sábado, 9 de abril de 2016

917.- ROQUE MORA, LA REALIDAD DE UNA LEYENDA



Luis Fernando Carrillo

Roque Mora

EL PERIODISTA

En una noche destemplada y lluviosa se desplazaba Roque Mora Chacón en su automóvil Chevrolet, modelo 1945. Era una noche cualquiera de 1949 en San José de Cúcuta. En la calle 10 recogió a un señor vestido de blanco y a sus dos acompañantes; bebían brandy Hennessy y hablaban de política, como es habitual entre los colombianos.

Los tres señores se dirigían a una casa de niñas “malas”. Roque, en la intimidad del transporte fue invitado a departir. Al entrar al botiquín, sonaba Vereda Tropical, el popular bolero de Alberto Domínguez.

Al ser aceptado como socio de esta ocasional parranda, tenía derecho a tomar del mismo trago y a llamar a una “mariposa”, como el señor de blanco llamaba a las ilustres damas que adornaban la casa de citas con sus hermosos cuerpos y mejores caras escondidas en la vanidad del maquillaje.

El señor de blanco, que ya todos deben imaginarse quién era, comenzó a hablar de béisbol de grandes ligas: los jugadores Mickey Mantle, Yogi Berra, Stan Musial, Joe DiMaggio, etc… pasaban en la cinta de este gran hablador y mejor amigo.

Roque no era un pintado en la pared en esto del béisbol, dada su ascendencia venezolana; se puso a la par con su interlocutor quien, entre sorprendido y agradado, aceptó para siempre su amistad.

Se trataba de ‘Trompoloco’, apodado Carlos Ramírez París. Así comenzó Roque Mora su camino hacia la locución, donde descolló como uno de los mejores.

Carlos lo invitó a los dos programas que tenía en La Voz del Norte, situada en la calle 9 entre avenidas 5 y 6, donde tenía don Ernesto Vargas Lara su negocio.

En Tablero Radial, a la una y media p.m. y Atalaya Social, de 7 a 8 p.m., supo Roque lo que era un micrófono y el comienzo de una extraordinaria carrera periodística.

Fue su gran pasión, junto a los toros y las lecturas que hicieron de él un hombre respetado y querido por su inteligencia sincera, pulida en la cultura, que exageraba con su indudable capacidad de conversador impenitente, que desafiaba el tiempo en un tertuliadero cualquiera, hablando de lo divino y lo humano.

Se hizo fuerte en el comentario y la locución deportiva; estimulado por Carlos Ramírez París le dio por el futbol. En 1950 trasmitió su primer partido entre el Cúcuta Deportivo y el Táchira, desde Ecos del Torbes. Como ese día se encontraba un poco nervioso, Trompoloco le hizo tomar dos “champurrias”, una mezcla venenosa compuesta de aguardiente con horchatas que, si no mataba fulminantemente, ponía eléctrico al más tímido.

Ese día se lució Roque; se habló de contratos millonarios para llevárselo a San Cristóbal.

Afortunadamente, como Dios es muy grande, se logró que se quedara en la ciudad, donde este hijo de Trino Mora Gandica e Ismelia Chacón, ya mayor recorrió sus calles con la nostalgia de aquellos años, escondido en un sombrero y con un maletín en sus manos donde guardaba las nostalgias que el tiempo le había ido congelando para vivir entre el ayer, el presente y el futuro, con el mismo desenfado de aquellos años de juventud transcurridos en la alegría del momento.

Roque, para darle más brillo a las trasmisiones, le dio por imitar a Carlos Arturo Rueda, para entonces en el apogeo. Con este tono de soberbia se metió por los caminos del baloncesto, del ciclismo y de los toros.

Para acabar de completar, un día conoció a un locutor que había venido de Bogotá, que lo entusiasmó por su dicción impecable y su facilidad de expresión: don Álvaro Barreto Niño, natural de Bucaramanga pero aquerenciado en Cúcuta.

Estas dos joyitas anduvieron desde entonces “enllavados”. Aunque se dice que muchas veces habían peleado, jurando no volverse a hablar, se reconciliaban y renovaban su recíproco respeto y cariño.

Funda el 15 de febrero de 1955 Cornucopia Deportiva, que se trasmitía al mediodía por La Voz del Norte y fue el programa más oído durante 23 años.


Son muchas las anécdotas sucedidas, los amigos y enemigos que se granjearon en la programación picante, jodedorcita y sin miramientos.

Lo cierto es que crearon un estilo y una audiencia por sus comentarios y opiniones previamente preparadas y sazonadas en el Café Florida (avenida Sexta con calle Novena), al otro costado de la Botica Lázaro, de propiedad de Alfonso Morales y doña Miryam, su esposa.

Allí, en largas noches de insomnio, antes que la borrasca antiestética afeara esos lugares, Roque, Barreto, Alfredo Díaz y “otros que no nombro, decía Roque, porque fallecieron y esos decesos me han causado profunda tristeza”, todos los temas habidos y por haber fueron sometidos a consideración.

Fue amigo personal y compañero de Pastor Londoño y Carlos Arturo Rueda; con este trasmitió la vuelta al Norte de Santander, donde con su versatilidad e imaginación hizo del certamen no sólo una fiesta deportiva, sino un medio para describir la topografía del departamento. Por donde quiera que iban los recibían con cariño y simpatía, firmando autógrafos, recibiendo besos y dándose a conocer.

Las cuñas del suramericano de baloncesto de grata recordación en Cornucopia Deportiva, por su belleza literaria y sentido del mensaje, fueron ideadas por Carlos Arturo, Pastor, Roque, Barreto y Ramírez París.

La fotografía es de mediados de la década del 50, parece haber sido tomada en los alrededores del parque Santander. En ella se identifican de izquierda a derecha a: Jesús Quintana, Roque Enrique Mora, Sixto Jaramillo Cabrales, Jorge Simonet; sentados en el automóvil Ciro Rodríguez y Francisco Unda. Agachado, Carlos Ramírez París; luego están Roque Peñaranda, Joaquín González, Abraham González, Adolfo Martínez Badillo y Hernán Botero de la Calle.


EL TAUROFILO

Es un mito que Roque Mora era un conocedor de todos los recovecos de la torería. Roque lo negaba con una falsa modestia, soltando una frase que confirma que sí lo era:

“Joselito sabía mucho frente a la cara de los astados y uno lo mató en Talavera de la Reina, el 16 de mayo de 1920. El toro se llamaba Bailaor, hijo de Bailaora y Canastillo, de la  ganadería de Ortega. Tenía 25 años y había matado 1200 toros cuando cayó en los cuernos de ese toro burriciego, largo, es decir que veía de lejos, pero de cerca no”.

Es el carnet de presentación de este gran aficionado a los toros, quien ha transmitido desde corridas de carne y hueso hasta imaginarias, como aquella de Salazar en la cual por más de una hora relató detalles tales que quienes lo oían creían que estaba viendo realmente la fiesta de sol, sangre y arena.

Todo aprendido en la escuela diaria del estudio y de codearse con maestros como José Antonio Cabello, Ramón Ospina, Alberto Lopera, Hernando Espinoza y Bárcenas y de grandes figuras del toreo.

Los toros se le metieron a Roque Mora por la sangre y por la vida desde los ocho años de edad, cuando vio la primera corrida, en el circo colombo, situado en la avenida 5 con calle 7, donde tenía un almacencito don German Guerrero: Toreaban el Chato Alcalareño y Morenito de Zaragoza; los 50 centavos de la entrada se los dio su tía Basilisa Mora, porque sus padres no quisieron.

Al salir de esa esplendorosa corrida en que el niño sintió el vigor, la alegría y la muerte misma, se puso a llorar desconsoladamente; un señor que Roque recordó siempre como alguien alto, apuesto y gentil, le regaló dos reales al verlo así.

Compró diez tonchaleros y el resto lo metió debajo de una piedra. Desde entonces es el gran aficionado que él se empeña en negar.

Se le viene entonces a Roque toda esa avalancha de recuerdos en que se entrecruzan Curro Girón, Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordoñez, Manolete, Curro Lara, Joselito, el Coloso de Gelves, la estocada con que vio a los 8 años al Chato Alcalareño rematar su faena, las banderillas de Escobar, las verónicas de Curro Lara, al magnánimo señor de los reales y los vueltos que se quedaron debajo de la piedra, allá en la avenida Quinta con calle Séptima, , a no ser que un acomedido hubiera hecho el favor de recogerlos.

EL HOMBRE

Roque es el penúltimo de los hijos del ciudadano venezolano Trino Mora y Doña Isamelina Chacón; nació en una barriada consustancial a Cúcuta, llamada desde siempre Carora.

Sus hermanos Margarita, Ana Teresa, José Vicente, Trina y Carmen Sofía completan el hogar que discurrió su vida entre Colombia y Venezuela, país este que los hizo suyos, les brindó estudios, oportunidades y triunfos. Por eso Roque guarda para la patria de su padre especial afecto.

Recuerda sus años de estudio en ese país, las travesías en el carro de su padre, sus trabajos y pesares por allí, hasta que en 1940 se radica en El Salado en donde discurren sus años en la placidez de una vejez segura, rodeado de sus amigos y una biblioteca pequeña, pero sustanciosa, desde donde manda sus mensajes que amenamente leen en La Opinión.

“De vez en cuando se viene por Cúcuta escondido en un sombrero y en ese maletín cuyo contenido es un misterio. Deja por unas horas su casa llamada Quitapesares, en recuerdo de la del Conde de Mallares, situada entre Madrid y Segovia, en donde nació el padre del actual rey de España, en una tarde en que la reina, esposa de Alfonso XIII fue allí a verlo jugar polo”, describe felizmente Roque Mora.

Se le viene a la memoria Ilba Cárdenas, su profesora de escuela de El Salado. Llegaba todos los días en el tren de las seis y media y, toda diligente, enseñaba a los muchachos hasta las 11 del día, hora del almuerzo que le era obsequiado por los vecinos que se peleaban el honor.  Murió en Guaramito de una tuberculosis que le dejaron sus desvelos por los niños.

Recuerda también a don Marco Tulio López Chacón, profesor de gramática en el colegio de don Rafael Sánchez, quien les inculcó huir del gerundio como si fuera una peste y no caer en el ripio del que galicado.

Evoca, con una nostalgia casi reprimida, a su esposa Carmen Helena Molina, quien de joven era tan bonita que parecía una muñequita de bibelot y que le dio dos hijos, Belisario y Carmen Susana. Recuerda cómo bailó con ella de novios, su trabajo de modista, sus atenciones cuando se le bajó la tensión y, a punto de panela y brandy, logró estabilizarla.

EPILOGO

Hoy a los 72 años Roque parece ser un ciudadano envuelto en el aura de la incertidumbre, temeroso de una muerte repentina que lo lleva a tomar valeriana y sofisticados tranquilizantes, devoto 24 horas de la Virgen del Carmen, admirador de Alberto Lleras y Juan Pablo II, recordando a Carlos Ramírez París como “un Moisés que no vio la tierra prometida”, a sus mejores amigos, Pedro Nel Canal y Reinaldo Omaña Lozada, las jugadas magistrales de Walter Gómez en el General Santander, las glorias de Alfredo Díaz y Roque Peñaloza, los tiempos de amistad con Álvaro Barreto, y definiéndose como “un hombre pesimista, valetudinario y príncipe de la hipocondría”, que sobrevive en estos tiempos duros, que contrastan con aquella Cúcuta de otros días, cuando como chofer de servicio público cobraba 50 centavos por una carrera y un peso si le colocaba música al pasajero. Esa carrera en la que conoció al caballero de blanco llamado Carlos Ramírez París “en una noche destemplada y lluviosa” que cambió para siempre su vida; no se volverá a dar pero, aun así, cree desde su reducto de “Quitapesares” que la vida es bella y merece vivirse intensamente hasta el final. ¡Que así sea!

San José de Cúcuta, febrero de 1992




Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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