miércoles, 12 de marzo de 2014

538.- LAS INOCENTES CICATRICES DE LA INFANCIA


Pablo O. Chacón M.

El runcho

Jugando run rún

Cuando veo a un pequeñuelo con maletín en mano pasar por la puerta de mi casa, a eso de las cuatro de la tarde, mi recuerdo se retrotrae a tiempos inmemoriales. 

En tropel abandonábamos la escuela para encontrarnos al par de minutos en el lugar acostumbrado, donde en plena calle, y cuatro ladrillos distribuidos en los extremos de la misma, dábamos por armada la cancha de fútbol, en la que acompañados de una pelota de trapo iniciábamos los partidos, que se alargaban casi siempre una hora u hora y media más, del tiempo reglamentario.

Los sábados, al medio día, al salir de la escuela, cauchera en mano cruzábamos las laderas despobladas que, detrás de la columna de Padilla, conducían hasta el rio Pamplonita, donde nos zambullíamos refrescantemente, sin perder de vista, un solo instante, la variedad de lagartijos que ensartados en un alambre, exhibíamos como orgulloso trofeo de caza. 

Los domingos organizábamos carreras de caballos, montados sobre las escobas que a escondidas sustraíamos de la casa, a las que improvisábamos una especie de freno, atándoles, al cabezote de la escoba, un trozo de pita o un pedazo de cordel, que servía de rienda  a nuestro imaginario corcel. Era requisito relinchar hasta llegar a la meta. Aquel que no lo hiciera o dejara de hacerlo, inmediatamente quedaba eliminado.

Fueron juegos improvisados que, al recordarlos, invocan nuestra nostalgia.

De todos ellos hubo uno que aún me circunda como un zumbido, como el lamento de un fantasma que ha resistido toda la bruma del tiempo. 

Nosotros lo denominábamos runcho, por el run - rún  que  hacía al girar en el viento. 

Estaba hecho de elementos sencillos y de fácil alcance.   

Un pedazo de tapa y un trozo de hilo de los que utilizaban nuestras abuelas en sus antiguas máquinas de coser. Una tapa aplanada de gaseosa o de cerveza, la que moldeábamos a golpes de piedra o de martillo. Abríamos la tapa por todo el centro, dejando en su interior dos diminutos agujeros, por donde traspasábamos el hilo en ambas direcciones. 

Templando , luego , la cuerda entre los dedos de cada mano, como un maravilloso disco de sonidos extraños, el hilo y la tapa aplanada empezaban a girar en redondo, produciendo un frenético y acelerado movimiento rotatorio, que cortaba en jirones el viento, produciendo susurros encantados, que hoy, aún, sigo convirtiendo en poemas y en frases enrunchadas de recuerdos.

La gracia del juego consistía en  hacer bailar el runcho a una mayor velocidad, logrando una mejor tonalidad en el sonido. Ese fue su objetivo inicial. 

Algo así como la interpretación de un instrumento, elaborado en la sublime sencillez de una delgada lata redondeada, acariciada por un jirón de hilo entre sus partes, como una novia violada al ruido de un dolor hecho cadencias .

En eso consistió el juego inicialmente, hasta cuando algún genio del mal, resolvió convertirlo en gallo de pelea. Tu runcho contra el mío, aquel que tenga las espuelas más afiladas habrá de  ser el ganador.   

Las encendidas y acaloradas latas parecían ultrajarse mutuamente, a punta de sonidos. El aire era su campo de batalla y el calor de los contrincantes, su plumaje.

Personalmente mantengo un recuerdo casi extinguido en mi brazo derecho. 

El hecho de encontrar que el surco del malvado filo todavía cruza mi cuerpo, jamás ha endurecido  mi espíritu. 

Por el contrario, cuando me detengo en su recuerdo, acerco la imperceptible cicatriz a mi oído, y siento la sonata de mi infancia, envuelta en música celestial, hecha de hilo inocente y una lata, redondeada en el inextinguible universo de mis  sueños.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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