viernes, 7 de octubre de 2011

1.- EL INCENDIO DE LA ESTRELLA

Gerardo Raynaud D.



Era el día festivo de San José patrono de la ciudad de 1957. Las gentes habían asistido a los oficios religiosos en la Catedral del mismo nombre y escuchado con atención la homilía del padre Jordán. 

Ese día no hubo retreta y por ser un martes muchas personas se quedaron en sus casas y sólo salieron a pasear a los parques o a los salones, muy populares en esa época. 

En las horas de la tarde, los más jóvenes, a bailar con sus amigas o familiares y los mayores a degustar la reconocida cerveza Germania, de una intensa actividad promocional en esos días con su muy mencionado “mensajero Germania”.

Como era la usanza del momento, la fiesta no se extendía más allá de las 10:00 de la noche, por cuanto había que trabajar al día siguiente. 

Lo que nadie se esperaba era lo que sucedería unas horas más tarde cuando se desató el incendió de mayor magnitud que la ciudad conocería por muchos años: el incendio del edificio La Estrella.

El edificio emplazado en la esquina sur occidental de la calle doce con avenida séptima, frente al recién inaugurado Hotel San Jorge y a escasas dos cuadras del parque Santander, colindante con la plaza de mercado La Estrella, era una edificación de dos plantas construida alrededor de 1925 de propiedad de Gilberto Clavijo quien lo había dividido en locales comerciales y arrendado para la realización de las actividades comerciales del momento. 

Había dejado para sí una parte del edificio y desarrollado una firma que se llamó Clavijo y Clavijo y que se dedicaba a la comercialización de víveres. 

El local más grande era el de la esquina y allí había establecido una “bodega” Alfonso Jaimes Hernández, a la usanza de la época, incluida la actividad de importación y exportación. 

Otros inquilinos eran Luis Pérez que tenía una venta de víveres y granos, los hermanos Abreo y Víctor Riveros por cuyo negocio se vieron las primeras humaredas y que se presume fue en ese local que se inició el incendio, puesto que más tarde se estableció que el fuego se originó en el ala del edificio ubicada sobre la avenida séptima y no en el local esquinero.
Paradójicamente unos meses antes del incendio, don Gilberto Clavijo había puesto en venta el edificio; pensaba venderlo en $750.000 pero la oferta más alta que recibió fue de $480.000 que no aceptó.

El fuego se detectó pasadas las diez de la noche y fue extendiéndose velozmente a pesar que esa noche no había el viento fuerte que días antes había sacudido la ciudad. El incendio tomó mayor fuerza al llegar a los materiales inflamables que allí se almacenaban y al alcanzar el techo de caña brava y madera reseca por el paso de los años, todo lo cual dificultó aún más el trabajo de los bomberos. 

No hubo desgracias personales salvo las pérdidas del patrimonio, debido por una parte por la hora del suceso y por otra por la estricta vigilancia que prestó la policía y el ejército. Recordemos que el cuartel de la policía estaba localizado a cinco cuadras, en la esquina de la avenida cuarta con calle catorce a espaldas del Palacio de la Gobernación y contiguo al colegio Gremios Unidos.

Las fallas del Cuerpo de Bomberos fueron notorias debido principalmente a la falta de equipos pero también por la poca capacitación de sus hombres. Se dice que bomberos de las poblaciones vecinas de San Antonio y San Cristóbal ayudaron a sofocar el incendio impidiendo que las llamas se propagaran a los locales contiguos, especialmente a la plaza de mercado.

Hay que destacar que las operaciones de salvamento fueron dirigidas, no por el comandante de bomberos sino por el padre Manuel Calderón, en ese momento párroco de la iglesia del Perpetuo Socorro, quien vio la columna de humo desde su parroquia y decidió desplazarse hasta el lugar para conocer de cerca los acontecimientos. 

Al llegar, encontró un verdadero caos debido a que la gente no obedecía las órdenes ni de los bomberos ni de la policía, que apenas llegaba y que tuvieron que apelar a la ayuda del ejército para crear un cordón de seguridad. 

Por su calidad de sacerdote y su fuerte temperamento, el padre Calderón se apersonó de la situación impartiendo las órdenes que finalmente controlaron el incendio.

Otros damnificados fueron los pequeños joyeros y relojeros que trabajaban  en el andén del edificio y que guardaban sus vitrinas en los almacenes que se incendiaron. 

El fuego aún ardía el 20 de marzo y la investigación abocada por el Inspector Segundo Superior de Policía sólo pudo cumplir con la inspección ocular el viernes 22. El inspector era el conocido Ramón Higuera quien años más tarde se desempeñaría como docente del Colegio Sagrado Corazón de Jesús.

Aunque los negocios estaban asegurados, en su mayoría por la Colombiana de Seguros, las primas que cobraban eran muy altas, razón por la cual los comerciantes las habían asegurado por un valor inferior al comercial, en algunos casos hasta del 50% de su valor, generándoles una pérdida que se tradujo, para la mayoría, en el cierre definitivo de su negocio. 

La razón del elevado costo de las primas, argumentado por las compañías de seguros, era la falta de un cuerpo de bomberos organizado y suficiente para atender emergencias, que fue en últimas lo que sucedió ese aciago día de San José de 1957.

Recopilado por : Gastón Bermúdez V.

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