martes, 8 de julio de 2014

597.- EL CIRCO RAZZORE


Gerardo Raynaud


Uno de los mayores atractivos para jóvenes y adultos  en el pasado reciente era la asistencia a los espectáculos circenses que periódicamente recorrían la amplia geografía del mundo moderno, especialmente en América y Europa. 

Estos entretenimientos se paseaban en caravanas como gitanos de la diversión y entregaban su alegría a propios y extraños, durante unos pocos días antes de emprender nuevamente su camino hacia otros destinos y así sucesivamente durante años, hasta que, por cualquier motivo, entraban en decadencia y poco a poco se fueron extinguiendo. 

Hoy, el “Cirque du Soleil” ha retomado sus fueros y cambiando su estrategia lo ha posicionado nuevamente para deleite de los asistentes, que cada día van creciendo en su audiencia y en programación.


En la parroquial Cúcuta de mediados del siglo pasado, la llegada de una atracción de este tipo era todo un acontecimiento, con desfile inaugural y recepción oficial de las autoridades, especialmente cuando el circo era reconocido internacionalmente. 

La ventaja de la ciudad era que las giras  continentales de cuanto espectáculo importante debía pasar por aquí, pues los trámites, tanto de ingreso como de salida, debían realizarse en esta frontera, bien fuera que vinieran de Venezuela hacia el resto del continente, comenzando la excursión o bien de salida hacia el norte, que por lo general se hacía desde el puerto de embarque en La Guaira, Venezuela.

Procedente de la ciudad de San Cristóbal y terminando el primer semestre del año 53 hizo su aparición, por primera vez en la ciudad el grandioso circo Razzore, traído por la empresa colombiana  de espectáculos Lozano, Fajardo & Cía, después de haber trasegado por el territorio del vecino país, en una extensa gira por la América Latina. 

El circo había sido fundado en 1936 y por cuestiones del destino cerró su carpa en el 48, el 1 de septiembre pero reorganizado ese mismo año, el 23 de diciembre, aprovechando la temporada navideña y desde entonces, ha dedicado sus mejores atractivos para mostrar las habilidades y destrezas de sus artistas en las exigentes artes circenses.  

 Las funciones eran polifacéticas y rimbombantes, además de atractivos desconocidos hasta ese momento por los curiosos asistentes en sus shows con animales salvajes, proscritos hoy en casi todos los países del mundo.


Hacía unos pocos días había presentado sus funciones un pequeño circo, de los que llamamos ‘de pueblo’ y la llegada de este otro espectáculo similar hubiera sido ruinosa a no ser por la espectacularidad de sus números y de sus artistas y por lo tanto, no les fue complicado encontrar el lugar apropiado para instalar sus carpas ni tampoco tan engorrosos los trámites para realizar sus presentaciones, pues los requisitos de entonces no eran tan exigentes como los actuales, por esa razón les fue autorizado montar sus trebejos en los terrenos que hoy se ubican en la manzana de las calles novena y octava y las avenidas cero y Santander, que era así como se llamaba la Diagonal del mismo nombre, a espaldas de la construcción del hotel de Turismo, que más tarde sería conocido como Tonchalá.


La constelación de luminarias era de fama mundial, además de una grandiosa colección de animales amaestrados que asombraban a los públicos de todas las edades. En el elenco se destacaban dos estrellas reconocidas en el firmamento cinematográfico universal comenzando por el joven y valiente domador hindú, consagrado como uno de los más admirados por el público del séptimo arte, toda vez que había coprotagonizado la película ‘El Ladrón de Bagdad’, todo un éxito en su momento y que fuera presentada en el Teatro Santander. 

La otra estrella, sin duda, la de mayor magnitud que brillaba en el cielo estelar de este gran circo y que también se tuviera la ocasión de admirar en la película ‘El Espectáculo más Grande del Mundo’ era la condesa de la nobleza francesa Claude Valois, que se presentaba como La Condesa de Valois, haciendo gala de su fino y depurado arte, trayendo bajo su fusta un lote de bellos caballos amaestrados a la  alta escuela de Viena, al estilo de los Lipizanos, en la que se destacaba la fina estampa  y clara inteligencia de Palomino, su favorito y en el cual realizaba la mayor parte de sus actuaciones. 

Junto con estas dos estrellas solistas, los acompañaban una troupée de cuarenta artistas entre acróbatas, trapecistas, equilibristas, alambristas, pulsadores, malabaristas y quienes, por obvias razones no podían faltar, los encargados de la parte cómica, me refiero a los payasos Tapón, Corcho y Guerrerito quienes ambientan el circo de una atmósfera de ingenua alegría que es su característica primordial.


Los actos colectivos más renombrados eran los de los consagrados perchistas ‘Los Rodolfo’, quienes habían actuado en los mejores circos europeos y americanos y que ahora estaban enganchados en el Razzore y dedicados a ejecutar trabajos de percha con los pies, ejercicios de alta complejidad y dificultad que culminaban con el prodigioso número “Supen de Supen” en la percha a toda la altura de la carpa.

Teníamos luego, ‘la troupe alemana de ciclistas acrobáticos Deblars’ integrada por cuatro verdaderos ases, dos hermosas muchachas y dos hombres, encargados de desarrollar las más temerarias proezas de alto valor artístico. 

En los trapecios se presentaban ‘Los Murciélagos’ y se anunciaban como los únicos artistas que por momentos hacían el triple salto mortal del trapecio a las manos, acto considerado grande y emocionante, pues eran pocos quienes lo intentaban. Llamados también ‘Los Diablos del Aire’ eran acompañados por la bella Silvia, cuya belleza y arte colaboraba en hacer de sus intervenciones una de las principales atracciones. 

Entre otros renombrados artistas había un trio de los llamados ‘pulsadores’ que tenía el nombre de ‘Los Farringtang’. Su acto consistía en pruebas de fuerza o de pulso, como se denominaba entonces a esa clase de ensayos y los promocionaban como ‘los únicos en su género’. 

Otro de los grupos estelares era el dúo conformado por Daisy y Nelly, artistas de ‘pulsada acrobática’, dos encantadoras bellezas suramericanas que con sus realizaciones eran la delicia del público. 

‘Los Toninos’, tal vez  los menos publicitados, equilibristas afamados cuyo principal acto era el salto de obstáculos en la cuerda elevada y el arriesgado ‘salto encanastado’ que hacía contener la respiración de los asistentes. 

Cerraba la actuación después del intervalo de los payasos el ‘Rola Rola Duo’ una formidable pareja que ejecutaba increíbles y emocionantes ejercicios de equilibrio.

Además de estas atracciones, el público podía asistir a la exhibición de los animales salvajes o fieras como llamaban entonces, de nueve a doce del día, por un precio de cincuenta centavos. Estos animales eran cinco elefantes de la India y seis feroces leones africanos, todos ellos dominados por el látigo del temerario domador Sabú. 

El estreno se llevó a cabo el jueves 24 de junio a las 9:15 p.m.


Las entradas, según la categoría a la que se quería acceder, tenían distintos precios así: la más costosa era el ‘palco’, la que hoy denominamos VIP, era de $10, luego venían las entradas de ‘preferencia’ cuyo costo era de $8, un poco más atrás la ‘luneta’ de $5 y finalmente, la ‘galería’ que la gente llamaba tradicionalmente ‘el gallinero’ costaba $2, valores que podemos decir, no eran ‘baratos’ para la época. 

En los días siguientes, las presentaciones fueron programadas en los horarios tradicionales de matiné, vespertina y noche, coincidente con los mismos de los teatros.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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