viernes, 26 de junio de 2015

775.- RESTAURANTE RODIZIO EN CUCUTA Y SU HISTORIA



Rafael Antonio Pabón

Jorge Maldonado Vargas

Cuando las casualidades están por suceder no las detiene nadie. Ocurrió en 1985, en un viaje de gerentes de licorerías a Popayán.

En la noche, la atención fue en un restaurante, a las fueras de la capital caucana. El negocio era agradable por el verde que dejaba ver y despertó especial interés en Jorge Enrique Maldonado Vargas y su esposa Luz Nelly Huertas.

Al regreso, mientras el avión surcaba el cielo, se dio la conversación inesperada.

“¿Qué tal montar ese negocio en Cúcuta?”, preguntó Jorge. A lo que Luz Nelly reaccionó y respondió en negativo. “Cómo se le ocurre, si nosotros no tenemos idea de restaurantes y bares”.

Maldonado era el gerente de la Empresa Licorera de Norte de Santander, por eso participó en la reunión de Popayán. La esposa estudiaba administración de empresas en la Universidad Francisco de Paula Santander, con el sueño de montar un establecimiento de belleza.

La idea, a pesar de la no aceptación inmediata, continuó rondando la cabeza de Jorge Enrique. Llegó a casa y no podía sacarse de la mente la imagen de ese negocio que lo había descrestado.

La segunda casualidad corre por cuenta de Miguel Maldonado, gerente de SAM por esos días. Hacía parte de  una organización mundial de turismo en compañía de Julián Caicedo, Álvaro Riascos y Jaime Ontiveros.

Maldonado le echó el cuento del restaurante a su hermano, quien entendió de inmediato la importancia de esa visión y lo mandó a hablar con Ontiveros.

Lo animó y le dijo que “ese es el tipo y es amigo” para darle rienda suelta a la ilusión. Además, no pasaba por buen momento económico y sería una manera de ayudarlo.

Un día cualquiera, de esos que solo están escritos en los libros de las casualidades, Ontiveros llegó a la gerencia de la Licorera, momento que Jorge aprovechó para contarle el cuento que lo tenía atragantado.

Le contó la idea y la emoción embargó a Jaime. “Hagámosle”, respondió y comenzaron a barajar sitios que se ajustaran a la imagen que se mantenía viva en el cerebro de Maldonado Vargas.

“Me gustaría un sitio que está en construcción en la avenida Los Libertadores”, dijo Jorge Enrique.

El Malecón comenzaba a insinuarse como lugar de esparcimiento. Las obras de la primera etapa, que iba de los puentes San Rafael al Elías M. Soto, habían concluido.

La segunda parte contemplaría el tramo entre los puentes Elías M. Soto y San Luis. Eran los días en los que cada 30 minutos circulaba un carro por esa vía.

El primer obstáculo apareció en el camino para el desarrollo del proyecto. “No tengo plata”, dijo de manera tajante Ontiveros. “Tengo cubiertos, platos, ollas, neveras, manteles. Todo, menos plata”, sentenció.

A cambio de escuchar palabras desalentadoras, Maldonado asumió la responsabilidad de buscar los pesos para emprender el camino hacia el cumplimiento del sueño. “Voy a ver cómo consigo la plata”, dijo y de inmediato pensó en las posibles fuentes de financiación.

En la gerencia de la Licorera había pasado del año laboral, hizo cuentas y las cesantías podían ayudar a pisar el negocio. La liquidación pasó del millón de pesos, cifra suficiente para ponerla como planteé.

Fueron para donde León Colmenares, gobernador de Norte de Santander,  a exponerle la idea.

Jorge Enrique tenía el conocimiento adquirido en varios países acerca de la función de los malecones, espacios en los que la gente disfruta de la buena mesa y del aire fresco.

Ludy Botello, jefe de cocina, segunda generación, hija de Alix Botello chef; Luz Nelly Huertas, propietaria y Octavio Maury, jefe de parrilla.

“Le eché el cuento a León. Inmediatamente, me paró y me dijo, ‘no tengo nada que ver con eso, tiene que hablar con el arquitecto que está al frente de la obra, y si está de acuerdo, magnífico, no habrá nada qué hacer’”.

Buscaron el nombre del arquitecto y llegaron hasta donde Héctor Casas Molina. Repitieron la historia de la idea. El profesional vio la alegría en el rostro de los dos hombres y dio el visto bueno.

“Eso es lo que quiero, que El Malecón sea un lugar donde la gente comparta y que cuando alguien los visite tengan un sitio donde puedan disfrutar sanamente”, les dijo.

Entre Maldonado y Ontiveros hubo algunas diferencias por el sitio para construir el restaurante.

A Jorge Enrique le parecía que el espacio ideal era el separador que hoy está frente al teatro Las Cascadas, por la facilidad para el estacionamiento de los carros.

A Jaime lo atraía una caseta de dos metros por dos metros, utilizada para guardar las herramientas de los obreros que  trabajaban en la adecuación de El Malecón.

Ganó la propuesta de Ontiveros.

El gobernador Colmenares ordenó hacer el contrato de arrendamiento, y en el documento se especificó que 60 metros alrededor de la caseta podían construir.

Jaime tenía algunos conocimientos de arquitectura, pues había cursado tres semestres en la universidad, y comenzó a hacer trazos sobre la infraestructura. Orientó a los maestros para adelantar la obra.

Entre tanto, pasaban los meses y el desespero se apoderó de Luz Nelly Huertas, quien apresuró la apertura del restaurante con el nombre ‘Rodizio La Ramada’.

En el 2009 reencuentro de amigos bachilleres CORSAJE66 compartiendo en Rodizio, de izquierda a derecha: Alfonso Salgar, Alberto D´Pablo, Jesús Niño, Armando Albarracín y Hugo Espinosa.

Ocurrió el 5 de febrero de 1986.

Dos años después, apareció la tercera casualidad. Ontiveros rompió la sociedad y pidió más de tres millones de pesos por la participación en el negocio.

Los Maldonado Huertas no desfallecieron, se desprendieron del apartamento familiar y se quedaron con la totalidad del restaurante.

“Estamos cumpliendo 29 años”, dijo con orgullo Jorge Maldonado.

De ahí en adelante comenzó a escribirse la historia del negocio que sirvió como soporte para otras empresas de la familia Maldonado Huertas en Bogotá, Bucaramanga y Cúcuta, en Colombia, y San Cristóbal, en Venezuela.

En el futuro inmediato, mediante la figura de la franquicia, trascenderá las fronteras americanas y llegará a Estados Unidos.

La fiesta de los 30 años será una oportunidad para ‘tirar la casa por la ventana’ (o el restaurante por la cocina) y para cumplir con ese otro sueño rescataron al hijo Sergio para que asuma las riendas y lo mantenga en el sitial que lo pusieron sus padres sin saber nada de carnes, platos, pinchos y asados.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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