jueves, 2 de julio de 2015

777.- LA NONA



Oscar Peña Granados



Primera fila primas: María Consuelo  Granados Hernández, Martha  Granados Maldonado, Rebeca Granados Maldonado. Fila central: Germán Ramírez Granados (primo), Inés Carrillo Vda. de Granados (LA NONA). Fila de atrás: Isabel Granados de Ramírez (tía), Gregorio Granados Carrillo (tío), Oscar Peña Granados.


EL NIETO:

Nona es una palabra de uso común en Cúcuta pero en el resto del país muchos no conocen su significado. No es el único vocablo exclusivo de la región, hay otros: bolañero en lugar de gamín, lechosa en vez de papaya, pasta o cake a los bizcochos, caleta en vez de cotero, galleta por trancón, y otros, como arrastrados (¿por qué se llaman así esos dulces tan sabrosos?); además, sólo en esta región conocemos el dulce de platico (¡qué rico!, de icaco o es hicaco, de guayaba, de piña) y los pasteles son rellenos de garbanzo (¿cómo comenzó esa costumbre?) y tienen forma de platillo volador.

Pero cuando decimos nona estamos hablando de un personaje que nos produce los mejores recuerdos. Es una “cucuteñización” de la palabra italiana nonna/- que quiere decir abuela/- y es la que ha permanecido por siempre.

Porque no era la única; recuerdo a mi tío Gregorio diciendo eccolo qua, dándole un significado de que estaba de acuerdo con alguna cosa, su traducción según el diccionario es “allá está o mírelo allá” cuando uno encuentra una cosa que tenía extraviada.

También se usaba grazie mille “muchas gracias” y algunas otras. Por mi parte, a mi nieto le exijo que me diga nono: es más elegante, menos envejecedor que abuelito.

El por qué nona se incorporó al léxico popular es una manifestación de la gran influencia que tuvo la colonia italiana, en nuestra ciudad, durante los años finales del siglo XIX y buena parte del XX.

Tuvieron una notable participación en la comercialización del café que se producía en la región fronteriza, incluyendo algunos pueblos de Venezuela, como Rubio, y el cual era llevado hasta Maracaibo para su exportación aprovechando la vía fluvial y la férrea; ambas desaparecieron víctimas de la ignorancia del hombre al acabar con la vegetación y de los gobernantes que no veían con buenos ojos lo fácil que era llegar hasta bien adentro de cualquiera de los dos países.

Fueron también claves en el comercio, con muy buenos y elegantes almacenes y restaurantes.

El almacén de sucesores de Tito Abbo, un almacén por departamentos que parecía extraído de una película gringa y un obligatorio paseo para ver el bellísimo pesebre, con muñecos animados, que ponían encima de la puerta de entrada todas las Navidades.

Era frecuente tener un compañero de padres o abuelos italianos, en nuestra clase era el gordo Tito Morelli, famoso por sus muy discretas carcajadas; hoy, muchos de ellos son ciudadanos italianos.

Apartándome de la rigidez histórica, debatíamos hace algún tiempo al calor de “unos palos, chico” con un viejísimo y apreciado conocido de la infancia, erudito y cuestionador, la posibilidad de que el fuerte temperamento cucuteño tuviera su origen en estos inmigrantes, oriundos de regiones de Italia como la Calabria y el Piamonte, con geografías agrestes, y no por lo indómito de los pueblos nativos como los motilones.

Porque bravos sí parecen los italianos; se hablan como si estuvieran peleando, duro, como hablamos nosotros.

En los restaurantes conseguir pronta atención es una lucha, primero la carta, al ratote el pedido y al otro ratote el servicio; torna súbito me atreví a decir alguna vez en un restaurante de la vieja Roma, recibiendo como respuesta una furibunda mirada.

Claro que los motilones no se quedaron atrás: de donde hoy queda la Terminal de Transportes salía el tren con los empleados de la Colombian Petroleum para Tibú, las ventanas tenían mallas y en la parte de arriba del vagón iba un vigilante, un cuadro muy parecido al de las películas de vaqueros, de moda en esos tiempos.

Hasta el año 1962-63 se reportaban casos de empleados de la Colpet víctimas de los flechazos de los motilones.

Mi amigo decía que alguna vez tuvo una novia, tan brava, que parecía un cruce entre motilón y calabrés; prometió una investigación sobre el tema de la inmigración italiana que no cumplió y ya se le adelantó un libro de un reconocido periodista e investigador, Alberto Donadio, cuyo padre mantuvo un elegante almacén en una de las esquinas vecinas al Parque Santander.

LA NONA:

Yo nací en la zona rural cercana a San Antonio, en donde nacieron y crecieron los hombres rudos que luego partieron a conquistar Caracas y el poder a finales del siglo XIX y comienzos del XX; gochos, los llamaron, queriendo ofenderlos los mantuanos de Caracas.

Estaban cansados de las luchas partidistas y de las guerritas permanentes y se fueron a imponer orden, su orden claro está. Es una zona pequeña, nos conocíamos y estábamos emparentados casi todos.

Soy familiar de quien sucedió en el poder a Juan Vicente Gómez y una amiga mía de Michelena resultó siendo la madre del General Pérez Jiménez; seguimos nuestra amistad durante los tiempos de su presidencia, visitándonos con alguna frecuencia.

Soy, como ellos, aparentemente dura, seca, pero es que me gusta el orden y las cosas bien hechas. Los admiro tanto que mantengo en mi peinadora, al lado del Sagrado Corazón la foto de mi querido Marquitos.

Mi padre se estableció en San Antonio, poniendo una pensión en el sitio donde años después estaría el Almacén Chantilly en la época de la bonanza comercial de San Antonio.

Allí conocí a mi esposo; llegó, al parecer, huyendo de la fratricida Guerra Civil de los Mil Días del país vecino. Digo al parecer porque como todos los hombres de la época poco hablaban de sus orígenes; uno los iba conociendo a cuentagotas, aparecía la madre, un hermano, alguna cosita que se escapaba en los ratos de buen genio. Con él nos establecimos en Cúcuta; así como era de bravo, era de trabajador.

Se dedicó al negocio de la exportación del café junto a un francés que poco conocí y que falleció pronto. Le fue muy bien, rápido construyó una casa de un poco más de media cuadra, con patios grandes y alrededor cuartos amplios, de techos altos, apenas para el calor. Por detrás de la casa pasaba una toma, un brazo del río que atravesaba buena parte de la ciudad.

Llenamos nuestro hogar de hijos, tuve diez, cuatro hombres y seis mujeres y además algunos de sus familiares vivieron con nosotros hasta su muerte.

Recuerdo a su hermano, alto, elegante, de bigote poblado, machote, combatiente por el glorioso Partido Liberal en Palonegro en las Brigadas de macheteros, pero triste, con ese rictus que dejan las guerras en los combatientes; esas guerras que solo los que no exponen el pellejo quieren prolongar.

Guardaba de recuerdo un enorme mandoble que solo podía levantar él con su fuerte brazo; la empuñadura era la cabeza de un águila con un par de penetrantes ojos rojos y le seguía una filosa hoja de acero.

Además estaban una hermana y su madre, con carácter recio que podía empeorar en noches de luna llena, por lo cual se mantenía recluida en sus aposentos.

Como era amigo de algunos de los miembros de la colonia alemana, que también era importante (quedan de recuerdo apellidos como Schonewolf, Hartmann), aprovechó sus contactos para comprar un extenso lote cerca del mercado y construir allí una ferretería que dotó con importaciones de Alemania.

Pero así como era de juicioso para los negocios era locato para el trago y las mujeres. El francés, sibarita, que lo educó, le enseñó no sólo los negocios sino también a disfrutar del buen brandy y de las muchachas patialegres. Decían que era asiduo visitante del bar “El Clavel rojo “, donde las damiselas bailaban con solo un clavelito rojo como vestimenta, no usaban las rosas porque tenían espinas.

Otra vez bien paloteado le dio por llamar al Patas, hasta que su acompañante se escondió y le contestó: “Aquí me tenéis, para qué me queréis”; del susto le pasó la borrachera y la maña.

En esa época que todo era lejos estuvo de moda un tiempo el paseo a Curazao; no sé qué les gustaba tanto, dicen las malas lenguas que las hermosas morenas isleñas, y allá también estuvo él.

Me anunciaba sus regresos con cómicos telegramas que aún guardo para reírme: “Salgan a encontrarme, bollos de mazorca”, “Pierna izquierda mortifícame, rebelde, prefiero Aguas Calientes”. Cuando el amor lo atacaba, me escribía notas como esta: “ahí te mando la paraulata, no puedo vivir sin vos”.

Con el tiempo el trago lo enfermó y ya no pudo recuperarse, pero dejó un importante capital que me sirvió para apoyar a mis hijos.

EL NIETO:

Mi nona no era ni alta ni bajita, ni gorda ni flaca. Usaba el pelo partido en la mitad y atrás una moña asegurada con un gancho que fue el mismo todo el tiempo que la conocí. Su rostro nunca cambió en los veinte años que compartimos, siempre las mismas arrugas, las mismas gafas, el mismo estilo en los vestidos, hasta el mismo tipo de zapatos.

Los ojos achinados y la expresión inescrutable de la cara me hacían sospechar que tenía lazos familiares con el Benemérito Juan Vicente Gómez, que quizá ocultaba porque los relatos de las crueldades del General eran plato diario en la Cúcuta antigua.

Eran conocidos sus crueles castigos como el “socio”: consistía en colgar al cuello el cadáver de algún compañero asesinado del condenado hasta que se podría totalmente o se enloquecía la víctima; y, la colgada, en la cual se amarraban los testículos con una cuerda fina y se levantaba el cuerpo hasta que el saco escrotal no aguantaba más.

Buscando refugio llegó algún manco que había perdido su mano como castigo a la falsificación de moneda y más de un opositor buscó asilo en nuestra calurosa ciudad.

Curiosamente también fue escogida para su exilio por el hermano de Juan Vicente, luego del fallecimiento del Generalísimo y el inicio del proceso de democratización por un familiar de mi nona, Eleazar López Contreras, lo cual fue considerado una traición por los áulicos del gomecismo, como sucede siempre cuando se espera que el sucesor sea un títere sin criterio y continúe las mismas políticas de su arbitrario predecesor.

La casa donde vivía era grande, aunque ya había sido repartida una parte entre los hijos y había perdido algo de su antiguo esplendor al acabarse el negocio del café y morir mi nono.

Sin embargo, había muchos sitios para jugar, dos grandes patios con muchas flores, árbol de mango y de mamoncillos que se usaba su pulpa y la cáscara como jabón y sus pepas negras, redondas y duras para proyectil de las caucheras, cuartos amplios llenos de cacharros de otras épocas y cubierta por una gruesa plancha de acero, asegurada con un candado ya oxidado por los años, y cerca pasaba la toma; por un pequeño agujero se asomaban los sapos que ahuyentaba a pedradas.

Mi nona me prevenía para que no estuviera en ese sitio, y yo procuraba obedecerla, en especial cuando oscurecía porque percibía una brisa fría e inquietante y la sensación de no estar solo cuando sí lo estás.

Como el colegio quedaba detrás de la casa, todos los días debía esperar a mi mamá con la nona; mientras ella oía un viejo radio que descansaba en una mesa con tapa de mármol, sentada en una mecedora estilo thonet que hacía juego con la mesa, yo vagaba inventándome juegos e historias.

Otras veces, aprovechando sus breves ausencias, saqueaba los paquetes de galletas que le enviaba su hija de Estados Unidos y que guardaba en una gaveta de su peinadora, sin dejarme intimidar por la imagen de Jesús con su corazón expuesto y la foto de ese General de gruesas gafas, cachetes redondos y calvicie pronunciada que me miraban con severidad.

LA NONA

Mis hijos fueron muchos y diferentes hasta en lo físico. Había unos blancos como yo, otros morenitos y otros más oscuritos como él. Los hombres eran valientes, de carácter fuerte, de buena oratoria, gustaban como su padre de los licores finos y de las muchachonas bonitas.

Fueron criados con un estilo donde predominaban el trabajo, la lectura y la preferencia por las ideas del Partido Liberal, considerado para la época como refugio de masones, ateos y comunistas.

Escogieron como su caudillo a Jorge Eliécer Gaitán; “A la Carga” era el grito de moda y con el iniciaban sus discursos ante su auditorio cautivo conformado por sus resignados hijos y sobrinos. Pero era iluso pensar que una persona que dijera cosas como “Oligarquía es la concentración del poder total en un pequeño grupo que labora para sus propios intereses, a espaldas del resto de la comunidad. Nosotros pensamos en función de agricultura, de sanidad, de trabajo de organización, de dignidad humana, de soberanía nacional”, pudiera llegar al poder en un país anclado en la herencia de su pasado de Colonia que marcó sus instituciones, sus clases sociales, la propiedad de la tierra, la forma de hacer política, de practicar la religión.

Nadie quiere el desorden a nombre del socialismo, eso es una tergiversación de la idea primordial, así como cambiamos las religiones. El esfuerzo individual, la capacidad para hacer o crear cosas que los demás no pueden, deben ser recompensados porque el hombre es un animal competitivo, que siempre quiere más, así lo determinó la evolución para su supervivencia.

Pero la desigualdad extrema, como carga para toda la vida, no es buena sino para crear rencores y entonces aparece la guerrilla y, como hay guerrilla, entonces vienen los paracos y, como hay que cuidar las instituciones y las fronteras, nos toca tener un ejército.

Me dio tristeza verlos derrotados, asesinado su líder y hasta golpeados porque por gritar ¡Viva el Partido Liberal! en pleno parque Santander me dejaron a uno moradito de pies a cabeza; solo un vecino conservador e importante lo salvó de algo peor.

A las mujeres las cuidamos mucho; cuando ya crecieron sólo podían ver a sus enamorados por los postigos de las ventanas, incluso con mis nietas fui estricta. Compartieron con sus hermanos la administración de los negocios, lo cual era novedoso para la época. Al casarse trajeron suerte a sus parejas, progresando económicamente y la casa fue llenándose de nietos que me visitaban.

Cuando murió el papá los aconsejé para conformar una sociedad donde compartieran los bienes heredados, para que no se fragmentaran haciéndose más débiles.

Quise que mi casa fuera un punto de encuentro para hijos y nietos y creo que lo logré. Nona, nona, era el grito que escuchaba cuando salía a mis paseos; hasta los niños de al lado, los hijos de la pareja a la que arrendé un localito, y que se multiplicaron con entusiasmo, me llamaban y yo me sentía contenta.

EL NIETO

A la nona le gustaba viajar, nos acompañó durante el tiempo que vivimos en Palmira, Estado Táchira, un pueblecito cercano a San Cristóbal, situado en las riberas del río Torbes. El lecho del río era arcilloso, lo cual le daba un color rojizo. En mi niñez padecía de un furor místico luego de haber escuchado historias de La Biblia y lo bauticé el Mar Rojo, el mismo que se abrió para permitir el escape de los israelitas.

Yo le pedía a mi nona con frecuencia que me llevara a ver el mar, quería repetir el milagro de la separación de las aguas por lo que siempre llevaba una varita con la que pacientemente tocaba las aguas, pero nada. Mi nona se reía y me decía otra vez, otra vez.

En ocasiones íbamos a visitar a sus primas que tenían una fábrica de sombreros de fique, famosos en la región, charlábamos y comíamos dulce de toronja en conserva con higos y cabello de ángel o una buena porción de huevos chimbos.

La fuimos a visitar cuando llegó de su paseo por los Estados Unidos: llegó maravillada, hablando de lo enorme de las cataratas del Niágara y de la fabulosa máquina para hacer billetes que tenían los gringos en el Departamento del Tesoro: “Cuándo se les van a acabar los dólares si todos los días hacen millones de billetes, así pueden comprar el mundo entero”, como siempre la nona decía cosas muy acertadas.

Pero su reino era su casa, Semana Santa, Navidad y Año nuevo eran fechas obligatorias para visitarla; ella nos decía que iban a visitarla como a santo viejo. La casa se llenaba de primos, primas, tíos, tías, familiares que venían de Caracas, de Táriba, de Carora (Estado Lara).

Los tíos se dedicaban a echar discursos de una duración fácilmente comparable a los de Chávez; lo más terrible era cuando mi papá se decidía a contestarlos, entonces nos daba la medianoche.

Los muchachos jugábamos con las primas y a medida que íbamos creciendo se prendía una que otra alarma de romance que era pronto finiquitada con la amenaza de tener hijos con cola de cerdo, “como en la novela esa que tanto nombran”.

Estando ya enfermita me llamó aparte y me dijo: “¿Se acuerda que le decía que no estuviera cerca de la toma?”, Sí, nona le contesté. “Bueno por esa toma vimos pasar el cadáver de un niño. A veces, cuando debo ir al baño en la noche veo a la mamá buscándolo. Pero también veo pasar a su nono, buscando las ollas con morrocotas que enterró por esos lados y que se le perdieron. Sanantoñera ratera me decía, acusándome.”

Yo le creí lo de sus fantasmas, porque alguna vez, jugando a la ouija con mis primos, invocamos al nono y muchas de sus respuestas se cumplieron.

Cuando ella murió, su ataúd lo cargamos rotándolo sus hijos y sus nietos y una gran multitud de familiares y amigos de ambos lados del puente, porque ella era de ambos lados como muchos que no queremos las fronteras, la acompañó hasta el sitio donde la enterramos, junto al nono por toda la eternidad.

La casa ya no existe, los fantasmas ya se fueron, pero su recuerdo está con nosotros.

(Nota aclaratoria: Hechos y personajes no están ajustados a la estricta realidad).


Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

2 comentarios:

  1. Muchas gracias por lo que hace, una muy buena historia, la introducción estuvo excelente, dios lo bendiga y le llene de vida.

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  2. Quisiera algún número telefónico o correo electrónico donde pueda contactarle, muchas gracias por el texto, es enriquecedor encontrar información que aclare las caracteristicas de la identidad de los cucuteños y nortesantandereanos

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