miércoles, 19 de noviembre de 2014

668.- ELICENIA: LA MUCHAREJA DEL TERREMOTO



Ciro A. Ramírez Dávila


En el último cuarto de siglo del ochocientos, San José de Cúcuta era una villa campirana, es decir una mezcla ‘rururbana’, con tradiciones todavía muy coloniales, donde se confundían las costumbres campestres con los incipientes inicios de un urbanismo realmente elemental.

Por tanto la economía, las comunicaciones, el transporte, se desarrollaban en un contexto donde la simplicidad, lo artesanal, lo cultural, eran las constantes del momento.

El valle de San José de Guasimales, estaba circundado por una serie de pequeños asentamientos rurales muy al estilo de una época colonial, distinguiéndose entre ellos : Los Vados, La Garita, El Salado, El Cerrito, Magueyales, Guayabal, Alonsito, Guayabito, Urimaco, El Rodeo, El Carmen de Tonchalá, San Pedro, Boconó, Tabiro, entre otros, habitados por gentes campesinas, dedicadas a la agricultura y cría de ganados criollos, cabras y demás animales de corral: cerdos ,aves, conejos ,a bestias de labor, caballos, mulares y asnales.

Las anteriores circunstancias provocaban, naturalmente, un permanente intercambio de actividades entre esos caseríos y la Villa, a donde venían a diario a comerciar sus productos consistentes en leche fresca, quesos, dulces, frutas, miel de abejas, hierbas aromáticas, verduras, hortalizas y otras misceláneas, propias del medio rural tropical.

En ese tiempo, vivía en el Carmen de Tonchalá, la familia de don Juan B., así no más lo conocían en toda la comarca, con su mujer, doña Paula y sus siete hijos, dos hombres y cinco mujeres, dedicados enteramente a labores agropecuarias; entre los que descollaba la mayor, Elicenia, una pizpireta de diecisiete años, espigada como un junco, trigueña, desgarbada, corajuda para los oficios del campo, alegre, con una abundante cabellera que le caía hasta la cintura, que la tenía organizada en dos trenzas, sostenidas con una gran peineta; siempre vestida a la usanza de esos tiempos: blusa de zaracita, cerrada al cuello, mangas de golitas, hasta las muñecas, y largas enaguas de volados y encajes, hasta los tobillos; zapatos planos, de suela y lona negra.

Cada tres días, Elicenia debía ir a la villa a llevar quesitos de leche de cabra, leche de vaca, yucas, plátanos, ahuyamas, calabazas, lechosas, limones, batatas, escobas de palito negro, hierbas aromáticas: llanten, toronjil, yerbabuena, orégano…productos que trasportaba en un burro, con árganas, de bejuco trenzado y que entregaba en casa de familias, de personajes de la villa, donde ya era suficientemente reconocida y apreciada por las matronas, quienes le tenían un aprecio especial, puesto que en el tiempo que permanecía en el pueblo, ella se acomedía en la ayuda de oficios domésticos, como barrer los patios, lavar trastos, cocinar, etc…

De regreso traía las provisiones necesarias que le encargaban.

Coincidencialmente, aquel fatídico dieciocho de mayo, Elicenia, madrugó, se acicaló, mientras su padre y hermanos le preparaban los envíos y su mamá como era costumbre después de bendecirla, le insistió que de por Dios no se demorara, puesto que la muchacha se estaba acostumbrando a regresar, bien entrada la tarde, cuestión que tenía contrariados a sus padres.

Llegadas las once del día, como era la costumbre, los cucuteños se aprestaban a almorzar, para después tomar la rigurosa siesta; por tanto las familias estaban sentadas a manteles, como era el rigor de esos tiempos; las viandas estaban a disposición de los comensales.

Elicenia, seguramente ayudaba en los menesteres en alguna cocina, por las inmediaciones de la iglesia de San Antonio cuando, repentinamente, se presentó una confusión inexplicable… se escuchó un ruido ensordecedor… todo se movía desordenadamente… todo caía… los techos crujían… las paredes de tapia pisada se grietaban… y se desplomaban… las gentes lloraban… gritaban… gemían… rezaban… corrían desordenadamente… al salir a la calle se observaba un desorden generalizado, el polvo de las paredes caídas inundaba el ambiente… se escuchaban voces de dolor… de miedo… de temor… la algarabía era de pánico…se percibía una gran confusión entre las gentes… seguramente buscando el mejor y más oportuno refugio… se abrían cárcavas en las calles, que para la época, eran empedradas.

Después de unos minutos, sólo reinaba la confusión entre las gentes, quienes desordenadamente buscaban a sus allegados más cercanos, para tranquilizar un poco la incertidumbre; se percibían sollozos… quejidos… ,gritos desesperados… aullido de perros…; la polvareda era asfixiante…comenzaban a aparecer cadáveres de gentes reconocidas… lo que aumentaba la confusión; de algunas ruinas salía alguien arrastrándose o maltrecho, en condiciones de socorro… los niños aterrorizados, sin comprender la situación, no dejaban de llorar.

A las dos de la tarde, aparecen las primeras ayudas oficiales, encabezadas seguramente por algunos funcionarios y un grupo de militares quienes, proceden a rescatar de los escombros a las personas que están más oportunas para el auxilio; y se determina trasladar los heridos que no presentan tanta urgencia, hacia el sitio conocido como Carora, donde hubo un incipiente cementerio, puesto que el hospital no podía atender sino muy pocos pacientes, los demás quedaran al cuidado de curanderos y sobanderos.

Estando en estos menesteres la primera brigada de auxilio, encuentran una jovencita con una pierna prensada por una pesada tapia a la altura del muslo izquierdo, a quien luego de auxiliarla la ubican debajo de un frondoso cují, esta es la Tonchalera Elicenia.

Allí colocan otros heridos, la mayoría de ellos sin dolientes cercanos que los socorran.

Una hora después de presentó una oscurana repentina, culminando con un fuerte aguacero.

La oscuridad no se hizo esperar, producto del invierno y lo tétrico y caótico del ambiente.

Pasadas las cinco de la tarde, la muchacha como pudo y con ayuda de algunos, arrastrando la pierna decidió buscar un sitio más seguro para pasar la noche; estando en estas, aparecieron en su auxilio, un grupo de Tonchaleros, vecinos y familiares, quienes desde que sucedió el sismo, salieron en su búsqueda.

Ya viejecita…ELICENIA, en una de las barriadas más tradicionales nuestras, levantaba con recato su falda y mostraba a sus nietos y bisnietos, la cicatriz de su muslo izquierdo, como huella testimonial del terremoto cucuteño.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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