miércoles, 16 de septiembre de 2015

810.- UNA HACIENDA CAFETERA ENTRE 1920 A 1960



Manuel Waldo Carrero Becerra

 

 

 Después de que el café entró a Colombia por Chinácota en 1821, procedente del estado Táchira, de los municipios de Táriba, donde  hay constancia que para 1801 “había en la Parroquia de Táriba,  ocho o más haciendas de café” y la zona cafetera de Rubio y su hoy municipio Junín, que se unía con el territorio de Chinácota, que incluía los hoy municipios de Herrán y Ragonvalia, que se extendía hasta la frontera, con comunicación directa, a una o dos jornadas de camino, con la Hacienda La Yegüera, donde Gervasio Rubio sembró los primeros granos, traídos en 1794 de Mérida y más tarde  fundó allí la ciudad de Rubio, hermana de Chinácota, que acogió en ese siglo muchas familias oriundas de allí,  por lo cual el intercambio de productos y personas era muy intenso.

 

Se decía que en una fiesta patria se izaban en las casas del pueblo cerca de 300 banderas de Venezuela.

 

A mediados de ese siglo (1850), se  extendió su cultivo en otras tierras de clima medio como Salazar,  donde se cuenta  que el Pbro. Francisco Romero, párroco de Salazar de las Palmas, de 1834 a 1840 y de 1848 a 1850, imponía a sus feligreses la penitencia de sembrar matas de café.

 

El párroco de Bochalema, en años anteriores, Pbro. Ramón García, hacía viajes a La Troja (Hoy Durania), a enseñar cómo se debía sembrar el café.

 

En estas tierras de clima medio, fundaron sus haciendas cafeteras gentes importantes y pudientes de Cúcuta y Pamplona, que inclusive allí se domiciliaron. Otras vinieron de Venezuela.

 

También a Cúcuta, llegaron de Maracaibo casas comerciales, principalmente de alemanes, que compraban y exportaban el café, ya beneficiado, a Europa y a Estados Unidos.

Las primeras exportaciones

Las primeras exportaciones de productos de la frontera colombo-venezolana se hicieron a través de Cúcuta, hacia el año de 1800, cuando todavía formábamos un territorio unido como colonia de España.

 

De las haciendas se llevaba el café en arreos de 10 mulas que cargaban dos sacos de 60 Kgr. cada una, que era el peso oficial para las exportaciones, a un centro de acopio en cada pueblo, y luego a los compradores de Cúcuta, que lo embarcaban por el rio Zulia en pequeñas embarcaciones, al rio Catatumbo, a Puerto Encontrados, y de allí, en medianos barcos, a Maracaibo donde se utilizaban los grandes “vapores” principalmente a los puertos de Hamburgo y  Nueva York.

El proceso cafetero

Inicialmente el propietario de una hacienda sembraba el café directamente y, después, por el sistema de pequeñas parcelas que entregaba a “parceleros” que eran los encargados de la siembra, para lo cual utilizaban germinadores con pequeñas eras, o cajones llenos de arena cernida, en donde se colocaban las semillas del café y a los 45 días allí nacen las planticas y permanecen otros 45 días, hasta que están listas las “chapolas” para pasarlas al almácigo, que puede ser con sombra artificial donde las eras se protegen con un cobertizo, o con sombra natural intercalando las eras con arbustos principalmente de crotalaria que se siembra 3 meses antes de sembrar las chapolas en sentido norte-sur, contrario a la dirección que se ve mover el sol,  para que les dé sombra.

 

También servía para la siembra el “Colino”, que retoñaba en los cafetales, del grano que se caía de los arbustos.

 

Luego viene el trasplante al lote donde se establece el cafetal que debe estarse limpiando de malezas, charapiándolas o paliándolas a ras de tierra. Se hace poda cuando sea necesario  después de la cosecha y recolección del grano en canastos de paja, generalmente hecha por mujeres y niños, que el aparcero entrega al propietario en cereza, también llamado “café en baba”, debidamente pesado.

 

Había dos recolecciones, la cosecha principal en (septiembre y octubre) y en la mitad la llamada “atraviesa” (en abril y mayo). Así es en Chinácota; en algunas regiones (Bochalema y Durania) es al contrario.

Relaciones comerciales

Además del café producido en la hacienda también se compraba el producido en pequeñas fincas vecinas. El propietario hacía por su cuenta el beneficio que consistía primero en el descerezo para lo cual se utilizaba una maquina llamada despulpadora.

 

Anteriormente esta operación la hacían, según el tamaño de la finca, utilizando molinos de piedra liza, movidos por mulas, por bueyes o por agua.

 

Con el  descerezo o desbabadora se le quita la cereza, que trae dos granos, como se recolecta el fruto de la mata.

 

Para que sea de buena calidad el café, separadas de la pulpa las semillas, se colocan en tanques de concreto durante 12 o más horas para que se fermente, luego es lavado en agua limpia, se escurre en escurrideros y finalmente se  extiende en patios, al sol  y al aire donde se revuelve constantemente para lograr un secado uniforme.

 

Desde 1920 a 1930 se tecnificó el beneficio en el llamado “ingenio del café”, que tenían las más importantes haciendas, como “Campo Alicia”, la de los más grandes cafetales del departamento, en el Zulia, que era corregimiento de Cúcuta, de Alberto Camilo Suárez Ontiveros, quien había llegado de Rubio; “La Mutis” de Camilo Mutis Daza, sobrino de Camilo Daza tío abuelo del famoso piloto, que había cedido a su futura esposa, Ramona Camargo, unos días antes de casarse, la mitad de su hacienda “La Garita”, y había resuelto separar los cultivos de café del resto que eran principalmente potreros, la más extensa de la región, en  el corregimiento de La Garita , de El Rosario, que atravesaba los llanos de “Corozal” y “El llano de Orozco” hasta la Siberia en Herrán; “La Selva”  de Josué Canal González, antes de Ramón González Valencia, quien la fundó  y “Orope” de doña María Lara de Vargas, en Bochalema; “La Meseta”, de  Nepomuceno Fuentes, en Durania; “Cuellar” de Manuel Waldo Carrero Vivas y “El Amparo” de Belisario Canal González en Chinácota.

 

En las grandes haciendas, después del descerezo, se pasa el café  por una zaranda para separarlo por tamaños, y viene el secado en los patios si hace sol o en una “Guardiola” o “Secadora” numero 1, 2 o 3, de calorífico multitubular de carbón mineral o leña.

 

Sigue el pilado o trillado para quitarle la cáscara o pergamino. La trilladora era de marca "Engelberg" y la noria de 2 toneladas, doble engranaje, igualmente la pulidora para quitarle la película plateada que cubre cada almendra, y la clasificadora que lo separa según el peso y el tamaño; en este estado las almendras tienen  un color verde oliva y por último la “escogida” donde manos expertas, pacientes y entrenadas, descartan las almendras inferiores que son los granos defectuosos y la pasilla, trabajo que, generalmente, lo hacen mujeres en mesas de madera corrientes y después mesas especiales.

 

Con el café pilado se hacen “pilas” para mezclarlo y estandarizar su calidad. Más tarde especialistas inspeccionan cada saco destinado a la exportación. El resultado de todo este proceso permite a Colombia exportar el mejor café del mundo.

El inicio de la tecnificación

La mayoría de estas máquinas eran importadas de Inglaterra de E.H.Bentall y Co. y el técnico que las montó fue el alemán Don Thilo Friedrich Lendewig Harmas, de la casa Van Dissel, Rode y Co. Sucs. quien había montado las de Rubio, y comentaba que el ingenio más técnicamente montado había sido el de la Hacienda Cuellar, porque se había hecho de acuerdo con las normas de los planos y catálogo de la fábrica, y no al capricho del propietario de la hacienda como en otros casos.

 

Algunas de estas haciendas también tenían trapiches paneleros y tuvieron el proyecto de una asociación entre vecinos de montar para toda esa región de Chinácota, en la Hacienda Cuellar, un ingenio azucarero, similar al que Don Pedro Felipe Lara Merchán tenía en su hacienda “Carrillo”  donde producía azúcar morena sin refinar.

 

Sacarían el agua por una toma desde la quebrada Iscalá para regar la caña de azúcar en las haciendas “Cuellar” de Manuel Waldo Carrero Vivas, quien ya había pedido las cotizaciones de la maquinaria, a The Geo L.Squier MF.G. y Co. de New York, “El Caney” de Miguel Angel García, “Palmares“ de Wenceslao Muñoz y “Cañafistolo” de Manuel Villa Valero.

 

En total eran 300 hectáreas, aproximadamente, de caña tipo (POJ) que era la variedad que ya tenían sembrada, y que les serviría de semilla, mas la que se comprara a otras fincas vecinas.

 

También tenían algunas de estas haciendas otras actividades ganaderas, como vacas de ordeño, o rebaños de cabras, donde a veces venía un venado, al que mataron unos “valientes” cazadores de Cúcuta, ovejas, cerdos llamados en Colombia marranos y en Venezuela cochinos, el corral de las gallinas, piscos, gansos, patos blancos y pequineses. Cría de bestias mulares y caballares para  lo cual requerían los respectivos establos, corrales y pesebreras.

La variedad frutera

Y un huerto de frutas muy variado. Había el caso de una finca donde el propietario cuando tenía una visita les preguntaba “qué fruta quieren comer, que si no la hay, por lo menos les muestro el árbol”.

 

Las frutas eran: naranjas chinas de la variedad valenciana, ombligona, hoy llamada tangelo, y una que llamábamos boba, porque era muy dulce, simple y no tenía nada de ácido: naranja, mandarina, lima, lima-naranja o fruta vedada como la llaman en Venezuela, muy rica en ácido ascórbico, limonsón, limón, pomelo, melón, cidra, toronja, toronja grape o grape fruit.

 

Chirimoyas, guanábanas, mangos, lulo, tamarindo, nísperos, níspero japonés, ovo, ciruelas, pomarrosas o caimitos, pitayos, mamones, curubos, guayabas, uvas, manzanas, peras, duraznos camuesos, melocotones, granadas, granadillas, parchas (o como decían los niños, la fruta de los mocos) parecida al maracuyá.

 

Fresas, moras, higos, aguacates  o curas, guamas (que eran los árboles utilizados como sombra en los cafetales), cerezos, patillas, lechosas o papayas, piñas, palmas de coco y corozos, etc…

 

Además de “El Frutal” también había  “El platanal” con los bananos, o cambures, en todas las variedades, por orden de tamaño: Quiniento, guineo, pecosito, manzano y bocadillo. Y los plátanos de cocinar: Artón, dominico, mataburro, chocheco, guineo negro y guineo maduro; junto con la yuca, constituían la base de la alimentación de los obreros.

Cómo se vivía entonces

Además de su casa en la ciudad o en el pueblo, los propietarios tenían su casa en la hacienda, Estas casas tenían las comodidades de la época, iluminación con lámparas “coleman” de keroseno y caperuza, inodoros de hoyo y por las noches se utilizaba la bacinilla, el baño era cada 2 días y se usaba  una totuma para echarse el agua.

 

Se empleaba “jabón de la tierra” que es de color oscuro. Se fabricaba artesanalmente en la misma hacienda. Para hacerlo se consigue ceniza vegetal, se pone en un recipiente y se disuelve en agua, así se obtiene la “lejía”, se cuela y se pone a calentar y se le va agregando manteca animal, se revuelve hasta obtener la masa deseada, cuando se enfría se hacen  las bolas de jabón y  se empaca en hojas de plátano.

 

Estas casas, inclusive las cocinas, que eran grandes estufas rudimentarias de leña y hornillas de carbón, estaban separadas de las de los trabajadores que dormían en camarotes de madera de tres pisos, en piezas aparte los hombres, las mujeres y las parejas, que tenían que cuidarse de no hacer ruidos.

 

También en la casa de los aparceros que los contrataban, se acostumbraba lo mismo: hacían las necesidades en el monte y se bañaban semanalmente en las quebradas.

 

Los propietarios, los aparceros y los trabajadores, se abastecían el mercado con los productos de las haciendas, a excepción  del arroz que se traía de tierras calientes, el trigo de tierras frías y la sal de mar que venía de Maracaibo y se molía en Cúcuta, ya que salía más barata que la sal de Zipaquirá.

 

Otros productos y mercancías eran los que se conseguían en el pueblo. Inclusive la carne la traían de las haciendas más grandes, donde semanalmente mataban un novillo para el abastecimiento de los trabajadores, especialmente en tiempos de cosecha cuando se quintuplicaba el personal.

 

Para los trabajadores del campo la carne era tan importante para su alimentación, que en tiempos de crisis económica se ofrecían a trabajar solo por la ración de carne, que no cambiaban ni por pescado bagre salado que venía en la época de cuaresma de los grandes ríos en sacos de fique, ni por huevos.

Un trabajo arduo, ejemplar y constante

Pero el verdadero motor de las fincas era el trabajo arduo, sin resentimientos sociales de los mayordomos, arrieros, mingos, aparceros o amediasqueros o amedieros, obreros o peones, quienes de madrugada se levantaban a amolar sus herramientas: palas, machetes, machetillas o peinillas, las mismas que usaba la policía para dar planasos, cuchillas desde 6 hasta 12 pulgadas de largo, que se empretinaban, y eventualmente servían como armas corto-punzantes.

 

Otras herramientas eran los azadones, machetes de roza con cabo, charapos, machetes de punta recortada para el corte de caña, barras y canaletes. 

 

Del  ingenio salía el café beneficiado y listo para su venta; y en cantidades inferiores al 1%, una  clase de café pilado que se llamaba “caracolito”, porque era un sólo grano redondo, de cada pepa. 

 

Se reservaba para los altos Jefes alemanes de las Compañías compradoras, quienes decían que tenía más concentrada el rico aroma del café colombiano. Una especie de café Gourmet. 

 

Por contraste, para la Federación Colombiana de Cafeteros, hoy hace parte de las 16 clases de granos defectuosos o café pasilla, que se destina al consumo nacional. Producimos el mejor café del mundo y tomamos el elaborado con los granos defectuosos o pasilla.

 

 


Recopilado por: Gastón Bermúdez Vargas

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