lunes, 30 de abril de 2012

165.- EL ALMACEN TIA


Gerardo Raynaud D.


Cúcuta ha exhibido su tradición mercantilista y su vocación comercial. Desde tiempos inmemoriales, esto es, desde antes de la llegada de los conquistadores, los indígenas que poblaban esta región intercambiaban sus productos con aquellos que habitaban las zonas ribereñas aledañas al gran lago de Coquivacoa. Desde mantas tejidas, plantas medicinales y alimentos como la quina y el cacao eran intercambiados por sal y productos propios de la región.

 Los nativos del llamado Pueblo de Cúcuta, en la zona que hoy conocemos como el barrio San Luis y quienes fueron los primeros pobladores, mantenían una estrecha relación con sus pares de las zonas altas de la cordillera que se introducía en el territorio de la Capitanía General de Venezuela, de ahí que no sea de extrañar las vinculaciones de parentesco entre los integrantes de la población de este reducto fronterizo.

 Erigida la ciudad por el noble gesto de doña Juana, la prosperidad no se hizo esperar y en pocos años de pueblo se pasó a villa y luego, con la ayuda de la naturaleza, se pasó a ciudad. Su condición de “cruce de caminos” entre Caracas, Maracaibo y Santafé contribuyó especialmente a este desarrollo. Sabemos que se establecieron grandes casas de comercio europeas, principalmente italianas y alemanas atendiendo las facilidades de la vía marítima Hamburgo Maracaibo y de allí a la capital del Virreinato pasando por los principales poblados  de la época como lo eran Pamplona, El Socorro y Tunja antes de llegar a Santafé. 

El hecho es que en todo ese trayecto, los extranjeros fueron creando oficinas y sucursales de sus empresas una vez consolidaban su mercado. Las grandes distribuidoras tenían sus sedes en las cuatro esquinas del Parque Santander y en sus alrededores disputándose su clientela a punta de promociones y de calidad de sus productos, nada diferente de lo que ocurre hoy en día. Claro que el principal negocio no consistía en la venta de las mercaderías sino en la compra de los productos de exportación como lo eran, al principio, el cacao y la quina y posteriormente tabaco y café.

 Siempre tuve la inquietud por saber la razón de la desaparición de tan prósperos negocios hasta que descubrí que el motivo principal había sido consecuencia de las guerras mundiales. 

Estos antecedentes para ambientar el impulso que sufrió el comercio local luego de la desaparición de las casas comerciales extranjeras. Terminada la segunda gran guerra, la escasez era la nota predominante. El único gran almacén existente en la ciudad durante los años cincuenta era Tito Abbo Jr. en la esquina de la avenida quinta con calle doce que logró sobrevivir las severidades de la guerra pero que se quedó sin qué vender, pues la Europa de donde provenían sus mercancías había quedado destruida y por lo tanto, condenado a cerrar por sustracción de materia.

El país, que a pesar de haber declarado la guerra a las naciones del eje, estaba iniciando una etapa de holgura y las empresas comenzaron a expandirse por todo el territorio nacional y Cúcuta constituía un atractivo especial por su vecindad con Venezuela, por su gran potencial a raíz de sus recientes descubrimientos petroleros.

Los almacenes de Luis Eduardo Yepes “LEY” fueron los primeros en detectar esa oportunidad y adquirieron las instalaciones de Tito Abbo Jr. e implementaron su conocido almacén. Por esa misma época, unos reconocidos comerciantes, al parecer con la colaboración de inversionistas de origen judío, copiaron literalmente el esquema de localización y se constituyeron en su principal competencia. Aunque el modelo de organización comercial era complemente diferente, las dos empresas compartían los lugares comunes en ciudades como Bogotá, Cali, Bucaramanga, entre otras y por eso no tardaron en poner sus ojos en Cúcuta. 

Ya instalado el LEY, se inició la negociación con los señores Buenahora, propietarios del inmueble ubicado justo enfrente de su competencia y vecinos de otro gran almacén de entonces, el LECS especializado en vestuario y complementario a los productos que ofrecería.

La construcción se hizo en tiempo récord, pues para finales del primer semestre de 1967 el almacén TIA estaba construido y listo para entregarlo al servicio de cucuteños y venezolanos.

Así, el viernes 30 de junio de 1967 se inauguró oficialmente el almacén TIA Cúcuta. En ceremonia que congregó a las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, cortó la cinta inaugural uno de los propietarios, el señor Tomás Steuer. El local fue bendecido por el párroco de la catedral el infaltable R.P. Daniel Jordán.

El discurso de apertura corrió por cuenta del asesor jurídico de la compañía Dr. Enrique Arrázola.

 Entre los principales invitados estaban el gobernador Gustavo Lozano Cárdenas y el Alcalde Eustorgio Colmenares quienes con los demás asistentes degustaron la copa de champaña que había sido destinada para el efecto, mientras recorrían las 32 secciones en que se había dividido el almacén para exhibir los miles de artículos, ofertas espectaculares y todos los artículos de primera necesidad, que según rezaba la propaganda, estaban a precio de costo. 

El recorrido terminaba en la maravillosa lonchería, al fondo del almacén, donde los participantes del evento se habían congregado para escuchar las explicaciones de los administradores del local. En este caso, como en los muchos y frecuentes que ocurren en nuestra ciudad, fue nombrado gerente del almacén el señor Óscar Gómez quien fue trasladado del almacén de la ciudad de Bucaramanga. El slogan del almacén era “TIA Ltda. el popular entre los populares”.

Algunos años más tarde y aprovechando la gran afluencia de compradores venezolanos, del segmento de la población de más bajo poder adquisitivo, de aquellos que vienen en “carrito” y que llegan o más bien, llegaban a la Central de Transportes y disfrutando de los beneficios de la alta cotización del bolívar, dentro de su política de bajos precios o precios populares, almacén TIA Ltda. abrió un nuevo establecimiento en los alrededores de la Central, en la esquina de la calle segunda con avenida séptima, que duró muy poco tiempo y si no me falla la memoria fue hasta la siguiente gran crisis de 1983 época después de la cual cerró definitivamente sus puertas.



Recopilado por : Gastón Bermúdez V.




domingo, 29 de abril de 2012

164.- EL SEMINARIO MENOR DE CUCUTA


Gerardo Raynaud


Inicio del seminario

Desde el mismo momento de la creación de la diócesis de Cúcuta y según lo estipulaba la misma Bula del papa Pío XII, en la que el pontífice había determinado, “queremos que el obispo de Cúcuta funde lo más pronto posible un seminario menor, según las normas establecidas por el derecho canónico”, uno de los objetivos que se propuso el nuevo obispo, Luis Pérez Hernández fue impulsar las vocaciones, sin embargo, su trabajo apostólico no le alcanzó para dar inicio a las actividades materiales y le cupo el honor a su sucesor, el excelso obispo Pablo Correa León,  quien realizó la bendición de la primera piedra del que posteriormente sería el Seminario Menor de Cúcuta, el 29 de agosto de 1961. 

Ambos prelados siguieron las instrucciones consignadas en el canon 1534 del catolicismo en el que se lee que “todas las diócesis deben tener en un lugar conveniente, escogido por el obispo, su seminario o colegio en el cual, conforme a las posibilidades y amplitud de la diócesis, se forme cierto número de jóvenes para el estado clerical.”

Luego de cinco años, durante los cuales se fueron realizando los estudios y ajustes necesarios para obtener las autorizaciones correspondientes y con ocasión de la celebración de los primeros diez años de la fundación de la diócesis, el 26 de mayo de 1966 se inauguró, con toda la solemnidad y la pompa que caracteriza a la iglesia católica, el Seminario Diocesano, rodeado por todo su clero, por los benefactores del seminario, los alumnos acompañados de sus padres y de los excelentísimos señores, arzobispo de Nueva Pamplona y obispos de Bucaramanga, Barranca, Ocaña y San Cristóbal y el señor prelado Nullius  del Catatumbo.

Este último, para mayor conocimiento de mis lectores, es un cargo similar al del obispo, a cargo de un territorio, no establecido como diócesis, en el cual realiza todo lo que es jurisdicción de un obispo, excepto lo propio del orden episcopal. Fue convertida en la diócesis de Tibú, en 1998 por el papa Juan Pablo II, doce años después que esta región fuese elevada a la condición de municipio.

A la inauguración del Seminario, asistieron además de los anteriormente mencionados, las primeras autoridades del departamento y del municipio, así como los comandantes de los cuerpos armados acantonados en el lugar.

En las instalaciones del seminario, donde además se estrenaba la capilla y el oratorio, se cumplió el acto inaugural en el cual, el punto central es la concelebración de una misa por los siete prelados asistentes, número sacro que recuerda los siete dones del Espíritu Santo.

En el primer sermón oficiado en el seminario, el obispo Pablo Correa se dirigió a los participantes con unas bellas palabras de las cuales extractamos algunos apartes:

“Es este un acto de trascendencia suma en la vida religiosa de una diócesis y en la vida cultural de un pueblo. La palabra seminario viene del latín y significa semillero; es allí donde la Iglesia cuida con mano delicada por lo maternal, la semilla divina de la vocación al santuario que Dios providente, va sembrando en el corazón de los niños y jóvenes generosos que sienten en su ser desde la primavera de la vida el ideal de consagrarse a Dios, a quien servir es reinar.

 Acto de trascendencia para la vida religiosa de una diócesis, sin sacerdotes no hay predicación, origen de la fe, sin sacerdotes no hay culto divino para honrar a Dios, el sacerdote encarna el evangelio y su sola presencia es la promulgación del decálogo.

El seminario es fuente de cultura. La Iglesia exige al sacerdote grandes y prolijos estudios en humanidades, ciencia, historia eclesiástica y profana, así como derecho, liturgia, oratoria y lenguas clásicas y modernas.”

La ceremonia inicial culminó con una recepción social ofrecida por la curia diocesana a los prelados visitantes y a todas las personas e instituciones que contribuyeron desinteresadamente a la obra.

Siguiendo el protocolo establecido por la Iglesia, el día de la iniciación de labores, el obispo de la ciudad expidió el decreto que corresponde a la erección canónica del Seminario Menor de Cúcuta, decreto refrendado por el Canciller de la Diócesis, el recordado padre Carlos Martínez.

En el decreto se hace alusión a las normas recientemente modificadas por el Concilio Vaticano II, en las cuales establece que en estos establecimientos “su género de vida sea la conveniente a la edad, espíritu y evolución de los adolescentes y conforme a las normas de la sana psicología, sin olvidar la experiencia de las cosas humanas y la relación con la familia y que los estudios se organicen de modo que puedan continuarlos, sin perjuicio, en otras instituciones si cambia de género de vida.

A partir de estos preceptos, el seminario queda facultado para impartir enseñanza secundaria a todos los jóvenes de la ciudad y el territorio de la diócesis, siguiendo el “pensum oficial”, esto es, el establecido por el Ministerio de Educación Nacional, de manera que los alumnos que demuestren inclinaciones y aptitudes para el sacerdocio, puedan continuar sus estudios propiamente eclesiásticos en un seminario mayor y los demás, quedan intelectual y moralmente formados para servir en el laicado como cristianos integrales.

El decreto también establece, que de acuerdo con el canon 100, se le concede personería moral eclesiástica, lo cual le permite ser reconocido como institución de educación religiosa y recibir todos los beneficios que para tal fin están definidos en la Iglesia Católica.

Para ese primer año de labores, el colegio tenía abierto tres cursos; quinto de primaria, primero y segundo de bachillerato, en los cuales se matricularon cuarenta y ocho estudiantes y que se consideran los alumnos fundadores, el rector y vice-rector eran los sacerdotes Eduardo Trujillo y Guillermo González, los profesores seminaristas Enrique Botello y Gonzalo Pérez y el director espiritual, padre Ignacio Latorre.

Entre los fundadores, sólo nombraré algunos, por razón de las restricciones de espacio y espero me excusen quienes no sean nombrados.

Entre otros estaban, en quinta elemental, Antonio Vicente Granados, Carlos Humberto Montañez, Pablo Emilio Vanegas y Luis Carlos Lázaro; en primero, David y Eduardo Almeida, Álvaro y Antonio Ochoa y Daniel Terán.

En segundo de bachillerato y quienes serían los primeros Bachilleres; de este grupo inicial de 16 estudiante terminaron 13, entre quienes figuran, Emel Arévalo y Germán Eduardo Parra, quienes serían los primeros sacerdotes egresados, Hugo Álvarez, los ingenieros Alfonso Palacios y Álvaro Castro, profesionales en diferentes especialidades como Kiko Vargas, Ramón Vidal, Eduardo Peñaranda, Jaime Chaparro, Rafael  Botello y el abogado agropecuario Pedro Roa.  De este grupo, dos fallecidos, Aníbal Díaz y José Rafael Balaguera.

Primeros bachilleres

Durante la década de los años sesenta se presentó en la ciudad un período de prosperidad, como consecuencia de los cambios políticos surgidos en ambos países, al transitar por la nueva senda de la democracia luego de años de turbulentos episodios de dictaduras y regímenes autocráticos que por igual se presentaron tanto en Colombia como en Venezuela.

Al final de los cincuenta, ambas naciones se habían sacudido de estas incómodas situaciones y emprendido el camino de la democracia participativa casi simultáneamente pues la diferencia fue de escasos meses entre los años 58 y 59 del siglo pasado.

En las crónicas anteriores hicimos referencia de algunos de los colegios, tanto masculinos como femeninos, que han sido o que fueron tradicionales en la Cúcuta de antaño.

Sin embargo, algunas necesidades faltaban aún por satisfacer además de las profesionales que comentábamos, debido a la falta de universidades, razón por la cual quienes querían seguir sus estudios profesionales no les quedaba más opción que trasladarse a las grandes capitales o al exterior.

Algunos optaban por universidades venezolanas aprovechando su condición de doble nacionalidad, que dicho sea de paso, entonces era ilegal.

Faltaba pues, la satisfacción de las necesidades espirituales. Las vocaciones religiosas eran orientadas desde la curia hacia los seminarios de las otras ciudades y en el caso local hacia el Seminario Mayor de Pamplona.

La sensible disminución de las vocaciones sacerdotales fue un tema que a mediados del siglo pasado preocupaba seriamente a la iglesia católica. El Vaticano trató y evaluó el tema buscando la fórmula que impulsara nuevamente el gusto por las carreras religiosas y luego de un largo y profundo análisis concluyó que las vocaciones no solamente nacían con el individuo sino que también podían adquirirse y cultivarse con el tiempo y con dedicación, pero se le debía ayudar a la persona a forjar su personalidad y su juicio religioso desde la más temprana edad.

Fundamentados en esta lógica y con la ayuda posterior de las reformas realizadas en el Concilio Vaticano II, la iglesia católica inició la propagación de sus seminarios menores que no eran más que otros colegios, pero con énfasis en el desarrollo de los temas de la Fe Cristiana como prioridad académica.

Si mal no recuerdo, en sus comienzos, el Seminario Menor estaba ubicado en una casona alejada del “mundanal ruido” entre la autopista a San Antonio y la carretera antigua a San Antonio, en una finca llamada Los Cujíes. Esa localización no les permitía facilidades a los futuros estudiantes, ni era atractivo por la lejanía así que hubo que pensar en una ubicación que llenara las expectativas tanto de la comunidad estudiantil como de la curia diocesana y esa se dio con las instalaciones que fueron adaptadas en su sede de la Quinta Oriental (1986) en un centro equidistante de los más diversos complementos.

El impulso dado por monseñor Pablo Correa León fue decisivo y en febrero del  66 iniciaba labores con unos sesenta estudiantes distribuidos en tres cursos entre quinto de primaria y segundo de bachillerato, muchos de ellos venidos, especialmente, de los pueblos del departamento, verdadero semillero de vocaciones y esperanza de sus progenitores.

El rector, reverendo padre Eduardo Trujillo, era el encargado de la dirección académica. En lo espiritual, el guía era el presbítero Juan Ignacio Latorre; la mayoría de los profesores eran sacerdotes, entre los que se recuerdan, Laureano Ballesteros, Reinaldo Acevedo, Eloy Mora y Adolfo Villasmil entre otros, además de maestros de la talla del ingeniero Víctor Andrade en física y del Hermano Camilo, Lasallista, profesor de química.

Por fin, recorrido el arduo camino de los estudios de bachillerato, 13 jóvenes culminaron con éxito y obtuvieron su correspondiente cartón. No puedo asegurar contundentemente que el objetivo principal se haya conseguido, pues al revisar los resultados, podemos observar que sólo dos estudiantes siguieron la carrera del sacerdocio, lo que matemáticamente da algo más del 15%.

Habría que profundizar hasta el día de hoy, cuarenta años más tarde y aplicar la misma fórmula para determinar la proporción de cumplimiento. Pero independientemente de los resultados, esta crónica es un homenaje a quienes fueron los pioneros de una experiencia que hoy se replica en todos los rincones del mundo, particularmente en los países con presencia de la Iglesia Católica.

Entre los primeros egresados, como ya dije, están dos sacerdotes: Hemel Arévalo y Germán Eduardo Parra, párrocos en sendas iglesias locales; dos ingenieros civiles, reconocidos por sus amplias trayectorias como constructores que son: los ingenieros Alfonso Palacios Mora y Álvaro Castro Valencia; el administrador de Empresas Luis Ernesto Vargas Cuberos y los educadores Ramón Vidal Ortiz y Hernando Peñaranda.
Un médico autoexiliado del cual no se tiene noticias recientes Jaime Chaparro Jaime y el estudioso Rafael Darío Botello Ortega, quien primero estudió licenciatura en Biología y Química y luego ingeniería mecánica, más o menos similar al administrador de empresas agropecuarias Pedro Vicente Roa Cornejo quien al parecer, descontento y desilusionado de su profesión, optó por el derecho como nueva carrera profesional y dicen quienes lo conocen, que en ella se mueve como pez en el agua.

Mención especial merece Hugo Eliécer Álvarez Sanjuán, víctima de una terrible enfermedad que le impide llevar una vida normal como los demás, pero que sus compañeros y familiares, todos los días elevan plegarias al Padre Eterno para que le de la fortaleza en esa lucha tan injusta como desigual. 

Finalmente, dos que se fueron, abogados ambos, Aníbal Díaz Carvajal víctima de la intolerancia, de las balas asesinas que callaron su voz y truncaron su proyección humanitaria y José Manuel Balaguera a quien una terrible enfermedad lo persiguió por años hasta derrotarlo. Murió siendo Juez de la República.



Recopilado por : Gastón Bermúdez V.




jueves, 26 de abril de 2012

163.- SUCEDIA EN EL 64 II


Gerardo Raynaud

VISION DE LA EDUCACION….

A mediados de los años sesenta la educación básica en la ciudad se circunscribía a unas pocas instituciones del sector oficial lideradas por el Colegio Sagrado Corazón de Jesús para varones y los Colegios de la Presentación y María Auxiliadora para señoritas, el segundo dedicado a la enseñanza normalista. Ya comenzaba por entonces a sentirse la presión por una educación más profunda y por ello las comunidades religiosas habían decidido ampliar su oferta y de ahí que desde años atrás venían presentándose alternativas interesantes tanto para mujeres como para los varones quienes podían escoger entre los colegios Calasanz, Salesiano, Gremios Unidos o La Salle, o bien los colegios femeninos Santa Teresa, Carmen Teresiano o el Santa Clara, que antes habían sido denominado Politécnico del Norte.  

El cubrimiento en educación básica era relativamente grande para la población existente en ese momento, sin embargo, se carecía de oportunidades para quienes no tenían la posibilidad de formarse para la vida laboral, toda vez que para ello debían trasladarse a otras ciudades, Bucaramanga la más cercana o las grandes ciudades capitales como Bogotá, Medellín o Cali; tal vez, Manizales o Tunja si lo que se quería estudiar era Zootecnia, Veterinaria o Ciencias de la Educación.

No obstante estas limitaciones y dado que aún no se generalizaba o universalizaba la educación, siendo ésta todavía restringida por géneros, se visualizaba una extensa oferta educativa a nivel de primaria y bachillerato, habiéndose generado en razón de lo atractivo que resultaba para los jóvenes del país vecino estudiar en la ciudad. El ofrecimiento de internados y semi-internados en muchas instituciones de educación eran de común ocurrencia. Adicionalmente y debido a la necesidad de incorporarse a la vida laboral, especialmente entre jóvenes de recursos limitados, aparecían ofertas de capacitación en artes y oficios que los preparaban para algunos trabajos de nivel operativo necesarios en el desarrollo de las actividades empresariales de la región.  

Es necesario reseñar que las instituciones que hoy lideran la actividad formativa y de capacitación en la ciudad como la Universidad Francisco de Paula Santander y el Servicio Nacional de Aprendizaje SENA estaban apenas en sus inicios. La UFPS que fue creada en el año 1962 mediante escritura pública 970 del 5 de julio, era apenas una fundación de carácter privado que comenzó ofreciendo dos carreras tecnológicas, Topografía y Dibujo Arquitectónico. Ese mismo año se incorporó la primera carrera profesional, Economía, cuyos estudiantes realizaban los dos primeros años en la ciudad y terminaban en Bogotá, mediante convenio suscrito con la Universidad Nacional de Colombia; la dirección del programa académico en Cúcuta, la tenía el catedrático Pedro Vicente Niño García a quien promocionaban como especializado en Economía de la Universidad de Hamburgo, en Alemania. Por esos mismos días, presentaba su renuncia a la rectoría de la universidad el doctor León Colmenares y fue nombrado en su reemplazo, quien sería su más firme impulsor y quien la transformó, no solo en institución pública del orden departamental, sino en la pionera de la educación superior en la región, el abogado José Luis Acero Jordán. Duró cuatro años el trámite de su conversión, pues mediante decreto 323 del 13 de mayo de 1970 la UFPS pasó a ser universidad pública departamental.

El SENA había firmado un convenio con el gobierno francés para el establecimiento de un centro de capacitación en electricidad que gracias a los compromisos adquiridos con Centrales Eléctricas éste pudo desarrollarse y constituirse en uno de los principales a nivel nacional. Simultáneamente el SENA ofrecía cursos de comercio y contabilidad sin el requisito de bachillerato, circunstancia que favorecía a muchas personas que carecían de esta exigencia. 

 Pero veamos cómo era la oferta educativa, comenzando por las damas. Tal vez el más renombrado de los institutos era el llamado Estudios Comerciales para Señoritas, dirigido por doña Gilma Casado de Vila, profesora graduada, así rezaban los avisos. Además, su slogan era que “preparaba para la vida, no para los exámenes”; había sido fundado en 1945 en compañía de su esposo don Pedro Vila y se ubicaba en la avenida 7 No. 6-50. La primaria duraba 5 años y se ofrecía una iniciación al idioma inglés. La oferta más atractiva era el secretariado, además de auxiliar contable, títulos que se obtenían luego de 4 años de estudio. Tenía servicio de bus para todas sus alumnas. El profesorado, por exigencia de sus propietarios debía ser idóneo, por lo menos, eso aseguraban los prospectos entregados a las interesadas. La institución comenzó a languidecer después de la muerte de sus gestores y aunque ya no existe, aún hoy quienes allí estudiaron la recuerdan con gran cariño y devoción.

Otra de las instituciones educativas emblemáticas para señoritas y que desapareció recientemente fue la Academia La Gran Colombia. Hacía esquina frente al colegio Sagrado Corazón y su directora Carmen Teresa Rojas de Rojas se había aventurado a ofrecer cursos hasta entonces ignorados, los cursos de capacitación nocturnos en contabilidad y secretariado. La asistencia espiritual la ejercía un sacerdote español de apellido Ardanaz a quien muchos llamaban despectivamente “Satanás”, vaya uno a saber por qué.

 Ya finalizando este recuento, otra institución que comenzaba a hacerse popular era el Colegio Internacional de doña Cristina Ballén de Cantillo, situado a media cuadra del parque Mercedes Abrego por la avenida octava. Es el único de los mencionados que aún subsiste y que a pesar de la intensa competencia ha logrado superar las difíciles y onerosas situaciones que reiteradamente acosan a nuestra ciudad.

1964 fue un año de muchos acontecimientos para la ciudad, unos agradables y otros no tanto, pero todos trascendentales para la vida ciudadana. El alcalde Carlos Guillén, por esa época nombrado por el gobernador había sorteado exitosamente el brote especulativo que se había generado en los primeros meses del año y se aproximaba la fecha de elecciones de mitaca, pues por entonces, algunos cargos de elección popular se realizaban cada dos años, como era el caso de los diputados y concejales. También la ciudadanía se adquiría con la mayoría de edad que era, en ese momento, de 21 años y el censo electoral del departamento fue definido en 237.529 aptos para ejercer el sufragio, que a diferencia de hoy se hacía con papeletas y no con tarjetones, no siendo necesario marcar sino introducir el sobre con la lista de los candidatos del partido o movimiento de su predilección; pero de esa modalidad tendremos la oportunidad de hablar en otra de nuestras crónicas.

 El hecho es que en los primeros meses de todo año que comienza, se desata una guerra de ofertas educativas, en las cuales cada institución procura mostrar y ofrecer lo mejor de su establecimiento. No eran tantas como hoy las instituciones educativas ni tan voluminosa la demanda, a pesar de lo atractivo que resultaba para nuestros vecinos venir a estudiar a la ciudad y en algunos casos a Pamplona, donde habían florecido, en torno a esta condición, algunos colegios, especialmente para varones.

El valor de cambio del bolívar era de $1.15 comenzando el año y como la tendencia era al alza, para el padre de familia venezolano que matriculaba sus hijos en los colegios colombianos, le resultaba cada día más barata su educación. Por eso, en torno a estas circunstancias y debido a que la calidad de la educación en Colombia ha sido reconocida por su calidad, prosperaron colegios, institutos y academias de las más diversas características pero todas con el común objetivo de proporcionar educación de la mejor calidad que sus recursos pudieran proporcionar.

 Ya hicimos mención de las principales instituciones educativas para niñas y señoritas que había en la ciudad; ahora veremos qué acontecía en este mismo sentido para los jóvenes del género masculino.

 Recordemos que entonces la educación pública estaba “sectorizada”, pues la primaria y la secundaria se realizaban en instituciones “especializadas”; la primaria en las escuelas y el bachillerato en los colegios.

En la educación privada no sucedía lo mismo, así que la transición entre la escuela y el colegio se les dejaba a las familias que optaban por estudiar en las instituciones del sector oficial y que no eran necesariamente personas de recursos limitados pues la educación oficial, siempre ha tenido la reputación de buena calidad. El orden en la mención de las instituciones no tiene ninguna relación con su importancia o jerarquía y son mencionadas de manera aleatoria. Eran comunes las apariciones de ofertas en colegios de fuera de la ciudad como sucedía con los de Pamplona, pero también se promocionaban con algún grado de intensidad las Escuelas Apostólicas adscritas a los despachos parroquiales de algunos pueblos como Bochalema o Lourdes. A esta última, llamada Raimundo Ordóñez Yánez, se le hizo profusa difusión durante el comienzo del año con la advertencia que era exclusivamente externado, característica poco común entonces.

 La mayoría de los colegios de la ciudad estaban situados en una zona relativamente reducida y que podemos ubicar en los alrededores del parque de la Victoria o parque Colón como es más conocido.

En Cúcuta, el maestro Elberto Ramírez Bueno, rector del colegio Andrés Bello, había acondicionado las instalaciones en las antiguas edificaciones del SIC, en la calle 12 No. 4-35; llevaba once años en el mercado y había graduado tres promociones de bachilleres, buena parte de ellos, venezolanos. Recuerdo que algunas aulas daban sobre la calle y por las altas temperaturas imperantes, las ventanas se mantenían abiertas y los transeúntes, entre ellos, muchos estudiantes de los otros colegios como el Sagrado o Gremios, se detenían a “chismosear” de paso para el sitio de encuentro de los coca colos de la época, la esquina del Ley. Se ofrecía internado y externado como característica común de la mayoría de colegios de esa categoría.

 El colegio Agustín Codazzi ofrecía externado y semi-internado en la avenida tercera entre calles trece y catorce. Posteriormente se trasladó a la amplia casona de la esquina de la avenida cuarta con calle dieciséis. A principios de los setenta, el colegio hizo alianza con la Corporación Educativa del Oriente, con lo cual se amplió la oferta para los llamados Técnicos Profesionales Intermedios en carreras técnicas de tres años en Administración, Contaduría e Ingeniería Industrial. Hoy, tanto el colegio como la Corporación han desaparecido.

 El colegio San Juan de la Cruz es tal vez, uno de los más recordados y emblemáticos de la ciudad. En su sede de la avenida cuarta comenzó ofreciendo lo que la norma de entonces le permitía, kinder, primaria y los primeros años de bachillerato, hasta cumplir con todos los requisitos exigidos por el ministerio de Educación para titular sus bachilleres. Muchachos de todas las épocas recientes tienen múltiples anécdotas que contar sobre su paso por el colegio, especialmente aquellos que por razones cualesquiera desertaban de otros colegios y allí eran acogidos.

 Un lugar especial merece el colegio Gremios Unidos. Fue el primer colegio privado laico que se estableció, aún antes del Sagrado Corazón que es reconocido como el primer centro de educación fundado en la ciudad. Debido a la interrupción de sus actividades en alguna época de los comienzos del siglo veinte, sólo reabrió posteriormente cuando la Sociedad de Artesanos le otorgó el impulso necesario en la casona vecina del comando de la Policía Nacional y del Palacio de la Gobernación en la avenida cuarta donde hoy todavía realiza algunas actividades académicas. Con el apoyo de las logias masónicas locales, el colegio logró la vinculación de la Universidad Libre, primero con la facultad de Derecho y a comienzos de los años setenta en la magnífica construcción del norte de ciudad las carreras de Contaduría Pública y más recientemente las ingenierías Industrial y Ambiental, esta última cerrada por falta de postulantes.



Recopilado por : Gastón Bermúdez V.



martes, 24 de abril de 2012

162.- SUCEDIA EN EL 64 I

Gerardo Raynaud

ESCASEZ Y ESPECULACION…

Muchas cosas sucedieron durante 1964 en la ciudad de Cúcuta que merecen ser contadas, algunas de grata recordación y otras no tanto. Al comenzar el año la nota predominante fue la escasez y la especulación de los productos de primera necesidad, situación que el país en general venía arrastrando desde hacía ya varios años, consecuencia de las consecutivas recesiones que el mundo presentaba desde la terminación de la guerra mundial. Ya habíamos reseñado cómo la administración municipal del año 57 había combatido con éxito este fenómeno que volvía a presentarse reiteradamente, mediante la implementación de los mercados libres, algunos de los cuales incluso, subsistente hoy en día. A diferencia de lo sucedido en años anteriores, la escasez no solamente golpeaba los hogares de las familias sin distingo de estatus sino que hacía de las suyas en la industria regional.

A pesar de la vecindad con Venezuela, en épocas anteriores no era frecuente el abastecimiento de materias primas, como sucede en la actualidad, debido principalmente a los elevados costos que por entonces tenían esos productos. Se exceptuaban algunos, no sólo por la calidad sino por la disponibilidad y la facilidad de obtención, como era el caso de la harina con que se abastecían las panaderías y fábricas de pastas alimenticias. Baste comentar, además, la escasa industrialización de la ciudad cuya mayor actividad era y sigue siendo el comercio.

 Había por entonces, escasez y especulación asociada, de materias primas que golpeaban la industria de las gaseosas, pues la falta de azúcar industrial comenzaba por golpear las embotelladoras, sobre todo las más pequeñas que eran las que menos recursos disponían para abastecerse. En efecto, las embotelladoras KIST y Regional administradas por Antonio Bustamante y Alfonso Salas Rincón respectivamente tuvieron que paralizar sus operaciones durante algunos días del mes de enero, pues literalmente estuvieron sin un gramo de dulce material. Recordemos que estas fábricas estaban situadas, la primera en la esquina de la Diagonal Santander con avenida séptima, en el sitio hoy conocido como la redoma del Indio, frente a la Terminal de Transportes, antes Estación Cúcuta del ferrocarril ídem. La Regional, muy conocida por su “Kola” estaba ubicada en la avenida primera entre calles nueve y diez. La primera fue absorbida unos años más tarde por la empresa Hipinto de Bucaramanga y posteriormente por la organización Postobón. Por su parte, Regional tuvo una muerte lenta. Su propietario siempre se negó concertar con la competencia, que ya venía comprando las pequeñas empresas locales de casi todas las ciudades grandes del país, para establecer como al fin lo hicieron un gran “monopolio”. En vista de las constantes negativas, iniciaron una guerra sucia, que según cuentan, era la estrategia utilizada para convencer o sacar del mercado a quienes rechazaban las ofertas. Varias veces Alfonso Salas, un fogoso empresario, oficial retirado y cónsul de la Armada Nacional, tuvo que denunciar ante las autoridades las acciones destructivas contra sus bienes y activos como medio de presión para someterse a sus pretensiones.

 Como alternativa de solución, se propuso la importación de azúcar del Ingenio de Ureña, opción que fue descartada debido a los mayores costos que implicaba la operación. Finalmente, unos diez días más tarde, se dio solución provisional al problema, con el envío de un cargamento desde los ingenios del Valle del Cauca, para todas las empresas embotelladoras. Posteriormente, los despachos se fueron normalizando, aunque con algunos altibajos, que no volvieron a presentar interrupción en la producción.

Para la población, los problemas eran similares. El gobierno había creado años atrás el Instituto Nacional de Abastecimiento “INA” como parte de la solución a los problemas de suministro, tanto en la distribución como en la adquisición de la producción nacional agrícola, especialmente, como medida de normalización que garantizara el abasto constante y permanente de los alimentos básicos a los habitantes del país. La alcaldía, entonces, en asocio con el INA propuso un plan de cooperativas de consumo en los barrios de “escasa capacidad económica”, que era la denominación que se utilizaba en ese momento para señalar la población más vulnerable. El mayor problema identificado para la implementación del programa era la falta de cultura y de conocimiento del tema cooperativo, por lo cual el municipio proyectó dictar cursos de capacitación sobre la materia, tanto para los habitantes como para los empleados municipales de manera que pudieran desarrollar su labor y promovieran los sistemas comunales, escasos en esa época. Sólo habían cinco cooperativas de consumo que eran Barco, Bavaria, Avianca, Municipal y Utranorte. Quiero agregar al respecto que la legislación cooperativa de entonces, sólo permitía la venta de los productos ofrecidos por las cooperativas a sus afiliados; no era permitido la venta al público, situación que fue corregida unos años más tarde cuando las nuevas normativas abrieron las puertas de las cooperativas para todos los consumidores.

 La capacitación estuvo a cargo del especialista en organización cooperativa Alberto Montoya y el acompañamiento del gerente del INA, Manuel Narváez Obregón y como resultado se acordó establecer, en asocio con las Juntas de Acción Comunal de los barrios de obreros y empleados, las tiendas comunales que surtirían, a precios oficiales, los productos básicos necesarios para los hogares de los más desamparados. Mientras esto ocurría, el INA puso a la venta la libra de café molido, en sus instalaciones del barrio Atalaya, a $1.80 muy por debajo del precio de las tostadoras, que días más tarde, el gobierno les autorizó un alza a $2.80.

 INCENDIO A LA HORA DEL DIA…

Amanecía enero del 64 y la ciudad sentía el terrible flagelo de la escasez, la especulación y el desabastecimiento, producto, como lo dijimos, de las continuas y sucesivas recesiones que se presentaban en el mundo, consecuencia de la terminación de la guerra mundial y del reacomodo de la economía, luego de la reconstrucción de los patrimonios nacionales de los países devastados por el conflicto. El alcalde Carlos Guillén  buscaba por todos los medios combatir el problema del acaparamiento imponiendo medidas coercitivas en contra de los comerciantes que pillaban en tan execrable acto de lesa comunidad. 

La secretaría de gobierno, encargada de velar por los intereses ciudadanos, en cabeza de la doctora Cecilia García Bautista y luego de un amplio recorrido por el comercio de víveres, notificó y multó 80 establecimientos en cuantías que oscilaron entre los $5 y los $30, cifras significativas para la época y que contribuían a reducir el apetito voraz de los especuladores de los productos de primera necesidad como la carne, el aceite, el azúcar y la leche. Nuestra condición de frontera se veía castigada aún más, puesto que dichos productos eran apetecidos por los vecinos y vendidos con mayores ganancias, lo que complicaba la situación. 

A pesar de estas circunstancias, no se percibía inseguridad personal para los habitantes, pero sí se presentaban fenómenos que eran frecuentes y comunes, que llaman la atención por lo recurrente de su aparición. Eran los incendios de comercios y empresas. Ya en años anteriores, específicamente en la década de los años cincuenta, las compañías aseguradoras nacionales se habían negado a prestar sus servicios debido a los grandes riesgos que conllevaban los bienes en ciudades donde no se ofrecía la protección del Estado a través de la cooperación de los cuerpos de bomberos, bien fueran éstos oficiales o voluntarios. Los grandes incendios como el del edificio La Estrella en el año 57, reseñado anteriormente, fueron pioneros para que se auspiciaran y consolidaran en la ciudad, organismos de prevención y combate de incendios circunstancia que animó a estas compañías de seguros a brindar sus pólizas sin mayores reservas. Este hecho, sin embargo, no generó mayor seguridad, sino por el contrario, pareciera que avivó el entusiasmo por estos ejercicios pirotécnicos. Dicen quienes conocieron de los más famosos casos de conflagraciones, que habían expertos en el tema y que cuando los negocios comenzaban a flaquear económicamente, era fácil que se presentaran “turcocircuitos” o aparecieran “candelarios” que remediaban el percance por el lado más cómodo.

Así pues, en la primera mitad del mes de enero se presentaron tres grandes incendios que consumieron cinco prestigiosos negocios, todos, al parecer, con intervención de manos criminales, al decir de las autoridades quienes luego de un breve cotejo de las cenizas y ante las contundentes evidencias concluían malévolas intenciones pero siempre sin dar con los responsables.

 El primero y más importante de estos hechos se presentó el viernes 3 de enero en el puro frente del Parque Santander, en el sector donde hoy están construidos los edificios Agrobancario y Seade. Los señores Rafael Yanett, Francisco Fortuna y Ramón Moreno eran tres prósperos comerciantes, los dos primeros con almacenes de confecciones y vestuario en general y el tercero dueño del Restaurante Roma, uno de los más apetecidos y frecuentados sitios gastronómicos de la ciudad. A las 2:50 de la mañana una llamada anónima alertó a los bomberos, que por entonces tenían su cuartel en la calle séptima entre quinta y sexta, en la zona del mercado de La Sexta.  Por lo rústico de las construcciones y la composición de sus materiales, las edificaciones fueron rápidamente consumidas, sin que se pudiera evitar la total pérdida de los bienes, afortunadamente sin consecuencias humanas qué lamentar.  Los investigadores, tanto de los bomberos como de las compañías de seguros, concluyeron que fue un acto criminal, toda vez que a la entrada de uno de los locales, hallaron un galón de gasolina quemado íntegramente junto a una piedra impregnada de brea. Los culpables no fueron identificados y la compañía de seguros canceló finalmente el valor asegurado.

 Quince días más tarde, el sábado 18 de enero, ardía la Farmacia San Luis, ubicada en la esquina de la avenida tercera con calle 8 frente al parque Nacional. Su propietaria Nelly Bastos y el administrador Hernán Arenas fueron alertados en las horas de la madrugada que el fuego se había apoderado del lugar y que los bomberos hacían su mejor esfuerzo por apagar las llamas, las que finalmente lo consumieron en su totalidad .  Tal como sucedió con el caso anterior, testigos del hecho confirmaron a los peritos, que escucharon una fuerte detonación a la cual siguió el incendio. Esta droguería era la única en los alrededores y de las pocas que ofrecían el servicio en los barrios de la zona norte del centro de la ciudad, generando descontento entre los habitantes de los barrios afectados, especialmente los del barrio Latino, quienes más la frecuentaban. Afortunadamente, su propietaria había asegurado, tanto la edificación, los muebles y la mercancía en la Compañía Suramericana de Seguros S.A. la cual le respondió, luego de surtir los trámites de ley con la suma de $150.000, su valor asegurado.

 El último que reseñaré sucedió tres días antes, en la muy conocida esquina de la calle diez con avenida trece, siendo la Bomba La Flota, la estación de servicio de las más tradicionales de la ciudad. Centro de encuentro de choferes y conductores de vehículos de servicio público; taxistas, camioneros, buseteros y sus respectivos ayudantes, allí se reunían a intercambiar las vivencias de la jornada, generalmente en torno a unas polas. Parece que la concentración de gases de la gasolina en complicidad con alguna chispa de las que se producen con la estática, encendieron los surtidores y expandieron el incendio a las demás instalaciones. No se presentaron desgracias qué lamentar pero en la evaluación de las pérdidas éstas arrojaron una suma cercana a los treinta mil pesos que afectaron seriamente el patrimonio de don José María Ibarra, su propietario, quien tuvo que asumirla íntegramente pues esta actividad no es susceptible de aseguramiento, al decir de las empresas del ramo.



Recopilado por : Gastón Bermúdez V.