa época, ya que fue mi profesor y posteriormente, cuando la ELNS lanzó al mercado su famoso aguardiente “Barbatusca” del cual fue su inventor, un día cualquiera tuvo a bien, obsequiarnos una caja del licor para departir en un viaje que hiciéramos, un grupo de cucuteños, a tierras aztecas. Con orgullo le dábamos a probar a los mexicanos nuestro aguardiente y ellos, acostumbrados a su tequila, nos decían que “ese es el traguito que le damos aquí a los niños”. Siguiendo por el mismo lugar, una cuadra arriba, en la diecinueve con primera, construiría más tarde, uno de los hijos de Pedro Felipe Lara, quien tengo entendido, había adquirido un globo de terreno por esos contornos.


Casa residencial de Juan Tomás Sayago, en la Avenida Gran Colombia.


Ya para terminar, no puedo dejar de mencionar una de las viviendas de mayor lujo de la ciudad que, aunque no se construyó en el sitio que venimos narrando, se constituyó en una de las más hermosas, me refiero a la mansión construida por don Juan Tomás Sayago. Habíamos dicho al comenzar esta crónica, que las tierras al oriente de la ciudad, donde antes existían extensas haciendas ganaderas, también comenzaron a ser desalojadas para dar paso a la urbanización, especialmente por donde había las facilidades de acceso que brindaba la antigua ruta del ferrocarril a la frontera, a su vez, paso para dirigirse al que fuera llamado, en la colonia “Pueblo de Indios,” a partir del cual se concibió la idea de fundar una parroquia que se llamaría, con el tiempo, San José de Guasimal y finalmente, Cúcuta.

En esa suntuosa mansión funciona hoy la casa de funerales y servicios exequiales Los Olivos, perteneciente  al grupo empresarial Coomeva. Esa casa, al igual que casi todas las mencionadas en estas crónicas, pocas adecuaciones fueron requeridas para ofrecer los servicios que hoy prestan, lo cual nos da una idea de las dimensiones con las que se construía en el pasado.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.