viernes, 10 de octubre de 2014

646.- EL GOBERNADOR MILITAR EN N. DE S.



Gerardo Raynaud




General Gustavo Matamoros León nombrado Jefe Civil y Militar el 16 de enero de 1948

El año 48 del siglo 20 fue particularmente violento desde sus mismos inicios.  Mariano Ospina Pérez, quien había asumido en el 46, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, venía de recibir el gobierno del encargado Alberto Lleras Camargo, por renuncia del titular de su segunda presidencia Alfonso López Pumarejo.

Había terminado la denominada República Liberal pero la rivalidad partidista tomó mayor auge del esperado, pues ambos partidos practicaban, sin ningún recato la política de exclusión, cada vez que ascendían al poder.

Es por esta razón y por otras  muchas que se originó el periodo que pasó a llamarse la Violencia, en la que policías, guerrilleros, campesinos, ‘pájaros’ y ciudadanos del común se dieron licencia para matar, violar, masacrar, robar o destruir por el simple hecho de ser liberal o conservador.

La realidad del origen del problema de la Violencia podríamos decir que es netamente político, por lo menos a la luz de las actuales teorías, toda vez que, después de 26 años de gobiernos liberales, la oposición, es decir el partido conservador, llegó a manejar un país de mayorías liberales, país que todavía conservaba las costumbres y los prejuicios de antaño, en un entorno de dificultades económicas y sociales, lo que ayudaba a atizar las llamas del descontento y a tratar de tomar justicia por su propia mano.

Las regiones en donde mayor fue la incidencia de esta guerra civil no declarada fueron Santander, Tolima, Valle, Cauca y Antioquia, pero el detonante que prendió la chispa de la conflagración política en campos y ciudades fue el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán y la posterior candidatura de Laureano Gómez; por este motivo y tratando de prevenir males y dificultades mayores, comenzando 1948, el presidente Ospina decidió blindarse contra las actividades violentas producto de los enfrentamientos partidistas y echando mano de los cuadros militares, nombró como autoridades políticas, en los departamentos antes citados, gobernadores con rangos de oficiales superiores y en algunos municipios, los de mayores problemas, oficiales y suboficiales que manejaran con mano de hierro sus destinos.

Para Norte de Santander la designación oficial recayó en manos del general Gustavo Matamoros León, cuyo título real era Gobernador Jefe Civil y Militar del Departamento. Le gustara o no a la población, no era problema del gobierno central, sino una orden que debía acatarse y cumplirse.

Una vez comunicada la misión, el militar inició su periplo, temprano en horas de la mañana, a bordo de un avión de la Fuerza Aérea que por cosas del destino no pudo aterrizar en Cúcuta debido a las malas condiciones atmosféricas y tuvo que pernoctar en Barrancabermeja hasta el día siguiente.

Tal vez, sería un augurio sobre las dificultades con las que tendría que lidiar en adelante, pues incluso, el aeropuerto de la nación acababa de ser clausurado días antes y la nave oficial tuvo que aterrizar en el polvoriento Cazadero que recién había sido habilitado por Avianca para las operaciones de sus aeronaves.

Como buen militar, apenas desembarcó, se dirigió al palacio gubernamental, al salón principal y en el camino escogió dos testigos, los necesarios para cumplir con el protocolo de posesión y a las once de la mañana procedió a la juramentación; los testigos, el general Luciano Jaramillo y el doctor Alberto Camilo Suárez firmaron las actas correspondientes y luego de las formalidades de ley, en su discurso inicial, el general manifestó a los concurrentes su complacencia por tan honrosa designación y agregó que había venido a cumplir su misión en esta tierra que le era tan grata y que lo haría con criterio de ecuanimidad y de justicia e inspirado en los más nobles sentimientos de patriotismo.

También dijo que su paso sería efímero, pues confiaba que la situación se normalizaría pronto y que esperaba que todos le colaboraran para lograr la tan anhelada paz.

El acto de posesión estaba revestido de la mayor solemnidad, con la presencia de los integrantes de los directorios de los dos partidos políticos y de un grupo de importantes personalidades.

Terminada la alocución del militar, el doctor Virgilio Barco, presidente del Directorio Liberal manifestó que su partido miraba con satisfacción la presencia en el gobierno departamental del distinguido oficial y que de acuerdo con sus atribuciones y facultades, colaboraría con él, en la búsqueda de la paz y la armonía entre los nortesantandereanos.

El presidente del directorio conservador, el médico Manuel Antonio Sanclemente, hizo comentarios similares, deseándole éxitos en su gestión pero sin mayores pretensiones, toda vez que consideraba que el cargo debía ser asumido por un integrante de su partido.

A renglón seguido, no hubo almuerzo esta vez, así que cada uno se fue para su casita y muy puntual en la tarde comenzó a estudiar la composición de su gabinete, que no tardó en nombrar, porque al parecer, ya había hecho los contactos previos y los opcionados aceptaron sin mayor vacilación.

La verdad es que la administración militar comenzó con muchas expectativas hasta cuando empezó a tomar decisiones impopulares; la primera impresión, con los nombramientos iniciales, daba signos de tranquilidad y presagiaba un desarrollo equilibrado en lo que sería una administración progresista en un mar caótico.

Los nombramientos más importantes fueron: Secretario de Gobierno, Manuel Guzmán Prada y secretarios de Educación y Obras Públicas, a don Régulo García-Herreros y a Bernabé Pineda Ropero; como secretarios de Hacienda y de Agricultura y Ganadería a los señores Víctor Manuel Espinel Blanco y Ernesto Fernández Yáñez.

Así mismo mantuvo en su cargo de Secretario General al eficiente don Luis Anselmo Díaz y como su secretario privado, al intelectual y poeta santandereano, capitán activo del ejército Pedraza Picón.

Era un gabinete equilibrado, se habían repartido milimétricamente los puestos, como lo harían en el futuro Frente Nacional y además, le dio participación a las provincias por igual, de manera que no hubo voces disonantes que abogaran por una aportación diferente a la lograda, la que fue recibida con la mayor satisfacción política.

Pero esto es apenas el comienzo de la ajetreada gestión del general Matamoros que dio tanto de que hablar, especialmente en la relacionado con las drásticas medidas de censura contra los medios, que a pesar que las órdenes venían del gobierno central, mantuvo un férreo control sobre su cumplimiento. 

Censura a la prensa

  

En épocas pasadas habíamos tenido la oportunidad de tener autoridades militares rigiendo los destinos de la región; particularmente la capital nortesantandereana fue objeto de nombramiento de un alcalde militar por allá en el año 44 cuando se produjo el frustrado golpe de estado al presidente López.

Con el ánimo de prevenir males mayores, el gobierno central optó por apelar al nombramiento  de autoridades militares para que asumieran el gobierno de algunos municipios donde se produjeron intentonas golpistas o asonadas, algunas en defensa de la institucionalidad y otras, aprovechando el desorden para obtener beneficios políticos que afortunadamente no tuvieron éxito.



Luego de los acontecimientos ocurridos en julio del año en mención, el gobierno nacional, nombró al mayor Gonzalo Neira burgomaestre, con la misión principal de restaurar el desorden que habían creado algunos dirigentes liberales ‘en defensa de su partido’, hechos que fueron narrados en una crónica titulada ‘Los Sucesos del 10 de julio de 1944 en Cúcuta’; así mismo, se narran las actividades desarrolladas por este alcalde militar en la crónica ‘Cuando había alcalde militar en Cúcuta’.


Desde entonces y hasta el establecimiento del Frente Nacional, esta medida fue utilizada localmente, en varias oportunidades, con resultados que cumplieron con las expectativas del gobierno y sin mayores traumatismos, fueron restableciendo la normalidad en los lugares en los que se adoptó.


Una vez posesionado el general Gustavo Matamoros León en los primeros días del mes de enero del 48, no tardó en establecer un férreo régimen de control en todos los órdenes para mantener a raya el desorden que algunos inconformes pretendían establecer con argumentos de política partidista.

Luego de un concienzudo análisis, realizado en compañía de sus más cercanos colaboradores, determinaron que la principal causa generadora de la turbación del orden era la divulgación que se hacía, bien de hechos inexistentes o bien de falsedades que buscaban producir desorden y confusión.

De manera que, en menos de una semana, expidió una serie de decretos de control y censura que buscaba calmar el ambiente enrarecido conque había comenzado ese año.

Para tales efectos expidió el decreto 47, por el cual se dictaban algunas disposiciones de orden público que, según el considerando, era que una de las causas principales para producirse el estado actual en que se encuentra el Departamento, ha sido la difusión de noticias falsas y que con el objeto de volver a la normalidad decretaba que desde la fecha – 22 de enero-, se establecía en todo el territorio del Departamento la censura de la prensa hablada y escrita, en cuanto se relaciona con informaciones de orden público.

En el artículo segundo, se establecía que los originales de los artículos, comentarios e informaciones relacionadas con el orden público, de la prensa hablada y escrita del municipio de Cúcuta, deben enviarse a la Gobernación, para la respectiva censura; de igual manera, se establecía que en los municipios del Departamento, diferentes de Cúcuta, esos originales debían ser entregados a los alcaldes respectivos o a quien determine la Gobernación.



De igual manera se establecía censura para los corresponsales de la prensa hablada y escrita que actuaran dentro del territorio del Departamento, quienes no podían transmitir noticias en lo relativo con el orden público o al estado de sitio, sin que estas fueran aprobadas previamente por el funcionario de la gobernación o la alcaldía respectiva.

Las infracciones serían sancionadas disciplinariamente, además de las sanciones penales a que haya lugar y con la clausura del respectivo establecimiento. Claro que si se determinaba que las noticias eran falsas –en lo relativo al estado de sitio o al orden público- la sanción se basaba en el articulado definido en el Código Militar, capítulo VIII del Título VI del Libro III correspondiéndole una pena de presidio de uno a seis años.

Iniciada la temporada con censura a bordo, ésta fue particularmente estricta con los medios de tendencia liberal, en particular con el periódico Sagitario, que era el más controversial y combativo de la época.

No tuvo, al parecer, mayores inconvenientes con el diario Comentarios de igual tendencia y parece, que ninguna, con el Diario de la Frontera, éste de reconocida afinidad con los principios y doctrinas del partido conservador.

El encargado de la censura oficial, era en el caso de Cúcuta, el comandante de la Policía Nacional, Alberto Lara Navarro quien no dejaba pasar el más mínimo comentario contrario a las normas establecidas, que se extendía a todas las formas impresas, así no fueran periódicos, como fue el caso de un boletín impreso por la Imprenta Cúcuta, que acostumbraba a editar un folleto con ínfulas informativas, compitiendo con sus similares, por el sólo hecho de tener la fórmula económica que le permitía con su maquinaria realizar un pequeño tiraje que era distribuido gratuitamente entre sus clientes y amistades.

Fue así como don Arturo Sanjuán dueño y administrador de la Imprenta Cúcuta, fue el primer sancionado por haber impreso el boletín No. 3, sin la autorización de la Junta de Censura, violando así las disposiciones dictadas por el Jefe Civil y Militar del Departamento, en el anteriormente mencionado decreto 47. La misma Resolución No.6 de febrero 6 de 1948 que establecía esta sanción, indicaba que no había lugar a descargos, pues la infracción estaba plenamente comprobada, así que la multa era de veinte pesos convertibles en arresto y que en caso de reincidencia la sanción prevista era el cierre del establecimiento.

La censura se fue ensañando de manera especial, a partir de esta sanción al propietario de la Imprenta Cúcuta, a las publicaciones de simpatizantes del partido liberal y en el especial con el periódico Sagitario que ‘se lo tomó muy a pecho’, pues no escatimaba ocasión para echarle puyas a la administración del comandante Matamoros. Al periódico, dirigido por el periodista Montegranario Sánchez, le rechazaba hasta el más pequeño comentario o información.

A raíz de esa situación, las relaciones con la prensa comenzaron a ponerse tensas y los periodista de Sagitario empezaron a publicar columnas criticando las actuaciones del Jefe Civil y Militar, por más simples que éstas fueran y con cierta dosis de sarcasmo como las expresadas en la sección que denominaron ‘Chismes y enredos’ que firmaba el mismo Montegranario con el pseudónimo de Chilón Chilonides y que siempre comenzaba dirigiéndose al gobernador como “General Matamoros:” y a continuación y sin mayores tapujos iba descargando sus comadreos.

De igual manera, las comunicaciones que recibía de las agencias oficiales, fueran estas firmadas por cualquiera de los militares con autoridad y mando, las publicaba con el título de “Como ordene, mi Comandante”.

Ese incómodo ambiente se fue deteriorando cada vez más y como la cadena se rompe por el eslabón más débil, la posición tanto del periódico como de su director llegó a su nivel más bajo cuando el gobernador no se aguantó más y haciendo uso de su autoridad, basado en unas opiniones expresadas y publicadas “sin el debido visto bueno de la censura” decidió sancionar con el cierre por el término de 15 días al periódico.
 
Desde el mismo instante que el gobierno nacional, en esta época en manos del partido conservador, tomó la decisión de nombrar gobernadores militares en algunos de los departamentos más conflictivos del país, los dirigentes de la oposición se hicieron a la idea que los tiempos que vendrían serían duros y difíciles de tolerar, en especial, los medios de comunicación que se verían controlados y lo que es peor, censurados.

Después de posesionarse como gobernador Jefe Civil y Militar del Norte de Santander, el general Gustavo Matamoros León, lo primero importante que hizo fue establecer la censura a la prensa hablada y escrita. Claro está que esta decisión no fue del agrado de ningún periodista, sin importar su filiación política, pues se sabía cuál sería el resultado final, cuando situaciones como esta se establecían.

Así pues, la guerra estaba planteada y las andanadas de la prensa que hacía el primer mandatario de los nortesantandereanos estuvo a la orden del día.

Habíamos narrado, hechos sucedidos durante los inicios de la administración del General Matamoros y que fueron duramente criticados por la prensa liberal, incluso hasta el punto de retarlo, como lo escribiera en su artículo “Abajo la censura”: ‘Si le provoca, háganos un concejo(sic) de guerra verbal o mándenos a la cárcel’.
 
Parece que la petición no se hizo esperar mucho tiempo, pues semanas después se decretaría el cierre del periódico Sagitario.

En esa declaratoria de guerra suscrita por el director de Sagitario, llevaba todas las de perder, pero claro está que tampoco medía los efectos de su proceder, que podríamos decir que era terco y sin mucho sentido de sus consecuencias.

Sin perder oportunidad y como se dice popularmente, ‘le clavaba las banderillas’, sin el menor recato, como cuando se le enviaba para que publicara (no con carácter de obligatoriedad pero sí con la gentil fórmula de ‘ruego a usted se digne publicar en su periódico..), los ‘Boletines de Prensa’ oficiales, y no los publicaba o los publicaba incompletos, y cuando era reconvenido por escrito desde la misma Oficina de Censura, argumentaba que habían prescindido íntegramente pues ‘en el llamado Boletín, no se nos proporcionan noticias de importancia ni de trascendencia, sino datos oficiales sobre estadísticas y el andar de la administración pública como que se votó una suma para tal escuela, que se hicieron ciertos nombramientos,… material más a propósito para llenar las columnas de la Gaceta Departamental que las de un diario de actividades distintas’; así que entre éstas y las demás columnas que se escribían en contra de lo que fuera que hiciera el gobernador, la Junta de Censura  y Matamoros le fueron llenando la copa hasta que llegó el día del ya narrado cierre de Sagitario.

También se dijo anteriormente, que esta casual situación se produjo en los días en que sucedió el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, lo cual le haya evitado, tal vez, mayores dificultades a Montegranario pero también, le quitó la posibilidad de expresar sus opiniones al respecto; sin embargo, no fue suficiente para salvarlo del encarcelamiento que se veía venir y que sucedió, días después del magnicidio, incluidos otros miembros que salieron a protestar y que fueron llevados a la “guandoca” y judicializados por el juez 81 de Instrucción.

Entre quienes estuvieron presos por los alborotos causados el 9 de abril y los días subsiguientes, pero que fueron liberados posteriormente están entre otros, además de Montegranario, Said Lamk, Jesús María Astidias, Antonio María Soler, Gustavo Buenahora, Antonio Soler Duarte y otros más de cincuenta personas que tuvieron la misma suerte.



Los detalles de los problemas con Sagitario

Desde el mismo momento que el gobierno nacional tomó la decisión de nombrar oficiales del ejército en los cargos políticos del ejecutivo regional,  para conjurar los posibles atropellos que se estaban gestando por parte de algunos desadaptados, con el argumento de la defensa de sus principios partidistas, la prensa, en particular aquella que se alineaba con las doctrinas de la oposición, sintió que sería considerada como el principal objetivo de sus controles y su fiscalización, elemento que finalmente se dio  y que conllevó a duros enfrentamientos.

Aunque desde el principio, el general  Gustavo Matamoros León,  había ofrecido toda su cooperación ‘para con esta tierra que le era tan grata y que lo haría con criterio de justicia y ecuanimidad e inspirado en los más nobles sentimientos de patriotismo’, esto no bastó para que la prensa liberal -recordemos que estábamos en tiempos de la presidencia de Mariano Ospina Pérez- se sintiera acechada por el fantasma de la supervisión y de la censura, la que finalmente se dio, apenas unos días después de su posesión, el 22 de enero de 1948 para ser más exactos.

Los  periódicos más leídos por entonces eran Comentarios de José Manuel Villalobos y Sagitario de Montegranario Sánchez, ambos de orientación liberal y algunos años más adelante el Diario de la Frontera del doctor Luis Parra Bolívar, que sufriría una censura menos drástica a pesar de su posición  claramente oficialista y gobiernista.


Por obvias razones que no son del caso mencionar nuevamente, se fue generando una controversia entre  el Jefe Civil y Militar y el director del diario Sagitario, entre otras cosas, por los continuos rechazos a la información que le era presentada en la Oficina de Censura de la gobernación, norma que había sido establecida según decreto 47 de la fecha arriba citada. En las gráficas que se anexan se pueden observar las glosas y rechazos de las notas periodísticas que no pasaban las pruebas, así como los visados que debían fijarse en lugares visibles de la edición que mencionaran que la publicación había sido autorizada.

Como los periódicos y las emisoras debían obligatoriamente publicar los documentos que le eran remitidos por la autoridad, algo parecido a lo que sucede hoy en el vecino país, a Montegranario no le causó la menor simpatía y siempre trataba de atenuar el impacto que esta información traía.

Por esta razón, comenzó a publicar columnas que satirizaban al régimen departamental como aquella que dio por nombrar “Chismes y enredos” en la cual le informaba a “mi general Matamoros”, en tono burlón y satírico algunas de las situaciones que se presentaban entre los funcionarios de su administración, como estas perlas que les muestro a continuación: ’Mi general Matamoros: en la central telefónica no hay servicio de información, porque la señorita que desempeña el cargo está de vacaciones. Qué cosa tan condenada.’; ‘Mi general Matamoros: la Escuela Industrial no ha podido emprender tareas porque los servicios higiénicos no sirven para nada. Qué le parece que no estaría mal en la Dirección de Educación un oficial del ejército acesorando (sic) a nuestro don Régulo (se refiere a Régulo García-Herreros, secretario de Educación ) con jurisdicción y mando militar.’ Estas columnas las firmaba con el pseudónimo de Chillón Chilonides.

Pero además de estas tragicómicas columnas, los remitidos, es decir, los documentos que eran enviados a los medios para su divulgación obligatoria, eran publicados con el titular de “Como ordene mi Comandante”, lo que al parecer no era del agrado del gobernante, así que cada día la relación fue deteriorándose hasta que llegó lo inevitable, la orden de cierre por el desacato al decreto de censura, lo que sucedió el 24 de marzo, o sea a escasos dos meses de posesionado el gobierno militar.

El gobierno departamental encabezado por el general Matamoros y todo su gabinete expidió el decreto 266 de 1948 (Marzo 24), en el que se lee, entre otros considerandos, ’que según comunica la Oficina de Censura a la Jefatura Civil y Militar, señor director del periódico Sagitario ha omitido, en tres ediciones de su órgano periodístico, darle cumplimiento al Decreto sobre la censura de prensa hablada y escrita, con las publicaciones: “Habla don Arturo Sanjuán”, “Y con el Alcalde Militar” aparecidas en el número 644 del 13 de febrero; “El caso de la censura” dado a la luz pública en el número 671 del 23 de los corrientes; “Gobierno Homogéneo, Oposición razonable” y “Abajo la censura” insertadas en el número 672 de esta misma fecha, decreta:

Artículo único. Conforme a los artículos 2° y 6° del decreto 47 de 1948, originario de esta Gobernación, suspéndase por el término de quince días a partir de la fecha la publicación y circulación del periódico Sagitario que dirige el señor Montegranario Sánchez, en todo el territorio del Departamento.

El decreto tenía un parágrafo que decía que la alcaldía militar velaría por el estricto cumplimiento de este decreto.

Este evento oscureció el ambiente periodístico de la ciudad, incluso se le enviaron telegramas al Ministro de Gobierno, tratando de desviar la atención pública mediante falsedades, las que tuvieron que ser desmentidas por el mismo Secretario de Gobierno, Manuel Guzmán Prada, en telegrama de respuesta remitido el 1° de abril, explicando y aclarando las razones de la sanción de cierre.

Días después, cumplidos los plazos definidos en el decreto 266, el mismo gobernador suscribió el oficio 18.751 del 17 de abril mediante el cual se le permitía al periódico Sagitario volver a circular en la ciudad y en todo el territorio del Departamento,  no sin antes hacerle expresa advertencia que sus informaciones se ciñan a noticias del día, así mismo autorizaba la circulación de las ediciones que se imprimen y publiquen de la fecha en adelante, cuyos originales, de acuerdo con las disposiciones vigentes, deben ser previamente visadas por la Oficina de Censura de Prensa e Información que funciona en el Comando de la Policía Nacional.


Tal vez haya sido casualidad del destino, pero Sagitario se perdió la oportunidad de divulgar los sucesos del 9 de abril y como por motivo de las restricciones oficiales no podía escribir sobre sucesos pasados, buena parte de los pensamientos de ese importante diario se quedaron en el tintero de la historia.

El segundo aliento

Pasado un tiempo, cuando las aguas habían retornado a su cauce, el general Matamoros tuvo la ocasión de recomponer su gabinete a instancias del gobierno central, en parte, para calmar los ánimos que todavía estaban exaltados por la catástrofe surgida a raíz del ‘Bogotazo’ que en realidad fue un ´Colombianazo’ y que se buscó integrar dirigentes del partido liberal en la administración nacional y en la regionales.

Así pues, a mediados del mes de mayo, se produjo la primera crisis del gabinete departamental, en la cual se produjeron los siguientes cambios: Salieron los secretarios de Hacienda y Agricultura, Ganadería e Industrias y el Director de Educación Régulo García-Herreros; fueron ratificados el secretario de Gobierno, Manuel Guzmán Prada y de Obras Públicas; ingresaron al gabinete, el mayor Alejandro Campuzano en Hacienda y Camilo Suárez Peñaranda en Agricultura.

Lo más esperado era el cambio de alcalde; al mayor Hernando Gutiérrez quien oficiaba como alcalde militar se le declaró terminada la comisión y el gobernador procedió a nombrar, de manera inconsulta, como era la costumbre de entonces, al prestigioso comerciante y dirigente político liberal Nicolás Colmenares para lo cual expidió el decreto 428 del 13 de mayo de 1948.

Pasado un tiempo prudencial, el nombrado no dio muestras de conocer del nombramiento, razón por la cual, el gobernador le envió una carta en la cual invocaba su patriotismo y los sentimientos de afecto hacia esta ilustre ciudad capital e insistía en que su colaboración sería valiosísima para el gobierno que tenía el honor de presidir y que además sería un privilegio para Cúcuta, tenerlo al frente de la alcaldía.

A cuatro días de su nombramiento don Nicolás Colmenares, le responde al gobernador de manera diplomática pero tajante en los siguientes términos:

”Personalmente abundo en las patrióticas reflexiones de usted, sobre la singular importancia que para la vida institucional de Colombia tiene el que todos los ciudadanos de buena voluntad presten su decidido concurso en los diferentes cargos públicos a que sean llamados o en su simple condición de particulares… Las directivas liberales, a las que he de respetar  y acatar mientras sus decisiones se ajusten a los dictados de la justicia y del patriotismo, no han autorizado la presencia de ciudadanos liberales en el gobierno que usted preside.

Estiman esas directivas, como inequitativa la participación por usted dada a mi partido, y por ello han dispuesto que el liberalismo permanezca  ausente de la administración pública departamental y en los altos cargos de responsabilidad, mientras esa situación no se modifique.

En esas circunstancias debo abstenerme de aceptar el señalado honor con que usted ha querido distinguirme en forma tan gentil.” 

De esta manera tan prudente, se logró capotear la crisis política que se generó después de los acontecimientos de abril, pero que sin embargo, mantuvieron la agitación partidista latente hasta la llegada del Frente Nacional que consiguió apaciguar, por lo menos, temporalmente los ánimos políticos.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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