sábado, 4 de marzo de 2017

1084.- LUIS JESUS ROMERO PEÑARANDA



Luis Fernando Carrillo


UNO
Paradójicamente cualquier voca­ción guerrillera en Luis Jesús Romero Peñaranda terminó el 9 de abril de 1948, en medio de la vorágine de ese día. Es­tuvo en la manifestación que se lanzó a las calles a pedir justicia y paz; poste­riormente se desplazó a San Antonio del Táchira a contactar a Pedro Páez, jefe civil y militar de allá, quien por su ancestro nortesantandereano se quería compro­meter en una lucha armada radical que terminara con los vestigios del gobierno conservador.

Regresando, cerca del Reformatorio, donde quedan hoy las depen­dencias del F-2 (para los lectores modernos Ventura Plaza), se encontró con el teniente Félix Hernández, compañero de bachillerato, quien lo informó de los últimos acontecimientos y lo envió a su casa acompa­ñado de algunos soldados.

Luis Jesús vivía entonces en la casa de sus suegros, Resurrección Fuentes y María Luisa París, avenida 9ª # 11-60; como a las 9 de la noche se acostó. De pronto tocan a la puerta, la suegra abre y eran Anastasio Ramírez, Ismael Quintero Quintero, Víctor Moyano y Eustacio Pineda, quienes manifestaron a Romero que quedaba nombrado jefe absoluto de la revuelta que daría al traste con la hegemonía conservadora en el de­partamento: mil hom­bres armados de San Cayetano, El Zulia, Santiago, esperaban el momento de la verdad.

A Luis Jesús se le viene a la mente la ayuda ofrecida por Pedro Ro­dríguez; pero ni Rome­ro ni los que posaban en ese momento de insurrectos contaban con la arrechera de la suegra. Apenas oyó las palabras guerrilla, rebe­lión, fusilamientos, se le fue subiendo la sangre a la cabeza y cuando oyó que su yerno sería el jefe de tal despropósito, fue cogiendo la tranca de la puerta y cogió a trancazo limpio a los visitantes, quienes huyeron despa­voridos ante ese furor.

Se dice que una pequeña cojera que tenía don Anastasio Ramírez fue debida a uno de esos trancazos fulminantes y certeros tirados a las ca­nillas y a las rodillas.

Luis Jesús se ha­bía salvado para la polí­tica, en la que descollaría por su vocación de servicio y su apego al partido Liberal.

Sobre los escombros del 9 de abril era imperioso hacer una Colombia distinta; allá que­daba la muerte de Gaitán. La del Dr. Valbuena, presenciada por Luis Jesús, fue la chispa que incendió todo en esta ciudad, debida a un tiro mal hecho de uno de los manifestantes. La muerte del capitán del Ejército debida a la inexperiencia de un soldado recluta que al ponerse a discreción, le dio muy duro al fusil con­tra el suelo y, como no lo había asegurado, produjo un disparo que dio en el oficial. (Esto último le fue relatado al entrevistado por don Antonio Soler padre, quien lo presenció escondi­do debajo de un escaño del parque Santander).

Recuerda aún Luis Jesús la reacción del gober­nador civil y militar del N. de S., Gral. Achury Rodríguez, cuando se notificó del auto del juez que ponía en libertad a los manifestantes, por no hallar prueba de que hubieran participado en hecho delictivo alguno. Lo rompió tratando al juez de cabrón, si no sabía que lo tenían en el puesto para que metiera a la cárcel a los enemigos del régimen y no para que los soltara.

Sabedor don Nicolás Colmenares de lo sucedido (por Luis Jesús, que era el abogado), se dispuso enviar una comisión a Bogotá para hablar con Darío Echandía. El maestro, al ser informa­do, se rascaba la cabeza y con su mentalidad legalista y desubicada en el tiempo gritaba “esto es la ruptura del esta­do de derecho”. Logró Echandía una entrevista con Ospina Pérez, quien sí sabía en qué terreno pisaba y, después de muchas idas y venidas, se nombró un grupo de jueces que puso en su sitio el estado de derecho de Echandía.

DOS
El primer discurso político lo oyó Luis Jesús siendo niño. Fue traído desde su pueblo para que supiera qué era un radio; se había instalado en la glorieta del parque Santander y desde allá oyó la voz estentórea del presidente Enrique Olaya Herrera. Fue todo un aconte­cimiento y, muchos años después, no atinaría todavía Romero a descubrir cómo detrás de un cajón podía caber un hombre que hablaba a grito entero: quedó fascinado por la voz de Olaya y trató de emularlo.

Pero ha perdido el número de discursos pronunciados en su larga trayectoria, en impecable estilo preciosista, con adornos del Parnaso y las bagatelas de los greco-caldenses. Recuerda, como si fuera ayer, el pri­mero, en Gramalote (1941), donde por insinuación de Oscar Vergel Pacheco coronó a una niña Márquez Peñaranda, elegida la más bella de la región, en competencia con una de apellido Suz.

En estos tiempos de jubilación y descanso Luis Jesús sigue en su distrac­ción favorita, pronunciar oraciones en medio del señorío de su estampa. Y piensa hacerlo hasta cuando la garganta le dé, ya sea para coronar una reina, para despedir una promoción de bachilleres, para la elegía del que no vuelve más, etc…, recor­dando su paso por el foro penal en donde descolló en la audiencia pública, evocando a Carrara, a Ferri, a Gaitán.

Luis Jesús trae el pasado al presente, con nostalgia, sin tristeza; al fin y al cabo le dio para todo: felicidad y dolor, dinero y pobreza, amor y decepciones, días de gloria y de olvido.

No puede olvidar su paso por el parlamento, donde descolló, cercano a Lleras, Echandía, Turbay, López Michelsen; impulsor del frente civil contra Rojas, voz necesaria en la convención de Medellín, orador para la reversión de la concesión Barco, invitado a las grandes decisiones del partido Liberal, contacto en la clandestinidad en los días de odios, correo de papeles prohibidos con los jefes guerrilleros de los llanos.

Gracias a las cajas de JGB tarrito rojo se pudieron mimetizar muchos documentos clandestinos, entre ellos el libro de Eduardo Franco Isaza, La guerrilla en el llano, cuya edición había sido prohibida. Con Enrique Lara Hernández y Alfonso Soto Ramírez, se hizo esta delicada misión.

Gaitanista de tiempo completo, en el auge del líder, se entrecruzan sus años de universitario en el Externado, la correría que con él hizo por los Santanderes, la amistad con Virgilio Barco, quien para 1944 pertenecía a la Asamblea departamental (con él se alinea definitivamente en el gaitanismo para las elecciones de 1946), sus años en el parlamento, su ruptura con el oficialismo y su paso al MRL, época de oposición y luchas contra un partido Liberal que se conservatizaba y burocratizaba en la adormidera del Frente Nacional.

Su política departamental donde conoció valores invaluables como Nicolás Colmenares, Miguel Durán Durán, Alirio Gómez Picón, Sixto Tulio Reyes Peinado, Oscar Vergel Pacheco, Páez Courvel, José Gregorio Acevedo, Julio César Pernía, Humberto Montañez, Ciro Osorio y el mismo Oscar Osorio, figura talentosa naufragada en los vaivenes del rojas pinillismo. Precisamente fue él, quien desde su periódico “Hoy”, libró duras batallas, cuando Eleazar Pérez Peñuela tuvo que irse a Venezuela, víctima de la persecución política. Lo mismo harían Alfonso Lara Hernández y Virgilio Barco quienes, como reservas liberales, se refugiaron el exterior.

TRES
Pero si la vida política de Luis Jesús Romero fue plena de satisfacciones espirituales, su vida personal no ha sido menos intensa. Hombre de bohemia, de innegable éxito con el sexo débil, don de gente y buenas maneras, se hacía asequible y agradable, un caballero de insospechable honradez y de sentir intenso de las pasiones, con gran respeto hacia el amigo, con una amistad especial para Ernesto Garbiras Fernández, el ‘El Nono’ Gabiras, con quien departió su extroversión y el deseo de vivir la vida.

Se conocieron en Bogotá en los años universitarios y desde entonces “tuvo que soportarlo” y salvarlo de cualquier agresión en las “tomatas”, porque la debilidad de Ernesto, dice Luis Jesús, era sacar a bailar a una dama y en plena danza pegarle un “arepazo” sin motivo explicación alguna; como es lógico suponer se formaban los grandes problemas y Luis Jesús entraba al rescate.

Como en aquella fiesta en que ‘El Nono’ le pegó a la novia de Tulic, el arquero del Cúcuta Deportivo, y todos los jugadores lo volvieron balón de fútbol. No se repone Luis Jesús de la muerte de ‘El Nono’, que lo privó de su mejor amigo.

Con ‘El Nono’, dice Luis Jesús, compartimos hacia 1957 el amor de aventuras sin par con dos niñas argentinas. Eran dos nenas que venían de Rosario, con su señora madre, a quien Luis Jesús había atendido profesionalmente: se llamaban Katty, de quien Ernesto se enamoró locamente y Esmeralda, amor tierno de Luis Jesús. Las chinas eran muy buena gente, pero bastaba que se tomaran una botella de vino para que armaran la grande. Al fin tuvieron que salir del país.

CUATRO
Luis Jesús Romero nación en Cornejo, en 1925, hijo de Jesús Romero Ordoñez, hombre de bien dedicado a la agricultura, y Débora Peñaranda.

Su niñez discurre en la leyenda pueblerina y el cuento de las hazañas que le inculcaron ese fervor por la política que, desde entonces, lo reclama ahora mismo, cuando los tiempos han cambiado y los ideales han sido convertidos en vulgar negocio.

Bachiller del Colegio Sagrado Corazón en 1941 y abogado del Externado, 1947, casó el mismo año con doña Marina Fuentes París, hermana de Toto Fuentes. Hoy realiza su vida con doña Lucero Hoyos Calle, dama manizaleña, a quien conoció en los años de agitación política y lo ha acompañado en estos últimos 23 años.

Apaciblemente repasa su vida. No hay rencores para nadie; en el momento de los inventarios cree que la vida ha sido amable. Ha sido un ganancioso a pesar de que el dinero le haya sido esquivo.

Como buen notario da fe de que su vida ha sido íntegra, entregada a los suyos, a su país, a su región y a su partido. Las nostalgias no le pertenecen porque es un hombre realizado. En medio de las tormentas de las tormentas de toda clase siempre ha llegado


Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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