miércoles, 28 de agosto de 2013

432.-. RELACION ENTRE COMERCIANTES DE CUCUTA Y MARACAIBO EN EL SIGLO XIX


Tomado de escritos del Blog Historiaparte



Cúcuta en el siglo XIX


A inicios del siglo XIX la población que se ubicaba en la zona norte del territorio santandereano estaba dedicada a la agricultura y el comercio en pequeña y gran escala. Producían café, cacao y añil para la exportación y criaban mulas para transportar los géneros que salían por el puerto de Maracaibo. No obstante, debido a la creciente demanda de añil que comenzaron a registrar los mercados exteriores durante las primeras décadas del siglo XIX, la siembra de cacao disminuyó considerablemente en todo el norte de Santander, aunque en su reemplazo, tiempo después se comenzó a sembrar café.

El núcleo de expansión económica de la zona norte fue San José de Cúcuta, centro poblacional que venía operando desde finales del siglo XVIII como sitio de acopio de los géneros que se producían tanto en las provincias santandereanas de Ocaña, Pamplona y Soto (especialmente en Girón), como en los cantones venezolanos de San Cristóbal, San Antonio, La Grita, Lobatera y Bailadores. Su amplio radio de influencia obedecía a las limitaciones de comunicación que tenían las provincias santandereanas y los cantones venezolanos antes señalados.

En el primer caso, no sólo los afluentes que atravesaban las tierras de Soto y Ocaña rumbo al rio Magdalena (principal arteria fluvial del país) eran prácticamente innavegables, sino que los caminos eran bastante escabrosos e inciertos debido al asecho permanente de los indígenas libres (que no habían sido sometidos durante el periodo de predominio español), especialmente los Yariguíes. En el segundo caso, las limitaciones consistían en que, aún haciendo parte de la provincia de Maracaibo, los cantones venezolanos no tenían salida al lago de Maracaibo por territorio venezolano.

Si seguimos las coordenadas que trazan las vías y rutas de intercambio comercial durante el periodo comprendido entre finales del siglo XVIII y los primeros decenios del XIX podríamos hablar de tres ejes comerciales en la zona norte: el eje Ocaña-Pamplona-Cúcuta-Maracaibo, el eje cantones venezolanos-Cúcuta-Maracaibo, y el eje Ocaña-Soto.

El camino entre Cúcuta y Ocaña requería necesariamente el paso por Pamplona, ciudad desde la que se retomaba el camino hacia Cúcuta y el lago de Maracaibo. Durante la primera mitad del siglo XIX la vía Ocaña-Pamplona fue considerada la peor del país, pero a pesar de las circunstancias del transporte, Ocaña estaba vinculada tanto con las poblaciones que se localizaban al extremo oriental de Santander como con la región de la Costa mediante un camino que atravesaba la zona oriental del territorio que durante el periodo federal haría parte del Estado del Magdalena. La relación de Ocaña con los núcleos comerciales de la Costa Caribe, en especial con Cartagena, era antigua y se basaba en el trato comercial y crediticio que ambas poblaciones habían mantenido a propósito de la instalación en Ocaña, de uno de los centros de mayor crédito en todo el Nuevo Reino de Granada: el Convento de Santa Clara.

Adicionalmente hay que destacar que el estado del camino de Ocaña a Pamplona era muy similar al que presentaba el de Ocaña a Girón en la provincia de Soto, pues se sabe que en las mejores circunstancias, dicho camino era peligroso. Por el contrario, en el eje Pamplona-Cúcuta-Maracaibo la actividad comercial y los intercambios de esas poblaciones fueron mucho más constantes y fluidos, al punto que esta situación condujo a una profunda interrelación social y familiar entre los habitantes de todo el eje, especialmente entre Pamplona-Cúcuta y Cúcuta-Maracaibo.

 Aunque el impacto de Cúcuta como núcleo de expansión comercial de la zona norte hundía sus raíces en las postrimerías del siglo XVIII, su dominio económico durante el periodo republicano se acentuó sobre todo después de 1832, cuando Maracaibo fue declarado “puerto de tránsito o depósito”, con lo que las mercancías introducidas por esa ruta dejaron de pagar derechos de entrada. Estas condiciones atrajeron la atención de los comerciantes bogotanos, quienes además prefirieron la vía Maracaibo-Bogotá para realizar sus importaciones, pues por esta ruta se requerían treinta y cinco días de viaje, frente a los cincuenta y uno que se gastaban, aproximadamente, por la ruta Santa Marta-Mompox-Bogotá, pues esta incluía una escala de ocho días en la población de Mompox para el trasbordo de mercancías. 

Durante el periodo federal, en el Estado de Santander la dinámica migratoria estuvo asociada más que a políticas gubernamentales, al influjo del proceso que en ese sentido ya se venía registrando en Venezuela, especialmente en la zona de Maracaibo, donde, desde 1830, se había afincado una nutrida colonia de comerciantes británicos, franceses e italianos, y después de 1840, de comerciantes alemanes. La escasez de comerciantes ingleses en Bucaramanga a cambio de una mayoría de origen alemán, francés e italiano ratifica asimismo que, al menos después de 1850, el origen de la inmigración se presenta por la frontera norte, pues en Venezuela la inmigración británica se hallaba menguada no sólo por la inestabilidad política, sino también como consecuencia de sus continuas desavenencias con Inglaterra a raíz del Tratado de Amistad y Comercio, firmado en 1835. Esta situación se hizo mucho más visible a finales de 1850, cuando algunas firmas inglesas asentadas en Venezuela abandonaron el país, y el comercio de importación quedó bajo el control de comerciantes alemanes cuyos negocios adquirieron solidez en los años siguientes.

En el nororiente neogranadino sobresalieron al menos cuatro grupos importantes de comerciantes. Uno en Cúcuta, otro en Bucaramanga, otro en Ocaña y otro en el Socorro. Sobre los comerciantes de Cúcuta es común encontrar comentarios donde se subraya que el inicio de sus actividades se remonta a los años anteriores a la Independencia, época en la que comercializaban café, cacao y artesanías con los mercados externos a través del puerto de Maracaibo. A comienzos del siglo XIX el grupo de comerciantes de Cúcuta estaba formado por hombres de la localidad y foráneos, especialmente ingleses, italianos y franceses, los cuales tomaron el lugar ocupado por comerciantes catalanes antes de las guerras de Independencia.

A mediados del siglo XIX el grupo de comerciantes de Cúcuta estaba formado por hombres como: Guillermo Greenhop, Santiago Fraser, Enrique Weir, Guillermo Baland, Carlos Lolley, Jorge McGregor, Miguel Johnson, Jacobo Mills (ingleses); Juan y José Soulez y Francisco Busquet (franceses); José María Antomarchi, Minos Santi, Juan Antonio Epanochia, Blas Pocaterra, Emilio y Elbano Mazzei, Agustín y Andrés Berti, Giseope y Benedicto Anselmi, David y Benedicto Bruno, Esteban Piombino, Antonio Murzi, Sebastián Querubini y Cesar Martelli (italianos); José María Villamizar, Francisco Soto, Joaquín Estrada, Ildefonso Urquinaona, Felipe Arocha, Domingo Díaz, Juan Aranguren, Jaime Fossi, y Carlos Irwing.

De acuerdo con el político, Manuel Ancízar, Cúcuta se caracterizaba por tener una apariencia bastante frugal en sus costumbres. En su diario de viaje, realizado entre 1850 y 1851 por las provincias santandereanas, Ancízar describía así el carácter de los pobladores de San José de Cúcuta:

“favorecida por la concurrencia y vecindario de muchos extranjeros laboriosos, cuenta cinco mil moradores aposentados en buenas casa de teja situadas en el centro y multitud de casitas que forman los arrabales y sombreados por los protectores cujíes. Vagos no hay, ni beatas, ni el desaseo en las personas y habitaciones que mancha y degrada la generalidad de nuestros pueblos de cordillera. En San José, todos son negociantes, mercaderes, o agricultores”.

Debido a la intensa relación comercial que existía entre Cúcuta y las ciudades de Pamplona (al sur) y Maracaibo (al nororiente), los comerciantes cucuteños siempre mantuvieron fuertes nexos económicos, sociales y familiares entre sí y con los comerciantes de esas ciudades. Los miembros de las redes cucuteñas estuvieron muy ligados a los de Maracaibo y en ese caso, los vínculos más que políticos, fueron predominantemente económicos y por encima de todo, familiares. En el caso de los comerciantes de Cúcuta y Maracaibo, esta clase de vínculos fueron claramente señalados en 1857 por el político liberal y presidente de Santander, Vicente Herrera, quien encontraba en la connivencia económica y familiar existente entre Cúcuta y la provincia de Maracaibo, el elemento perfecto para argumentar a favor de su proyecto de ley sobre la formación de la nueva provincia de Mares, proyecto presentado en 1855 y que dicho sea, nunca fue aprobado:

“Maracaibo es el mercado de Cúcuta: allí vende lo que produce, allí compra lo que necesita, y allí están sus relaciones de familia y de amistad y de comercio, y sus intereses se hallan totalmente identificados con los de Maracaibo; en términos que puede decirse que Maracaibo y San José son una sola ciudad. De ahí nace que Cúcuta se afecte con todo lo que afecta a Maracaibo; en términos que en la política o en el comercio, más que con lo que afecta a las poblaciones granadinas”.

Entre los comerciantes más destacados de Maracaibo en la década de 1840 se encontraban: Manuel Aranguren, Telésforo Angulo, Pascual Chaux, José A. Motovio, José V. Urdaneta, a mediados del siglo XIX, a ellos se habían unido comerciantes alemanes que atraídos por la comercialización de café, establecieron allí sus firmas comerciales. Algunos de esos comerciantes eran: A. Schmilinsky, Gilberto Van Dissel, Enrique Thies, Roberto Minlos, Augusto Link y Carlos Feuner, Enrique Meoz.

Los comerciantes de Cúcuta, Pamplona y Maracaibo se interrelacionaban mediante vínculos familiares. Existía entre las familias notables coincidencias en la dedicación a diversas actividades. Los vínculos comerciales y político-militares quedan representados en el parentesco que se establece entre la familia del general Leonardo Canal, y los comerciantes, Francisco Meoz, de Maracaibo, y Nepomuceno Toscano, de Pamplona, aunque este último luego se domicilió en Bucaramanga.




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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