viernes, 26 de agosto de 2016

991.- LA GENERACION DE MITAD DEL SIGLO XX



Anónimo


Estar fuera del país por mucho tiempo tiene sus consecuencias. Hace unos días, derretido por el calor, pasé por una tienda y pedí  “una maltina”. Al ver que la tendera  me miró como a extraterrestre, decidí cambiar mi pedido por una Lux Cola; al final estaba dispuesto a transarme por una Kol-Kana.

Ni lo uno ni lo otro, “esas bebidas ya no existen”, me dijo la tendera, “usted debe ser de la generación de la Uva Canada Dry”.

Un poco avergonzado y ya con un ligero dolor de cabeza producido por el sofocante bochorno, brinqué a la farmacia contigua en busca de una Cafiaspirina. Como no obtuve respuesta, pregunté si de pronto tenían Anacín, Calmadoral o Procasenol.

Me di cuenta que Colombia cambió, y con ella el remedio. Recordé una mañana en que no pude ir a la escuela aquejado por bronquitis, que fue conjurada con jarabe San Ambrosio y cucharadas de aceite de tiburón en ayunas; en la casa todos los males del cuerpo desaparecían con una purga de Limolac o de Vermífugo Nacional, y la vida se volvía más ligera y saludable con aceite de castor o de ricino.

Mi padre estaba convencido de que podíamos tener los músculos de Charles Atlas si tomábamos Emulsión de Scott.

Ocho hermanos, en fila, nos sometíamos a la tortura diaria de paladear aceite de hígado de bacalao, previa apretada de nariz que atenuaba el lamparazo del pescador escocés.

Me pregunté, entonces, qué fue del Sulfatiasol, del Baltisicol compuesto, la Pomada Merey, del Mentolín, del Yodosalil, Ungüento Indio, el Cheracol, Penetro, el Quinopodio y el Dencorub, la sal de Exxon, el jabón de romero y quina y la chancarina.


Hubo un tiempo en que Farina fue el alimento de los niños de Colombia. “Si su niño no camina, caminará con Farina”, decía el lema y todo el mundo lo creyó, como creyeron que la ‘Colombiarina’ y su sucesora, la Bienestarina, eran suficientes para levantar sana y fuerte a la muchachada que llegó después del Frente Nacional.

Si Camilo Torres no hubiera caído en Patio Cemento, diciendo que la leche de la ‘Alianza para el progreso’ esterilizaba, hoy más nacionales tendrían la enzima que le faltó al gen colombiano para evitar la violencia.

Con mis hermanos bebimos de esa leche por cantidades, pues la recibíamos como refrigerio en los colegios públicos, en donde estudiábamos todos los hijos del de la tienda, el almacén, el taller, la modista, el médico, el abogado, la muchacha del servicio etc…, etc…, y  etc…

Alcanzamos a conocer la Cremex y la San Fernando en botella, mientras el mundo despedía a Pipelón, el jarabe del niño flaco y barrigón.

Para los nacidos en la generación de Glostora, surge la pregunta acerca del paradero del fijador Lechuga, el Tricófero de Barry, el Bay Rum y el Agua Florida de Murray & Lanman, antiguallas que sobreviven en el Almanaque Bristol, junto al Mareol, el Old Spice de Shulton, el Pino Silvestre, el Agua Brava y el Vetiver.

Afortunadamente se acabaron Kan-Kill, Black Flag, el específico, el espiritismo, las enaguas, el colirio Eye-mo, las lavativas y las ventosas, las babuchas Croydon doble piso, el suspensorio, los calzoncillos Don Juan Punto Verde y el calzón ‘matapasiones’ tipo ‘Imperio’.

También se fueron las medias ‘Maratón’, la ropa El Roble, las botas Cauchosol, los zapatos Grulla, las peinetas Vandux y el Mejoral.

Mientras seguimos sin saber quién inventó el hueco del pandebono, vemos cómo a la galleta costeña se le llama hoy ‘oblea’ y de las calles desapareció el ‘pan de huevo’, pero sobreviven las cucas de las monjas de San Antonio.

Debo decir que para recordar estos íconos colombianos, debí tomar, durante quince días, Vitacerebrina Finlay y vino Sansón.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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