sábado, 18 de abril de 2015

745.- EL CUCUTA DEPORTIVO EN LA BOMBONERA



Oscar Peña Granados


Miraba desprevenidamente por la televisión el último clásico River– Boca atento a las aventuras del Teo Gutiérrez, la bola rodaba con gran dificultad entre charcos cada vez más profundos y extensos y la visibilidad se dificultaba por momentos, esto hace que me llegue el recuerdo de otro partido jugado en condiciones similares, y que nos produce sensaciones que van de la depresión a la arrechera.

No fue hace mucho tiempo, ¿cierto? El 7 de Junio del año 2007.

Estábamos los cucuteños fanáticos de la doblemente gloriosa rojinegra viviendo un sueño. Era un sueño porque teníamos un equipo que ganaba todo, hasta el campeonato profesional colombiano. Un sueño que muchos grandes hinchas no alcanzaron a vivir.

EL MANDAMIENTO DEL FÚTBOL

Qué tal Monturiol papá gritando !Campeón, Cúcuta campeón! el 20 de Diciembre del 2006, con esa vozarrona de republicano españolete, con la misma furia con que renegaba del Dictador que gobernó su país tantos años, y tantos otros buenos y sufridos hinchas, que padecieron la humillación del descenso y las pésimas campañas que incluso marcaron records en la cantidad de juegos perdidos y no alcanzaron a gozarse ese momento.

Cómo habrían disfrutado ese golazo de Macnelly en Ibagué esa noche; los que pudimos verlo lo gritamos con esa emoción que nos salió de lo más hondo, de lo más visceral, de lo más testiculado como diría el Dr. Julio César Turbay, tan querido en estas tierras.

Y es que para muchos, así como la misa de los Domingos, el partido de fútbol es un mandamiento más de esa religión que congrega millones de personas en el mundo, devoción que muchos practicamos y sentimos con un fervor que no mengua el saber que pan y circo adormecen las masas mal gobernadas, y que hay grandes intereses económicos en el trasfondo de ese deporte que juega con el sentido de pertenencia a una ciudad o a un país que muchos padecemos.

Y digo padecemos porque las fronteras son inventos, tal vez el peor invento del hombre, barreras que no deberían existir, que han provocado tantas muertes y que los cucuteños padecemos hoy más que nunca.

Imagina un mundo sin fronteras, sin religiones, nada por qué luchar o morir cantaba John Lennon antes de que una bala lo acallara.

Como hace falta en estos días en que se mata o se muere por unirse o separarse de un país, de una creencia, de un pensamiento político-económico o por tener más melanina (pigmento que da el tono oscuro) en la piel.

EL CANASTO DE GARDEL Y LAS BURLAS DE CRISPÍN

En el fútbol más que en otro deporte se conjugan el arte en la sutileza de una gambeta, la física en la planeación de la curva para burlar una barrera cuando se cobra un tiro libre o la precisión de un pase al vacío, la preparación del cuerpo para soportar ese esfuerzo constante durante noventa y pico de minutos.

Todo es imprevisto porque son once contra once y los chicos ponen todo su esfuerzo para superar equipos más dotados.

Así sea usted el tronco más grande, nada nos impide sentirnos cracks cuando nuestro equipo gana y todo, hasta el odiado jefe parece más amable cuando tenemos esa satisfacción.

En los días de mi niñez, ya tan lejanos, la asistencia a los partidos era un rito que contemplaba la compra de un paquete de habas, maíz o maní a Gardel, o quizá un chicharrón que pasaba ante nuestras narices dentro de un enorme canasto y que se nos insinuaba con su color, con su aroma y la sugerencia de su consistencia crujiente, hasta que ya no aguantábamos más.

Había también un puestico de comidas donde se disfrutaba de la Club Soda de naranja bien fría con pasteles o arepitas, sabores que se extrañan de por vida, mientras se hablaba pura paja o se pasaba revista a los (as) asistentes.

Crispín, un chispudo personaje y otros espontáneos se burlaban de todo y de todos para regocijo de la tribuna, cosmopolita en su composición; por allá estaban los descendientes de los turcos, por acá los de italianos, uno que otro español, los venecos no faltaban tampoco.

En otras ocasiones una mala decisión arbitral o alguna provocación de un hincha del equipo visitante generaba protestas que por lo general no pasaban a mayores y formaban parte del show, con algunas excepciones es cierto.

Roque Mora, el Mocho Barreto, Carlos Ramírez París y otros narraban, y al día siguiente comentaban con todos los detalles y críticas, generando polémicas de todos los calibres.

EL SOL ARDÍA EN EL TEMPLO SUPREMO

El General Santander era el templo supremo, en su césped se derretían por el calcinante sol de las tardes cucuteñas la mayoría de los equipos visitantes.

Ese sol inmenso e inclemente que disuelve el asfalto al mediodía y que parece le sacara volutas de vapor a los andenes, que saca corriendo a los visitantes pero no hace mella en los propios.

Ese sol que abraza los cujíes y los matarratones y los hace crecer, que tiñe de caramelo la piel de las cucuteñas y afila su carácter.

En ese horno y ante un gran equipo se habían fundido desde el 2005, en forma secuencial, primero los demás conjuntos de la B hasta lograr el campeonato y conseguir el salto a la primera división.

Después llegó el turno en la A, que finalizaría la noche en que Zapata, Hurtado, Moreno, Bustos, Elvis González, Charles Castro, Duvan Rueda, Alexander del Castillo, Macnelly Torres, el Burrito Martínez y Blas Pérez, junto con Pajoy, Nelson Flórez y David Córdoba, dirigidos por ese santandereano verraco, el profesor Pinto, lograron alzar la copa y nos mandaron toda esa descarga de dopaminas, adrenalinas y demás sicoestimulantes que produce nuestro cuerpo y que nos llevó a brincar, gritar, saltar, bailar, hasta que la noche nos ganó.


ALGO PROPIO DE MACONDO: PURO REALISMO MÁGICO

Pero lo mejor vendría después. Ante nuestros ojos incrédulos, que esperaban se cumpliera la máxima de que el pez grande se come siempre al chico, empezaron a perder en la disputa de la Copa Libertadores, equipos extranjeros.

Fueron cayendo Gremio, Cerro Porteño, Toluca y Nacional de Montevideo y ya creíamos que todo era posible; el mundo empezó a hablar del equipo, bien y mal, asociándolo al entorno de violencia de nuestro país.

Nos parecía algo propio de Macondo, puro realismo mágico. Nuestro Cúcuta que hace muy poco perdía todos los partidos, ganándole a equipos de gran trayectoria.

Claro que habíamos olvidado o no conocíamos nuestros pergaminos, que en el Cúcuta habían jugado al año siguiente de su coronación dos miembros del equipo uruguayo campeón mundial, Gambetta y Tejera y que teníamos un historial con actuaciones de categoría.

La mejor en 1964, le disputábamos el campeonato a Millonarios con muchas posibilidades y curiosamente no salió el avión que los debía llevar a Pereira el día antes, para luego viajar por tierra a Manizales, donde jugaban un último y definitivo encuentro.

Viajaron al otro día, llegando prácticamente directo al estadio, al parecer también luego de una noche en Bogotá un poco movida entre el traguito y la venta de las chucherías de contrabando que llevábamos al interior los que vivíamos en esta noble, leal y valerosa villa, en los tiempos en que no era delito hacer el mercado de la semana al otro lado del puente.

No sé cómo Hohberg, el director técnico en esos días, no tuvo otro paro cardíaco similar al que presentó jugando en la Copa Mundo 54 contra Hungría, donde casi se muere por sobredosis de abrazos luego de convertir un gol, requiriendo reanimación cardiopulmonar en plena cancha.

El otro buen recuerdo que guardo de Hohberg con su perdón es su bella esposa, rubia, alta, que nos encantaba espiar cuando salía a regar el prado en las tardes a la hora de nuestra salida del Colegio Calasanz.

EL PARTIDO CON BOCA

Y siguiendo con el cuento de la Copa Libertadores, nos toca jugar con Boca Junior. El duro del país de los duros en fútbol, junto con Brasil.

Empecé a sentir una “jerocidad” en la boca del estómago, como me explicaban los campesinos de mi tierra su síntoma, porque éramos conocedores de que además de su capacidad futbolística, hay gran influencia de sus dirigentes a nivel de las entidades rectores del fútbol.

El primer trance fue de mucha dicha, los argentinos se fundieron y se llevaron 3 que pudieron ser 4 o 5.

Como un pitoniso el narrador de Fox sentenció cuando Pajoy no pudo concretar el cuarto gol que nuestro Cúcuta había perdido también el chance de llegar a finales y volvió la jerocidad que casi llega a perforación gástrica cuando anunciaron que Blas Pérez no jugaba.

“Pregonero de aciagos augurios” pensé, como toches pasa eso.

Pero bueno, llegó el 7 de Junio y los malos augurios seguían, qué tarde más oscura, “para moza” dirían algunos.

Me contaba un testigo de los hechos que asistió a la Bombonera, llamada así por su parecido con una caja de bombones que le regalaron a su constructor Víctor Sulci y que le sirvió de inspiración para su diseño, que la niebla no dejaba ver un carajo y pensaron que el partido se aplazaría.

Sin embargo, con una hora de atraso se inició el encuentro en condiciones poco aptas para la práctica de este deporte, dicen que con el visto bueno de los arqueros, pero la verdad uno pensaba que en cualquier momento aparecería Drácula mordiéndole el cuello a alguno de los colombianos.

Lo que si apareció fue algo arrojado desde las tribunas que noqueó a Zapata por unos instantes, y creo lo dejó confuso, turulato por el resto de la tarde, en especial a la hora de tomar la decisión sobre la continuación del partido.

LA SABIDURÍA DE MI TÍA ABUELA DELFINA

Un cobro de Bustos en el palo nos devolvió la ilusión. Porque no si allá mismo 5 se llevó la selección argentina frente a Colombia, incluso alcanzamos a gritarles “Boca cabròn, saluda al campeón” dice mi amigo, pero muy pronto la dura realidad nos aterrizó cuando Riquelme sí mete el cobro de tiro libre y se vienen otros dos, uno de ellos infame por la oscuridad absoluta en el campo.

Al final una jugada dudosa, sospechosa de penalti, que el árbitro Roberto Silvera no pita y creo que ningún otro árbitro lo haría y el profesor Bernal explota aunque “ya pa que”; si no lo agarran creo que todavía estaría en Buenos Aires pagando pena por homicidio.

Por qué jugamos diría un observador desprevenido, es muy fácil pensarlo lejos de la presión que se genera en ese estadio por sus características especiales de construcción que potencian la presencia de miles de hinchas cantando todo el tiempo, lanzando bengalas y creando un ambiente intimidante para los adversarios.

Solo un fútbol contundente como el de Alemania ante Brasil o el de Colombia ante Argentina puede sacar buenos resultados y esa noche nuestro equipo no lo tuvo.

Para estar entre los grandes es necesario además de la capacidad, esa actitud para no achicopalarse ante rivales y situaciones difíciles, ese ego que le criticamos a los argentinos pero que es necesario en ciertos momentos, porque de lo contrario pasa lo que me pregonaba mi tía abuela Delfina, con esa sabiduría socarrona de campesina tachirense: “el que mucho se agachó, hasta el c..o se le vio”.

¿Cuándo volveremos a ver un Cúcuta igual?; espero que las múltiples desgracias que se ciernen sobre este mundo me dejen vivir para disfrutarlo.

-Dedicado a todos los hinchas de la rojinegra, en especial para mi hermano fiel aficionado y a Churchill Suárez que me dio la mejor descripción de los sentimientos de un verdadero hincha por su equipo-.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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