martes, 1 de septiembre de 2015

803.- EL PADRE ANGEL CAYO ATIENZA



Miguel Palacios


Fraile y escritor fue Ángel Cayo Atienza Bermejo, misionero en las selvas colombianas, novelista, antropólogo, periodista, gramático y teólogo, entre otras ocupaciones que llenaron una vida tan agitada como ejemplar.

Desde que llegó a Cúcuta, la personalidad de este Carmelita Descalzo impactó en el alma de muchos cucuteños.  Uno de ellos fue el ingeniero poeta Juan Pabón Hernández, quien lo consideró “su gran amigo”:

Una de las personas a quienes he admirado es al padre Atienza. El ejemplo de este sacerdote abnegado, se halla depositado en mi recuerdo como uno de los patrimonios afectivos más interesantes, por cuanto su amistad me representó la maravillosa oportunidad de valorar a un ser excepcional.

Su sacerdocio lo ejerció con nobleza, afianzando en la misión pastoral la integridad de un hombre severo consigo mismo, en el afán de procurar a sus fieles la mejor opción espiritual, sin incurrir en exageraciones, ni fanatismos, con una conciencia de que la vida es el proceso de equilibrar el desarrollo material con la armonía de una intimidad fundamentada en el amor a Dios.

Su conversación poseía la fluidez de la sabiduría: entendía la fragilidad humana con  bondad pero, especialmente, con la sutileza de no convertirse en aquél juez que condenaba, sino en el amigo que orientaba al perdón, al regocijo de aprender de las experiencias para construir una ética personal.
 
De hecho, así fue su propia vida, en la cual disfrutaba como cualquiera de los mortales un buen vino, una partida de cartas o la apresurada manera de aspirar el humo de un cigarrillo.

Atienza era excéntrico, sus actos lo demostraban, poco convencional, de una autenticidad suprema; por eso conversaba con los difuntos y en sus oficios aparecía, como una constante, la palabra diferente con la que expresaba sin ambages su pensamiento.

Me emocionaba su intenso amor por los niños y la semblanza de ternura que a ellos ofrecía en su altar, al convocarlos a ir hacia él a compartir el anhelo de paz.

Su muerte lo transportó al cielo que buscaba con ilusión. Ahora debe ser un ángel de verdad.

Al ser exaltado como miembro de Número de la Academia de Historia de Norte de Santander, el académico Juan Pabón Hernández presentó el trabajo “Angel Cayo Atienza… un sacerdote noble y amigo”, del que extractamos el siguiente relato:

Nació en Corella, Navarra, al norte de España, el 27 de febrero de 1909, en un hogar acendradamente cristiano, formado por Ángel  Atienza y Vicenta Bermejo.

Allí, en medio de la bucólica sensación de vivir en contacto con la naturaleza, aprendió a leer y escribir, y a  saborear del destino, las esencias de su verdadera finalidad y a conformar interiormente los fundamentos de una pronta entrega al servicio de Dios, correspondiendo al llamado de una vocación que nació con él.

Estudió en el Seminario carmelita de Villafranca y en los tiempos anticlericales de la República fue a parar, con otros condiscípulos, a tierras colombianas, donde se ordenó en una ciudad de maravilloso nombre, Santa Rosa de Osos, tomando para él el de Fray Pablo del Santísimo Sacramento.

Para la época, en España, estalló la República y los Superiores Carmelitas decidieron abandonar la madre patria.

Acompañado de 14 jóvenes, llegó a Villa de Leiva (Boyacá)… allí se inició su gran amor por Colombia, su patria desde entonces.

Transcurrido un año, junto a otros seis Carmelitas, partió como misionero a las selvas de Urabá, en donde en 1932, monseñor Miguel Angel Burles lo ordenó sacerdote.

En Urabá, una experiencia  ardua y recia, pero rica en aventuras y logros, estuvo el padre Atienza durante seis años, durante los cuales realizó numerosas actividades.

Estando en Chigorodó, se enteró que en España, había estallado la Guerra Civil y decidió regresar a su patria a cumplir con el deber.  Allí fue el capellán de dos batallones: el V de Oviedo de Trincheras, y el XI de Castilla, de avance.

Una vez terminada la guerra, estuvo en Santander, España, en donde se dedicó a escribir, “Al amor de los Caribes” y “Además”, “Urabá de los Katios”, son prueba de ello.

Un par de años después, el Obispo de Biyayapurán (India), conoció las obras del sacerdote y quiso que fuera allá y escribiera una novela sobre los misioneros de Malabar, un plan que gustó a los superiores de su comunidad, quienes dispusieron que Atienza fuera primero a Londres para estudiar inglés e ir luego, a la India.

En Londres, el Señor cambió totalmente los designios y dirigió su vida a otra dimensión… pocos meses después fue destinado a Panamá.  Allí inició además de sus funciones la publicación del semanario El Lábaro, el cual constaba de ocho páginas y era escrito casi en su totalidad por él. 

Un escrito de esos encolerizó al Presidente Arnulfo Arias, quien dictó fulminante decreto de expulsión de Panamá del Padre Atienza.

Como consecuencia de esos acontecimientos, se produjo su salida de la Orden de los Carmelitas.

Una amistad de un amigo con el obispo Luis Pérez Hernández, le abrió el campo para llegar a Cúcuta.

Desde entonces vivió en la ciudad, adoptó como su segunda patria, se hizo ciudadano colombiano y obtuvo la cédula 13.444.828 de Cúcuta.

Aquí desarrolló su apostolado en las parroquias de la Santísima Trinidad, como coadjutor del padre José Rubén Rubio y como párroco de Nuestra Señora de las Angustias, la Santísima Trinidad y el Sagrado Corazón de Jesús, en la cual construyó el templo parroquial y la casa cural gracias a la benevolencia de los cucuteños y a la incomparable fe en San José, el patrono de Cúcuta.

Fue el colaborador permanente en el periódico Diario de la Frontera y esporádicamente escribió en La Opinión.

Fue el capellán de la Clínica Santa Ana, donde diariamente visitó a los enfermos y les llevaba la comunión; un dulce y sus anécdotas, aunque sea por un rato, los hacía olvidar sus quebrantos.

Algunas de sus actuaciones fueron catalogadas como excéntricas, pero no había tal, eran el resultado de una conciencia sacerdotal que lo inducía a decir y hacer las cosas como las sentía…  los dichos, el inmenso amor por los niños, las continuas prédicas por la paz de Colombia y la fobia por los nombres extranjeros o aquellos que no parecían en el santoral, son actuaciones que los cucuteños no podrán olvidar.






Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

2 comentarios:

  1. Padre angel cayo atienza, que gran honra Dios me concedió, él fue mi gran amigo, yo en aquella época niño, siempre fue muy especial, su carácter fuerte y espontáneo, su carisma. Disfrutaba tanto su compañía, sus conversaciones, consejos, hice la primera comunión antes de la edad acostumbrada a petición de él, fue mi amigo del alma, nunca jamás lo olvidaré, por que él me hizo sentir especial, siempre está en mis oraciones y en mi corazón! Gracias infinitas muy querido padre atienza, por las cosas que me habló, que aún hoy en día me dan fuerza y dicha espiritual. Gracias a Dios, por q fuiste parte de mi vida. Es un privilegio.

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  2. Padre angel cayo atienza, que gran honra Dios me concedió, él fue mi gran amigo, yo en aquella época niño, siempre fue muy especial, su carácter fuerte y espontáneo, su carisma. Disfrutaba tanto su compañía, sus conversaciones, consejos, hice la primera comunión antes de la edad acostumbrada a petición de él, fue mi amigo del alma, nunca jamás lo olvidaré, por que él me hizo sentir especial, siempre está en mis oraciones y en mi corazón! Gracias infinitas muy querido padre atienza, por las cosas que me habló, que aún hoy en día me dan fuerza y dicha espiritual. Gracias a Dios, por q fuiste parte de mi vida. Es un privilegio.

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