domingo, 9 de octubre de 2016

1012.- ITINERARIO FUNEBRE DEL POETA EDUARDO COTE LAMUS



Rubén Darío Becerra Roa
(Escritor y poeta venezolano, publicado en el periódico El Centinela, San Cristóbal, 09/08/1964)

El poeta Eduardo Cote Lamus falleció en la madrugada del 3 de agosto de 1964 en un accidente automovilístico

Después de grabar algunas ideas incoherentes al saber la trágica noticia del silencio de uno de los mejores clarinetistas de la mitad de este siglo, perteneciente a la Sinfónica Poética Colombiana, me dirigí a la ciudad de Cúcuta para presenciar el último viaje del Poeta.

Cuando llegué a este Centro Comercial pude observar en las paredes de las casas, gran cantidad  de avisos indicando el luto que embargaba a los colombianos y en especial a los lugares trajinados por el insigne bardo.

Reinaba como de costumbre en las primeras horas de la tarde un calor sofocante y se podía notar a simple vista mayor movimiento de vehículos motivo por el cual, los apesadumbrados peatones cruzábamos con dificultad las calles de este pequeño volcán en el que resonaban los clamores de la parca gris.

Pasé por la gobernación cuyas pesadas puertas se hallaban cerradas debido a que en esos momentos el féretro descansaba en la espaciosa catedral situada frente al parque Santander. Nunca más triste la casa de gobierno como en esos instantes en que se reflejaba la sombra de mi esqueleto caminando sobre sus solitarias paredes.

Las melodías sagradas entonadas por un coro del Conservatorio de Música de Cúcuta, se mezclaban con las roncas voces de los prelados que estaban oficiando el culto de los muertos. Como la marca de rostros sudorosos pálidos y compungidos, me impedía el paso, me vi obligado a esperar durante cierto tiempo, fuera de la catedral.

Por fin con incontenible ansiedad en mi espíritu, logré contemplar la urna que guardaba los despojos venerados del Poeta en hombros de sus familiares y amigos íntimos. Un inspirado orador dejó escuchar su voz elocuente dominando la impaciencia de la multitud. En seguida los clarines y el redoble opaco de tambores, saludaron en fúnebre entonación, la presencia del Poeta.

A continuación tres detonaciones de fusil, profanaron la atmósfera quejumbrosa, llevando el eco de la pena, hasta el cielo enlutado. Mientras sonaban las explosiones ensordecedoras, aumentaban la claridad diurna iluminando las columnas del templo, que estaban engalanadas con unos paños negros de forma rectangular y con una cruz blanca que cubría de extremo a extremo, al uniforme oscuro de las pilastras de la catedral.

Al salir del recinto sagrado, me acerqué al sitio donde se hallaba el Poeta, pero ya lo habían acomodado en la funeraria, la cual tenía en su costado derecho, este rótulo distintivo: FUNERARIA YAÑEZ. Detrás de la funeraria, estaba estacionado un lujoso automóvil negro con una bella guirnalda perteneciente a la delegación venezolana. A los pocos minutos comenzó la marcha de la caravana, escolta taciturna hacia la ciudad de Pamplona.

Muchas personas se situaron en las esquinas de la capital fronteriza para despedir los restos mortales del llorado trovador. El carro en que yo viajaba se movía a una distancia de una cuadra, con respecto al vehículo de la parca, que brillaba como un espejo negro, reflejando los rayos solares, simuladores de la tristeza reinante en aquellos momentos.

Encabezaba el desfile fúnebre un camión del ejército en el que iban unos cuantos soldados, creo que del batallón García Rovira de Pamplona, a continuación, lentamente el Poeta recorría por última vez el trayecto que tanta veces oyó su cálido acento. Detrás del Poeta muerto, como queriendo protegerle, corría precavidamente un camión llevando en su parte posterior a varios policías con blancos cascos y miradas vigilantes.

Dirigí mi vista hacia el resto de la caravana que nos venía siguiendo, calculando su número en más de un centenar de automotores. En ellos traían todas las coronas de flores naturales y artificiales  que había visto a la salida de la catedral. La marcha del interminable ferrocarril opaco se detuvo durante algunos minutos en el sitio donde perdió la vida el estimado Cote Lamus.

Continuó su camino el Poeta hacia el pueblo amado y al encontrarme frente al lugar de la tragedia un sacerdote estaba de pie protegiéndose bajo la sombra del árbol fatal. Dicho árbol presentaba en su robusta contextura, las heridas causadas por el estrellamiento del vehículo, en el que la muerte besó fríamente en un instante, los labios de la rosa montañés.

En este lugar apacible rodeado de robustos árboles fue donde se escondió la muerte para esperar tranquilamente al Poeta, que venía de Pamplona, dormido plácidamente, alimentando sueños para el otro día. La Garita, trágico escenario del último aliento del Poeta, recordará siempre a los viajeros que crucen sus dominios, la hora negra, la culminación de la jornada terrestre del Clarinetista Colombiano, que dejó a sus contemporáneos y a quienes desfilamos por los senderos de luces y sombras del vasto campo de la poesía, un pentagrama de armoniosas claves que han de estimular a los encargados de pregonar el amor,  la amistad y la grandiosidad del universo, al que afortunadamente no ha traído al Rey Espacial, para que entonemos los himnos musicales, que ni la misma muerte puede hacerlos desaparecer.

De ahí que al morir un ruiseñor, las ondas sonoras aumentan de amplitud, propagándose rápidamente alrededor del planeta y aterrizando felizmente, en los corazones que saben sentir y amar, las manifestaciones espirituales. La marcha del Poeta continuó paulatinamente hacia el pueblo, en el que había pedido que guardaran sus cenizas de bohemio.

Algunos choferes imprudentes trataban de acercarse al coche fúnebre. Debido a esto la camioneta de Circulación y Tránsito de Cúcuta, la cual iba delante del carro en que viajaba llevando como banderas al viento a varios agentes de camisa blanca y pantalón azul, encargados del control en la última etapa de nuestro amigo, se vio obligada a detenerse momentáneamente para evitar accidentes de lamentables consecuencias. Un pobre cerdo que intentó atravesar la vía, fue golpeado salvajemente por un carro de la caravana quedando tendido y agonizante, el infortunado animalito.

El poeta viajaba tranquilo en su lecho de madera, al ver la serenidad y la paz que imperaba en la floresta que abrigaba sus despojos mortales. Nos aproximamos a La Donjuana y allí saludaban por última vez a su inolvidable gobernador. En este trayecto se elevaban al firmamento, densas columnas de humo, transportando las canciones del Poeta que pasaba por allí.

Antes de llegar a Bochalema, el techo triste del pueblo en esta ocasión comenzó a llorar, y las lágrimas frías golpeaban desafinadamente la carrocería que nos protegía, viendo como los parabrisas entonaban sordos repiques semejantes a los que resonaban en mi corazón en aquel itinerario fúnebre. Al llegar el Poeta al ramal que une a la carretera Panamericana con  Bochalema hizo un breve descanso, rodeado de las muchachas del colegio de La Presentación de este pueblo, y de gran número de nativos del lugar, para despedirlo con una oración sincera y llena de fe.

Luego continuó la carrera final del ¨Lalo¨, como le cantara un poeta de nuestro querido terruño, y esta vez se detuvo durante algunos minutos, en el sitio llamado El Diamante. Aquí pude observar un grupo de máquinas amarillas con una franja negra y oscuros títulos pertenecientes al ministerio de Obras Públicas Departamentales. El Poeta los vio muchas veces trabajar incansablemente en la tierra amada y gobernada bajo su cetro de bondad y poesía juvenil, e inundada de recuerdos nacionales y extranjeros, indicando la visión panorámica de su cerebro.

Una capilla situada en un recodo de este lugar demostraba su señal de duelo, al tener frente a la entrada un Cristo de regular tamaño, haciendo recordar al Poeta que él también fue otro Cristo en las tinieblas que le envolvieron en su corta existencia, pero las cuales hoy se arrepentían de haberle producido amarguras. Dos campanas pequeñas y enmohecidas por estar a la intemperie, lanzaban en todas direcciones lastimeros clamores,  manipuladas por un mozalbete con aire de satisfacción al verse mirado por los ojos apagados de los que íbamos en la caravana. Unos perros alborotados comenzaron a gritar, recitando un poema en su lenguaje natural, cuando ya el Poeta viajaba a unos cuantos metros de la Capilla Diamantina.

De aquí en adelante pude ver una niebla espesa que impedía la visión de los montes que bordean la carretera. Así era el luto de la madre naturaleza, cuando el cadáver del ave va a la tierra. El Poeta sumido en el sueño eterno, admiraba por última vez, los fértiles campos y las reses imperturbables que muchas veces oyeron su voz de peregrino enamorado.

Por fin pude divisar el coche fúnebre corriendo frente a la Central Eléctrica de Pamplona, y millares de luces opacas daban un aspecto triste a la ciudad que un día antes le había visto departir cordialmente con sus amigos y admiradores. Al penetrar la caravana fúnebre en Pamplona los chillidos estridentes de las sirenas y cornetas, molestaban el sueño tranquilo del Poeta. Los habitantes en sólido bloque humano esperaban la llegada del Poeta, para rendirle los últimos honores. Las bandas de guerra y las órdenes de los jefes se distinguían en aquel lago de lágrimas derramadas por los corazones melancólicos de los pamploneses. Llevaron al notable bardo hasta la casa que le sirvió de refugio, según me contaron es de una de sus hermanas.

Me retiré a casa de unas amigas, con el fin de recordar viejos tiempos.

Eran como las ocho de la noche y soplaba una corriente que parecía provenir del polo ártico. Pamplona a veces parece una nevera y al llegar el ave a su nido aumentó el termómetro bajo cero, obligando al Poeta a regresar a su morada tan estimada por él.

A las nueve y media, más o menos, me acerqué al lugar donde dormía el Poeta. Pero como había una cola de unas dos cuadras de impacientes amigos y curiosos, desistí de mi intento y volví a las doce de la noche. Entré a la casa donde vivía el Poeta y pensé que allí iba a encontrar una tumba lujosa adornada con brillantes cortinas y luz eléctrica, como se acostumbra en los medios de cierta categoría, en nuestro medio ambiente. Pero sufrí una impresión contraria a la que mi cerebro forjó. La cama de madera de sencillez poco común, coloreada en su cuerpo central de un tono caoba y morado oscuro en las aristas, y la ancha tapa que estaba levantada para poder mirar la figura del durmiente arrullado en las olas de la eternidad, descansaba sobre dos caballos de madera. Pude observar en las aristas, una fila de rosas grises que le daban un matiz más triste al féretro.

Estaba entre cuatro pálidas velas y junto a éstas, cuatro estatuas verdes con cascos azules, fusiles al hombro, y las iniciales PM en la parte delantera del casco y en el brazo izquierdo de la guardia inmóvil. Cerca de los pies del Poeta, una enorme mata verde se confundía con la estatua que se hallaba en su proximidad.

Al irrumpir en el velorio, una señora cuarentona rezaba el rosario, coreando el murmullo una escasa concurrencia; el frío de Pamplona obliga a buscar pronto al amigo que nos abriga en cada noche. Jesús, su mejor amigo lo miraba fraternalmente.

La casa uniformada de blanco y con negros ventanales, es de estilo español moderno. En el costado izquierdo, enseguida de la sala situada a la entrada de la casa, existe un hermoso jardín de variadas y lozanas flores, iluminado por algunos faroles sostenidos por cadenas negras de unos cincuenta centímetros. Yo no recé el rosario, pero mentalmente elevé una oración al estimado Poeta, que dice así:

Ya olvidé rezar el rosario,
mas elevo al Creador del Universo,
un poema desprovisto de lodo
del barro de mi corazón,
para que te conduzca,
con luz esplendorosa,
brotando de su espíritu radiante,
un poemario de rosas extraterrenales.
Así es mi rezo, mi débil aliento,
de inveterano poeta,
contemplando tu rostro angelical.

Efectivamente, el Poeta sonreía extrañamente, no parecía muerto, sino que tenía el aspecto de un niño cuando duerme al arrullo de una canción de cuna. Se notaban las huellas en el pómulo izquierdo, la mano derecha y en los dedos de la mano izquierda, del accidente inesperado.

La casa donde reposaba, me parecía un nido de algodón, construido en el árbol pamplonés, que lo acogió bajo sus cálidas ramas. Era la casa de un Poeta y por lo tanto las rosas, los libros y algunos cuadros de personajes, en la que Estoraques estaba solitario en un rincón, al encontrarse ausente el ser que lo trajo al mundo.

Al día siguiente martes, me levanté temprano y me sorprendió la frescura de la mañana pensando lo bello que es respirar en un sitio  como éste. Recordé que el poeta Cote Lamus estaba muerto entonces me dispuse convenientemente para asistir a los honores póstumos.

El entierro comenzó como a las diez y media de la mañana. Yo me situé en una esquina de las terciarias para poder presenciar el último viaje del Poeta. Los colegios de la ciudad y otros que vinieron de diversas regiones de Norte de Santander, formaron en cada acera de las calles por donde iba a pasar el Poeta, dos largas filas, en las que habían jóvenes de ambos sexos. Llevaron al difunto enamorado, hasta la catedral de Pamplona. Allí repitieron lo del día anterior en Cúcuta.

Después de impaciente espera, vi venir el cortejo rodeado de familiares, amigos y admiradores. Las bandas de guerra saludaron por última vez al poeta montañés, recordando en aquellos momentos, el canto del marimbero nicaragüense:

Ya viene el cortejo!
Ya viene el cortejo!
Ya se oyen los claros clarines,
los claros clarines de pronto
levantan sus sones…

Allí se respiraban aromas de todas clases; se veían rostros mundanos de lágrimas de espectadores de todas las clases sociales. Funcionarios de gobierno, delegaciones de otros lugares del país y de Venezuela, se dieron cita en esta tranquila ciudad, para dar el último adiós al inolvidable Poeta. Gran cantidad de mujeres  enlutadas y hombres cubiertos con trajes oscuros, desfilaron ante mis ojos atónicos, ante semejante movimiento humano.

Incluso enemigos políticos del gobernador estuvieron presentes en la inhumación de sus restos, expresando el sentido pésame y quizás arrepentidos de las injurias preferidas en vida contra la gaviota que nunca guardó rencor para con ningún prójimo.

Era el mejor homenaje que estaba viendo hasta la fecha, y que tal vez, no volveré a contemplar.

Muchas coronas, tejidas con amor y sinceridad, adornaban al Poeta de la tierra y de las rosas. Cubría a la urna que proclamaba la sencillez del Poeta, la bandera del tricolor patrio, dando la sensación de que había muerto un héroe de la guerra. En realidad a su manera fue un valiente soldado en la lucha de la vida; con su corazón de oro y su pluma ágil y vigorosa, dejó una de las más bellas páginas de las letras contemporáneas en la hermana república de Colombia.

Al llegar la procesión fúnebre a la iglesia del Humilladero, más de cinco oradores conmovidos y enardecidos, vaciaron ríos de elogios y melodías poéticas, para el Poeta de la barba de peregrino enamorado, y la mirada profunda y filosófica.

Después de haber hablado los oradores, procedieron los sepultureros a la operación ya conocida por todos. En el costado izquierdo fuera de la iglesia del Humilladero, pude ver en una tumba fresca, como a dos metros del suelo, un cuadro con mezcla amarilla, que esperaba la lápida metálica o pétrea que dijera: AQUÍ YACE EL POETA COTE LAMUS.

Las coronas que adornaron al Poeta extinguido, fueron llevados por los devotos, para dejarlas sobre la sepultura del querido Poeta.

Al retornar a San Cristóbal meditaba: Cote, en polvo te has convertido, pero tú eres más que polvo, vives en nuestro espíritu, y la muerte tiene la rara virtud de aumentar la intensidad de tu reflector que brilla ahora en las tinieblas que nos rodean en el presente.

Al llegar a La Garita quise mirar por última vez el árbol que ahora es sinónimo de luto y que cobró vida, porque mató a un poeta. Lo habían cubierto con algunas coronas colocadas en el lugar del siniestro por allegados al Poeta, en señal al respeto y solidaridad en su viaje prematuro al infinito.

Esto me hizo pensar que detrás de las flores se puede encontrar la muerte. Detrás de los labios de un poeta hierve la tristeza y la fatalidad que la mayoría de los mortales no pueden comprender, porque son sentimientos íntimos que solo otro poeta puede interpretar a cabalidad.

Pensaba que las mejores oraciones por el alma de un poeta, eran las palabras del amor, eran poesías que tuvieran sabor de eternidad y aromas de primaverales jardines, que no estuviesen manchadas por las manos sucias de los hombres.

Pensaba tantas cosa que ya no sabía lo que pensaba…





Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

5 comentarios:

  1. AL HERMANO Y AMIGO GASTON BERMUDEZ
    LE AGRADEZCO SU FELIZ INICIATIVA DE ESTE REENCUENTRO EN EL ESPACIO TIEMPO SIDERAL,EN LA EVOCACION DEL TRANSITO FINAL DEL ILUSTRE POETA COLOMBIANO ,EDUARDO COE LAMUS ,A QUIEN RENDI UN HOMENAJE POSTUMO EN SU ITINERARIO FUNEBRE , EN EL MES DE AGOSTO DE 1964...
    GRACIAS HERMANO GASTON BERMUDEZ , POR LA PUBLICACION DE ESTE TRABAJO EN SU VALIOSA PAGINA DE "CRONICAS DE CUCUTA " ,COMO UN APORTE A LA MEMORIA PERENNE DE ESTE GRAN POETA QUE SE MARCHO A TEMPRANA EDAD,DEJANDO LA HERENCIA DE SU POESIA LUMINOSA A LOS HIJOS DEL PLANETA ,COMO TESTIMONIO DE SU PRECIOSA JORNADA TERRENAL.....
    RUBEN DARIO BECERRA ROA
    POETA SIDERAL
    LOMAS DE TOIQUITO ,TACHIRA, VENEZUELA ,11 DE OCTUBRE 2016..( Fono 02763910260 )

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  2. Hermano Gastòn, te felicito ,este blog està siendo divulgado por varios poetas del Tàchira ,entre ellos, Josè Antonio Pinto ,en TACHIRA LITERARIA...Esta esta pàgina en facebook....Saludos....

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  3. Corrijo, es Josè Antonio Pulido Zambrano, quien dirige TACHIRA LITERARIA...La puedes ubicar en facebook...

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  4. ODA A CUCUTA
    Al amigo Gastòn Bermùdez V.

    5 DE FEBRERO DE 1956.
    CONOCI TU CALIDA VESTIDURA
    EN EL ALBA DE MI ADOLESCENCIA
    TE VI POR PRIMERA VEZ
    DE LA MANO DE MI PADRE
    DICIENDOME :EL CALOR
    DE ESTA CIUDAD
    SANA EL CUERPO Y EL ALMA
    DEL VIAJERO ATRIBULADO.
    CUANDO EN MI CABEZA
    GIRABAN TROMPOS ,METRAS Y COMETAS ,
    MI PADRE ME TRAJO DE MICHELENA
    TARIBA Y SAN CRISTOBAL ,
    A TU REGAZO MATERNAL
    PARA DARME A CONOCER
    EL NECTAR DE TUS FLORES
    LA DULCE Y SEÑORIAL PAMPLONA
    DE MIS AMORES ENTRAÑABLES...
    TU CUERPO EXTENDIDO
    EN EL VALLE JUNTO AL RIO
    RECIBE EL BESO
    DEL SOL ENAMORADO..
    EL VIENTO CANTA EN TU PECHO
    RELATANDO HISTORIAS LEGENDARIAS
    DE TUS HIJOS BIENAMADOS..
    TU DORADA CABELLERA
    ACARICIADA POR EL SOL
    ME HABLA DEL AROMA DE LAS FLORES
    DEL CALOR
    DE TUS HABITANTES
    EN MEDIO
    DE LOS ARBOLES
    CANTARINOS..
    CUCUTA.CUCUTA,
    CUCUTA ,
    HERMOSA HIJA DE COLOMBIA
    ROSA PRIMOROSA DE AMERICA
    PORTAL RADIANTE CONTINENTAL...
    EN EL CORAZON DE MI PATRIA
    REINAS POR SIEMPRE
    EN ESTA CANCION SIDERAL
    CON ACENTOS DE AMOR
    Y RESPLANDOR UNIVERSAL..

    RUBEN DARIO BECERRA ROA
    POETA SIDERAL

    Del libro inèdito "Cantares Michelenenses"
    febrero 2008
    Lomas de Toiquito,Tàchira ,Venezuela ,13-10-2016

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