jueves, 15 de agosto de 2013

425.- BUSCANDO EL CIERRE DE LA FRONTERA


Carlos Humberto Africano  (octubre 16 de 2007)




En relación con los peajes instalados en la frontera con Venezuela, los traumas que se generaron lindaron en la emergencia de la misma y nadie notó nada, ni dijo nada, como ha ocurrido las demás veces en que nos han asaltado y atropellado con similar estratagema. Y en el panorama nacional, apenas sí les valió un par de comentarios en los noticieros televisivos y nada en los demás medios de comunicación, porque nunca les ha importado, ni la frontera, ni la integración, ni nada que tenga que ver con Venezuela, como no sea para denigrar de ella y ahora de su actual gobierno.

En Cúcuta, la situación que deja es dramática. Tal vez más dramática que en la reciente crisis del agua, que aún padecemos a causa de la negligencia de Ecopetrol, por la falta de mantenimiento en la línea del oleoducto, lo que ocasionó el derrame de petróleo al río Pamplonita, deteriorando en materia grave el sistema ecológico del entorno, configurándose un delito de lesa humanidad, que no prescribe, por el deterioro del medio ambiente, que perdurará por 20 años más. Y en ese caso, como en el de ahora, nadie ha dicho “esta boca es mía” para salir en defensa de esta pobre ciudad ultrajada, mancillada y doliente.

Mucho me temo que los habitantes y los vecinos de la ciudad de Cúcuta, quienes somos los directamente afectados, no alcancemos a dimensionar la gravedad de los dos hechos que nos tienen al borde de la emergencia social. Porque esta vez, como en todas las anteriores, habiendo sido asaltados en nuestra buena fe, con igual premeditación y alevosía, tampoco nadie dijo “este rollo es mío”, ni por la contaminación, ni por los peajes. Nuevamente, los senadores y representantes por Norte de Santander, los salientes diputados y concejales, los actuales candidatos a estos cargos, las entidades gremiales y la ciudadanía, habiendo tenido el suficiente tiempo de reacción, metieron el rabo entre las piernas y callaron como ostras, como siempre lo han hecho.

De remate, llegó un chisme bomba por el O@mail, comúnmente llamado “correo de las brujas”, antiquísimo pero muy eficiente medio de comunicación en Cúcuta. Y no es que sea chismoso, sino comunicativo, aunque no me agrada tratar temas vox populi. Pero en vista de que semejante alboroto ya tiene ribetes de conflicto internacional y nadie ha dicho ni pío, creí conveniente “socializarlo”, como se dice ahora.

El O@mail dice que la empresa concesionaria —a la que le adjudicaron el contrato de los peajes— y de la que sólo sabemos su nombre, una tal “San Simón”, tiene un socio que es tal vez un pichón de cuervo, buitre o gavilán, de esos que se dan silvestres en Colombia.

A estas alturas del paseo que nos dieron, puede ser que el chisme ya se haya regado como pólvora; pero no por chisme, sino por simple especulación. Es que sólo se requieren dos dedos de frente para darse cuenta de que sólo un gran pichón de cuervo, buitre o gavilán —que no es habitante de Cúcuta ni vecino nuestro— puede lograr la nada honrosa hazaña de mantener cerrada la frontera por casi cuatro meses, con altísimas pérdidas económicas tanto para la ciudad como para el país, parálisis en las exportaciones e importaciones, violación de acuerdos de frontera entre los dos gobiernos, enfrentamiento verbal entre los gobiernos de los dos países, amenaza de cierre definitivo de la frontera y, lo que era un problema municipal, este pichón hace que el gobierno nacional lo tome para sí y con inaudita terquedad que raya en la contumacia, pasando por encima de todas estas desventuras, defienda a como dé lugar a la tal  “San Simón”, enviando a sus emisarios, el canciller y el ministro de Transporte, y, a pie junto, juren que los peajes “van porque van”. Y fueron, porque el objetivo es enterrar definitivamente el fiambre que asesinaron hace 59 años.

¿Quién es este pichón —de cuervo o buitre o gavilán— tan poderoso que, además de lograr comprometer al gobierno nacional, logra acallar a los medios de comunicación? El pueblo cucuteño, de resultar cierto el “mensaje enviado por el O@mail”, debe desenmascararlo, porque después de cuatro meses del cierre de la frontera, el país no sabe aún lo que ocurrió en Cúcuta y con la frontera con Venezuela.

Los oscuros designios y el nuevo asalto alevoso a la ciudad, de que estoy hablando, es la seria amenaza del cierre indefinido de la frontera, derecho consuetudinario que podríamos perder por causa de la intransigencia del gobierno nacional, en quien los gobiernos departamental y municipal descargaron todo el rollo, ante su incapacidad para manejarlo, dejándolo, una vez más, como en las anteriores: en manos de funcionarios de altísimo rango, para que dieran cumplimiento a aquel objetivo y, pese a las idas y venidas de aquellos funcionarios, “les han mamado gallo”, como dijeron los venezolanos, únicos que les salieron al paso al cierre de la frontera y de la integración.

El mismo presidente de Venezuela, Hugo Rafael Chávez Frías, le recomendó a su homólogo colombiano retirar los peajes y dijo, palabras más, palabras menos, que: “fueron ustedes quienes crearon el problema y deben solucionarlo y que no nos vayan a echar culpas a nosotros”.

¿Culpas de qué?, me pregunté. Yo lo interpreté como: “por lo que pueda ocurrir”.

Y lo que puede ocurrir, según mi interpretación, es que la frontera la cierren como ocurrió hace 59 años en Puerto Santander y en el puerto de Cúcuta. Ahora sería su oportunidad, servida en bandeja de plata, de cumplir su oscuro designio del cierre definitivo de la frontera, dado el antagonismo de los dos gobiernos.

“QUIEN NO CONOCE LA HISTORIA, ESTÁ CONDENADO A REPETIRLA”

En 1948 Cúcuta era una ciudad floreciente. Su economía estaba sentada en las cargas de café, azúcar y cacao, que se cultivaba en esta región y salían para el mundo por un ferrocarril que se empataba con el Gran Ferrocarril del Táchira, por Puerto Santander, por el que también entraban los más ricos, exóticos y exquisitos productos europeos que se los gozaban solamente los habitantes de esta región.

Fue una época de grandeza y esplendor y, como nunca, de cooperación e integración de dos pueblos hermanos, libres de membretes nacionales, hermanados con lazos regionales de estirpe y sangre, formando, como llama el doctor Jaime Pérez López, “una parábola vital de integración”, hecha con una línea férrea que trazaba un circuito internacional entre San Cristóbal, Rubio, San Antonio, Cúcuta, Puerto Santander, Encontrados y Maracaibo, vital para la región, primero y único en América Latina, configurándose en la frontera más activa de toda América (en ese tiempo, no ahora). Todo esto se lo tiraron aquellas aves de rapiña: el cuervo de la sabana, el gavilán de la montaña y el buitre del valle, que “Se arrogaron los triunfos de la generación del terremoto, que fue liberal y federalista, para llevar a estas empresas (los dos ferrocarriles) al centralismo gubernamental y a las nuevas concepciones de estado de derecho”, dice, con mucha elegancia, el doctor Jaime Pérez en su libro: Colombia-Venezuela siglos XIX-XX.

Pero, “las desgracias son cobardes, porque no se atreven a presentarse solas”. Y para Cúcuta, nada más cierto que esto desde el terremoto de 1875, que no fue su peor desgracia, sino la que le vino después.


Cúcuta, con el apoyo de venezolanos, italianos y alemanes, fue reconstruida a imagen y semejanza de las mejores ciudades europeas, como la ciudad más moderna y hermosa de toda Latinoamérica, para ese tiempo. Pero esta fue su peor desgracia, porque generó la ávida envidia carroñera de los habitantes del interior y todos a una, le cayeron y le siguen cayendo, cual aves de rapiña para despedazarla.

En un tiempo atrás, el único café que se cultivaba en Colombia era el de Norte de Santander y las plantaciones de cacao y caña eran extraordinarias. De modo que el gobierno nacional, azuzado por los “avichuchos” que se arrogaron los cultivos para sus cotos, creó la oficina de control de cambios para la frontera y el estatuto de régimen fronterizo en 1942, que le puso talanquera al libre paso en la frontera, en el puerto de Cúcuta. Estas medidas empezaron a entorpecer la relación binacional, el libre tránsito de las personas entre los dos países, la buena marcha del comercio y exportación de los productos, que paulatinamente fue decreciendo por esta causa y en 1948 le dieron el golpe mortal con la compra y nacionalización del Ferrocarril de Cúcuta para paralizarlo y venderlo como chatarra, e influenciando al gobierno venezolano para que hiciese lo mismo con el del Táchira y entonces Venezuela cerró el paso por Puerto Santander, que sólo fue reabierto hará unos 8 años, quedando cerrados para las exportaciones los dos puertos, Cúcuta y Puerto Santander. Todo esto desestimuló y paralizó los cultivos y el desarrollo de la región y por eso estamos como estamos.

Sólo en 1964, con la construcción del puente internacional Simón Bolívar, se reabrió, de manera muy restringida, el puerto de Cúcuta, quedando como puerto de segunda categoría. ¿Qué digo? Será de tercera o de cuarta categoría. Porque son más les restricciones que las libertades.

Siente uno estupor, asombro, dolor profundo y honda pena, que le producen desolación, angustia, desamparo que lo llevan al rencor y a la ira, leer el capítulo VIII —titulado: El Ferrocarril de Cúcuta— del mencionado libro del doctor Jaime Pérez López, donde cuenta de manera pormenorizada, el crecimiento, desarrollo y esplendor de esta región y de los ferrocarriles de Cúcuta y Táchira, hechos a base de tesón y esfuerzo propios; y después, su decadencia, ocaso y devastación, ocasionados con ardides, falacias, mañas y artimañas, modelados con un sistemático ordenamiento “legal” para reducir  al oprobio a los propios lugareños y al destierro y degradación y remate de los bienes de los extranjeros lejanos. Aquí sólo les voy a contar el triste final del cuento:

Ley 26 de 1948. Aprobada el 19 y sancionada el 29 de octubre por el presidente de la república, Mariano Ospina Pérez.

Con una redacción torticera”, dice el doctor Jaime Pérez López, la ley 26 de 1948, “por la cual se adiciona la ley 50 de 1945 sobre compra del ferrocarril de Cúcuta…”, establece:

Artículo 1º: El gobierno nacional, al comprar el ferrocarril de Cúcuta, en cumplimiento de la ley 50 de 1945, procederá a destinarlo, conforme ordena la citada ley, a construir una carretera, por la banca de dicho ferrocarril. En este caso, los bienes y elementos que se adquieran por dicha compra, serán vendidos, y su producto destinado a rembolsar la suma correspondiente a la adquisición de la empresa, al pago de cesantías, jubilaciones y demás prestaciones sociales, y a la construcción de la carretera que antes se habló. Esta ley regirá desde su sanción”. (La verdad es que es bien torticera la redacción).

 El Ferrocarril de Cúcuta como chatarra

Pero es que la tal ley 50 de 1945, por la cual el gobierno nacional compraba el ferrocarril de Cúcuta, no ordenaba cerrarlo, venderlo y acabarlo, sino todo lo contrario.

Ley 50 de 1945, en sus partes pertinentes.Artículo 1º: El Congreso de Colombia ordena al gobierno nacional adquirir para la nación la propiedad del ferrocarril que comunica en la actualidad la ciudad de Cúcuta con la frontera de Venezuela. Para este efecto declárese de utilidad pública esta obra y su adquisición por el Estado.

Parágrafo 1º: Adquirido por la nación el ferrocarril a que se refiere el presente artículo, el gobierno procederá a modernizarlo y a dotarlo convenientemente”.

Pero además, el artículo 4º de la citada ley 50 de 1945 reza: “Autorizase al gobierno nacional para que haga las gestiones diplomáticas a fin de que, adquirida por el gobierno de los Estados Unidos de Venezuela la propiedad del ferrocarril del Táchira, celebre con dicho gobierno el convenio de tarifas sobre el ferrocarril internacional que de Cúcuta comunica en la actualidad con el puerto de Encontrados”. A mi modo de ver, lo que se estaba haciendo, con el intervencionismo desde el Congreso de la República de Colombia en otro país, era cumplir los designios de avasallar a una región pujante, como a la postre se dio.

El doctor Jaime Pérez, en su libro referenciado, lo siente también así, cuando con fina sutileza, empleando un lenguaje florido, expresa: “Se pretendía que los ferrocarriles de Cúcuta y el Táchira, que habían sido construidos y desarrollados por la iniciativa privada, se nacionalizaran y quedaran sujetos a los vaivenes de la política de cada uno de los gobiernos de turno. Se arrogaban los triunfos de la generación del terremoto, que fue liberal y federalista, para llevar a estas empresas al centralismo gubernamental y a las nuevas concepciones del estado de derecho”.

Esta es sólo una pequeñísima muestra de todas las andanadas que le han hecho a Cúcuta, tanto el cuervo de la sabana como el gavilán de la montaña y el buitre del valle, para cobrarse lo que no le debemos a título de nada y para, con una xenofobia de la que tampoco somos culpables, persigan a nuestro vecinos —y hermanos de sangre, en muchos casos—, y busquen por todos los medios acabar con la unión e integración que es la que nos ha mantenido vivos.

No quiero ser yo quien le ponga término a esta triste historia. Aunque resulte largo este cuento, le cedo la palabra al doctor Jaime Pérez López, quien con un hermosísimo panegírico, (muy recortado por mí, por razones de espacio) termina el capítulo VIII de su libro Colombia-Venezuela siglos XIX-XX:

Con la ley 26 de 1948, se le dio la estocada y descabello final a la integración colombo-venezolana. Se nacionalizaron y liquidaron dos empresas, que habían sido motivo de orgullo y soporte a la integración de dos pueblos. Se convertían los ferrocarriles en carreteras. Los andinos de Colombia y Venezuela quedaron, como en la época de la Patria Boba: gritando «¡Viva el rey, abajo el mal gobierno!». Más parecían borregos que hombres de frontera. Cuando los abuelos cabalgaban en mulas de paso fino, ensilladas con aperos chocontanos, zamarros y alforjas en el anca de la bestia, sombrero borsalino, revólver al cinto y en su cinturón, morrocotas de oro, que deslizaban suavemente sobre el mostrador al acercarse a cumplir sus compromisos comerciales en San Cristóbal o Cúcuta, nunca pensaron que su descendencia para mediados del siglo XX tuviera tal capacidad para claudicar ante el gobierno central. Ahora: su tercera generación, con una visión viscosa, mira las montañas que los circundan y se estremecen al calor de una economía binacional cerrada y de ventas al centavo”.

Sólo queda de aquella parábola vital, como una especie de protesta, el faro del Catatumbo que en todas estas noches oscuras expide ráfagas de luz vertiginosa”.

Y remata con esta terrible pregunta: “¿Será que, como en Cien Años de Soledad, la ciudad de los espejos será arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres, y que después de que Aureliano Babilonia acabara de descifrar todos los pergaminos, todo lo escrito en ellos es irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a Cien Años de Soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra?”.

POST-SCRIPTUM. Ustedes, los de la cuarta generación, son quienes deben responder la terrible pregunta que deja el doctor Pérez López, sacudiendo y transformando la situación actual de nuestra región para que nos dejen vivir en este mundo que nuestros abuelos ya habían globalizado y que, para desgracia nuestra, nos lo quitaron y ahora no nos quieren dar participación. ¿O será que van a esperar que la naturaleza lo haga como en 1875?




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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