martes, 26 de abril de 2016

926.- LA COCA COLA DE CUCUTA, AYER



Rafael Antonio Pabón


La cita estaba programada para las 8:30 de la mañana con una advertencia especial, se recomienda puntual asistencia. Minutos antes de cumplirse la hora señalada entregué la cédula y a cambio recibí la escarapela del ‘Visitante 20’. La orden también fue categórica, por favor pórtela en lugar visible.

Van a cumplirse 37 años desde cuando salí por última vez por el portón grande que daba al patio de cargue y descargue de los camiones, en la fábrica de Coca Cola, en Cúcuta.

La multinacional tenía la sede en la avenida Gran Colombia, en el barrio Popular. Al frente se mantiene la Clínica de Leones. En la cancha construyeron el Palacio de Justicia.

El tiempo pasa a la velocidad que el hombre quiere viajar.

En aquella época apenas había cumplido los 20 años. Meses atrás había recibido el grado de bachiller en el colegio San Juan de la Cruz y la preocupación mayor era jugar fútbol en la cancha destapada del barrio Belén.

El anhelo en casa es que ingresara a la universidad, cuento que sirvió para ganar algunos puntos.

Hoy, volví a ese lugar en el que desempeñé mi primer trabajo serio. En la adolescencia intenté con algunos oficios varios, pero no dieron resultado por diversos factores.

Regresé sobre mis pasos y mis recuerdos. Las imágenes llegaron con claridad y en el repaso mental aparecieron nombres y sobrenombres de compañeros, jefes y no muy allegados.

Miré hacia el patio y a cambio de camiones cargados de cajas de madera con botellas, estaban las camionetas blancas con la inscripción ‘Fiscalía’.

No vi a ‘Copetrán’, ‘Bolígrafo’ ni ‘Tamalito’. Ahora, por ahí caminan uno que otro doctor con título de investigador.

‘Bocachico’ y ‘La Lechuza’ tampoco exhibían la bata blanca que los distinguía como los químicos de la empresa. Pero sí estaban los técnicos listos para iniciar la entrevista con el citado y averiguar por el caso que los ocupa.

El movimiento es diferente, no hay bullicio, gritos, ni jolgorio. Todo trascurre en medio del silencio y solo se escuchan las voces necesarias.

Al voltear la mirada busqué en la distancia a ‘El Burro’, un señor a carta cabal, respetuoso y corpulento. En el estreno del trabajo, sin haber recibido el uniforme que me acreditaba como empleado, me descargó un bulto de azúcar (50 kilos) sobre la frágil espalda para que la subiera por los 30 escalones y la descargara en la tolva. Los tres duros días sirvieron como prueba.

Al dar otro giro ubiqué el gran salón de producción. Ahí pasaba las horas la mayoría de trabajadores. El ruido producido por las botellas al golpearse unas con otras para pasar por la revisión de los ojos cansados del obrero, retumbó de nuevo en los oídos.

‘Lara’, ‘Vallenato’, ‘Picacho’ y ‘Gorila’ sonreían con la torpeza del novato. Alguien pasó la voz sobre las intenciones del recién llegado y los deseos de ahorrar para irse a estudiar. ¿A dónde? No lo sabía. ¿Qué? No lo tenía claro. ¿Por qué? Quizás porque sí.

En otra silla y frente a otra pantalla, ‘Cucarrón’ veía pasar la coca cola, la roja, la naranja y la soda Clausen. Ninguna botella podía sobrepasar la medida de llenado o quedar por debajo de ese límite. Menos, llevar alguna mugre u objeto que perjudicara la imagen de la bebida. Aunque a veces salía al mercado una que otra gaseosa con pitillos, papeles y tapas dobladas.

La mayor emoción se vivía en el plato. A ese sitio llegaban por la correa metálica eléctrica las botellas para ser depositadas en las cajas de madera. La agilidad de los operarios era increíble. Unos con mayor experiencia y práctica que los demás. El recién llegado solo atinaba a observar para aprender.

De repente, una explosión hacia estallar en gritos a los trabajadores. Decían cualquier palabra o frase para salir del estrés. Era hora de jugar, de las chanzas, de los chistes y de la juerga.

De pronto, un chiflido y todos al puesto de trabajo. De nuevo a mover las manos con destreza. Cada 10 minutos cambiaban de rutina.

Ahora, nada de eso existe. Las oficinas están pintadas en mostaza y azul. Los cubículos prevalecen donde funcionaron los talleres. Las mujeres, que en aquella época escaseaban, abundan. Nadie lleva uniforme, van vestidos de civil; pocos corren para cambiar de puesto, todos tienen uno asignado.

El piso no está renegrido por el tránsito constante de los camiones y de los montacargas. En esta ocasión el detergente basta para limpiarlo, en aquellos días era indispensable utilizar soda cáustica, así acabara con las botas de dotación.

En los baños no hay guardarropas para dejar el vestido de diario, ni en la cafetería un tanque lleno de gaseosa para beber al antojo.

Don Carlos Alberto Madrigal no es más el gerente de la embotelladora, un abogado lo remplazó y tiene el cargo de director de Fiscalías.

Las calles que rodean el lugar están sucias, no como en aquel tiempo, cuando don Rafael sacaba a su equipo de muchachos para que limpiara. Aguardaba que llegara el medio día, cuando los buses pasaban llenos de pasajeros. Era otra prueba que debía pasar el aspirante a quedarse con el empleo.

Fueron ocho meses de convivencia con adultos, responsables de las labores asumidas y de experiencias que hoy vuelven a la mente, porque se requiere el testimonio para mantener el curso de la investigación.

Creo que la cita fue más provechosa para mí por este ejercicio, que para el investigador por el aporte que pude hacer.

Coca Cola se trasteó hace rato de la Gran Colombia. Por unos años Telecom tuvo oficinas ahí.  

La diligencia en la Fiscalía terminó, es hora de partir y de salir con los recuerdos arrastra.

No fue necesario atravesar el gran portón. La puerta es angosta, la vigilante reclama la escarapela del ‘Visitante 20’.

Han pasado 37 años desde que firmé la renuncia y dejé de pertenecer a la nómina. En aquel instante las lágrimas bajaron raudas por las mejillas.

Hoy, los pensamientos aparecieron rápido para dictar este trabajo. Adiós.



Recopilado por: Gastón Bermúdez V.

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