domingo, 7 de febrero de 2016

886.- LUCIO PABON NUÑEZ (1913-1988)



Jorge Mogollón Torres (Resumen de artículo)



Lucio Pabón Núñez, nació en Convención, aunque algunos dicen que fue en Villacaro donde fungió como alcalde y es considerado, “su hijo más ilustre”. Hijo de Crispín y Victoria, empezó el bachillerato en el Colegio José E. Caro entonces dirigido por jesuitas y, alumno distinguido, se trasladó al prestigioso Colegio de San Bartolomé en Bogotá, también regentado por jesuitas, donde es considerado un “bartolino ilustre”.

Allí fue compañero y amigo de Álvaro Gómez Hurtado, hijo del caudillo conservador Laureano Gómez quien, demostrando su afinidad y afecto, en fecha memorable, de Pabón dijo: “En mi casa, Lucio no es un amigo, sino un hijo más”.

Ingresó a la Universidad Javeriana, graduándose de abogado en 1941 con su tesis: “La tridivisión del poder público”. Es pues, producto neto de la educación que impartían los jesuitas.

Su hoja de vida producirá envidia entre sus colegas, pues representando al partido Conservador, entre otros fue: diputado a la Asamblea (1939-1941), representante a la Cámara (1943-1947 y 1962-1966), gobernador (1949-1950), plenipotenciario en Portugal (1950-1952), diputado a la Asamblea Nacional Constituyente, la Anac (1953-1957), senador (1970-1974 y 1982-1986), ministro de: educación (1952-1953), guerra (1953), y gobierno (1953-1956); además rector de la Universidad La Gran Colombia (1975- 1977).

Una vida que transcurre dedicada exitosamente a la actividad política durante la república liberal (1930-1946), los gobiernos conservadores subsiguientes (1946-1953), la dictadura militar (1953-1957), el Frente Nacional (1958-1974) y luego hasta 1986: 47 años en la burocracia, entre el legislativo, el ejecutivo y la diplomacia como suele suceder.

Gobernador “a sangre y fuego”.

El 8 de octubre de 1949 Pabón Núñez se posesionó como gobernador del Norte de Santander, remplazando al también conservador Carlos Vera Villamizar, médico pamplonés y caballero a carta cabal.

La razón, según José María Villareal, fue que “claramente, decididamente vino una orientación conservadora por parte del gobierno nacional.” Según Pabón: “Yo no quería aceptar, pero Álvaro Gómez me dijo que quien despertaba mística en los conservadores y miedo en los liberales era yo” y añade: «Sí, fui gobernador “a sangre y fuego” porque “a sangre y fuego” estaba la vaina (…) en la época de Ospina, al revés, se desató la persecución conservadora».

La realidad política era simple: Laureano Gómez era candidato a la presidencia y en un país que recientemente había ratificado su mayoría liberal, era imprescindible la intervención oficial a su favor, como admitió Pabón: “(…) agente electoral (…) de Laureano. Para hacerle las elecciones. Lo sacamos como presidente”.

Así las cosas, el 16 de noviembre de 1949 ocurrió una matanza en El Carmen, municipio nortesantandereano tradicionalmente liberal.

Según Pabón, allí había alteraciones del orden público y estaban almacenando armas y explosivos para dar un golpe de Estado, por lo cual decidió enviar la policía reforzada con “elementos probadamente leales al gobierno” (chulavitas): los 117 efectivos policiales junto con el nuevo alcalde, Pedro Belarmino Ovalle, llegaron al pueblo, donde “un núcleo revolucionario poderosamente armado atacólos (sic) desde casas cerradas, produciendo muerte de un agente, muerto el chofer que llevaba la policía, y seis agentes gravemente heridos (…) entre los atacantes hubo 24 muertos”.

El historiador Ciro Castilla Jácome discrepa: “Agentes del Gobierno en contubernio con maleantes de los pueblos circunvecinos se tomaron nuestro terruño en forma salvaje: balearon a sus gentes y los civiles saquearon casas y almacenes (…) Fue un genocidio. Un crimen atroz.”

Disiente también el historiador ocañero Jorge Meléndez que en su opúsculo “Comarca incendiada” alude al evento como el “holocausto carmelitano” y cita el dramático testimonio de un testigo: “Lucían ebrios. Lanzaban injurias contra la oposición (…) vivaban a don Laureano Gómez (…) la religión, a Cristo Rey, al Papa, a Francisco Franco (…) se les obligó a cavar a golpes de látigo su propia fosa (…) los alinearon de a cuatro en fondo y los fusilaron con varias descargas de metralleta (…) Muchos estaban sólo heridos. Suplicaban, gemían. Pero a golpes de azadón y barra se les acomodó (…)

Nahún Sánchez escribió: “Un número cercano a las setenta víctimas fatales, casas destruidas, establecimientos comerciales desocupados, centenares de huérfanos (…) dolor rabia y desamparo, (…) una masacre que pocos conocen (…) sus responsables nunca fueron judicializados”.

Ferdinando Casadiegos narra: “pude presenciar el asesinato de Manuel Carvajalino Peña, (…) jefe liberal de El Carmen, a quien sacaron de la casa de Armando Mier (…) le ordenaron seguir adelante (…) antes de llegar a la esquina la policía le disparó por detrás (…) y lo despojaron del reloj y de una cadena de oro…”

Guzmán Campos y colaboradores clasifican la matanza como un “espantoso genocidio” y no como el resultado de un combate entre la policía y los subversivos, como afirmó Pabón.

En el cementerio de El Carmen hay una tumba con 39 cadáveres cuyo epitafio reza: “Bajo este monumento yacen en fosa común los hombres inocentes sacrificados por el odio y la violencia…”

Silvia Galvis, bumanguesa y Alberto Donadío, cucuteño, aseveran que el gobernador, previamente a la incursión policial solicitó al director general del ejército retirar un retén militar cercano a El Carmen que significaba una garantía vital para los liberales acosados por la policía chulavita; le correspondió al general Rojas Pinilla (ascendido el 22 de octubre de 1949 el mismo día de la masacre de la casa liberal de Cali que dejó 15 muertos) conceder tal solicitud y dar vía libre para que actuara la comisión enviada por Pabón.

Alfonso Fernández, juez 54 de instrucción criminal investigador de los hechos, fracasó en su misión por lo cual la masacre sigue impune.

El citado Meléndez afirma que el doctor Timoleón Rodríguez intentó detener a los responsables y fue destituido de su cargo; deduce que se trató de “un crimen oficial”.

No puede negarse la eficacia política de los atropellos pues once días después del genocidio en El Carmen, Laureano Gómez fue elegido presidente de la república con la abstención del 61% del electorado, obteniendo el 99.5% de los votos porque el partido liberal hostigado no participó en el certamen, llamando a desconocer “la farsa electoral”.

Una foto de archivo en la cual recordamos a varios personajes: Luis Parra Bolívar, fundador y director del Diario de La Frontera, Sixto Tulio Reyes Peinado y Lucio Pabón Núñez, dirigentes conservadores, y el poeta Cote Lamus, en alguna ceremonia.

Rafael Rangel, guerrillero liberal, intervino con un ataque en San Vicente de Chucurí, dejando por lo menos cien muertos.

Mientras La Violencia crecía, el gobernador Pabón fue promovido por Gómez al rango de ministro plenipotenciario en Portugal, la tierra del dictador Antonio de Oliveira Salazar primer ministro de esa desdichada nación durante 36 años, objeto de la admiración del novel diplomático: “Yo no fui fascista ni nazi pero si salazarista y aún lo soy” (!) ratificó Pabón en 1985.

El 13 de junio de 1953

Clausurado el congreso, Laureano Gómez se posesionó ante la Corte Suprema de Justicia el 7 de agosto de 1950, cuando “Colombia se encontraba en un estado de colapso político debido a la guerra civil”, pero a los quince meses le concedieron una licencia por enfermedad.

Se encargó de la presidencia al Designado, Roberto Urdaneta Arbeláez, quien nombró a Pabón inicialmente en el ministerio de educación, en medio de una pugna interna del partido Conservador “tridividido” entre laureanistas, ospinistas y alzatistas.
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Y La Violencia no cedía. Reapareció un alto oficial del ejército e ingeniero civil, muy cercano a Ospina Pérez: el general Rojas Pinilla, comandante del ejército.

La cercanía entre Rojas y Ospina disgustó a Laureano Gómez, ya en varias ocasiones trató de librarse de Rojas enviándolo en misiones al extranjero para alejarlo de la línea de mando, en vano.

El momento se presentó cuando Felipe Echavarría Olózoga, un industrial antioqueño que fue acusado de conspirar para asesinar a prominentes figuras de la vida nacional, incluido el general Rojas.

Echavarría fue detenido y confesó mediante tortura por el Ministerio de Guerra siendo ministro del ramo Lucio Pabón.

La tortura llegó a oídos del presidente titular, Laureano Gómez, que se declaró escandalizado y decidió que el general Rojas debía ser retirado del Ejército y con esta intención, el 13 de junio de 1953 se presentó al Palacio de la Carrera, reasumió la presidencia, convocó una reunión de gabinete y ordenó al ministro destituir al general; Pabón, alegando el debido respeto al fuero militar constitucional se negó a efectuar tal trámite y renunció.

El ex ministro Pabón, se presentó a la sede del gobierno para entrevistarse con Urdaneta a quien instó a asumir la Presidencia de la República con el apoyo de las Fuerzas Armadas.


Urdaneta se negó pues Gómez era el titular y debería primero renunciar.

Hubo un vacío de poder y para llenarlo se discutían diversas alternativas, pero, ostentando su índole, actuó Pabón Núñez. Leamos su versión, digna de Maquiavelo:

«Se produjo el caos. Mandaron llamar a Laureano pero no lo encontraron (…) Entonces comenzaron a llegar personajes conservadores, Ospina Pérez, Luis Ignacio Andrade y algunos liberales.

Urdaneta y Ospina se retiraron con el propósito de mantener una conferencia secreta (…)

De pronto salí del salón (…) y un militar borracho me dijo: “Esta vaina se volvió Cuba. Aquí va apoderarse del poder un Batista, porque mi general Rojas no le jala (…) A no ser que usted se haga cargo. Nosotros lo apoyaríamos.” Yo pensé: “Esto se lo llevó el diablo”.

Pregunté dónde estaban Urdaneta y Ospina y alguien me indicó: “Allá encerrados”.

Me dirigí al despacho (…) abrí la puerta y les dije:

“Vengo a comunicarles que el general Rojas se ha hecho cargo del poder”, lo cual era una mentira. Rojas estaba atortolado. (…) Ospina (…) me respondió (…): “Ante los hechos cumplidos no hay nada más que aceptar”. Y salió tras de mí. (…)

Llegué donde Rojas y le dije: “General, el doctor Ospina y el doctor Urdaneta vienen a reconocer tu ascenso a la Presidencia”. Rojas no sabía qué hacer.»

El insólito relato lo confirma Urdaneta: “Así es. En verdad, el que dio el golpe de Estado fue Pabón Núñez…”

Según testimonio del general Berrio Muñoz, una vez Rojas asumió la presidencia, procedió a nombrar su gabinete y «se dirigió a Pabón así: “¿Lucio, me acompañarías en el ministerio de Gobierno? y el doctor Pabón Núñez contestó con estas textuales palabras que no se me olvidarán nunca: “Gustavo, en tu gobierno te sirvo hasta de mecanógrafa”».

No olvidemos que el derrocado era Laureano Gómez de quien ese día Pabón dijo: “Laureano Gómez ha sido para mí un padre. Yo que no soy incondicional de nadie, lo sería de Laureano Gómez. Pero en este caso, tengo que correr la misma suerte del doctor Urdaneta.”

Pabón fue el que redactó la proclama que Rojas leyó a los colombianos:

“No más sangre, no más depredaciones a nombre de ningún partido político, no más rencillas entre hijos de la misma Colombia inmortal. Paz, derecho, libertad, justicia para todos…”

Pocos criticaron el nombramiento del poderoso ministro.

Pinilla gobernó con muchas dificultades pero con la colaboración de los lentejos se aprestaría a reelegir al “jefe supremo” por un periodo de 4 años, lo cual rebosó la copa; llegó mayo de 1957 y un movimiento civil bipartidista de envergadura nacional depuso “al usurpador” que el viernes 10, luego de 1427 días en la presidencia, renunció a su investidura y nombró una junta militar en su remplazo.

No adivina el lector dónde estaba Lucio Pabón el día que Rojas Pinilla fue derrocado: en la paradisíaca Miami, afectado “por una ameba llamada yárdeas” (sic) (probablemente una giardiasis, una parasitosis intestinal).

Esta versión, para variar, también es refutada: el 8 de mayo de 1957 hubo reunión de la Anac para decretar la reelección de Rojas para el periodo 1958-1962; Hernando Navia Varón afirma que “Pabón Núñez al darse cuenta que (sic) las Fuerza Armadas no aceptaban un candidato civil como Designado (…) se retiró de las sesiones (…) y viajó a EE.UU.”; frustrada su aspiración a la designatura, a nadie sorprenderá la actitud de nuestro exitoso político cuyo fino olfato reaccionó tardíamente.

De los EE.UU. pasó a Madrid donde viviría 5 años de exilio voluntario mientras la frágil memoria de los colombianos olvidaba.

Regresó al país en 1962, como si nada hubiera ocurrido, siendo presidente su copartidario Guillermo León Valencia y, naturalmente, al Congreso de la República donde permanecería con altibajos hasta 1986.

El liberal bumangués Augusto Espinosa escribió en El Tiempo el 21 de octubre de 1962:

“Pabón no habló de cómo traicionó a su propio partido; ni de cómo persiguió a sus copartidarios (…) se proclamó frentenacionalista, (…), ospinista integral, alzatista irreductible (…)”

Aparentemente, abjuró de su rojismo. De la masacre de El Carmen poco se habló, tema sensible durante la época desmemoriada del Frente Nacional.

Tampoco de la masacre en la casa liberal de Cali, ni de la masacre de los estudiantes en las calles bogotanas, ni la de Belalcázar, la de Villarrica, La Ceiba, Urrao… Mejor la impunidad, con el célebre político nortesantanderano paseándose orondo por las empinadas, sinuosas y resbalosas gradas de la burocracia durante otras dos décadas.

Epílogo

Para singularizar a  Pabón Núñez, el partido Liberal acudió a un chascarrillo:

“¿Cómo se llama la Avenida que atraviesa el Cementerio Central? Avenida Pabón Núñez (…) porque tiene muertos a lado y lado”.




Nota a considerar.- Para analizar los actos de una persona debemos ubicarnos en el tiempo y desentrañar las circunstancias políticas de entonces. 

Difícilmente se puede creer que una persona con tan magna formación humanística incurra en actos irreflexivos, aunque por su calidad de servidor público se le pueda derivar responsabilidad política, lo que no quiere decir que sea acreedor de responsabilidad penal.  Olger García 




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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