jueves, 21 de julio de 2016

975.- EL CARMEN DE TONCHALA



Diego García D´Caro


La Capilla de Nuestra Señora del Carmen de Tonchalá es el lugar donde se fundó la ciudad colombiana de Cúcuta. Está ubicada en el corregimiento "Carmen del Tonchala". En épocas republicanas fue -como su nombre lo indica- una iglesia. En la actualidad es la Casa de la Cultura del corregimiento.


Es “un pueblo maldito, no muy lejos de aquí”, es la única referencia que tiene la poca gente que conoce el corregimiento El Carmen de Tonchalá.  

Por alguna extraña razón no se encuentra mucha información al respecto en internet y en las bibliotecas los textos son limitados.

En este sector se firmaron las escrituras que dieron origen a la Ciudad Sin Fronteras, Cúcuta, por Juana Rangel de Cuéllar, anciana solterona y sin descendencia. Vivía en El Carmen desde los  23 años, cuando la muerte del padre la obligó a mudarse de Pamplona.

Era bisnieta del inquisidor Alonso Esteban Rangel, fundador de Salazar de las Palmas, quien había logrado adquirir dominios asesinando el pueblo indígena, en especial a la tribu chitarera.

El Carmen de Tonchalá era un paso obligatorio para llegar al Valle de los Guasimales, pero ahora se ha convertido en territorio olvidado, alejado de la civilización. El acceso al lugar está en los límites de Cúcuta, a un costado del tramo oriental del anillo vial.

No existe una ruta de transporte público que llegue al lugar, las quitaron por falta de uso. Si no se cuenta con un medio de transporte se debe llegar en ‘La Línea’, una chiva que sale del barrio Belén a las 7:30 de la mañana, 12:00 del día y 5:30 de la tarde.

Pobre aquel que no logre llegar a alguna de esas horas, porque debe tomar el moto-taxi que cobra $ 5000. Eso si corre con suerte, pues los únicos que suelen a subir hasta allá son los habitantes de Los Mangos.

Algunos taxistas valerosos se arriesgan por $ 20.000, a menos de que haya escuchado las historias de las luces de Puente Cúcuta, porque ahí sí, “ni por su madre” viaja a sabiendas de que debe regresar solo.

Cuentan los pobladores que en aquel sector, cuando cae la noche, unas luces salen de la nada y persiguen a los carros. En el momento que los alcanzan se desvanecen y dejan en los conductores erizados los vellos del cuerpo y un corrientazo detrás de la cabeza por el miedo. No hay nada seguro de qué pueda ser, pero nadie se detiene a cuestionárselo.

Se transita por una trocha en medio del paisaje árido, donde con dificultad crecen los cactus y el monte.

Un pueblo fantasma se encuentra al lado del camino, es la vereda Los Mangos, proyecto de vivienda gratuita que dio la alcaldía de Cúcuta a los desplazados. El sector con 126 casas (más las invasiones) se ha quedado vacío. No cuenta con puestos de salud ni espacios deportivos y el colegio más cercano se encuentra en El Carmen de Tonchalá.

Después de 7 kilómetros de recorrido y de haber sobrevivido a descuajarse por los saltos del vehículo en la carretera, se llega al corregimiento. En la entrada la patrona, la Virgen del Carmen, mira con ojos melancólicos a quienes pasan por allí.

A la espalda, los cadáveres de los antepasados del pueblo, menos de 40 tumbas.  La gente por lo general se muere de vieja y cuando eso ocurre los líderes comunales recogen dinero entre los pobladores para el sepelio. Es tradición del pueblo que quien muere allí, se entierra allí.

Un pequeño tramo de carretera pavimentada llega a la tienda del pueblo, una casa de paredes azules con un mural de Pozo Azul en el tiempo que desbordaba de aguas cristalinas, antes de que los humanos y el calentamiento global hicieran de las suyas.


La tienda del pueblo.

Mientras unos viajeros se deleitan de los chorizos caseros con yuca dura, sentados bajo una cruz de madera a la entrada que marca la ‘Estación XI’ del Viacrucis, un personaje majadero los observa con esa mirada perdida que solo los locos  suelen tener. Suelta una carcajada terrorífica, como si pudiera ver algo en ellos. Tal vez hubiera querido decirles algo pues balbuceaba un par de palabras mientras caminaba por las calles desoladas. Si tan solo pudiera hablar.

La iglesia, de paredes amarillentas y deterioradas por el tiempo, solía ser la casa de Juana Rangel, un obsequio a la comunidad al morir. Al lado de la gran puerta de madera, desgastada por la humedad, se halla el ídolo en forma de cruz que guarda un secreto atroz.

Hace tiempo, el sacerdote del pueblo era un borrachín y mujeriego. Los pobladores arraigados a las tradiciones ortodoxas, llenos de indignación al ver la actitud del párroco, decidieron desterrarlo. Este, enfurecido, lanzó una maldición sobre el corregimiento. Por esa razón decidieron asesinarlo y arrastraron el cuerpo por el pueblo, con una soga  en el cuello y atada de un caballo.

Cuentan los abuelos que el hechizo está enterrado en ese ídolo, junto a la iglesia. Otros, dicen que está en el fondo de la ‘Tapa’, río que atraviesa el corregimiento. Por eso se secó.  

Quizás solo sean historias de los viejos para asustar a los niños; sin embargo, desde ese día el pueblo no ha cambiado en lo absoluto, como si hubiera quedado atrapado en un espacio-tiempo vetusto.

Las calles del Carmen son de piedra, como las calles reales. Las casas que permanecen en pie tienen fachada colonial. Algunas han sido abandonadas por los legítimos dueños y se han deteriorado con el pasar de los años, como la oficina de la antigua corregidora.

La  madre naturaleza ha reanudado el espacio que le compete, la hierba nace entre las grietas de las aceras y crece a voluntad en aquellas viviendas que se derrumbaron en el terremoto de 1875,  pero cuyas estructuras siguen en pie.

A finales de la década del 60 un grupo de ex-alcaldes y funcionarios visitaron con algún propósito en El Carmen de Tonchalá, las ruinas de la casa de Juana Rangel de Cuéllar; allí se tomó esta fotografía. En ella aparecen entre otros de izquierda a derecha: Juan Agustín Ramírez Calderón, Luis Tesalio Ramírez, Rafael Canal Sorzano, Carlos Ramírez París, el presbítero Alfonso Blanco, Rafael Chaustre, Eustorgio Colmenares Baptista, Pedro José Barjuch, el notario Luis Antonio Cáceres, Pablo Vanegas Ramírez y Guillermo Lamk Valencia

La gente suele ser amable y tranquila, tanto así que se acuestan a dormir alrededor de las 7:00 de la noche, sin tan siquiera poner candado a las puertas.

Los pocos problemas ocurren por cuestiones de tragos, pues cada fin de semana se hace una parranda entre los vecinos a manera de integración comunal.

A veces se ven garzas sobre el lugar, animal que para los egipcios era de buen agüero; como superan las nubes de igual manera superan los residentes los contratiempos.

Si es un pueblo maldito o no,  deben juzgarlo quienes lo visitan, al fin y al cabo, como dicen los habitantes, “la gente que no es del pueblo siempre viene buscando algo”.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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