miércoles, 16 de abril de 2014

556.- AÑO DE PROPUESTAS DE GRANDES PROYECTOS…1953


Gerardo Raynaud D.


Teatro Zulima hoy ícono cultural de Cúcuta.


En plena efervescencia de mitad de siglo, Cúcuta traía consigo el impulso de los proyectos del pasado, aquellos que se habían distinguido por el empuje que le proporcionaron los sobrevivientes del terremoto y que habían convertido la nueva urbe en una villa que se distinguía por su laboriosidad y por desarrollar proyectos de modernidad que la ubicaban como una de las más avanzadas del país.


En infraestructura, con su flamante diseño de amplias avenidas y calles; en vías, con el establecimientos del Ferrocarril de Cúcuta y sus líneas férreas del norte, hacia el Lago de Maracaibo y del sur, que pretendía unirnos con el interior del país, además de su moderno tranvía que recorría sus principales arterias; en industria, la que comenzaba a experimentar las innovaciones del desarrollo tecnológico conjuntamente con sus similares de Medellín, Barranquilla, Bogotá y Bucaramanga.


Eran nuevos y numerosos los proyectos que fueron aflorando y que en esta crónica pretendemos presentar para mantener la memoria de los prodigios que alguna vez hicieron de la ciudad una próspera y pujante capital.


Empezaremos por mencionar un proyecto que iniciaba apenas comenzando el año y que por iniciativa del párroco de la iglesia de San José, aún no designada catedral, el R.P. Daniel Jordán, en los  días iniciales del mes de febrero  se colocaba la primera piedra del que sería el magnífico templo de Nuestra Señora de la Candelaria, en el barrio Sevilla.


Esta nueva construcción se erigía como el reflejo del novel estilo arquitectónico del arte religioso católico moderno que sigue las tendencias de renovación que pretenden los jerarcas de la iglesia y que busca adaptarse a las condiciones del ambiente que caracteriza los fieles que serán los directos beneficiarios de la propuesta. Tanto la bendición como la colocación de la primera piedra fueron impartidas por el obispo de Nueva Pamplona (aún no erigida arquidiócesis) S.E. Norberto Forero y García.


El Preventorio Juvenil


Por aquellas calendas era queja generalizada de las familias cucuteñas, los varios centenares de jovencitos o ‘pibes’ como eran llamados por los hinchas futboleros, que deambulaban por las calles de nuestra capital, sin Dios ni ley, a cualquier hora del día y de la noche, visitando casas de lenocinio y durmiendo en zaguanes y que no podían ser llevados al Amparo de Niños, porque no lo eran, ni al Reformatorio de menores, pues debían tener ‘un sumario a las costillas’ y una boleta de un juez de menores, así que nuestro reconocidísimo alcalde Numa Pompilio Guerrero, se las ingenió para crear una institución que pudiera albergar esa ‘población intermedia’ y brindarles una vida digna y una ayuda en educación que les sirviera como medio de sostenimiento para la vida.


La noble institución le fue otorgada a la comunidad de los Hermanos Oblatos del Corazón Doloroso de María y el Buen Pastor, comunidad fundada en Bogotá por el antiguo eudista fray Pablo del Buen Pastor, con el permiso y la autorización del obispo auxiliar de aquella época en la capital, monseñor Luis Pérez  Hernández y ampliamente estimulado por la Santa Sede en manos de monseñor  Samoré, conocido como el Nuncio Peregrino, de mucha recordación en nuestra región, a tal punto que se le concedió el mérito de haber contribuido con la evangelización de una zona inhóspita de nuestro territorio, por lo cual, una vereda del municipio de Toledo lleva su nombre en agradecimiento.


La noche del 25 de febrero fueron recogidos 35 menores ‘vagos’ en distintos sitios de la ciudad  y fueron llevados a un salón especialmente acondicionado en la cárcel municipal para ser entregados a los Hermanos Oblatos, así pues, se rescataban para la sociedad, al decir de la prensa de entonces ’35 futuros hampones’, que a partir de ahora serían útiles a la familia, a la patria y a la sociedad. Adicionalmente es necesario reseñar que los Hermanos Oblatos habían sido traídos a Cúcuta para encargarse del Amparo de Niños, que provisionalmente funcionó en la Fundación Barco, por iniciativa de doña Inés de Moncada, mientras se adecuaban las instalaciones de la hacienda de La Garita.


También es conveniente recordar que la comunidad de los Oblatos fue fundada específicamente para la dirección de cárceles, panópticos, reformatorios, atención de moribundos y para enterrar los muertos de los anfiteatros y de las cárceles. De esta manera, los reverendos Oblatos manejaron durante un tiempo las dos instituciones, durante el cual recibieron múltiples expresiones de cariño y de colaboración de la ciudadanía por su encomiable labor en favor de los menesterosos y los  delincuentes presos. 


El Ingenio Azucarero de UREÑA


Mientras esto sucedía en la Perla del Norte, en la vecina San Juan de Ureña se estudiaba la posibilidad de aprovechar las extensas tierras del valle del río Táchira. 



El año anterior, ya una comisión de técnicos franceses habían visitado la zona para determinar la viabilidad de establecer un planta procesadora de caña de azúcar y su dictamen era positivo, siempre y cuando se utilizaran las dos riberas del río limítrofe y además, se proyectara una represa que regulara las aguas y sirviera para irrigar los cultivos y adicionalmente suministrara el líquido a las poblaciones vecinas.


Decidida la iniciación del proyecto, la Corporación Venezolana de Fomento definió la comisión que procedería a organizar la empresa y para tal fin, designó al Teniente Coronel Guillermo Isea Chuecos como director encargado de la misión y se asignó una partida presupuestal de dos millones de bolívares.


Simultáneamente fue invitado el ministro de agricultura colombiano José Cabal Cabal, para dar a conocer la proyección de la idea y definir la participación del país en la construcción de la represa anteriormente mencionada. 



Todas las concepciones establecidas en el plan fueron seguidas al pie de la letra, pues se disponía que la ubicación de la planta fuera instalada en la aldea ‘Tienditas’ entre Ureña y San Antonio y que allí se desarrollaría un gigantesco plan para crear una economía dulcera en el estado Táchira. 



En ese entonces, los recursos estaban disponibles y la CVF no escatimó esfuerzos para disponer todos los medios que fueran necesarios para iniciar, como así se hizo, la primera molienda con la zafra del año 1955.


La construcción y el montaje de las instalaciones estuvo dirigida por el ingeniero puertorriqueño Antonio Ortiz Toro quien tenía una vasta experiencia en ese campo, toda vez que había dirigido en años anteriores  proyectos similares en Venezuela, específicamente los ingenios de Cumanacoa y El Turbio. La capacidad de producción se calculó entre 750 y mil toneladas diarias.


Para poder satisfacer esta demanda, se debía iniciar las siembras con más de un año de anticipación y contar además, con la participación de los cañicultores de la margen izquierda del río Táchira, es decir, con los agricultores colombianos, con los cuales, en primera instancia, se suscribió un convenio de canje de caña por azúcar, convenio que se mantuvo inalterable durante varios años hasta que el gobierno venezolano decidió privatizar la empresa, la cual fue adquirida por un consorcio colombiano, hasta que el gobierno del presidente Chávez decidió expropiarla con el peregrino argumento de preservar la independencia alimentaria del país. 



CAZTA central azucarero en Ureña de capital colombiano pasó a manos del Estado venezolano. Abril 2010.


De todas formas, los cálculos primarios y las posteriores ampliaciones de la planta hicieron que las plantaciones, las de ambos lados del río fueran insuficientes para abastecer las necesidades de materia prima, razón por la cual, durante los primeros años, la planta permanecía cerrada durante aproximadamente un tercio del tiempo.


El consorcio colombiano, durante el tiempo que administró la planta, importaba materias primas semielaboradas de sus otros ingenios para poder operar a tiempo completo. 



Hoy, la situación ha retornado a sus inicios, con el agravante que la producción agrícola ha mermado en ambos lados y la fabricación del dulce producto reducida a su mínima expresión.




La Lotería de Cúcuta


Decíamos que comenzando la segunda mitad de la pasada centuria, se generó en la ciudad una gran expectativa por el desarrollo de grandes iniciativas que buscaban posicionarla como una de las urbes más atractivas para la inversión y a fe que lo fue, lástima que éstas no dejaran huellas de progreso, pues la mayoría sólo produjeron réditos para los empresarios foráneos quienes no se preocuparon por dejar vestigios de su paso, llevándose consigo todos los beneficios y dejándonos el cascarón vacío y en ocasiones, ni siquiera eso.


Pero sin más quejas, pasemos a mencionar algunos de los más importantes proyectos esbozados para ser exhibidos durante el año de la mención. 



Vamos a comenzar por mostrar el interés por la construcción de algunas edificaciones que para la época marcaron un hito en el perfil urbanístico de la ciudad. En primer lugar, una de las empresas pujantes del departamento que llevaba sólo unos años funcionando, pero que ya había calado en el espíritu de sus habitantes y venía expandiéndose vertiginosamente a nivel nacional, a buen ritmo y sobre todo, con unas finanzas sólidas y un manejo honesto y  prudente, como se caracterizaba la mayoría de los emprendimientos de entonces, la Lotería de Cúcuta, era por decir lo menos, la empresa insignia del Departamento.


En solamente nueve años, la empresa había logrado consolidarse como una de las más estables y seguras empresas de la región y del país, en su sector. 



De los $6.500 de premio mayor con que inició sus sorteos en 1944, hoy rondaba los $25.000 y además, ofrecía sorteos extraordinarios, que en ese año eran del orden de los $300.000 una cifra notablemente importante, pues involucraba en total 1.115 premios que sumaban la bonita cifra de $540.000. 



Lo mejor del cuento era que los billetes tenían solo cuatro cifras, sin series ni demás arandelas que le cuelgan hoy a los billetes, que las han hecho desaparecer y que en oposición, hicieron florecer otras opciones, tal vez más atractivas por sus cuantías pero menos por las probabilidades de acertar. 



Pues bien, para conmemorar su noveno año, en el mes de marzo día de su aniversario y siendo las cinco de tarde, fue inaugurado solemnemente el edificio que a partir de ese momento sería su sede administrativa y comercial, en la calle novena identificada con el número 5-49, un edificio de dos plantas que como bien lo dijo el gerente, Luis Felipe Ramón en su discurso de estreno, “servirá de ornato y embellecimiento a la Perla del Norte”. 



Todavía existe, hoy en día, el bien en mención, que aunque deteriorado presta sus servicios a un conjunto de locales comerciales y oficinas con las comodidades que fueron, en el pasado, motivo de orgullo y de satisfacciones.


El teatro Zulima de la Lotería de Cúcuta


Considerado un éxito la construcción del nuevo edificio, la Lotería emprendió la tarea de decidir en qué invertir los remanentes que le fueron quedando a medida que transcurrían los sorteos, así pues y considerando las múltiples necesidades de la población, se inclinaron por proporcionarles opciones que hasta el momento estaban orientadas a los estratos más pudientes de la sociedad y por esa razón se decidieron por brindarles la oportunidad de disfrutar de las novedades del momento que no eran otras que la cinematografía, que hasta el momento era una actividad estrictamente privada, ejercida por empresas que tenían el predominio de las pocas películas que llegaban al país y a la ciudad y que en algunas ocasiones habían sido objeto de manifestaciones de inconformidad por el trato que se les brindaba a los asistentes y los escasos títulos que se ofrecían, en las que a raíz de un conato de incendio en el teatro Santander, las gentes, en lugar de solidarizarse, se mostraron jubilosos, argumentando que era consecuencia de la mala calidad y los malos tratos que recibían de la empresa.


Por consiguiente y teniendo en cuenta las circunstancias, la Junta Directiva, emprendió la difícil tarea de evaluar las propuestas que habían presentado cuatro de los más representativos constructores que tendrían la misión de erigir el mejor teatro que tendría la ciudad. 



Presentaron sus proyectos las firmas Ibáñez y Manner, quienes habían licitado la construcción del edificio comercial del antiguo lote donde funcionó, años atrás, el mercado de la ciudad, que posteriormente construyeron y que hoy es conocido como el Edificio San José; La firma de ingenieros constructores de Bucaramanga INGARCO y en representación del sector constructor de Cúcuta, las firmas ASICON y la empresa de los hermanos Morales, Rodrigo y Rogelio, arquitectos contratistas de amplio reconocimiento en la ciudad, miembros de la Sociedad de Arquitectos de Colombia y quienes habían participado de la construcción del recientemente inaugurado edificio de la Lotería.


Asignado el presupuesto y decidida la obra, su construcción duró algo más de un año y el 17 de septiembre del año siguiente se inauguró con la exhibición de la película “El Manto Sagrado”; para ese día se estableció una tarifa de entrada de $5 y la respuesta del público fue notoria, al punto que las boletas se agotaron en cuestión de minutos. 



Merece recordar que el Teatro Zulima era una de las dos salas más modernas del país, con todos los equipos innovadores de la época pero lo que más llamaba la atención era la comodidad de la silletería americana del tipo reclinomático, que fue por muchos su característica distintiva.


La Botica del Táchira


En este año y para regocijo de nuestras gentes, cumplía sus bodas de plata comerciales el distinguido empresario farmaceuta Dióscoro Méndez God. 



Se había iniciado en esta actividad en el puerto de Encontrados y ampliado la cobertura de sus negocios de comercialización de productos farmacéuticos, industriales y de perfumería a la ciudad de San Cristóbal y posteriormente a Cúcuta, todas bajo la razón social de Dióscoro Méndez God & Cía y los establecimientos comerciales se denominaban Botica Vargas, así funcionaban y eran reconocidos en los tres lugares.


En Cúcuta, participaba del negocio en asocio con Martín Hernández P. apreciado caballero de grata recordación entre sus paisanos por sus dotes personales. 



Pero su principal ocupación se centraba en la fabricación de los productos que expendía en su nuevo local comercial de la avenida séptima entre calles 10 y 11.


De su laboratorio, ubicado unas cuadras más abajo, al que se identificaba como Laboratorios Diosmengod, era para él la “joya de la corona” de la cual estaba orgulloso, pues no era para menos, ya que los visitadores del Ministerio de Higiene habían conceptuado, en reiteradas ocasiones, que era el mejor instalado de los Santanderes. 



Coincidencialmente, su producto estrella era el Ponche Crema Diosmengod distribuido exclusivamente por las Rentas Departamentales de Antioquia, pues a través de las rentas regionales no le fue posible concretar ninguna negociación.


Cuando la Botica Vargas fue adquirida por la firma Edmundo Mora & Cía. don Dióscoro fundó “La Casa del Niño”, un establecimiento que buscaba satisfacer las necesidades de la madre y el niño, almacén que se constituyó en el precursor de su conocida Botica del Táchira. 



El establecimiento funcionó hasta el año 2012, administrado por sus sucesores y posteriormente absorbido por las actividades comerciales aledañas, sin que haya sido modificada su estructura, manteniendo las mismas características con las que fue construida hace casi noventa años.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V. 

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