lunes, 2 de junio de 2014

578.- ALGUNOS DETALLES DEL CRIMEN DEL CURA OBESO


Beto Rodríguez  (Resumen de su libro EL CRIMEN DEL CURA OBESO)

Presbítero Gabriel Francisco Obeso

Josefina Prada Muñoz

En 1944 apareció en la ciudad el cura Gabriel Francisco Obeso y entró a la Droguería Americana de propiedad del químico farmacéutico de la universidad Nacional y futuro dos veces alcalde de Cúcuta, Numa P. Guerrero.

El dueño del establecimiento al ver al hombre de Dios y pastor de almas, lo saludó con el consabido: ¨A la orden Padre¨. El cura no se sintió bien, palideció un tanto y solicitó unos medicamentos para el asma los cuales le fueron despachados con rapidez. Intrigado Numa P. Guerrero le preguntó sobre los motivos de su estadía en Cúcuta pero hasta allí llegó la conversación, el sacerdote tomó los remedios y se despidió con alegría acorde con su temperamento caribeño.

Numa P. Guerrero, hombre de pocas palabras y cara adusta, no creyó en lo que le dijo el representante de Dios en la tierra, y como tal, encargado de los negocios espirituales de los pecadores con el Creador. 

El señor Guerrero quedó silencioso y luego de un par de minutos de reflexión, se dijo para sí: ¨No le creo¨. Por qué? Porque el profesional de la farmacología años antes fue Jefe Civil de Bejuma, en el estado Carabobo, Venezuela, y allí conoció al padre Obeso. 

En esa ocasión metido en embrollos mayores de seducciones a chicas menores, actitud que desató violencia verbal y física, por parte de los coléricos parroquianos de la localidad. Por orden del Obispo fue enviado a Valencia y allá también encontró el campo arado para darle rienda suelta al huracán amoroso, y tres jovenzuelas, tentadas por el demonio de la carne y el instinto de reproducción, le entregaron el don de la limpieza de espíritu y de cuerpo, al Don Juan siempre listo a loar las virtudes de Cristo y María con afecto, voz nasal y dulce charla.

Rápido se descubrieron las andanzas del sacerdote, los notables de esa culta ciudad pródiga en destacados profesionales y políticos de renombre, con burla y en baja voz, lo calificaron de atleta sexual, batallador íntimo, héroe anónimo y acezante de la toma del monte de Venus. 

Obeso no sabía nada de lo que pasaba a su espalda, y cuando el pueblo se enteró de sus acrobacias del concúbito con las ex vírgenes que se le acercaron desprevenidas, ajenas a la realidad de la vida y a los recursos cautivadores del moreno y alegre sacerdote, se armó otro escándalo. 

Producto de esas circunstancias llegó a Cúcuta. Mientras conquistaba a Josefina Prada Muñoz algunos de sus cercanos alcanzaron a verlo en estrecha amistad con matronas de esta calurosa urbe, donde el calor del medio día le devuelve el ánimo a las parejas, y el deseo con traje fresco y en forma de mujer sobre dos piernas, sale a exhibir sus encantos en abierto reto a los convencionalismos.

Fiel a su ministerio, el cura Obeso celebraba los oficios correspondientes en la capilla de El Carmen, con Josefina a un lado y por lo tanto su oratoria tenía un incentivo especial, una novel devota. 

Al terminar la misa y los creyentes partían en paz, el cura llamaba a Josefina a la sacristía, contaba frente a ella la limosna, con calma le dio suficiente confianza y con ella se dirigía a la pieza arrendada en el inmueble de propiedad de Clementina Muñoz, madre de la cervatilla que caminaba sin caer en cuenta, a la piedra del sacrificio, sin apelación alguna, porque nadie se salva de la fecha y ficha para dejar el mundo.

Casa escenario de los hechos en 1948

Empezó a maquinar sobre la mejor e insospechable manera de llevarla a sus brazos. Eso ocurrió en una visita que la adolescente hizo al hospital y el enamoradizo hombre de Dios la invitó a misa, a confesarse, a caminar por el estrecho sendero de la salvación lleno de espinas y de grandes obstáculos, para aligerar la llegada al reino celestial y con los derechos adquiridos sentarse a la diestra del Creador.

Cuando la menor de edad estrechó amistad con su confesor, éste dio otro paso en su estrategia y habló con Clementina Muñoz para que le arrendara una pieza en su casa, porque se sentía desprotegido y necesitaba una mano generosa que le prodigara cuidados en sus crisis asmáticas.

Se enamoró de la chica. La joven era blanca, menuda, de cabello rojizo, liviana en su andar, grácil en sus ademanes, y el galán era gordo, negroide, de baja estatura y lento en sus movimientos.

Clementina le arrendó la habitación a tan ilustre huésped y ahí empezó el primer acto del drama que llevó a la muchacha a la tumba y al religioso a la Cárcel Modelo.

La rutina seguía su curso, la pareja caminaba a cualquier hora por distintas arterias de la ciudad y hubo muchos que relacionaron al cura con Josefina por asuntos familiares debido a la disparidad de edades. 

El hombre mayor y la joven no llamaban la atención de los curiosos para nada y algunos atrevidos que pretendieron hacer blanco de la injuria al par de prójimos, recibieron la consabida reprimenda y se presentaron disputas verbales con amplia demostración de enojo por parte de los prudentes temerosos de Dios.

El médico tratante, Carlos Ardila Ordóñez, atendía al cura Obeso con cariño y le daba la comprensión que en alguna etapa de la infancia le faltó al sacerdote.

Los médicos que conocían de cerca al doctor Ardila Ordoñez, comentaban con sorna: ¨Vaya ironía, un masón hace tiempo se ha empeñado en curar un cura¨.

Lo mismo ocurría con el galeno Alirio Sánchez Mendoza quien saludaba al cura con venia y otras demostraciones de respeto. 

También el cirujano Mario Mejía Díaz se dirigía al capellán de esa casa de salud con mucha reverencia, y los observadores, entre médicos y personal administrativo del nosocomio, anotaban que los masones comían curas pero en esa oportunidad vivían en operativa paz.

El doctor Mario Díaz Rueda le diagnosticó asma alérgica, le sugirió varios pasos a seguir como parte de la terapia para ayudar a su paciente en los ratos de ahogo y le formulaba remedios a base de corticoides. 

El cura a medida que ingería las medicinas engordaba, se sentía pesado, perdió movilidad pero no le quedaba otra alternativa que seguir esa curación medicamentosa, porque el problema lo atosigaba con frecuencia al punto de impedirle dormir y realizar actividades propias de su ministerio, como ir a aplicarle la extremaunción a los enfermos a su casa.

La hermana del cura Obeso, Julia Obeso, arrendó una casa en la calle 12 del barrio El Contento, allá iba el clérigo por eventualidad y por las tardes se sentaba en la acera a recibir fresco bajo las acacias en una mecedera de mimbre acompañado de la buena Josefina de su pasión. 

Hasta allí iban los fieles y le dejaban dinero y ayuda en especie para los pobres, por ser un hombre conocido en los lunes de cementerio, donde su voz con acento costeño se escuchaba en la tranquilidad de la necrópolis cantar responsos por la paz de los difuntos.

Acta de defunción registrada en la Notaría Primera

Luego de la visita a su pariente, el cura acongojado por la disnea subía despacio una cuadra hasta la calle 13 y se dirigía directo a la capilla de El Carmen listo a cumplir con su labor de salvar almas y luego de la misa tras caminar cien metros llegaba a la nueva casa para regocijarse con su adorada Josefina, como Dios manda, por haberle alegrado su mayoría de edad y el resto de años sobrantes antes de entregarse al viaje eterno.

Jamás llegó a pensar la adolescente Josefina Prada Muñoz que por el simple hecho de haber cedido al asedio y acecho amoroso del sacerdote Gabriel Francisco Obeso a los catorce años, le costaría la muerte a cuchilladas a manos de su amante enloquecido por los celos, dos años después.

El amorío del religioso y la joven mujer se hizo notable y la pacata sociedad de 1948 comentaba el asunto en los grupos callejeros, en salones de lujo, comedores públicos, alcobas de pobres, aposentos de respetables matrimonios y en el mercado cubierto.

Los padres de Josefina, Pedro Antonio Prada y Clementina Muñoz, decidieron rescatar a la chica de las garras del compañero que la absorbió en forma total, le transformó su manera de pensar y actuar, al aparejarse con un hombre de 52 años, o sea, 36 años mayor que ella.

Clementina Muñoz con tal de retirar al cura de Josefina había ideado una estrategia que desencadenó la rabia del cura Obeso y llevó al patíbulo a la joven. 

Fue así como apareció en escena el quinceañero Fernando Moros, dueño de un cuerpo apolíneo y poseedor de una serie de especiales costumbres, que le permitían llamar la atención de los vecinos del barrio El contento, donde vivía, y de la pequeña Cúcuta. 

Fernandito, tal como llamaban al muchacho, en vez de entregarse a la diversión que proporcionan los juguetes y diversiones bruscas, se dedicaba horas enteras a hacer vestidos para las muñecas de sus amigas y aprendió conocimientos básicos de belleza que le dieron fama de meritorio en ese aspecto en la barriada.

Clementina Muñoz, madre de la víctima

Con el firme propósito de aliviar sus cargas y las de Josefina, Clementina logró una cita con la familia de Fernandito, con la que tenía buenas relaciones y acordaron casar al muchacho con la fácil presa del ciclón amoroso del cura Obeso, para así también librar al joven de tan exóticas costumbres. 

El romance prematrimonial entre Fernandito y Josefina se oficializó y en las tardes éste iba a la casa de su novia ubicada en la calle 13 con avenida 1ª, al tiempo que pasaba por la capilla del Carmen, donde alienado por el instinto amoroso, el cura Obeso, celebraba la misa de la tarde con dulce voz mientras condenaba la infidelidad conyugal, la irresponsabilidad de algunos padres de familia y los ataques arteros del demonio de la lujuria. 

Fernandito no obstante las visitas a Josefina siguió con sus pintorescas maneras, después se supo que jamás renunció a ellas y no hizo caso del comentario ajeno.

La fecha de los hechos, 11 de agosto de 1948 a las 11 de la noche, Josefina había regresado de Bogotá donde a última hora la habían mandado a estudiar, y se dedicaba en su casa, a escribir una carta para una amiga residente en la fría capital de la República. 

En ese instante llegó el cura, quiso hacerla suya, pero Josefina lo rechazó con violencia y lo increpó con duras frases que hicieron montar en cólera al ministro de la fe. 

Fuera de sí, el sacerdote sacó una cuchilla que llevaba en uno de los bolsillos de la blanca sotana, se lanzó contra la indefensa fémina, le clavó 14 veces el arma en su blanco cuerpo y al verla herida de muerte se puso a llorar y a orar.

Cuando el cura recuperó un tanto la serenidad, salió a la calle con la sotana ensangrentada y en loca carrera se refugió en la casa cural de la iglesia San José.   

Clementina, su madre, esa noche se encontraba en el Dispensario, en plan de entrenar a una substituta, porque debía ir a Ureña, Venezuela, a darse unos baños termales para aliviarse de una dolencia.

Momentos después llegó a la residencia el hermano de Josefina, Pedro Prada Muñoz, escuchó los quejidos de la víctima de la celos demenciales del cura y en sus brazos la llevó al hospital que distaba a menos de 100 metros de su casa, la joven mujer fue llevada al quirófano en donde alcanzó a recibirla el cirujano Mario Mejía Díaz, pero ya era tarde, la desgraciada había muerto hacía unos minutos, todo estaba consumado.

A causa de las presiones sociales, oficiales y clericales el cadáver de Josefina no fue velado en su casa luego que el médico legista, Pablo Casas ordenó a su ayudante desnudarla y abrirla en canal, desde el pubis hasta la garganta, para seguir la trayectoria de las puñaladas y certificar su muerte por heridas de arma blanca como consta en su acta de defunción. 

Recibió 14 certeras cuchilladas y 9 pequeñas cortaduras para un total de 23 heridas, pero el médico legista apenas reconoció 14 que le causaron la desaparición casi en forma inmediata. En el documento aparece con 19 años, pero los periódicos de la época afirman que la muerta apenas tenía 16.

Mientras tanto en la casa cural, impresionado por el escándalo el párroco Daniel Jordán abrió presto y al ver a su hermano en la fe de la Iglesia y el juramento sacerdotal, le preguntó por qué andaba en esas condiciones con la sacra vestimenta ensangrentada. 

El cura Obeso le contó al párroco la verdad de lo ocurrido como si se tratara de una confesión, sin esconder detalles, y en un momento de desespero y rabia el teólogo Daniel Jordán alzó por el cuello al homicida y tras regañarlo con rudeza, de un bofetón lo mandó a un rincón del patio interior del recinto.

Al vislumbrarse por el oriente los primeros rayos de sol, apareció la policía comandada por un sargento y detrás de los uniformados una turba enfurecida que alcanzó a lanzar piedras contra la casa cural entre gritos solicitantes de castigo para el asesino. 

Los protestantes intentaron forzar las puertas del inmueble y el cura Daniel Jordán, considerado en ese entonces un faro de la ciudad e insignia de la Iglesia, a puñetazos derribó a unos cuantos revoltosos que pedían la cabeza de Gabriel Francisco Obeso para lincharlo con base a la justicia popular. 

El sargento quiso entrar a la fuerza para capturar al sindicado, pero corrió la misma suerte porque un golpe derecho al mentón lo mandó a tierra de donde se levantó con la boca reventada y un diente menos, hizo ademán de utilizar el arma de dotación pero el sacerdote Jordán se le adelantó y le puso un revólver en el pecho, mientras le dijo: ¨Quieto cabrón, olvida usted que la Iglesia también es gobierno; En la policía no le han enseñado que existe el Concordato y tengo autoridad sobre usted? Deje el asunto en mis manos que hoy mismo pondré al padre Obeso a órdenes de la autoridad competente y le doy mi palabra de hombre y sacerdote¨.   

El cura Jordán, al parecer, luego de consultar con la Arquidiócesis de Pamplona, con las debidas medidas de seguridad policial entregó al reo al Juzgado Penal Municipal.

Dr. Mario Mejía Díaz

Dr. Mario Díaz Rueda

El 13 de agosto en la tarde, el homicida entre llanto y gesto de arrepentimiento y loas a la muerta, atravesó la puerta de la Cárcel Modelo donde fue recibido por el director Daniel Duarte Pinilla, tío del teniente del ejército Gustavo Rojas Pinilla, quien con el pasar de los años llegó a ser presidente de la República.

Fue asistido por el abogado español Marino López Lucas recién residenciado en Cúcuta. 

Las idas y venidas del cura Obeso desde la cárcel al juzgado era la noticia diaria, se escuchaban denuestos con denuedo contra el investigado y la policía reforzaba a los guardianes del panóptico. 

Eso hacía temer un atentado y el doctor López Lucas, a quien el pueblo llamaba San Lucas por defender al cura, empezó a analizar la posibilidad de solicitar cambio de radicación del proceso para garantizarle la vida a su patrocinado. Sólo esperaba que el negocio siguiera su curso para tomar la determinación y en su momento lo hizo. 

La Iglesia a pesar de la pretensión del cura Rafael Faría de pedir la máxima condena, no lo desamparó sino que el Tribunal Eclesiástico representado por los sacerdotes Daniel Jordán, Alfonso Sarmiento y el mismo Rafael Faría, visitó al director del Hospital Mental, Mario Díaz Rueda, y le solicitó su intervención científica. 

El doctor Díaz Rueda en dos etapas visitó al sindicado y en la primera entrevista el preso le gritó desde lejos: ¨Doctor, se me quitó el asma¨. 

El Tribunal tornó al Hospital Siquiátrico y la primera pregunta la dirigió el cura Daniel Jordán…¨ Doctor, por qué la mató?

¨Porque necesitaba hacerlo, aquí vale la sentencia popular, ni pa Dios ni pal diablo¨. El médico le dio a conocer a la representación del Clero el diagnóstico: ¨Celotipia a paranoia¨.

El concepto del científico no representó un atenuante, y como se esperaba en este caso que estremeció al mundo, por la crueldad con que actuó, fue llamado a juicio. 

El doctor Díaz Rueda le dijo a los sacerdotes que el asma de Obeso constituía el resultado de la tensión mental, el estrés soportado durante tanto tiempo de delinquir en serie mediante el desvirgamiento de menores de edad. En la cárcel se entregó al castigo, a la justicia humana y consideró que había pagado sus deudas y recuperó la tranquilidad perdida.

Marino López Luca apeló al llamamiento a juicio y jugó con dados cargados.

También pidió cambio de radicación del proceso para conservar con vida al cura, y el Tribunal de Pamplona apenas le concedió la segunda solicitud. 

Una condena de 15 a 24 años pendía sobre la cabeza del cura Obeso, por los agravantes de su falta, en concurso de delitos: Corrupción de menores. 

A la espera de ser trasladado a otro Distrito Judicial para ser juzgado por homicidio elevado a la categoría de asesinato.

Cuando los visitantes le llevaban panfletos que circulaban en su contra en el mercado cubierto, apenas afirmaba:¨Ese fuego lo acabará otro fuego¨. 

Nadie sabe lo que ocurrió pero la madrugada del 21 de mayo de 1949 un voraz incendio acabó con el mercado cubierto y dejó centenares de personas en la miseria. Apenas Daniel Coronel, Marino Vargas y Carmen de Contreras tenían asegurado los negocios por la astronómica suma de $5000 cada uno.

 Luis Enrique Cárdenas Villamizar, secretario del Fiscal

El cura contó en la cárcel que el mismo día del cruento suceso pasó por la Casa Rívoli y escogió una cuchilla de acero y cacha blanca, cuando fue a pagarla estaba cerca el ítalo Tito Abbo y le dijo a la cajera que no le cobrara por ser cortesía de la empresa. 

El cura le agradeció a Tito Abbo el presente, envuelto con protección de cartón lo metió en el bolsillo derecho de la sotana y se dirigió bajo el canicular sol de agosto la la iglesia San José. 

Según él, nunca quiso hacerle daño a Josefina, el arma era para ella, pero como un regalo porque le faltaba en la cocina. 

La noche del sacrificio de la joven, se dirigió a la habitación de Josefina pero al verlo entrar ésta lo recibió con insultos, puntapiés y uña. Josefina le gritó con ira términos obscenos e hirientes contra la virilidad y el cura Obeso decidió hacerla suya a la fuerza. 

Forcejearon un lapso, el cura la lanzó a la cama, Josefina ofreció resistencia verbal y física, y en ese momento un brote de locura envolvió el cerebro del émulo de Otelo herido en su conciencia por lo traicionera flecha de Cupido. 

El cura sacó el cuchillo y lo clavó en el suave cuerpo de Josefina sin medir las consecuencias, y lo mismo el número de veces que la hirió con sed de odio y venganza que producen los celos.


Se creía que el pueblo estaba preparado para alzarse  e impedir el viaje del sindicado al saber del cambio de radicación del proceso, con tal de no concederle la libertad y no dejar en la impunidad la muerte de Josefina. 

Llegó la fecha de la partida y en silencio el cura Obeso, en medio de estrictas medidas de seguridad viajó a Manizales, en avión, acompañado por el secretario del fiscal, Luis Enrique Cárdenas Villamizar, donde el juez  de conocimiento fue más benévolo y le dio un asilo por cárcel. 

Gabriel Francisco Obeso quedó recluido en el Reformatorio La Merced regentado por monjas, y en ese lugar, aunque cómodo, se sentía oprimido por falta de salida descansar en búsqueda de paz para su convulsionado espíritu, acosado por las circunstancias, lejos de su familia de la Costa, del calor de la gente bulliciosa y bailona siempre dispuesta a la fiesta, al ritmo, a la cumbiamba, al carnaval.

EPILOGO

Tumba de Josefina Prada Muñoz y su abuela materna Quiteria Olarte

El 9 de mayo de 1951 el sacerdote solicitó una entrevista con el Juez de la causa y éste se la concedió para el mismo día en horas de la tarde. 

El cura entró al despacho acompañado por dos guardianes de civil y sin arma. Con mucho respeto se acercó al administrador de justicia y le entregó un memorial con su firma según el cual desistía a la apelación del auto de llamamiento a juicio interpuesta por su defensor Marino López  Lucas.

Al otro día, a las cuatro de la madrugada uno de sus allegados del Reformatorio La Merced se acercó a su cama para llamarlo e ir a misa los dos.

La sorpresa paralizó casi en su totalidad las actividades de la casa prisión, porque el sacerdote víctima del amor, estaba muerto, entregado a su drama, reunido con su amante de 16 años. 

A las pocas horas recibió sepultura, en silencio, en la misma residencia, en una tumba casi secreta en medio del comentario general: ¨Murió de repente¨.

Julia Obeso, hermana del fallecido, viajó a Manizales, pidió la exhumación del cuerpo para conocer los orígenes verdaderos de la defunción de su familiar, pero por efectos del Concordato la petición le fue negada. 

La desconsolada Clementina Muñoz no aguantó la presión social, vendió la casa al primer postor y se refugió en Venezuela de donde nunca volvió, hasta que la muerte con el paso del tiempo la llamó.

El hermano de Josefina, Pedro Prada Muñoz para borrar la pena se entregó al Ejército, de donde desertó al saberse la fuente de su desgracia familiar y no aguantó la avalancha de preguntas y comentarios mal intencionados.

Por paradojas de la vida, a los pocos días del deceso del cura Obeso se supo que la matrona Amelia Meoz de Soto, esposa del filántropo Rudesindo Soto, dos años antes, lo tuvo en cuenta en su testamento al dejarle un paragüero y otros valiosos objetos traídos de Europa. 

La venerable anciana en las tinieblas de la vejez nunca se enteró de la tragedia del cura y Josefina.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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