miércoles, 2 de julio de 2014

593.- DE MARACAIBO VIENE UN BARCO CARGADO DE...A CUCUTA



Leopoldo Vera Cristo



Grupo de alemanes residentes en Cúcuta, quienes tuvieron una decidida influencia en el desarrollo empresarial, durante la primera mitad del siglo XX. A la izquierda Federico Halterman quien fue el primer presidente de la Cámara de Comercio de Cúcuta en 1915, le acompañan los comerciantes Otto Moil y H. Meiwal durante una celebración organizada por la Colonia Alemana.


Corrían los años veinte del siglo veinte. Los jóvenes de la vieja Europa, donde acababa de terminar con miseria la Gran Guerra, soñaban con cruzar el océano para buscar fortuna en las tierras nuevas y selváticas de Sudamérica. Eran contratos sencillos que comprometían la lealtad del trabajador, generalmente para ayudantías mercantiles, a cambio de unos tres mil bolívares, pasajes, manutención y vivienda libres. La rica Venezuela era el más popular destino inicial y a ella se llegaba en vapores que se “tragaban” seis toneladas de petróleo al día. Saliendo de Hamburgo, bordeaban las costas de Los Países Bajos, las Azores y, más de veinte días después, Puerto España Trinidad, para terminar en Wilhelmstadt. Curazao era puerto obligatorio para el comercio del Caribe además de refinar el petróleo venezolano; colonia típicamente holandesa, contaba con un excelente sanatorio en el tope de una colina que por estar mejor suplido recibía todos los enfermos del litoral.

Cerquita, La Guaira y Macuto daban inicio a hora y media de  subida por una fina carretera que llevaba a Caracas, mil metros arriba del mar.  Allí, en El Paraíso, zona de ricos, aparecían calles angostas con quintas blancas casi todas de un piso y de aspecto llamado colonial, con visos romano y morisco en su interior. En las mansiones de dos pisos las habitaciones con  balcón rodeaban un hermoso patio con fuente incluida. Impresionaba el número de carros y edificios públicos. Una habitación con buen desayuno costaba 5.60 marcos y una comida fina cinco.  Los inmigrantes eran prolíficos en el nuevo mundo; en puerto España los Stollmeyer eran siete varones y tres niñas, en Caracas los Gillmeyer eran doce niñas y dos varones.

Pero la meta era Maracaibo que con San Cristóbal, Cúcuta y Barranquilla constituían el eje comercial del norte sudamericano, donde las más importantes casas comerciales tenían sus bien establecidas sucursales. La angosta entrada al lago de Maracaibo mostraba a un lado una especie de castillo derruido que asustaba a los extranjeros a quienes habían hablado del “infierno” de Maracaibo. Pero rápidamente la idea del infierno daba paso una gran bahía llena de barcos y velas, donde las casas se regaban  por  kilómetros hacia arriba, adivinándose  cúpulas y torres bordeadas de palmeras.

Casa comercial de Jorge Cristo, 1916. Avenida 6 entre calles 11 y 12.  Este fue uno de los más importantes comerciantes de origen libanés de la ciudad a principios del siglo XX. 

Casas como  Breuer Moller y Co. Sucs. vendían desde una bacinilla hasta un barco. Pero en realidad lo que más rendía y dominaba en el intercambio comercial no eran las bacinillas sino el café que en su mayoría se orientaba hacia Nueva York, aunque cada día aumentaba el flujo a Europa. El negocio giraba entonces alrededor de las buenas o malas cosechas del café cuyos departamentos eran los más grandes a pesar de que solo se movía según la época y las condiciones del mercado.  Y café  era lo que teníamos en el borde oriental de Colombia en uno de cuyos hermosos pueblos, Salazar de Las Palmas, nació el café colombiano cuando un buen cura ordenó sembrar maticas como penitencia de los muchos pecados de los pobladores de una región en franca bonanza.

Maracaibo tenía más o menos cien mil habitantes. Ciudad petrolera, se daba el lujo de ser habitada por  negros, blancos y otros matices, incluyendo indios de cara pintada.  Una importante corriente inmigratoria formada sobre todo por alemanes y americanos, que justificaban la existencia de una buena cervecería, contribuyó al engrandecimiento del primer centro comercial de Venezuela. En el centro un gran mercado que bullía noche y día, agrupaba a su alrededor las sedes comerciales más importantes hasta que se incendió en 1927, dejando en la ruina a muchos. Si señores, también había tranvía como en Europa, heladerías y todo eso que trae la luz eléctrica, aunque teniendo que acostumbrase a las impertinentes interrupciones. No había acueducto y se filtraba el agua recogida de los techos de las casas.  Los postigos de madera remplazaban los vidrios haciendo más románticas las serenatas, y el saludo, excepto para las señoras, no era de mano sino con palmaditas en la espalda. Pero los extranjeros vivían como reyes: en 1925, el Sr. Larsen, jefe máximo de la Breuer, había construido una casita frente al lago con cancha de tenis y embarcadero que costó Bs. 250.000 (unos 200.000 marcos de la época) la cual en Alemania prácticamente nadie podía poseer.

No era muy calurosa Maracaibo, con promedio de 33ºC  en el día y bien fresca de noche. Se bebía con entusiasmo; en muchas casas había un letrero que decía “Detal de Licores”, además de que el billar parecía ser el deporte municipal. No se veía a nadie corriendo y la gente de cierto nivel toda manejaba. El dinero resultaba hermoso, casi todo era plata y oro, cualquier empleado montado en mula podía transportar sin custodia algunos cientos de miles de bolívares en oro a las casas comerciales de la ciudad, todo un acontecimiento para los europeos. Sin embargo, el soborno y el “engrase” de los empleados públicos ya eran cosa común que sorprendía a los trabajadores extranjeros.

La rutina de las grandes casas comerciales en Maracaibo era muy parecida. Los más jóvenes abrían el negocio a las seis de la mañana para recibir los obreros. El resto de ejecutivos empezaba el día a las siete. Ya se hacían sentir los peones con intermitentes huelgas  que ayudaron a subir sus salarios a Bs. 16,50 diarios. Todos tenían que hacer de todo: correspondencia, encargar, expedir, calcular, preparar muestras, recibir mercancía y sobre todo atender a los clientes. Difícil tarea porque venían venezolanos, ingleses, alemanes, judíos de Polonia y galicianos (quienes no gozaban de mucha simpatía), cada uno deseando ser atendido en su propio idioma.  Se vendía de todo como ya dijimos, telas, cobijas, sombreros, medias, pañuelos, hilos, ropa, cosméticos, víveres, etc. Tenían vendedores viajeros que llevaban y traían pedidos, parte novelesca y aventurera del trabajo, que merecerá mención detallada más adelante. Cada una de ellas tenía más  de diez camiones Benz para transportar mercancía y los depósitos individuales de café tenían capacidad para más de 4.000 sacos. En general la jornada se terminaba a las cinco de la tarde, una hora antes de que empezara a caer el sol.

Interior casa comercial de Jorge Cristo la cual exportaba café vía Maracaibo. 1916.

Cruzando el lago, el gran ferrocarril de la Ceiba con mucho esfuerzo llevaba los vendedores viajeros  a Motatán desde donde una peligrosa carretera terminaba en Valera. Allí competían las grandes casas en precios para vender su mercancía en uno de los desplazamientos más cercanos de su sede. Desde Valera, pasando por Timotes y subiendo por la carretera de mayor altura del mundo entonces (4.018 metros) se alcanzaba el Páramo de Mérida, para bajar a esa hermosa ciudad a 1.600 metros sobre el nivel del mar. Mérida, saludada por la “Corona” y la Columna” majestuosos picos de la Sierra Nevada, empezaba entonces a mover un interesante comercio atraído por la muy nueva carretera del páramo. Los viajeros bajaban de Mérida al Táchira en más o menos 10 días, sorteando derrumbes; cubrían Tovar, Colón y se asentaban en Rubio, centro cafetero  y vividero de ricos cafetaleros. Pero era en la capital San Cristóbal donde los viajeros de Breuer, de Blohm y Cía. y de muchas otras casas hacían sus mejores negocios.  Tal vez por la vecindad colombiana de Cúcuta, donde el Sr. Müller manejaba la Breuer y se acomodaban multitud de representaciones comerciales cuyos propietarios formaban la más pura expresión del civismo y  la honestidad.

La Cúcuta comercial de principios del siglo XX merece un escrito aparte. Florecía desde el siglo anterior, mucho antes de que en 1915 el Presidente Concha y su Ministro de Agricultura y Comercio, Benjamín Herrera, casado con la pamplonesa Josefina Villamizar Peralta, crearan su primera Cámara de Comercio. Más de 35 instituciones comerciales exportadoras e importadoras, Breuer Moller, Riboli y Cía., Jorge Cristo y Cía., Cogollo y Cía., A. Berti y Cía., Van Dissel, Rode, Morelli Hermanos, Duplat y Cía., Miguel Merjech, Beckman y Cía., Mutis Daza y Soto, y tantas otras, pusieron a Cúcuta en el mapa de la economía mundial.  

Apenas pasado el terremoto, en 1876, una junta de notables gestó el ferrocarril para la región, primero en Colombia, que inauguró sin aporte oficial en 1888 los 55 kilómetros hasta Puerto Villamizar. Luego, al empalmar con el Ferrocarril del Táchira, Cúcuta se convirtió en el primer puerto terrestre del país. Me hubiera gustado ser testigo de esa época de grandiosidad, liderazgo y civismo que nunca se volvió a repetir.

La actividad de las casas comerciales  era muy parecida. Como no pude vivirla me remito a lo que me contó y escribió Don Luis Medina sobre mi abuelo, Jorge Cristo, con quien trabajó Luis por muchos años: “Respetable señor Don Jorge, fundador de la casa comercial Almacén Damasco en 1.893. Exportaba café por la vía del Ferrocarril de Cúcuta a Encontrados, buscando el lago de Maracaibo en su ruta a Nueva York y Europa. Un libanés tesoro de pulcritud, de caballerosidad, de honestidad y honradez, crisol donde se purifica el oro y se desecha la escoria”. Compraba la mayor parte de las cosechas de las regiones cafeteras del departamento.

Llegaban los arrieros con sus mulas cargadas de café a la avenida sexta entre once y doce, muy al frente del Edificio Los aliados, su casa de habitación. El café pasaba a las bodegas para el pesaje que efectuaba don Lino Durán sin la presencia del vendedor; Don Jorge recibía el dato y liquidaba a razón de veinte mil pesos la carga.

 Curiosamente los vendedores sacaban para los gastos y dejaban el resto guardado en la caja de hierro, donde Don Jorge, en talegas de lona marcadas, les guardaba el dinero para la próxima “limpia” de los cafetales, sin recibo alguno y prestándoles sin intereses si no les alcanzaba. “Eso no se puede hacer ya hoy, porque Don Jorge Cristo murió el 7 de noviembre de 1.947”, escribía Luis Medina.

Más tarde Don Luis, con la autorización de los Cristo Abrajim, quienes le hicieron un préstamo y le suministraron su primer mostrador, fundó su sastrería con el mismo nombre de Damasco que por muchos años atendió a los cucuteños.

Y así mismo tantos benefactores cívicos, laboriosos y honestos, escribieron de su puño y letra el capítulo más importante de nuestra historia comercial.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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